Capítulo 16. Nieve y estrellas.

Miércoles, 8 de junio de 1949

Aunque Naruto se encontraba realmente cansado, no consiguió dormir más de dos horas seguidas, por lo que, casi a las cuatro de la madrugada, se levantó de la cama y subió al ático frotándose los ojos.

Los recuerdos hacían que tuviese pesadillas. Necesitaba contarlo todo cuanto antes.

Así pues, una vez dentro de su particular estudio, cerró con llave la puerta y se sentó a escribir en silencio, despacio, como un hombre anciano.

"La pasión de aquel momento me cegó por completo. No recordaba la actitud de Sasuke al expresarle mis sentimientos, no recordaba que la misión era finita, no era capaz de acordarme de si era invierno o primavera.

Delante de mí tan sólo estaba Sasuke, desnudándome apresuradamente, como si nos quedase no más de un minuto de vida y lo tuviésemos que aprovechar al máximo.

Así que, con la respiración entrecortada y el corazón desbordado, saqué las manos de debajo de su abrigo y tiré de él hasta quitárselo.

La prisa que teníamos era tal, que en lo que tardas en parpadear ya estábamos completamente desnudos, de rodillas el uno frente al otro, jadeando mientras nos mirábamos como dos animales, hambrientos de deseo.

Sasuke sonrió de una forma un tanto macabra y yo me lancé a por él, tirándolo al suelo mientras lo besaba con rabia y avidez, mi lengua dentro de su boca moviéndose frenéticamente.

Pero Sasuke no era alguien que se dejase dominar por la situación. Todo lo contrario, era él quien quería controlarla. Pero puesto que yo tampoco quería que nadie me dominase, ya fuese Sasuke o cualquier otra persona y en cualquier otra circunstancia, aquello se convirtió en un baile salvaje sobre el polvoriento suelo de aquella pequeña y sucia estancia.

En un momento dado Sasuke se posicionó encima de mí, dejó de besarme bruscamente y me miró a los ojos. Yo le devolví la mirada. Tenía los labios totalmente rojos y mojados. Se mordió el inferior y miró todo mi cuerpo.

Tan alterado como estaba, aquello no hizo sino satisfacerme, pues la cara de deseo de Sasuke era insuperable. Así que sonreí y desplacé lentamente mi mano por su vientre, hasta llegar a su sexo y agarrarlo con codicia. Él me volvió a mirar a los ojos e hizo un ademán de sonrisa, el cual entendí como un "enséñame lo que sabes".

Y tras aquello acercó su cara a la mía y rozó sus labios insinuantemente con los míos, descendiendo considerablemente el ritmo que habíamos estado llevando. Aquello era lo último que me faltaba para terminar de volverme loco.

No me hice de esperar, y comencé a mover la mano sobre su miembro sin parar, arriba y abajo. Sasuke abrió la boca para soltar un suspiro, sacó la lengua y la pasó despacio por mi labio inferior, antes de morderlo juguetonamente.

Y entonces hizo que lo soltara, se incorporó y me hizo una seña con el dedo índice de su mano derecha para que hiciera lo mismo.

Así lo hice, y me puse de rodillas, frente a él. No pareció querer moverse, así que me acerqué para volver a besarlo, pero puso un dedo sobre mi boca e hizo que volteara la cara para comenzar a besuquearme el cuello, morderlo, recorrer mi piel con la punta de su lengua en una caricia tan sutil y obscena que hacía que se me erizara el vello. A la vez comenzó a acariciar mi trasero con una mano, de una lujuriosa manera.

Me dejé llevar por completo y, sin previo aviso, Sasuke giró todo mi cuerpo de golpe y pegó mi espalda contra su pecho, sin dejar de lamer mi cuello.

Era embriagante… Hasta que sentí que una mano volvía a colarse hasta mi trasero, pero esta vez iba más allá de las simples caricias.

Sasuke pretendía hurgar más hondo, tocar todo rincón superficial de mi cuerpo… Y no tan superficial. Y fue en ese punto cuando saltó la alarma, y yo me eché un poco para atrás. Aparté la mano de Sasuke lo más rápido que pude.

–Tranquilo, no pasa nada –susurró él.

–Pero yo nunca…

–Lo sé.

