Capítulo 13. Entre besos.

Domingo, 29 de mayo de 1949.

Naruto se frotó los ojos con cansancio y repitió por enésima vez:

No podemos salir hoy a cenar, Sakura. Tengo asuntos que atender.

¡Es domingo, por el amor del cielo! –protestó ella–. ¡En domingo no se trabaja! Es pecado.

¿Otra vez te ha metido mierda en la cabeza tu madre? –le preguntó el rubio molesto.

¡Naruto! ¡No hables así de mi madre! –le espetó la chica.

Pero es verdad –le dijo moviendo los brazos, simulando agarrar a alguien entre sus manos–. No hace más que decir tonterías sobre la iglesia. Que si vivimos en pecado y Dios no nos lo perdonará, que si no tenemos hijos de una vez, que si no vamos a la iglesia... Bah, tu madre me pone enfermo con sus tonterías.

¡Pero es mi madre, respétala! –le ordenó.

¡Antes que me respete ella a mí! ¡Cada vez que la veo me llama vago, inútil y me dice que "no sabes mantener a mi hija como es debido, gentuza"! –dijo haciendo muecas burlonas e imitando el tono de voz chillón de un niña pequeña.

Esto ya es ridículo. Mi madre nunca te diría algo así. Si le encantas... Si no, ¿crees que querría que fueses mi esposo?

Lo quiere porque la iglesia la controla. "¡Vivís en pecado!" -exclamó levantando un dedo, tal y como hacía la madre de su pareja.

¡Ya vale! Con razón te dice todo lo que te dice. Hace siglos que no salimos un fin de semana a cenar solos. ¿Y cuánto hace que no pasas una tarde de domingo con Konohamaru?

Konohamaru tiene mucho trabajo. Y tengo cosas más importantes que hacer. –Se dio la vuelta y fue a la cocina, cogió una botella de agua fría y subió al altillo. Cerró la puerta con llave y bufó con enfado antes de preparar sus cosas para escribir, y cuando ya lo hubo hecho se puso manos a la obra.

"Tres días pasaron silenciosos tras aquello. Cuando entré en casa Sasuke ya no se encontraba abajo, sino en el ático. Lo pude adivinar por el ruido que hizo algo al caerse al suelo.

Esos tres días los pasé leyendo, sin apenas tiempo para reflexionar sobre mi conducta o la de Sasuke, ya que yo mismo me negaba ese tiempo, obligándome a concentrarme en la lectura.

El día siguiente después del incidente con Sasuke, llamó Baley, diciendo que pronto vendría un hombre a traernos dinero, por si acaso, y pagando conmigo su malhumor. La misión iba mal, los japoneses se estaban impacientando y la voz de Baley temblaba de ira acumulada, pegándomela a mí también.

A cada minuto que pasaba estaba peor. La mínima interrupción, el mínimo ruido que me hiciera apartar los ojos de mis libros me crispaba los nervios, y no podía salir a la calle, ya que las voces infantiles de los niños jugando en la nieve, tras el colegio, hacía que me temblaran las manos de impaciencia e ira. Estaba furioso. Furioso conmigo mismo, pero también lo estaba con Sasuke.

Apenas si le vi dos veces paseándose fugazmente hacia la cocina para después, volver a su ático y cerrar la puerta con el mayor de los sigilos. También le oí bajar dos veces para ir al baño de noche. No podía dormir, y el cansancio –tanto físico como mental– no ayudaba.

Al tercer día llegó el hombre que Baley había enviado. Lo recibí con frialdad y mostrándome poco amable, para darle a entender que cuanto antes se marchara más felices seríamos todos. Así que no se quedó. Me dio el sobre y me dijo dos cosas que Baley quería que supiese y después se marchó.

Serían las tres de la tarde cuando tiré el libro que estaba leyendo –una novela de misterio– contra la pared, logrando doblar sus hojas. Se produjo un ruido sordo al chocar contra el suelo; ruido que ni siquiera escuché. Me rasqué la mejilla y me levanté del sofá. Estaba más impaciente e irritado que el día anterior y sólo quería hacer una cosa: gritar. ¿Y quién mejor para soportar mi molestia que una de las causas?

