Capítulo 15. Porque Te Quiero.

Martes, 7 de junio de 1949.

¡Naruto! ¡Ha venido Sai! –dijo Sakura desde la puerta.

Estoy en el baño –contestó Naruto con la boca llena de pasta de dientes–. Dile que vaya a la cocina.

Vale, me voy a trabajar. Adiós.

El rubio terminó de cepillarse los dientes y fue a la cocina, donde lo esperaba su visitante.

¿Qué haces tú aquí?

Necesito hablar contigo –contestó Sai más serio de lo que Naruto lo había visto nunca. De hecho dudaba haberlo visto serio alguna vez.

¿Necesitas? –preguntó confuso–. Bueno... Siéntate. –Le indicó una silla y se sentó él en otra, en frente del moreno.– ¿Quieres tomar algo?

No –negó el chico. Dejó su maletín en el suelo y se quedó mirando a Naruto.– Necesito que me expliques varias cosas.

Ah... Claro –dijo el rubio sin entender el porqué de tanto misterio–. Dime.

¿Cuál es la diferencia entre amar y querer?

¿Qué? ¿A qué viene esto? –preguntó sin entender.

¿Lo sabes?

Naruto dudó un instante. Cuando era pequeño, alguien que no recordaba le había hecho la misma pregunta, y no le había sabido contestar. ¿Cómo iba a saber un crío algo tan complejo? Lo pensó un momento y al fin llegó a una conclusión concisa.

Cuando quieres a alguien sientes cariño y aprecio por esa persona. Te gusta estar con ella porque te llevas bien, te entiende y es agradable. Sientes afecto por esa persona. Puedes querer a alguien para siempre. –Se encogió de hombros e hizo una pequeña pausa. Sai asintió, indicándole que continuara.– El amor es diferente. Sientes todo eso que se siente al querer a alguien, pero además deseas a esa persona, se mete en tu cabeza a cada rato, todo te recuerda a ella y la quieres tener a tu lado hasta que el amor se consuma. Al contrario que querer, amar a alguien no es para siempre. El amor dura varios años, a menos que te sea arrebatado antes de que finalice...

Calló y pensó en lo que él aún sentía por Sasuke. Era curioso que la experiencia te enseñara esas cosas a lo largo de la vida.

Miró a Sai, quien a su vez tenía la vista fija en la mesa, sin decir palabra. Varios minutos después decidió comentarle a Naruto lo que éste tantas veces había temido oír.

Ino –susurró–. Ella dice que me ama. Sin embargo... dice que quiere a su pareja. Yo... supongo que la amo, también. –Levantó la mirada para observar a Naruto, cuya cara era un poema en aquel instante.

¿Ino? Pero... ella nunca me dijo... –susurró–. Creía que estaba con Shikamaru, y nadie más.

Amantes –aclaró Sai. Naruto asintió, y se dio cuenta de que ya no le parecía mal que Sai estuviese con Ino. Hasta lo comprendía. Miró fijamente al moreno y susurró:

Espero que sepas lo que estás haciendo.

Se levantó un momento de su silla, sacó una tetera del armario y la llenó de agua del grifo para, acto seguido, ponerla a hervir sobre el fuego. Volvió a sentarse y escuchó como la voz de Sai murmuraba:

Mañana me voy a Los Ángeles.

¿Cómo? ¡Pero mañana es la actuación de Ino! ¿Y qué dirá Tsunade? –se alteró.

Ella lo sabe. Me han ofrecido un buen trabajo ahí. Es la oportunidad de mi vida, y no la rechazaré... Pero no me quiero alejar de Ino. –Miró a Naruto con una tristeza reflejada en los ojos que éste no veía en nadie desde hacía mucho tiempo.

Ino ya tiene una vida aquí. Deberías haber comprendido desde el principio que tú y ella... solamente sois amantes.

Tras unos minutos más de silencio, Naruto se levantó, quitó la tetera del fuego y apagó éste.

¿Quieres té? –Sai asintió.

Seguiré amando a Ino, entonces.

Lo harás... A menos que encuentres a una mujer a la que puedas amar más aún. Entonces dejarás de amar a Ino. Ella... tal vez también deje de amarte –susurró Naruto con cara inexpresiva mientras servía el agua caliente en dos tazas, y después metía una bolsita de té en cada una de ellas. Sirvió una a Sai y dejó la otra sobre la mesa, frente a su silla. Rebuscó en el armario el azúcar y dos cucharillas para después sentarse.

