Capítulo 4. Es una persona

Miércoles, 27 de abril de 1949.

Naruto corría por la calle con las manos en la cabeza, intentando en vano no mojarse por la lluvia que caía como si alguien tirase cubos de agua sin parar. Ya eran las ocho de la tarde y llegaba con retraso para entregar las últimas noticias del día. Últimamente la ciudad estaba muy ajetreada, y a falta de personal su jefa oe mandaba a él a por las noticias, a veces con Sai de fotógrafo y ayudante. Pero aquel día Sai no había ido a trabajar y él había tenido que hacerlo todo solo, y para colmo se había puesto a llover y parecía que era para largo rato.

En cuanto llegó al edificio en el que trabajaba abrió la puerta de golpe y entró empapado, mojando el suelo. Penetró en la sala posterior a su despacho y la secretaria se levantó enseguida de su mesa para hablar con él, pero Naruto la esquivó y entró enseguida en la siguiente sala. Dejó el maletín sobre la mesa, se quitó el anorak verde pistacho y se sentó en la silla detrás de la mesa, algo abatido. Echó la cabeza hacia atrás suspirando.

Vaya día más malo. Esta me la vas a pagar, maldito Sai... –susurró por lo bajo.

Naruto... –oyó que llamaba alguien a la puerta.

¿Qué? –contestó de mala gana.

¿Puedo entrar? –preguntó la secretaria.

... Adelante –dijo Naruto después de unos segundos. Ya sabía lo que la mujer le iba a decir.– Shizune, llama a Sai después.

Sí –contestó ella–. Hoy te ha llamado Sakura, la señora Tsunade dice que como no te des prisa "acabarás chupando frío hasta que se te caigan los dientes", literalmente, y un hombre llamado Gaara dijo que lo telefoneases en cuanto llegaras –terminó de leer en su papel para, después, mirar a Naruto.

Vale, llama también... –se sentó bien en la silla, abrió el maletín y rebuscó una cosa. Sacó un pequeño papel y se lo dió a la mujer– a Gaara, éste es su número.

Shizune era una mujer joven de 25 años, que hacía uno trabajaba de secretaria de Naruto. Tenía el pelo moreno hasta los hombros. Sus ojos negros y afilados le daban un aire oriental, heredados de su madre, que había sido japonesa pero había muerto hacía años. Era simpática y bastante alegre, aunque solía perder los nervios a menudo. Casi siempre vestía colores oscuros y llevaba zapatos de tacón. Era sobrina del ex-marido de Tsunade, la jefa del periódico, que había empezado a trabajar al mismo tiempo que Shizune.

Sí –asintió ella saliendo del despacho.

Maldita Tsunade, a ti sí que se te van a caer los dientes cuando te quite el puesto, que ya es hora de que te jubiles, maldita vieja... –suspiró resignado.

Sacó el resto del material de su maletín de cuero marrón y lo dejó sobre la mesa. Esperó un rato más hasta que Shizune le hubo pasado la llamada de Sai y le preguntó en tono alterado, cuando éste contestó:

¿Tú dónde has estado? ¡Hoy he tenido que hacer el trabajo sólo y no sabes como cansa! ¡Irresponsable! ¡Por lo menos podrías haber avisado!

Naruto, no grites... –susurró Sai con voz ronca al otro lado de la línea.

¿Por qué? ¿Qué te pasa? –preguntó el rubio sin interés.

He pillado la gripe, no voy a ir a trabajar en una semana. Ya te mandaré las viñetas mañana, las de hoy ya las he mandado, deberían haber llegado ya. Además, ya avisé a Tsunade de que estaba enfermo esta mañana. Hasta luego –se despidió, para después colgar el teléfono sin darle tiempo al rubio a protestar.

Dejó el aparato en su sitio, pero poco después volvió a cogerlo para hablar con Gaara.

¿Qué pasa? –preguntó Naruto con enfado por lo que Sai le acababa de decir.

Naruto, qué bien que hayas llamado, estaba a punto de irme. Oye, lo del viaje en verano se va a tener que retrasar una semana, tengo muchísimo trabajo, lo siento.

