Capítulo 14. Cariño.

Sábado, 4 de junio de 1949.

¿Por qué me tengo que vestir elegante? –preguntó Naruto como un niño pequeño.

Porque vamos a cenar con Ino –contestó Sakura, hablando con paciencia por las preguntas tan estúpidas que hacía el rubio.

Eso ya lo sé –replicó éste–. Lo que no entiendo es por qué nos tenemos que vestir así... ¿Quieres dejar la maldita corbata? –preguntó impacientándose. Se apartó de golpe de Sakura, desanudó la corbata y la tiró al suelo. Se situó frente al espejo del armario.– ¿Qué te parece? –le preguntó a Sakura mientras se desabrochaba varios botones de la camisa, dejando una parte del pecho al descubierto. Se volvió para buscar la aprobación de la muchacha, pero ésta ya no estaba.– Sí, estás muy guapo, cariño –se burló imitando su tono de voz.

Salió del dormitorio y fue hasta el salón, donde Sakura se retocaba el pintalabios rojo con la ayuda de un espejito de mano.

¿Estás ya? –le preguntó a Naruto al verlo venir.

Sí –contestó éste encogiéndose de hombros.

Al poco rato ya estaban montados en el taxi, camino de Manhattan. Sakura reprendía a Naruto por no tener coche propio, como casi siempre hacía cuando viajaban juntos en taxi. Y Naruto siempre contestaba lo mismo:

El dinero no nos sobra, ya lo sabes.

Y Sakura repetía miles de veces la misma respuesta:

Con el dinero que nos gastamos en taxis ya nos podríamos haber comprado un coche.

Será el que gastas tú. Yo voy a trabajar en autobús.

¡Sabes que mi trabajo queda demasiado lejos y no hay autobuses que vayan hasta allá! –replicó la muchacha irritada.

Vale... Pues podríamos haber ido a Manhattan en autobús.

Vamos a una cena. ¿Cómo se te ocurre ir en autobús a una cena? –le preguntó Sakura alisándose los faldones del vestido y poniendo cara seria.

¿Crees que a Ino le importaría? Aunque ahora viva entre lujos y comodidades, sigue sabiendo lo que es ser humilde –dijo Naruto con voz despectiva, mirando por la ventanilla del vehículo.

Me da igual. Sigue siendo de mal gusto.

Cuando llegaron, Sakura se negaba a decir palabra, y permanecía con la cabeza bien alta, mirando con superioridad a cualquiera que se atreviese a cruzar unos segundos la vista con ella. Subieron la escalinata de mármol y entraron.

El restaurante era una gran sala lujosa y llena de mesas con gente elegante y comida extraña de apariencia deliciosa. Paseándose furtivamente entre las mesas, había hombres vestidos de traje: chaqueta azul y pantalón negro. Las arañas del techo tenían millones de cristales que reflejaban las luces provenientes de todas partes. El suelo, alfombrado de azul añil, era una pasarela para los clientes que no paraban de llegar y marcharse. Las cortinas de terciopelo, del mismo color que las alfombras, parecían brillar sobre las paredes blancas y las ventanas sin luz.

De fondo se escuchaba una orquesta tocar Händel(1). La música rozaba y acompañaba las palabras que se transformaban en susurros cuando salían de la boca de los clientes del restaurante.

Mujeres con vestidos de colores, elegantes, escotados; cuellos y muñecas adornados con las piedras más preciosas que se hubiesen visto; tocados rubios y morenos, con brillantes y adornos plateados, que emitían destellos fugaces cuando se movían las cabezas de las que formaban parte; tacones altos, bajos, y zapatos extravagantes, de purpurina, raso o charol.

Hombres de traje y chaqué; frac y esmoquin; repeinados y engominados, bebiendo coquetamente de sus copas de vino y cava.