Caminé con rapidez hacia la puerta que daba a las escaleras del ático, la abrí y comencé a subir los escalones, sin cerrar. Cuando ya me encontraba frente a la puerta de arriba respiré hondo, como para tranquilizarme, y abrí. Penetré en aquel oscuro lugar.

Mi nariz no tardó en percibir un extraño pero familiar olor. Lo conocía a la perfección. Durante muchos años había tenido que convivir con ese olor, por meterme en tantos líos siendo aún un crío. Era un olor cerrado, como si no hubiesen abierto la ventana para ventilar en varios días; un olor nauseabundo, mezclado con el rancio aroma del alcohol y el sofocante del humo de tabaco.

Sasuke se las había ingeniado para hacer desaparecer todo rastro de luz de la estancia, y apenas si se podía distinguir dónde se encontraba la ventana por las vagas líneas azuladas que se percibían al final de la habitación, como si una gruesa y opaca cortina impidiese que los rayos del día se filtrasen hasta el lugar.

Avancé con paso seguro hacia aquella discontinua luz, teniendo cuidado de no chocarme con nada, y al llegar hasta ella extendí los brazos hasta tocar lo que la impedía. Tiré con fuerza de la manta, hasta arrancarla y dejar ver un paisaje urbano nevado, y dos niños jugando alegremente entre la sucia nieve que había en la acera.

Me volví bruscamente hacia Sasuke y lo miré con el ceño fruncido. Tenía la cabeza escondida bajo su manta a cuadros. Parecía totalmente aislado del mundo, ajeno a lo que ocurría a su alrededor.

Tal vez no debería haber subido a verlo, ya que el simple olor de aquella estancia me enfurecía más. Había estado bebiendo y fumando. Pero, ¿de dónde había sacado el alcohol? No tenía dinero y era imposible que lo hubiese comprado, aunque lo tuviera. Entonces me di cuenta. ¿De dónde sino del mismo lugar del que obtenía los cigarrillos?

Busqué con la mirada hasta dar con su saco, el que se había traído desde Tokio, de la casa de la señorita Hinata. Me acerqué hasta él y lo abrí para ver su contenido. Estaba lleno de botellas y paquetes de cigarrillos japoneses. Algunas de las botellas estaban llenas de un líquido blancuzco, casi transparente, y otras totalmente vacías. También había una libreta y muchos lápices. Cogí el cuadernillo y lo abrí, dejándome sorprendido su contenido.

Estaba lleno de garabatos –algunos muy bien hechos– de objetos que se podían encontrar fácilmente en aquel ático. Otras páginas estaban llenas de caracteres japoneses que no tuve manera de comprender, y en otras simplemente había dibujados símbolos extraños, que no pude averiguar qué representaban.

Dejé la libreta y me volví a levantar. Me acerqué al sillón en el que dormía Sasuke y le arrebaté la manta, despertándolo un poco en el proceso. Se tapó los ojos por la invasión de la luz. Se me cayó la manta de las manos. Tenía un aspecto de lo más deplorable. Llevaba una barba de varios días, la ropa manchada y cuando al fin se destapó los ojos para mirarme con reproche y confusión, vi que también tenía unas marcadas ojeras y los ojos, en vez de blancos y negros, eran rosados y negros.

–¿Qué diablos es esto? –le pregunté.

–¿Qué?

–Tienes un aspecto... Mira, ya estoy harto de este asunto –le dije centrándome en la razón por la que había subido.

–¿Qué me estás contando? –me preguntó poniendo mala cara. Su rancio aliento me llegó claro a pesar de la distancia a la que nos encontrábamos. Se notaba que para lo único para lo que había abierto la boca en esos tres días, había sido para fumar y beber; tal vez para comer algo también. Ni siquiera se había molestado en lavarse los dientes las veces que había bajado.

–Que estoy hasta las narices de todo lo que está pasando. Llevamos tres días así. ¿Cuánto creías que iba a aguantarlo?