Ah, no te preocupes. Pensé que era algo más grave –dijo el rubio sonriendo.

No, nada. No te molesta, ¿verdad?

¡Qué va!

Vale, pues entonces ya hablaremos, y espero tu carta aún.

Estoy en ello –respondió Naruto.

Bien, pues hasta luego, entonces.

-Adiós.

Colgó el auricular y se levantó. Recogió los papeles de la mesa y salió del despacho, dirigiéndose al de Tsunade.

Tsunade era una mujer rubia con mal genio pero, en el fondo, cariñosa. Había sufrido dos pérdidas importantes en su vida. Primero su hermano y después su marido, cosa que la había vuelto algo fría. Era alta y no aparentaba su edad. Tenía unos grandes "atributos" y solía vestir con escotes un poco exagerados, colores bastante alegres y zapatos o sandalias de tacón. Se había convertido en la jefa del periódico cuando el anterior jefe se jubiló por culpa de un accidente de coche, que le había dejado sin una pierna, y además ya era muy viejo.

Naruto entró en el despacho de la mujer sin llamar a la puerta, tiró los papeles sobre la mesa y se quedó mirándola mal.

¿Qué? –preguntó ella con descaro.

Que no me da la gana quedarme solo durante toda la semana, y tú ya sabías lo de Sai y no me dijiste nada, ¡vieja loca! ¡Pero cómo se te ocurre mandarme a mí a hacer todo eso solo!

Serás... Vas a estar toda la semana trabajando como un esclavo. No pienso ponerte ningún ayudante, y mira que tenía pensado que fueses con Shikamaru.

Ese tío es un vago. Que se quede en su sección de crítica a la sociedad. Hasta prefiero hacerlo solo –musitó con mala cara, cruzándose de brazos.

Entonces no te quejes. Y ahora, ¡aire!

¡Ni hablar! Esto es injusto –protestó el chico.

Mocoso de mierda. Haz lo que yo te diga.

¡Que no!

Está bien... –cedió Tsunade mirándolo con enfado–. Irás con Jiraiya, y más vale que lleguéis a la hora porque si no, no respondo, ¿entendido?

Mmm... ¡Vale! –dijo el rubio saliendo de allí sin despedirse y dando un portazo.

-Maldito crío -se quejó la mujer antes de ponerse a ojear las noticias que le había entregado el rubio.

...

Naruto entró correado en su despacho, se puso el anorak, recogió el maletín y, gritando un alegre "adiós", salió por la puerta del edificio directo hacia la parada del autobús, sin importarle demasiado la lluvia. Llegó a casa, por suerte Sakura no estaba en esos momentos, comió algo rápido y subió al ático.

Se sentó, preparó la máquina de escribir y la observó durante un rato. Le echó una ojeada a lo último que había escrito recordando qué había pasado después y comenzó.

"Al día siguiente me enfadé aún más con él, y no porque me hubiese hecho algo en especial, sino por idioteces que tenía en la cabeza.

Me desperté más temprano que Sasuke y salí a comprar algo para comer ya que no había nada en toda la casa y llevaba días sin comer nada decente, por lo que lo primero que hice fue ir a la carnicería cerca de la que habían atropellado al bastardo. Cuando entré me encontré con bastantes mujeres de mediana edad charlando animadamente en fila, esperando su turno para comprar. Me puse yo también en la fila y pude oír como las tres mujeres que tenían delante hablaban sobre alguna explosión, concretamente una que había ocurrido en Queens por culpa de cierta persona que seguía durmiendo. Entonces agucé el oído para ver qué decían.

–Aún no se sabe la causa, pero George me ha dicho que dentro del almacén había sustancias fácilmente inflamables, como petróleo –decía una mientras las otras dos permanecían atentas.

–No me digas –se extrañaba otra.

–Yo leí en el periódico que han encontrado restos humanos –explicó la tercera. Las otras dos se taparon la boca, impresionadas, y abrieron mucho los ojos.

