Capítulo 9. Otra semana, más locura.

Domingo, 8 de mayo de 1949.

Después de la cena, Ino y Sai habían salido a celebrar que se habían conocido y que se llevaban tan bien. Naruto alegó que aún tenía que terminar unas cosas y que no podría ir con ellos, y Sakura dijo que al día siguiente despertaría temprano para ir a trabajar, y que de ninguna de las maneras podía salir aquella noche. Pero tras irse sus amigos, el rubio no tuvo ganas de acostarse. Dejó a Sakura en la cama y subió al ático para continuar con su relato.

"Muy mal hice en dormirme aquella noche, porque cuando desperté a la mañana siguiente la casa se encontraba de nuevo vacía. ¡Qué decir del dinero que me había sobrado el día anterior de la compra! Había desaparecido. Ni un maldito centavo había dejado aquel cabrón.

El grito que pegué seguro que se oyó en todo el barrio. Le di tal patada a la puerta de la cocina que la agujereé. Suspiré profundamente antes de fruncir el entrecejo, ir al salón y sentarme en el sofá. Recto, enfadado y con los puños apretados, permanecí dos minutos ahí. Mi paciencia tenía sus límites, y Uchiha ya los había sobrepasado con creces.

No tenía nada que hacer, sólo esperar, y esperar sin hacer nada no era algo que me apeteciera mucho. Ya había tenido suficiente el día anterior y creí morirme de asco, aburrimiento y nervios. Simplemente me puse a limpiar y ordenar la casa. Si Sasuke volvía lo ataría del cuello con una correa y me encargaría de que no se soltara... pero el problema era otro: ¿y si no volvía? Triste, sin duda, pero aun así traté de ser lo más optimista posible. ¿Qué razones podría tener para irse a sólo un día de acabar la misión? Al día siguiente nos volveríamos a ir a Japón. Si tantas ganas tenía de olvidarse de mí podría haber esperado un poco más, y así yo no me habría preocupado. Pero es que él era Don Perfecto... ¿Qué se le iba a hacer?

No se cuánto tiempo exacto me pasé limpiando la casa, y hasta que oí sonar el teléfono no paré. Fui corriendo a contestar, aún así el grito que escuché al otro lado me hizo pegar un bote.

–¡UZUMAKI!

–¿Se... señor?

–¡POR FIN CONTESTAS! ¡TE HE DICHO QUE NO ME HAGAS ESPERAR TANTO!

–Lo... lo siento señor... –Increíble. Fue lo único que pensé. Más rápido no podría haber contestado.

–Muy bien. –Pareció tranquilizarse, pero poco duró–. ¡Escucha atentamente! La cosa se ha complicado, y mucho... ¡Todo por culpa de ese hijo de...! ¡En fin! Lo que trato de decir es que la misión se alarga por tiempo indefinido. Lo que sí es seguro es que por lo menos hasta dentro de una semana, que es lo que tardaré en arreglar este maldito asunto, no se acabará vuestra misión. ¿Entendido? –casi chilló.

–Sí, señor. Oiga... ¿Y qué ha pasado? –curioseé.

–¡Eso no es algo de tu incumbencia!

–Pero, señor...

–¡Cállate!

Tuve el impulso de gritar en ese momento, decirle a Baley que se fuese a la mierda, que dejara de abusar de su maldito poder y que no me gritara... Pero, por mala suerte, no podía hacer ninguna de esas cosas, a menos que quisiese problemas, y no los quería. Ya tenía suficiente con ese imbécil de Sasuke.

–¡Ya vale de tonterías! ¡Como os metáis en algún lío y yo me entere, morís! ¿ENTENDIDO?

Ni siquiera esperó a que contestara y ya había colgado. Debía de haber ocurrido algo muy gordo para que se pusiese así. Maldito Baley... Que no era de mi incumbencia... Dios santo, qué gente habita este mundo. Era uno de los encargados de la misión y lo que había ocurrido para que ésta se retrasara no era de mi incumbencia. En fin...