–¿He dicho yo algo? –preguntó como si aquello no fuese con él. Acerqué mi cara a la suya y le miré con algo de de desprecio.

–No voy a tolerar esto ni un minuto más. Está claro que no podemos ser amigos.

–Aleluya... –murmuró sarcástico.

Quedé un minuto en silencio. No lo medité más tiempo y, arriesgándome, dije con aire misterioso:

–Amigos no... ¿Pero otra cosa?

–No, no, no –negó al comprenderlo. Se serenó un poco y se sentó bien en el sillón, mirándome con el entrecejo fruncido.– Nunca haré nada de eso contigo. No. Ni hablar. –Extraño asunto el de los humanos. Tengo un amigo que no entiende nada de sentimientos y emociones, pero yo a veces soy igual. A la mayoría de los hombres, si les das su trofeo sin más, se lanzan a por él y no lo sueltan hasta que no se cansan. Pero Sasuke no quería nada... o eso fingía.

–Pero yo sí lo haré –asentí decidido un instante para después, acercarme más a él. Hundió un poco la cabeza en el respaldo del sillón.– Si no lo hago... me arrepentiré –comenté cortando la distancia.

Sasuke se quedó un instante shokeado, pero cuando al fin reaccionó me separó de él y se quedó mirándome, sin poder creerse lo que acababa de hacer. Y es que en parte ni yo me creía que lo acababa de besar.

En un principio iba a subir para ordenarle que bajase, que dejáramos las diferencias y las tonterías para otra vida y que hablásemos (o gritásemos), pero verlo allí, tan indefenso, con ese aspecto tan cansado me hizo estremecer hasta los huesos. Tal vez fue por pena, o simplemente porque la obsesión ciega a las personas, pero estaba dispuesto a hacerlo muchas más veces. Sólo por hacer que Sasuke dejara aquellas tonterías. No quería que se matara poco a poco. Se volvería loco, y yo con él por sentirme el culpable de su locura.

–¿Por qué? –me preguntó–. ¿Por pena? ¿Porque parezco un desecho? –sonrió. Aquella cara parecía la de un enfermo, un loco.– ¿Es porque eres tan buena persona que incluso eres capaz de volverte maricón para salvar a los demás de sus mierdas? –preguntó sin borrar esa sonrisa tan desquiciada–. ¿O es por ti? Por tu propia locura. ¿Crees que eres el culpable de todo lo que sufro? ¿De que me esté matando? Qué egoísta... No... –Y comenzó a reír a carcajada limpia. Sólo que no era un risa feliz. Era una risa tan triste y amarga que me helaba el corazón.

No sabe lo que dice, traté de convencerme a mí mismo. ¿Pero era así? Tal vez me había equivocado demasiado. Lo miré serio, sin comprender, esperando una explicación. Cuando al fin dejó de reír me miró con abatimiento, pero aún sonriendo. Triste. Por primera vez mostraba esa tristeza. Una tristeza como no he visto en ningún otro ser humano.

–¿Sabes que pasa? No lo sabes, ¿verdad? ¿Cómo los vas a saber? –se preguntó a sí mismo–. Lo que pasa... es que hay demasiados fantasmas. Tú no los ves –dijo con misterio.

–Deja de decir estupideces.

–No, no –negó él–. Siéntate –señaló el suelo– y escucha. Pero antes dame la manta, tengo frío.

Se la di y me senté en el suelo, dispuesto a oír todo lo que tenía que decir.

–Bien –se tapó con la manta–, te lo contaré. –Hizo una pequeña pausa y me miró con tranquilidad.– Ya te dije lo que le pasó a mi familia, ¿verdad? –Asentí.– ¿Sabes como murieron? –Negué. Sabía que su hermano los había matado a todos, pero no me había dicho cómo.– Itachi. Mi hermano se llama así. Tenía tan solo once años cuando los mató. Estaba en el colegio. Por la mañana mi madre me había preparado el almuerzo, como todos los días. Mi padre formaba parte del kempeitai, la policía militar japonesa. En una misión en Pekín los chinos le cortaron los tendones de las rodillas y nunca más volvió a andar, por lo que estaba siempre metido en casa. Itachi acababa de alistarse en el ejército y pronto se iría del país.

