Capítulo 3. Aventura en Queens.
Domingo, 24 de abril de 1949.
–Hoy viene Sai a cenar –murmuró Sakura a la hora de comer, sin mirar a Naruto, sentado frente a ella..
–¿Qué? ¿Lo has invitado? –preguntó este, incrédulo.
–Sí –sonrió la chica para restarle importancia al asunto.
–¿Y eso por qué? ¿Desde cuándo sois tan amigos?
–No es eso, pero compréndelo. Sai no tiene a nadie, y me gustaría que supiese que puede contar con nosotros para lo que sea. Además, es tu amigo.
–Lo es, pero no para que venga aquí a cenar. Ya sabes como es Sai –le dijo Naruto con cara de preocupación e impaciencia. Se levantó de la mesa del comedor y fue a la cocina mientras le decía:– Además, se supone que cuando uno quiera hacer una cosa que afecte al otro, habrá que consultar esa cosa, ¿no?
–Sí, pero si te lo preguntaba antes habrías dicho que no. Ahora no tienes más remedio que aceptarlo –dijo la chica con voz cantarina.
Naruto suspiró, abrió un cajón del armario de la cocina y sacó un bote de pretzels. Volvió al comedor y se sentó abriendo la tapa del bote y poniéndose a comer.
–La próxima vez que quieras hacer algo así, dímelo –habló con la boca llena.
–¿Para que me digas que no? Sé que no te gusta que venga gente a casa.
–Pero no puedes hacer eso. Tengo derecho a opinar también.
–Lo pasaremos bien. No seas tan cabezota, ¿quieres? –le dijo mientras se levantaba de la mesa y recogía los platos y cubiertos.
Naruto la ayudó a fregar y secar la vajilla. Después subió al ático y comenzó a escribir. Hasta que Sai viniese quedaban más de tres horas, por lo que le daría tiempo a escribir una parte de su relato, ya que aquella tarde no tenía nada que hacer. Era domingo y ese día no había tenido que ir a trabajar, y tampoco despertarse temprano.
"Cambiamos de autobús varias veces hasta llegar a Queens.
–¿Y ahora? –le pregunté a Sasuke.
–¿Dónde estamos? –me preguntó él.
–Pues... –Me puse a mirar a mi alrededor para tratar de localizar algún cartel.– En la Avenida Flatlands.
–Tenemos que ir a una almacén de la calle E 102 –leyó en un papel que acababa de sacarse del bolsillo.
–A ver... –eché a correr hacia la derecha.
–¡Oye! –me llamó Sasuke.
Cuando llegué a la esquina, miré el nombre de la calle. La E 99. Crucé la calle y fui corriendo hacia la siguiente. Era la E 100. Me di la vuelta para ver dónde estaba Sasuke. Se había sentado en las escaleras de una tiendecita, varios metros antes de llegar a la E 100, y se apretaba un costado. Eché a correr otra vez hasta llegar donde él estaba.
–¿Estás bien? –le dije preocupado.
–No corras de esa manera, joder, que tengo un pulmón jodido, no te puedo alcanzar –prununció con dificultad.
–Bah... Yo no te he dicho que me sigas –murmuré cruzándome de brazos y dándole la espalda, para después comenzar a caminar hacia la E 102.
Poco después sentí como algo me golpeaba la cabeza, me volví y vi al temee mirándome con rabia.
–¿A ti qué te pasa? –le salté.
–¿Tu eres bobo? A ver, que no puedo correr. ¿Entiendes eso?
–¿Y a mi qué me cuentas? Yo no te mandé saltar delante de la camioneta. ¡Bobo!
–Pero serás... –empezó, pero no pudo acabar la frase porque se puso a toser violentamente.
–Oye... –le dije yo extendiendo los brazos hacia él, tratando vagamente de ayudarlo. Pero apartó mi brazo izquierdo de un manotazo antes de que le tocase.– Desagradecido... ¿Estás bien?
–Sí. Vámonos –ordenó tratando de recuperar la compostura.
Anduvimos durante unos 5 minutos antes de llegar al almacén. Era grande, de color verde oliva, con ventanitas pequeñas y oscuras, algunas rotas, en la parte más alta. Tenía varias puertas, así que pregunté al bastardo por cuál entrar. Él dijo que por la más grande, y así lo hicimos.