Sakura se toqueteó con nerviosismo su collar de perlas, al ver tanta gente elegante. Se sentía menuda con aquel vestido rosa humo que apenas le llegaba a las rodillas, con pequeños cristales que ella misma había cosido a mano y las mangas cortas de tul importado de Francia. Sus zapatitos rojos y brillantes, acordes con el tono encendido de sus labios y ahora también el de sus mejillas, brillaban sobre el suelo turquí.

Naruto, que no se había dejado llevar por el lujo tanto como su pareja, se dio cuenta de que un hombre de traje azul y negro se acercaba a ellos dos. Cuando estuvo a dos pasos les preguntó:

¿Son ustedes el señor Uzumaki y la señora Haruno?

Señorita –corrigió Sakura con ensoñación, sin dejar de observar todo lo que había a su alrededor. El hombre sonrió.

Sí –contestó Naruto.

¿Son tan amables de seguirme, por favor? –preguntó dando media vuelta.

Comenzó a caminar con la gracia que aparentaban las personas refinadas que los rodeaban. Naruto y Sakura lo siguieron. Ésta última se agarró al brazo del rubio, tal y como hacían las mujeres que entraban en el restaurante. De repente, el calor del chico le infundió más seguridad. Ella también podía ser como todas aquellas mujeres empolvadas y perfumadas, o incluso mejor.

Naruto divisó la mesa en la que estaba sentada Ino. Pero a su lado había alguien más. Un hombre de pelo castaño con coleta y traje, que tiraba incómodo de su corbata ante las risas divertidas de la rubia. Naruto no tardó en reconocerlo... ¿Pero qué hacía él allí?

¡Habéis llegado! –exclamó Ino levantándose de su silla al verlos.

Llevaba un vestido de noche de seda turquesa, con tiras negras alrededor del vientre, y un escote en forma de "v". Los tirantes, también de seda negra, iban atados en la parte posterior del cuello, con un lazo discreto y bonito. En el lado izquierdo de la falda había un corte que llegaba hasta medio muslo, dejando al descubierto una larga y blanca pierna. Los zapatos negros de charol con punta redonda y abierta por la que asomaban dos uñas rosas, brillaban con las luces colgadas del techo, y en el cuello lucía una gargantilla con un corazón tallado en obsidiana(2). Tenía un moño hecho de trenzas brillantes, en el que lucía una peineta con una flor del mismo color que su vestido.

El hombre que los había guiado hasta la mesa retiró las dos sillas libres para que tuviesen más facilidad para sentarse. La primera en hacerlo fue Sakura, con una sonrisa en los labios, al tiempo que saludaba a Ino y su acompañante. Naruto la siguió y saludó con un gruñido. Ya se imaginaba el motivo de la cena, pero no dijo nada.

Os estábamos esperando –dijo Ino. Le hizo una seña al camarero y éste sirvió champán en las copas de los recién llegados.– Brindemos. –Ino levantó su copa con alegría, incitando a los demás a que hicieran lo mismo.– Por esta noche.

¡Por esta noche! –repitieron los demás chocando las copas.

Transcurrieron los minutos tranquilos, hasta que por fin les sirvieron la comida. Platos de arroz y pescados, tradicionales de varios países; frutas tropicales y salsas de muchos sabores y colores; ensaladas y carne de ternera, todo servido en bonitas y caras fuentes y bandejas de porcelana y plata.

Y tras la cena y mucha charla llegó el brindis final.

Supongo que ya imaginaréis el motivo de esta cena –habló Ino. Naruto asintió apesadumbrado.– Vamos, cariño, no pongas esa cara –le dijo Ino con intención de animarle. Naruto negó con la cabeza y sonrió.

Pues hacedlo oficial, ¿no? –susurró.

Claro –dijo Ino emocionada–. Bien. Pues Shikamaru y yo estamos saliendo, como pareja –anunció feliz.

¡Felicidades! –dijo Sakura juntando las dos manos a la altura del pecho.

Felicidades, tío –le dijo Naruto a Shikamaru, dándole palmaditas en la espalda, como a un perro. Dejó de darle golpes, cogió su copa y se puso de pie.– ¡Por vosotros! –exclamó con una sonrisa de oreja a oreja.

