Capítulo 5. Washington.

Martes, 3 de mayo de 1949.

Naruto bostezó entrando en la cocina, con los ojos cerrados, en bata y zapatillas de casa. Saludó a Sakura y se sentó a la mesa. Cogió el periódico y lo hojeó vagamente, como hacía cada mañana. Leyó por encima dos noticias y dejó el diario sobre la mesa.

He hablado con mamá –lo informó Sakura depositando un plato con tostadas, mantequilla y mermelada delante de él.

Vaya...

Hemos hablado de nosotros –le dijo con una sonrisa en los labios mientras se sentaba y depositaba otro plato delante suyo.

Típico –comentó Naruto empezando a comer.

Dice que deberíamos casarnos.

Ya...

... Y formar una familia.

Lo sé... –suspiró el rubio con cansancio–. Sakura, ya sabes lo que opino sobre ese tema.

Sí, lo sé. Es mi madre la que lo dice, no yo.

Pero tú estás de acuerdo con ella –musitó Naruto para sí mismo.

Sakura sólo sonrió y le dio un mordisquito a una de sus tostadas.

Soy demasiado joven para eso –le dijo Naruto.

Bueno...

Y no me gustan los niños –añadió rápidamente–, ya lo sabes.

La chica volvió a sonreír pero no dijo nada más. El resto de la mañana transcurrió de forma tranquila. Sakura salió para ir a trabajar antes que Naruto y este llegó tarde, por lo que tuvo que aguantar una buena bronca de su jefa, Tsunade. Lo bueno era que Sai por fin se había vuelto a incorporar al trabajo y aquel día Naruto lo dedicaría exclusivamente a su columna, no tendría que salir a ninguna parte, por lo que volvería pronto a casa y tendría varias horas para escribir, porque hacía días que no podía.

Se sentó en la mesa de su despacho y sacó de su maletín una libreta y un lápiz. Llevó el lápiz hasta el papel dispuesto a escribir, pero de repente se dio cuenta de que no tenía nada sobre lo que escribir. Miró extrañado la libreta, la levantó y miró debajo de ella, miró su lápiz. Todo estaba en orden, ¿cuál era el problema? Él siempre tenía algo de lo que escribir o quejarse, siempre tenía algo que decir, no podía quedarse sin un tema para llevar al papel. Se levantó de la silla y salió de la oficina.

Shizune –llamó a la mujer.

Dime –contestó ella sin apartar la vista de los documentos que estaba leyendo.

¿No ha llamado nadie?

No, ¿esperas alguna llamada?

No... Ninguna –contestó. Se quedó un momento ahí parado mirando como Shizune leía. Después, comenzó a andar hacia la puerta, la abrió, salió y se encaminó hacia el despacho de Tsunade. Entró, como siempre, sin llamar a la puerta.

¡Tú! Mocoso, ¿qué haces aquí?

Tsunade, dime un tema.

¿Un tema? –preguntó confusa, pero enseguida su cara cambió a una de enfado y le dijo-: ¡Mocosos molestos como tú que no dejan trabajar! ¡Lárgate!

Vale, gracias –le dijo Naruto antes de salir y cerrar de un portazo.

Fue corriendo a su despacho, se sentó y escribió a todo correr en la libreta: "Mocosos molestos como yo". Relató rápidamente la columna hablando sobre mocosos molestos que no dejaban trabajar a los demás, que hacían ruido y que manchaban y desobedecían, y sobre la mala educación que se les estaba dando a los niños americanos hoy en día. Dejó la libreta sobre la mesa y se fue corriendo a la parada de autobús pensando que debía comprarse un coche.

¡Naruto! –lo llamó alguien. Sai venía corriendo al momento que el autobús llegaba.

Hola. ¿Qué? ¿Ya no estás enfermo?

Sólo un poco, pero estoy bien.

Bien... –sonrió el rubio con malicia mientras rebuscaba algo de dinero en el bolsillo de su pantalón. Subieron al vehículo y pagaron. Naruto se fue a sentar al fondo, seguido de Sai.– Sakura me ha preguntado por ti.

¿Sí? Qué amable –sonrió el moreno para sí mismo–. ¿Sabes? He conocido a una chica en el hospital.