»Aquella mañana estaba enfadado con mi madre, porque había tirado sin querer mis deberes de historia, y me había costado una barbaridad hacerlos, así que no me despedí de ella, más que con una mirada arisca. A mi padre le dije "adiós", pero no me prestó atención. Itachi no estaba y la abuela, que vivía con nosotros, dormía. –Volvió a pararse. Me miró a los ojos y yo le devolví la mirada, diciéndole en silencio que continuase.– Me sacaron de clase en medio del aula de inglés. Acababan de imponer el idioma en la escuela, y se me daba bien. –Asentí para darle la razón. Su acento era perfecto.– No me imaginé en ningún instante para qué interrumpirían mis clases, pero cuando el director lo dijo me quedé de piedra. Salí corriendo del despacho y me fui directo a casa. No hice caso de la policía y entré para ver a mis padres. –Volvió a pararse, pero no siguió.

–¿Qué pasó? –le pregunté. Él sonrió amargamente.

–Mi padre estaba tumbado en el suelo, con mi madre encima. A los dos les salía sangre por la boca y los oídos. Le habían reventado los órganos con una katana. ¿Alguna vez has visto las tripas de una persona esparcidas por el suelo? –preguntó. Negué aterrorizado.– No es algo muy agradable de ver. Cuando subí a ver a la abuela, ella seguía en la cama. Tenía los órganos reventados, al igual que mis padres, y los ojos abiertos de par en par, vidriosos, sin vida, mirando fijamente hacia la ventana. También tenía la boca abierta. Una expresión de miedo sobre sus facciones arrugadas.

Tragué saliva. ¿Por qué tenía que hablar así de algo como eso, como si fuese un abuelo que narra un cuento a su nieto? Me recordó a ti. Hablaba de su pasado al igual que lo hacías tú. Un par de sádicos. Lamento que no lo conocieras, Gaara.

–¿Y... y tu hermano? –me atreví a preguntar.

–¿Itachi? Bueno, supongo que caí inconsciente al ver a la abuela. La mañana siguiente desperté en el hospital. ¿Sabes quién estaba a mi lado?

–Itachi –adiviné mecánicamente.

–Exacto. Sonreía. Yo lo miré con miedo, tratando de ver por qué sonreía, por qué estaba en el hospital y dónde estaba mi madre. Itachi dijo sin ninguna compasión que estaban muertos. Entonces, me acordé. "¿Quién los ha matado?", pregunté con terror. El capullo agrandó su sonrisa. Me dio un golpe en la frente, y se fue hacia la puerta. "Eres escoria, igual que ellos. No merecéis vivir, pero espero que algún día nos volvamos a ver", dijo. Se marchó. Traté de levantarme de la cama para seguirlo, pero tenía las piernas entumecidas y me daba vueltas la cabeza. –Abrí la boca para preguntar algo, pero él me contestó, adivinando lo que me rondaba por la mente.– No, no lo he vuelto a ver.

Reflexioné un instante, y traté de asimilar lo que me acaba de contar, pero no me dejó mucho tiempo.

–Como ves, no eres el centro de mi vida, así que si no te importa, prefiero estar solo.

–No –negué. Realmente había sido muy egoísta por mi parte pensar que Sasuke estaba así por mí, porque yo no sintiese lo mismo por él que él por mí. Apreté los puños. Si para arreglar mi error tendría que convertirme en puta, lo haría con mucho gusto.– No pienso ir a ninguna parte. Si hace falta me quedaré aquí hasta que me muera de inanición, pero no me iré.

Sasuke me miró sorprendido. Me levanté y me acerqué a él. Pretendía volver a besarlo, pero a ver mis intenciones me apartó.

–Aún no lo entiendes, ¿no? –me preguntó. Lo miré con la duda en los ojos.– No necesito que te compadezcas de mí. No siento nada especial por ti, no te hagas una idea equivocada. Te dije que me gustabas, pero no hay más.