¡Sí! –dijeron todo a coro, volviendo a chocar su copas.

Al despedirse, Naruto le dio un abrazo "amistoso" a Shikamaru, el cual parecía medio muerto tras la velada, y le dijo disimuladamente:

Como no cuides bien a Ino, dejaré de ser tan amable como hoy.

Eh... Vale. Qué problemáticos que sois. Primero tengo que venir a un sitio de estos a cenar y luego me amenazas... –musitó éste antes de separarse del rubio, con una sonrisa cansada en los labios.

...

Naruto se levantó de la cama. Sakura ya estaba plácidamente dormida, soñando con los lujos y placeres de Manhattan. Caminó descalzo hasta su ático, encendió la luz y preparó sus cosas para escribir. Si seguía con el tiempo tan limitado, la carta no estaría terminada para cuando se tuviera que ir de vacaciones, al mes siguiente. Aunque estaba realmente cansado.

Releyó los últimos escritos por encima antes de comenzar de nuevo el tecleo.

"Sasuke atrajo mi cuerpo hacia el suyo en una abrazo furtivo, carente de sentimientos. Me estampó contra la pared en un movimiento brusco y violento, y comenzó a besarme el cuello con impaciencia.

Levanté la barbilla para darle mayor acceso, y me quedé mirando al techo mientras trataba de que mi respiración volviera a la normalidad, ya que el beso la había alterado. Sentía los labios y la lengua de Sasuke dibujar formas imprecisas y ansiosas sobre mi piel. Subió la cabeza y empezó a besarme debajo de la barbilla.

Pasaban los segundos y mi respiración volvía a acelerarse. Con cada roce de la mano de Sasuke sobre mi abdomen. Con cada beso. Me abracé a su cuello y busqué su boca con la mía. Cuando al fin pude saborearla, ávido de placer, Sasuke ya me estaba desabotonando la camisa.

Deshizo el abrazo y deslizó la prenda por mis hombros, rápido. Pero no llegó a quitármela, sólo una de las mangas, sino que me subió las brazos hasta tocar la pared y me ató las muñecas. Sin dejar de sujetarme los brazos, inició otra serie de besos, que iban dirigidos desde mi cuello hasta mi pecho, deteniéndose con gran maestría en mis pezones, que se endurecieron en un santiamén al contacto de aquella ávida lengua, que no dejaba ni un resquicio de piel sin explorar.

Yo no podía sino suspirar por aquel nuevo placer. Sentía las palpitaciones en mis bajos, el sofoco de los pantalones. Casi sin darme cuenta, tenía a Sasuke de nuevo bebiendo de mi boca.

Antes de que pudiera detenerlo o decir cualquier cosa Sasuke me estaba desbrochando los pantalones, con ligeras caricias y frotes sobre mi sexo. Cuando ya lo hubo hecho, metió una mano dentro de mis calzoncillos. Me acarició con las uñas en la ingle y la base de mi erección, provocándome escalofríos y arrancándome más suspiros de placer.

Se desabrochó su propio pantalón, a continuación, y se lo bajó un poco, junto a la ropa interior, dejando al descubierto una gran erección que ni siquiera tuve tiempo de mirar, ya que Sasuke bajó mis brazos y tuve que rodearle el cuello con ellos. Sé que comenzó a masturbarse, porque sentía el movimiento de su mano y de su cuerpo. Me pasó el brazo libre por debajo de la axila y se agarró a mi hombro, mientras fue acercando su pelvis a la mía, hasta que nuestros penes se tocaron.

Primero golpecitos de punta contra punta, después fretes de una con la otra, y al final, Sasuke acabó por masturbarnos a los dos, moviendo ligeramente las caderas.

