Capítulo 8. ¿Misión finalizada?
Domingo, 8 de mayo de 1949.
DING, DONG, DING, DONG.
–Sakura... ve tú... –musitó Naruto con sueño. Nadie contestó.– Sakura... –volvió a llamar. Silencio.
DING, DONG, DING, DONG.
–Oye... Sakura... ve a abrir la puerta, por favor. –Por más que insistiera en que Sakura abriera la puerta, el timbre más sonaba, hasta que decidió levantarse de la cama e ir él mismo a abrir. No podía ser que Sakura siguiese enfadada con él. Al fin y al cabo Ino sólo iba a quedarse un día, según la carta. ¿Y por qué no estaba en el dormitorio?
No se puso la bata ni las zapatillas de casa, sino que cogió la gruesa manta de la cama, se la echó a los hombros y se dirigió a la puerta, sin abrir del todo los ojos. El timbre no paraba de sonar y era algo verdaderamente odioso oír el "Ding, Dong" a la hora de despertar.
Puso la mano en el pomo, se restregó los ojos y abrió. La luz era tan fuerte para su poco acostumbrada vista que tuvo que volver a cerrar los orbes y taparlos con el antebrazo. Un agradable olor a frambuesa llegó hasta su olfato, y un gran grito chillón y molesto hizo que abriera los ojos de golpe.
–¡NARUTO! –Ino abrazó al rubio tan pronto como lo vio, y lo estrechó tan fuerte entre sus brazos que el chico pensó que le iba a romper dos costillas.
–¡Ino! –pudo decir cuando la muchacha al fin lo soltó.
La observó durante un rato. Su apariencia era la de una mujer bella de la clase acomodada. Un caro vestido, unos coquetos zapatos y un moño en lo alto de la cabeza, que le daba un aire de grandeza. El maquillaje, sencillo y sin pretensiones, la hacía realmente atractiva. Sus rasgos habían cambiado ligeramente, habían madurado, y eso la hacía aún más guapa de lo que siempre había sido. Junto a sus pies descansaban dos grandes maletas.
–Sí. Yamanaka Ino, la futura gran estrella de Hollywood, y la mayor actriz de todos los tiempos –ijo poniendo los brazos en jarras y moviendo ligeramente la cadera, acentuando más su femenino y esbelto cuerpo.
–No me cabe duda –susurró Naruto admirando su porte–. Venga, pasa.
Se apartó un poco de la puerta para dejar que su amiga entrara. Ésta cogió una de las maletas, que se notaba que pesaba mucho, y entró. Naruto cogió la otra valija, e hizo lo mismo que Ino, cerrando la puerta de entrada antes. Dejaron las maletas en un lado del salón e Ino se sentó abatida en el sofá.
–Vaya día más largo –suspiró.
–¿Por qué no has avisado de que venías hoy?
–Uy... Quería darte una sorpresa, pero ha habido problemas con el tren. Se supone que iba a salir ayer por la tarde pero resulta que hubo no sé qué avería en la líneas y el tren se retrasó tanto que partimos de madrugada. Lo bueno es que no nos devolvieron el dinero del billete a los que ya habíamos pagado antes de enterarnos de las averías –sonrió. Acto seguido se levantó, volvió a abrazar a Naruto (pero esta vez sin volver a estrujarle los huesos) y le besó en las mejillas. El rubio correspondió al abrazo con una sonrisa de oreja a oreja.– No sabes cómo te he echado de menos, amor mío –rió.
–Yo también te he echado de menos. –Se soltaron del abrazo e Ino se volvió a sentar.– ¿Quieres tomar algo?
–Un té verde, si tienes.
–Claro, a Sakura le gusta mucho el té verde, dice que es bueno para la salud –comentó Naruto yendo hacia la cocina. Preparó el té y volvió con él al salón, sentándose al lado de su amiga.– ¿Y qué papel harás en el musical?
–El de una ninfa. Es una obra basada en mitos griegos. Va a ser muy bonita. Tendréis que venir a verla –le dijo como si fuese una orden.
–Entendido, mi capitana –contesto Naruto levándose una mano a la frente.
–¿Y Sakura? ¿No está en casa? Yo la quería conocer...
–Pues no sé dónde está. Parece que aquí no. A lo mejor a quedado con su madre, para volver a hablar de tener hijos y esas cosas –contestó el rubio haciendo muecas raras.
