Patas de Perro

By: Kida Luna

Cap. 5: Esta, es tu Caja de Pandora, conócela…

Dedicatoria: A Glaring Ryu, pues siempre estarás presente como la amiga que tanto me apoyó y que sé que no ha dejado de luchar fervientemente. Cuando cae una muralla se levanta otra; empero, nunca hay murallas demasiadas altas, sólo ideas demasiado exageradas.

Campaña: ¡TODOS CONTRA EL PLAGIO! Kida Luna a la Vanguardia, si se une en los próximos 50 minutos le daremos una playera, así que si ven un plagio, ¡denúncielo! El valor de un escrito del corazón viene del mismo, he ahí lo doloroso de que te lo arranquen.

Esperaba afuera, ansiosa, su llamada. El niño le recordaba a sus lobatos, cerró los ojos y lanzó un aullido que no se sabía distinguir entre triste o solitario.

Un sonido agudo le respondió del otro lado. Tal vez… se había equivocado… tal vez…

Se levantó de inmediato y dio unos cuantos pasos hacia delante, contemplando con anhelo el bosque que se veía a lo lejos, a varios kilómetros lejos. Trotó un poco, con las orejas en alto y olfateando en el aire. Nada.

De nuevo, un sonido agudo se dejó escuchar.

Su corazón latió con fuerza, galopó apenas unos minutos cuando se detuvo cerca de un árbol. El bosque aún quedaba muy lejos. Y el sonido agudo tan sólo era una lechuza.

Una lechuza… mostró los dientes y entrecerró los ojos, en un gesto peculiar, con resignación.

-"¡Tsuki!"

Su niño le llamaba. Debía cuidarle. Regresó trotando pero a medio camino, volteó hacia atrás, rogando que aquel sonido no fuese el de una lechuza en un árbol, jugando con sus sentimientos. Pero el búho, tan sólo le miró fijamente, con esos insondables ojos intimidantes, y ululó.

Bajó la mirada y regresó al circo. Era hora de la función.

Apenas tocó la lona de colores, la lechuza salió volando sin chistar, sin razón. Y ululó continuamente mientras volaba lejos de aquel árbol y de aquella loba de ojos violáceos. Lechuzas… quién las entendería…

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Cuando el ser humano fue creado y esparcido por el mundo, se le dio a cada uno de ellos un hermoso -y peligroso- objeto único y diferente para cada uno.

Una Caja de Pandora.

Y Yami conocía muy bien la suya. La había abierto y la había cerrado una y otra vez, pero por desgracia, como suele pasarle a la mayoría de las personas, había dejado a muchas plagas salir libres por allí.

Atormentándole.

La cajita era fácil de abrir porque se encontraba a la vuelta del corazón, ligado a las emociones y a los sentimientos humanos –ello también incluía emociones y sentimientos animales e híbridos-. Era demasiado tentador el descubrir qué había allí dentro…

-"En 15 minutos empezamos, ¿listo?"

-"Tengo miedo."

Claro, que como algo adicional, estaban de igual cuenta las pesadillas y los temores, pues estos también eran muy importantes. Formaban parte de todo y de todos.

De este modo, cada persona poseía la llave de su Caja de Pandora y conocía su oscuro y recóndito interior. El problema que en muchas ocasiones se suscitaba era cuando alguien le entregaba esa llave a otra persona y le permitía hurgar su contenido.

Oh, sí, al parecer siempre que la llave cambiaba de mano, la caja aparecía con una desgarradura fresca y latente; la gente, después de todo, está diseñada para dañar y ser dañada.

Sin embargo, nadie dijo que debía de estar diseñada para soportar ese tipo de cosas.

-"Es normal, es tu primera función pero sé que lo harás muy bien, tú tranquilo" –instó a calmarle con tono suave.

El pelinegro terminó de cepillar los mechones rubios del canito y este último le agradeció el gesto a su compañero con una tímida y perturbada sonrisa.

-"¡Hmp!" –bufó el equino negro agitando su cola contra su patas.