Y yo no podía hacer nada, ni siquiera besarle, solamente respirar entrecortadamente, intentado no gritar. El placer había invadido todas y cada una de las células de mi cuerpo. Mis músculos se contraían y relajaban y tenía espasmos a cada momento. Sentía que no iba a poder aguantar mucho más, y por la respiración queda de Sasuke en mi oído –había apoyado la barbilla en mi hombro–, que cada vez se aceleraba más, hasta el punto de dejar escapar de su garganta suaves y roncos gemidos, él tampoco aguantaría mucho más.

Masturbarse uno mismo está bien, pero que lo haga otro es mucho mejor. El tacto es distinto. Sentía mis músculos desfallecer.

Tal y como me esperaba, el momento del clímax no tardó mucho más en llegar. Primero yo, dejando escapar un gritito sordo, y después Sasuke, arañándome el hombro, viniéndose sobre nuestros vientres, mezclando el fruto de nuestro placer. Sentí el viscoso y caliente líquido en mi abdomen.

Ninguna palabra, ninguna caricia. A pesar del placer que acababa de sentir, un vacío insignificante y estúpido se apoderaba de mi cabeza. Sasuke era demasiado frío.

Levantó el rostro y me miró profundamente a los ojos, con una sed hambrienta de más. Ya estaba toqueteándome las nalgas cuando un ruido nos sobresaltó.

Moví un poco la cabeza y vi el agua de la olla derramándose de ésta. Después observé la cara de fastidio de Sasuke. Me levantó los brazos para que dejara de abrazarlo, me desató la camisa, se limpió con ella y después se abrochó los pantalones. Me hizo lo mismo a mí, para después darme un beso que duró demasiado poco. Tiró la camisa al suelo y fue a lavarse las manos antes de seguir cocinando.

Pasó un breve tiempo en silencio. Pensé en lo que habíamos hecho y en lo bien que me había sentado. A los dos. Lo necesitábamos al fin y al cabo. ¿Qué hombre no necesita sexo en tiempos de guerra? Y siendo que me había gustado tanto, decidí que la próxima vez llegaríamos hasta el final, aunque no estaba seguro de lo que me disponía hacer.

Seducir a Sasuke hasta el punto de dejarlo ciego por el placer. Y que él hiciera lo mismo conmigo. No importaba lo que pasara después. Una vez probado el fruto prohibido, uno ve lo dulce que es y se convierte en un vicio, casi sin darse cuenta, algo por lo que vivir. Ahora vivía por Sasuke.

El tiempo pasó rápido; comimos. Sasuke había preparado Ramen. Shio Ramen. Es un tipo de estos fideos que se prepara básicamente con verduras, y sabiendo que Sasuke no era el mejor cocinero del mundo (ni mucho menos), estuvo bastante bueno, aunque no tanto como el que comí nada más llegar a Japón o el de la señorita Hinata. El bastardo dijo que preparó ese porque era sano, y teníamos que comer sano. No dejábamos de ser soldados y teníamos que mantener a salud... O eso decía, porque luego en la práctica no era un ejemplo a seguir, precisamente.

La tarde pasó aburrida. El temee se había empeñado en que recogiésemos la casa, y después salimos dar un largo, aburrido y soso paseo. A veces Sasuke llegaba a ser realmente aburrido, con su silencio y su tranquilidad. Y se me acababan los temas de conversación, para desgracia mía. O el hecho de que la cosa me pareciese más aburrida de lo normal, era que quería a Sasuke. O mejor dicho quería su cuerpo.

Cuando al fin estuvimos en casa, salté sobre él sin reprimirme más. Se sorprendió al principio, pero no dijo nada, sino que me siguió el juego. Una sarta de besos y caricias, ya que Sasuke no parecía dispuesto a hacer más aquel día.

Así pasaron tres días, llenos de masturbaciones compulsivas, alguna que otra felación, besos, y pocas palabras por parte del bastardo, ya que últimamente andaba bastante frío.

Y una buena mañana me desperté solo en la cama. Me extrañó, ya que Sasuke, a pesar de su frialdad, solía esperar a que yo me levantara, y ya nos habíamos bañado juntos en dos o tres ocasiones. Me bajé de la cama y fui hacia la puerta. Enseguida percibí su voz. Hablaba con alguien por teléfono. En japonés.