–¿Vas a tener hijos? Qué bonito... ¿Y yo seré su madrina, verdad? –preguntó ilusionada.
–Qué va, qué va...
–¿No seré la madrina?
–No... Quiero decir que no voy a tener hijos. Sakura quiere tenerlos, no yo. Mírame, soy demasiado joven, y quiero vivir mi juventud mientras pueda...
–Pero tener hijos es algo maravilloso –lo interrumpió la chica cogiendo sus manos entre las suyas–. En un futuro yo también tendré dos hijos preciosos... Eso será cuando acabe mi carrera, dentro de varios años, cuando encuentre al hombre perfecto... Serán un niño y una niña. El niño se llamará Jack, y la niña Kaoru. Una vez oí ese nombre en una niña japonesa y me encantó. Y serán como la noche y el día. Uno rubio y el otro moreno. Me gustaría que el rubio tuviese ojos oscuros, y el moreno ojos claros, como los míos... –dijo con ensoñación.
En ese momento Naruto vio la forma en la que había madurado Ino. Ella siempre decía que no quería tener hijos, que cuando encontrara a su príncipe azul viajaría con él por el mundo entero. Actuaría en los teatros más famosos de toda Europa, se compraría un casa en Londres y allí viviría feliz, rodando películas y posando para las revistas famosas. Trataría con cariño a todo el mundo y ayudaría a los pobres.
Pero ahora Ino quería encontrar a su hombre perfecto, tener hijos y, al parecer, vivir feliz con su familia. No parecía pedir más. Naruto se quedó mirándola embobado. Seguía siendo Ino, pero, increíblemente, había madurado un poco.
–No te imagino teniendo hijos. No creo que quieras estropear tu cuerpo de esa manera –dijo al fin el chico, comenzando a reír. Ino le soltó las manos, se pasó la mano por el pelo y sonrió con prepotencia.
–¿Quién ha dicho que los vaya a tener de esa forma? –preguntó con misterio.
–¿Qué quieres decir? –Naruto no comprendía lo que su amiga trataba de decirle. Ésta ensanchó más la sonrisa...
–Adoptaré –... Sonrisa que enseguida se convirtió en una dulce y alegre.
–¿Qué? ¿Cómo que adoptarás?
–Simple. Quiero darles a unos niños todo lo que nosotros no tuvimos de pequeños. Por mí adoptaría a todos los niños huérfanos del mundo, pero... –suspiró.
–Vaya... Pues sí que has madurado –musitó Naruto tan bajo que la chica no logró entenderle.
–¿Qué dices?
–Nada, nada... Oye... ¿Y también tienes pensado como será tu "príncipe azul"? –le preguntó el rubio con burla.
–No... La verdad es que me encantan los chicos como, por ejemplo, Sasuke.... Pero con tal de que nos queramos... –dijo con ensoñación–. Por cierto –cambió de tema, poniéndose más seria–, ¿dónde está Sasuke? ¿Y por qué no me hablas de él? ¿Es que os habéis peleado?
–Bueno...–musitó Naruto, sin saber muy bien que decir. Y entonces, por una vez en su vida, agradeció al cielo que alguien llamase a la puerta.– Voy a abrir –se apresuró a decirle a Ino antes de levantarse del sofá e ir hacia la puerta. Abrió y se quedó sorprendido por lo que vio.
–Hola –le sonrió Sakura.
–¿Pero qué...? ¿Qué diablos te has hecho en el pelo? –preguntó abriendo mucho los ojos.
–¿Te gusta? –preguntó ella acomodándose la rizada melena, que curiosamente tenía un tono rosado, parecido al de su vestido.
–¡Pero si es rosa! –exclamó el rubio.
–Ya, ya, es que en la peluquería se confundieron con los tintes, pero cuando lo vi me gustó mucho así que les dije que lo dejaran así. Me rebajaron el precio y todo –rió apartando a un aluciando Naruto para entrar en la casa.
–¿Que se confundieron con...?
–Hola –saludó desde dentro una voz, a la recién llegada. Ésta se quedó un rato desconcertada antes de contestar.
–Hola... ¿Tú eres...?
–Soy Ino, encantada –contestó la rubia levantándose del sofá del salón y yendo a saludar a Sakura.
– Lo mismo digo –sonrió ella con cinismo cuando la rubia se acercó para besarla en la mejilla.
–¡Vaya! ¡Me encanta tu pelo! –exclamó emocionada la Ino, al mirar su melena.
