Está dividido en dos partes por la cantidad de contenido que lleva. Espero les guste este y gracias por todos sus reviews. Me motivan a seguirla publicado.
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Capítulo VIII
Acorde con su Nombre - Parte I
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No existía nada malo para Falco Lombardi en aquel día. A decir verdad todo era perfecto. Se reclinó en su asiento con una gran sonrisa mientras escuchaba la voz de su querido amigo por medio del teléfono celular. Soltó una risa incluso mientras miraba por el gran ventanal que abarcaba literalmente todo lo ancho y largo de la pared y cabe decir que era una vista hermosa. No, más que hermosa. Era como sacado de un sueño. Era la visión de la utopia junto con la belleza del gran mar. Y les diré por qué era un fantástico día.
En menos de una semana sería el cumpleaños de su mejor amigo Fox McCloud. Y era con esta persona con quien mantenía la llamada telefónica. La celebración se estaba planeando con dos meses de anticipación. Insistía: se había hecho a cargo de todos los preparativos. No sólo con queridos amigos, con quienes se ha luchado codo a codo, viviendo mil aventuras poniendo a prueba todo, incluso más que la vida misma. Para Fox no había nada mejor que lo sencillo y familiar, pero por otra parte —y es por eso la insistencia de Falco y muchos otros—, él era tanto el fundador del la SFE como uno de sus actuales directores. Y pues aquel puesto social lo obligaban a ser anfitrión del mejor salón de eventos de todo Cornelia. Muy suntuoso, como decía el viejo zorro. Pero que se aguantara, insistía el terco halcón.
Como él se había hecho coordinador del salón —y como era jefe ejecutivo—, tenía gente de sobra que hacía sus trabajos. Se estiró mientras soltaba una nueva risilla, negando con la cabeza.
— ¿Por qué piensas en el trabajo, hombre? ... Lo sé, lo sé. Es principio de la semana... ¿Y qué tiene? Ya estás rumbo al campo, ¿cómo que te sientes extraño? —suspiró, inevitablemente agobiado—. Nadie se va a morir porque te ausentes... ¿Cómo que se reportó un disturbio con un extranjero?... ¿Y qué tiene de importancia eso? Mira, no te molestes. Mandaré a alguien a revisar. Te apuesto mi casa a que no pasará nada. Ve y pregúntale a tu esposa si ve algo en su bola de cristal, si tanto te infartas...
Alejó su oído de la bocina unos segundos.
— Muy bien... —decía la voz por teléfono— Aunque no mandes a alguien, igual me queda de paso.
— ¡Ya vete al campo!
— ¡Voy rumbo al campo! Pero es que me queda de paso. Aprovecho.
— Cheez... ni sé para qué discuto contigo. Debe de ser uno de Aqua a quien se le perdió el tanque y anda de piscina en piscina. Ya sabes, como pasó hace tres semanas allá con la señora que estaba cerca de mi casa. Como sea, ¡te quiero aquí para mañana en la tarde!... Sí, sí... Ya iba de salida a decir verdad. Quedé con verme con un arreglista a las 4:30. Faltan 20 minutos.
— ¿Arreglista? ¿Para qué...?... Cómo quieras... Así como tú no me persuades de dejar de trabajar, yo no te persuado en tu trabajo. Bueno, ya llegué a la zona reportada... Hmmm..... Qué tranquilo es este vecindario... No veo ningún problema... Bueno, Falco. Te llamo más tarde.
— Claro, claro. Suerte.
Se acomodó la corbata mirándose en su reflejo en el cristal y sonrió.
— Perfecto.
No había dado ni cuatro pasos cuando el teléfono del escritorio comenzó a sonar. Se acercó a él y frunció ligeramente el ceño pues la línea era local y son realmente muy poca las personas quienes tenían ese privilegio.
— Oye, Falco. Acabo de enviar contigo a un sujeto bastante extraño a tu oficina. Sería bueno que le echaras un vistazo.
— Bill, ¿por qué me haces esto? —gruñó mirando el reloj—. Voy de salida... ¿Además porqué directamente conmigo? ¿Qué no hay todo un piso para eso?
— Es alguien muy extraño, créeme.
— Bien —murmuró, regresando de mala gana al asiento—. Veré qué es lo que puedo hacer —colgó la llamada—. Con que sea alguna tontería le voy a quitar el número privado... En fin, nada más veo que es y lo reenvío a otra oficina.