–Eso es horrible. A lo mejor fue alguno de ellos, ¿no? A lo mejor era fumador y sin querer provocó el incendio.

–Puede ser, aún no se sabe –comentó la primera. Después se volvió hacia la vendedora, porque ya era su turno, pidió lo que quería, pagó y se quedó esperando a que las otras hicieran lo mismo para seguir con su charla.

Ya era mi turno, y me quedé un rato mirando lo que había detrás del cristal del mostrador.

–Eh... Póngame... un kilo de eso de ahí –pedí señalando un trozo de carne de cerdo.

–¿Eres nuevo por el barrio, chico? –me preguntó la vendedora.

–Sí –asentí mientras veía como cortaba la carne y la pesaba.

–¿Vives solo o con tu familia?

–Vivo... con un primo –mentí.

–¿Y cuántos años tenéis? En estos tiempos ya no es común ver jóvenes por aquí.

–Es que vamos a la Universidad –volví a mentir algo nervioso. No me gustaba tener que mentir, y menos contar mi vida a gente que no conocía de nada.

–¿Ah, sí? Supongo que por eso el gobierno os ha dejado permanecer en el país. A mi hijo lo mandaron a la guerra y ha vuelto sin una pierna –me explicó mientras metía mi compra en una bolsa–. Maldita guerra...

Pagué, me despedí lo más cordialmente que pude y salí de allí rápidamente. Ojalá fuese cierto lo que le había dicho a aquella mujer, pensé. Ojalá no tuviese que estar en la guerra.

Después me encaminé hacia una pastelería dos calles más allá de Riverview. Entré y allí me volví a encontrar con bastante gente, en su mayoría mujeres charlatanas, aunque había también algún que otro anciano solitario que observaba con deleite las caras tartas expuestas detrás de los cristales del mostrador.

Volví a ponerme en el final de la fila a esperar mi turno y pensé en qué más, además de pan, iba a comprar. Me apetecía tomar chocolate, así que compraría algún pastel. Me pregunté si a Sasuke le gustarían los dulces. Pensé que a lo mejor le gustaba la mermelada de fresa por lo que decidí comprar también eso, y al ver unos bollos rellenos con nata no pude resistir la tentación. Adoro los bollos rellenos de nata. Siempre que Sakura está de buenas los cocina para el postre, sabe que me encantan. Cuando era pequeño nunca había podido darme el lujo de probarlos siquiera, pero siempre que los veía expuestos en los escaparates se me derretía la boca, y un día pude permitirme probarlos con el dinero que le había robado a un hombre con pinta de rico, y ni siquiera me arrepentí de haberlo hecho. Fue cuando me enamoré de esas delicias definitivamente.

Tras comprar también allí pregunté a una anciana que pasaba dónde podría comprar mantequilla, fruta y verdura, y me indicó una tienda pequeña una calle más allá de la pastelería. Esperé no perderme y fui directo hacia allí.

Por el camino vi otra tiendecita donde un hombre viejo vendía periódicos y me hice con el Times del día. Después de comprar verdura y demás me dirigí por fin a la casa de Riverview. Entré en la cocina y lo dejé todo sobre el aparador. Me senté en la mesa y abrí el periódico por la primera hoja.

No decía nada sobre Queens así que pasé a la siguiente. Tampoco. Volví a pasar la que venía con impaciencia y allí estaba, con una foto del edificio en ruinas; debajo, un pequeño titular rezaba: "Queens: Aún no se saben las causas". Me puse a leer con atención todo lo que venía, que no era gran cosa. Sólo decían que dentro habían encontrado cadáveres pero era imposible identificarlos y que también había casquillos fundidos de balas de pistolas que encontraron, pero no sabían si un tiroteo había sido el causante del incidente, aunque había testigos que decían que habían oído ruidos antes de la explosión.

No terminé de leer cuando oí pasos que venían hacia la cocina y el temee entró en ella. No lo miré, sino que seguí leyendo sin prestar atención, pero sí lo llamé.

–Mira esto –le dije observando todavía lo que ponía en el papel.

