Hola! Aquí esta el capítulo 2, espero les guste. Muchas gracias a quienes me mandaron reviews. La otra vez leí que está prohibido responderlos. ¿Eso es cierto?

Soy nueva en todo esto.

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Capítulo II

- Recuerden que ahora cargan con una gran responsabilidad. Su matrimonio debe ser creíble. No podemos arriesgarnos a que los mortífagos descubran nuestras intenciones. Y tengan en cuenta que a ustedes no les conviene, en primer lugar. – Ambos jóvenes en un acto reflejo, miraron cabizbajos el anillo de bodas en sus respectivos dedos. Los dos suspiraron.

- Ay no seas aguafiestas, Severus. ¿Por qué no dejas a los recién casados en paz? ¡Si deben estar ansiosos por disfrutar su noche de bodas! – Draco y Hermione levantaron la vista hacia el anciano inmediatamente. Ella lo miraba con terror, mientras el joven con profundo enojo. – Jajajajaja sólo era una broma, jóvenes. Deberían acostumbrarse a esos comentarios de ahora en adelante, son una pareja ahora. – Hermione respiró aliviada, Draco masculló unas palabras ininteligibles y Snape se limitó a bufar como si Dumbledore fuera un loco.

- ¡Es mejor que volvamos todos a la fiesta, ¿no creen? No vaya a ser que nos extrañen. ¡Vamos, ¿y dónde estan esos rostros felices? – Hermione y Draco se miraron con odio para luego sonreírse demasiado falsamente – Mucho mejor… mmm… podrían tomarse las manos también… ¡eso!

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Draco se encontraba sobre su cama, con los brazos atrás de la cabeza, mirando el techo. Se había quitado la chaqueta, la corbata y los zapatos. Tenía el ceño fruncido; estaba profundamente concentrado. Todavía no podía creer lo que había hecho. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Se preguntó si Granger estaría tan disconforme y disgustada como él. Seguramente, porque las continuas expresiones de asco por parte de la joven cada vez que tenía que tocarlo o siquiera mirarlo, ya lo tenían harto. ¿Cómo se atrevía ella a despreciarlo a él? ¡A Draco Malfoy! ¡Debería sentirse orgullosa de que el mundo la viera casada con un hombre tan apuesto, elegante, millonario y perfecto! ¡Él era el que tenía derecho a sentir repulsión cada vez que tenía que tocarla!

No pudo evitar que una sonrisa se asomara en su rostro al recordar su encuentro con Granger, después de tantos años. Había sido en el despacho del viejo chiflado de Dumbledore. Sólo faltaba ella, y cuando entró, ni siquiera se percató de su presencia. ¡Cómo si ella fuera tan importante! La había observado bastante bien. No era fea, pero al parecer se esmeraba para no atraer a los hombres; su pelo estaba revuelto y enredado incluso más que en el colegio, estaba ojerosa, pálida, caminaba con los hombros encogidos hacia delante, vestía completamente de negro y para colmo su túnica parecía un saco de papas que ocultaba completamente su cuerpo. Draco había pensado que quizás no tenía curvas que mostrar, así que prefería esconder su poco agraciado cuerpo. ¡Y pensar que iba a tener que casarse con eso! Pero que sorpresa se había llevado hace sólo horas en su boda. La joven parecía otra. Su madre había dicho que si Granger iba a ser una Malfoy, tenía que parecerlo, y él tenía que admitir que había hecho un estupendo trabajo. La muchacha vestía un hermoso vestido de novia, blanco por supuesto. Ni siquiera había notado los bordes, los encajes o la forma del vestido, él sólo había notado como resaltaba el cuerpo de su "futura esposa". Se había llevado una grata sorpresa al notar que Granger poseía un cuerpo repleto de curvas y con gran satisfacción había descubierto el por qué del andar agachado de la chica: su abultada delantera. Al parecer ella se avergonzaba de sus grandes senos; y para su alegría y el bochorno de la joven, su madre la había obligado a caminar lo más derecha posible hacia el altar. Estaba roja, y él tenía una sonrisa de oreja a oreja, que todos creían era por su felicidad. ¡Qué ilusos!

Se movió inquieto mirando la puerta de la habitación. ¿Por qué Granger demoraba tanto? ¿Qué tanto podía hablar su madre con ella? Demonios, su madre iba a ser un gran estorbo. Recordaba perfectamente como un día Narcissa había llegado a la mansión con una sonrisa malévola y le había dicho que tenía la solución a todos sus problemas. Él ya sabía que quería, sin embargo debía hacerse de rogar. Su madre, después de "convencerlo", le había insistido en que tenía que enamorar a la sangre-sucia, e incluso había tenido que invitarla a cenar a la mansión junto con su madre, siempre presente. Por suerte la mujer los dejaba al otro día para atender "asuntos importantes". Mejor, así podrían seguir con la misión tranquilamente y no tendría que fingir frente a Narcissa todo el día.

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Hermione estaba sentada frente al tocador mirando su reflejo en el espejo. ¡Qué vergüenza!

