Epílogo

El 15 de Agosto de 1949 Nueva York amaneció soleado. El cementerio se iba llenando de personas poco a poco, todos ellos portando oscuras prendas en señal de duelo.

Lo que se iba a llevar a cabo aquella mañana entristecía lo corazones de todos ellos, pues no podían entender cómo la muerte había decidido llevarse consigo a una persona a la que le quedaba toda una vida por disfrutar, por contar. No eran capaces de comprender por qué aquello había sucedido.

En un punto del campo de muertos, los vivos comenzaban a conformar un notable círculo alrededor de un ataúd negro lacado, que brillaba a la luz del poderoso astro, de la única luz que aquel día podría haber existido.

Cuando Sakura hizo acto de presencia, colgada del brazo de Sai, temblando, la multitud se apartó para dar paso a la mujer, más parecida a un espíritu que a una persona, pues apenas dejaba ver los brazos y una parte de su cara.

La ceremonia de despedida no tardó mucho más en dar comienzo, y lo único que se escuchó entonces en el cementerio fue la voz del cura, recitando aquellas palabras que nadie habría esperado escuchar aquel día.

El mármol brillaba más que nunca esa mañana, de un blanco tan reluciente que cegaba. Los árboles y las lápidas proyectaban una robusta y velada sombra, al igual que el grupo allí reunido, con los ojos pegados al ataúd, oyendo sin escuchar las palabras del religioso.

No lejos del lugar, sentado a la sombra de un fuerte roble, descansaba una figura desdibujada, vestida de negro de pies a cabeza. Observaba a la multitud sin perturbarse, sin moverse, divagando por su propia mente.

Si alguien aquella mañana hubiese observado los ojos del individuo, éstos no habrían revelado absolutamente nada, pues su semblante era serio como el de un sargento, y sus orbes estaban fijos en el pasado, ciegos de aquel horrible presente.

Sin embargo, de ellos, como de una fuente, no paraban de manar lágrima silenciosas, que surcaban raudas las cicatrices de su piel. El agua salda avanzaba hasta la barbilla, y ahí se dejaban caer sobre las piernas del hombre.

El cura no había terminado de hablar cuando decidió levantarse. Se puso el sombrero negro, se levantó con ayuda de su bastón y agachó la cabeza mientras su rostro cobraba vida.

No, ni el viendo iba a ver que sus ojos estaban tristes, que su garganta quería gritar. Engañaría al viento como a todo el mundo, y haría que se llevase su voz hasta el ataúd, que penetrase la tapa de éste y se depositara sobre el cuerpo inerte que había dentro de él, como un suave beso para dar las buenas noches.

–Baka…

Y el viento cumplió con su deber.

Y sin más que decir, me despido, aunque sé que el final no ha gustado, o ha gustado muy poco. Hasta otra.