17 minutos decía el reloj. 17 minutos para las 4:30. Estaba mirando el panorama cuando la puerta a su espalda se abrió y escuchó pasos. Se quedó ligeramente impactado por la apariencia de sujeto desconocido. Es verdad que nunca había visto nada igual, aunque ya había visto varias cosas bizarras en su vida así que muy bien, lo asimiló sin problemas. Era... curioso. Lampiño, alto y moreno y con cabello de puercoespín color morado. Era uno de esos típicos sujetos con cara de malo, de los que no te gustaría toparte a solar en un callejón oscuro con tu novia.
Vio que detrás venían dos oficiales. Les hizo con una señal que se retiraran esperando afuera en la puerta. 15 minutos. Muy bien, había tiempo todavía.
Tomó asiento. Pero el extraño no. Estaba ahí parado mirando con una aburrida curiosidad el amplio despacho. Carraspeó llamándole la atención y señaló la silla que estaba a un lado. Frunció su expresión pero terminó sentándose.
Modales, servicios, bancos y empresarios no iban ni de lejos con Máscara Mortal. Si conociera de cuentos ya se hubiera puesto como protagonista de alguna fábula pero como nunca en su vida los había leído le valía reverendo sorbete si era Alicia en medio de un país de fenómenos. Pero eran esas... criaturas... quienes le podían ayudar a largarse de ahí. O como sea que se vea, eran los que tenían la ventaja en ese aspecto entonces aprovecharía su oportunidad. Su primera pregunta siempre fue si había forma de llevarlo a la "Tierra" aunque planteándolo así era algo extraño. Que existiera vida en otros planetas no le sorprendía. Ha visto el mismismo círculo de la muerte, por favor. Todo lo demás ya le era secundario.
En fin. Estaba dispuesto a cooperar, para la sorpresa de la misma Atena.
— Iré al grano. Vengo de un planeta conocido por nosotros como Planeta Tierra que se encuentra 27,700 años luz al este en una galaxia llamada Vía Láctea. Desconozco los motivos pero de alguna manera llegué aquí y quiero regresar.
Falco le miró extraño.
— No me suenan esos nombres.
— Lo suponía —torció la boca—. Sé mucho de constelaciones y cómo guiarme con las estrellas y todo eso, demás de que conozco todo lo que hay que saber de mi propio sistema solar. Me supongo que con su... equipo... será ubicado.
— ¿En qué sector queda?
— Para empezar aun no tengo puñetera idea de dónde estoy. No sé cuáles son sus parámetros.
— ... Desde aquí, ¿en qué dirección está?
— ¿No me escuchó? No tengo ni idea ¡Está en algún lugar! Yo vine aquí a que me ayudaran a localizarla.
— ¿Entonces cómo es posible que llegara a Cornelia?
Ese tipo estaba sordo o era tan estúpido que no comprendía razones.
— Señor Perico —dijo irónico, hasta con una pizca de humor—. Yo ayer estaba donde debía estar, dormido por darle un ejemplo y cuando desperté mágicamente un conejo con corbata e hijos me saludaron arriba de un bonito cochecito rojo y desde entonces he caminado y caminado robando esta ropa y comiendo gratis. Miré, tengo un obsequio que un animal en dos patas me dio —señaló la flor roja—. De un día para otro, ¿cómo? Quién sabe, pero así son las cosas y quiero regresar.
— Sólo está bromeando conmigo.
— ¿Cómo?
La confusión en el caballero de Cáncer era genuina. El pavo gigante lucía molesto.
— ¡Es imposible que hay llegado así sin más! Si quiere que lo ayudemos díganos cómo partir desde aquí.
— Le acabo de decir que no lo sé —se estaba irritando pero se tranquilizó, aunque no así el atisbo de sonrisa. Una totalmente carente de humor.
— Bueno, en ese caso lo más lógico sería que lo secuestraron. Para eso deberá de ir a otra planta.
— Nadie me ha puesto una mano encima, ¿bien? Yo llegué aquí solo.
— Ajá. De un día para otro. Seguramente de otra galaxia.
— Yo lo que quiero es regresar.
— Su historia me parece ilógica así como lo plantea... Miré, no es por ser molesto pero yo tengo que cubrir justo ahora una reunión así que lo voy a reasignar a otro caso o bien, regrese en uno días. Allá la secretaria le va a explicar y le dará unos formularios para armar el caso y cuando sea aceptado muy bien, investigaremos todo como se debe.
