Capítulo 12. ¿Otro impulso?

Jueves, 26 de mayo 1949

¿Quién iba a imaginar que el día en el que el hijo de Jiraiya iría con él a trabajar, el crío pegaría el virus de la varicela a un tercio de los empleados del periódico? ¿Y quién podría haber previsto que entre ese tercio estaba Tsunade? Peor aún: ¿quién iba a decir que Naruto sería el encargado de sustituirla? ¿Y por qué demonios nadie le dijo lo difícil que era ser el jefe? ¿O era por la falta de mano de obra? ¿O simplemente una pequeña venganza de Tsunade?

El caso es que en las dos semanas que habían pasado desde que los empleados comenzaran a llamar para excusar sus faltas, el rubio no había tenido tiempo ni siquiera para almorzar en condiciones con Ino, a pesar de las insistencias de ésta. Pero por fin el día había llegado, y Naruto estaba más que decidido a contarle lo que había ocurrido con Sasuke.

Mientras caminaba, ya fuera del edificio y lejos de las quejas de Tsunade, pensaba en cómo decírselo. No era complejo de explicar, pero no sabía muy bien cómo se lo tomaría su amiga. Tampoco conocía a Sasuke tanto como para llorar, pero estaba claro que le había gustado desde el mismo momento en que lo vio.

Ella tampoco sabía lo que había pasado entre ellos dos, y Naruto creía que era mejor así. No porque no confiara en Ino, sino porque no quería verla compadecerse de él, y sabía que si se lo contaba, su relación cambiaría hasta cierto grado. No para mal, pero sí cambiaría.

La rubia lo había citado en una cafetería no muy lejana, a unos diez minutos a pie de su edificio de trabajo. Andaba mirando a la gente y los escaparates de las tiendas como único entretenimiento. Estaba cansado. Menos mal que Tsunade había decidido volver de su baja por enfermedad, porque lo estaban volviendo loco. Que si llamadas de allí, que si llamadas de allá. Que si se ha estropeado esto, que si lo otro no funciona. Ya estaba hasta las narices de que todo el mundo acudiera a él hasta para las cosas más estúpidas.

Dejó de caminar y se paró frente al escaparate de una tienda de ropa femenina elegante. Vio un precioso vestido que seguro que a Sakura le encantaría, y pensó en que pronto sería su cumpleaños. Tendría que regalarle algo, y para los regalos no era precisamente bueno, así que agradecía haber visto aquella tienda.

Tras quince minutos, salió del comercio con una voluminosa bolsa en la que llevaba el regalo para su pareja. Seguro que a ella le iba a gustar. Además, iba muy bien con su nuevo color de pelo. Naruto ya se había acostumbrado a despertarse al lado de una persona con una mata de pelo rosa en la cabeza, pero seguía sin gustarle del todo, aunque tenía que reconocer que a Sakura le sentaba muy bien.

Al cabo de poco ya se encontraba sentado con Ino en la mesa de la cafetería que habían acordado.

Vaya, sí que has tardado hoy. ¿Te han retenido en el trabajo? –le preguntó la rubia.

No, he ido a una tienda para comprarle algo a Sakura. Es que pronto es su cumpleaños, y como siempre se queja de que no sé regalar cosas a las mujeres, pues le he comprado algo que seguro que le va a gustar.

A ver... –Ino se inclinó sobre la bolsa que reposaba en una silla entre los dos.

Es un vestido. –Naruto sacó la prenda y se la mostró a la chica. En su cara apareció inmediatamente una sonrisa.

Es precioso –dijo observándolo. Poseía un color rosa pastel, con un toque de rojo. Era bastante corto, sobre las rodillas más o menos, y el bajo estaba un tanto arrugado y atado con dos lacitos, uno a cada lado. Se notaba que era bastante ajustado, con mucho escote y sin mangas, solamente con unos tirantes con encajes, al igual que el escote. La parte de atrás era bastante ligera de material, y dejaba ver un gran trozo de espalda, seguro.