¿Ehhh? ¿Y eso? –preguntó Naruto extrañado. ¿Sai y las mujeres? Desde luego... no.

Es enfermera.

¿Y...?

Y hemos quedado para el fin de semana. Iremos a cenar –contestó Sai rebuscando algo en el bolsillo de su chaqueta–. Mira –musitó sacando una foto y enseñándosela al rubio.

Hala... ¿Una chica tan guapa quiere salir contigo? –le preguntó con la boca abierta.

Sí –contestó guardando de nuevo la fotografía, sin darle mayor importancia.

¿Y cómo se llama? –preguntó el ojiazul con picardía, sonriendo.

Eso es un secreto –sonrió también el otro.

Cuando se lo cuente a Sakura dejará de serlo –musitó Naruto para sí mismo.

Se pasaron el resto del trayecto en autobús discutiendo sobre quién era la chica, y cuando a Naruto le tocó bajarse se despidió de Sai de forma muy infantil, y visiblemente mosqueado. Le sacó la lengua y hundió los puños en los bolsillos, olvidándose completamente de su maletín.

Cuando llegó a casa se dejó caer en uno de los sofás de su salón y cerró los ojos. Sin darse cuenta cayó en un largo sueño, y despertó gracias a Sakura, ya de noche. Cenaron y el rubio subió al ático sin dar más explicaciones.

"No se cuándo, pero el caso es que me dormí con el libro en las manos, sentado en aquel sillón, y cuando me desperté, por el ruido del teléfono, tenía el cuello muy dolorido. Es malo dormirse de culo, y todo por culpa del bastardo, que era muy listo y quería matarse con el tabaco.

Me levanté apesadumbrado de mi asiento y fui a atender la llamada, bostezando abiertamente.

–Diga...

–¡Uzumaki! –chilló una voz potente al otro lado. Baley, como no.– ¿Por qué me has hecho esperar tanto? ¡No tengo tiempo para perderlo contigo!

–Lo siento, señor.

–¡MOCOSOS DESGRACIADOS! –gritó de repente. Yo pegue un bote por el susto.– ¡LA QUE HABÉIS MONTADO EN QUEENS! ¡Como me vulva a enterar de que hacéis algo así os mando al corredor de la muerte! ¿Entendido?

–S... Sí... señor –dije casi sin voz.

–Vale, escucha atentamente. Mañana a primera hora de la mañana irán a recoger el maletín que cogisteis en Queens. ¡Espero que estés despierto! Y por la tarde coge un tren y vete a Washington...

–¿A... A Washington? Pero si eso está... a más de 500 km de aquí...

–Ya lo sé, ya... –me contestó con voz cansada–. Pero ya sabes como es el Coronel Webster. Coge el tren de las siete en punto.

–Claro, señor. ¿Y para qué tengo que ir?

–No lo sé, ese grandísimo hijo de perra nunca me dice nada. Te irán a recoger a la estación...

–Señor... –lo interumpí–. ¿No le dijo lo de mi misión?

–No, y tampoco lo sabrá a menos que sea estrictamente necesario. Mierda...

Después de seguir despotricando contra Webster durante un buen rato, Baley me dijo que no revelara nada de mi misión, y que tuviese cuidado con "el japonés". Colgué y volví al dormitorio preguntándome qué hora sería "la primera hora de la mañana".

Me volví a sentar en el sillón y bostecé de nuevo, pero me sobresalté al oír la voz de Sasuke.

–¿Quién era?

–Baley... Mira, tengo que ir mañana a Washington –le informé–. ¿Estarás bien?

–¿Qué dices? –preguntó frunciendo el entrecejo.

–Mañana me voy a Washington –repetí más despacio–. Digo que si vas a estar bien. No se cuántos días voy a estar fuera, así que...

–No es eso –me cortó–. Iré contigo.

–¿Qué? ¡Pero estás enfermo! ¡No puedes levantarte de la cama!

–Oh... Cállate ya. No me voy a morir aún. Mírame... –dijo con un gruñido levantándose de la cama. Después sonrió con prepotencia.– ¡Estoy perfectamente!

–Eres gilipollas.

–Calla... usuratonkachi...

–No me insultes –le dije con fingida seriedad.

–¿Si no...?