— ¿Formularios? —la palabra sonó tan ajena.
— Sí. Tarda lo normal pero al ver su... condición —tenía que decirlo, era tan obvio apenas mirarlo— aceleraremos su proceso... ¡Ya son las 4:30! ¡Fantástico! Miré, aquí le dejo mi tarjeta. Siento mucho esta partida pero no me llegó en buen momento.
— ... —observó la tarjeta que prácticamente había arrojado en su regazo. Al juzgar por la cara del perico su caso le era indiferente. O mejor dicho, tenía preocupaciones todavía más primordiales y no podía prestar su tiempo a la prole.
— Tiene que salir —le apuró impaciente.
Falco se sintió extrañado cuando el sujeto soltaba algo parecido a una risa, pero era muy ambiguo para decir de qué manera con exactitud.
— Vuelvo a decírselo. Su historia me parece incoherente. Al menos tiene una coartada por su apariencia pero he visto casos similares en personas que han pasado más tiempo del necesario en Solar. Le tardan años en que el pelo les vuelva a crecer. Saliendo le digo a la secretaria de que te de el número de un dermatólogo muy bueno que conozco.
Máscara aumentó su risa.
— Salga.
— Esto es imposible...
— ¿Hmm? —miró su reloj. Muy bien, ya estaba irritándose de verdad. Si no le hacía caso llamaría a los guardias y punto.
— Imposible... Hahahahaha...
— Sí, como toda su historia.
— No. Lo que me parece imposible de que ustedes, burla y asquerosa imitación de seres humanos, tengan esta sociedad ridícula... —se levantó lentamente, dándole la espalda—. No digan que no traté de hacerlo a su manera...
Falco ocultó magistralmente un escalofríos cuando se volteó a mirarlo a los ojos, duros y fríos, con un brillo amenazante. Lo peor de todo, lucía terriblemente divertido. Sintió una mala espina. En más de una ocasión había visto la muerte de cerca y aquella sensación la sentía justa ahora con ese sujeto. Sin dudar ni un segundo más abrió la puerta y vio a los guardias que hacían de frente.
— Escolten a este sujeto hasta la salida.
— No te molestes —dijo Máscara ensanchando su sonrisa, acercándose—. No tengo intenciones de irme. Aún tengo que plantar ciertas cosas contigo.
— No, ya terminamos. Si no se larga ahora le prohibiré también la entrada de la SFE mientras esté con vida.
— Qué chistoso, yo pensaba precisamente lo mismo. Pues no hay problema ya que no vivirá mucho.
— ¡Agarren inmediatamente a este sujeto!
A la orden los dos soldados entraron y se situaron a sus costados de Máscara para sujetarlo de los brazos. Muy bien. Este ya era un punto de no retorno. No pensaba rebajarse y seguir las órdenes de nadie de todo ese maldito lugar. Con un rápido movimiento agarró de la cabeza al soldado de la izquierda y lo estrelló contra el suelo; pero ni Falco ni el segundo soldado lograron reaccionar cuando a este último lo agarró del cuello y estrelló con brutalidad contra el cristal que logró desquebrajarse y el cuerpo cayó como plomo sobre el asiento, rebotando al llegar al suelo.
El próximo sería él. Corrió hasta su escritorio abriendo uno de los cajones abruptamente presionando un botón oculto. Inmediatamente las luces de la habitación empezaron a parpadear en rojo junto con una potente alarma que resonó hasta varias plantas a distancia. Eso le daba igual a Máscara Mortal pero se detuvo cuando el cañón de una pistola apuntaba directamente a su cabeza.
— ¡¡Alto!!
Armas de fuego... ¿cuántas veces las había evitado en medio de sus misiones del santuario? Más de una ocasión ¿Y tenía lecciones visibles? Hizo caso mudo a la advertencia. Así que Falco Lombardi abrió fuego.
Había algo diferente. Esquivó las primeras ráfagas haciéndose a un lado, pero el halcón también era rápido con los reflejos y apunto en la dirección donde iba a parar, cerca de la pared. Intentó desviar el disparo con su mano y soltó un brinco, alejándose con sorpresa. La parte de la ropa donde la pistola había golpeado estaba quemada como también su piel.
