Capítulo 6. Mentira.
Jueves, 5 de mayo de 1949.
–¡SAKURA! –llamó impaciente–. ¿Te quieres dar prisa? Llegamos tarde y Tsunade me va a cortar el cuello.
– Ya voy, ya voy... Qué impaciente eres –le dijo ella entrando en la habitación con la chaqueta de su traje–. Si es tu culpa por no entrar en el baño a la hora. ¿Por qué siempre tropiezas con la misma piedra?
Naruto farfulló varias cosas ininteligibles y terminó de vestirse.
–No hace falta que me planches la ropa, está bien sin planchar.
–¡No puedes ir con la ropa arrugada a una fiesta tan importante! –lo reprendió la mujer poniendo los brazos en jarras. Naruto siempre era muy cabezón y era algo que a veces la ponía de los nervios.
–No es una fiesta importante. Es sólo el cumpleaños de Tsunade. Y vámonos ya. –Salió de la habitación con el ceño fruncido.
No le hacía gracia ir a la fiesta de Tsunade. Había muchas razones para no ir. Primera: Sakura no le haría caso ya que estaría Sai; segunda: Tsunade tenía mala fama con el alcohol; tercera: Kiba no pararía de recordarle que la vieja tardaría en abandonar su puesto. Y así muchas más razones.
Cogió la pequeña caja envuelta en papel de regalo verde del sofá y abrió la puerta, esperando que Sakura saliese. Llevaba un vestido rosa pastel, con un broche en forma de rosa en uno de los tirantes del escotado vestido, que le llegaba hasta las rodillas. Lucía unos zapatos nuevos de tacón, plateados, a juego con el pequeño bolsito y la gargantilla. Salió mientras se arreglaba un chal del mismo color que el vestido, sólo que un poco más oscuro. Naruto cerró la puerta y la siguió hasta el taxi que reposaba paciente al lado de la acera.
Subieron al vehículo, le indicaron la dirección y partieron. Al llegar al restaurante pasaron las cosas que Naruto se esperaba. Tsunade estuvo a punto de gritarle, Sakura se puso a hablar con ella y después con Sai, ignorándolo por completo y Kiba comenzó a burlarse de él, por lo que discutieron un buen rato y al final Naruto acabó sentándose en una mesa solitaria, junto a Shikamaru que dormitaba plácidamente tumbado en su silla. Como con éste no había forma de entablar una conversación con un mínimo de sentido salió al jardín de local y se sentó en el suelo, en un lugar apartado.
–Vaya día... –se dijo a sí mismo. Se sacó una pequeña libreta del bolsillo del pantalón junto a un lapicero con mucha punta y miró el cielo, ya lleno de estrellas, antes de comenzar a escribir.
"Cuando llegamos a Washington yo salí primero del tren, y no volví a ver al baka hasta el día siguiente. Fui hacia la salida de la estación y allí vi como un tipo vestido de militar se acercaba a mí y me saludaba. Era un hombre más alto que yo, de pelo negro y tuerto. Me miró con frialdad y me dijo:
–Uzumaki, ¿no? Vamos, Webster te espera.
Comenzó a andar hacia un coche negro y lujoso. Uno de esos coches que a mí me dan mala espina, que parece que siempre te persigan. Abrió la puerta trasera y me indicó que entrara. Así lo hice y me senté en el asiento de la derecha, al lado de la puerta por la que había entrado.
No tardamos en llegar a la base militar. Era enorme, con una pared alta de piedra llena de alambre de pinchos por encima, y tenía torres en cada una de las cuatro esquinas de la pared, más otras dos en la enorme puerta de hierro por la que entró el coche. Los guardias de las torres iban armados con subfusiles Thompson.
Después de bajarnos del coche, el tuerto me llevó por unos pasillos hasta llegar al despacho de Webster. Llamó a la puerta y entramos. El hombre saludó al coronel y salió de la estancia dejándome con él allí. Me saludó, como un militar que era y juntó las manos en la espalda.
