Aquí esta el capítulo 14. Disculpen las tardanzas. Demasiadas cosas en mi vida y la mayoría nada de buenas. En compensación este es el capi más largo que he subido. Ojalá que lo disfruten.

Muchas gracias a todos quienes leen esta historia y espero sus reviews porque estoy muy deprimida así que espero sus palabras para que me suban el ánimo, que lo tengo por los suelos.

Un beso para todos quienes me han escrito y por supuesto también para los que no.

Recuerden, sus reviews que estoy muy triste!

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Definitivamente no había sido un buen día para Hermione.

Y todavía faltaba muuuucho más.

Después de haber tenido que almorzar junto a sus amigos y la novia de Harry (estaba segura que nunca en su vida había hablado tan poco), prácticamente se había pasado el resto de la tarde esquivando a Jonathan.

Recordó la comida con sus amigos y Sara. ¡Qué rabia! La chica de ojos azules había sido el centro de atención en todo momento. Todos la habían considerado tan simpática. Todos la escuchaban atentos. Todos le prestaban tanta atención. ¡Todos creían que era hermosa y dulce! ¡Todos la admiraban! ¡TODOS LA QUERÍAN!

¿Cómo alguien podía ser tan condenadamente perfecta?

Además había algo más.

No dejaba de recordar un nombre que le taladraba la cabeza: "Sofía". Estaba segura que si seguía pensando en esa mujer terminaría volviéndose loca. Sin embargo la intrigaba sobremanera el saber como había sido, cual era su aspecto, su carácter, sus virtudes. En fin, que había tenido esa mujer que ninguna otra hubiera tenido como para enamorar a Malfoy a tal punto. Recordó con algo de frustración las palabras del rubio cuando había hablado de ella y por lo que él le había dicho parecía simplemente perfecta.

¡Bah! Nadie es perfecto, se dijo mentalmente; mientras se quitaba el abrigo y lo dejaba sobre la cama.

Fue en ese momento cuando escuchó un portazo unido a fuertes gritos que provenían de la planta baja.

Y eran los gritos de una mujer.

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Draco se encontraba sentado frente a su escritorio… pensando.

Con un vaso casi vacío de whisky en la mano, tenía la vista perdida en algún punto del suelo.

Siempre hacia lo mismo. Al llegar se encerraba por unos minutos en su despacho con un vaso de whisky y se dedicaba a pensar. A pensar en su vida. A pensar en sus problemas. A pensar en su madre y los mortífagos. A pensar en su pasado. A pensar en ella…

Hace tiempo que no había pensado en ella. Sobre todo después de la llegada de Granger, ya que la condenada sabelotodo había resultado ser una distracción y un dolor de cabeza constante. Claro, y como no podía ser de otra manera, también un dolor de cabeza en la cama.

Sonrió al pensar aquello. ¿Por qué la rata de biblioteca no podía ser como todas las mujeres del mundo y simplemente gritar como una chiflada cada vez que él se acostaba con ella?

No. La muy maldita lo hacía a propósito. Se quedaba callada como una muerta, a pesar de que se movía y actuaba normalmente. Lo provocaba. ¿Es que acaso no sabía que con esa actitud lo incitaba más y más? ¿O acaso lo sabía?

Una sonrisa pícara apareció en el rostro del rubio al pensar esto último.

No obstante, a pensar de que admitía para sus adentros que no lo pasaba nada de mal con la chica; la noche anterior no había deseado tocarla. No sabía por qué. Simplemente había sido un día demasiado ajetreado. Demasiadas preocupaciones habían llegado para perturbar su ya trastornada cabeza.

Y no sabía por qué, pero ese día había pensado en ella. En Sofía. Y creía haber visto su rostro angelical en sueños. ¿Habían sido sueños o se estaba volviendo loco?

- Sofía… - Aquel nombre se había escapado de sus labios casi como un suspiro.

Fue entonces cuando escuchó unos gritos provenientes del primer piso de la mansión. Eran los alaridos de una mujer. ¡Mierda! Una mujer que él conocía muy bien.

Rápidamente dejó el vaso sobre la mesa y salió presuroso escaleras abajo. Sólo tenía un pensamiento en mente. Que Granger no la haya escuchado. O tendría a un par de mujeres histéricas y furiosas a las cuales controlar.

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- ¡¡Dónde esta Draco! ¡¡Quiero verlo ahora MISMO, maldita elfina!

Sipsy se mostró inflexible. Totalmente serena frente a la mujer que tenía en frente.

- En estos momentos el Señor Malfoy se encuentra ocupado. Si gusta puede dejarle un mensaje y yo le diré lo que desea.

La mujer de negros cabellos miró con profundo desprecio y desdén a la pequeña criatura, que con toda confianza y soltura le hablaba de aquella manera que ella consideraba tan poco apropiada para alguien de su condición.

- ¡¡Pero quién te has creído que eres, pequeña sabandija! ¡¡¡A MÍ nadie me habla así y menos un pequeño gusano como tú!

Sipsy siguió observándola tranquilamente, sin siquiera inmutarse por la ofensa recibida. Sin embargo, a pesar de su completa armonía exterior, sus ojos despedían fuego, en representación de su orgullo herido. La mujer notó el desafío y la provocación impregnados en ellos.

- ¿Me podría decir su nombre, señorita? Así yo podré decirle al señor, cuando este desocupado, quien lo busca.

- ¡JA! ¡¡DILE QUE LO BUSCA PANSY PARKINSON EN PERSONA! ¡¡Y HAZLO AHORA!

La pequeña elfina no se movió. Sólo sostuvo la irritada mirada de la mujer.

- No será necesario, Sipsy. – Finalmente el rubio había hecho acto de presencia en la sala. – Puedes retirarte. – Le dijo a la elfina, la cual con una inclinación salió de la sala con porte orgulloso.