-"Oh, sí, sí. Creo que casi me olvido de cepillar a Kuroki" -rió divertido.

El pelirrojo soltó un resoplido y se sintió nervioso ante la presión de tener que hacer las cosas bien, no quería ni imaginarse de lo que sería capaz de hacerle Jigoku si cometía el más mínimo error.

El ojiverde se le acercó y le dijo que se preparara. Ya casi se les acababa el tiempo.

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-"Cielos, comí demasiado" –se quejó sosteniéndose el estómago con una mano.

-"Bueno, yo te dije que te midieras" –rió bajito.

-"¿Y abandonar ese delicioso y exquisito postre? Eso no se hace Ryou… -reclamó con voz seria-… ¡es pecado! –y terminó a risotadas.

El albino sonrió un poco ante el comentario de su pareja, mientras introducía las llaves de la casa en el cerrojo de la puerta de entrada. Ambos ingresaron, Joey quejándose y Ryou extrañado de no ver a su yami en ningún lugar.

El ojimiel cerró la puerta detrás de ellos para resguardarse del frío que empezaba a calar, un frío timorato que dentro de poco crecería y hablaría sin pena y sin miedos.

-"Tal vez salió a robar o algo así –ahogó sus palabras ante el reproche de un par de ópalos chocolate-, o tal vez quería caminar, ¿no crees?" –rió nervioso.

-"O tal vez no…" –murmuró mientras se dirigía al comedor, extrañado, estaba seguro de que faltaba algo.

Parpadeó un par de veces y entonces lo supo: El periódico no estaba.

-"El circo…"

-"¿El circo? ¿Qué tiene el circo?" –interrogó rascándose la cabeza, confundido.

-"Oh, Bakura… ¿en qué estás pensando?"

Ryou sabía que Bakura tomaría el asunto por sus propias manos, porque él estaba acostumbrado a hacer las cosas solo. Así había sido siempre y así sería.

El ladrón era demasiado terco y suspicaz como para confiar en cualquiera, sobre todo, si se trataba de algo tan importante para él. Su hikari no sabía en ocasiones si admirarle o entristecerse por su forma de ser, aunque este último se defendiese diciendo que sólo trataba de ser "independiente". Oh, pobre ladrón enclaustrado, creando sus propias espinas.

Él era como una de esas rosas blancas perdidas en un mar de rosas rojas, con las espinas en todo su tallo, protegiéndole. Porque eso era exactamente lo que él hacía, crear espinar para escudarse y alejar todo daño posible; pero cada espina le robaba un espacio en su corazón y éstas ya llevaban mucho terreno ganado. Simple y sencillamente la rosa blanca no se hallaba entre las rojas… no encajaba…

Sí, en ocasiones Bakura podía llegar a sentirse muy solo y triste, sin embargo, siempre se lo guardaba y esto era lo que más le dolía a su hikari. El rey de los ladrones tenía un cofre lleno de secretos que no quería compartir con nadie, secretos capaces de matar.

Tal y como una Caja de Pandora lo hace.

-"¿Ryou?" –un intento por llamar la atención de su pareja, posando una mano sobre su hombro izquierdo.

-"¿Sí? ¿Pasa algo malo, Joey?" –musitó suavemente, observándolo.

-"Qué curioso. Yo iba a hacerte la misma pregunta –el peliblanco frunció graciosamente el entrecejo en señal de desconcierto-. Te quedaste como congelado Ryou, ¿y soy yo al que preguntas si está mal?" –aclaró.

-"Vaya… descuida, estoy bien. Sólo estaba pensando un poco" –terció con una amable sonrisa.

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El cachorro se mantenía refregando sus patitas delanteras, en un gesto de nerviosismo, observando detrás de la puerta de la bodega cómo el circo se comenzaba a llenar de personas. El lugar se veía más… vivo… y distinto.

Cuando volteó la cabeza para atrás se asustó al oír un feroz chillido y ver como una enorme pata negra casi le rasguña la cara; una muchacha joven de cabellos rubios se disculpó rápidamente y haló por la correa verde al corpulento gato pantera, regañándole y llevándole fuera de la bodega.