Sin poder evitarlo ni entenderlo, aquello me hirió. ¿Hasta qué punto había malinterpretado las cosas? Pero no, no me iba a rendir. Aunque sólo fuera por arrancarle un sonrisa, un suspiro, o hacerle olvidar a su familia por unos minutos. Me sentía culpable.

Sasuke se levantó con pesadez del sillón y dejó la manta, mientras comenzaba a caminar hacia las escaleras. Yo simplemente me quedé ahí, plantado. Ahora ya no me sentía dispuesto a hacer de putilla para Sasuke... No, la duda y la cobardía me habían invadido por completo y ni yo sabía ya que hacer, pensar o decir.

Una vez me habían dicho que dudar es humano, pero en el ejército decían que la duda no servía para nada, que lo que se apreciaba era la valentía. De repente el miedo acudió a mí. ¿Valiente? Yo siempre había demostrado bastante valentía. En los entrenamientos militares siempre lo daba todo de mí, como si estuviese en el campo de batalla. Siempre me adelantaba a los demás, en un instinto protector. Sin embargo, no tenía la valentía suficiente para ir tras Sasuke.

Tragué saliva mientras, poco a poco, mis rodillas volvían a moverse. Caminé hacia la puerta y vi como Sasuke salía por la de abajo. Bajé las escaleras con un poco de torpeza.

Cuando llegué abajo, Sasuke estaba en el baño. Suspiré y fui al salón. Recogí el libro que antes había tirado y me senté a esperar, con impaciencia, tratando de decidir qué hacer cuando Sasuke saliese del cuarto de baño, media hora después.

Al final no decidí nada. No podía decidir nada. Simplemente mi cabeza se negaba a decir: "haz esto, es lo mejor". Cuando oí la puerta del baño, me levanté de un salto y corrí hacia Sasuke, encarándolo con cobardía aún.

–¿Qué quieres? –me preguntó con voz seca. Sus ojos habían recuperado parte de su blancura, se había afeitado y el aliento le olía a menta. El pelo le caía lacio y chorreando por la nuca, y varios mechones rebeldes le tapaban los ojos.

Abrí la boca pero no dije nada. Después la volví a cerrar y repetí los pasos varias veces más, como un pez. No me salían las palabras.

–Si no vas a decir nada me voy –comentó dándome la espalda para dirigirse al dormitorio. No me había dado cuenta hasta que no estuvo lo suficientemente alejado de mí, pero sólo llevaba una toalla anudada a la cintura.

–¡Espera! –lo llamé.

Se dio la vuelta de mala gana y me miró con el entrecejo fruncido, como diciendo: "Espero que sea algo importante, porque me estás robando parte de mi preciado tiempo."

–No hay más ropa limpia –recordé. No habíamos lavado nada en las dos semanas que llevábamos conviviendo, y como no todo es para siempre, la ropa también se fue ensuciando, quedando olvidada y arrugada en un rincón del cuarto de baño.

–¿Qué? –preguntó–. No me jodas... –bufó. Me encogí de hombros.– Pues lava algo, ¿a que esperas? –preguntó como si yo fuese una vil criada, y el que tuviese que lavarle la ropa la obviedad más grande del planeta. Me volvió a dar la espalda.

–¡Un momento! –chillé molesto. Aquello me hizo ver que ante mí seguía teniendo al mismo Sasuke mandón y prepotente. "El rey el mundo." Olvidando toda mi cobardía, confusión y dudas, le aclaré las cosas con un tono de voz de lo más irritado.– ¡No soy una jodida sirvienta! Si quieres ropa limpia te la lavas tú mismo, baka! –dije, alargando la primera "a" de la última palabra que salió de mis labios antes de darme la vuelta y volver al salón y sentarme en un sofá, de espaldas a la puerta.

–¿En pelotas? –preguntó siguiéndome.

–En pelotas –repetí afirmativamente.

–Vamos... ¿Y esperas que salga también a tender la ropa en pelotas? –preguntó con burla, ya desde el marco de la puerta.

–Por mí... –susurré sin prestar más atención. Entonces comenzó a jugar sucio. Era un maldito cabrón.