- Deberías darle un buen escarmiento a ese bicho. No me gustó nada su actitud. – Le dijo Pansy como si fuera ella la esposa del rubio.

Draco se limitó a mirar a la joven sin expresión aparente en su rostro. Quizás con cualquier otra persona se hubiera enfurecido ante aquella falta de respeto y exceso de confianza mostrados por la morena. Sin embargo, en el caso de Pansy le parecía incluso divertido. No podía creer que fuera tan estúpida como para pensar que él, Draco Malfoy, le haría caso.

La verdad era que Pansy Parkinson no era para nada estúpida si lo analizaba. Por el contrario, era bastante astuta e inteligente, además de hermosa. No era gritona ni chillona, nunca le exigía nada, ni mucho menos lo increpaba por su falta de romanticismo para con ella. En resumen, la chica siempre se había comportado como lo que era: la amante preferencial de Draco Malfoy.

El problema de Pansy, era su falta de cultura. No educación, sino cultura. La chica no tomaba El Profeta ni siquiera para leer la sección de chismes. Por supuesto aquello al rubio le daba lo mismo; él no iba a su casa buscando una interesante conversación sobre "el actual problema de la inflación del dinero mágico en China" (y podía apostar toda su fortuna a que la insufrible de Granger sí lo sabía). No, él sólo iba con ella por una buena dosis de sexo. Iba.

- Qué haces aquí, Pansy. – Aquello no había sido una pregunta. Era más bien un reclamo. Y la joven lo comprendió de inmediato.

- Haz dejado de ir a verme. – Le contestó con un tono de voz más tembloroso de lo que ella hubiera querido.

Pansy había pensado en miles de cosas que decirle a Malfoy en su camino a la mansión. Lástima para ella y sobretodo para su orgullo que había dicho la única que no estaba en su lista. Desde el principio el rubio le había dejado muy en claro que entre ellos no había nada serio, nada romántico. Y ella lo había aceptado, conciente de que era lo único que podría obtener de él. Lo amaba. Siempre lo había amado. Por eso había aceptado ser sólo su amante. Por eso jamás se había comportado como esas estúpidas que celan y le reclaman a los tipos con los que se acuestan por derechos que no son suyos. No, ella no era así. Pansy sabía que ya poseía demasiado. Además, jamás se hubiera rebajado a eso.

No obstante todo aquello, ahí se encontraba, frente al rubio, humillándose.

Humillándose porque sabía que había perdido lo único que tenía de él: su cuerpo.

- ¿Y? – Le dijo Draco mirándola con desinterés.

Para la joven aquello fue como una bofetada. Hubiera querido llorara, pero bien sabía que jamás derramaría una lágrima que la hiciera ver débil. Antes muerta. Pero ya que su orgullo estaba en el suelo, pisoteado por el blondo, daba igual pisotearlo un poco más, así que habló.

- Y deberías haber ido. – Respondió con un deje de ira en su voz que le fue difícil controlar, hecho que por supuesto no pasó desapercibido para Draco.

- ¿Debería? – Le preguntó con sorna. – Yo no debo o no hacer lo que tú creas, Pansy. Cuida tus palabras. – Draco comenzaba a perder la paciencia.

- Pero…

- En primer lugar la osadía tuya de venir a presentarte a MI casa a "reclamarme" por no haber ido contigo ya es inaceptable. No sé que diablos te sucede, pero no tolero este comportamiento por parte tuya. – Draco la miró con enojo y Pansy tuvo miedo. Sabía que lo que hacía podría traerle graves consecuencias, y estaba dispuesta a aceptarlas. Después de todo, una mujer enamorada es capaz de muchas cosas.

- ¡No me hables así! – Exclamó la joven a punto de perder la compostura. El rubio la miró sorprendido. Ciertamente no se esperaba una escena digna de un culebrón por parte de Pansy.

- ¡Yo te hablo como me de la gana! ¿Quién diablos te crees para venir a exigirme algo?

- ¡Me creo la mujer con la que hasta hace poco compartías cama! – Estalló la morena.

- No te creas tan importante por eso. – Le espetó el rubio mientras una sonrisa despectiva cruzaba su rostro.

- Sé muy bien que no fui nunca la única. Pero tú también sabes que eso a mí nunca me ha importado.

- Entonces no veo cual es tu punto.

- ¡Demonios, Draco! Al principio no me preocupé. Después de todo tú tienes tu vida y eso a mi no me concierne. Incluso acepté tu matrimonio con la asquerosa sangre-sucia porque todos sabíamos que tu madre te obligó y además seguías visitándome. Pero ya va demasiado tiempo desde tu última visita a mi casa. Busqué muchas explicaciones a tu comportamiento y sólo llego a una conclusión: ¡¡PREFIERES A LA REPUGNANTE SANGRE-SUCIA QUE TIENES POR ESPOSA!

Aquello si que Draco no se lo esperaba. Y por una simple razón: porque era verdad. Ya incluso había perdido la cuenta desde hace cuanto tiempo que no se acostaba con una mujer que no fuera Granger.

No supo que contestar. Y ya que Pansy no era tonta, supo interpretar aquello como la confirmación a sus palabras.

- ¡¡NO PUEDO CREERLO! – Continuó destilando odio y rabia. - ¡¡PREFIERES A GRANGER ANTES QUE A MI! ¡¡A GRANGER! ¡¡ESA HORRIBLE SABELOTODO…

- Deberías bajar el tono de voz, Parkinson.

Pansy calló al instante, y tanto ella como Draco voltearon para mirar a quien había interrumpido.