- Vamos, Hermione, te ves muy bien. Y recuerda que es deber de toda mujer hacer feliz a su esposo, sobre todo la noche de bodas. Yo sólo estoy aquí para ayudarte. – Y mientras decía esto Narcissa, que se encintraba atrás de la joven, posó sus blancas manos en los hombros de ésta y le dijo al oído: Recuerda que mi hijo merece lo mejor – A Hermione se le puso la piel de gallina al escuchar lo que le pareció un horrible siseo por parte de su suegra. Si hubiera escuchado lo que la rubia mujer pensaba, seguramente habría salido corriendo de ahí.

- Draco se beneficiará con tu cuerpo, te enamorará hasta sacarte toda la información que tengas y después nos desharemos de ti mugrosa sangre-sucia. – Y mientras por la mente de Narcissa pasaban aquellas palabras le dedicó una fría y cínica sonrisa a Hermione a través del espejo.

- Ya estás lista. No hagas esperar a Draco. - Le decía mientras literalmente la empujaba hacia la habitación que compartiría con su esposo. Y como la chica no se decidía a entrar, Narcissa abrió la puerta y la empujó dentro, cerrando la puerta de un golpe.

Al sentir el portazo Draco levantó la cabeza rápidamente hacia la puerta. La habitación estaba a oscuras, pero él estaba acostumbrado a ver en la oscuridad. Le extrañó que la joven estuviera de espaldas murmurando, y por lo que se podía notar, buscando algo.

- ¿Qué demonios te pasa, Granger? – No recibió respuesta, al parecer ella ni siquiera lo había escuchado. - ¡Granger! ¡Granger!

- No es necesario que grites, tú madre podría escuchar - le dijo aún de espaldas.

- ¿Me crees tan estúpido? – Draco pudo escuchar algo como un sí, pero prefirió ignorarlo.- Esta habitación tiene un hechizo antisonoro. Nadie puede escuchar nada desde afuera, así que ¡¡te grito cuanto quiero!

- ¡Imbécil!

- ¿Y me vas a decir que te pasa?

- ¡No! Tú no te metas en lo que no te importa. ¿Por qué mejor no te duermes y me dejas en paz?

- Por que no quiero. Ya me estás colmando la paciencia, Granger. – Draco se levantó ágilmente de la cama y fue hasta donde estaba la chica. - ¡Qué demo…! – No pudo continuar, había dado vuelta bruscamente a la joven tomándola por los hombros y ahora sabía el por qué de su extraña actitud. Hermione vestía un conjunto negro de encaje y sobre él lo que le pareció a Draco una diminuta bata de seda totalmente transparente. Se quedó boquiabierto mirándola, mientras ella, roja hasta más no poder, trataba de cubrirse con los brazos. La verdad era que el conjunto no dejaba nada a la imaginación.

- Ejem… Malfoy, ¿podrías soltarme?

- Ah… ¿Qué? – Como despertando de un trance, Draco elevó su mirada desde el cuerpo al rostro de la chica. - ¿Qué?

- ¡Que me sueltes, hurón!- bruscamente Hermione se safó de las manos del rubio y fue rápidamente hasta la cama donde se tapó completamente y cerró los ojos de inmediato. Draco la observó molesto unos segundos, gruñó para que ella lo escuchara y después decidió que mejor dormía. ¡Pero como iba a dormir tranquilo si iba atener que dormir en la misma cama que ella, ¡y vestida así! o mas bien… ¡desvestida así! De mal humor se quitó la camisa y el pantalón, y se metió en el otro extremo de la cama. Iba a ser una noche muuuuuuuuy larga.

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Al abrir los ojos, lo primero que Hermione vio fue un par de ojos saltones que la miraban fijamente.

- ¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaahhh!

- ¡Ayy! Lo… lo siento mucho, señora. El señor ha mandado a Sipsy a ayudarla a arreglarse. Sipsy lamenta mucho asustarla.

Hermione observó atentamente a la pequeña elfina. Le recordó a los elfos de Hogwarts, y sobre todo a Dobby, ya que la criatura vestía en forma tan extravagante como el elfo; llevando un pañuelo naranjo chillón en la cabeza y vistiendo algo así como un disfraz de muñeca rosado y amarillo con puntitos de múltiples colores. Estuvo a punto de reírse, pero se contuvo tapándose la boca.

La joven se sentó en la cama. Notó que Malfoy ya se había levantado. Le extrañó que Malfoy fuera tan mañanero. Pensó en preguntarle a Sipsy; sin embargo ¿para qué iba a demostrar siquiera algo de interés en el hurón?

- El señor ya está desayunando, señora. – Hermione la miró y pudo sentir como la sangre se agolpaba en sus mejillas. Abrió la boca para contestar, pero nada inteligente se le vino a la cabeza.

Sipsy seguía en la misma posición, mirándola fijamente, esperando que ella se levantara. Así que, ¿para qué retrasar lo inevitable, sólo esperaba que la elfina no la dejara como un payaso.