Ino ha dicho que soy el primero.

Es cierto. Lleva toda la vida esperando a su príncipe. Es de esas personas que se enamoran una vez y les marca para siempre... –Volvió a callar al pensar que hablando de Ino hablaba de sí mismo. Echó azúcar en su té, sacó la bolsita y la dejó sobre la mesa; removió con la cucharilla.– Si te vas ahora no volverá a ser la misma, aunque sí lo aparentará.

No puedo quedarme –musitó el moreno, comenzando a echar azúcar en su tacita.

Y ella no puede irse. La elección sólo la puedes hacer tú. No sólo lleva toda la vida esperando a su "alma gemela", sino también el triunfar.

Sai quedó en silencio, dándole pequeños sorbos a su té, ya que le quemaba la lengua. Al final decidió dejarlo sobre la mesa hasta que se enfriara un poco.

Y también quiero que me expliques cómo sabe uno si está en el camino correcto.

Naruto dejó de remover el té y miró a Sai, como si le acabase de dar una gran idea, pero simplemente estaba hecho un manojo de dudas.

No lo sé –contestó tras unos segundos–. Supongo que debes hacer, como dicen los viejos, lo que te dicta el corazón. Entonces, estarás en el camino correcto –dijo pensativo.

¿Y si no sabes lo que dice el corazón? Técnicamente no sentimos con el corazón, sino con la cabeza –comentó señalándose la frente.

Échale imaginación –le dijo Naruto frunciendo el entrecejo al ver las cosas tan estúpidas que podía llegar a decir en momentos como aquel, por muy grandes verdades que fueran.

No sé... Si hiciese lo que me dijera el corazón, supuestamente debería elegir mis sentimientos, aunque eso me provocara sufrimiento –dijo, más como una pregunta que como una afirmación.

Dudar es humano –contestó el rubio–. Y el corazón no siempre elige los sentimientos. Imagino que elige lo que cree mejor para la persona en cuestión –dijo rascándose una mejilla. Ni siquiera sabía qué decía. Estaba liado y Sai no ayudaba para nada.

Pero, ¿y si el corazón se equivoca? –le preguntó entonces el moreno.

Pues... ¿Cómo quieres que lo sepa yo? Ni siquiera yo sé en qué me he equivocado para... –calló. Iba a decir más de lo que debía y eso no era bueno. Últimamente se iba demasiado de la lengua.

¿Para qué? –insistió el otro muchacho.

Para nada. Olvídalo. Mira, toma la decisión que creas más apropiada para tu vida. Yo no lo sé todo, aunque no lo creas –dijo elevando una ceja. Siempre tenía que ser el psicólogo de los demás, como si no tuviese bastante con sus propios problemas y sus propias dudas.

"Lo que te dicte el corazón". ¿Y por qué el puñetero corazón no se iba de vacaciones de una vez? ¿Por qué lo tenía que atormentar de esa manera día sí y el otro también, como si tuviese la culpa de la muerte de Sasuke? Al fin y al cabo él lo había hecho lo mejor que había podido. Se había arriesgado. Que hubiese perdido o ganado era parte del juego de la vida. ¿Por qué su cabeza, o corazón, o lo que fuese aquello que no le dejaba vivir tranquilo no podía comprenderlo? Y sin embargo, no podía dejar de sentirse culpable, ni tampoco de querer a Sasuke.

Al finalizar el día lo único en lo que pensaba era Sasuke, así que decidió escribir, ya que era la única forma de volver a estar con él. Sakura fue a dormir y él subió al ático.

"Cuando desperté, al día siguiente, me encontraba en la cama, tapado con la manta y con la almohada bajo la cabeza, en vez del brazo de Sasuke. Me levanté, me desperecé y salí del dormitorio para buscarlo.

Lo encontré en la cocina, sentado en una silla y con la espalda apoyada en la pared, con un abrigo sobre las piernas y el pelo mojado.

–¿De dónde vienes? –le pregunté.

–De ninguna parte. Nos vamos. Vístete y vámonos –ordenó. Lo miré sorprendido, me encogí de hombros e hice lo que me había dicho.

Al cabo de diez minutos ya estábamos en la puerta. Sasuke ya llevaba su abrigo, me tendió el mío y lo cogí, pero no llegué a ponérmelo. Me quedé mirándolo como un estúpido al llegar a mi mente una idea: tal vez aquella fuese la última vez que Sasuke me tendiera el abrigo.

