Capítulo 2. Accidente.
22 de Abril de 1949.
Naruto se sentó frente al escritorio del ático y comenzó a redactar.
Aquel día había tenido que trabajar el doble en el periódico, ya que uno de sus compañeros se había puesto enfermo y él había tenido que hacer su trabajo. Se alegraba de no haber encontrado a Sakura en casa ya que no le apetecía nada tener que aguantarla. No estaba de humor para nada. Simplemente quería sumirse en sus recuerdos y relatarlos lo antes posible como si así el tiempo fuese más rápido. Por alguna razón que ni él mismo entendía quería que el tiempo se acelerase, que los años pasasen deprisa.
Estaba más que harto de ponerse triste cada vez que se acordaba de Sasuke y sin embargo no quería dejar de hacerlo. Por una parte habría estado bien olvidarlo, como si nunca hubiese existido, y por otra lo quería tener presente en su memoria todos los días. Y es que aquel chico, Sai, que era nuevo en el periódico le recordaba demasiado al Kamikaze. Se parecía tanto que cuando llegó a la oficina creyó que era él, que realmente nunca había muerto o que había resucitado. Pero después vio que no lo era y se sintió triste y abatido.
Sai era un chico despierto y alegre. Era alto, de pelo y ojos oscuros y leves rasgos achinados. Huérfano, como él, se había criado en los barrios bajos de Queens junto a su hermano mayor, quien había muerto años atrás de enfermedad tras volver de la guerra. Sai hacía las tiras cómicas del periódico, siempre irónicas y divertidas, por lo que bastante gente le escribía para felicitarlo por su trabajo. Solía caer bien a la gente que tenía sentido del humor, que por desgracia no eran demasiados.
No sabía muy bien como tratar a las personas y por eso apenas tenía amigos. Naruto perdía los nervios con facilidad cuando estaba con él pero había decidido ser simpático porque Sai también lo intentaba. El rubio era de las pocas personas íntimas que tenía y el único que sabía cómo había sido su pasado, y Naruto agradecía que confiara tanto en él. Al principio no le cayó nada bien pero le fue cogiendo el mismo cariño que se les coge a los niños cuando no tienes más remedio que aguantarlos, y poco a poco se habían hecho amigos.
Aquella noche llovía y hacía bastante frío. Había sacado una vieja manta a cuadros rojos y blancos de su baúl y se la había echado a la espalda. No oyó la puerta de abajo cuando ésta se abrió y se cerró con un golpe seco. Estaba demasiado concentrado en su trabajo como para prestar atención a algo más.
"El viaje fue largo, silencioso y aburrido.
Sasuke no me dirigió la palabra ni una sola vez pero no pude tranquilizarme. Estaba bastante nervioso. Íbamos en un Caza japonés y de día. ¿Y si nos atacaban los americanos? Pero por suerte –aunque probablemente la suerte no tuviese nada que ver– no nos atacaron y llegamos a Estados Unidos sin ningún problema. Aterrizamos en una pista en las afueras de Nueva York, donde nos esperaba un coche negro. Ya era de noche.
El automóvil nos llevó a un almacén donde nos cambiamos la ropa militar por ropa normal y después a una casa de color verdoso en una calle pequeña con viviendas similares, bastante alejada del centro, pero bien iluminada.
Cuando el coche paró, el conductor nos dio las llaves de la casa y nos dijo que no saliésemos de ella hasta no recibir órdenes. Fue algo innecesario ya que eso ya nos lo habían dicho, y también dijeron que si los vecinos, o cualquier persona, preguntaban, teníamos que decir que éramos estudiantes universitarios.
Después de que el vehículo se fuese, entramos en la casa. Sasuke aún tenía la bolsa sobre el hombro. Yo no tenía ningún tipo equipaje. Baley me había dicho que había algo de ropa para los dos en la casa. Yo entré primero y encendí la luz del pasillo. El bastardo esperó un poco, miró la calle y entró también.
–Bueno... –dije yo, rompiendo el incómodo silencio–. Así que ésta es la casa.
Sasuke gruñó, pero no dijo nada. Dejó la bolsa en el suelo y se fue a buscar el cuarto de baño. Yo fui a buscar los dormitorios, el salón y la cocina. La casa no era muy grande pero lo suficiente como para que una familia pequeña viviese en ella. Y con familia pequeña me refiero a una familia compuesta por dos miembros porque, como no tardé en descubrir, sólo había un dormitorio con una cama matrimonial, una cocina sucia y pequeña, un salón demasiado grande y poco amueblado con una moqueta vieja en el centro sobre la que había una mesa redonda y enana rodeada de dos sofás y un sillón. Un reloj de cuco en un rincón (reloj que Sasuke destruyó tres noches después de haber llegado a la ciudad); una mesita con una radio debajo de una ventana grande que había en el fondo de la estancia; un mueble con puertecitas de cristal en el que había un juego de vajillas y copas, y un reloj antiguo. Frente al mueble había un armario con estanterías llenas de libros. Me acerqué y les eché un vistazo. Había sobre religión, política, poesía, ciencia ficción, magia y un montón de cosas más. Me pregunté a quién pertenecería aquella casa.