–Gracias. ¿Ve,s Naruto? Tengo un pelo muy bonito –le dijo al chico, quien cerró la puerta y entró en el hogar sin decir palabra.
–Si vosotras lo decís...
–Pues claro –dijo Ino. Sakura comenzó a andar hacia la cocina y la rubia la siguió–. No sabes cómo me alegra conocerte. Naruto me ha hablado mucho de ti.
–¿Ah, sí? También me ha hablado a mí de ti. Y dime, ¿cómo es que vienes tan de repente a Nueva York? –preguntó como si no supiese la respuesta.
–Bueno, es que me han dado un papel en Broadway, y no podía desaprovechar la oportunidad. Estoy segurísima de que esto me abrirá muchas puertas.
–Vaya... pues tendremos que ir a verte, ¿verdad, Naruto? –le preguntó Sakura al chico, quien entró en la cocina con gesto serio, un poco encorvado.
–Claro... Bueno, ¿qué os parece si os dejo aquí hablando de vuestras cosas de mujeres y a conoceros mejor, y yo me voy a terminar unas cosas que tengo pendientes? –les preguntó.
–Qué aguafiestas –murmuró Ino.
–Vale, nos vemos luego –suspiró él.
Fue al baño a asearse y después subió al ático, cerró la puerta con llave y comenzó a escribir, pensando en cómo contarle a Ino lo de Sasuke.
"La última tarde que pasamos en Washington, Ino nos llevó a comer a un lujoso restaurante, del que curiosamente también conocía al dueño. Comencé a preguntarme si mi amiga conocía a toda la gente importante de aquella ciudad.
Al partir, Ino me hizo prometer que nos cartearíamos todas las semanas, así que por fuerza tuve que darle la dirección de la casa en la que nos alojábamos Sasuke y yo. Al subir al tren tuvimos que sentarnos en una cabina ya ocupada, con un hombre de piel muy blanca, y unos ojos verdes amarillentos que daban miedo. Tenía el pelo largo y azabache y una sonrisa extrañamente malévola en los labios. Lo cierto es que parecía un muerto. No iba a Nueva York sino que se bajó varias estaciones antes, sin embargo durante todo el trayecto no dejó de mirar a Sasuke. Yo lo miraba a él con el entrecejo fruncido. No me gustaba nada la forma en que miraba al bastardo. Parecía que en cualquier momento iba a saltar sobre él y lo iba a devorar. Cuando al fin se fue me tumbé en mi asiento y me quedé mirando el cielo por la ventana.
–¿Por qué estabas tan enfadado con ese tipo? –me preguntó Sasuke.
–¿Enfadado? –me sorprendí.
–Lo mirabas como si en cualquier momento fuese a sacar una pistola y mandarnos al otro barrio –me contestó él sin mirarme. Tenía la vista fija en la ventana.
–Te miraba de forma rara, ¿no lo viste?
–Sí, ¿pero qué crees que iba a hacerme? –sonrió con ironía.
–Y yo que sé –bufé con enfado–. Tenía cara de violador. A lo mejor le gustaste o algo. –Hice una mueca de desagrado al decir aquello. No podía imaginarme a un hombre como ese con Sasuke. Era algo antinatural. Aquel tipo era demasiado... No sé explicarlo, pero daba miedo.
–Supongo que sí le gusté. No me sorprendería –rió con prepotencia.
–Ja... Qué risa –musité con sarcasmo.
–¿Y... qué problema tienes tú si le gustaba?
–¡Pues que no le puedes gustar!
–¿Y por qué no?
–¡Porque lo digo yo y con eso basta! –exclamé enfadándome.
–¿Y desde cuándo te preocupa a ti a quién le guste? –volvió a preguntar. Me quedé un momento sin palabras. Tenía razón. No era problema mío lo que le pasase, y sin embargo no podía evitar sentir una oleada de... ¿celos? Tal vez lo fueran, o tal vez el simple instinto de proteger a tus seres cercanos... Aunque pensándolo bien, ¿desde cuándo era él un ser cercano? Ni siquiera me había dado cuenta del apego que había comenzado a sentir por él. Tal vez era el hecho de que me hubiese contado cosas sobre su vida, hecho que demostraba cierta confianza depositada en mí.
–Pues... sólo digo que ese tío me daba mala espina... Nada más.
–Ya... –sonrió.