Me mordió entonces, supongo que para tranquilizarme, el lóbulo izquierdo, con suavidad, como sólo él sabía hacer. Y pasó las uñas por mi torso de la misma manera, provocando en mí un leve escalofrío. Cuánto lo deseaba, a pesar del miedo.

Así que fui yo quien insinuó que volviera a tocarme, que me enseñara aquello que nunca había sentido. Y no tardó en hacerlo. Coló los dedos entre mis nalgas y los hizo avanzar hasta un lugar que no sabía si permitirle explorar. Aún así…"

Naruto paró en seco. Arrancó de la máquina de escribir la hoja y la miró por encima. ¿Qué diablos era aquello? Desde luego, no era una cosa para mandársela a un amigo, por mucho que confiara en él. Menos a un amigo que llevaba tanto tiempo sin ver. Aquella historia se estaba volviendo tan detallada, no sólo en el papel, sino en su memoria, que comenzó a dudar de las palabras impresas en tinta negra como si fuesen viles enemigos.

Así pues, arrugó el papel y lo dejó caer al suelo. No, aquello nunca se sabría.

"Aquella noche, por primera vez, hicimos el amor. Y puedo hablar de amor, ya que fue lo único que Sasuke me demostró a pesar de la situación, de su reacción aquella tarde y de que nunca dijo quererme lo más mínimo.

Pero yo lo hacía. Yo lo amaba. Y así volví a hacérselo saber cuando me abrazó antes de intentar dormir.

–Te quiero, Sasuke.

Su respuesta fue un casto beso en la frente, y un aumento de la fuerza con la que me abrazaba contra sí mismo. Sé que aún seguía despierto cuando yo me dormí, porque no había dejado de abrazarme en ningún momento y de vez en cuando me besaba la cabeza.

La mañana siguiente tuvimos que vestirnos a toda prisa, ya que el frío se había apoderado de la habitación y yo me desperté tiritando, completamente desnudo.

No tuvimos más remedio que comenzar a caminar por la carretera de tierra por la que nos traía el taxi hasta llegar a algún sitio del que poder llamar para que nos viniera a buscar alguno.

Llegar a la casa de Riverview nos costó la mitad del día, y cuando llegamos estábamos tan cansados que lo único que hicimos fue meternos a la cama sin decir palabra.

Cuando me desperté vi, por primera vez, que yo había sido el primero en despertarme de los dos. Sasuke seguía durmiendo plácidamente, agarrando con una mano la sábana. Tenía un semblante tranquilo, aunque sus ojeras eran bastante evidentes.

No quise despertarlo, así que me quedé junto a él hasta que abrió los ojos, algo más de una hora después. E incluso entonces ninguno de los dos se movió. Nos miramos a los ojos durante largos minutos, hasta que no pude aguantarlo más y me eché a reír sin querer. Sasuke esbozó una sonrisilla divertida.

–¿Tan poco me aguantas la mirada?

–No es eso –contesté–, es que me hace gracia tu cara.

–¿Ah, sí? ¿Tengo cara de payaso?

–¡Casi!

Sasuke empujó mi cara contra la almohada sonriendo. Era una situación graciosa, pero yo estaba feliz por verlo tan contento.

–Venga, vamos a levantarnos ya –comentó.

–Vamos.

Cenamos y nos bañamos juntos, y logré que Sasuke sonriera aquella noche más de lo que lo había hecho en todo el tiempo que llevaba con él. Aquello me puso tremendamente contento. Tanto que incluso lo arrastré fuera de casa a las cuatro de la madrugada para hacer un enorme muñeco de nieve.

No es que aquello que hicimos se pareciera demasiado a un muñeco de nieve, pero el cielo fue testigo de lo grande que fue aquella noche, de lo increíbles y únicos que fueron aquellos revolcones en la nieve.

Cuando al fin nos cansamos de dar vueltas sobre la mullida capa blanca, nos tumbamos los dos mirando el cielo. No se veían nubes, pero tampoco demasiadas estrellas, dadas las innumerables luces que adornaban la ciudad y se reflejaban en el firmamento. Pero aquella noche, como ninguna otra, vi una estrella que siempre me acompañará en las noches cubiertas de nieve.

–¿Ves esa estrella? –preguntó Sasuke señalándome el astro más luminoso de todo el cielo.

–Sí –asentí.

–La llaman Sirio. Los egipcios la consideraban símbolo de buen augurio, pues cuando Sirio era más visible, significaba que se acercaba la crecida del Nilo.