- ¿Y porqué debería bajar el tono de mi voz según tú? – Le preguntó Pansy mirándola con profundo aborrecimiento. La mujer frente a ella era la causa de aquello. LA ODIABA. La odiaba tanto que sería capaz de matarla con sus propias manos. Esa despreciable rata de biblioteca tenía lo que ella siempre había soñado: el apellido Malfoy.

- Porque yo lo digo. Porque estás en Mi casa. – Respondió Hermione mirándola como si de un bicho se tratara.

- Pensé que era la casa de Draco.

- Y yo pensé que yo era su esposa.

Esas palabras habían sido el golpe maestro. Pansy no pudo replicar. Abrió y cerró la boca tratando de encontrar algo que decir, pero las palabras no acudieron en su rescate.

Draco sonrió. No pudo evitar mirara con admiración a la castaña. Por supuesto que nadie más que él notó aquella mirada.

- Lo mejor será que te vayas, Parkinson. – Le dijo Hermione, ganándose una mirada tan llena de los peores sentimientos que le provocó un escalofrío que para su suerte nadie notó.

- ¿Y acaso tú crees que yo le haría caso a una repugnante rata como tú? – Pansy destilaba tanto odio que parecía imposible.

Draco miraba a ambas como si de un partido de tenis se tratase. Obviamente él no intervino en aquella discusión. Los tres sabían que hubiera sido demasiado hipócrita de su parte.

Hermione no respondió a aquella ofensa. Prefirió contestar de otra forma, mucho mejor que las palabras.

Se acercó a Draco y tomó su mano. El rubio la miró sorprendido, claro que no tanto como lo estaba Pansy.

- Bueno, ya que no te vas, quizás deberíamos sentarnos ¿no creen? Y conversar un poco. – Y diciendo aquello instó al joven a seguirla hasta uno de los sillones en la sala. Y cuando lo hizo sentarse, ella se sentó en sus rodillas.

Pansy no pudo disimular su rabia. Su mandíbula tensa, sus ojos desorbitados y sus puños apretados la delataban terriblemente.

- ¿Y qué ha sido de tu vida, Parkinson? – Le dijo Hermione mientras acariciaba el cabello de su marido y lo miraba amorosamente. – La verdad es que mi querido rubio no me ha hablado de ti. – Y al decir aquello le dio un dulce beso al chico.

Draco no podía estar más sorprendido. Nunca se hubiera esperado que Granger se tomara la presencia de Pansy de esa manera. Él esperaba gritos y reprimendas, pero nada como lo que estaba recibiendo. Aunque la verdad era que no le molestaba para nada. Por el contrario, lo estaba disfrutando sobremanera.

Se permitió bajar una de sus manos en la cintura de la chica hasta su trasero. Pudo sentir como ella daba un respingo, lo que le provocó bastante diversión.

Pansy sabía que estaba derrotada. Pudo notar claramente la mirada lujuriosa que Draco le dirigía a su esposa y las claras atenciones que ésta le demostraba. Un odio profundo y mortífero se adueñó de su corazón. Un odio que sabía jamás se iría. Por lo menos no hasta que una de las dos muriera.

Pansy había tomado una decisión.

- Creo que ya es hora de irme. – Dijo levantándose con una calma que no auguraba nada bueno. Tranquilamente se encaminó hacia la puerta principal de la mansión, pero antes de salir se dio vuelta para hablar. – Dime, Granger, ¿Nunca te preguntaste dónde estaba tu esposo las noches que no llegaba a casa? – Y con esa palabras bailando en el aire salió de la mansión.

Hermione sintió una rabia incontrolable al oír aquellas palabras. No era tonta, claro que sabía que Malfoy tenía muchas mujeres. A ella no le importaba, no era de su incumbencia. Además ya lo habían conversado y el rubio le había dejado bastante claro que él no dejaría de tener amantes sólo por estar casado con ella.

El problema era otro.

Al bajar las escaleras había escuchado claramente la mayor parte de la conversación entre Malfoy y Parkinson. Y no le había costado nada atar cabos. Ahora entendía a dónde había ido el rubio cuando no había estado con ella. Y simplemente le producía asco.

¿Cómo no iba a asquearle saber que después de haber estado con esa estúpida, repugnante, asquerosa, cabeza hueca de Parkinson; Malfoy estaba con ella? ¡Por Merlín! ¡Las mismas manos que habían estado sobre el cuerpo de Parkinson también habían estado sobre el suyo! ¡Los mismos labios que habían la besado a ella también habían besado a Parkinson!

No pudo evitar que su cabeza comenzara a recrear horribles imágenes de Malfoy y Parkinson revolcándose, gimiendo como locos, tocándose en los lugares más recónditos.

Y quiso vomitar.

Fue sólo entonces que notó que se había quedado unos cuantos minutos absorta en sus pensamientos. Y que seguía sentada en las piernas del blondo. ¡Y que él todavía tenía su mano en su trasero!

Bruscamente se levantó y lo miró con llamas en sus ojos marrones.

- No vuelvas a tocarme en tu puta vida, Malfoy. – Casi escupió.

El aludido levantó una ceja, mirándola confundido.

- ¿Qué demonios te pasa ahora, Granger?

- Cerdo. – Casi escupió antes de subir las escaleras con paso seguro.

Draco se quedó sentado aún confundido, No podía entender la actitud bipolar de la chica. En un momento lo abrazaba y besaba frente a Pansy y luego se alejaba de él como si tuviera lepra.

Un momento, ¿No estaría enojada por…? No, no podía ser eso. Era imposible que a Granger le hubiera molestado que él se hubiera acostado con Pansy. ¡Su matrimonio ni siquiera era de verdad!

¿Acaso Granger estaba celosa? Porque eso parecía. No le veía otra explicación.

Dispuesto a aclarar las cosas cuento antes subió la escalera a zancadas. Cuando llegó a la puerta de su dormitorio la joven ya la estaba cerrando.