A los 10 minutos Sasuke apareció y tiró su bolsa sobre uno de los sofás y se tendió en el otro. Lo miré un poco desconcertado.
–¿Cuántos dormitorios hay? –preguntó con su voz grave como si supiese la respuesta de antemano.
–Uno –respondí yo en voz baja–. ¿Quién dormirá en él?
–Lógico.
–¿Lo echamos a suertes?
–No me has entendido. Yo voy a dormir en el dormitorio y tú aquí –dijo señalando el sofá en el que estaba– o en el suelo, tú eliges.
–Eso no es justo –protesté yo.
–La vida no es justa.
–Eres un caprichoso. Lo vamos a echar a suertes y basta ya de tonterías. No voy a consentir que hagas lo que te de la gana como si tu fueses el rey del mundo.
–Soy el rey del mundo –dijo sonriendo con prepotencia.
–Oye, ¿en tu casa no te quieren o qué?
–¡Cállate! –me espetó de repente mirándome serio.
–¿Por qué? ¿No tengo razón o qué?
–He dicho que te calles –me dijo con paciencia pero enfado a la vez.
–No quiero –negué.
–Mira, Uzumaki...
–Naruto –interrumpí cruzándome de brazos a la altura del pecho.
–Me da igual –bufó el temee con impaciencia–. Tú no me caes bien, y yo a ti tampoco, así que no me toques las narices, ¿quieres? Yo voy a dormir en el dormitorio y tú te buscas la vida.
–Que no –volví a negar aún más mosqueado.
Uchiha suspiró, se levantó del sofá, cogió la bolsa y me miró.
–¿Dónde está el dormitorio? –preguntó con todo abatido.
–Oye... Si he dicho algo que te haya molestado...
–Es igual.
–... lo siento –dije sin escucharlo.
–Lo echaremos a suertes.
–Vale... Mmm... ¿Tienes una moneda o algo por el estilo?
Miró a su alrededor.
–No –contestó después de un rato–. ¿Has visto la carnicería que hay al final de la calle?
Negué y lo miré sin comprender durante dos segundos hasta que me di cuenta de lo que estaba diciendo.
–¿Una carrera? –le pregunté con una sonrisa triunfante.
–Sí –me contestó con la misma cara.
–Eso es pan comido, te voy a ganar.
–Sí... Eso es lo que tú te crees. Ya te he dicho que soy mejor que tú.
–Y yo te he dicho que no lo eres. Nunca me he considerado peor que tú y nunca lo haré –le sonreí con malicia.
–Vamos a probarlo.
Echó a andar hacia la puerta, desobedeciendo de nuevo las órdenes.
Al pasar yo también por el pasillo, vi una mesita con un teléfono encima y al lado de éste, una nota.
–Espera –llamé a Sasuke.
–¿Qué pasa?
–Una nota. –Me acerqué y la cogí.
'Mañana a primera hora recibiréis un sobre con dinero e información. No salgáis de casa hasta no haber leído esa información y cumplid las órdenes tal y como vienen especificadas.
Christopher Baley, División 68.'
Se la enseñé, la leyó y la tiró al suelo. Yo le miré con una ceja levantada.
–Queda mucho para mañana y tenemos algo más importante que hacer.
–Cierto –sonreí–, aún te tengo que ganar.
Salimos por la puerta. Ya era de madrugada por lo que la calle estaba desierta, la carnicería que había en un extremo, cerrada, y las luces de las casas apagadas. Sólo se oía algún ruido fugaz que un gato hacía al buscar comida en los cubos de basura de las aceras y el zumbido de la bombilla parpadeante de una farola a unos dos metros de nosotros.
–Cuento hasta tres y salimos, ¿vale? –me dijo Sasuke sin mirarme.
–Bien.
–Uno... dosytres –soltó rápido, y echó a correr sorprendiéndome como lo había hecho en Japón al empezar a correr hacia la pista.
Yo reaccioné enseguida pero tardé en alcanzarlo. Trataba de dar lo mejor de mí mismo. No iba a perder, no contra él. Y entonces vi como su velocidad bajaba al acercarnos al cruce que había antes de llegar a la tienda. Yo seguí corriendo y volví la cabeza para burlarme de él.
–Jeh... ¿Ya te has cansado? –pregunté jadeante.
Volví la cabeza hacia delante en el instante en que mi pie tocaba el asfalto de la carretera y el otro seguía en la acera. Y oí como Sasuke gritaba:
–¡NARUTO, NO!