Después de aquello fui al salón con una única cosa en mente: matar. Acabaría con el primer ser humando que se cruzase conmigo. Era insufrible. Odio no tener información, no saber qué ocurre... Tal vez por eso soy periodista. El caso es que me quedé sentado en el salón durante al menos dos horas, y después de esas infinitas, inacabables, eternas, inagotables –y todos los sinónimos que se te ocurran– horas, oí como un coche se paraba delante de la casa.

Salí corriendo con los ojos abiertos como platos y abrí la puerta de entrada, al tiempo que alguien bajaba con una maleta de un coche azul oscuro. La decepción que me llevé fue increíble. El hombre que había bajado del coche era un anciano medio calvo con pinta de empresario. Desde luego, nada tenía que ver con el temee.

Volví a entrar en la casa y le eché una ojeada al reloj. Ya eran casi las cinco de la tarde.

–¡MIERDA! –grité con enfado.

Me levanté y fui hacia la puerta de entrada, la abrí y me crucé de brazos, esperando... esperando... Esperé tanto que casi me congelo de frío. Cuando sentí que mis huesos ya no aguantaban aquel martirio, volví a entrar en casa. ¿Qué diablos iba a hacer? Si Sasuke no volvía tendría problemas con Baley, Baley tendría problemas con los japoneses, y los japoneses a su vez tendrían problemas con los norteamericanos, y la guerra se volvería aún peor de lo que ya era de por sí.

No sabía qué hacer y pensaba que en cualquier momento me iba a dar un ataque de histeria e iba a quemar la casa y después el bario entero, y más tarde aprendería a fabricar una bomba para acabar con el mundo entero, y todos los problemas de la humanidad... Bueno, tal vez exagero, pero nadie sabe por lo que pasé por culpa de ese maldito bastardo. Cuando volví a mirar el reloj ya eran las ocho pasadas y el cielo ya estaba oscuro y se había vuelto a poner a nevar.

Cuando oí que llamaban a la puerta ya debían ser más de las nueve. Fui corriendo a abrir temiéndome lo peor. Abrí con rapidez y nerviosismo y ahí se encontraba el muy imbécil, como si nada hubiese pasado. No tenía signos de haberse vuelto a pelear y tampoco apestaba a alcohol. Simplemente era el Sasuke de la noche anterior, de la última vez que lo había visto.

Entró en casa sin saludar, sin decir media palabra, como si yo fuese un simple adorno. Comencé a temblar de rabia y apreté los dientes hasta que empezaron a hacer ruido por la fuerza que hacía. Cerré de un portazo y me volví hacia él, hecho una fiera.

–¡TÚ! ¡PEDAZO DE IMBÉCIL! –grité.

–¿Qué quieres? –me preguntó con pasividad yendo hacia la puerta que daba a las escaleras del ático.

–¿CÓMO QUE "QUÉ QUIERES"? –perdí aún más los nervios–. ¿DÓNDE COÑO HAS ESTADO? ¿TÚ SABES QUE SI BALEY SE LLEGA A ENTERAR DE LO QUE ESTÁS HACIENDO NOS MATA?

–No me importa. –Abrió la puerta, y justo cuando le iba a soltar otro sermón, entró y cerró de otro portazo. Me cabreé aún más si cabe, y fui hacia aquella maldita puerta, abrí y comencé a gritar de nuevo.

–¡VEN AQUÍ, MALDITO! ¡NO HUYAS Y ESCÚCHAME!

–Cállate.

–¡¿QUE ME CALLE?! ¡QUE ME CALLE?! ¿CÓMO QUE ME CALLE? ¿TÚ ERES IMBÉCIL O QUÉ?

–Sí, ¿es eso lo que quieres oír? –preguntó volviéndose con cara de enfado haca mí–. Soy un imbécil, ahora déjame tranquilo.

–¡NI HABLAR! ¿DÓNDE HAS ESTADO? ¿TÚ SABES LO PREOCUPADO QUE HE ESTADO?

–TE HE DICHO MILES DE VECES QUE NO TE PREOCUPES POR MÍ, QUE NO HACE FALTA. Y MENOS AÚN QUE ME LO ECHES EN CARA LAS VEINTICUATRO HORAS DEL DÍA. OLVÍDAME. HAZ COMO SI NO EXISTIERA –gritó él también, perdiendo los estribos.

