Capítulo 16. El vuelo del pájaro amarillo.

Miércoles, 8 de junio de 1949.

La calle estaba llena de gente yendo y viniendo. Gente elegante.

Aún en una noche de verano el frío era notable, y no faltaban los abrigos. Las luces se apoderaban de los edificios, y a pesar de la crisis por la que Broadway pasaba, el ambiente se notaba alegre, lleno de jovialidad.

Naruto y Sakura bajaban del taxi en la calle 42 de Manhattan, delante de uno de los teatros, iluminado por miles de luces de colores. Al lado de la puerta, un gran cartel de casi dos metros de altura se mostraba a los transeúntes, iluminado por focos blancos. La imagen que se observaba estaba pintada a mano, y el título de la obra era: Nacida de las olas.

En el centro una pareja ataviada con ropas de la antigua Grecia, y alrededor, esparcidos, había una serie de personajes de expresiones asustadizas, enfadadas o enamoradizas.

Entre estos personajes secundarios, Naruto pudo reconocer a Ino. No estaba embelesado por las luces, como su acompañante, sino que enseguida se había fijado en el cartel que anunciaba el musical de aquella noche.

Vamos a entrar –escuchó el rubio decir a su pareja. La miró al tiempo que ella se colgaba de su brazo y vio como rebuscaba en su bolso, hasta sacar dos papeletas.

Comenzaron a caminar hacia la puerta, pasando de ésta y llegando a un gran hall. En éste había un mostrador, y un pasillo a cada lado de él. El suelo era de moqueta granate y las paredes blancas, con una franja dorada atravesándolas a la altura de un metro, y dividiéndolas en dos partes desiguales. De ellas colgaban carteles enmarcados de todos los grandes musicales que se habían llevado a cabo en el teatro a lo largo de su historia.

Sakura tiró un poco de Naruto para dirigirse a la taquilla.

Buenas noches –saludó la mujer sentada tras el cristal–. ¿Reserva o en mano?

En mano –se apresuró a contestar la pelirrosa, tendiéndole los dos papeles que había sacado de su bolso con anterioridad–. Los asientos están ahí apuntados –se apresuró a decir, señalando lo que le acaba de dar a la taquillera, como si temiera que le arrebataran los asientos de la segunda fila.

La mujer observó lo que Sakura le había dado durante un momento; después, los dejó sobre la mesa y sacó otros dos papeles de un cajón, entregándoselos a la pareja.

Disfruten del espectáculo –dijo la taquillera a modo de despedida, con voz falsamente entusiasmada–. Por la puerta uno.

Gracias –contestó Naruto con sequedad. Sakura lo imitó, sólo que su voz sonó más nerviosa de lo que pretendía.

Juntos avanzaron hacia el pasillo que se les había indicado. Antes de entrar en él vieron un gran número uno pintado en la pared, en color negro.

Tras atravesar el largo y amplio corredor, llegaron a unas puertas negras abiertas de par en par, que dejaban ver dentro un ambiente cargado y un tanto oscuro.

Cruzaron las puertas y se hallaron dentro de una gran sala de teatro con largas filas de butacas escarlata dispuestas en semicírculo, frente a un enorme escenario de madera. Aquella sala tendría un aforo de quinientas personas.

Avanzaron hasta la segunda fila y buscaron los números de sus asientos, Sakura impaciente y nerviosa. Nada más encontrarlos se apresuró a sentarse, seguida de su compañero.

La obra no tardaría en dar comienzo, e Ino no les había querido adelantar nada de la trama, esperando que se llevaran una grata sorpresa.

Unos minutos más tarde Sakura y Naruto se levantaron de sus asientos para saludar a Shikamaru, quien tenía una butaca reservada al lado de Naruto. Era el único conocido que el muchacho logró ver en la sala antes de que la obra diera comienzo.

Al poco tiempo todas las luces se apagaron, y de repente el enorme telón grana se abrió, apartándose a ambos lados del escenario, dando lugar a una escena que no podría haber contrastado más en color.

Era el mar, tan azul como el cielo, el que movía sus olas frenéticamente frente a un sorprendido público. Las telas turquesas y azules se movían de tal manera que parecían enormes olas a punto de abalanzarse sobre las butacas.