–Tú has dicho... que íbamos a ser algo más... –susurró en un tono extraño– que amigos.

Me di la vuelta y le miré con ojos desorbitados. Él sonrió de una forma que me dejó helado al observar el deseo que causaba en mí su maldita sonrisa. Se pasó la lengua por lo labios, con sensualidad, llamando más mi atención hacia éstos, y amplió la sonrisa. Tragué saliva.

–Y haremos esas cosas que quieres hacer –dijo. Estuve a punto de decirle que sí, pero volví de repente a la realidad. Sería maricón. Me estaba provocando y yo caía como un tonto.

–¡Ni hablar! –seco y preciso. No iba a caer en juegos sucios en los que nunca hasta entonces pensé caer.

–Vamos, Naruto. –Se fue acercando a mí hasta que llegó junto al sofá, se inclinó sobre el respaldo de éste y acercó su cara a la mía–. ¿Dejarás que me resfríe? –preguntó con voz falsamente tierna.

–Sí. Chantajista de mierda.

Me levanté, fui al dormitorio y me eché sobre la cama. Cerré los ojos, pensando en la próxima grosería que soltaría, ya que era evidente que Sasuke volvería... O eso pensé, porque no lo hizo hasta un buen rato después. Ni siquiera me molesté en mirarle, sino que fingí dormir, de espaldas a la puerta.

Sasuke bordeó la cama y rebuscó algo por la habitación. Abrí ligeramente un ojo, lo justo para ver la espalda de Sasuke, que estaba en cuclillas, y en cuanto se levantó vi que llevaba puesto unos calzoncillos húmedos, ya que estaban pegados a la piel y se habían vuelto un poco transparentes. De repente me encontré observando su trasero, sin pensar, sólo viéndolo, hasta que se dio la vuelta y se me quedó mirando.

–¿Qué? ¿Buenas vistas? –me preguntó.

Estuve a punto de atragantarme con mi propia saliva. Levanté un poco la mirada y me encontré con la sonrisa socarrona de Sasuke.

–Eh... –empecé a titubear–. Yo... estaba mirando por la ventana... ¡Eso! ¡Por la ventana! –dije de repente, al darme cuenta de que detrás del bastardo estaba la ventana.

–¿Y qué, buenas vistas? –preguntó ampliando la sonrisa. Qué momento más estúpido.

–Ah... Sí –contesté–. El cielo es... está nublado. Es blanco... lleno de nubes... y eso –dije incómodo al haber sido descubierto.

–Vale. –Se inclinó hasta quedar a mi altura, y sin borrar la sonrisita de su rostro, me dio un beso sobre los labios, lo suficientemente rápido como para no poder reaccionar, y cuando al fin lo hice, Sasuke ya estaba fuera del dormitorio.

Aquella tarde, al salir de la habitación, Sasuke me contó que se vengaría algún día de su hermano. Era su razón de ser. No le pedí que hablara, simplemente lo hizo. Así comenzamos a hablar sobre nuestras respectivas infancias (yo mucho más). Así vi que Sasuke había sido totalmente diferente antes de la muerte de sus padres, y así pude observar cómo le robaron la infancia, e hicieron de él una persona sufridora, que trataba de ocultarlo todo bajo una máscara burlona y prepotente.

No volvimos a hablar de su hermano o sus padres. Poco a poco, los besos como aquel que me había dado en el dormitorio se fueron sucediendo, sin que ninguno de los dos pudiera preverlo en un buen comienzo.

A veces era yo quien comenzaba el juego, aturdido y tímido al principio, y después ansioso por volver a probar su boca. Tenía unos labios cálidos y suaves, al igual que los besos que él empezaba y que acaban demasiado atrevidos y húmedos.

El juego siempre acababa con Sasuke dejando de besarme de repente. Me miraba a los ojos durante dos segundos contados, estiraba un poco de mi flequillo y se iba a cualquier lugar de la casa en el que yo no estuviera, dejándome con cara de no entender, porque realmente no entendía. Y quería más.