Cerré los ojos y traté de poner en orden mis pensamientos, y fue entonces cuando me acordé de algo importante, así que volví a abrir los ojos y le pregunté a Sasuke:
–¿Cuánto tiempo más crees que tendremos que vivir juntos?
–No sé... –contestó en voz baja. Al parecer él también se había olvidado.
–¿Tú cuánto crees?
–¿Es que ya me quieres perder de vista? –preguntó aún sin mirarme. Pude ver que sonreía de medio lado.
–¿Es que no puedo preguntar sin que saques conclusiones estúpidas? –le pregunté frunciendo el entrecejo. Suspiró pero no dijo nada, así que yo tampoco lo hice. Volví a cerrar mis ojos y no tardé demasiado en dormirme.
El bastardo me despertó en cuanto llegamos, cogimos un taxi y nos fuimos a Riverview. La verdad es que no nos quedaba mucho dinero, lo cual no me sorprendía nada. Taxis, autobuses, trenes, alcohol, comida... Ya habíamos gastado más de la mitad, así que esperaba que Baley nos mandara algo más de dinero para sobrevivir.
Cuando el taxi nos dejó frente a la casa verdosa de Riverview, vimos que había mucha nieve, pero también había un caminito que llevaba a la puerta, que no estaba cubierto por nieve. Me quedé mirándolo extrañado un momento. Si no había nieve ahí significaba que alguien había venido. ¿Quién? No tardaría en averígualo.
Tampoco tardé en darme cuenta del coche que había unos metros más allá de donde estaba yo, medio subido a la acera. Comencé a caminar, seguido de Uchiha, y saqué las llaves del bolsillo de mi chaqueta. Ya casi era de noche, así que no pude ver bien la cerradura, pero cuando por fin abrí la puerta, vi con asombro la luz de la cocina encendida. Oí ruido dentro y abrí mucho los ojos. Estuve a punto de echarme para atrás y comenzar a correr, pero el bastardo me empujó para que terminara de entrar en la casa. Entonces vi como la sombra de la persona que había en la cocina aumentaba y acto seguido aparecía su dueño, con una cara de muy mala leche. Era Baley.
–¡Tú! –me dijo viniendo hacia mí–. ¿Dónde coño habéis estado todo este tiempo? ¿Y por qué te has llevado a Uchiha contigo? –me preguntó acercándose demasiado a mí.
–Pu... pues... –titubeé–. Es por si se le ocurría traicionarnos o algo... –mentí. Miré con un poco de disimulo a Sasuke y vi que él me observaba a mi con indignación.– Pero no lo va a hacer... Estoy seguro –añadí rápidamente–. Era sólo para asegurarme.
–Sí, ya... –dijo Baley sin creérselo. Se apartó de mí y continuó–. Bien. Pues he venido hasta aquí para daros una noticia importante. –Hizo una breve pausa para asegurarse de que le prestábamos atención.– Dentro de cuatro días la misión habrá finalizado. Uchiha, volverás a tu país y Uzumaki, tal vez te encarguen una misión en Europa.
–Ah... –dije–. Pero... ¿Sólo cuatro días? Creí que iba a durar más.
–Las cosas van mejor que nunca, ¿por qué tendría que durar más? –nos preguntó fulminándonos con la mirada. Sasuke permaneció impasible, pero yo me puse nervioso.
–Por nada... –contesté en un susurro.
–Bien. Entonces me voy, y no os mováis de aquí hasta no recibir nuevas órdenes.
–Claro...
Nos saludó con el típico saludo militar y salió por la puerta. Yo me quedé ahí, en medio del pasillo con una ceja levantada, observando la puerta por la que había salido aquel hombre. Sin embargo, Sasuke fue a la cocina haciendo mucho ruido, cogió algo de uno de los armarios y cerró éste con un golpe seco. Después subió al desván y no volvió a salir hasta la mañana siguiente.
Fui a la cocina y cené lo primero que encontré, después subí también al ático para asegurarme de que Sasuke no tenía cigarrillos, y se enfadó más de lo que ya lo estaba. Cuando le pregunté por el motivo de su enfado no me dijo nada, sólo que me largase y lo dejase en paz. Así que lo dejé en paz y me fui a dormir. Me costó bastante dormirme, ya que había echado una cabezada en el tren.