Pero las olas no tardaron en calmarse, y en medio del escenario, entre tanto azul, surgió una bella figura de cabellos rubios de seda, largos hasta el suelo y completamente desnuda.

Como por arte de magia, a sus costados aparecieron dos bellas mujeres de idénticas cabelleras, recogidas en pomposos moños que portaban telas blancas y perlas, y que no tardaron en cubrir a la figura central.

Una de aquellas mujeres de mejillas sonrosadas era Ino, vestida de un lila muy claro y con una diadema dorada en el pelo.

Pero tan pronto como las mujeres cubrieron al ser salido de entre las olas, éstas volvieron a alzarse hasta tapar las tres figuras por completo.

Naruto reconoció con una leve sonrisa El nacimiento de Venus, Afrodita, la diosa del amor y la belleza.

Cuando las olas volvieron a bajar y finalmente se retiraron a ambos lados del escenario, fue cuando verdaderamente comenzó la función, que representaba diferentes etapas de la existencia de Afrodita.

Ino interpretó diversos papeles, entre ellos los del Esmirra al convertirse en árbol cuando la diosa de la belleza se apiadó de ella tras obligarla a acostarse con su padre y quedar en estado de preñez.

Y cuando Afrodita se enamoró de Adonis junto a Perséfone, fue Ino quien se encargó de hacer el papel de ésta, y fue cuando los espectadores escucharon su dulce voz. Primero cantó a un pequeño Adonis, y después le mostró su amor con melodías a uno que ya era un hombre, tan bello que levantó comentarios en la sala.

La obra, tras poco más de dos horas, terminó con la muerte de Adonis y las súplicas de Afrodita a Zeus para que no lo dejara para siempre en el infierno, junto a Perséfone.

El público estalló en aplausos, y todos los personajes salieron al escenario para despedirse con cordiales reverencias y sonrisas de júbilo en el rostro.

Naruto no paraba de aplaudir con una sonrisa radiante en el rostro, observando fijamente a Ino, maravillado por las dotes interpretativas de su amiga, pues era mucho más increíble de lo que había esperado.

Ino no cabía en sí de felicidad, miraba a las cientos de personas que tenía delante con los ojos brillantes, a punto de llorar de la emoción.

Y fue buscando con la mirada a sus amigos cuando su cara cambió repentinamente. Naruto lo advirtió enseguida, también Shikamaru y algunas personas más cerca del escenario, y volvieron sus cabezas hacia la dirección que Ino observaba.

De pie en el pasillo, tan sólo iluminado por la luz que profesaba el escenario, se hallaba un muchacho alto, de tez pálida y pelo tan oscuro como la obsidiana.

Naruto lo reconoció al instante. No podría tratarse de otro más que de Sai, que miraba con tristeza el escenario. Agachó la cabeza, echó una última mirada a Ino y se dio la vuelta de forma fugaz.

El muchacho rubio sintió el impulso de seguirlo para reprocharle el que hubiese ido, pues él ya debía hallarse lejos de ahí. Aunque ahora que lo pensaba bien, no debía haberle comentado nada a Ino si ella había disfrutado tanto la obra.

Pero Naruto decidió no moverse ni un ápice, sino que siguió observando la oscuridad hasta que vio a la figura perderse tras el umbral del portón de madera.

Shikamaru suspiró mientras el público seguía aplaudiendo efusivamente.

...

Viernes, 12 de Agosto de 1949. 12:00 pm.

Ino, Ino, tranquilízate –dijo apresuradamente Naruto al auricular que sostenía en su mano derecha, alzando la voz sin pretenderlo.

¿Pero has escuchado lo que te acabo de decir? –chilló la muchacha con voz aguda al otro lado de la línea.

¡Pues claro que lo he oído! ¿Cómo no iba a hacerlo? –comentó el rubio riendo– Si me estás dejando medio sordo con tus gritos. Ahora en serio, sabía que lo conseguirías. ¡Eres impresionante actuando! De veras.

Cariño… –suspiró su amiga con voz emocionada, alargando infantilmente las vocales–. Por cierto, no te he dejado hablar… ¿Qué me ibas a decir? –añadió.

Ah, claro. ¿A que no sabes qué voy a hacer dentro de media hora?

