Mucha gracias a todos por sus reviews. Acá va el siguiente capítulo.
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Capítulo VI
Los que viven en la Eternidad
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La voz monótona seguía diciendo "Presente su tarjeta de identificación, por favor". Espió por si había en alguna parte o esquina oculta un aparato manual, como el de los bancos. Donde se aplasta un botón y te sale una tarjeta de espera con número tal y sentado esperas el turno. Pero no.
— Presente su tarjeta de identificación, por favor.
Aquello era ridículo.
Ni él iba a los bancos y ya le dolía la cabeza con la idea de tarjetas con número de turnos. Y esa voz monocorde, aguda e irritante le hastiaba. Su exasperación no mejoró cuando atrás de él, en las puertas, un mundo de gente se juntaba esperando.
¿Por qué no pasaba?, si tan sencillo era.
Ah, pero parece que no se daban cuenta. Quedó atrapado entre las puertas del edificio de la SFE; las que reclamaban la ID y donde estaba la gente. En el último recurso Máscara decidió retirarse y buscar otro acceso cuando se percató que las puertas por donde entró tenían la idéntica ranura para pasar una tarjeta... y no tenía manijas.
Maldita sea esa pelotudez de la tecnología. Sólo hace más inútil y pendeja a la gente. Convertía la simpleza de una puerta en algo absurdamente innecesario. Observó la cámara de seguridad en su cabeza. Bueno: que lo grabaran haciendo alarde de su fuerza al destruir los cristales. Lo habían obligado. Los de seguridad se acercaron, que eran como perros con ridículos trajes y cascos. Ese sujeto de por si llamaba la atención y les hacía sentir que tuvieran cuidado...
Tocaron la puerta mientras cargaban sus armas, en precaución. Le hicieron señas y Máscara escupió al suelo, cruzándose de brazos.
— Presente su tarjeta de identificación —le ordenaron.
— Me la dan mañana —contestó con sorda.
— Regrese mañana entonces —le dijeron.
— Oh, qué mal anfitriones —sonrió causando un escalofrío en la espalda de los guardias—. Mientras más pronto me atiendan más pronto me voy.
— Son las normas... —al parecer eran guardias jóvenes que no frecuentaban ver disturbios. Mala madera. El ojo crítico de Máscara estaba muy bien desarrollado. Se preguntó que pasaría si ellos fueran a un mes al Santuario... Ja, ¿Un mes? Es demasiado. A que no aguantaban la semana. Pronto alguien más recio que ellos llegó y se alejaron respetuosos.
Ese sí aguantaría las cuatro semanas. Máscara se plantó delante de él, sonriendo.
— Como verá, soy extranjero —eso le daba cierto grado de vulnerabilidad política, si se puede decir. Máscara sacaría eso a su favor—. Y este lugar es para mí una embajada —y sí, según la lógica ese lugar podría ser embajada—. Tómenme como un caso especial, así que... ¿me abrirían las puertas?
El oficial frunció la boca. Máscara suprimió un gesto de asco. De por si, detestaba a los animales, ahora tenía que ver las muecas y repugnancias a gran escala... esperó unos segundos mientras le evaluaban. Sabía que no daba confianza alguna —y no le importaba mucho darla— aunque era un caso muy particular. Le abrieron las puertas y se sintió aliviado de dejar de escuchar la voz monocorde de la bocina. El lugar era enorme... y tenía aire acondicionado.
Sillas de cuero, plantas, un ambiente de blanco estéril...
Para él era un banco. Uno con cientos de pisos y de dimensiones gigantescas. Pero banco al fin.
— ¿De qué planeta proviene? —preguntó el grueso oficial con las manos en la espalda.
— ¿La Tierra? —fue en forma de pregunta porque aun para él esa interrogante era extraña.
— ¿Tierra? —hizo memoria, mientras fruncía el ceño. Obviamente no le sonaba—. ¿En qué cuadrante de la galaxia se encuentra?
— Ah, eso —sonrió casi burlón, levantando el dedo—. Eso es lo que vine a buscar aquí. Vaya, ustedes sí que son buenos.
— ¿Se está burlando?
— Si soy bien serio —pero algo rápidamente le llamó la atención y se alejó, camino a una pared oscura. Ahí estaban planchadas varias láminas que dividían en departamentos al edificio. El letrero abarcaba toda una pared... parpadeó... piso Parte I-I, I-II, II, III, IV.... LIX..... CXVIII.......