Por una vez... –suspiró Naruto–. Pero bueno, no he venido para hablarte de esto.

Ino escuchó con atención el relato de su amigo. Éste le dijo que Sasuke había muerto a finales de 1943, cómo y por qué había muerto. Le contó que finalmente habían acabado siendo amigos, aunque no dejaran de gritarse a cada rato, pero omitió –como había decidido– la parte de su relación.

Vaya –pronunció la muchacha al terminar el rubio de hablar–, no me esperaba algo así.

Yo tampoco –susurró Naruto–. Bueno, no importa. Vamos a dejar el tema Sasuke. ¿Qué tal va lo del musical? –-le preguntó cambiando repentinamente su cara.

Bien. Dentro de dos semanas es la representación. Como faltes no te perdono, y me da igual el trabajo –dijo Ino cruzándose de brazos mientras ponía una cara de falso enfado.

No me lo perdería por nada del mundo.

Tras conversar unos veinte minutos más, Naruto se levantó y se despidió. No podía llegar tarde, porque aún había mucho trabajo que hacer.

El día pasó rápido y cansado, al igual que toda aquella semana y la anterior. Por fin estaba en el autobús, con Sai a su lado, en silencio, esperando llegar a casa y cenar algo. Al día siguiente apenas tendría trabajo, por lo que estaba de muy buen humor. Tanto que ni había reparado en el silencio de Sai, tan extraño por su parte.

Al llegar a casa, Sakura lo esperaba con la cena en la mesa y una sonrisa en los labios. Parecía que ella había tenido un muy buen día. Naruto se excusó un momento antes de entrar en la cocina y fue directamente al ático, a dejar el regalo de la chica. Al bajar cenaron en medio de risas y charlas. Hacía mucho que Naruto no cenaba de aquella forma tan alegre.

Tras la cena, Naruto volvió a subir al ático, y se puso a escribir, diciéndole antes a Sakura que estaba algo cansado y que bajaría antes de la hora de dormir. Ya arriba, les echó una ojeada a los últimos escritos y continuó por donde se había quedado.

"Lo que quedó de día no hablamos casi nada, más que Sasuke para pedirme herramientas –porque había aceptado mi ayuda– y yo para preguntar cuáles eran. Al llegar la noche el motor del avión seguía sin funcionar como debía. Sasuke se resignó al ver que no podría hacer nada más aquella noche por la falta de luz, y bajó. Recogimos las herramientas y entramos al edificio para descansar y calentarnos un poco, ya que yo estaba temblando. Sasuke abrió la puerta de la habitación de la que había sacado las herramientas aquella tarde y me dijo que entrara. Encendió una bombilla del techo, en el centro de la estancia, y dejó la caja en una esquina. Yo me quedé observando lo que había a mi alrededor.

El cuarto era bastante pequeño. No tenía ni camas ni nada parecido, sólo una pequeña mesa llena de más herramientas y metales, con una silla vieja y desgastada, sin respaldo. En una esquina había una bicicleta sin ruedas, y en otra un montón considerable de lo que parecían sábanas y mantas finas, de un color blanco sucio. El suelo de madrea era un mundo de bichos, basura y polvo, y alrededor de la bombilla varios mosquitos medio ciegos daban vueltas y chocaban unos con otros.

Sasuke cogió las mantas y tendió dos en el suelo.

–No hay nada mejor, así que tendremos que dormir aquí –dijo mientras alisaba otra de las mantas y la tendía en el suelo, sobre las otras dos–. Tendremos que taparnos con esto.

Yo asentí y me senté sobre las mantas, tirando de la de arriba, me tumbé y me tapé con ella, dándole la espalda a mi compañero. Él también se tumbó (después de apagar la luz), se tapó y no volvió a moverse en toda la noche.