Él vino y se inclinó un poco. Unas gotas de agua mojaron el periódico y entonces lo miré. Estaba desnudo y mojado, sólo con una toalla blanca que se sujetaba a la cintura con la mano derecha. La otra la había apoyado en la mesa y el pelo le chorreaba y le caía por los laterales de la cara inexpresiva que tenía en ese instante.

–Bien... –dijo sin más después de leer rápidamente. Se levantó y comenzó a rebuscar entre las bolsas que había traido.– ¿Sólo has comprado esto?

–Sí –asentí mirándolo un poco alucinado–. Tápate, ¿quieres? –le solté de repente.

Él me miró con cara interrogativa, sacó un bollo de nata de una de las bolsas, se apoyó sobre el mueble mientras empezaba a comer y se encogió de hombros como preguntándome cuál era el problema.

–No te puedes pasear por la casa así –le dije yo alterado.

El bastardo sólo volvió a encogerse de hombros mientras seguía degustando el dulce y mirándome con tranquilidad.

–Pues que no puedes hacer eso, joder. ¿Y si viene alguien?

–A verte a ti, porque otra cosa...

–Pero...

–Vamos, los dos somos hombres, si me dices que eres mujer, aún, pero no lo eres –dijo terminado el bollo–. Los dos tenemos lo mismo, ¿o no? -–reguntó comenzando a salir de la cocina.

–¡Pero aún así no puedes hacer eso! –exclamé furioso, y no sé porqué.

–Joder, mira –dijo volviéndose hacia mi mientras se quitaba la toalla–. ¿Tú también tienes esto, no? –me preguntó mientras se quedaba con los brazos a ambos lados del cuerpo. Creo que mi cara estaba rojísima y estuve a punto de atragantarme con mi propia saliva. Los ojos hasta me dolían de lo abiertos que los tenía. Entonces al muy... no se le ocurrió otra cosa más que decirme:– Por la cara que has puesto parece que no tenemos lo mismo.

Se volvió a poner la toalla y se fue. Yo simplemente no reaccionaba. No es que no hubiese visto a un tío en pelotas nunca, pero es que simplemente ninguno de los tíos que hubiese visto tenía "eso" entre las piernas, y tampoco nadie había hecho aquello. Se que quedé como un estúpido descerebrado, pero bueno. No es que la tenga pequeña, pero él la tenía algo más grande, por mucho que me cueste y me duela admitir, maldita sea.

Cuando por fin reaccioné me levanté de mi silla y cerré la puerta de la cocina de un sonoro portazo. Me puse a sacar de las bolsas todo lo que había comprado, busqué una sartén y me acordé de una cosa. No había comprado aceite. Quise darme de cabezazos contra la pared, pero entonces pensé que tal vez podría haber un poco en el armario. Lo abrí y, efectivamente, había aceite. Menos mal, pensé.

Puse la sartén sobre el horno y encendí el fuego, pero enseguida lo apagué. Me lavé las manos y volví a mirar lo que había comprado. El idiota tenía razón. No había comprado nada. Se me había olvidado comprar huevos, vinagre, embutidos, queso y un montón de cosas.

Cogí el pedazo de carne y corté un trozo, el cual partí a su vez en cubitos. Les eché un poco de sal que había en el armario, puse aceite en la sartén y volví a encender el fuego. Dejé que se calentara un poco el aceite antes de echar la carne, pero para mi mala suerte el aceite comenzó a saltar para todos los lados. Se me había olvidado buscar la tapa. No tardé en encontrarla y la puse. Después saqué un cuenco e hice una ensalada de lechuga y tomates, aunque odio la ensalada, no sé ni por qué la hice. Supongo que a falta de algo mejor.

Después me senté y no tardó en aparecer el temee. Buscó un plato en el armario y, más sinvergüenza que nadie, se echó la mitad de MI carne y ensalada al plato.

–Que aproveche –dijo antes de empezar a comer.

Creí que lo iba a matar. Después de haber hecho yo la compra, después de haber cocinado yo, y después de haberme cabreado, aún se atrevía a venir y comerse MI comida.