Lanzó una tímida mirada a los oficiales que estaban interrogantes... bueno, Máscara —pensó, aún con la vista en la pared— si no quieres morirte de viejo antes de encontrar por tu cuenta dónde te pueden... ayudar... no los desprecies ni te lo ganes de enemigo. Lo podrás hacer después de que termines tu negocio, no antes.
— Soy un extranjero —se irguió, enfrentándoles—, digamos que estoy aquí por accidente y quiero regresar a mi mundo y no sé cómo hacerlo... ¿pueden con el caso o no?
El oficial frunció el ceño. Asintió y encargó a los jóvenes que lo guiaran al sector cinco. Tan pronto el caballero fue guiado hasta los elevadores el oficial abrió una comunicación por radio a alguien, advirtiéndole de que alguien extraño iba hasta el piso 67. La llamada terminó. El oficial pensó que si había alguien acorde a esa situación, era él. Pues ya tenía relación con agentes de otros mundos.
No por nada Falco Lombardi era bueno. Curiosos trabajos atendía el hombre.
Por fin Hiperión había encontrado un momento para leer con comodidad. En el salón un grupo de sus compañeros se encontraban disfrutando un poco de té. A decir verdad sonreía en una que otra de las observaciones que hacían. Coios, a pesar de su seriedad, consiguió pelearse con Rea y esta le criticaba. Muy a su pesar soltó una risa intentando ignorar la mirada crítica y funesta que le mandaron. Hojeó el libro.
Mnémosyne como siempre tomaba las cosas en forma muy tranquila, casi monótona, pero asomaba una sonrisa entre sus labios. Thetis le pasó su taza mientras que la diosa de la memoria — Mnémosyne— se la volvía a llenar. Observó por el rabino del ojo a Rea quien se había levantado con aspecto indignado hacia la ventana y como Coios lanzaba una ojeada inquisitiva a Hiperión, como si de la nada estuviera dispuesto a ayudarle. Pero dicho dios sólo sonrió con aire de ausente.
— No te lo tomes tan en serio —dijo el dios del Relámpago Negro con un suspiro—. Es infantil que una diosa como tú se sienta por tales cosas.
— Llamarle solterona a cualquier mujer, y más a una diosa, es algo imperdonable.
— Ni siquiera me refería a ti...
— ¿Entones de quién, Coios? —Thetis sonrió, disfrutando del té.
— Bueno, su alteza, claro está que usted no entra en dicha categoría...
— ¿Escuchaste caer piedras, Mnémosyne? —Rea se volteó, un poco inquisitiva.
— Algo así —contestó calmadamente pasando una taza a Hiperión quien inclinó la cabeza agradeciéndole.
Coios las miró de hito a hito, agarrando su cabeza.
— Eso me pasa por lidiar estando rodeado de mujeres.
— Quédate callado —dijo Hiperión mirándolo de soslayo.
Rea rió ante el carmín que se apoderó de Coios, ya que era muy diferente cualquiera de ellas tres le criticara a que lo hiciera el dios de la Oscuridad, que se divertía muy por lo bajo de su hermano.
— Saben —hizo énfasis mientras se sentaba un poco contrariado— que no lo estoy diciendo como ofensa para que se pongan cuatro contra uno.
— Hermano mío —dijo la diosa de la memoria acercándose—, nadie se ha puesto en vuestra contra.
— Eres un desdichado al que la inactividad vuelve loco —murmuró Rea divertida.
— ¿Y por qué parecen estar sincronizados? —musitó el dios del Relámpago Negro volteando hacia un lado.
— Vuestra hermana Rea acaba de decirlo —dijo en voz baja Thetis levantando la tacita en la mesa con educación.
— Un poco más y terminarías como el pobrecito Pontos...
Hiperión miró a Rea quien se había sentado en el brazo del sillón inclinándose sobre Coios, cuyo pelo de la diosa le molestaba tapándole la visión. La hizo a un lado pero ella consiguió la manera de hacerse notar, llevando cada vez más y más lejos a la indiscreción.
— A ver si sigue llamándola solterona después de eso —se burló para sus adentros el dios de la Oscuridad procurando que no lo escucharan.
Y volvió a su lectura mientras sonreía ya que las disputas de ellos dos eran todo menos estresante. No le hacía justicia a su hermano Coios que era de naturaleza noble y caballerosa, pero era una forma muy efectiva de pasar el tiempo. Y en el fondo el dios las disfrutaba. O al menos no se quejaba. Porque de ser así sería el primero en enterarse.
Sintió una perturbación tan aguda que levantó la mirada sorprendido mientras escuchaba que la taza que sostenía Thetis se rompía a pedazos al chocar con el piso. Rea y Coios se habían callado mirando rumbo a la ventana, un poco confundidos. Nada más Mnémosyne se mantuvo imperturbable pero paró de servir el té, dejando con cuidado el cántaro en la mesa.