–Sasuke, no me provoques –le dije saliendo de la habitación, pero al instante me paré y di media vuelta–. ¿Para qué quieres venir a Washington?

–Porque me aburriría aquí sin nadie a quien molestar –contestó encogiéndose de hombros. Después pasó por mi lado y entró en el cuatro de baño.

–Capullo...

Fui a la cocina y me comí casi todos los bollos de crema. Me quedé ahí sentado, esperando a que el temee saliera del baño, pero no lo hacía, y tampoco oía ruido de agua, ni había oído nada que se pareciese a un golpe... Y no podía escaparse, primero porque no había razón para que lo hiciese, y segundo porque la ventana era minúscula. Me levanté de la silla, fui hacia la puerta del baño y llamé con los nudillos.

–¿Sasuke, estás bien? –pregunté preocupado.

–Sí.

–¿Seguro?

No contestó pero un minuto después salió y, sin mirarme, se dirigió a la cocina y me preguntó:

–¿Qué hay para comer?

–Nada.

Entré en el baño, pero en cuanto estuve dentro noté un olor como a tabaco. En ese momento imagino que puse cara de desquiciado, porque salí corriendo del baño y a punto estuve de pegar al idiota, pero cuando entré en la cocina y lo vi tan relajado, como si no hubiese roto un plato en su vida, lo único que quise hacer fue darme cabezazos contra la pared. Él me miró con expresión interrogativa y yo le grité:

–¿PERO TÚ ERES GILIPOLLAS? ¿ES QUE TE QUIERES MATAR CON EL PUTO TABACO?

–Ah, ¿no se ha ido del todo el humo? Qué mala pata... No me importa que lo sepas, pero es que sabía que te pondrías así.

–¿Y... Y LO DICES TAN TRANQUILO? –grité señalándolo acusadoramente.

–Claro... –contestó encogiéndose de hombros–. Por cierto, ¿a qué hora salimos mañana?

–Eres... BUAAA... ¡IDIOTA! –salté sobre él y le di un puñetazo en la cara. Me pasé un poco porque al día siguiente tenía la mejilla amoratada, pero se lo merecía.

Cuando consiguió deshacerse de mi agarre, respirando con un poco de dificultad, se quedó mirándome con una ceja levantada, sobándose la mejilla con la mano derecha.

–Oye... ¿te pasa algo? A lo mejor deberías ir al medico a que te revise la cabeza. Te alteras con mucha facilidad –dijo tranquilamente.

–¡Tú sí que deberías ir al médico! ¡Y NO ME ALTERO! ¡ME ALTERAS! –grité exasperado.

–Claro, yo.

–¡Sí, tú!

–Eso es que tienes algún problema conmigo –Se cruzó de brazos asintiendo, como si acabase de llegar a la conclusión más importante de su vida.

–Sí, tengo muchos problemas contigo. Demasiados problemas. De hecho... ¡tú eres el jodido problema! –le dije enfadado y me fui al cuarto de baño, y no salí en dos horas como mínimo.

Sinceramente, me hubiese gustado saber en qué pensó Sasuke durante esas dos horas. Cuando salí del baño estaba en el salón, leyendo "Las mil y una noches". No levantó la cabeza para mirarme, y yo me quedé embobado viéndolo leer. Baje la cabeza algo triste y entré en el dormitorio. Me puse algo de ropa y fui a la cocina. ¿Sasuke se había enfadado? No podría decirlo con seguridad. Tal vez sí y tal vez no. No salí de la cocina en bastante tiempo, y no lo habría hecho si Sasuke no hubiese venido a hablar.

–¿Ya estás tranquilo? –me preguntó con seriedad.

Asentí sin decir palabra. Vale, lo normal en mi habría sido gritar, patalear e insultar. No lo hice, simplemente me quedé cabizbajo, sin decir ni una sola palabra. No tenía ganas de nada, y no les encuentro explicación a esas veces que estoy así. Sasuke se puso en cuclillas, frente a la silla en la que yo estaba sentado.

–Escucha... No me gusta que se preocupen por mí, ¿vale? Es incómodo, así que deja de hacerlo. Tampoco necesito que nadie me cuide y se compadezca de mí o de mi sufrimiento, así que también deja de hacerlo –susurró.