–Date prisa, el taxi nos está esperando. –Su voz y el frío que estaba entrando por la puerta que acababa de abrir me despertaron de mi ensoñación. Dejé de mirar la prenda y lo miré a él.

–No quiero que la misión acabe –le dije.

Alzó las cejas y sonrió con la sorpresa dibujada en los labios. Empujó un poco la puerta para que quedara entreabierta, se inclinó sobre mí y me dio un beso en la mejilla. Nunca voy a olvidar el calor que transmitió con ese simple gesto, que fue el sustito perfecto de las palabras "no te preocupes".

Cuando se separó de mí me puse el abrigo y lo seguí fuera de casa. Caminamos hasta el taxi negro aparcado en frente, subimos y dejamos que el calor sofocante que reinaba en el vehículo nos envolviera y –en el tiempo que duró el trayecto– adormeciera.

Cuando por fin llegamos frente a aquella construcción bajo la que descansaba el caza de Sasuke, el aire frío avivó tanto sus mejillas que me dieron a pensar que no era más que un niño envuelto en su grueso abrigo, con el pelo al viento, echando vaho por la boca. Nevaba levemente, y el cielo anunciaba tormenta.

–Hoy estás muy callado, ¿qué tienes? –me preguntó cuando ya había comenzado a andar hacia el avión. Tenía razón, apenas había dicho dos cosas en todo el día, y es que desde aquel pensamiento, antes de salir de casa, me sentía tan vacío y sin vida que no tenía ganas ni de hablar.

–No es nada –mentí en un susurro.

No dio señales de haberse percatado del tono apagado de mi voz, ya que parecía mucho más ocupado en admirar el avión, así que lo imité y me quedé observando la gran máquina, que en cualquier momento parecía que se abalanzaría sobre mí para acabar conmigo de un bocado. O tal vez sólo me lo pareció por las pocas ganas que tenía de que Sasuke comenzara a hacer estupideces en el aire, conmigo detrás de él.

Subimos al avión y arrancamos. Surcando los cielos oía el rugir de los motores y las hélices, el zumbido de las alas al cortar el aire y el viento que chocaba contra el cristal. Sasuke parecía divertirse como un crío haciendo piruetas mientras yo, en silencio, me preguntaba una y otra vez sobre su identidad y sobre mis sentimientos hacia aquel desconocido.

Cuando me di cuenta de que me estaba comiendo demasiado la cabeza, decidí disfrutar un poco del vuelo, aunque fuera sólo para distraerme. Iba a decirle a Sasuke que acelerara cuando me percaté de una cosa: el tiempo había empeorado mucho en mi momento de distracción. La tormenta de nieve cada vez caía más densa y fuerte. El miedo me invadió un momento.

–¡Sasuke! –grité.

–Tranquilo, ahora bajamos.

Entonces, el avión dio media vuelta y comenzó a bajar a toda velocidad. Traté de divisar la construcción, pero la nieve era demasiado espesa y no podía ver absolutamente nada. El pánico me invadió y a mi cabeza llegó de nuevo el pensamiento que había tenido antes de salir de casa. Estaba seguro de que aquel sería mi fin. Nuestro fin. Cerré los ojos para no ver el infierno blanco en el que perecería.

Pero por suerte, Sasuke era buen piloto. Di un tumbo en el asiento al sentir como el avión tocaba el suelo, sano y salvo. Abrí los ojos de uno en uno y pude, al fin, ver esa especie de garaje. El avión cada vez aminoraba más su velocidad, hasta el punto de pararse frente al edificio. Las hélices seguían en marcha pero yo sólo podía oír como mi corazón palpitaba con tanta fuerza que lo sentía hasta en las sienes. Sasuke suspiró y yo fijé mi vista en su nuca, enfureciéndome más a cada segundo.

–¡Idiota! ¿Como se te ocurre venir a volar con este temporal? –chillé.

Sasuke se volvió con una sonrisa triunfante en la cara y yo lo miré con reproche, pero no dijo nada.

El cristal que nos protegía se abrió y Sasuke se apresuro para salir del avión. Yo lo imité y cuando estuve abajo no pude hacer otra cosa más que saltar sobre él y abrazarlo con todas mis fuerzas. Al instante correspondió a mi abrazo, y comenzó a acariciarme la cabeza, con una lentitud que adormecía.

Y justamente en ese momento, en el que parecía que no tardaría en cerrar los ojos, dos palabras acudieron a mi mente, borrando todo rastro de sueño de ella. Dos palabras que explicaban a la perfección el temor que había sentido aquella mañana, el querer seguir en aquella misión toda la vida.