Traté de entender algo de lo que decían, con lo poco que él me había enseñado. Lo único que logré comprender fueron palabras sueltas como "sí", "nombre", "yo" y "él". Para mí todo eso no tuvo mucho sentido.

Sasuke colgó y escuché sus pies descalzos sobre el suelo. Volvía al dormitorio. Rápidamente, me metí de nuevo en la cama y me hice el dormido. Sasuke se tumbó a mi lado y me abrazó. Entonces, fingí despertarme.

–Buenos días –me dijo–, ¿cómo has dormido?

–Bien –contesté extrañado porque se preocupara por eso. Me abrazó más fuerte y me dio un beso. Su repentino cariño me abrumaba y asustaba. De repente comenzó a toser.– ¿Estás bien? –le pregunté preocupado.

–Sí.

–¿Seguro? –Puse una mano sobre su frente para tomarle la temperatura. Tenía fiebre.– Estás ardiendo, ¿qué has hecho otra vez? –le pregunté enfadándome un poco.

–Nada, sólo es un resfriado –susurró acurrucándose más sobre mí–. Vamos a dormir.

–No, vas a dormir tú. Yo voy a prepararte algo para que te baje la fiebre. Tú y tu jodida manía de andar medio desnudo con el frío que hace... –suspiré.

Aparté a Sasuke de mí para levantarme, pero se aferró a un brazo mío, con intenciones de obligarme a quedarme con él. Parecía un niño pequeño.

–Oh, vamos, no llores por mami, que ahora vuelvo –le dije con socarronería dándole un beso burlón en la frente.

–Cállate –dijo con cansancio. Me soltó y se metió bajo las sábanas.

Fui a la cocina a prepararle un té. Como no había ningún tipo de medicamento en esa casa fue lo máximo que pude hacer. Eso y obligarle a quedarse en la cama, ya que si salía se pasearía otra vez por la casa en ropa interior, como si fuera hiciesen 90º F(3).

Cuando volví de nuevo al dormitorio, estaba dormido, soñando con los angelitos. Tuve ganas de comenzar a zarandearlo con fuerza para fastidiarle el sueño, pero al final, con su carita de niño bueno, me dio pena, y decidí dejarlo dormir. Me acurruqué a su lado e intenté hacer lo mismo, aunque mi mente volvía a la conversación que había mantenido minutos antes en japonés.

¿Con quién hablaría? Era extraño, y el que de repente se volviera cariñoso lo era más. Me preocupaba que pudiera haber pasado cualquier cosa. Que la misión acabara. Que se fuera antes de poder... ¿Hacer qué? Lo pensé más detenidamente. No quería que la misión acabara nunca. Me gustaba Sasuke en todas sus facetas. Arrogante, callado, cariñoso o frío. Era Sasuke, y me gustaba más de lo que en un principio pensé que podría llegar a gustarme. Aquel era el principio de algo mucho más fuerte que la simple atracción, aunque no lo quise ver.

Pasó otro día y el bastardo mejoró, pero seguía en actitud cariñosa y me ponía nervioso. Así que simplemente se lo pregunté por la noche, estando en la cama:

–¿Te pasa algo? Estás muy raro desde ayer.

–Nada. ¿Qué te hace pensar que me pase algo? –preguntó haciéndose el tonto.

–Pues... ¿El que estés tan meloso últimamente? –pregunté con tono burlón.

–¿Meloso? Yo no estoy meloso –replicó enfadado–. ¿Qué pasa, que no puedo abrazarte si me da la gana?

–No es solo el abrazarme –me reí–. Es que te estás volviendo un dulce –dije con voz cantarina, alargando mucho la "u" de dulce.

–Idiota. –Chasqueó la lengua.– No me estoy volviendo dulce –susurró imitando molesto mi tono de voz.