–No –negué.

–¿Cómo que no? –preguntó alzando una ceja.

–No puedo –dije simplemente, y es que me pedía una cosa imposible.

–Oh, vamos.

Se levantó y se apoyó en el mueble. Yo levanté la cabeza para mirarlo, con una expresión entre extrañeza y tristeza. Él simplemente me miraba con el ceño fruncido; me miraba como si fuese la peor molestia con la que se hubiese topado.

–No quiero que te preocupes por mí. Si me muero es cosa mía, no tuya.

Negué con la cabeza.

–Dios... ¿Cómo puedes ser tan cabezón?

–Esto no tiene nada que ver con ser cabezón o no serlo, aunque yo lo sea. No voy a dejar de preocuparme por ti, porque ahora somos compañeros, debemos preocuparnos el uno por el otro, porque estamos en el mismo bando, juntos por lo mismo, ¿entiendes? No puedo dejar de preocuparme por ti porque tú lo digas.

Volvió a acuclillarse frente a mi silla y se me quedó mirando, como si dudase en contarme o no lo que pensaba. Suspiró y dijo:

–¿Por qué no te fuiste cuando te lo dije?

–Porque no soy tan egoísta como para hacer algo así.

–Pues deberías serlo...

–¿Te preocupas por mí? –le sonreí burlón.

–¿A qué viene eso?

–Contesta.

–... No, no lo hago –musitó. Mentía, desde luego, y me di cuenta por varias razones. No me miró a los ojos cuando lo dijo. Dudó y lo dijo en voz demasiado baja.

Yo volví a sonreír, pero esta vez era con un poco de alegría. Sauske se levantó y salió de la cocina, y yo di un salto y me levanté de la silla. Salí corriendo de la estancia, cogí algo de dinero, me puse las zapatillas y un abrigo y fui a comprar lo que se me había olvidado la otra vez.

Cuando volví, Sasuke estaba en la cocina, con la sartén sobre el fuego y algunas verduras dentro de ella. Me quitó las compras de la mano y se puso a cocinar, no se exactamente el qué, pero estuvo bueno. El resto del día lo dediqué a molestarle, se enfadó conmigo repetidas veces y al final de la tarde acabamos gritándonos el uno al otro a todo pulmón. En fin, un día normal como muchos otros.

A la mañana siguiente me despertó la puerta. Me levanté con cara de pocos amigos y abrí. Era el hombre que había dicho Baley que iría a por el maletín. Se lo di y él me dio una carta. Cerré la puerta, dejé el sobre en cualquier lado y volví al dormitorio. Había vuelto a dormirme en el sillón la noche anterior, pero me dolía demasiado el cuello como para volver a hacerlo, así que me metí bajo las mantas, al lado del temee, y le di la espalda llevándome media manta conmigo. Realmente hacía frío, no sé como pude dormir dos noches sin manta. Caí en un profundo sueño rápido, o eso es lo que recuerdo, y cuando desperté, a la tarde, estaba solo y me dolía la cabeza.

Salí del dormitorio y fui a la cocina. Sasuke estaba allí leyendo un periódico.

–Hola... –saludé. El bastardo no contestó así que le quité el periódico y lo miré frunciendo el entrecejo exageradamente.

–Dame eso.

–He dicho hola –susurré entre dientes.

–¿Pero tú eres bobo? ¡Dame el jodido periódico! –chilló.

–Ay... No grites, que me duele la cabeza –le dije con mala cara, devolviéndole el diario.

–Lógico, tienes fiebre. Idiota... ¿Quién te manda dormir dos noches en el sillón? –me preguntó–. Hay algo de té caliente ahí –señaló el aparador–. Bébetelo, báñate y vístete. Tenemos que ir a Washington.

–Lo que tú digas... Por cierto, tenemos que coger el tren de las siete –farfullé antes de hacer lo que me había dicho.

El té me sentó tremendamente bien, y el baño aún más. Cuando salí, Sasuke ya me esperaba sobre el apoyadero de uno de los sofás del salón.

Kami-sama... ¡Como tardas! ¿Pero tú sabes qué hora es?

–¿Quién es Kami-sama?

–Dios. Son las cinco y media, vístete de una vez.

–Pareces mi madre –le pinché fingiendo enfadarme.