Volví la cabeza de nuevo, pero al ver la razón de su grito me quedé paralizado, sin poder moverme. Era como si el tiempo hubiese decidido aminorar su velocidad, como si la camioneta Ford que se acercaba a mi lo hiciese a cámara lenta. Pero me despertó el empujón que me dio Sasuke, y medio segundo después el golpe seco que oí y el frenazo del vehículo hicieron que se me acelerara el corazón.
Yo estaba bocabajo pero no me había hecho daño al caer. Cuando oí aquel ruido me di la vuelta a tiempo para ver como Sasuke caía a mi lado de encima del parachoques y un charco de sangre comenzaba a rodear su cabeza. Me costó reaccionar y cuando lo hice lo cogí en brazos y le aparté el pelo de la cara mientras sentía como se me empañaban los ojos.
–¿Pero qué...? –pregunté.
Sasuke abrió los ojos y me miró aturdido. Después tosió un poco de sangre, pero a pesar de todo sonrió y me dijo:
–Idiota... ¿Por qué me miras con esa cara?
–Tú... ¿QUÉ HAS HECHO? –grité desesperado.
–No sé... Pero me sigues cayendo mal... –empezó a reír. Y después volvió a toser sangre.
–Eres un baka. ¿Por qué me has salvado?
–No importa... Escucha... Antes de que... ya sabes... Tienes que prometerme una cosa...
–¿Pero qué dices? –pregunté yo escandalizado–. No tengo que prometerte nada. No te vas a morir así que deja de insinuarlo –noté como las lágrimas se agolpaban por salir, pero no las dejé.
–Jeje... Mira, no quería morir... Porque tenía que acabar con mi hermano... pero... no importa si es por alguien como tú... Un usurantonkachi como tú...
–¿Y qué diablos se supone que significa eso? –pregunté sin poder aguantar más las lágrimas.
–Tonto... significa que eres un tonto... jeh... –Y volvió a toser.– Prométeme que pase lo que pase... abandonarás esta estúpida guerra –me dijo. Me miró y trató de sonreír antes de que su cabeza se cayera a un lado. Ya no sentía su respiración. Se había acabado. Lo abracé con mucha fuerza y entonces me di cuenta de que el conductor de la camioneta estaba fuera de ella. Dejé suavemente a Sasuke en el suelo y antes de levantarme le dije, confiando en que me oiría.
–Tu también me caes mal... temee. Pero...
Callé y me levanté para mirar al cabrón que había hecho aquello. Le grité que lo iba a matar y me abalancé contra él. No me acuerdo muy bien qué fue lo que hice después pero sí recuerdo cuando oí una voz anciana de mujer a mis espaldas que decía continuamente:
–Está vivo... Muchachos, está vivo. Dejad de pelear, está vivo...
–¿Qué? –pregunté soltando al joven conductor, que no tendría más años que yo. El pobre cayó al suelo al lado de su coche, lleno de magulladuras como lo había dejado.– ¿Qué ha dicho? –volví a preguntar cayendo yo también de rodillas al lado del cuerpo de Sasuke.
–El muchacho está vivo. Créeme. Mi marido es médico y me ha enseñado unas cuantas cosas. Le puedo llamar para que mire cómo se encuentra –ofreció la anciana.
Era una mujer muy baja, arrugada, con un poco de bigote. Se estaba quedando calva y llevaba unas gafas feas. Iba con un camisón con flores de color azul y blanco, y una bata rosa por encima. Sus pies calzados por zapatillas de casa marrones estaban hinchados, con manchas por la vejez, y tenía las venas marcadas.
Asentí y volví a coger a Sasuke en brazos dando las gracias a Dios porque estuviese vivo. Y fue entonces cuando me di cuenta de que no había sido culpa del pobre conductor de la camioneta (al que no volví a ver ni sé lo qué fue de él después de aquello) que Sasuke se encontrase en aquel penoso estado, sino mía, por no haber estado atento. Yo y mis ganas de ganarle simplemente porque quería borrarle la maldita sonrisa prepotente de su cara. Y le pedí perdón mil veces mientras lo tenía fuertemente amarrado y lo apretaba contra mi pecho. En ese momento oí como volvía a toser.
–Me... me estás asfixiando... –dijo resoplando con dificultad.
–¡Sasuke! ¡Perdóname, por favor! Todo ha sido culpa...
–Cállate ya y déjame respirar, por el amor de Dios... –me espetó empujándome con los puños cerrados. Lo dejé en el suelo otra vez, se sentó y me miró.– Te juro que no he visto a nadie más baka que tú en mi vida –me dijo sonriendo con la cara de siempre.
–¡Cállate, idiota! –chillé yo furioso pero aún con lágrimas en los ojos–. No sabes el susto que me has dado.