Pues no sé… ¿Atracar un banco para irte de viaje a Europa y darme envidia? Sabes que esas cosas son peligrosas…

Muy graciosa –susurró Naruto irónico.

Vale, te escucho.

Pues… ¡Voy a volar!

¿Cómo? –volvió a chillar Ino– ¿Te piensas suicidar, maldito cabeza hueca?

Hubo un momento de silencio. La cara de Naruto era de fastidio total. Le agradaba el buen humor de Ino, pero tanta efusividad llegaba a cansarlo. Sakura a veces decía lo mismo de él, pero no debía ser para tanto en su caso.

La muchacha comenzó a reír con ganas al otro lado del teléfono, y la cara de fastidio de Naruto se agravó.

Era broma, era broma, sabes que simplemente bromeo. ¿De veras vas a volar? Te envidio, que lo sepas… Ahora mismo adoraría estar en un ruidoso avión sobrevolando América. No… Lo haré, de hecho –se dijo a sí misma.

Claro, pero tú espera a tener el dinero suficiente para pagarte un avión y un piloto –sonrió Naruto.

Ah, no lo dudes… Pronto seré una estrella y viajaré a… Bueno, no importa –cortó de repente con voz seca, al darse cuenta de que Hollywood estaba precisamente donde ella menos quería ir, pues el amor de su vida la había abandonado para irse a Los Ángeles.

No te pongas mal, Ino. No me hagas volver de Washington para subirte ese ánimo –amenazó el muchacho con voz falsamente seria.

No, no estoy mal… Lo tengo superado, ¡si ya lo sabes!

¡Naruto, corta ya, hay que prepararse!

El rubio reconoció la voz de Gaara en la distancia. Le dirigió a Ino unas cuantas palabras más de ánimo y se despidió de ella.

Echó a correr hacia donde se encontraba Sakura, sujetando su casco entre las manos y con su abrigo puesto. Lucía una sonrisa orgullosa y alegre en los labios pintados de rojo.

No tienes remedio –le dijo en cuanto estuvo frente a ella. Le dio un beso en la mejilla y le tendió el casco antes de quitarse el abrigo–. Apresúrate si no quieres que Gaara despegue sin ti, o no te dejaré hablar más con Ino por teléfono –advirtió con cara de falsa molestia.

Oh, ¿estás celosa? Sabes perfectamente que a ti no te cambiaría ni por mil Inos –rió agarrándola por la cintura para besarla como un marine que acaba de ver a su mujer tras varios años alejados, apasionados, como si nada más existiera–. Te quiero –le dijo dándole un leve golpecito en la nariz.

¡Naruto!

El deber me llama, nena –susurró el aludido al escuchar la voz de Gaara, poniendo el tono más masculino que pudo encontrar.

Sakura comenzó a reír. Se dieron un último beso y Naruto volvió a irse corriendo, con una sonrisa en los labios.

12:35 pm.

La avioneta amarilla tenía dos plazas y era lo suficientemente cómoda para un vuelo corto, o para un día de diversión como aquel. Naruto iba en la parte de atrás, y Gaara, delante, ya estaba preparado para despegar. Se volvió hacia Naruto.

¿Listo?

Listo –confirmó el muchacho de cabello claro.

De acuerdo, allá vamos –gritó Gaara para hacerse oír sobre el ruido del motor, volviendo a darse la vuelta para comenzar la pequeña aventura.

La avioneta empezó a moverse por la pista, al principio lenta, pero después más rápida, hasta que comenzó a ascender. Naruto exclamó alegre cuando ya habían ganado cierta altura, sonriendo por volver a estar en los cielos, deseoso de más celeridad.

Se alzaron más, hasta que Gaara gritó "150 metros", y el aparato se estabilizó y comenzó a ganar velocidad. Aquello entusiasmaba a Naruto. Hacía muchos años que no volaba, y francamente, al aire de verano se volaba genial.

¡90 kilómetros por hora! –gritó Gaara–. ¿Subimos?

¡Subimos! –afirmó Naruto con la adrenalina entre las nubes bajas que surcaban el cielo. Tenía ganas de acción.