Era la segunda vez, y la última, que veía a aquel hombre. Tenía bastante barriga, el pelo de color muy oscuro, y arrugas en su cara redonda y rojiza, adornada por un horripilante mostacho negro. Era más alto que yo e iba vestido con el típico traje militar. Dios sabe cuánto odié esos trajes, y a los hombres que los portaban. Al principio hasta me hacían ilusión, pero ahora no quiero ni verlos. Me pregunto si Webster sigue vivo.
–Bien, Uzumaki. Tengo una misión para ti. No se lo dije a Baley, porque es algo secreto, y no quiero que tú abras la bocaza, ¿entendido? –me dijo con voz firme. Yo asentí un poco acongojado. El hombre se dio la vuelta para mirar por la ventana que tenía detrás.– Vas a ir a Alemania dentro de un mes en calidad de espía.
–¿Cómo?
–En ese mes me encargaré de enseñarte el idioma a la perfección.
–Pero, señor... –traté de llamar su atención.
–Cuando vi tus fotos y leí en tu perfil que hablas tres idiomas y que mientes a las perfección supe que eras el hombre perfecto para esta misión.
–No...
–Así que aprenderás alemán, porque creo que eres capaz. Contrataré a los mejores profesores y en un mes...
–¡Señor! –casi grité. Odio que me ignoren.
–¿Qué? –preguntó volviéndose hacia mí, arrugando la cara en una mueca de enfado.
–No puedo hacer la misión, señor.
–¿QUÉ? ¿CÓMO QUE NO PUEDES HACER LA MISIÓN? ¡DEBES HACER LA MISIÓN PORQUE YO TE LO ORDENO! –me gritó acercándose mucho a mí, escupiéndome en el proceso. Espero que no hayas conocido nunca a Webster, Gaara, porque entonces no me cabe duda de que lleva tiempo bajo tierra.
Me limpié la cara disimuladamente, cogí aire y le dije.
–Estoy en una misión aquí, señor.
–¿Aquí? –preguntó con arrogancia–. ¿En Washington?
–No señor, en el país –contesté lo más educadamente que pude, aunque creo que no lo conseguí. Evitaba mirarle por todos los medios, y mantenía siempre la cabeza en el frente, mientras él había comenzado a pasearse por el despacho.
–¿Dónde?
–No puedo revelar tal información, señor.
–¿CÓMO QUE NO? ¿TÚ SABES CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO, MOCOSO?
–Con el coronel Webster, señor, de la base militar de Washington, señor –le dije tratando de no perder la paciencia, coger lo primero que tuviese a mano y romperle la cabeza. Menos mal que me controlé, si no, ahora estaría criando malvas.
–Entonces... –musitó– dime... AHORA MISMO... qué misión es esa –pronunció con dificultad.
–Es alto secreto, señor. No puedo revelarle la información por seguridad. No estoy autorizado a dar información a nadie, señor. Hable con Baley –le dije poniéndome cada vez más furioso. Maldito abuso del poder. Y yo quiero ser el jefe de mi periódico. Maldito mundo.
–¿Ah, sí? Muy bien.
Se acercó al teléfono que reposaba sobre su mesa. Descolgó el auricular y dio varias vueltas a la ruedecilla. Después se llevó el aparato al oído y esperó, fulminándome con la mirada, al igual que yo, sólo que yo lo hacía disimuladamente. Cuando por fin se oyó una voz al otro lado habló:
–Soy Webster. ¿Qué misión tiene Uzumaki? –Silencio.– ¿CÓMO QUE ALTO SECRETO? Dime ahora mismo... ¿Qué? –preguntó cambiando radicalmente su expresión a una de incredulidad. No se qué le diría Baley, pero pareció calmarse. Qué hombre más astuto.– Muy bien... Claro, claro. – Se quedó escuchando un buen rato.– Vale. Adiós. –Colgó.– Bien, Uzumaki –me dijo–, esta vez has tenido suerte.