En ese momento su vista carmesí detectó a su amigo pelinegro, sacando toda clase de baratijas de una puerta trasera mientras se las pasaba a otras personas, que al parecer por la vestimenta, trabajaban en el circo también.

Es un armario, pensó el híbrido, uno el cual nunca antes había visto.

Minutos después, todas esas personas empezaron a salir, uno detrás de otro, cargando aros de metal, látigos largos y ondulados, correas atadas al cuello de perros o tigres, había caballos y también llevaban pequeños elefantes.

Eran muchos animales, unos muy bonitos como para acercarse y acariciarlos, y otros, sin duda, muy aterradores como para siquiera pensar en tocarlos. Yami nunca había visto a tantas personas –con trajes tan coloridos- y a tantos animales en un sólo lugar.

El cachorrillo notó que había personas mucho más bajas y altas que él, puesto que algunos usaban altos zancos de madera. Los rostros, y esto le llamó mucho la atención, de todos eran distintos: violentos, rudos, finos, delicados, graciosos, bonachones y uno que otro cubierto tras el velo de una extravagante máscara.

-"Ellos son el circo" –respondió entretenido Deblin, al ver a su amigo abrir la boca con asombro, emitiendo un pequeño quejido infantil e inocente, sin quitarles la vista de encima a ni uno.

-"¿Nosotros también lo somos?" –preguntó sin desviar la mirada, aferrándose al marco de la puerta abierta por donde todos salían.

-"Sí, nosotros también lo somos" –susurró con un cariño tristón que el otro no notó.

Sin embargo, el tricolor se sintió cohibido cuando el domador de leones con su fusta, el entrenador de hienas y algunos acróbatas o edecanes le dirigieron una mirada cargada de desprecio. Estuvo por bajar la cabeza, avergonzado y con la decepción en vez de la impresión, cuando un hombre delgado y calvito le sonrió.

El híbrido devolvió la sonrisa agradecido y se sobresaltó al ver que aquel hombre caminaba agazapado, como un lagarto. Vestía de un traje completo y brillante, con un color verde limón. El hombrecito les pasó de largo.

-"Es el hombre lagarto" –explicó el pelinegro.

-"¿Por qué camina así?"

-"Porque así nació, así vive y así le gusta. O eso es lo que suele decir…" –añadió encontrando diversión en los grandes ojos rubíes repletos de curiosidad.

Duke tomó a Kuroki Kaze por las riendas para llevarlo junto a los demás, detrás de ambos, Yami caminaba un poco reacio y tenso. Todos habían ido a una cámara muy espaciosa al lado derecho de la bodega, con un trozo de tela azul índigo fungiendo como puerta.

Cada quien tomó su lugar y empezaron a prepararse. Jigoku se asomó entre el lino-puerta y les dedicó una mirada de advertencia a todos, en especial al pelirrojo, quien sólo se encogió un poco.

El peliplateado salió de allí y cambió su rostro a uno de fingida alegría y sonrisa hipócrita, se paró al centro de un enorme círculo y alzó los brazos con regocijo.

El demonio estaba disfrutando de su banquete, apenas había probado los aperitivos… y estaba seguro de que querría más…

-"¡Que comience la función!" –vociferó con su voz ronca y los espectadores le aplaudieron afanosamente.

Tras bambalinas Yami tan sólo tragaba saliva ante el ruido y el bullicio de tantas personas. Las piernas se le hacían flojas y sus manos sudaban un poco. Sin más, el show inició.

Las rutinas se fueron presentando una tras otra, pasando desde el dúo de malabaristas con su danza de fuego, el domador de leones, el elástico hombre lagarto hasta aquel tigre con una pata trasera y delantera unida a la de aquella gran pantera que le asustase momentos atrás, los dos felinos saltando juntos varias vallas con la chica rubia de la correa sobre sus lomos, de pie.

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¡CRASH!