El edificio tenía una sola planta, con techo alto y un montón de cajas de madera y barriles de diversos tamaños dentro. Comenzamos a andar hacia delante cuando oímos como una voz de hombre decía:
–Ah, ya habéis llegado. Venís de parte de Baley, ¿no? Bien –dijo sin darnos tiempo a contestar. Entonces lo vi, apoyado en una caja muy grande. Era un hombre joven. Vestía con un impecable traje gris oscuro a rayas diplomáticas, con una camisa parda de seda. Tenía el pelo grisáceo y un poco largo.– Yo soy Mizuki. Sí, sí, no hace falta que preguntéis, no soy americano –continuó, empezando a caminar hacia nosotros. Tenía un acento muy raro. Llevaba un maletín en la mano derecha y una pistola en la izquierda. Cuando llegó hacia nosotros volvió a hablar.– Aquí tenéis. El maletín y la pistola, Baley os lo habrá dicho. Esta es una Walther P38. Una auténtica preciosidad alemana, ¿eh? ¿Alguno sabe como usarla? –nos preguntó mirándonos, primero a mí y luego a Uchiha. Yo negué con la cabeza, pero él asintió y la cogió. Yo cogí el maletín.– Bien, pues aquí tenéis. Deberíais daros prisa y... Mierda –susurró–. ¡Corred!
Comenzó a correr mientras de un bolsillo interior de su chaqueta se sacaba otra pistola. Yo no reaccioné hasta que Sasuke tiró de mí. Corrimos durante unos segundos, Uchiha me empujó al suelo detrás de unas cajas pequeñas y se tiró encima de mí, tapándome la boca con su mano izquierda mientras en la otra aún sujetaba el arma.
–No hagas ruido –susurró muy cerca mi oído.
Me sonrojé al darme cuenta de la posición en la que estábamos. Yo tirado en suelo con el bastardo encima de mí tapándome la boca con una mano y con sus labios muy cerca de mi oído derecho.
Sentí el impulso de correr, irme de ahí sin importar lo que pasara, así que con una fuerza que ni yo sabía que tenía, empujé a Sasuke de encima mío, me levanté y me quedé parado, mirando a un hombre que me apuntaba con una enorme ametralladora, que ni sé como podía sujetar. Mis piernas no me respondían. No me podía mover, como si tuviese los pies pegados al suelo.
Creo que sólo fue medio segundo lo que duró aquello, pero el tiempo suficiente como para haber muerto. En ese momento sentí que algo tiraba de mí hacia abajo y me caí. Sasuke volvió a subirse encima de mi cuerpo haciéndome mucha presión en la espalda, para que no me pudiese levantar.
No se como pasó, porque no lo vi, pero oí un disparo que provenía de Sasuke, y acto seguido dos cosas pesadas caían al suelo, al otro lado de las cajas detrás de las que estábamos. Me asusté mucho, pero entonces él se levantó tiró de mí para que me levantase y, sin dar explicaciones, comenzó a correr.
Nos paramos cuando llegamos detrás de una caja muy alta. Sasuke se pegó a ella con la pistola en alto, se asomó a la esquina al lado de la que estaba con mucho cuidado y después a la otra para asegurarse de que nadie nos había visto. Yo, aún con el maletín en mis brazos, lo apretaba con mucha fuerza contra mi pecho, como si fuese lo más preciado que tuviese. Oía golpes, gritos, disparos y mil cosas más, pero estaba demasiado asustado para distinguirlas.
–¿Tu eres gilipollas? –me susurró entonces Sasuke agarrándome del cuello y pegándome más a la caja–. De poco nos matan por tu jodida culpa. ¿A quién se le ocurre hacer eso?
–Lo siento –musité apenas sin voz. Sentía ganas de llorar.
–¿Que lo sientes? Vuelve a hacer algo así y te vuelo la cabeza. ¿Me oyes? –e preguntó levantando un poco la voz. Me soltó y se apoyó en la caja cogiendo aire a bocanadas.
De repente los disparos cesaron. Aún se oía ruido, pero pronto paró. Sólo se escuchaban pasos lentos, y murmullos. Supongo que sus dueños no eran conscientes de que los oíamos. Entones sentí el aliento de Sasuke sobre mi oreja izquierda y me dijo, tan bajo que me costó entenderle:
–Cuando yo de diga "corre", y te coja de la mano empiezas a correr como si tu vida dependiese de ello. Me sigues a mí, ¿entendido?
Asentí asustado. ¿Qué íbamos a hacer? Comenzar a correr como locos hacia la salida. ¿Y si nos mataban?