Sin querer alcé una ceja. ¿Suerte? Bueno, si lo quieres llamar suerte... Yo diría que ocurrió un milagro. Alabado sea Baley, que me salvó de aguantar todo un mes a ese hombre. No me habría importado ir a Alemania, es más, hasta me hacía ilusión correr el riesgo de que me pillaran y mataran, y no es que me guste sufrir, sino que era emocionante. Y sin embargo me tenía que quedar con aquel maldito Uchiha en Nueva York y aguantarlo todos los días. Tal vez hubiese sido mejor ir con los nazis y olvidarme de él. Me habría ahorrado sufrimiento.
Webster me dijo varias cosas más a las que no les di, ni les voy a dar, mayor importancia. Me llevó a una habitación con una cama, unas taquillas y un baño y me dijo que durmiese allí, que al día siguiente a las ocho de la mañana irían a recogerme y me llevarían al centro de la ciudad. Dentro de lo malo, tampoco era tan malo, ¿no?
Al día siguiente me podría ir. Recogería al bobo de Sasuke y vería a Ino. Después, partiríamos hacia Nueva York otra vez y podría tumbarme en la camita y dormir tranquilo, volverían las peleas y tal vez conseguiría conocer mejor a Sasuke. Tenía interés por conocerlo.
No tardé en dormirme ya que estaba cansado, y a la mañana siguiente, cuando desperté, me bañé rápidamente y me vestí, esperando que llegaran para sacarme de aquel lugar. Siempre había pensado que estar en una base militar tan grande debía hacer sentirse a uno importante, pero me hacía sentir como a un preso, y eso no me gustaba para nada.
Cuando por fin estuve en el centro de la ciudad rebusqué en mis bolsillos algo de dinero. Sasuke y yo habíamos acordado repartirnos el dinero antes de bajar del tren. Entré en una tienda de pasteles que vi no muy lejos y compré bollos rellenos de crema. Después cogí un taxi y le indiqué la dirección de Ino.
Tardamos media hora en llegar, y no porque estuviese lejos, sino porque había un tráfico de mierda, lleno de coches y de gente ruidosa por todas partes. La mayor parte del tiempo la pasamos parados en pequeños atascos. Creí que no llegaríamos nunca, y más de una vez estuve a punto de salir del coche y liarme a puñetazos con todo el mundo. Menos mal que sé contenerme a veces.
Cuando bajé del vehículo pagué al conductor y me vi frente a un edificio de muchas platas, con una bonita arquitectura y una entrada limpia con varias plantas a ambos lados de la puerta. Entré y comencé a subir las escaleras. Ino vivía en el sexto piso. Dudé en llamar o no a la puerta, pero al final me decidí y la golpeé tres veces con los nudillos. Pude oír la risa de una mujer antes de que esta abriera. Justamente como la recodaba, puede que tal vez más guapa.
–¡Naruto! –Saltó sobre mí y me abrazó con mucha fuerza. Yo correspondí al abrazo con igual fuerza y ella apretó más, dejándome sin aire.– Jeje... Siempre te gano a los abrazos quebranta-huesos –sonrió. Observé que tenía el pelo más corto que la última vez que la había visto. Llevaba los labios pintados de rojo sangre, los ojos perfilados de negro con sombra malva, la cual resaltaba sus orbes azules claros. Olía como los dulces más codiciados del mundo e iba vestida con un vestido del mismo color que sus labios, muy ajustado y con bastante escote. No llevaba zapatos y tenía el pelo rubio platino alborotado.
–Hola, Ino.
–¿Qué? ¿Me has echado de menos? Anda, pasa –me indicó apartándose un poco de la puerta para dejarme entrar.
Entré mirando algo extrañado todo lo que había a mi alrededor. Era un piso desde luego muy extravagante, con cuadros muy raros, suelo con moquetas fucsia y paredes rosas, sillones de terciopelo violeta y cortinas de seda morada en el gran ventanal del salón en el que enseguida me encontré.