Cuando me desperté, a la mañana siguiente, el bastardo estaba tumbado en un lado de la cama, con un trozo de manta cubriéndole sólo la cintura. Me quedé extrañado viéndolo dormir ahí, pero me levanté de la cama, tiré de él hasta colocarlo en medio del colchón y lo cubrí con toda la manta. Después me arreglé y fui a comprar cualquier cosa para hacer el desayuno. No me llevé todo el dinero, porque pensé que no me haría falta, y así fue, pero gran error por mi parte.
Cuando volví de comprar, más o menos una hora después de haber salido de casa, Sasuke ya no estaba en la cama. Lo busqué por toda la casa pero no había ni rastro de él. Sin embargo, la botella de whisky que había comprado en Washington reposaba vacía sobre la mesa de la cocina, y el dinero que había dejado tampoco estaba ya. Sasuke se había ido, a saber dónde y encima borracho. Me alteré mucho, y a punto estuve de llamar a la policía, ¿pero qué les diría? Después pensé en llamar a Baley, pero aparte de que no tenía un número al que llamar, si Baley se enteraba de lo que el maldito Uchiha había hecho me iba a colgar.
Estuve esperando toda la tarde, pero Sasuke no daba señales de vida. Salí fuera y me senté en el borde de la acera que había delante de la casa, helándome de frío, ¿pero qué otra cosa podía hacer? Nueva York es tan grande que podía esta en cualquier sitio. Después, al darme cuenta de que él ni siquiera conocía una parte de la ciudad me asusté más. ¿Qué estaría haciendo? ¿Volvería? Eran cosas que cada vez que las pensaba me ponía más y más nervioso. Más de una vez estuve a punto de echar a correr hacia cualquier sitio, esperando encontrarlo, pero después de pensarlo dos segundos y de llegar siempre a la misma conclusión, me quedaba quieto, sentado en el bordillo.
Pasé mucho rato sentado, intentado calentarme las manos y la cara por el frío que tenía. Odio el frío, lo mío siempre ha sido el verano y los días calurosos. Cuando entré en la casa, abatido, cansado y congelado, ya era de noche. Miré el reloj. Las once pasadas.
Me senté en el sofá y me quedé ahí. Dieron las doce y aún no había vuelto. Las una. La una y media. Las dos pasadas y yo ya estaba histérico. Cogí el teléfono pero un ruido fuera me sobresaltó. Era como un ruido de cristales rotos y algo pesado cayendo al suelo. Entonces se me cayó a mí también el alma a los pies y salí disparado de la casa.
Sasuke estaba tirado en la acera, agarrándose un costado e intentando moverse. Me acerqué a él corriendo y lo ayudé a levantarse. Pero lo que vi me dejó aterrado. Le sangraba un labio y tenía un ojo hinchado y amoratado. Una mano la tenía llena de cortes y temblaba, además de que apestaba a alcohol y sangre.
Me pasé uno de sus brazos por encima de los hombros y le cogí de la cintura, arrastrándolo más que nada, porque apenas podía moverse y caminar. Lo metí dentro de casa y lo llevé al dormitorio; lo tumbé en la cama, fui a cerrar la puerta y después al baño, a coger el botiquín que había visto en el armario. Volví al dormitorio y comencé: le quité la ropa, empapada en sangre, alcohol y quién sabe qué más y lo dejé sólo en calzoncillos. Suspiré y me mordí la lengua por no ponerme a gritar como un desquiciado. Ya tendría tiempo de echarle la bronca y atarlo a la cama para que no volviese a hacer algo así al día siguiente. Me puse a desinfectarle las heridas de la mano, y después las de la cara.
Cuando terminé de curarle me senté en el borde del colchón y apoyé los codos en las rodillas y la cabeza en las manos. Me juré a mi mismo que como volviera a hacer algo así no lo contaría, así que no volvería a salir de casa sin mí hasta que no acabase la misión.
Aquella noche no dormí en absoluto, sino que me quedé despierto, para asegurarme de que el maldito bastardo descansaba. No debería haberlo cuidado tanto al muy idiota, que para lo que sirvió... Debería haberme besado los pies y llamarme Dios por todo lo que hice por él. Pero de nada sirve lamentarse.
Cuando despertó me quedé mirándolo con la cara más asesina que pude poner, y él me observó entre desconcertado y enfadado.
–¿Qué pasa? –me preguntó frunciendo en entrecejo y llevándose una mano a la cabeza.