–Claro que sí. –Salté sobre él y lo abracé– Te preocupas por mí –susurré dándole besitos por la cara–, me das besos como éstos, me abrazas como si fuese tu osito de peluche... ¿Perdiste el tuyo de pequeño? –reí.

–Tú quieres dos hostias bien dadas, ¿no? –exclamó–. Déjate de ositos y de mierdas y déjame dormir.

–Vamos, vamos. Y luego también está el que me trates como a un muñeco de porcelana... "¡Cuidado! Eres un torpe" –dije poniendo voz grave y seria, intentando imitar la suya.

–Cállate ya –dijo empujándome.

–Tengo razón. ¿Qué coño te pasa? –Dejé de abrazarlo y lo miré serio.– ¿Creías que no me iba a dar cuenta? ¿Y la conversación en japonés de ayer, qué?

–¿Qué conversación? Lo soñaste. –Me dio la espalda y se tapó con la manta.

–Dime qué es lo que pasa –exigí intentando no gritarle por aquella falta de respeto.

–Nada.

–Vamos, Sasuke, por nada uno no cambia de la noche a la mañana –insistí.

–No pasa nada –repitió él.

–Seguro...

–¡No eres quién para que te dé explicaciones! ¿Entiendes eso? –me espetó de repente, dándose la vuelta y sentándose frente a mí–. Entre tú y yo no hay ningún lazo sentimental. Es simplemente placer. No hay nada, ¿comprendes? No tengo por qué darte explicaciones sobre mi vida. A fin de cuentas en cuanto acabe la misión no nos volveremos a ver. –Cogió una de las almohadas y salió del dormitorio. Yo me quedé un instante paralizado. En mi cabeza resonaron sus palabras unos segundos más antes de reaccionar y levantarme. "No nos volveremos a ver."

–¡Sasuke! –lo llamé–. ¡Vuelve aquí!

Salí del dormitorio. En el salón no estaba, así que supuse que había ido al ático, y no me equivoqué. Estaba encogido en el sillón, abrazado a la almohada y con su mantita por encima.

–Vamos, baja a la cama –le dije.

–Déjame en paz –dijo con severidad.

–No me hagas repetirlo –susurré yo a mi vez.

–Es que estás sordo?

–¡Vamos, Sasuke! No eres un crío. No puedes venir aquí a lloriquear cada vez que pase algo malo.

–¡No vengo aquí a lloriquear! –protestó–. Y tú deberías dejarme en paz. Desde el principio debiste hacerlo y no complicarme más con tus gilipolleces.

–¿Yo te complico con mis gilipolleces? ¿Yo? –exclamé sin poder creer lo que oía.

–Sí, tú. Con tus besos y tu "si no lo hago me arrepentiré". ¿Por qué coño no me dejaste en paz? Te dije que no quería nada. Esto solo va a traer problemas, ¿lo entiendes? Y ahora lárgate.

–¡No me da la gana! ¡No soy yo el que tiene gilipolleces! ¡Eres tú, con tus putos problemas, como si yo no los tuviera! Eres un egoísta de mierda, más que yo –le espeté furioso.

–¿Sí? ¿Yo soy el egoísta que cree ser el centro de la vida de los demás? Vamos, no me jodas.

Apreté los puños con rabia, para no saltar sobre él y golpearlo. Sin embargo dije algo que ni siquiera pensé.

–Pues deberías serlo.

No entiendo ni cómo ni cuando pasó, pero el caso es que acabamos durmiendo en el ático los dos. En el suelo, compartiendo una almohada, abrazados e intentando protegernos del frío con esa manta a cuadros rojos y blancos."

Cariño, ¿qué haces a estas horas? –escuchó Naruto detrás de la puerta.

Nada, ahora voy. Ve a acostarte, Sakura.

1.Händel: Compositor alemán clásico.

2.Obsidiana: cristal volcánico. Suele ser de color negro.

3.Grados F: Grados Fahrenheit. 90º F corresponden a 32º C.

Para los vestidos de Ino y Sakura me he inspirado en Dina Bar-El.