–Eso era mío –susurré mirándolo con los ojos entornados.

–¿Me quieres matar de hambre? –preguntó con la boca llena.

–Grrr... Te voy a estrangular, maldito bastardo. ¡LA PRÓXIMA VEZ HÁZTE TÚ LA COMIDA Y QUE EL ACEITE TE SALPIQUE A TI Y A TU CARA DE...! –Pero no seguí,porque lo que iba a decir, no quería decirlo.

–¿Mi cara de qué? –preguntó con tranquilad, dejando de comer.

–De subnormal.

Me levanté de la mesa sin haber probado bocado, aunque tenía un hambre atroz, y salí de la casa, aunque seguía habiendo nieve, se me ha olvidado decirlo. Me senté en las escaleras, apoyé los codos en las rodillas y la cara en las manos y me quedé mirando como unos niños se peleaban con bolas heladas unas casas más a la derecha.

No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriese y Sasuke apareciese a mi lado. Se puso en cuclillas. Estaba fumando y sin mirarme me dijo, mientras echaba el humo por la boca y, para variar, me daba a mí en toda la cara:

–¿Te gusta la ensalada de frutas?

–¿A ti qué te importa?

–Pues para saber si hago para los dos, o sólo para mi.

–Déjame en paz –musité con enfado.

–Bueno... –se levantó y antes de cerrar la puerta dijo–: Como sigas ahí sentado se te va a helar el culo.

–Grrr... ¡UCHIHA SASUKE, ERES UN TEMEE, BASTARDO, CABRÓN, IDIOTA...! ¡BUAAA... TE ODIO! –le grité a la puerta.

Nunca más he vuelto a perder los nervios de esa manera, realmente no sé qué me pasó, supongo que las hormonas. Creo que la gente que andaba en esos momentos por la calle me miraba como a un loco, no lo sé, porque enseguida entré en la casa sin mirar atrás, fui a la cocina y seguí insultando al maldito Uchiha. Y entonces él con toda la tranquilidad del mundo me dijo:

–¿Vas a seguir insultándome todo el día? Digo, para quedarme o largarme.

Estaba apoyado sobre el aparador con el cuenco de la ensalada de frutas entre las manos y me miraba con pasividad.

–Por mi te puedes largar y no volver –musité intentando contener mi rabia.

Se levantó de donde estaba apoyado, dejó la ensalada sobre la mesa y me revolvió el pelo mientras se reía con burla de míi. Creí que lo iba a estrangular y después cortar su cuerpo en pequeños pedacitos para, por último, tirarlos al mar para que se lo comieran los peces. Claro que sólo lo pensé porque no sé que me pasa a veces con ciertas personas que actúo con efectos retardados, como si hubiese tomado alcohol o algo por el estilo. Supongo que esas pocas personas con las que me pasa tienen más dominio sobre mí que yo mismo.

Oí como la puerta que daba a las escaleras del desván se abría y después se cerraba, y luego no oí nada más, todo se quedó silencioso. Suspiré y fui a sentarme a la mesa, cogí el tenedor y empecé a comer la carne y la ensalada que me había dejado antes. Al acabar también me tomé la ensalada de frutas que había preparado el baka, que por cierto ni siquiera la había empezado, y estuvo buenísima, y eso que las frutas no son precisamente mi pasión.

En todo el día Sasuke no volvió a bajar, así que supuse que se habría vuelto a dormir y no le di mayor importancia. Me puse a leer "Las mil y una noches", aunque ya lo había leído a escondidas cuando estaba en el orfanato, y me había gustado mucho, o por lo menos eso recuerdo. Tal vez lo tengo presente con más intensidad porque estaba prohibido leer por la noche y tampoco tenía edad para leer ese libro. El morbo de lo prohibido.