–Naruto...

–Que sí, que sí, que te calles ya.

Al oír eso se puso a gritarme, a decirme que no le hablara así, que era un baka y mil cosas más. Le cerré la puerta del dormitorio en las narices, por lo que se enfadó más y no me habló hasta que llegamos a la estación de trenes. Llegamos diez minutos antes de que el tren partiera y subimos, pero para nuestra desgracia todas las cabinas, o casi todas porque no nos recorrimos el tren entero, estaban ocupadas, así que tuve que hacer un poco de teatro, y menos mal que el bastardo me siguió el juego, que si no nos metíamos en un buen lío.

Nos paramos frente a una cabina en la que había dos señoras mayores con dos niños de unos diez años cada uno. Miré a Sasuke y le dije:

–Sígueme. –Abrí la puerta del compartimento.– Buenas tardes... Oigan... ¿Nos podrían dejar sentarnos con ustedes? Verán, somos enfermos terminales, mi compañero –lo miré– está muy mal. No puede pasar demasiado tiempo de pie porque se cansa y pierde el conocimiento, hoy ya lo ha hecho dos veces. –Entonces sentí como Sasuke me agarraba el codo con fuerza y le miré. Él me devolvió una mirada cargada de rabia pero hizo como que le costaba respirar y estaba cansado. Me sorprendió, no creía que fuese tan buen actor, y con una voz muy lastimera me dijo: "Vamos". Yo lo imité y puse cara de cachorrito y una voz que denotaba una tristeza absoluta.– Por favor señoras, déjenos sentarnos con ustedes. Todas las cabinas están ocupadas y... –Cogí a Sasuke por la cintura y él, aunque a regañadientes, me pasó una mano por los hombros.

–Oh... Dios... ¿Tan mal está? –preguntó una de las ancianas. Asentí.– Bueno, pues... –La mujer les hizo unas señas a los niños y cogió por la manga a la otra mujer y salieron de la cabina, pero antes de irse añadió:– Si tu compañero o tú necesitáis cualquier cosa, búscame, no estaré muy lejos.

–Muchísimas gracias –le dije antes de cerrar la puerta–. Jejeje... Soy la leche...

–Eres imbécil. Esto es ridículo... –susurró el maldito Uchiha sentándose. Apoyó el codo en el alféizar de la ventana y la barbilla en el puño.– No vuelvas a hacer eso. Somos soldados, no pordioseros.

–¡Qué soso! De otra forma no hubiésemos conseguido una cabina para nosotros solos –susurré riendo.

–Vuelve a cogerme de la cintura y te quedas sin dientes para toda tu vida –me dijo mirándome con odio.

Yo le saqué la lengua y me tumbé en mi largo asiento, enfrente de él, dispuesto a dormir. La verdad es que engañar a la gente no está bien, pero qué íbamos a hacerle. A mi no me gusta viajar con niños y, bueno, aunque había otras cabinas en las que sólo había una persona, me gusta más tener una para mi. Y dar penita a la gente, sobre todo a las mujeres viejas, siempre funciona.

Me dormí, pero no por mucho tiempo. A la hora y media más o menos me desperté. Sasuke estaba en la mismo posición en la que se había sentado, parecía una estatua. Me quedé mirándolo un rato, y él volvió sus ojos negros hacia mí. Una mirada así te puede helar la sangre. No se como podía hacer eso, yo nunca pude. Sakura dice que cuando intento intimidar a alguien con la mirada sólo logro hacer que se rían de mí. Supongo que no estoy hecho para ser una persona que dé miedo.

–¿Qué coño miras? –preguntó con voz tétrica.

–A ti, ¿no ves? Es que da tanto gusto mirarte... –ironicé sonriendo con cinismo.

–Lo sé.

–Prepotente de mierda.

Sonrió y sentí como la sangre me hervía. La adrenalina subía y las ganas de matarle aumentaban. Dios, cómo odiaba que hiciese eso, me ponía de los nervios.

–¿Hay baño en los trenes? –me preguntó de repente.

–No... Un momento... ¡No vas a fumar!

–No iba a ir a fumar.

–¡Mentiroso! ¡Que conste que eres un enfermo terminal! ¡Si las viejas te ven la cagamos!