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Mientras bajaba las escaleras Hermione iba maldiciéndose internamente por millonésima vez en el día por su mala suerte. Tener que vivir en la casa del hurón, tener que dormir en la cama del hurón y ¡con el hurón, tener que prácticamente vivir del hurón y además vestir la ropa que el hurón decidía. La verdad, la túnica que llevaba era hermosa: roja, resaltaba su cuerpo majestuosamente y bastante cara. Pero ese no era el problema, al abrir el armario había notado que toda su ropa había desaparecido ¡Toda! Y en su lugar había encontrado una enormidad de túnicas y vestidos, de diferentes colores, diseños y para diferentes ocasiones. Y cuando le preguntó a Sipsy que había sucedido con su ropa, la elfina le había dicho que el señor había mandado a tirarla, porque eran sólo horribles trapos. ¡¿Cómo se atrevía!

Bajó las escaleras casi a zancadas, furiosa. Y al llegar al enorme comedor su furia se incrementó considerablemente al ver al rubio sentado a la cabeza de la mesa, leyendo El Profeta tranquilamente mientras se llevaba una taza de café a la boca como si fuera el dueño del mundo.

- ¡Malfoy!

El aludido levantó perezosamente la cabeza y la miró sin expresión en su aristocrático rostro. En su interior, Draco se felicitó al ver como lucía la castaña y tuvo que reconocer que Sipsy había hecho un estupendo trabajo. Llevaba uno de los vestidos elegidos por la elfina, ya que él no se molestaría en algo así (y menos para la sangre-sucia). Estaba maquillada de una forma bastante especial, no era recargado, pero el color rosado en sus labios los resaltaba admirablemente al igual que lo hacía el maquillaje en sus ojos con sus largas pestañas y el rubor en sus mejillas. La joven tenía ambas manos en las caderas y lo miraba como si lo fuera a matar. Tenía que reconocer que no era para nada fea, incluso podía admitir que era hermosa. Claro que jamás lo diría.

- ¡Con qué derecho tiras mis cosas!

- No sé de qué me hablas. – Le contestó como si fuera un bicho y siguió leyendo su diario.

- ¡No te hagas el chistoso, hurón! ¡Mi ropa! ¡Toda mi ropa ha desaparecido y tú mandaste a botarla! – Al escuchar aquello Draco tomó nota en su mente: castigar severamente a Sipsy por habladora.

- Escucha, Granger, no me interesa lo que tengas que decirme. Esos trapos a los que llamabas ropa no los verás más. Estás loca si crees que como mi esposa ibas a pasearte vestida así. Mejor te acostumbras, porque desde hoy Sipsy te arreglará como todo un Malfoy se merece, aunque tú no lo mereces.

Hermione apretó los puños fuertemente, aguantando las ganas de estampar su puño en la sonriente cara de Malfoy.

- Tenemos cosas mucho más importantes que hacer que estar preocupándonos de tu ropa, Granger… ¿No crees? – La miró desafiante, pero ella no se quedó atrás.

- Tienes razón – Le contestó con una sonrisa sarcástica. Y al instante en que Hermione se sentó, un flamante desayuno apareció frente a ella. No pudo evitar asombrarse, y al ver Draco su rostro por sobre su periódico, una media sonrisa autosuficiente se dibujó en su rostro.

Draco se levantó de la mesa, pero antes de irse le dijo con total desdén y sarcasmo – No sabía que te levantaras tan tarde. Y yo que creí que la sabelotodo Granger era más responsable. ¡Qué equivocado estaba!

Hermione no se dignó a mirarlo, sino que siguió con su té como si no lo hubiera escuchado. No obstante, en su interior se dijo que el hurón ya no tendría otra razón para burlarse de ella. Desde ese día sería una competencia para ver cual de los dos era más madrugador. En realidad, sería una competencia para todo.

Antes de dejar el comedor, Draco le tiró el periódico. No alcanzó a contestarle, porque lo que vio en la portada de El Profeta la dejó con la boca abierta. En grandes titulares decía: "La boda de de Draco Malfoy y Hermione Granger, una hermosa historia de amor". La castaña se preguntó quien podría escribir tamaña estupidez, pero al ver el nombre de Rita Skeeter todas sus dudas se respondieron. ¡Qué horror! Cuando volviera al trabajo seguramente ya todos estarían enterados. Rogó para que Harry y Ron no se hubieran enterado aún.

Miró la foto. En ella Malfoy y ella sonreían y se besaban. La verdad era que ambos lucían muy apuestos. Su vestido era de corte medieval, de mangas anchas y con una cola muy larga; tenía el cabello tomado en un moño que dejaba caer algunos mechones rizados y flores blancas se entrelazaban en él. En cuanto a Malfoy, lo miró unos instantes. ¿Qué le veían las mujeres? No podía negar que se veía guapo con su traje, sin embargo la frialdad de su rostro y lo engreída de su pose no le atraían para nada.

- Es sólo un engreído – dijo en voz baja. – Yo jamás me sentiría atraída hacia él.

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Los próximos capítulos se vienen mejores. En el próximo empieza la verdadera acción. Éstos fueron sólo para introducirlos a la historia