Tardé mucho en dormirme. No paraba de pensar en lo que había ocurrido aquel día. No podía parar de pensar. Me di la vuelta y me quedé de cara a Sasuke. Él también estaba vuelto hacia mí, lo noté por su respiración, pero parecía dormir. Fruncí el entrecejo. ¿Por qué él podía dormir tan tranquilo y yo no? Volví a darle la espalda y cerré los ojos, tratando de conciliar el sueño, pero no había forma. Tras mucho tiempo –lo que a mí me parecieron horas– me concentré en su respiración acompasada, y poco a poco la monotonía se fue apoderando de mi cerebro, y pude desconectar, aunque no tardé en despertar, o eso me pareció.

Y desperté por un fuerte ruido que provenía de fuera. Abrí un poco los ojos. Estaba oscuro y tenía frío, así que me tapé mejor con la mantita. El ruido no cesaba y yo quería permanecer un rato más durmiendo, pero fue imposible. Me levanté con perezosa parsimonia y traté de acostumbrar mis ojos a la oscuridad, pero no veía nada.

¿Dónde estaría la puerta? Extendí los brazos y comencé a andar, hasta que toqué una pared. La palpé. Estaba fría pero no había ni rastro de una puerta. Fui desplazándome hacia la derecha. Me pasé una esquina y di con algo duro. Volví a palpar. Parecía una mesa. En aquel momento me acordé de la mesa de la noche anterior. La bordeé y seguí caminando, pegado a la pared, hasta que al fin di con la puerta. Entonces, me percaté de que el ruido se alejaba. Abrí rápidamente la puerta y salí de aquel cuarto con rapidez, para ver como el avión de Sasuke ya había despegado y se distanciaba a una velocidad considerable.

Salí del todo de aquel sitio, tratando de acostumbrar mi vista, y miré como cada vez de alejaba más, daba varias vueltas y volvía. Entonces me aparté del edificio y me quedé mirando como aterrizaba. Ya en el suelo, perdió su velocidad y se adentró en aquel garaje, lentamente. Cuando ya estuvo del todo parado, los motores también dejaron de oírse. Miré dentro, y observé como Sasuke bajaba, con la cara y la ropa manchada, pero una sonrisita de satisfacción.

–Ya lo has arreglado –dije sorprendido.

–Sí –contestó sin mirarme.

No dije nada, y él tampoco. Recogió su caja de herramientas y la metió en la habitación de la que acababa de salir yo, y al cabo de un rato volvió con la cara limpia.

–¿Qué hora es? –le pregunté.

–Bastante tarde. Enseguida llegará el taxi –me dijo, otra vez sin mirarme. ¿Nunca volvería a mirarme?

Tal y como dijo, media hora más tarde, más o menos, llegó el coche. Subimos y le dijimos que nos llevara a Riverview. Por el camino tampoco dijimos nada. Yo recosté la cabeza sobre el respaldo del asiento y casi me duermo mirando por la ventana. Cuando al fin llegamos a la casa, pagamos a taxista y entramos. Fui directo al baño y después al dormitorio. Me eché en la cama y caí rendido como si no hubiese dormido en varios días, y es que me hervía la cabeza de tanto darle vueltas al mismo asunto, y me resfrié un poco más de lo que ya estaba.

Cuando desperté ya era de noche otra vez. Salí del dormitorio y fui a la cocina. Sasuke no estaba ahí. Cené lo primero que vi en el armario y subí al ático, para asegurarme de que estaba en casa... pero no estaba.

–Mierda –susurré. De nuevo pasaba lo mismo, y eso no hizo sino incrementar mi sentimiento de culpabilidad. Me sentí culpable cuando llegué a aquella estúpida conclusión sobre los impulsos humanos, y ahora me sentía aún más culpable.

Bajé rápidamente las escaleras y salí de la casa a toda velocidad, abriendo la puerta con mucho ruido, pero me paré en seco. No sabes lo aliviado que me sentí al ver al temee sentado en las escaleras de entrada. Se dio la vuelta y me miró desconcertado. Yo sólo suspiré. Menos mal que estaba ahí, pero lo que observé después no me gustó nada. Otra vez estaba fumando, solo que aquella vez no se lo reproché. Cerré la puerta y me senté a su lado, le quité el cigarro de la boca y me lo llevé a los labios.