— Era linda la tacita —habló Thetis rompiendo el silencio levantando el asa con cuidado.
— ¿Acaso eso...?
— Fue alguien llegando, sí —completó Hiperión cerrando para su pesar el libro.
— ¿Aquí?, ¿al Tártaro? —Rea se levantó en dirección de la ventana, por donde se había manifestado tal fuerza—. Imposible. Nadie puede entrar ni salir de aquí.
— No al menos con los sucesos recientes —dijo Thetis recibiendo una nueva taza por parte de Mnémosyne.
— Con mayor razón todavía —murmuró Coios en un tono que quería decir "ya está tranquilo todo"—. Los únicos capaces de abrir la entrada de esta prisión son los dioses del Olimpo. Y estoy seguro que Hades, el encargado de tales puertas, preferiría comenzar una guerra abierta con el mismísimo Zeus que tener las agallas a enfrentarse con nosotros —terminó con un imperceptible matiz de desprecio.
— Ellos sólo intervinieron hasta el final, asegurados en sus templos mientras dejaban que los caballeros de Atenea hicieran todo el trabajo... y mira, que apuesto se vanagloriaron de ello —bufó Rea con los brazos cruzados—. Siempre tuvieron el cuidado de jamás dejarse ver, los muy cobardes...
— Querida Mnémosyne, tú que sabes todo referente a lo que te rodea, ¿podías decirnos que pasó?
La aludida asintió, mientras dejaba su taza en la mesa.
— Una fuerza capaz de distorsionar las dimensiones abrió una fisura en espacio del Tártaro, dejando caer dos cuerpos en dirección suroeste de aquí a una distancia de siete kilómetros aproximadamente.
— ¿Japeto? —preguntó Rea parpadeando desconcertada.
— No —dijo la diosa con su voz monocorde, seria—. Japeto de Dimensión tiene las mismas cualidades. Sin embargo fue un agente externo; alguien ajeno del Tártaro quien se introdujo. O los introdujo, ya que parecen ser víctimas del ataque.
— ¿Y quién podría tener ese poder? —exclamó Rea sorprendida pensando que su compañero, el titán Japeto, era el único con tal capacidad.
— No lo sé —volvió a decir Mnémosyne haciendo que quedara en silencio la sala.
— Además... —Hiperión rompió el silencio mientras se acercaba— me encontré el otro día con él... y en lo personal, creo que está lejos de utilizar sus poderes otra vez... Le invité para que estuviera aquí, en el palacio, pero lo rechazó.
— Su amada Themis... —murmuró Thetis bajando la cabeza.
Rea lanzó un pequeño suspiro mientras se hundía en el sillón. Por respeto guardaron silencio tras mencionar a su querida compañera caída y a su esposo, que tanto le amó. Coios se asomó por el gran ventanal que abarcaba casi una totalidad de la pared. Escuchó el crujir de la capa de alguien y volteó la cabeza.
— ¿Te acompaño? —ofreció el dios del Relámpago pero su hermano Hiperión negó con la cabeza.
— Sólo les daré una bienvenida para mostrarles los buenos anfitriones que somos —dijo, abriendo la puerta.
— ¿Piensas traerlos?
— ¿Por qué no, Rea? —interrogó Thetis curiosa.
— Eh, eh —corrigió la diosa—. No me mal interpreten. Sólo preguntaba.
— Claro, claro... primero te mal interpretan, pero ya verás que se pondrán en tu contra cada uno, lenta pero inevitablemente...
— No intentes intercambiar lugares, Coios —amenazó.
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— Sha... Shaka...
El santo de Virgo se quedó impasible ante la llamada de su compañero. Uno diría que observaba el panorama, pero tenía los ojos cerrados. Aún así, se notaba un grado de tensión en sus facciones.
El viento golpeó con mayor intensidad levantando una sucia capa de tierra que se estrellaba como pequeños alfileres en la piel. El santo de Leo volvió a exclamar su nombre. Sonaba alterado; se quedó callado hasta que el aire se tranquilizó.
Movió hacia todas las direcciones su mirada. El oscuro cielo teñía a las nubes de un estremecedor tinto dando la ilusión de que en cualquier momento dejarían caer una lluvia de sangre. Hacía frío. Pero no uno normal. Este se colaba hasta el interior de las entrañas entumeciendo todo el ser. Era indoloro pero la sensación de vacío era insoportable.