–Ay... –suspiró.

Pasó otra hora en la que no volvimos a hablar, solamente nos dedicamos a echarnos miradas de odio profundo ­–o eso intentaba yo, si lo conseguía es otra cosa–. Ya era de noche y habían encendido las luces.

–Oye –le dije–. ¿Dónde vas a estar tú en Washington?

–Eso es asunto mío.

–Bueno... Te decía porque conozco a alguien que a lo mejor te deja quedarte en su casa –le dije mirando por la ventana.

No contestó, así que lo miré. Él seguía con los ojos fijos en la ventana, como si fuese la cosa más interesante del mundo. Después de un rato me preguntó en voz baja:

–¿Quién?

–Es una chica llamada Ino. Se dedica al burlesque, aunque ella quería ser actriz, por eso fue a Washington. Vivíamos juntos en el orfanato. Es muy simpática, seguro que te gusta.

–¿Stripper? ¿Orfanato? –preguntó mirándome. Me encogí de hombros.

–Te daré su dirección. Mira, a mí me estarán esperando en la estación, así que baja por otra puerta o espera a que salga yo primero, coge un taxi y ve allí. Dile que vas de mi parte y te dejará entrar. Cuéntale que eres compañero mío. Además, le van los tíos como tú, seguro que le gustas –asentí.

Cuando teníamos 9 años, Ino y yo fuimos algo así como novios. Duró unos dos meses, pero durante ese tiempo fui la envidia de todos los chicos del orfanato. Ino era la chica más guapa y popular que había. Era simpática y extrovertida, y por San Valentín, tanto en el colegio como en el orfanato, le regalaban siempre un montón de cosas. Claro que lo nuestro no fue nada serio, porque éramos unos críos y la cosa nunca fue más allá de besitos en la mejilla, jugar juntos y pasear cogidos de la mano. Fue divertido, o yo lo recuerdo así. Hacía dos años que no la veía, pero de vez en cuando le mandaba cartas, no sé si te acuerdas cuando escribía por la noche con una pequeña linterna debajo de la manta.

–¿Es seguro?

–Pues claro, ¿por quién me tomas? –le pregunté molesto.

El resto del viaje logré que me contara algo sobre él. Me dijo que también era huérfano, que su familia había muerto hacía años y que a él se había criado con un tío, quien también había muerto. Más tarde descubriría lo que realmente ocurrió con su familia, y la razón por la que está muerto."

Naruto dejó de escribir. ¿Por qué aún le afectaba decir que estaba muerto? ¿Por qué le costaba tanto aceptarlo? En el fondo sabía que aún lo quería, y que lo seguiría haciendo hasta el resto de sus días, pero ya habían pasado muchos años.

Sakura llamó a la puerta. El rubio se levantó de su silla, guardó las cosas y abrió.

Sai acaba de irse –anunció la muchacha.

¿Qué coño hacía Sai aquí? ¿Y por qué no me has avisado?

Lo he hecho –comentó–. Y deberías estarle agradecido. Te habías dejado el maletín en el autobús y ha venido a traértelo.

Ese nunca pierde una oportunidad para venir –musitó molesto.

Oh, vamos, es tu amigo, sólo se preocupa por ti.

Naruto salió del desván y comenzó a bajar las escaleras. Sakura apagó la luz y lo siguió.

Exacto, es mi amigo, no el tuyo.

¿Estás celoso? –inquirió la chica con picardía.

¡Qué va! ¿De qué voy a estar yo celoso? No tengo porqué estarlo, además él ha conocido a una chica, ¿por qué tendría que estar celoso?

A mí no me ha dicho nada.

No es listo ni nada, el cabrón –rió Naruto entre dientes, entrando en la cocina.

¿Por qué lo dices? –se extrañó Sakura.

Si te lo hubiese contado le habrías sonsacado todo lo que sabe sobre esa mujer.

Ammm... Bueno. Y también ha llamado la señora Tsunade –le dijo comenzando a preparar té.

¿Y esa qué quería?

Decirte que no le gusta nada la columna que has hecho hoy. Quiere que escribas otra porque no la piensa publicar.

¡Encima! –exclamó el rubio sin poder creérselo–. ¡Si ha sido ella la que me ha dado la idea!