A la noche tampoco bajó. Yo me dormí sobre las tres de la mañana esperando a que bajara, pero como no lo hacía pensé que se quedaría en el ático toda la noche. Me desperté sobre las diez, empapado en sudor. No sé ni lo que había soñado para estar así, pero debió ser muy aterrador. Salté corriendo de la cama y busqué a Sasuke. No había ni rastro de él en ningún sitio y tampoco de que hubiese estado con anterioridad, así que subí al ático esperando encontrármelo dormido.

Me lo encontré dormido, pero no de la manera en la que me habría gustado. Estaba tirado en el suelo, con un paquete abierto de cigarrillos en una mano y estaba más pálido que de costumbre. Me acerqué a él corriendo para ver si estaba bien. Traté de despertarlo pero no parecía oírme. En un primer intento no encontré su pulso, por lo que el mío se aceleró más de lo que ya estaba, pero a la segunda comprobé que seguía vivo, pero su corazón latía lento, o eso me pareció. Intenté despertarlo varias veces más, pero no contestaba. Como pude lo levanté en brazos, dispuesto a llevarlo al dormitorio, y entonces vi, al lado del sillón, dos ceniceros llenos de colillas a reventar y varios paquetes vacíos de tabaco.

Lo bajé al dormitorio y lo dejé sobre la cama, después salí corriendo a buscar al médico de la otra vez, ya que me había dado su dirección por si acaso pasaba algo. Cuando volví con él le tomó la temperatura, el pulso y no sé qué cosas más y me preguntó:

–¿Fuma?

Yo asentí temiéndome lo peor.

–¿Ha hecho un gran esfuerzo últimamente, como correr mucho, levantar demasiado peso a la vez o cualquier cosa que requiera mucho esfuerzo y oxígeno?

–Sí –dije con un hilo de voz.

–Bien. Pues que no vuelva a hacer ninguna de estas cosas durante al menos dos semanas y que guarde cama un par de días, le sentará bien. Si ocurre cualquier otra cosa no dudes en avisarme –me dijo amablemente mientras se iba. El pobre había venido en bata, ni siquiera le había dado tiempo de cambiarse.

–¿Pero está bien?

–Sí, sólo necesita descanso.

–Vale, muchas gracias –le dije más aliviado.

–No te preocupes, para algo soy médico, ¿no? –preguntó sonriendo antes de salir.

–Supongo... Hasta luego.

Fui al salón y cogí con un poco de dificultad uno de los sillones. Lo arrastré hasta el dormitorio y lo coloqué al lado de la cama. Después volví otra vez al salón y cogí "Las mil y una noches", ya que no lo había terminado, y me puse a leerlo. Estuve leyendo por lo menos tres horas antes de oír que Sasuke decía confuso:

–¿Dónde estoy?

–¿Eh? Ah, ya has despertado. Estás en el dormitorio –le sonreí aliviado de que estuviese bien.

–¿Y qué hago aquí?

–Te encontré inconsciente arriba y te traje, después llamé al médico y dijo que guardaras cama durante unos días. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué has fumado tanto? ¿Sabes que no es bueno fumar cuando tienes malo un pulmón? ¿Y quién te manda a ti salvarme la vida? –pregunté fingiendo enfado.

–A ver... –suspiró–. Voy a intentar contestar a todo eso... No me ha pasado nada, no te importa por qué fumo, sé que no es bueno fumar en mi estado y te salvé la vida porque sí, ¿te vale?

–¡No! No puedes matarte porque sí, ¿entiendes?

–Mira... Son cosas mías, ¿vale?

–¡No lo son! ¡Se supone que somos compañeros y deberíamos compartir por lo menos eso, ya que vamos a tener que convivir durante bastante, que ya lo veo venir! –le dije alterándome mucho.

–No entiendo por qué te preocupas por mí, al fin y al cabo no somos amigos ni nada por el estilo. Vamos, ni siquiera me soportas.

–Eres gilipollas.

–¿Sí? –preguntó con incredulidad.

–Sí. ¿Cómo no me voy a preocupar por ti si me has salvado la vida, no una, sino dos veces? Eres un baka –susurré bajando la cabeza. Realmente estaba triste, ya he mencionado que le cogí cariño muy rápido, aunque no lo aguantara del todo.