Ante aquello, sí que se quedó totalmente desconcertado. Le di una calada honda al cigarrillo y, tras retener unos segundos el humo en mis pulmones, lo expulsé. Era algo más fuerte que los cigarros que fumaba habitualmente cundo era más joven. Volteé mi cabeza hacia Sasuke, y le vi sonreír graciosamente.

–Que no te vuelva a ver yo fumando solo –le susurré, intentado que sonara a amenaza. Negó con la cabeza, como diciendo que aquel momento era ridículo, y no era para menos.

Capé el cigarrillo y lo tiré sobre la nieve; me levanté del suelo para volver a entrar. Dos minutos después Sasuke hizo lo mismo, y se fue a su ático. Yo ya no tenía sueño, por lo que me senté en uno de los sofás del salón y cogí el primer libro que vi. No me acuerdo del título, pero el libro trataba de un hombre obsesionado con los caracoles, que tenía en su casa más de mil caracolas diferentes, y que incluso había abandonado a su familia y se había ido a buscar caracoles por el mundo. Al final –tras muchas hazañas– el hombre moría en una guerra, y en el último instante veía el porqué de su obsesión por los caracoles, y el sentido de su vida. Un libro muy extraño, pero que me hizo reflexionar sobre el sentido de mi propia vida, y que sólo consiguió quitarme a Sasuke de la cabeza durante la lectura.

Al acabar de leer me levanté y busqué un reloj por la casa. Cuando lo encontré miré la hora. Ya eran más de las tres de la madrugada. Me pregunté entonces si Sasuke estaría durmiendo, y subí al ático para comprobarlo. ¿Por qué lo hice? No lo sé. Sólo sé que quería saber qué hacía Sasuke. Tenía a Sasuke metido hasta en la sopa (y eso que hacía siglo y medio que no tomaba sopa).

Abrí la puerta del ático y miré dentro. Por la ventana entraba la luz de las farolas de fuera y me dejaba ver al bastardo acurrucado en el sillón, y tapado hasta las cejas. Miré por la ventana. Nevaba de nuevo. Me acerqué a Sasuke y me incliné sobre él.

–¿Qué quieres? –preguntó sobresaltándome, desde debajo de la manta y sin mirarme.

–¿Vas a dormir aquí? –le pregunté.

–Sí, ¿algún problema con eso?

Ya estaba volviendo a ser arrogante. Con lo bien que estaba cuando parecía un perro con el rabo entre las piernas y ni siquiera me miraba. En ese momento todo rastro de culpabilidad desapareció de mi cabeza y le arranqué la manta en un movimiento brusco, haciendo que casi cayera del sillón.

–¿Pero a ti qué te pasa? –me preguntó furioso.

–Lo mismo que a ti... Y no dormirás aquí.

–¿Y por qué no? No es asunto tuyo donde duerma o deje de dormir. Olvídame.

¿Y a éste qué le pasaba ahora? Con él nunca se podía estar bien. Si no era una cosa era la otra. Maldito bastardo. Puse cara de malas pulgas y lo agarré del borde de su chaqueta, acercando mi cara a la suya.

–Vas a bajar porque lo digo yo, y con eso basta. No voy a consentir que vuelvas a dormir aquí. –Tal vez el sentimiento de culpa no había desaparecido del todo, como yo creí, o tal vez simplemente quería estar con Sasuke, al contrario que los días anteriores.

–Suéltame.

Le solté, recogí su manta y salí del ático con ella en brazos. Al cabo de un rato Sasuke también bajó, con cara de ofendido, entró en el dormitorio y se metió en la cama, sin hacerme el menor caso. Yo también me metí en la cama, suspiré y cerré los ojos.