–¿Te he dicho alguna vez que eres las persona más imbécil que conozco? –le pregunté con una sonrisa falsa, tratando de aguantar la rabia.
–Y yo que sé... ¿Cómo coño he llegado hasta aquí?
–A mí no me preguntes. Yo me limito a hacer de niñera –le dije con sarcasmo.
Se sentó en la cama e hizo una mueca de dolor. Levantó un poco la manta y se miró el cuerpo, después me miró a mí y, por último, volvió a tumbarse.
–Supongo que te debería dar las gracias, ¿no? –preguntó en voz baja.
–No, no hace falta. –Me levanté de la cama y abrí la puerta del dormitorio, dispuesto a salir.– Tú limítate a hacer de niño maleducado y rebelde, y ya está.
Salí a la calle, e igual que lo había hecho el día anterior, volví a sentarme en el bordillo de la acera. Hacía frío, y mucho. Pero no era el frío lo que me molestaba, sino que hubiese dicho que me "debería dar las gracias". Suspiré y me quedé mirando el cielo, del que comenzaban a caer copos de nieve. Me levanté del suelo y volví a entrar en la casa. Fui al dormitorio y me quedé mirando a Sasuke. Él observaba se mano vendada. Fingía que no me veía, hasta que le dije:
–¿No piensas hacer nada?
No contestó enseguida, sino que se quedó mirando al techo, para después mirarme a mí, y al fin habló, en un bajo susurro.
–Lo siento. ¿Es eso lo que quieres oír? Pues siento que me tengas que aguantar.
Negué con la cabeza y me rasqué la frente.
–No es eso. No quiero que sientas eso, sino otra cosa –le dije.
–¿Qué dices? ¿Qué otra cosa quieres que sienta? ¿El que ayer me hubiese ido y me hubiese emborrachado para después volver... ni yo me acuerdo cómo? –preguntó frunciendo el entrecejo.
–Exacto. Eso quiero que sientas. Que me hayas hecho preocuparme por ti, sabiendo que no conoces esta ciudad, que no tienes a nadie aquí, que te hubieses podido ir para siempre...
–¿Y te preocupo más yo que le hecho de que haya podido traicionar a tu país, por ejemplo? –me preguntó en tono burlón.
–Mucho más –contesté seriamente.
–Esto es ridículo –rió.
–¡TÚ SÍ QUE ERES RIDÍCULO! –le espeté sin poder aguantar más las ganas de gritar.
–¿Yo?
–¡SÍ! ¡TÚ! ¿ES QUE NO TE DAS CUENTA DE QUE HAY PERSONAS A LAS QUE LES IMPORTA TU VIDA MÁS QUE CUALQUIER OTRA MISIÓN?
–¿ES QUE A TI TE IMPORTA MI VIDA? ¡PUES NO DEBERÍA IMPORTARTE! DENTRO DE TRES PUTOS DÍAS VAS A DEJAR DE VERME; YO ME OLVIDARÉ DE TI, TÚ TE OLVIDARÁS DE MÍ, Y PUNTO. ¡NO LE DES MÁS VUELTAS! ¡TÚ Y YO NO SOMOS NADA! ¡OLVÍDAME! ¡NO TE PREOCUPES MÁS POR MÍ PORQUE NO SOMOS NI SIQUIERA AMIGOS! –gritó. Nunca lo había visto así de alterado. Pero sus palabras me dolieron, por ciertas que fueran. El haber dicho que se olvidaría de mí, el decir que no éramos nada, ni siquiera amigos... Todo eso me hizo daño. Y se me notó, seguro, pero no dejé que eso pudiese conmigo.
–Ya te lo dije una vez, y lo volveré a hacer las veces que haga falta. No dejaré de preocuparme por ti mientras seamos compañeros. Y mucho menos te voy a olvidar o a fingir que nunca te he conocido, porque no soy así. No soy esa clase de persona que olvida con facilidad algo importante de su vida. Tienes razón, y no, no somos amigos, pero en los tres días que quedan intentaré ser un amigo, aunque tú no lo quieras.
Después de aquello no volvió a decir ninguna palabra. Simplemente se quedó en la cama y no se movió en todo el día. Y así pasaron las horas y llegó la noche, en un silencio sepulcral. Yo traté de leer pero me fue imposible concentrarme. Estaba nervioso, furioso, triste y mil cosas más. Normalmente la gente no puede hacerme daño, pero Sasuke sí pudo. Claro que pudo, y si ahora mismo siguiese aquí seguiría pudiendo hacerme daño. Es de las pocas personas que realmente han podido hacerlo, si obviamos mi infancia.