Después de una breve sarta de insultos nos fuimos a casa y yo obligué al temee a quedarse tumbado en el sofá hasta que la mujer viniese con su marido. No tardaron ni cinco minutos. El hombre dijo que Sasuke tenía una costilla rota y un pulmón dañado y le dio tres puntos en la herida de la cabeza. También le dijo que no hiciese demasiado esfuerzo y que guardase reposo durante un par de días. El muy cabezota no lo hizo, claro está y encima le tuve que dejar el dormitorio, aunque no se cómo, siempre acabábamos los dos durmiendo en aquella habitación.
Me ofrecí a ayudarlo a subir a la habitación pero me dijo que podía solo. Aún así me puse en plan maternal y le hice la cama, le tapé con la manta en cuanto se hubo tumbado, le alisé las arrugas de las sábanas, le puse bien las almohadas... Sólo me faltaba el besito de buenas noches.
Me senté en la cama y me dejé caer hacia atrás sobre sus piernas, tapándome los ojos con el antebrazo izquierdo.
–Tráeme agua –me dijo el bastardo.
–Dios... –suspiré, pero aún así hice lo que me pedía.
Le traje el agua y sin decir nada más me metí debajo de la manta de cualquier manera, con zapatillas incluidas, y me dormí. Estaba cansado y asustado aún. Apenas llevaba dos días con el baka de Sasuke, pero le había cogido un cariño especial. ¿Cómo puede alguien encariñarse con alguien tan rápido? Ni idea. Simplemente sé que fue así.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, estaba tapado con la manta hasta las orejas pero estaba solo en la cama. Bajé de un salto de ella al darme cuenta de ese detalle y fui corriendo hasta la cocina. Sasuke estaba ahí, leyendo algo. Sobre la mesa había un sobre grueso. Al lado de éste un pequeño fajo de billetes de 10 dólares y unos papeles. El bastardo tenía uno de los papeles en una mano y en la otra pan con mermelada de fresa.
–¿Qué es eso?
–Pan.
–Eso no. ¿Qué hace aquí ese dinero y la carta? –pregunté impaciente.
–De Baley. ¿No leíste ayer la nota?
Le saqué la lengua pero no me vio y me fui hacia los armarios a buscar algo para desayunar, pero no había nada.
–¿No hay más que eso para comer?
–No, tú no tienes nada para comer.
–¡Bastardo asqueroso!
–Busca en el diccionario o pregúntale a alguien por la palabra "broma", usuratonkachi.
–Eres un...
–Toma –me cortó tendiéndome el bote de mermelada y el pan.
–Gracias –susurré sentándome en una silla pequeña, la única que quedaba libre–. ¿Qué dice Baley?
–Que tenemos que ir a Queens a recoger un maletín con dinero, armas e instrucciones –me contó tendiéndome la carta.
–¿Qué? ¿Para qué queremos armas? –pregunté yo mirando el papel y leyéndolo por encima.
–Es lo que pone. ¿Dónde está Queens?
–Tu no vienes –contesté levantando la vista del papel.
–Eso es lo que tú te crees.
–Que no, que no vienes. Estás herido y el médico ese ha dicho que no debes hacer esfuerzos –insistí.
–Gracias por preocuparte, mami –se burló–, pero creo que puedo andar sin esfuerzo.
– Estoy hablando en serio. Queens está lejos y tú no puedes andar hasta allí –protesté.
–¿Cómo sabes que está lejos si no nos han dicho donde estamos? Y además, tenemos 100 dólares(1).
–¿Cómo?
Me enseñó los billetes. Diez billetes de diez dólares cada uno. Nunca había tenido tanto dinero a mi disposición, ni siquiera en mis días de ladronzuelo.
–Tenemos dinero de sobra para ir en autobús –me dijo dejando los billetes sobre la mesa.
Discutimos durante varios minutos más hasta que terminé aceptando que no podría obligarle a nada. Era como era, un maldito cabezón, como yo, y no había nada que hacer para remediarlo.
No tardamos en averiguar que nos encontrábamos en la Avenida Riverview y no nos costó encontrar una estación de autobuses. Subimos al primero que llegó, que iba hacia Broadway."
–Naruto... –llamaba por quinta vez la chica desde detrás de la puerta del ático, la cual el rubio había cerrado con llave–. ¡NARUTO! ¡Por el amor de Dios, contesta!
–¿... eh? –Miró confundido hacia la puerta.– ¿Qué pasa, Sakura?
–Dios, al fin contestas. ¿No bajas a cenar?
– Sí... sí, claro, ahora voy.
–Date prisa, la cena ya está lista.
…
1. En esa época 100 dólares eran mucho. Un sueldo normal rondaba los 50 euros según leí, pero no tengo ni idea a cuánto equivaldría eso ahora.