Se puso a la par de su compañero y, preocupado, puso una mano sobre su hombro. Pareció sacarlo de sus pensamientos pues ladeó la cabeza lentamente.
Sabía tan perfectamente cómo él dónde estaban...
...... Ya habían estado ahí......
.......... No importase cuánto tiempo tuviese que pasar, jamás serían capaces de olvidarse de ese lugar..........
¿¡Pero cómo!? Era lo que no lograba entender Aioria mientras cerraba fuertemente su puño... imposible... ¡¡imposible!! Ninguno de sus razonamientos más lógicos lograba explicar la más vaga razón de que estuvieran en la parte más profunda de todo el universo... el reino de la oscuridad...
El Tártaro.
Imposible... ¿cómo podían estar ellos dos ahí?... ¡imposible!, ¿acaso los dioses del Olimpo decidieron acomodarles en una mejor prisión? Ahí, justo ahí, justo el hogar de los dioses titanes...
Ese si sería un Castigo Divino... ¡no, era la Broma Cósmica! Porque, ¿cuál era la posibilidad que dos mortales, precisamente Santos de Atenea, aparte aquellos que habían luchado una vez contra los dioses titanes, llegarían a compartir prisión en el mismo lugar por toda la eternidad?, ¿cuál otra razón habría si no era esa? Aioria soltó un gemido mientras sentía que las fuerzas abandonaban sus piernas cayendo de rodillas.
Qué irónica es la vida, ¡qué cruel!
Pero viéndolo por un sentido era lógico...
¿Acaso no había sido él, Aioria, uno de los principales que causaran la derrota de los titanes? Tal vez... ése realmente era su castigo, el castigo que los dioses encontraron más honorable. Sufrir a manos de aquellos a quienes derrotó. Y Shaka estaba ahí para acompañarlo... ¿y los demás?, ¿en otras partes, tal vez?, ¿en medio de un combate?... ¿Camus contra Oceanos?, ¿ya estaba Shura enfrenándose con Crios?... ¿Hiperión de Oscuridad estaba por llegar para darles la bienvenida?... ¿acaso Japeto tomaría al fin venganza por lo de su esposa Themis contra él y Shaka?
— ¡Maldición! —exclamó mientras estrellaba su puño contra el piso.
Él jamás había admitido el Castigo Divino ni que su vida la decidiera un dios.
... Pero los dioses son seres muy crueles... gozan viendo el dolor de los demás...
Al menos en eso habían tenido un punto en común con los titanes. Ellos despreciaban al Olimpo y, por un comienzo, veían a los humanos como cuales insectos que con pisarlos dejaban de molestar. Y a base de muchas situaciones, bastante dolorosas cabe decir, al final reconocieron que no eran eso. Si no algo más... pero por muchas paces que existiesen estaba seguro que en la memoria de ellos aún no habían asimilado que lograran perder.
— Van a disfrutar mucha de nuestra compañía... —murmuró en forma sombría mientras reía sin humor, temblando imperceptible.
Pero... conocía bien a los titanes... no estaba en su comportamiento abusar de los demás. Ellos no se divertían haciendo sufrir a las personas. No eran como los dioses del Olimpo, que mataban sin misericordia sólo por hacerlo... Si lo hacían es que había una buena razón de por medio. Contrario a Apolo, por ejemplo, este veía como pasatiempo ver morir a un humano... Pero un titán llegaría a defenderlo a menos que no estuviese en contra de sus planes. Eran seres nobles al fin y al cabo. Y lo sabía mejor que nadie.
Alejó su puño del suelo. Tenía sangre en los nudillos pero no le dio mayor importancia.
Y si lo veía bien, no tenía tanta lógica que estuvieran en el Tártaro. Es más... no tenían las armaduras siquiera. Estaban desnudos. Así que... ¿por qué estaban ahí? Con menor razones un titán los enfrentaría en tal condiciones...
Se llevó las manos a la cabeza. Ahora entendía mucho menos.
— Aioria —dijo Shaka luego de un momento cuando el aludido se había sentado en el suelo, no en mejor estado—. ¿Te das una idea de por qué estamos aquí?
Si Shaka no conocía la respuesta, ¿cómo la habría de saber él? Suspiró, en forma desalentadora.
— Alguien se quiere divertir en el Olimpo... quieren observar nuestra cacería, ¿qué otra razón hay?
— Sería una consideración tal razonamiento —Shaka se encontraba sereno, como quien explicaba una clase— sino fuera que es imposible observar para los Olimpos el Tártaro.
Aioria levantó la cabeza.
— ¿Acaso sabes por qué llegamos aquí? —interrogó luego de un momento.