–¿SABES QUE NO TIENES NINGÚN DERECHO PARA GRITARME? ¡DIME AHORA MISMO DONDE HAS ESTADO!

–¿Qué eres, mi madre?

–Soy tu compañero –dije bajando tanto mi tono de voz hasta casi convertirlo en un susurro. Lo fulminé con la mirada para, después, pararme a verle a los ojos.

–¿Ah, sí? A partir de mañana ya no, así que olvídame. –Negué con la cabeza, con gesto serio.– No, ¿qué?

–La misión no acaba mañana. Baley ha llamado y ha dicho que ha habido problemas y que la misión se prolonga por lo menos una semana.

–¿Qué? –preguntó incrédulo–. ¿Qué problemas?

–No lo sé. No me lo ha dicho.

Se quedó en silencio, mirándome con sorpresa, como si acabase de advertir que estaba allí, en las escaleras. Se dio la vuelta y continuó con su camino, sólo que lentamente. Entró en el ático y cerró la puerta tras sí. Yo lo seguí. Tenía que saber dónde había estado. Abrí la puerta y me lo encontré de pie enfrente de la ventana, observando algo fuera de la casa.

–¿Dónde has estado? –le pregunté, ya mucho más tranquilo.

–Volando.

–¿Volando? –volví a preguntar, sin entender.

–Sí –contestó dándose la vuelta para ir a sentarse en el sillón y suspirar.

–¿Cómo?

–Con un avión, obviamente.

–No me... ¿Fuiste con tu avión? –pregunté alucinando.

–Exacto.

–¿Sabes donde está?

–Lo he averiguado –me dijo mirándome. Parecía abatido, cansado...

–¿Cómo es posible?

–No importa. Vete, quiero dormir –susurró recostando la cabeza en el respaldo de su asiento y cerrando los ojos.

–Ehhh... –fingí pensar­– no.

Abrió los ojos y me miró con el entrecejo fruncido, así que lo imité y le eché una mirada cargada de furia. Volvió a suspirar y se levantó del sillón.

–Pues tendrá que ser en el dormitorio.

–Y atado a la cama... –susurré para mí mismo.

–¿Qué?

–Nada –me apresuré a contestar, comenzando a bajar las escaleras.

Cenamos en silencio y nos metimos a la cama. Era muy tarde, y yo estaba cansado, desde luego, pero no me dormí, sino que esperé a que él lo hiciese primero, y cuando estuve seguro de que ya estaba con Morfeo me bajé de la cama sin hacer ruido.

Salí del dormitorio y fui al ático de nuevo. Rebusqué entre unas cajas del fondo y saqué lo que aquel día había encontrado: cuerda. Estaba seguro de que si lo ataba no se escaparía. Bajé a la cocina y busqué unas tijeras que no tardé en encontrar, después corté algo de cuerda y volvía al dormitorio; le pasé un cabo de la cuerda larga –no sin antes volver a asegurarme de que dormía– por encima y el otro lo tiré por debajo de la cama. Di dos vueltas a la cuerda y até el nudo debajo del somier, junto a los muelles. No apreté mucho la cuerda, sólo lo justo para que no se pudiese largar. Después cogí una mano y le até la muñeca con un extremo de la cuerda pequeña, y por último até a la pata más cercana de la cama el otro cabo, de modo que tuviese una mano inutilizada.

Me senté en el suelo y sonreí con algo de malicia. Me hacía gracia ver lo vulnerables que somos todos cuando dormimos, y me hacía aún más gracia imaginar los gritos del bastardo al día siguiente... Y, desde luego, no fallé.

–¡UZUMAKI NARUTO! ¡VEN AQUÍ AHORA MISMO!

Riendo entre dientes volví a entrar en el dormitorio, con el desayuno de Sasuke en un plato.

–¡Buenos días! –saludé con alegría.

–¡BUENOS PARA TI, CAPULLO! –gritó colérico.

–Pues sí, la verdad. Hace un día precioso.

–¡Desátame!