–Pareces bobo –oí que decía alguien. Y no tardé en reconocer la voz y poner cara de pocos amigos.
–Hola, Sasuke-temee –lo saludé con ironía.
–Tu amigo es guapísimo –me dijo Ino al oído cogiéndome de la cintura por la espalda–. Y además muy simpático.
–Exageras –le dije yo sonriéndole con arrogancia al bastardo.
–Cariño mío, ¿dónde has estado? –me preguntó ella soltándome para ir a sentarse en un sillón frente a Sasuke. Entonces me di cuenta de lo que tenía en la mano el idiota y le grité.
–¿QUÉ COÑO HACES FUMANDO?
–Fumar –me contestó con tranquilidad, le dio una calada a su cigarro, se levantó y me echó el humo en la cara. Después se fue por un pasillo.
–Pero... pero... será... –balbuceé. No sabía ni qué decir. Maldito chulo.
–Naruto... –me llamó Ino agitando los brazos.
–¿Eh? Ah... ¿Por qué lo has dejado fumar? –le pregunté de repente, dándome cuenta de lo que pasaba.
–Bueno, ¿es que no puede fumar?
–No es que no pueda, es que no debe. ¡SASUKE-BAKA! ¡VEN AQUÍ, DESGRACIADO! –rité como un loco, comenzando a andar hacia el pasillo por el que se había ido él.
–Ey, ey, ey... –me llamó Ino, agarrándome del brazo–. Ha ido al baño. Además... jeje –rió con picardía–.Tenemos que hablar.
–¿Sí? –pregunté sin entender. Me tiró del brazo hasta que me senté a su lado.
–Claro. Hace años que no nos vemos, cariño. A ver. Cuéntame. ¿Qué tal se siente teniendo una misión importante que hacer? –me preguntó emocionada.
–¿Te ha contado lo de la misión? –cuestioné con extrañeza.
–Sólo ha dicho que está en una misión contigo aquí, pero es alto secreto así que no puede decir de qué se trata.
–Oh... –pronuncié embobado.
–¿Y por qué habéis venido a Washington? Sasuke no ha querido decírmelo.
–Tenía que hablar con un superior. ¿Cómo es que ha cogido confianza tan rápido? –le pregunté más extrañado aún.
–Pues bueno... Solamente hemos estado hablando. Me ha dicho que es japonés, y que tú eres muy problemático e impulsivo, y que haces las cosas sin pensar. Como siempre –rió.
–¡Eso no es verdad! ¡El problemático es él! ¡Maldito enfermo!
–¿Y de quién es la culpa? –poreguntó el bastardo al volver. Se sentó en frente de mí y me miró con una sonrisa prepotente en los labios.
–Tuya. Nadie te manda meterte en mis asuntos.
–¿Qué pasó? –curioseó Ino.
–Que el muy idiota –contesté rápido, antes de que lo hiciese él– se metió delante de un coche. El coche le dio de lleno y le rompió varias costillas, además de fastidiarle un pulmón.
–Cariño... ¿Y estás ya bien? –le preguntó con preocupación Ino.
–Claro. Yo no tengo problemas, es tu amigo quien los tiene.
–¿Estás bien Naru, mi amor? –me preguntó–. ¿Te ha pasado algo? –Me cogió la cara ente las manos y se puso a examinarla detenidamente.
–No, nada.
–Me refiero a otro tipo de problemas –sonrió Sasuke.
–¿Aún no has perdido la virginidad? –e preguntó Ino. Yo me puse rojo y bajé la cabeza, furioso. ¿A qué venía eso? Creí que me iba salir humo por las orejas como no cambiásemos de tema. El bastardo soltó una carcajada. Pude ver como la rubia lo miraba sin entender, y después sonreía. Me dio un beso en la mejilla y se levantó del sofá.– Naruto no tiene problemas mentales, Sasuke – le dijo. No me lo pude creer, lo había hecho a posta.– Es sólo que a veces es demasiado compulsivo. Mi pobre Naru, ¿te lo he hecho pasar mal? Jeje...