El santo de Virgo se volteó en su dirección.
— Es una teoría, y no dudaría en decir que es la verdad porque siempre se puede haber un margen de error.
— ¿Y cuál es? —preguntó sorprendido, pero Shaka volvió a sumergirse en sus pensamientos. Entrecerró los ojos impacientemente, en forma abrasadora—. Vamos, puedes decírmela.
— Fuimos enviado aquí (no por los dioses a como pensé al principio) si no por alguien más —Aioria abrió la boca, pero lo interrumpió prosiguiendo—. Ese agente abrió una abertura por las dimensiones y al azar fuimos diseminados... eso explicaría porque estamos tú y yo, como pudo ser coincidencia también que nos tocara el Tártaro.
Incrédulo abrió la boca, juzgando el sentido común de su compañero.
— Hasta mi teoría me parece más razonable...
— Recuerda que hay entre los caballeros uno con la habilidad de abrir dimensiones a voluntad —aclaró.
Se levantó, sorprendido.
— No me dirás que...
— Así como Mü y yo tenemos la teletransportación y la capacidad de manifestar ataques de área a kilómetros de distancia respectivamente, aquél ser es capaz de abrir portales dimensionales. Bien tengo entendido que pueden estar errantes por el espacio toda la eternidad siempre y cuando sea su propósito... pero si lo interrumpen mientras está ejecutándolo o si él mismo llegara a caer dentro de su ataque su habilidad se detendría y todos aquellos que se encontraban vagando caen en distintos lugares al azar. Yo pude sentir cómo dentro de la prisión del Santuario se abría la brecha... y como nos separábamos. Así que esa es mi teoría.
— Saga de Géminis —concluyó Aioria en forma grave.
— Así es.
— Pero como lo dices, Saga no lo hizo en forma intencional.
— Es lo más probable. Ya que recuerda cómo era estar dentro de aquella prisión... es similar a la atmósfera del Tártaro, aunque mucho más fuerte.
— Sumergidos en un mundo de sueños casi en forma eterna... era sólo cuestión de un momento de lucidez o de fantasía que permitiera convocar su abertura por las dimensiones... Vaya —soltó una sonrisa, negando con la cabeza—. Ese sujeto... por alguna razón siempre está relacionado desde la raíz con los problemas.
— Dime, Aioria —murmuró Shaka volteándose nuevamente, serio— ¿puedes utilizar tus poderes?
El aludido también lo había sentido. Era una presencia la que se acercaba lentamente. Automáticamente había puesto una postura defensiva pero se sorprendió cuando Virgo no hizo ademán de nada. Como si estuviera convencido de antemano que una pelea con algún titán sería inútil ya que sin sus armaduras, la probabilidad para vencer equivaldría al cero.
El león dorado cerró los ojos cuando una fuerte corriente de brisa todavía más violenta que la anterior llegó desde el costado levantando una humareda de polvo tan alto como ellos, sin embargo el cosmos del visitante se hacía cada vez más cercano. Apretó todavía más sus puños dispuesto a enfrentarlo con una desafiante mirada que no titubearía por nada del mundo, lo juraba por su honor. Shaka a pesar de estar tranquilo se notaba un poco tenso, dispuesto a encarar cualquier situación.
El viento se incrementó por lo que Hiperión minimizó el paso. Había llegado. Las dos presencias estaban poco más adelante pero el aire no le permitía pasar. Pacientemente puso la cara en alto cubriéndose con el brazo mientras que la larga capa ondeaba compulsivamente.
Se detuvo ante una sensación inesperada y frunció el ceño extraño. Le eran familiares esos cosmos. Pero no podía ver nada así que, pacientemente se quedó ahí por casi unos veinte segundos, en los que no pensó nada en particular salvo hacer memoria de quiénes podrían ser. Soltó un suspiro cuando la brisa se minimizó hasta llevarse las impurezas del aire por completo. Frente a él había dos hombres observándolo y, contrario a lo que pensaba, carecían de armadura o de ropa alguna, así que eran todo menos impresionante. Uno tenía el cabello rubio y largo, hasta por debajo de la cintura y este ondeaba mientras que el otro tenía el cabello corto, entre pelirrojo y marrón pero lo desafiaba con una postura de defensa firme y con la mirada desafiante.
Los observó por una media de diez segundos donde en su cara se transformó desde el desinterés hasta la sorpresa.
— ¿Ustedes...? —fue todo lo que logró articular.
El viento azotó con la mayor fuerza que fue capaz ese día.
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[Fin del Capítulo VI]