Los truenos ya hacían eco con galantería y las serpientes violetas entrecruzaban las nubes y el vasto cielo. La lluvia se dejó caer con un amenazador rugido, engullendo todo lo que estuviese a su alcance con gotas rápidas, fuertes y certeras.

¡CRASH!

Y aún así, una sombra se mantenía corriendo bajo la lluvia y atravesando las húmedas y resbalosas calles. No colocaba su brazo encima, no tenía una sombrilla consigo, no usaba capucha y mucho menos hacía el intento por cubrirse. Tan sólo corría como si en ello se le fuese la vida. Y quizás así era.

En su carrera, se deslizó inesperadamente en una vuelta y tropezó con un hombre. Los dos se tambalearon por el golpe pero ninguno cayó al pavimento.

-"Oye, ¡qué rayos te pasa! Tú, maldito mocoso…" –le amenazó mientras trataba de mantener el equilibrio.

La sombra le reconoció.

-"Eres ese ebrio de la otra vez… ¡quítate, no tengo tu tiempo!" –gruñó enfadado, no queriendo soportar por más tiempo el mal hedor que el hombre despedía.

Estaba andrajoso y su gabán negro, que en el pasado debió de ser muy elegante y fino, no era más que un trapo sucio y arrugado, con manchas de lodo.

Apartó de un manotazo al tipo fuera de su camino y siguió corriendo mientras escuchaba cómo el hombre le gritaba un par de improperios al aire entre hipos. Sacó un pedazo de papel de su abrigo y lo desenrolló, las pupilas se movieron raudas de un lado a otro leyendo un anuncio que tantas veces había repasado.

Maldijo por lo bajo y lanzó el periódico al suelo, dejándolo atrás.

¡CRASH!

Las gotas golpearon ferozmente el trozo de papel haciendo escurrir la tinta negra de las letras, desfigurando toda la información. Lo último que quedó legible antes de que la tormenta empeorará, fueron unas cuantas palabras:

"…una criatura que es animal y humana a la vez…"

¡CRASH!

" – " – "

Ellos presentaban actos y actos y el público les aplaudía, hasta que transcurrida una hora y media, le llegó su turno al pequeño niño.

-"Suerte" –y le palmeó Duke los hombros, empujándolo levemente fuera de bastidores.

El amatistas tomó aire y tomó valor, caminó con los pies pesándole como nunca le había sucedido, llegó al centro del círculo donde se hallaba Jigoku y alzó la vista, ahogando un gritito de sorpresa.

Toda la gente lo miraba, lo señalaba, murmuraba cosas y uno que otro se reía burlón. Se sostuvo una "mano" con la otra, intimidado ante tantos ojos escrutadores que lo único que hacían era criticarlo y hacerlo sentirse chiquito.

Y sintíose chiquito y asustado. Ninguno le quitaba la vista de encima.

Apoyó una pata hacia atrás, pensando en salir corriendo fuera de allí, pero entonces, ahí adelante estaba su verdugo, juzgándolo. No podía, no podía huir. Y si lo hacía, lo pagaría muy caro.

Devolvió su pata al lugar donde estaba, intentando respirar profundamente para tranquilizarse, debía de soportar.

-"He aquí, ¡a la octava maravilla del mundo!"

Las luces de los reflectores giraron con un leve chirrido hacia el tricolor, enfocándolo. Yami levantó sus patitas intentando que la luz no lastimara mucho sus ojos, el de ojos pardos volteó hacia bambalinas y dejó a su látigo caer al suelo con fuerte estrépito.

-"Será mejor que no lo arruines bestia…" –siseó con veneno.

Sin darle tiempo de reaccionar al comentario, un segundo latigazo azotó el suelo color arena y con la señal dada, Jigoku se hizo para atrás. Varios cascos resonaron a lo lejos, Yami resopló bajito, era hora.

Se viró y se colocó en cuatro patas, observó fijamente –y con temor- a la manada de llamas que venía corriendo en su dirección. Alzó sus patas y salió disparado atravesando la enorme masa blanca con lomos rojos, esquivándolos y suprimiendo unos cuantos quejidos por los pisotones que recibía.