–Ino, déjalo ya –susurré aún rojo por la vergüenza. La verdad es que esos asuntos me daban bastante corte. Bueno, lo que me daba palo era hablar de esos asuntos cuando yo estaba involucrado en ellos. Ya lo he superado.
–Vale. ¿Quieres tomar algo, cariño?
–Un whisky –contesté mirando mal a Sasuke.
–Ponme a mí otro –sonrió él.
–Volando.
Hasta que la rubia volvió con los whiskys, el bastardo y yo nos dedicamos a mirarnos cada cual peor. Entonces pude ver los ojos que tenía el cabrón. Eran profundos y fríos, aunque más tarde, cuando pude verle sonreír de verdad me di cuanta de lo infantiles que eran. Eran como los ojos de los niños pequeños, pero cuando no sonreía perdían todo su brillo y se volvían helados y severos. Parecía que algo los hubiese hecho volverse así. Aunque parezca una tontería, a mí me dieron esa impresión.
–Bueno, bueno, como está el patio –oí que decía una voz femenina detrás de mí–. Aquí tenéis. –Dejó dos vasitos sobre la mesilla que había entre nosotros y se sentó a mi lado.– Bueno, Naru, ¿y qué tal estás? Llevas muchos tiempo sin escribirme... Pensé que te habías olvidado de mi... ¡Y no sabes la alegría que me llevé cuando Sasuke me dijo que venía de tu parte y que vendrías después! –exclamó con emoción.
–¿Cómo voy a olvidarme de ti? Nunca lo haría, ¿sabes? Eres como una hermana para mí.
–¿De verdad?
–Claro. Por eso te tengo que pedir un favor –le dije cogiéndola de las manos y dramatizando un poco.
–Dime, cariño –sonrió.
–Ino... necesito... Veras... ¿Podrías prestarme una jaula o una correa o cuerdas o lo que sea, por favor? –le dije dramatizando aún más.
–¿Qué? –preguntó confundida levantando una ceja–. ¿Para qué quieres todo eso?
No contesté, sino que miré al bastardo.
–¿Quieres una hostia, Naruto? –me preguntó él, totalmente serio.
–¿Verdad que tienes una jaula o algo? –le pregunté a Ino volviendo la vista hacia ella.
–No... Al menos no tan grande. Pero es que... ¿te van ese tipo de juegos, Naru? –me preguntó.
–¿Qué juegos? –pregunté rápidamente.
–Ya sabes. Eso de atar al contrario mientras... Oye... ¿desde cuando eres homosexual?
–¿QUÉ? –pregunté gritando, soltándole las manos–. ¿QUÉ INSINÚAS? ¿YO... CON...? ¡NI HABLAR!
–Como te pones, dobe.
–¡Tú cierra la boca! ¡Y claro que no soy homosexual! ¡Ni aunque este tipo fuese la única persona viva que quedase en el mundo! Dios no lo quiera... –dije fingiendo rezar.
–Naruto, no me importaría. Sabes que a mí no me importaría, que yo te sigo queriendo igual, seas lo que seas. Además, no me sorprendería nada que la mitad de los militares fuesen homosexuales. Todos los días encerrados entre hombres y más hombres sin poder estar con una mujer en años... –Se cruzó de brazos negando levemente con la cabeza.– Eso no es vida.
–Eh... Ino –la llamé con voz temblorosa–. No soy homosexual, ¿vale?
–¿Seguro? Sasuke es muy guapo –le sonrió, y él le devolvió la sonrisa.
–No... No lo es.
–No me irás a decir que es feo, porque no lo es para nada. De hecho, hoy en día es raro ver hombres como él –dijo poniendo cara de ensoñación.
–Bueno, vale... Déjalo ya, ¿no? No soy homosexual. Me encantan... no... ¡Adoro a las mujeres! Sois perfectas, preciosas, me encantáis...