Ya era tarde, sin embargo no tenía ni sueño ni ganas de dormir. Sentí como el bastardo se movía a mi lado y se daba la vuelta; me puse nervioso. No sé por qué lo hice, pero el caso es que sentía la necesidad de darme la vuelta, para asegurarme de que todo iba bien, así que lo hice. Quedé frente a Sasuke, mirándole la cara. Él, sin embargo, tenía los ojos cerrados, y seguía con su expresión de ofendido, como si yo le hubiese faltado al respeto como nadie lo había hecho nunca.

–Oye –lo llamé por nada en particular. Abrió los ojos.– ¿Te pasa algo? –Levantó una ceja.

–Nada. –Y me dio la espalda. Yo me acerqué a él y apoyé todo el peso del cuerpo en un codo, me levanté y me incliné sobre él para poder verle la cara.

–¿Seguro? –pregunté.

Me empujó, consiguiendo que me cayera sobre la almohada, y volteó para mirarme. Podía ver como fruncía el ceño, pero no decía nada. Levanté una ceja, como para incitarle a hablar de una vez.

–Vale –susurró–. Seré sincero contigo por una vez.

¿Sincero? Me volvía a poner nervioso. ¿Sincero con qué? A pesar de todo, no dije nada, me limité a escuchar lo que Sasuke iba a decirme.

–Es sobre lo que pasó anteayer...

–Oye –lo interrumpí–, lo que pasó está olvidado, ¿vale?

–No lo está. O por lo menos no para mí. –Calló un instante y suspiró. Yo me quedé mirándolo.– Tenías razón, me gustan los hombres –admitió–. Y cuando te vi a ti... me gustaste –susurró, mirando hacia cualquier lado menos a mí, con una mueca de desagrado, como si le costase la misma vida decirme aquello.

–¿Qué? –pregunté confundido. ¿Qué yo le gustaba?

–Ya lo has oído. ¿Lo tengo que repetir? Me gustas, sin más. Y no, no quiero nada contigo –dijo al ver la expresión confundida y asustada de mi cara,– y tampoco te haré nada. Los homosexuales no somos unos pederastas y pervertidos, como dicen por ahí.

–¿Es... es en serio? –le pregunté. Parecí tonto, pero qué se le iba a hacer.

–Sí. Así que si no te importa, déjame en paz –trató de poner una voz amable, aunque seguía teniendo cierto enfado. Se dio la vuelta.

–¿Y... no quieres nada conmigo? –Volvió a darse la vuelta.

–Sí, pero... no así. ¿Entiendes? Déjalo –bufó dándome la espalda nuevamente.

Yo me quedé ahí, tumbado, con cara de no haber entendido nada de lo que acababa de suceder, y es que la cabeza y el estómago me daban vueltas, y creí que en cualquier momento me iba a dar algo, pero no. Ojalá me hubiese pasado algo, por lo menos no habría parecido tan estúpido. Lo más extraño de todo es que tenía una sensación en el cuerpo como de vacío; frío, pero a la vez calor. Y esa sensación no me dejó dormir en toda la noche, y Sasuke tampoco durmió. Podía sentir como trataba de acomodarse sin cesar.

Y tras varias horas, la luz de la mañana comenzó a filtrarse por la ventana. Abrí los ojos y los froté un rato para que se acostumbraran a la luz. De repente me di cuenta de que estaba solo en la cama. ¿Cuándo se había ido Sasuke? Tal vez me dormí un rato y no me di cuenta. Me levanté de la cama y fui al baño. Al salir me dirigí a la cocina, y vi a Sasuke desayunando de manera distraída.

–Buenos días –susurré.

Me miró serio pero no dijo nada. Todo eso volvió a hacerme sentir culpable. Culpable por gustarle a Sasuke, por no corresponder, porque no me hablara, por su cara de cansancio... Me sentía mal, como nunca me he sentido en la vida. Tal vez me estaba obsesionando demasiado... Tal vez me estaba volviendo loco por todo aquello... Ni yo sabría decir qué sentía. Sólo sabía que Sasuke se había metido en mi cabeza y que se negaba a salir de ella, y no me dejaría en paz en mucho tiempo. Estaba totalmente obsesionado con Sasuke, y lo peor es que no sabía ni por qué, ni como remediarlo.