- ¡Granger, espera un momento! – Pero ella no le hizo el menor caso.

- ¡Quita tu pie! – Le gritó ella al comprobar que no podía cerrar la puerta porque él había puesto su pie entre ésta y el marco de la puerta.

- ¡No lo haré hasta que me digas que diablos te pasa!

- ¡¡Quítalo!

- ¡¡He dicho que no!

- ¡¡¡QUITA TU ESTÚPIDO PIE! -Le gritó la chica ya fuera de sí.

- ¡¡NO! - Le gritó firmemente él a su vez, no dejándose amedrentar por la expresión furibunda de la chica.

- ¡¡SÍ!

- ¡¡¡NOOO!

- ¡¡¡SIIIIIÍ!

- ¡¡¡NOOOO...AUUUUUUCH!

Finalmente Hermione había perdido toda la paciencia y había optado por lo que le había parecido más práctico: azotar la puerta contra el pie del rubio.

- ¡¡MIERDA, GRANGER! ¡¡¿QUE ACASO TE VOLVISTE LOCA! - Le espetó el blondo mientras se tomaba el adolorido pie en las manos. - ¡¡¿CUÁL ES TU PROBLEMA!

- ¡¡TÚ ERES EL DEL PROBLEMA, CERDO!

Y dicho esto último la castaña simplemente cerró la puerta de un sonoro portazo, dejando al rubio totalmente sorprendido.

- ¡¡Hey, Granger! - Gritó el joven tratando de entrar a su dormitorio sin resultados. - ¡¡Maldición, Granger, abre la maldita puerta!

Con rabia, notó que sería imposible. Seguramente Granger había puesto una inmensidad de hechizos para impedir que él entrara. Claro, si la condenada sabelotodo se sabe hasta los hechizos más inútiles del mundo, pensó frustrado. Y aunque seguramente después de un rato lograría descifrarlos todos, no estaba de ánimos.

Y lo peor de todo, ¡nuevamente tendría que dormir en otra habitación que no era la suya!

¿Quién rayos se cree que es, se preguntó, mientras se agachaba para observar su maltratado pie.

Y una vocecita en su cabeza, quizás la voz de su conciencia, le respondió:

Tu esposa.

Tu amante.

La mujer con la que compartes lecho.

Con profunda rabia ante aquellas verdades se paró de un salto y le pegó un puñetazo a la madera.

- ¡Maldición! - Masculló. - Esto ya no tiene sentido.

Y era verdad. El comportamiento de ella frente a Pansy no había tenido sentido. Ni siquiera su pelea había tenido sentido. ¿Por qué habían discutido esta vez? ¿Acaso por la abrupta presencia de Pansy? ¿Acaso porque él se había acostado con Pansy?

¿Sería acaso posible que Granger estuviera celosa de Pansy?

No, sería una locura. Pensó mientras negaba con su cabeza. Una completa locura.

- Seguramente ella piensa como yo y no quiere parecer una cornuda frente a la comunidad mágica. Sí, eso debe ser. - Murmuró camino a otra habitación. - Claro, y por eso se comportó tan cariñosamente frente a Pansy, para aparentar que tenemos un feliz matrimonio.

¡Cómo no me di cuanta antes, pensó golpeándose la frente. ¡Ahora todo tiene sentido!

Y con aquellos pensamientos, un rubio muuuucho más tranquilo durmió plácidamente toda la noche.

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Aquella era una mañana bastante tranquila en la mansión Malfoy. Más bien, demasiado tranquila comparada con el griterío de la noche anterior.

Pero era bastante obvio también, si se tomaba en cuenta que el singular matrimonio que habitaba esa casona ni siquiera se había visto.

Draco se encontraba tranquilamente sentado en su amplio comedor, bebiendo un café cargado mientras leía el periódico.

Sin embargo, como todo en la vida, su tranquilidad se terminó.

Una lechuza gris se encontraba posada en el respaldo de una de las sillas cercanas a él, ululando insistentemente para atraer su atención.

Miró al ave con enfado, a lo que el pájaro respondió ululando aún más intensamente.

-Ya... ya... ya... - Le dijo al ave con fastidio. - A ver, pásame eso, pajarraco.

El ave, sin dejarse intimidar por el trato brusco del joven, le entregó lo que parecía una carta ululando alegremente.

Al ver de donde provenía la misiva, Draco arrugó el ceño. Si la carta venía de Hogwarts, definitivamente no contenía nada bueno.

Y cuando abrió el sobre y leyó la carta, supo que estaba en lo correcto.

Estimado Sr. Malfoy:

No sabe cuanto me alegra que todo vaya a la perfección entre la Señorita Granger y usted (¡Oh disculpe, la Sra. Malfoy!).

Siempre he esperado grandes cosas de ustedes dos y hasta ahora no me han defraudado.

Esperamos con ansias informes y es por eso que le aviso que hoy a la una de la tarde en punto tendremos una reunión en el despacho del Profesor Snape, para discutir asuntos relacionados con su misión y con los próximos pasos a seguir.

Supongo que su "esposa" se encontrará trabajando en el Ministerio a esas horas. Así que...¿no sería apropiado pasar por ella alegando que desea almorzar con su esposa?

Los esperamos.

Atentamente

Albus Dumbledore.

Al terminar de leer la misiva la cara de espanto del chico no podía ser peor. Draco sabía que aquella reunión sería un completo fastidio. No estaba de ánimos como para soportar las chifladuras de Dumbledore y las miradas de reproche de su padrino. Y lo peor de todo, no estaba de humor como para soportar a Granger.

¡La muy problemática lo había obligado a dormir en otra habitación toda la noche!

Quizás al fin y al cabo había sido mejor no tener que verla al levantarse, porque estaba seguro que aquello sólo habría provocado una de sus ya memorables discusiones.