Poco a poco me fui acostumbrando a tenerlo tan cerca, invadiendo por completo mi espacio personal, con su caricias cortas, rápidas y suaves; con su cabellera haciéndome cosquillas en las mejillas o el cuello; con sus ojos mirándome con frialdad en un momento, y con un brillo lleno de deseo al segundo; sus manos haciéndome cosquillas con pequeños roces...

Cuatro días de besos pasaron rápidos, llenos de cosas nuevas. En esos cuatro días intercambiamos costumbres y tradiciones, hablamos sobre la política internacional y sobre el posible final de la guerra. Sasuke era demasiado pesimista como para pensar que acabaría en paz pero yo, por el contrario, pensaba que cuando acabase, los países firmarían alianzas. Descubrí que Sasuke tenía una cierta tendencia comunista y patriótica, frente a la mía, democrática.

Me dio unas pequeñas clases de japonés, en las que aprendí a presentarme y a mantener una conversación sencilla, y a cambio yo le enseñé unas cuantas cosas en español, que era, después del inglés, el idioma que más dominaba.

Otra cosa de la que hablamos mucho, fue de los nazis y del "Tercer Reich", el tercer imperio: el imperio de Hitler. Coincidimos en que perderían el poder, al igual que lo perdieron los romanos, y así fue.

A los cuatro días de paz, comenzó la guerra. Yo cada vez necesitaba más de Sasuke. Sus caricias ya eran poco, los besos comenzaban a saber a nada, y mi cuerpo sentía la necesidad de cosas nuevas, emocionantes.

Era temprano aún, cuando me desperté. Fui al baño a asearme y vestirme de calle –ya habíamos lavado toda la ropa sucia– y me dirigí hacia la cocina atraído por un olor vagamente familiar, pero delicioso.

Entré en la estancia y vi a Sasuke cortando zanahorias sobre la mesa. Una olla con algo hirviendo sobre el fuego, más verduras sobre la mesa, además de un paquete de fideos, y carne. ¿Cuándo había ido a comprar?

–¿Qué haces? –le pregunté.

–Cocinar –contestó.

–¿Te ayudo?

–¿Eh? –Levantó la cabeza y me miró, dejando su tarea.– Sí... acaba de cortar esto.

Le quité el cuchillo a Sasuke y comencé a cortar las zanahorias sin prestarle demasiada atención.

–Ha venido la vecina esa, la del marido médico –dijo Sasuke. Aparté la vista de lo que estaba haciendo, sin dejar de cortar, para mirarlo a él.

–¿Y qué dijo?

–Quiso saber si estábamos bien y si había mejorado –dijo sin mirarme, quitando la tapa de la olla para remover su contenido con un cucharón de madera que ni sabía que teníamos.

–¿Sí? ¿Y qué le contestaste? –dije aún observando como las cuchara daba vueltas y como el vapor que salía de recipiente le daba en la cara, haciendo sonrojar sus mejillas por el calor repentino.

–Que sí y que no hacía falta que viniese más –se encogió de hombros.

–¿Por qué?

–Porque...

–¡AY! –grité volviendo mi vista de repente para ver el cuchillo que tenía en una mano y la sangre que salía a borbotones del dedo gordo de la otra.

–Pero qué torpe eres –dijo Sasuke.

–¡Joder! –exclamé preocupado. No es que me doliera demasiado, ya que la herida era tan profunda que se me había dormido el dedo al instante. Levanté la mano y observé el líquido bermellón y espeso, con un extraño olor que me traía lejanos recuerdos de juegos del patio del colegio.

Sasuke salió por la puerta de la cocina sin que yo ni siquiera lo notara, embobado como estaba mirando mi dedo, sin reparar en que estaba manchando el suelo. Cuando volvió, el temee me tiró de la mano y me llevó hasta el grifo.

–Qué haces? –regunté.

–Es que te quieres desangrar? –e levantó la mano y abrió el grifo. Metió mi mano debajo del agua helada y dijo:– Mantenla ahí un rato.