–Vaya... –suspiró, y entonces hizo algo que nunca imaginé que haría. Me cogió de la mano y tiró de ella hasta que no tuve más remedio que dejarme caer sobre su pecho, y me abrazó, por extraño que sea.– Eres buen tío –dijo en voz baja–. Escucha... Coge el maletín con el dinero y lárgate. Intenta conseguir unos nuevos papeles, búscate una mujer, tened hijos y aléjate de la guerra. Haz con ese dinero lo que siempre hayas querido hacer. Y no te preocupes más por mí, estoy bien y estaré bien. Diré que no estaba en casa cuando te largaste y que no sé nada de ti, que ni siquiera nos llevábamos bien así que apenas hablá...

No terminó lo que estaba diciendo porque comenzó a toser muy fuerte. Me levanté de encima de su pecho. No sabía que hacer. Solamente lo miraba con miedo de que le diese algo y la palmase en aquel instante.

–Sasuke... ¿Estás bien...? –musité. Me acerqué a él y cogí su cara entre mis manos intentando en vano tranquilizarlo. Creo que no hice otra cosa más que alterarlo, pero bueno. Me levanté corriendo de mi silla en cuanto vi que no paraba y fui hacia la puerta, dispuesto a salir para llamar al médico, pero su voz me hizo detenerme.

–No... Quédate... estoy... bien –decía entrecortadamente sin parar de toser, aunque menos fuerte.

–¿Se... seguro?

–Sí...

Ya parecía que se iba recuperando y su respiración volvía a la normalidad. Regresé a mi sillón y me senté.

–No voy a irme –le dije–. No pienso dejarte aquí y largarme con todo el dinero. Si me voy vendrás conmigo. ¡Además, estás enfermo!

–Tranqui... No tengo planeado morirme –bromeó intentando sonreír.

–Eso no se planea –contesté serio.

–Vamos, no me moriré. A mí no me importa estar en la guerra pero tú no te lo mereces.

–¿Y quién sí? –le pregunté alterado–. Nadie merece estar en la guerra y morir por una estupidez. Ni tú, ni nadie.

–¿Ves por qué no debes estar en la guerra? –me preguntó sonriendo. Yo no terminaba de comprender de qué hablaba y le miré con expresión interrogativa.– Eres buena persona. De las mejores que hay. Aunque no te conozca demasiado puedo admitirlo con toda seguridad.

No contesté ante aquello. Si un ladrón, mentiroso y problemático es buena persona, pensé, es que en su país las malas personas ponen bombas en cada esquina.

–Será mejor que descanses –le dije volviendo a coger mi libro, y dando por terminada la conversación.

–Ven... –susurró alargando el brazo para que le volviese a coger la mano. Lo hice con algo de desconfianza y tal y como me imaginé volvió a tirar de mí hasta que quedé con la cabeza apoyada en su pecho, escuchado los latidos de su corazón y sintiendo el ritmo de la respiración, con el aire que echaba por la boca dándome en la nuca.– A menos que me traigas un peluche o algo por el estilo, vas a tener que dormir así todos los días hasta que me cure –me dijo con picardía en la voz.

–Iré a... –dije sonrojado, intentado levantarme, pero no me dejó. Con el otro brazo me agarró la espalda y con una fuerza que no imaginé que tuviese en ese momento, me tuvo pegado a él.

–Quédate...

Y le hice caso. Cerré los ojos y no traté de resistirme más. Sentí como poco a poco la fuerza con la que me agarraba la mano iba disminuyendo hasta casi soltarse, y supe que se había dormido. Tratando de no despertarlo, me levanté y me senté bien en el sillón. Cogí el libro, y antes de abrirlo lo miré atentamente y, por primera vez desde que lo conocía, pensé: Es una persona."

Y ya está por hoy... –bostezó Naruto levantándose de su silla para desperezarse. Si su cabeza no le fallaba había oído la puerta de entrada, por lo que Sakura ya habría llegado. Guardó todo y salió de la habitación.