¡Es sólo una cobarde, pensó el blondo. Sabe que esta haciendo un berrinche por nada y por eso me evitó esta mañana yéndose tan temprano al trabajo.

- ¡Mierda! – Y con un suspiro resignado Draco Malfoy se levantó de su asiento, dispuesto a dejar en su día un hueco para ir en busca de su "esposa" al trabajo y así juntos "ir a almorzar".

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Hermione llegó al Ministerio bastante temprano, más bien demasiado temprano. Y prueba fehaciente de ello era que los pasillos estaban completamente vacíos.

Evidentemente resignada a que tendría que matar el tiempo por más de media hora, se dirigió a su oficina con desgano.

Al llegar a ésta, y mientras prácticamente se tiraba en la silla frente a su escritorio, suspiró tan profundamente como sus pulmones se lo permitieron.

Se sentía una verdadera estúpida al tener que estar a esas horas de la mañana en el trabajo, pero era lo único que se le había ocurrido para no tener que ver el rostro arrogante de Malfoy.

Lo detestaba.

Se sentía humillada por él. Y lo que menos deseaba era tener que verlo para que como el imbécil que era le exigiera explicaciones sobre su comportamiento.

Ella no tenía que darle ninguna explicación. ¡Era él el que debía darle explicaciones!

Se dedicó a pensar. A pensar en muchas cosas.

Estaba realmente confundida. Confundida por su misión, por ella misma, por Malfoy, por la relación tan extraña que ambos estaban llevando.

Una risa se escapó de sus labios a la vez que movía la cabeza de un lado al otro negando. Siempre había sido un sueño para ella el perder su virginidad con el hombre de su vida cuando se casaran. Pues que irónico había sido el destino, ya que justamente había perdido su virginidad con su esposo, el hombre que se había casado con ella con todas las de la ley: Draco "hurón" Malfoy.

A su mente llegaron las imágenes del día anterior. Primero los gritos de Parkinson, aquella conversación que había escuchado y que la había impactado profundamente. ¿Por qué? ¿Por qué había sentido aquella opresión en el pecho?

Desde aquel instante había actuado de una manera extraña hasta para ella misma. Pasando por su actuación en las piernas de Malfoy hasta el cerrarle la puerta en la cara al rubio.

La noche anterior al preguntarse el porqué de todo aquello su cabeza le había respondido que porque era su orgullo el que estaba comprometido y que obviamente la muy perra de Parkinson no se merecía salirse con la suya. Si para ridiculizar a Parkinson debía disimular que ella y el hurón vivían en un continuo nidito de amor valía la pena.

Pero ahora todo se veía demasiado confuso en su cabeza.

¿Realmente había sido sólo para herir a Parkinson?

¿Realmente había sido sólo para guardar las apariencias?

¿Realmente había sido sólo por orgullo?

Al hacerse esas preguntas y no tener una respuesta afirmativa inmediata, su corazón dio un vuelco de 360 grados, porque una palabra que jamás en su vida creyó aplicar a si misma llegó a su mente para trastornar todo lo que creía tan claro.

Aquella palabra era simplemente: celos.

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Jonathan observó pasar frente a su oficina a Hermione conversando alegremente con Luna.

Y aquello bastó para cabrearlo.

Desde hace ya demasiado tiempo que estaba tras los pasos de la chica de cabello castaño y ella ni siquiera daba alguna mínima señal de sentirse siquiera mínimamente atraída por él. Lo había intentado casi todo y los resultados eran siempre los mismos: absolutamente nada.

¿Cómo podía ser que de entre todas las mujeres del mundo ella fuera la única que no estuviera interesada en él?

Era la primera vez en su vida que una mujer lo rechazaba tan tajantemente.

Y lo peor de todo era que eso lo único que había provocado en él era que su fijación en la chica ahora se acercara peligrosamente en una obsesión.

Pensaba en ella todo el día. El resto de las mujeres habían dejado de serle interesantes y hasta su vida diaria se le hacía pesadamente rutinaria. Sólo podía cavilar continuamente sobre sus curvas, su sonrisa, su rostro.

Sabía que la única manera de sacarse a esa chica de la cabeza era acostándose con ella. ¡Y por Merlín que lo haría!

Aprovechando que ya quedaba poco para la hora del almuerzo decidió que iría hasta la oficina de Hermione para invitarla a comer a algún restaurante. Algún lugar romántico e íntimo que propiciara el ambiente perfecto para hacerla caer.

Con satisfacción vio como la rubia se despedía de su "presa" y que ésta entraba a su oficina completamente sola. Osea completamente a su merced.

Así que sin perder un segundo, se dirigió hacia allá.

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Hermione se había comportado normalmente durante toda la mañana. Tal como siempre había reído, conversado y trabajado con la mejor de las sonrisas. Pero por dentro era un torbellino de preocupaciones y confusiones.

Y todo por culpa de cierto rubio que no abandonaba su cabeza ni por una milésima de segundo.

Fue por eso que, absorta como estaba en sus pensamientos, se sobresaltó sobremanera cuando la puerta se abrió.

- ¡Oh! – Se llevó las manos al pecho asustada. - ¡Por Merlín, Jonathan! ¡Me asustaste!

- No fue esa mi intención. – Le dijo francamente. Y era la verdad, ya que en su apuro y ansias por verla no había reparado en lo abrupta de su presencia. Quizás en otra época sí hubiera sido su intención asustarla.

La joven lo miró extrañada. Ya estaba acostumbrada a las respuestas cargadas de dobles sentidos y sensuales por parte de su jefe, en cambio ahora lo veía mirarla demasiado sinceramente, sin matices de seducción de por medio. Por primera vez Hermione vio a Jonathan tal y como él era.

- No te preocupes. – Le sonrió dulcemente.