Eso no era una pistola normal. Máscara la observó con mayor detenimiento. Le había golpeado algo tan rápido como la luz misma. Un rayo láser. Y al parecer uno muy potente. Falco estaba sorprendido de que siguiera entero tras esos disparos pero no se quedó quieto y volvió a disparar al menos los preciosos segundos suficientes donde decenas de pasadas pararon en la puerta y oficiales con trajes y cascos negros le apuntaban, ordenando que levantara las manos o dispararían.
La sonrisa de Máscara Mortal no pudo ser más ancha.
Perfectamente acorde con su nombre.
* ~ * ~ *
Fox miró las 5:30 de la tarde en el reloj de su automóvil. Parecía que hubiera pasado más tiempo, pero eso ocurre cuando uno se encuentra con excelente compañía. Dejas de sentirlo.
— ¡Hahaha! ¿Existen también los teléfonos aquí?
— Celulares, localizadores, agendas, computadoras... Mira, hay una opción para que el carro se maneje automáticamente aunque no me gusta —sonrisa cómplice—. Se me hace aburrido.
El copiloto soltó una gran carcajada y el zorro regresó la vista al frente, sonriendo. Él se podía dar el lujo de muchas cosas, como tomar días libres cuando nadie los consigue, pero nunca había sido ese tipo de persona. Era alguien muy activo y trabajar le gustaba. Lo consideraba divertido. Te mantenía activo, despierto y conocías cosas nuevas. Como acababa de ocurrir. Que Falco le llamara exagerado no le importaba, pero en su radio podía sintonizar lo que fuera, y eso cuenta el canal exclusivo de la SFE. Cuando estaba condiciendo escuchó un reporte rutinario sobre cierto extranjero que había aparecido en los ricos suburbios. Ah, algo en que distraerse, se dijo. Y como estaba en comunicación con Falco Lombardi —irónico, si se iba al campo era precisamente para alejarse de él—, aprovechó para que el fuera el "agente" que investigara.
Y estaba harto feliz por eso.
El sujeto era alguien descomunal, mucho más grande y musculoso a cualquier otro que conociera. Y terriblemente amigable. Lo había encontrado sentado en un sofá tomando de una taza rodeado de una familia que le preguntaba cosas curiosas. Le abrió la puerta la señora, la culpable del reporte telefónico. El extranjero aparentemente no sabía cómo había llegado hasta ahí, tenía una laguna mental. Había ido encontrado profundamente dormido en el patio, por el área de la alberca.
— ¿No te molesta la ropa? —preguntó Fox luego de virar a la derecha, rumbo al puente para terminar en una de la avenidas.
El extranjero se encogió de hombros.
— El jovencito fue amable al regalarme lo más grande que tenía en su closet. Era eso o utilizaba un camisón.
— Apuesto a que te hubiera quedado bien.
— Cuando fui a la India a visitar a un amigo lemuriano una vez me compré una toga que parecía un vestido. Si hubiera tenido el mismo color, entonces sí la uso.
Fox se detuvo en un semáforo.
— ¿La India? ¿Es de donde vienes?
Aldebarán estaba atento en todas las personas que cruzaban la calle.
— Para nada —frunció el ceño— Eso que tiene una corbata es un terrier, ¿verdad?
— ¿Cuál de todos? —dijo el aludido.
El caballero de Tauro suspiró, antes de cruzarse de brazos y recargarse en el asiento.
— Para nada —volvió a decir—. Yo no vengo de aquí ni de un lugar que quede cerca.
Miró tranquilamente a los transeúntes, mientras el zorro a un lado de él se recargaba en el volante, esperando que pasaran. Le siguieron varios minutos de relativa calma, y en todo caso, Fox vería qué podía hacer con él una vez llegando a la SFE. Pero llegó el momento en que todas las calles a dicho lugar estaban bloqueadas. Dispersaban a la gente por seguridad y tenían barricadas. En medio de una confusión inicial, el director vio una camioneta militar llena de soldados y se bajó junto con Aldebarán, que tácitamente hacía equipo con él.
— ¿Qué es lo que pasa? —le preguntó a uno de los guardias que tras identificarlo dio un saludo.
— ¡El edificio general está bajo ataque, señor! ¡Hay rehenes y se creen que hay varías bajas!
— ¿Quién está atacando? ¿En qué parte?
— En las últimas plantas del edificio. Desde el piso 67 hasta el helipuerto. Varias unidades aéreas han sido interceptadas por el enemigo.
Fox cruzó corriendo directo hasta las oficinas, pensando en que apenas una hora atrás había estado platicado con Falco ¡Justo en ese mismo piso!
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[Fin de la Parte I]