Con los dientes rompió un buen trozo de vendaje, sacó mi mano –que ya me empezaba a doler– de debajo del grifo y se metió mi dedo herido en la boca. Yo lo miré sorprendido, sin saber si reír o decirle que se estuviese quieto. Él, sin embargo, me contemplaba con el ceño fruncido. Cuando se sacó mi dedo de la boca, con una rapidez impresionante comenzó a pasar el vendaje alrededor del extremo, apretando un poco para parar la hemorragia.

–Torpe –comentó al terminar, atando la gasa con un nudo para que se sujetara–, no puedes ni siquiera cortar unas simples zanahorias sin liarla.

–Es tu culpa por distraerme –farfullé–. Para colmo ahora me duele... ¡Tu culpa! –le dije fingiendo enfadarme.

Me miró durante un instante, como si no supiese con exactitud quién era yo y qué quería de él, y sin previo aviso, me agarró la nuca y comenzó a besarme. Lo que me sorprendió fue que no lo hiciera suavemente, como siempre, sino de forma brusca, buscando directamente mi lengua, sin ninguna caricia.

A punto estaba de producirse nuestro primer encuentro sexual."

Guardó rápidamente las cosas y bajó a todo correr las escaleras del ático para entrar en el dormitorio. Sakura, tal y como había esperado, ya no se encontraba en casa. La radio estaba apagada y no se oía el ruido de sus pasos por la cocina o el salón.

Se le acababa de ocurrir una espantosa idea... ¿Y si la madre de Sakura tenía razón? Temía que lo abandonase porque no le prestaba atención.

Arrancó de golpe las sábanas de la cama y puso las nuevas, las que aún estaban sin estrenar. Salió del dormitorio con las sucias en brazos y las depositó en el cesto de la ropa.

Entró en la cocina, puso a hervir agua en una olla y en una tetera, y salió. Se puso las zapatillas, cogió algo de dinero y se marchó de casa a todo correr. Tan sólo eran las cuatro de la tarde.

...

Ya era de noche. Sakura metió la llave en la cerradura y entró dentro de casa con aire ofendido. Volvió a meter las llaves en su bolso y dejó éste sobre el mueble de al lado de la puerta, en el pasillo.

Avanzó hacia la cocina, notando un olor a comida poco común. Su taconeo llegó hasta los oídos de Naruto, que se quitó el delantal y lo tiró a su suerte, que resultó ser encima del armario.

Sakura abrió la puerta dispuesta a reprocharle a Naruto el haber manchado la cocina de nuevo con sus intentos de cocinar. Con lo que costaba limpiar la dichosa cocina. Pero lo que se encontró la dejó totalmente desencajada.

¿Qué diablos...? –musitó.

-Buenas noches –saludó Naruto haciendo un pequeña reverencia con los ojos cerrados, como si fuese el camarero de un lujoso restaurante–. Póngase cómoda, por favor –dijo elevando la cabeza para mostrar una sonrisa alegre.

Sakura estuvo a punto de echarse a reír, pero la sorpresa era demasiado grande para hacerlo. La mesa estaba llena de todo tipo de comidas –algunas que la chica no había visto nunca–, y lo más extraño era que no estaba sucia, sino lo contrario. Todo brillaba.

Todo esto –murmuró la chica–, ¿lo has hecho tú?

Especialmente para usted, mademoiselle(1).

¿En serio? –preguntó aún sin creérselo.

Naruto le sonrió y la ayudó a sentarse, como si se tratase de una princesa.

La cena transcurrió alegre como nunca. Naruto hablaba sin parar de las comidas que había hecho y de los países de los que provenía, y Sakura escuchaba maravillada de que su pareja supiera cocinar así, porque la comida estaba realmente deliciosa, y cuando Naruto preparaba algo, normalmente ni estaba demasiado bueno, ni lo preparaba sin dejar la cocina hecho un caos. La sorpresa llegaría a la mañana siguiente.

Tras cenar, Naruto se comportó con Sakura mejor de lo que lo había hecho en toda su vida. La noche fue la más pasional que habían vivido desde que se conocían.

Entre besos y caricias se entregaron completamente al deseo, olvidando el mundo, olvidando los problemas y olvidando sus identidades, presas de la pasión.

1.Mademoiselle: señorita (francés).