Epilogo

Recorrió de nuevo el camino desde la entrada de la verja hasta el pasillo numero seis. Luego avanzó hacia la lápida cuarenta y siete. Pasados seis meses, la hierba había cubierto de nuevo la zona del agujero.

Se arrodilló y sacó un pañuelo.

Había estado lloviendo las últimas semanas y, tal como supuso, la lápida estaba hecha un asco. La limpió con presteza, recreándose en los relieves del nombre. Al terminar respiró profundamente. Pasados seis meses, todavía se le hacía duro todo aquello.

La inscripción de Katherin Black brilló centelleante de nuevo. Pese a no haberse casado, no quería que su niña restara bajo el apellido de quienes tantas adversidades les pusieron. Ella tampoco lo hubiera deseado.

Dejó delante de la lápida un ramo de rosas rojas. Hermosas, como lo había sido su niña. Aún no lograba entender cómo la había perdido. Cómo localizaron la iglesia los Mortífagos. Pero, sobretodo, no lograba perdonarse haberle dicho a la mujer qué era en realidad lo que buscaban los Mortífagos.

Y todo para nada.

Lord Voldemort necesitaba un varón. El hijo de Kathy y suyo había sido una niña, enterrada en la lápida de al lado. Katherin Black II. La mataron, nada más ver que no era lo que buscaban. Voldemort no estaba dispuesto a esperar otra generación para conseguir ese don. Y lo mejor era liquidar enemigos. Un bebé ¿Qué más daba?

Los miembros de la Orden encontraron el cadáver en una de sus misiones, pocos días después de la muerte de Kathy.

Los Mortífagos encargados de esa misión habían cometido un grave error. Mataron a la portadora del don de la invulnerabilidad para nada. Voldemort había estado furioso, pues los tres encargados de aquello murieron misteriosamente a los pocos días.

Se arrodilló de nuevo en el suelo, y puso la mano sobre la fría lápida de mármol.

Sabía que Kathy lo había hecho para salvarlo a él, pero hubiera preferido mil veces ser él quien estaba enterrado a varios metros bajo tierra.

Intentó no imaginar en que estado se encontraría la antes suave piel de Kathy, sus sedosos cabellos y sus rosados labios.

Se levantó, escondiendo unos ojos lagrimosos detrás de sus gafas de sol, completamente negras, salió del cementerio, dando por terminado su visita semanal a su esposa y a su hija.

Las primeras semanas habían sido las más duras. Los padres de Kathy aparecieron para intentar matarlo, solo su hermano, el que tantas veces los había ayudado a los dos, consiguió pegarle. Por poco no le rompe la cara, literalmente.

Pero por muchos golpes y heridas que pudieran hacerle, su dolor era cien veces peor. Siempre lo sería, porque jamás se lo perdonaría. Dumbledore había acertado en no decírselo todo hasta que fue necesario, y él lo esgarró contándole a Kathy la verdad. Ojalá no lo hubiera hecho.

Seis meses después, pero, había entendido, al fin, que la vida no terminaba allí.

Ahora James y Lily eran quienes estaban en el punto de mira del Señor Oscuro: Su hijo debía de ser algo muy especial, pues esta vez solo estaba concentrado en encontrarlos. Realizarían Fidelio, un potente hechizo de protección y camuflaje, él era el único aparte de Dumbledore que lo sabía, pues en principio debía de ser su guardián secreto.

También estaba Remus, solo como él, quien necesitaba su ayuda, su apoyo y sus sonrisas incondicionales, y Peter, que parecía cada vez más asustado por el mal que los acechaba.

Por ellos debía sonreír, pese a vestir ropas negras como su apellido, de luto, por Kathy. Ella se había sacrificado para salvarlos a todos. Ahora él debía terminar su tarea.

Sería un ángel guardián. De negro.

FIN

No tengo palabras. Casi dos años me ha llevado todo esto. Estoy sorprendida de mi misma y, sobretodo, de los que habéis llegado hasta aquí desde el principio o desde hace tres horas. De veras, os lo agradezco.

Un beso enorme para todos vosotros y un gran abrazo.

Esta historia queda íntegramente dedicada a todos los que habéis dejado uno de los 600 reviews que hay en estas dos partes (¡600! ¡Es alucinante!)

Un gran beso de nuevo, porque no puedo llorar ya que estoy en una biblioteca pública y me mirarían mal.

Seiscientas gracias.

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