–No... –dije pensativo–. Verás... No puedo correr el riesgo de que te vuelvas a escapar. ¿Sabes? Temo por mi seguridad. Si vuelves a hacer una de las tuyas y Baley se entera soy yo quien muere y, además... No quiero crear más conflictos entre Estados Unidos y Japón por una posible traición –terminé, asintiendo. Soy un buen actor...

–¿Traición? Si te quisiese traicionar ya lo habría hecho.

–Ya lo has hecho –le dije.

Me miró con el entrecejo fruncido, y después observó las cuerdas que lo ataban, y comenzó a tirar de ellas, sin éxito alguno. Me acerqué a él y le tendí el desayuno con una mirada amenazadora.

–No pienso comer. Métete eso donde te quepa –dijo haciendo un esfuerzo sobrehumano por romper las ataduras.

–Pues en la boca. –Me encogí de hombros y comencé a comer lo que había en el plato.– ¿Vas a hacer huelga de hambre? –pregunté masticando un trozo de pan.

–Cállate... –susurró aún tirando de las cuerdas.

-–No vale la pena, Sasuke... ¿Sabes? Como sigas así te vas a quedar sin fuerzas... Y como no quieres comer... Acabarás muriendo, te lo digo yo, Sasuke. Y además, no creo que tu sueño sea morir de hambre atado a una cama... Es patético por tu parte, Sasuke. ¿Sabes una cosa, Sasuke? Si hubieses sido mejor niño y le hubieses hecho caso a la nana esto no habría pasado, Sasuke. Y otra cosa, Sasuke. No pienso desatarte hasta que no me prometas que te portarás bien e intentaremos convivir como PERSONAS, no como animales, ¿entiendes, Sasuke? –dije gesticulando exageradamente y repitiendo su nombre a propósito.

–¡DEJA DE BURLARTE, MALDITO GILIPOLLAS! –gritó perdiendo otra vez los estribos. Era lo que quería: que se enfadara, que gritara y se retorciera de la rabia. Por imbécil le iba a devolver lo que él había hecho.

–Ay... Sasuke, Sasuke –suspiré. Salí del dormitorio aún oyéndole gritar, despotricar y dar golpes a la cama. Dejé el plato con su desayuno sobre la mesa de la cocina, apoyé las manos en ella y suspiré. No podía compadecerme de él. Él me había jodido, así que me tocaba.

Me pasé el resto del día burlándome de Uchiha, disfrutando sus berrinches y riendo a carcajada limpia cada vez que ponía cara de perro rabioso. La verdad es que era tremendamente entretenido ver como estaba totalmente a mi merced. En parte le debía la vida, pero eso no quitaba que me divirtiese verlo así.

Al día siguiente decidió no hablarme. Se quedó tumbado en la cama con el entrecejo fruncido, murmurando dios sabe qué con la vista fija en el techo. Parecía que estuviese poseído por un demonio, y las miradas que me lanzaba de vez en cuando no hacían más que acentuar ese pensamiento. Yo estaba sentado en el sillón, al lado de la cama.

–Bueno, Sasuke. ¿Quieres que te lea un cuento? –Ni caso. Seguía murmurando.– Oh, vamos. No me eches una maldición... De verdad que tu nana sólo quiere lo mejor para ti. ¿Quieres que llame a un cura? ¿O tú tienes otra religión? Digo, porque si tienes otra puedo llamar a un sacerdote de esos... No sé, a lo mejor en tu país también hacéis exorcismos y esas cosas... ¿O prefieres ver una película? Aunque claro, para ver una película deberíamos salir de casa... –reflexioné. Miré a Sasuke y pude ver la mirada llena de odio que me estaba echando en esos momentos.– Das miedo, ¿sabes? Pareces un niño maldito. Tal vez quieras escuchar la radio... ¿Voy a traerla del salón? A lo mejor dicen cómo avanza la guerra y tal... Aunque pensándolo mejor, ni siquiera quiero saberlo, ¿y tú? –No dijo nada, ni siquiera me miró sino que siguió susurrando.– Supongo que tú tampoco... La guerra no es algo que te agrade. A nadie le gusta la guerra. Bueno, hay gente a la que sí. Tienes que ser un poco malo para que te guste eso. No es bueno, desde luego que no.