Me quedé mirando fijamente el brillante punto en el cielo. Tenía un tono ligeramente azulado. Nunca he sido de mirar las estrellas, pero aquella cautivó mi atención por completo.

–Antiguamente decían que era de color rojo.

–Yo la veo azul.

–También dicen que había gente. No eran personas, sino seres extraños –susurró Sasuke.

–¿Y tú te lo crees? –pregunté con tono burlón. Nunca he creído en la vida fuera del planeta. Si la hubiera creo que ya la habríamos visto. Aunque también es cierto que yo no sé nada de estrellas.

–Es una estrella, como el Sol. ¿Conoces a alguien que viva en el Sol?

Comencé a reír de buena gana. Sasuke tampoco fantaseaba con vida en otros sitios.

–¿Por qué me hablas de Sirio? –dije mirándolo.

Quedó callado unos segundos breves, pero después decidió contestar, observándola. La luz de una farola cercana se reflejaba en sus pupilas.

–Cuando era pequeño me pasaba horas observando esta estrella. A veces estaba tan cansado por las mañanas que trataba de inventarme cualquier escusa con tal de dormir un poco más y no ir al colegio… Nunca funcionó ninguna –contó con una pequeña sonrisa.

–No sabes mentir –me burlé.

–Mentira.

Algunos minutos después nos levantamos del suelo. El estar allí parados había hecho que el frío se apoderase de nosotros, pues teníamos la ropa empapada. Antes de comenzar a andar hacia el calor de las mantas, Sasuke cogió mi mano izquierda entre las suyas y me besó la palma. Lo miré desconcertado; nadie había hecho nunca algo así, me resultaba extraño.

–Ahora Sirio es tuya –susurró antes de soltarme.

Entró antes que yo en la casa, dejando la puerta abierta. Miré el cielo por última vez, pero una pequeña y despistada nube había eclipsado "mi estrella", así que decidí ir a buscar a Sasuke.

Lo que quedaba de noche la pasamos en el dormitorio entre besos y palabras breves. Nunca el silencio me ha gustado tanto como me gustó esa noche. No necesitaba más para ser feliz. Ni siquiera le daba ya importancia al incidente de la tarde anterior. Con Sasuke entre los brazos tenía de sobra para sonreír constantemente. La paz al fin había llegado a las aguas.

Pero curiosamente no fue Sasuke quien se durmió primero por la mañana. En algún punto de la noche él se levantó y dejó que me tumbase en la cama. Y recuerdo que permaneció con la cabeza sobre mi pecho hasta que me dormí.

Cuando desperté el cielo había vuelto a nublarse, pero no nevaba. Serían las once o doce. En la cama solamente estaba yo. Así que bajé a buscar a Sasuke, con una sonrisa en la cara.

–¿Sasuke? –pregunté en voz más alta de lo normal.

Nadie contestó, así que volví a intentarlo. Nada. En la casa no había ni rastro de ruido.

Comencé a preocuparme. Fui a la cocina, pero estaba vacía. La luz del baño estaba apagada y la puerta abierta. Nadie en el salón, nadie por el pasillo. Me dirigí al único sitio en el que podía estar Sasuke: el ático.

Subí las escaleras despacio, tratando de retrasar el momento, pero a la vez con ansias de ver que Sasuke estaba sentado en su sillón, fumando, escribiendo en su cuaderno, cualquier cosa.

Al llegar me paré ante la puerta con el corazón acelerado. Extendí una temblorosa mano y giré el pomo, pero no llegué a abrir hasta pasados unos segundos. Empujé la puerta, pero yo no me moví del sitio.

En el sillón no había nadie. Tragué saliva y di un paso. En toda la estancia no había ningún ser vivo. Lo único que pude ver fue la bolsa de Sasuke y su mantita a cuadros, cuidadosamente doblada sobre el sillón.

Entonces eché a correr escaleras abajo hasta la calle, pero no salí de la casa. Sobre la nieve había huellas que llevaban hasta la verja que rodeaba la casa. Salían fuera y ahí terminaban, tapadas por todas las decenas de huellas que cubrían las aceras. No podría saber nunca qué dirección había tomado Sasuke.