Estiré un poco el cuello hasta casi tocar su oreja con los labios, y susurré:

–Te quiero.

Esperé una reacción por su parte, pero nunca llegó. Al cabo de pocos segundos se separó de mí, y sin mirarme fue otra vez hacia su avión.

Me di la vuelta y me quedé mirando el horizonte con ojos tristes. Sasuke ya lo había dicho una vez: no me quería. Pero guardaba vagas esperanzas dentro de mí. Cerré los ojos y me concentré en sentir como la nieve me golpeaba la cara y el frío comenzaba a congelarme la nariz y las orejas. Hacía mucho viento y me quería marchar de ese sitio.

Abrí de nuevo los ojos y me di la vuelta, encontrándome a Sasuke detrás de mí, de pie y observándome. ¿Cuánto tiempo había pasado si el caza estaba en su lugar? ¿Por qué Sasuke no me había dicho nada? En ese momento me sentí enfadado. Arrugué la nariz y comencé a andar hasta el avión, para ponerme a resguardo cerca de él.

Sasuke no se movió del sitio hasta que no me hube sentado en el suelo, con las rodillas pegadas a mi pecho y los brazos rodeándolas por completo.

Me quedé mirando el polvo, viendo como su sombra se acercaba a mí. Se sentó cerca, sin tocarme, y así permanecimos hasta que anocheció.

La tormenta había amainado hacía mucho tiempo, pero el taxi no daba señales de vida. El cielo se había despejado y había adquirido un tono anaranjado; a cada instante se ennegrecía más. Estaba claro que tendríamos que pasar la noche ahí, como la vez anterior, pero era lo que menos me apetecía hacer en esos instantes.

Vi a Sasuke levantarse y oí como su voz me decía:

–Vamos dentro.

Lo miré, pero su vista estaba clavada en la puerta de aquella habitación en la que habíamos pasado la primera noche en ese lugar. Me levanté, con las piernas entumecidas y el trasero dormido por el suelo helado.

Al entrar en la habitación, Sasuke encendió la luz, y yo me quedé parado, observándola. Dentro flotaba el mismo aroma a polvo y humedad, y esparcidas por el piso, las mismas mantas arrugadas y viejas. Los bichos seguían compitiendo entorno a la bombilla y el suelo volvía a estar cubierto de una fina capa de polvo grisáceo.

Sasuke se adelantó para poner bien las mantas. Cuando acabó me dirigí hacia él y me senté sin decir palabra. Él se volvió a levantar, con la intención de apagar la luz, pero le detuve.

–Déjala encendida un rato.

Me miró y asintió. Yo, por mi parte, me tumbé sobre las cobijas sin decir nada más. Estaba cansado y tenía frío. Pronto Sasuke vino a mi lado y nos tapamos hasta las orejas.

Lo miré durante un instante, intentando penetrar en su cabeza para escuchar sus pensamientos, pero era imposible ver a través de su rostro serio. Me acerqué a él y lo abracé, con la excusa del frío. En realidad no era calor lo que necesitaba, sino su calor. Sentir que aunque no me quisiera iba a estar ahí. Me abrazó y se dio la vuelta de manera que yo quedé recostado encima de él, mirándolo a los ojos sorprendido.

No sé cómo me moví, pero lo hice de tal manera que nuestros cuerpos se rozaron de un modo muy insinuante, haciéndome tragar saliva y aumentando el ritmo de mi corazón y mi respiración. Acerqué mi cara a la de Sasuke y lo besé, necesitado de su boca. Eso no hizo sino avivar más aquello que estaba empezando a tomar la forma del placer.

Esa especie de hormigueo en la boca, que se iba extendiendo por todo el cuerpo, provocándome espasmos. Dejé de besar a Sasuke y lo miré a los ojos, que de pronto se habían tornado brillantes, con el deseo pintado en sus pupilas negras.

Su mano derecha no tardó en avanzar hasta los botones de mi abrigo, y las mías se colaron debajo de su ropa para empezar a toquetear ese pecho blancuzco y caliente, que subía y bajaba con rapidez e impaciencia.

Creí que aquello sería otro más de nuestros jueguecitos de todos los días, pero el verdadero placer estaba por comenzar, y no tenía ni idea de cuánto placer se podía llegar a sentir."

Dejó de escribir. Le dolían los ojos por el cansancio, y ya tendría tiempo otro día de seguir con su relato.