El avión comenzó a ascender de nuevo, y el vacío se hizo en el estómago del rubio. Era una sensación agradable y a la vez graciosa, pero le gustaba estar a tanta altura del suelo. ¡Quería llegar a tocar lo azul del cielo con sus manos!

A la vez que ganaba altura, la velocidad de la avioneta también aumentaba. Y entonces Gaara decidió dar un giro y asustar un poco a Naruto, haciendo que, tras la pirueta brusca, la avioneta se precipitara hacia el suelo.

Sakura, abajo, se llevó las manos a la boca para ahogar un grito, pero al ver que el avión volvía a estabilizarse suspiró aliviada. Ya le había parecido que el tal Gaara debía estar un poco loco, no tenía pinta de otra cosa, por muy agradable que fuese. Cuando le tocase a ella volar le pediría que no hiciera esas cosas, o acabaría por sufrir un infarto y aún era muy joven.

En el avión Naruto reía y gritaba con entusiasmo, a la par que Gaara sonreía por no haber podido engañar a su amigo.

¡Ya sabía que no me dejarías morir tan fácilmente!

¡Entonces vamos a divertirnos un poco más! –contestó el pelirrojo.

De nuevo dio un giro en el aire, y después hizo que la avioneta volara de lado, haciendo eses. Naruto pensó que a la hora de volar sólo le tocaban locos amantes de las piruetas, pero lo agradeció, pues a él también le gustaban, y más aquel día, tan necesitado de emoción como estaba.

Las piruetas siguieron durante unos minutos más, y entonces el aparato volvió a subir, incrementando su velocidad al máximo.

Y fue cuando sucedió. Gaara lo escuchó, el motor estaba teniendo problemas, no soportaba su velocidad máxima. No dijo nada para no alertar a su compañero, pero desaceleró y comenzó a descender para aterrizar.

Pero ya era demasiado tarde, el motor había sufrido un daño grave, le impedía descender la velocidad por debajo de los noventa kilómetros por hora. Y volar a una altura de más de doscientos metros con esa rapidez y sin poder reducirla era como nadar en una piscina llena de pirañas.

Mierda –susurró Gaara.

Hizo descender el avión, pero el motor comenzaba a fallar, lo oía. Y pronto la hélice también fallaría, se había pasado, el avión no estaba en buen estado, los mecánicos no lo habían revisado bien.

¡Mierda! –gritó cuando se encendió una luz de emergencia al lado de su cabeza.

¿Qué ocurre? –preguntó Naruto al ver la lucecita roja.

El avión había comenzado a descender más de lo que Gaara había previsto en primera instancia, bajaba a más velocidad de la prevista. Trató de rearmar el vuelo, pero el motor cada vez estaba peor y sus esfuerzos fueron vanos.

Naruto lo notó, iban hacia abajo.

¿Qué pasa, Gaara? ¿Qué ocurre?

¡Nos estamos precipitando!

¿Qué? –gritó Naruto histérico.

El pelirrojo sudaba, pero no dejaba que el pánico se apoderase de él. A pesar de todo seguía intentando elevar el vuelo. Y lo consiguió, pero el motor volvió a fallar gravemente. La velocidad seguía subiendo en el contador. A ese paso ya no tendría nada que hacer. Pero no pensaba rendirse.

Naruto miraba con pánico la nuca de Gaara. Tenía que hacer algo. Aquella vez no estaba tratando de asustarlo, era de verdad. El motor hacía ruidos extraños, la velocidad incrementaba, el zumbido del viento en sus oídos era cada vez más intenso.

Y entonces, sin previo aviso, el motor cedió, se escuchó una explosión. Una convulsión y el avión dejó de avanzar hacia delante para avanzar hacia abajo. No había motor, no había paracaídas, no había salvación.

A Naruto le vino una fugaz imagen de Sakura a la mente, abajo, viendo horrorizada el espectáculo. Sintió lástima por ella.

Después de eso su cabeza sólo fue capaz de procesar una imagen. En su cabeza sólo estaba él, simplemente él.

Gaara gritaba cosas que nunca escuchó, y en un susurro que ni siquiera el viento pudo oír, con el pánico pulido sobre sus facciones, dijo:

Sasuke, ayúdame…

Después de aquellas palabras vino el negro. Y gritos de horror que él no fue capaz de percibir.