Aún así salí corriendo, dejando la puerta abierta, y recorrí toda la manzana, a veces parándome para preguntar a alguien si había visto a un hombre con las características de Sasuke. ¿Pero quién iba a fijarse en un hombre normal y corriente que camina solo? Y Dios sabe qué hora sería cuando Sasuke se había marchado sin decir nada.

Pero yo aún guardaba una esperanza. Volví de nuevo a la casa verde, esperando encontrarme con la puerta cerrada, y dentro de casa, en la cocina, o en cualquier sitio, un desconcertado Sasuke preguntándose dónde estaría yo, pues él simplemente había salido a hacer la compra.

Pero la puerta seguía abierta, en el edificio no había nadie, todo estaba frío, solitario.

Aunque no dejaría que el pesimismo se apoderase de mí tan fácilmente. No, Sasuke volvería tarde o temprano.

Y mientras él lo hacía yo subí al desván para cerciorarme de que todas sus cosas seguían intactas. A fin de cuentas, no podía irse sin sus cosas.

Pero estaba equivocado, claro que podía. Podía dejarlo todo menos dos cosas: su cuaderno y su uniforme. No reparé en aquel momento en la ausencia del cuaderno, pero sí en la del uniforme. El sobresalto fue tal que tuve que sentarme en el suelo para no caerme. Estaba blanco como la cera, y no sabía si mirar a la pared, a la bolsa o al piso o, simplemente, cerrar los ojos.

Sentía ganas de hacer algo, pero no sabía el qué. El grado de impotencia era tal, que no encuentro las palabras exactas para describirlo. Ni siquiera fui capaz de llorar hasta pasadas dos horas.

Entonces lloré, grité, maldije y pregunté mil veces el porqué de aquella situación a las vacías paredes de la casa.

Más tarde sonó el teléfono. Tenía la piel reseca de tanto llorar y me dolía la cabeza. Me levanté con desgana y descolgué, sin contestar. Baley me lo confirmó sin tener que preguntar. La misión había finalizado. Ya no volvería a ver a Sasuke, las cosas habían salido mal, los americanos acusaban de traición a los japoneses.

Dejé la casa aquella misma noche, llevándome conmigo las pertenencias de Sasuke y un libro de aquella biblioteca. Nunca más volví ni sé qué ha ocurrido en ese lugar desde entonces. Esa misma noche nevó, por lo que los restos de nuestros juegos delante de la casa desaparecieron, y las huellas de Sasuke quedaron enterradas para siempre.

Nueva York se vestía de blanco con más insistencia que otros días, pues no paró de nevar en toda aquella noche, y no pude ver las estrellas. Y la mañana siguiente seguía nevando.

Nueva York se vestía de blanco para Sasuke. Pues aunque yo no crea en ello, él sí creía que cuando un ser querido muere se debe estar de luto durante algún tiempo. Y el color del luto en Japón es el blanco.

Poco después llegó la noticia de un buque hundido en el pacífico por un caza japonés. No había habido supervivientes. Y Nueva York siguió de luto por todos ellos.

En primavera la nieve comenzó a derretirse. Y todos habían olvidado el incidente del buque, el de la fábrica de Queens, el frío del invierno y que dos chicos tan diferentes habían estado viviendo en una casa verde de una calle llamada Riverview.

También yo olvidé lo que era reír, que Sirio ahora me pertenecía y lo que era tener los labios enrojecidos a todas horas de tanto besar. Eso, por otra parte, nunca he vuelto a saberlo.

Sasuke forma parte del pasado. Él fue alguien de la guerra, otro más que murió en aquellas sangrientas batallas, pero en su lucha particular. Nunca he llegado a saber si cumplió con su venganza, si realmente Itachi se encontraba en aquel buque y si en el último momento se arrepintió de haberse ido de mi lado.

Todo terminó con una bonita noche, que siempre perdurará, por más tiempo que pase. Será una noche eterna, como nunca ha vuelto a existir. No necesito que lo comprendas, Gaara. Pero gracias por querer saber mi historia.

Nos veremos pronto. Naruto."»

Delicioso final. Patética ironía, pues a Naruto lo había vuelto a pillar la mañana despierto.

Terminó de ordenar las hojas y sacó un sobre grande y grueso de un cajón. Las metió todas y escribió los datos y dirección de Gaara. Aquella misma mañana iría a depositarlo en Correos.

Tengo que decir que éste es el capítulo que más me gusta de todo el fic.