Los mamíferos corrían veloces y golpeteaban al pelirrojo, aún así, si Yami se detenía sería aplastado, y eso lo sabía muy bien. Apenas salió de entre los animales, Kuroki se acercó galopando a toda velocidad y dando media vuelta le dejó colgarse de la silla de montar y subirse.

¡SLAP!

Fue el segundo latigazo, las llamas doblaron en una vuelta, regresando, con Jigoku a sus espaldas, separado siquiera por unos pocos centímetros. El caballo azabache subió por una valla inclinada, el aro de metal al centro se prendió de fuego al instante y él saltó a través de este y arriba de toda la manada de llamas.

Aterrizó del lado de Jigoku, sobre una segunda valla. Bajó, dando vuelta a la derecha y regresando por donde había entrado en un principio.

¡SLAP!

Las llamas dieron vuelta y volvieron a regresar, esta vez, Yami no cruzó el enorme grupo solo. Se aferró a las riendas y entrecerró los ojos, y allí fue cuando lo vio…

Sentía la respiración cálida del equino y sus latidos desesperados, observaba el pánico en los ovalados ojos negros de las llamas que pasaban a su lado y escuchaba sus gemidos despavoridos y continuos. Tenían miedo.

De nueva cuenta, salieron librados y otra vez se dirigían hacia la valla, un último salto y todo terminaba. Yami rezaba porque todo fuera rápido.

Jigoku se carcajeaba con presunción y cegado por su egoísmo, no le importó y azotó descuidadamente el látigo, por tercera vez.

¡SLAP!

¡HMMMPP!

Y esta vez, no dio en el piso.

El chillido fue agudo y horrible, la llama se desparramó contra el suelo, llevándose a las más cercanas con ella. Su lomo tenía una línea roja y sangraba copiosamente. Yami cerró los ojos aterrado ante el grito.

El aullido y el golpe de varias llamas contra la pista alarmaron a las demás, y antes de tiempo dieron media vuelta, tropezando unas con otras y corriendo asustadas lejos de las risas siniestras del pelinegro.

Kuroki dobló y se encaminó hacia la valla.

-"¡NO! –gritó Duke, saliendo de las bambalinas- ¡Haz que pare, abre los ojos Yami, haz que pare! ¡Detenlo!"

Yami haló las riendas y Jigoku volvió a azotar su látigo, con tremenda fuerza, golpeando la madera de la valla a su lado. El caballo se levantó sobre sus cuartos traseros, relinchando, dudando; en una fracción de segundos sus pupilas verdes miraron a ambos, a Duke y a Jigoku.

-"¡MALDITO ANIMAL, CORRE!" –el largo látigo rozó el aro de metal, tambaleándolo y haciéndolo soltar chispas a las patas del potro, provocándole a acatar la orden.

El pequeño Yami abrió los ojos y trató de detener las riendas, pero Kuroki ya había llegado al ápice de la madera verde y saltó. Entonces, todos guardaron silencio.

Sólo silencio… tan sólo permanecía presente el crepitar del fuego en el aro.

Y justo en medio del salto, las llamas saltaron desesperadas sobre la valla, unas tras de otras; y un estrépito sordo se oyó al chocar parte de la estampida contra el flanco izquierdo del potro negro.

-"Oh, Dios…" –el ojiverde se tapó la boca con las manos al ver el cuerpo pesado del animal dar contra el suelo, secamente, y escuchar las pisoteadas de los cascos del resto de las llamas sobre su equino amigo.

Cerca suyo, el cachorro humano se ponía de pie con una mueca de dolor. Como se había desprendido de su silla en el momento del choque sólo había recibido un golpe contra el podium. Kuroki se había llevado lo peor.

-"¿No se los dije? ¡Este no es cualquier animal! ¡Es capaz de resistir toda una estampida de bestias! ¡Jajajaja! –reía jactancioso el ojos pardos con su voz irrumpiendo el silencio de instantes atrás.