Me senté frente a él y comí un poco, con la mirada agachada. No sabía qué decir, y el temee tampoco ayudaba mucho. Si por lo menos hubiese empezado con sus burlas... Pero no ocurría nada. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía decir? Entonces, Sasuke se levantó de su silla y salió de la cocina.

–Oye –lo llamé antes de que se alejara demasiado. Se paró y se volvió para mirarme.– ¿A dónde vas? –fue todo lo que se me ocurrió preguntar.

–Fuera –dijo.

–Espera –me levanté–, voy contigo.

Me puse un abrigo y salimos de la casa. Nos sentamos en las escaleras de la entrada, que volvían a estar cubiertas de nieve, y Sasuke se encendió un cigarrillo, y tras darle varias caladas me lo ofreció. Yo lo acepté sin decir nada y le di dos caladas rápidas antes de decidirme a hablar.

–Lo siento –le dije. Se volvió hacia mí sin comprender–. Lo que está pasando –aclaré–. No quiero que te sientas mal por mi culpa –susurré armándome de valor. Después, le di otra calada larga al cigarrillo y mantuve el humo en los pulmones hasta que Sasuke contestó.

–No me siento mal. Lo entiendo.

–Pues... Yo sí me siento mal –admití. Me quitó el cigarro.

–No tienes por qué.

–Pero... ¿No te jode? –le pregunté.

–¿El qué?

–Que... no te correspondan.

–No más que a cualquiera –dijo haciendo como que no importaba.

–¿Seguro?

–Sí... ¿Por qué? –me preguntó mirándome, dejando de prestarle atención al cigarrillo.

–No... Por nada. –Pasaba algo raro, pero en ese momento se me vació el estómago y tuve el impulso de abrazarlo. Me comenzó a temblar la mano. ¿Lo quería abrazar? ¿Por qué demonios tenía ese impulso?

Dudé un instante y me abalancé sobre él, abrazándole por el cuello. Cerré los ojos y los apreté con fuerza, mientras hundía la cara en la curvatura del cuello de mi compañero. Supongo que en ese momento él estaba tan desconcertado como yo. No, debía de estar mucho más desconcertado. Cuando habló, su voz sonó temblorosa.

–¿Qué haces?

Apreté los ojos con más fuerza. La cabeza me daba vueltas, pero no quería soltarlo. Tenía frío y el cuerpo de Sasuke me daba el calor suficiente para dejar de tenerlo. Me gustaba demasiado su calor, así que ni yo mismo sé por qué, pero el caso es que levanté la cabeza y una de mis manos fue hacia la cara de Sasuke, instintivamente. Puse la mano en su mejilla y atraje su rostro hacia el mío, lentamente. Lo miré a los ojos. Tenía miedo. Ni yo sabía lo que hacía.

Sasuke me miraba extrañado, pero no movía ni un músculo, esperando que yo lo hiciera. ¿Qué demonios hacía? A pesar de mi confusión no quería separarme de él, ni perder el contacto visual, hasta que Sasuke me hizo reaccionar, cuando nuestros labios casi se rozaban, y me empujó levemente para que me apartara.

Lo hice, algo abochornado por la situación y lo miré de reojo. Él ya no me miraba, sino que tenía la vista fija en algún punto del cielo.

–No tienes por qué hacer esto –me dijo. Volví mi cara hacia él por completo.– De hecho, no lo vuelvas a hacer... o no respondo de lo que pueda pasar. –Se levantó del suelo, le dio una última calada al cigarro, lo tiró y entró en la casa.

Yo me quedé ahí. Aún era muy temprano. Debían de ser como mínimo las siete de la mañana, y aún no pasaba nadie por la calle. Comenzaba a tener frío, pero no importaba. No pensaba entrar. Me quedé fuera durante horas, abrazado a mis rodillas y temblando de frío.'

Naruto dejó de escribir. Ya era tarde, y como no fuera a la cama Sakura se enfadaría.