Si Hermione hubiera sabido que provocaría esa simple sonrisa en el joven frente a ella quizás nunca lo hubiera hecho. Porque para el castaño esa fue simplemente la sonrisa más hermosa que hubiera visto en su vida y se permitió perderse en ella.

Desde ese preciso instante Jonathan se había enamorado de Hermione. Y para desgracia de más de una persona, lo estaría hasta el fin de sus días.

- ¿Qué te trae por aquí?

Aquella voz dulce lo había sacado del mundo perfecto y fantástico en el que volaba libre su imaginación, creando imágenes de él y la castaña viviendo felices, tomados de la mano o simplemente compartiendo un beso. Todas cosas que antes ni loco hubiera imaginado.

- ¿Ah?... Disculpa, ¿qué me dijiste?

- Que qué es lo que te trae por aquí.

- Bueno… - Repentinamente el joven se sentía nervioso. El saberse enamorado de una chica era una sensación completamente nueva para él y no sabía como comportarse. Prefirió sentarse. – Quería saber si tienes planes para almorzar.

Hermione lo observó tan sólo un instante antes de responder. Parecía tan diferente que no pudo menos que darle otra oportunidad. Para ser amigos, pensó la joven.

- La verdad es que no. Luna saldrá a comer con Ron, Ginny no esta y Harry se encuentra con su novia. Había pensado en almorzar en el casino…

- ¡No no no! – Al ver la vehemencia con que él negaba Hermione rió, avergonzándolo. – Me refiero a que si quieres salir fuera a comer conmigo. ¿Quieres? – Le preguntó temiendo un no como respuesta.

- Sí. – Le sonrió nuevamente, apoderándose de su corazón cada vez más. - ¿Y dónde iremos?

- Eso es una sorpresa. – Le cerró un ojo, y a diferencia de las veces anteriores, en que la muchacha sabía que él trataba de conquistarla, esta vez le pareció el gesto de un amigo, tal como lo harían Harry o Ron. – Pero te aseguro que te gustará.

- Y así, aprovechando que aún quedaban unos cuantos minutos para que comenzara la hora de almuerzo, el castaño se quedó sentado en la oficina de la joven, conversando realmente por primera vez con ella.

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Draco sabía que Granger no pondría buena cara cuando lo viera en el Ministerio. Sólo esperaba que no hiciera un berrinche frente a toda esa gente.

Al llegar al mesón de informaciones puso su mejor cara de galán para preguntarle a la joven bruja por Granger.

- Disculpa. – Inmediatamente la chica se sonrojó. - ¿Sabes dónde puedo encontrar a Hermione G…Malfoy?

- Ehhh… espere un momento. – La vio revisar unos pergaminos, evidentemente nerviosa por su presencia y aún sonrojada. – La Sra. Malfoy se encuentra en el tercer piso.

- Gracias. – La chica le sonrió embobada, a lo que él sólo esbozó una de sus típicas sonrisas marca registrada Malfoy, que casi la dejaron babeando su mesón.

Al llegar al piso indicado por la chiquilla oyó como alguien lo llamaba.

- ¡Malfoy! ¡Malfoy!

Se dio media vuelta y se sorprendió bastante al ver a la Lunática corriendo hacia él y agitando la mano en señal de saludo. Atrás venía el Pobretón, visiblemente molesto.

- ¡Hola! Me alegra que estés por aquí. Ya hace mucho tiempo que no te veía, ¡desde Hogwarts!

Sigue igual de loca, pensó Draco.

- Hola. Ehhh… sí, desde Hogwarts. – Se sentía inmensamente incómodo, pero la rubia le sonreía como si no se percatara de ello.

- ¿Vienes a buscar a Hermione, cierto? – Le preguntó animada.

- Sí.

- ¡Excelente! Nosotros te levaremos hasta su oficina. ¡Ron! Ven a saludar a Draco, no seas mal educado.

Gruñendo algo ininteligible, el pelirrojo se acercó hasta ellos y apenas estrechó la mano del rubio. Hubiera sido posible ver las chispas que despedían los ojos de ambos.

- ¡Muy bien! ¡Vamos! Está aquí cerca.

Y rendido a su suerte Malfoy siguió a la alegre muchacha que no paraba de hablar lo que para él eran puras chifladuras tomada de la mano de su ceñudo esposo, que a cada momento daba vuelta la cabeza para lanzarle una mirada bastante amenazadora.

¡Ja! ¡Cómo si me asustaras, Pobretón!

Y después un rato que para el rubicundo fue una verdadera tortura, finalmente Luna se paró frente a una puerta. Sin embargo Draco la vio titubear al mirar por el vidrio de la oficina.

Al observar él también hacia el interior abrió los ojos e inmediatamente una expresión molesta surcó su rostro.

¡Quién mierda era ese tipo! Y lo más importante: ¡¡Qué mierda hacía besando la mano de Granger!

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- ¡Oh! ya son casi la una de la tarde. – Se percató Jonathan. – Voy a buscar mi abrigo para que salgamos, ¿de acuerdo?

- De acuerdo.

El joven se sentía feliz, y por eso fue que no pudo evitar acercarse, tomar la mano de una sorprendida Hermione y besarla caballerosamente.

- Gracias por tan agradable conversación. – Le dijo aún sosteniendo la mano de la chica.

Fue en ese momento cuando la puerta de la oficina se abrió dando paso a quien la castaña menos hubiera esperado.

- ¡¿Qué haces aquí! – Le gritó bruscamente, soltándose de Jonathan.

- Vengo a verte, ¿Qué más? – Le contestó él con tono irritado.

- ¡Vete ahora mismo!

Entre tanto Luna, Ron y Jonathan observaban la discusión como si de un partido de tenis se tratase.