–Cierra el puto pico. –Por primera vez se dirigió a mí; le miré sorprendido.

–¡Sasuke! –exclamé fingiendo emoción–. ¡Has hablado! Ahora mismo te besaría si fueses mujer.

–Que te calles –repitió.

–Oh, vamos... ¿Te has enfadado por lo del beso? ¿Quieres el beso? Bueno, si te portas bien, tal vez te lo dé. ¡Pero en la mejilla, eh! Nada de besos raros, que no soy un cualquiera.

–¿Tú estás sordo? –susurró.

–Oh, vamos. No seas maleducado, Sasuke. ¿Sabes que los niños deben respetar a sus mayores?

–¡NARUTO, DEJA DE TOCARME LOS HUEVOS Y LÁRGATE DE AQUÍ, O TE JURO QUE CUANDO ME SUELTE TE MATARÉ!

–No... Básicamente porque no te vas a soltar... Te voy a tener que traer un orinal. Pero no tenemos de eso. Y tampoco dinero, porque cierta persona algo idiota lo ha gastado todo.

–Naruto... –dijo con impaciencia.

–Que no, Sasuke. Entiéndeme. No puedo arriesgarme a que te vuelvas a ir.

–Naruto... –volvió a llamarme.

–Que no, que no insistas.

–No me iré...

–Que no... ¿Qué? –pregunté dándome cuenta de lo que había dicho.

–No me iré, ni te traicionaré, ni provocaré más conflictos en el mundo, ni me emborracharé, ni quiero que me des un beso, ni un orinal, ni bla, bla, bla... ¿Me puedes soltar? –preguntó suspirando.

–No.

–¿Cómo que no? ¡Te acabo de decir...!

–¿Y esperas que te crea? ¡Venga ya!

–Te lo prometo... –dijo haciendo una mueca que, supongo, precedía ser una sonrisa.

–No sé...

–¡No tienes que saber nada! ¡Suéltame o te mato! –volvió a perder los estribos.

–Es que no quiero morir. ¿Cómo sé yo que si te suelto no me matarás?

–Eso haberlo pensado antes...

–¿Ves? Si sólo empeoras las cosas. Cuando intentes llevarte bien conmigo te soltaré.

–Pues espera sentado –dijo de mala gana, volviendo su vista hacia el techo y comenzando a susurrar de nuevo.

–Y tú tumbado.

Me levanté y salí del dormitorio. Aquella noche dormí en el salón, congelándome de frío, pero antes de dormirme decidí lo que iba a hacer al día siguiente. Soltaría a Sasuke, aún sabiendo el riesgo que conllevaba, y fingiría fiarme de él. Además, era lo justo. Él me la había jugado dos días y yo había hecho lo mismo.

Me desperté temprano, más que nada porque me había resfriado y no paraba de temblar. Entré en el dormitorio y deshice los nudos que ataban al bastado, después le arrebaté la manta, me envolví en ella completamente y eché a Sasuke a un lado antes de tumbarme yo, aún temblando y con un espantoso dolor de cabeza. Entonces la cama se movió y pude sentir como Sasuke se sentaba en ella. Se quedó un rato en silencio y luego dijo:

–¿Cómo es que me has soltado?

–Porque me muero y necesito un criado –susurré fingiendo seriedad.

–Pues lo llevas claro.

–Ya... Vete a hacerme un té... Me lo debes.

–Sí... claro. –Se levantó de la cama y a los cinco minutos volvió con una taza de té y me la dio. Se sentó en el sillón y se masajeó las sienes.– Eres imposible.

–Y tú idiota.

–Habló.

–¡Oye! Que no soy yo el que se va de casa, se gasta todo el dinero que tenemos en alcohol y vuelve a las tantas apalizado.

–Mala suerte...

–Sobre todo porque ni siquiera sabes como pasó. ¿Pero por qué haces esas cosas?

–Eso es asunto mío –susurró.