Observé a Sasuke durante un instante. No paraba de vigilar su esquina. De repente, apuntó hacia algo con la pistola. Uno, dos, tres... y cuatro segundos contados pasaron antes de que oyese un disparo y, acto seguido, una fuerte explosión no muy lejos de donde estábamos. Entonces me agarró de la muñeca izquierda y comenzó a correr.
Salimos de detrás de la caja por la esquina en la que estaba yo y aquel día corrí como nunca lo había hecho. Sólo veía a Sasuke delante de mí, le confié mi vida e hice lo que él me dijo. Cruzamos la puerta de salida a una velocidad increíble, y seguimos corriendo más allá del almacén. Una calle, dos calles... ¡BUM! Una gran explosión me sacó de mi ensimismamiento y aminoré la velocidad. Sasuke en cambio se paró y se apretó con fuerza el pecho.
–¿Estás bien? –pregunté asustado.
Pero no me contestaba. Tenía los ojos enrojecidos, creía que se le iban a salir de las órbitas. Respiraba con mucha dificultad, como si algo le obstruyese los tubos respiratorios. Como pude lo llevé a las escaleras de un portal y lo senté. Él empezó a toser muy fuerte. Algunas personas se quedaban a mirar, asustadas. Supongo que, como yo, pensaban que se iba a morir, además de que estaba la explosión que acababa de haber.
La gente murmuraba sin parar. "El chico", "la explosión", "mucha gente", era lo que yo oía que decían. Fue entonces cuando me di cuenta de que aún llevaba la pistola. La tenía amarrada al cinturón de los pantalones.
Sin darme cuenta comenzó a toser muy fuerte. Lo miré a la cara. Varias lágrimas le rondaban por las mejillas. Tosía sangre. Asustado como estaba dejé el maletín en las escaleras y me levanté a pedir un pañuelo o cualquier cosa. Estaba en pánico. Una señora muy mayor me tendió su pañuelo con flores bordadas y se lo di a Sasuke. Siguió tosiendo durante un buen rato sobre el asfalto de la acera, y cuando por fin pudo parar se limpió la cara con el pañuelo y permaneció cabizbajo, respirando dificultosamente.
La gente comenzó a irse, pero algunos preguntaban si estaba bien, antes de hacerlo. Él sólo asentía, sin decir palabra. Poco a poco nos quedamos solos, con la anciana. Se aseguró de que estuviésemos bien, dijo que nos quedásemos con el pañuelo y se fue.
Yo no paraba de mirar a Sasuke, como si de un momento a otro se fuese a caer sobre la acera y no volviese a levantarse nunca más.
–Estoy bien –murmuró con voz quebrada. Levantó la cabeza y sonrió vagamente– Eres un usuratonkachi.
Yo no cabía en mi mismo de felicidad y salté sobre él para abrazarlo. Y no lo solté en un buen rato, a pesar de sus esfuerzos por que dejara de abrazarlo.
–Vamonos a casa, anda –me dijo cuando por fin nos separamos.
–Sí –asentí contento.
–Espera –me dijo antes de que me levantase–. Tenemos que guardar esto –Me señaló la pistola.
–Podemos guardarla en el maletín –sugerí. Él asintió. Cogí la valija y la abrí.– Wow... ¡Cuánto dinero!
–¿Qué? Dame eso –me exigió quitándomela de las manos–. Joder... ¿Y esto para qué es?
–Ni idea. ¿Para gastar? –pregunté ilusionado.
–¿Tu eres bobo? ¿Cómo nos van a dar tanto dinero para gastar? Con esto podríamos vivir durante el resto de nuestras vidas sin trabajar ni hacer nada. Aquí debe de haber miles de dólares –dijo maravillado–. Vamos a guardar esto... –murmuró metiendo la pistola–. Y larguémonos.
De vuelta en la Avenida Riverview me puse a buscar algún número de teléfono en el sobre que Baley había enviado para preguntar por la maleta y la pistola. Aquello no era normal. Pero no encontré absolutamente nada.
Estaba tan cansado que me acosté muy pronto y no sé ni cuándo ni dónde durmió el bastardo, ya que estaba demasiado enfrascado en mis sueños como para darme cuenta de nada más.
A la mañana siguiente Uchiha me despertó a las cinco de la madrugada, pero no me levanté, sino que seguí durmiendo. Él dijo que hiciese lo que quisiera y salió de la habitación. Me desperté más tarde, a las nueve y algo. Fui al baño y después busqué al temee por toda la casa, pero no estaba. Me asusté mucho y comencé a llamarlo, pero no contestaba. Entonces me acordé de una cosa. Teníamos ático, así que subía a ver si estaba allí. Y en efecto.