- No me hagas perder la paciencia. – Draco respiró profundamente antes de continuar para así que su voz se escuchara más tranquila. - Vine a buscarte para almorzar juntos.

- ¡Ja! ¿Estás loco? ¿Crees que almorzaré contigo después de lo de ayer?

- Creo que no es tema para hablarlo aquí. – Le contestó amenazadoramente.

- Y yo creo que no iré contigo.

- ¿Y se puede saber por qué crees eso?

- Porque Jonathan me ha invitado a almorzar. – Le dijo señalando al chico de cabellos castaños.

Draco ni siquiera movió ante aquella oración. Parecía no importarle que su esposa prefiriera salir con otro hombre antes que con él. Sin embargo Hermione no sabía lo mucho que lo había trastornado el descubrir la existencia de Jonathan.

- Supongo que tu amigo comprenderá que tienes deberes con tu esposo antes que con cualquier otra persona. ¿Comprendes, Jonathan? – Preguntó dirigiéndose al aludido ante el asombro y la rabia de Hermione.

- Claro. – Respondió ácidamente.

- Entonces no hay más que hablar. Recoge tus cosas y vámonos. – Se despidió de los presentes con un seco "adiós" y en seguida salió de la oficina.

Hermione permaneció unos segundos con la boca abierta producto del asombro, la rabia y la impotencia que sentía. ¿Cómo se atrevía Malfoy a tratarla así?

- Hermione, ¿estás bien?

- Sí, Luna. – Y tomando bruscamente sus pertenencias se dirigió a la puerta, no sin antes dar media vuelta para dirigirse a los presentes. – Nos vemos en la tarde, chicos. Lo siento, Jonathan. Para otra vez será.

Jonathan sólo sonrió, tratando de disimular el gran vacío que sentía en el pecho. Apenas la castaña se fue, se dirigió a su propia oficina, maldiciendo en su mente a aquel rubio que le impedía acercarse a la mujer que amaba. Aquel rubio tan frío que se atrevía a tratar de aquella manera a un ser tan dulce y amable como Hermione. ¿Cómo era posible que ella se hubiera casado con un monstruo como ese?

Entre tanto, Ron y Luna parecían no caber en su asombro.

- ¡¿Viste eso, Luna! ¡¿Lo viste! ¡¡¿Viste!¡A mi no me pareció ver ni una pizca de amor ahí! ¡Más bien parecían los mismos de Hogwarts!

- Seguramente algo sucedió. Alguna pelea quizás, Ron.

- Yo creo que aquí hay gato encerrado. ¡No me vengas con cuentos sobre peleas!

- Pues para tu información todas las parejas pelean. – Terció Luna con molestia, antes de dejarlo parado en medio del pasillo.

- ¡No! ¡Luna! ¡¡Lunita, espérame! No quise hablarte así, amor… - Gritaba un pelirrojo tras su esposa.

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- ¡¿Podrías explicarme que significó tu actuación de hace un rato! – Hermione casi debía correr para seguirle el paso.

- Apúrate. Vamos al despacho de Snape. –Le habló como si no la hubiera escuchado.

- ¡¿Qué! ¡Dijiste que íbamos a ir a almorzar! ¿Qué estás tramando?

- Escúchame, Granger. – El rubio se había detenido y dado media vuelta sorpresivamente, encarándola; lo que la tomó tan desprevenido que estuvo a punto de chocar con él. – Dumbledore nos mandó a llamar. Quizás si hubieras estado en la casa esta mañana podrías haber leído la carta que mandó. Nos espera a la una en el despacho de Snape, así que deja las tonterías a un lado.

Hermione lo miró con llamas en los ojos. Detestaba que la tratara como si fuera una niña malcriada, como si él fuera el que se tomara el asunto en serio y ella no. Y detestaba aún más que eso ya se estaba convirtiendo en una rutina entre ellos.

No era su culpa que él actuara siempre como un maldito témpano de hielo sin sentimientos. Tampoco que ella fuera tan emotiva.

Sin embargo ella no imaginaba que lo que haría Draco tan sólo unos minutos después tendría poco que ver con un témpano de hielo.

De mala gana lo siguió hasta que llegaron a la puerta del despacho de Snape. Una vez ahí el rubio tocó la puerta, pero nadie respondió. Repitió la operación un par de veces más y aún nada.

- ¿No dijiste que nos estaban esperando? – Le preguntó la chica enarcando una ceja.

- Eso dije, Granger. – Le contestó malhumorado.

- ¿Entonces?

- Son las 12:45. La reunión sería a la una.

- ¿Y ahora que hacemos?

- Pensé que eras más inteligente, Granger. Yo opino que esperar. – Le contestó sarcásticamente, a lo que se ganó una mirada bastante molesta por parte de la joven. – Además no se tú, pero yo no pienso quedarme aquí parado como tonto todo este rato. Yo esperaré dentro.

- ¡No puedes entrar así como así! ¡Es propiedad de alguien más!

Sin hacerle el menor caso, Draco abrió la puerta con una facilidad que sorprendió a Hermione.

- ¿Qué esperabas? Es mi padrino. Por algo me fue bien siempre en pociones. – Le dijo antes de entrar como si fuera su propio despacho.

- Y sabía yo que tenías ayuda, hurón. – Masculló la joven antes de entrar ella también.

Draco se sentó en un sillón oscuro, visiblemente relajado. Pero la muchacha permaneció de pie, incómoda por el silencio que se había formado y por lo tétrico y frío del lugar.

Trató de fijarse en los cientos de frascos sobre las repisas para distraer su atención, pero al sentir la mirada del rubio fija en ella le fue imposible.

- ¿Qué tanto miras? – Le preguntó finalmente.

- ¿Quién era ese que estaba contigo en tu oficina? - La pregunta no pudo menos que sorprenderla.