–También mío. Se supone que somos compañeros, he intentado ser tu amigo... Y nada, tú si que eres imposible.

–No empecemos, ¿vale? Estoy harto del rollo de los compañeros.

–Vale... ¡Pero eres idiota!

–Que sí, pesado.

–Muy bien. –Me llevé la taza con el té a la boca y le di un sorbo.– ¡AHHH...! ¡Quema! –chillé tirando la taza al suelo y tapándome la boca con las manos.

–¿Pero tú eres idiota? –me preguntó Sasuke–. ¡De poco me das a mí! ¡Desagradecido! ¡Encima que te hago el té, tú vas a y lo tiras!

–¡Qué quema, hostia!

–¡Lógico! Dios mío... Qué inútil que eres.

–Tú si que eres inútil –dije abanicándome la lengua con las manos–. ¡Trae hielo!

–Sí, nieve, no te jode.

–Quema... escuece... –lloriqueé sin dejar de tratar de enfriarme la lengua.

–No tienes remedio... –suspiró Sasuke. Fue a la cocina y volvió después para recoger la taza y secar el té del suelo.

–Me duele la cabeza... Voy a dormirme –musité viendo como pasaba el trapo por el suelo, para que absorbiera todo el líquido–. Oye... –lo llamé.

–¿Qué quieres?

–No te vayas a ninguna parte, ¿eh?

–¿Quieres que te acune, también? –me preguntó mirándome con cara de fastidio.

–Si así me aseguro de que no te largas... ¡Tengo un sueño muy ligero, así que ni se te ocurra intentar irte!

–Era un sarcasmo...

–Me da igual. Ahora vas a tener que acunarme.

–Sí, vamos... –Se levantó y salió del dormitorio con mala cara.

–¡ESTOY HABLANDO EN SERIO! –le grité.

–Te va a acunar quien yo te diga.

–Pues no. ¡Y VUELVE AQUÍ! –grité de nuevo, aún desde la cama.

–¿Para qué? ¿No tenías el sueño muy ligero? Pues duérmete y déjame en paz.

–¡OYE! –volví a gritar. No contestó. Oí como la puerta de la cocina se cerraba y grité otra vez, pero tampoco contestó.– ¿ES QUE QUIERES QUE TE VUELVA A ATAR A LA CAMA, O QUÉ? –Nada. Me levanté enfadado de que me ignorase y entré en la cocina.– ¡VEN AQUÍ!

–¿Te quieres callar? –me dijo mirándome con el entrecejo fruncido.

–Voy a volver a atarte a la cama.

–Eso si puedes –dijo en tono despectivo. ¿Me lo parecía a mí o me estaba retando? Lo que sé es que me enfadé más de lo que ya estaba. Fui hacia él y lo levanté de la silla de un tirón.

–¿Quieres que te demuestre que puedo?

–A ver... –se burló.

Después de forcejear un rato, conseguí meterlo a base de empujones en la habitación, y después de seguir forcejeando un rato más se puso a toser como loco, quedando así totalmente vulnerable. Entonces, aproveché y le até una muñeca a una pata de la cama. Cuando ya se recompuso era tarde. Comencé a reírme con toda la malicia que pude y me tumbé en el colchón, dispuesto a descansar un rato.

–Eres idiota –me dijo.

–Ya, ya... Pero no soy el único. ¿Dónde prefieres dormir? ¿En la cama o en el suelo? Si duermes en el suelo te vas a resfriar, así que te recomiendo la cama...

–Cállate –me interrumpió levantándose del suelo para sentarse en la cama y mirarme con cara de perro antipático. Yo amplié mi sonrisa y le dí la espalda. Minutos después la cama se movió y sentí a Sasuke tumbarse e insultarme por lo bajo."

Naruto se pasó una mano por los ojos. Estaba cansado. Un día con Ino, Sai y Sakura era muy agotador. En los últimos años se había acostumbrado demasiado a la tranquilidad y ya no sabía lo que era pasar un día tan bullicioso. Guardó todo y bajó al dormitorio para acostarse al lado de Sakura, quien despertó ligeramente y se abrazó a su cintura murmurando un perezoso "buenas noches".