El ático era una estancia grande con suelo de madera vieja, y una enorme ventana paralela a la puerta. Cuando subimos la primera vez estaba lleno de mugre. Tenía un montón de cachivaches y objetos viejos, rotos e inútiles, más un sillón de color marrón que me dio asco tocar. Pero todo eso era historia. El ático se había convertido en un lugar limpio y agradable, lleno de color. Sasuke estaba tumbado en el sillón, el cual estaba muy limpio, tapado con una manta a cuadros rojos y blancos. Al lado suyo, en el suelo, descansaba un cenicero lleno de colillas y un paquete de tabaco de una marca que no conocía.
Entonces reparé en el frío que hacía, y en que la ventana estaba abierta y... ¡nevaba! Los copos de nieve entraban por la ventana y se posaban en el pelo de Sasuke, dándole un aspecto de lo más angelical, si le sumamos que el frío había sonrojado sus blancas mejillas y echaba vaho por la boca, levemente abierta.
Me sorprendí a mi mismo pensando en lo precioso que era verlo así, temblando, como un niño pequeño e inocente, con aquella cara suya tan infantil ahora y tan seria cuando estaba despierto. Me estremecí por mis pensamientos y fui hacia la ventana para cerrarla. Me senté al lado de Uchiha y le tapé un poco más
con la manta. Cogí un libro viejo que había en una caja cercana y me puse a ojearlo.
Más o menos una hora después el bastardo despertó, y nos peleamos porque yo hubiese fisgoneado en sus asuntos, cuando a mi parecer no había hecho nada. Me dijo que no volviese a tocar sus cosas, que lo dejase en paz. Yo me enfadé y nos pasamos todo aquel día sin dirigirnos la palabra. Sólo volvimos a discutir a la noche, cuando el maldito idiota destrozó el reloj de cuco del salón por despertarlo."
Acabó de escribir, sacó el papel de la máquina y lo puso junto con los otros. Guardó las cosas y bajó al salón.
–Ah, ya bajas. Pon la mesa, ¿quieres? Sai está por llegar –dijo Sakura desde la cocina.
–¿Qué cocinas? Huele muy bien.
–Sopa de fideos caseros, pollo con salsa de tomate y ajo, y puré de pata.
–¿Desde cuándo se come tan bien en esta casa? –preguntó Naruto con ironía.
–¿Qué insinúas? –susurró Sakura frunciendo el entrecejo y mirándolo con ojo asesinos.
–Nada, nada, olvídalo.
Algo más de media hora después llamaron a la puerta.
Sakura corrió a recibir al invitado, con una sonrisa pintada en la cara. Aquel día se había arreglado mucho. Se había pintado los labios de rojo fuerte, y tenía un precioso moño; los ojos con sombra oscura, y llevaba un vestido granate, a juego con los zapatos, más un collar de perlas blancas, brillantes.
–¡Sai! Te estábamos esperando. Bienvenido.
–Gracias – dijo el chico sonriendo–. ¿Me permites? –reguntó cogiéndole la mano a Sakura y besándola con elegancia.
–Oh... –murmuró la chica poniendo los dedos de la otra mano en el pecho y sonriendo dulcemente.
–Ejem... –interrumpió Naruto bajando las escaleras. Llevaba un traje negro con una camisa blanca, y una corbata del mismo color que el traje.
–¡Naruto! –exclamó Sakura yendo hacia él, dejando a Sai en la puerta. El vestía un traje negro también, con una camisa azul marino y sin corbata.– ¡Pero qué bien te queda! –dijo aflojándole un poco la corbata.
–Mentira. Parezco una persona importante.
–Para mí eres una persona importante.
–Sabes que no me refiero a eso. Hola, Sai –saludó con la cabeza al muchacho, quien aún seguía en la puerta–. Pasa, ¿quieres?
–Claro.
Charlaron durante un rato más, mientras Naruto y Sakura servían la mesa y se sentaban. Los dos chicos ya iban a comenzar a comer cuando Sakura los interrumpió:
–¿Pero dónde están vuestros modales? Primero hay que bendecir la mesa.
Naruto hizo una mueca, a lo que Sai correspondió riendo disimuladamente, se cogieron todos de las manos y comenzaron a dar las gracias por los alimentos.
Al final Naruto se lo pasó mucho mejor de lo que esperaba. Disfrutaba conversando con Sai y Sakura. No se había dado cuanta nunca antes de lo mucho que le agradaba estar con aquella gente.