–Uy, mi Naru –dijo estirándome los mofletes–. Se está haciendo un hombrecito. –Como no, Sasuke empezó a reír. Maldito bastardo.– Entonces... ¿Qué os parece si esta noche os llevo al local en el que trabajo? Tengo unas compañeras guapísimas, así que os gustarán. Y podrás verme a mí –me susurró al oído.
–Vale... Oye... ¿Nos enseñas la ciudad antes?
–Claro. Esperad aquí, que voy a cambiarme, ¿vale?
Ino se fue dejando un rastro de perfume. Volví la cara hacia Sasuke, molesto. Él solo sonreía con arrogancia.
–¿Quieres que te borre esa puta sonrisa? –le pregunté.
–¿Y qué harás para ello?
–Te partiré la cara esa de guaperas de mierda que tienes, hasta que todas las mujeres te miren con asco.
–¿Y tú me mirarás con asco? –me preguntó con una voz tremendamente sensual y ampliando más la sonrisa. Será maricón, pensé.
–Que te jodan.
–¿Sí? A ver si la pierdes esta noche, hombretón –se burló.
–Hijo de puta. ¿Sabes una cosa? Puedes fumar hasta que te mueras, o ya que estamos tírate por la ventana, es más rápido y se sufre menos. Entonces veremos quién ríe el último. –Me levanté del sofá y fui hacia la ventana. Aparté un poco la cortina y me quedé mirando la bulliciosa calle. Ya debían de ser más de las once de la mañana.
–¿En serio quieres que me muera? –me preguntó Sasuke. Noté algo en su voz, pero no se el qué. Era algo diferente al tono habitual que usaba.
–Sí. Púdrete, ya no me importa lo que te pase –mentí. Total, él no quería que me preocupase. Qué más daba decirle que no se matase o que lo hiciese porque a mí ya o me importaba...
–Vale.
Y ahí acabó nuestra conversación para el resto del día. Cuando Ino volvió se percató de mi enfado por la cara que mostró, pero no dijo nada. Se había puesto un vestido entallado algo más largo pero igualmente escotado, y con unos dibujos alegres de flores. Le llegaba hasta las rodillas con una falda holgada y sencilla, unas medias color carne y zapatos de tacón negros. Cogió una chaqueta negra y larga de un perchero y se la puso.
–Bueno, ¿nos vamos? –nos preguntó alegre.
–Claro..."
–Hey... ¿Qué haces?
–¿Eh? Hola, Sai. –Naruto levantó la vista.
–Hola –saludó alegremente el muchacho–. ¿Cómo es que no estás en la fiesta? Es divertido, deberías entrar.
–Nah... No me apetece nada.
–Tendrías que ver a Tsunade, jaja... Está completamente borracha, y apunto estuvo de desnudarse –rió el moreno.
–¿Sí? Jeje... vieja loca.
–¿Y qué haces aquí solo? –preguntó con interés.
–Estar... –Naruto se encogió de hombros y guardó la libreta y el lápiz.– La verdad es que me apetece ir a casa.
–Yo me lo estoy pasando muy bien.
–¿Y cómo es que no te has traído a la enfermera? –preguntó el rubio con picardía.
–Me ha dado calabazas –sonrió Sai.
–¿Eh? ¿Y eso?
–Dice que no sé ponerme serio. Bueno, no importa, ella no tiene mucho sentido del humor. Puede que las mujeres sean más raras de lo que creía. La verdad es que sólo me llevo bien con Sakura –explicó sin darle importancia al asunto. Naruto hizo una mueca fea. Realmente odiaba que Sai y Sakura se llevasen tan bien. Aunque siempre dijera que no tenía celos, la verdad era que temía perder a Sakura.
–Bueno... –dijo al fin, levantándose del suelo–. Vamos a reírnos un rato de la vieja Tsunade –se burló antes de comenzar a andar hacia la puerta del restaurante. Sai lo siguió y entraron justo cuado Jiraiya animaba a gritos a la cumpleañera para seguir bebiendo vino.