Por la noche fui al dormitorio a buscar un pijama y me lo encontré tumbado en la cama, fingiendo dormir, pero enseguida "despertó", y antes de irme me dijo:
–¿No quieres dormir en la cama?
–No, gracias. –Me paré y volví la cabeza para mirarle.– Tú la necesitas más que yo. –Miré hacia delante y salí del dormitorio, cerrando la puerta.
Me cambié en el cuarto de baño y me tumbé en un sofá del salón. Los sofás no eran cómodos para dormir, pero mejor que el suelo... Cerré los ojos, pero no me pude dormir, ya que alguien tuvo que abrir una puerta y hacer ruido. Me levanté del sofá y me quedé mirándolo. Llevaba una almohada y la manta en los brazos.
–¿Qué crees que estás haciendo?
–Voy a dormir aquí. Tu ve al dormitorio –me dijo con serenidad.
–Ni hablar. No soy yo el que está lleno de heridas, sino tú, así que no pienso ir. Y ahora, haz el favor de meterte en la cama –comenté con aire amenazador, levantándome del todo del sofá. Sasuke negó con la cabeza.– He dicho que entres ahí.
–No lo haré. Simplemente me limito a hacer de niño rebelde –dijo seriamente, imitando mis palabras.
–Uchiha, no tientes a la suerte –le dije.
–No lo hagas tú tampoco. –Se tumbó en el otro sofá, puso la almohada bajo la cabeza y se tapó con la manta. Yo me acerqué a él y se la quité.– Quédatela, no me hace falta.
–Ve al dormitorio –dije con impaciencia.
–No. Vete tú.
–¿Pero estás sordo? ¡Yo no necesito una cama! ¡Tú sí! –exclamé temblando de rabia. Me sacaba de quicio.
–No estoy sordo, y tampoco iré al dormitorio. Si quieres que descanse tendrás que callarte. –Me dio la espalda con todo el escaro del mundo.
–¡Oye!
–¿Qué?
–¡No me des la espalda! ¡Mírame a la cara cuando te hablo!
–No me da la gana. Vete al dormitorio y déjame en paz.
Me arrasqué la cabeza perdiendo los papeles y despeinándome. Era desesperante. Entonces se me ocurrió una idea.
–Mira, iré al dormitorio si vienes tú también.
–No. –Rotundamente... Aquello sí que me sacó de quicio y tiré de él hasta agarrarlo por los hombros y obligarlo a que me mirara a la cara.
–Lo harás.
–¿Por qué pones tanto empeño en que duerma en el dormitorio?
–Por lo mismo que tú, así que, como personas civilizadas iremos al dormitorio, nos meteremos en la cama y dormiremos, ¿entendido? –le pregunté entrecerrando los ojos. Chasqueó la lengua e hizo que lo soltara para después levantarse, recoger la almohada y comenzar a caminar farfullando hacia el dormitorio. Yo lo seguí con la manta, nos metimos en la cama y nos tapamos, no sin antes dirigirnos una mirada de desprecio mutuo."
Naruto se estiró en su silla, recogió las cosas, las guardó y bajó donde se encontraban las dos mujeres, riendo animadamente, mientras un delicioso olor a comida invadía la casa. El rubio se dirigió hacia la cocina, impresionado, y se las encontró cocinando mientras se contaban hazañas de sus vidas.
–Vaya... Parece que os lleváis muy bien –las interrumpió.
–Hola, Naruto –lo saludó Ino con una sonrisa–. Ayúdanos a preparar la cena, anda.
–¿La cena? –preguntó confuso. ¿Tanto tiempo había pasado desde que las había dejado solas?
Ino dejó de cortar las zanahorias que estaba cortando en ese momento para dirigirse a un armario que estaba al lado de Naruto ,y entonces, le dijo en un susurro.
–Sakura ha invitado a un amigo tuyo, y dice que me va a gustar.
–Ay, madre... –musitó Naruto poniendo cara de horror–. ¿Has... has invitado a Sai? –le preguntó a Sakura.
Ésta sonrió con burla, y Naruto se quedó asintiendo con cara de pena, como si le acabasen de dar la noticia más triste de su vida, y es que para él que Ino conociese a Sai significaba que ya tenía cuñado.