Ella no podía saber que Draco, a pesar de lo calmado y distante que había parecido desde que la había ido a buscar, por dentro era un volcán a punto de estallar. El rubio se había estado haciendo esa pregunta desde hace ya varios minutos. ¿Quién demonios era ese imbécil que estaba con Granger en su oficina?

- No es de tu incumbencia.

- Sí que lo es.

- ¿Ah sí? ¿Y por qué?

- Porque no quiero que vuelva a poner sus manos sobre ti. – Le dijo fríamente.

- ¡Eso es problema mío! ¡No tienes ningún derecho a decirme que él no puede tocarme!

- Claro que lo tengo. – Draco se puso de pie. – Y escúchame bien. Ni él… - Y a medida que hablaba se acercaba más y más a ella hasta arrinconarla contra la pared. – ni nadie más que yo puede tocarte.

- ¡Cómo te atreves a hablar así! ¡Me importa un bledo! ¡Tú no me mandas!

Totalmente inmune a sus gritos, Draco se acercó aún más a ella hasta arrinconarla totalmente. Tomó con fuerza las muñecas de Hermione e inmovilizó sus brazos a los costados de su cuerpo.

- ¡Suéltame, hurón repugnante! ¡Quita tus sucias manos de encima de mí! ¡No quiero que me vuelvas a tocar nunca más en mi vida!

En respuesta el rubio pegó su cuerpo completamente al de ella y enterró su nariz en los rizos de Hermione oliéndolos. Aquello era tan sensual que Hermione no pudo evitar un estremecimiento, sin embargo se mantuvo en su actitud de desprecio y enojo hacia él.

- ¡¿Porqué mejor no te vas a revolcar con Parkinson! – Le espetó profundamente dolida.

El rubio se alejó un poco para observarla a los ojos. Sólo entonces comprendió la actitud de la joven. Y sólo entonces la entendió, porque hace sólo momentos él había sentido lo mismo.

Celos. Simplemente celos. Porque a pesar de que no se querían o amaban, había nacido en ambos algo difícil de explicar, un sentimiento enfermizo y egoísta de posesión el uno sobre el otro.

- Porque no quiero. – Le negó tranquilamente, seguramente. – Ella no me interesa. La única razón por la que me acosté con ella fuiste tú. Solamente tú.

- ¿Yo? Tú debes estar loco. ¿Cómo voy a ser yo la razón para que te acuestes con ella?

Draco sabía que si continuaba hablando ya nada sería igual. Se arrepentiría por lo que estaba a punto de decir, pero debía hacerlo.

- Aunque me cueste creerlo ya no puedo estar con ninguna otra mujer que no seas tú, Granger. No puedo. Y eso me asustó. Tenía que comprobarlo. Y resultó ser cierto. Acostarme con ella no significó absolutamente nada. Sólo sirvió para darme cuenta que a la única que quiero hacer vibrar de placer es a ti, Granger. – Y esto último lo susurró al oído de la castaña. – Sólo a ti.

Hermione cerró los ojos, finalmente rendida a las palabras del rubio. Sabía que él era sincero, que aquellas palabras eran valiosas proviniendo de él.

El blondo besó su cuello provocando un gemido por parte de ella, un gemido proveniente de lo más profundo de su alma que fue como el canto de un ruiseñor para Draco. Después de tanto tiempo sin escucharla no pudo aguantarse y eufórico se apoderó de su boca con pasión desenfrenada.

A esas alturas los brazos libres de Hermione rodeaban con fuerza la espalda del joven, mientras que éste apretaba con fuerza las caderas femeninas, pegándolas a su entrepierna.

- ¡Oh!... Malfoy… pueden entrar… - Hermione apenas podía hablar, presa de sensaciones demasiado intensas.

- No… no te preocupes… tenemos tiempo justo… - Las manos de Draco se deslizaron bajo su túnica, abarcando excitantemente sus muslos, su trasero y su intimidad.

- Pero… nos pueden ver… - Era como si las palabras que salían de los labios de Hermione no tuvieran nada que ver con lo que hacía su cuerpo, el cual se retorcía de placer.

- No me importa… ya no aguanto más. – Le dijo el rubio antes de atrapar su boca en un nuevo beso para acallar las protestas de Hermione. Y surtió efecto, porque aquel beso hizo morir definitivamente la razón en la cabecita de la castaña.

Casi con desesperación el rubicundo desabrochó los primeros botones de la túnica de la muchacha, dejando a la vista sus pechos.

- ¡Merlín! ¡No saben cuanto los extrañaba! – Les dijo antes de besarlos por sobre la tela, lo que provocó una risa por parte de la joven que inmediatamente fue sustituida por un gemido.

Sabiendo que tenían poco tiempo y presa de su propia desesperación, Hermione dirigió su mano hasta el cierre del pantalón de Malfoy y lo bajó de un solo tirón.

Él la miró enarcando ambas cejas, a lo que ella le respondió con una sonrisa traviesa.

- Ya no aguanto. – Susurró la castaña con los ojos encendidos.

Y aquello fue suficiente para que Draco la levantara con fuerza de las caderas y la aprisionara contra la pared y su propio cuerpo.

- ¡Espere!

Ambos se miraron con terror al escuchar el grito procedente del exterior del despacho.

- ¡Ese era Ron! – Exclamó la castaña.

- ¡Mierda! – Exclamó Draco antes de soltarla.

Con nerviosismo y lo más rápido que sus dedos le permitían, la joven comenzó a abotonarse la túnica. El rubio, quien por supuesto había utilizado su varita para componer su ropa, no dudó un instante en dirigir su varita hacia la chica, quien mágicamente quedó completamente bien vestida nuevamente; justo antes de que la puerta del despacho se abriera y por ella entrara un Snape con cara de pocos amigos.