Y la gente, embelezada por tal acto e idiotizada por palabras tan cínicas y burdas, aplaudió. Se levantaron de sus asientos todas las personas, y niños y adultos, vitorearon al de cabellos plateados quien levantaba sus brazos y hacía reverencias.

La función, damas y caballeros… había terminado…

Los reflectores se apagaron con un ligero sonido, los asientos iban vaciándose y los susurros de la gente se hacían cada vez más lejanos, perdiéndose.

-"Kuroki… Kuroki, ¿estás bien?" –a gatas, el pelirrojo se había arrastrado hasta su amigo, moviéndolo con suavidad.

Un débil y cansino relincho fue lo único que recibió como respuesta junto a los ojos entreabiertos, aquellos lagos tenían un dejo de tristeza. Y él lo sabía. Porque era parte animal. Porque, él podía ver lo que muchos no.

Él podía ver a los corazones, riendo o llorando. Y el de su amigo quería llorar…

El equino estiró sus dos patas delanteras y apoyándose en ellas, levantó sus cuartos traseros. Dio dos pasos y con un relincho cayó al suelo. Lo volvió a intentar y volvió a caer; dio unos cuantos pasos así, levantándose y cayendo, sacudiendo la cabeza a los lados, negándose a darse por vencido, relinchando con descontrol y con un sentimiento que mataba el alma de los otros animales ahí presentes.

Parecía estar llorando.

-"Kuroki… -el esmeraldas recuperó la compostura y corrió hacia él, empujando inconscientemente a Yami a un lado mientras pasaba sus manos por encima del lomo y debajo del vientre del animal, y este dejó caer gran parte de su peso en el muchacho-… ya, todo está bien, shhh…" –tranquilizaba entre arrullos mientras lo conducía a la bodega.

Otro cuerpo cayó al suelo. Menos maltratado pero no por eso menos importante, la llama golpeada respiraba con dificultad. Se incorporó y la línea de sangre navegó por su lomo, adhiriéndose a su pelaje, las demás llamas se le acercaron, tratando de darle soporte y la guiaron detrás del cuidador de ojos verdes; aquel que siempre las había cuidado y las había alimentado. La llama se dejó llevar, cojeando.

-"No debí distraerme… yo llevaba las riendas…"

Tuski se colocó a su lado y gimió, en desacuerdo y en consuelo.

-"Es cierto. NO DEBISTE distraerte, maldito monstruo, casi lo arruinas todo" –masculló cerrando los puños y levantando el brazo, tragándose las ganas de darle un golpe.

Pero se contuvo.

Ya toda la gente se había retirado de allí.

-"Lo siento… –tragó saliva, Jigoku le había dado la espalda, no obstante, podía ver claramente cómo temblaba de ira. Éste agitó su látigo al aire, apenas rozándole las orejas, bufó y se alejó de la pista-… lo siento…" –murmuró para él y para Tsuki.

A la postre, el telón caía de una vez y el dolor se hacía nuevamente presente en la pobre y desdichada criatura.

Se dejó caer sentado, con suavidad, sobre el podium. Estaba confundido y aterrado, y esto le llevó a un pensamiento perturbador que no abandonaba su mente y le hacía palpitar el corazón con angustia y terror.

¿Y si toda su vida iba a ser así? Si toda su vida se resumía entre el estar atrapado como un simple objeto de diversión ante las masas humanas, ¿realmente se podía decir que su vida tenía sentido?

¿Y qué pasaría después? ¿Cuándo ya no sirva más para los propósitos de su demonio?

Docenas de millones de dudas le invadieron la mente, ninguna muy reconfortante y comenzó a pensar, que tal vez, él no quería seguir viviendo. No así.

Era difícil, era cruel y nadie lo comprendía. Se sentía muy solo, y sin embargo, sabía que en parte la culpa le correspondía.

Cuando una persona se acercaba demasiado, él huía. Porque si alguien se acerca demasiado puede conocer, y cuando se conoce algo se trata de mejorarlo; así eran los humanos. Lo cambiaban todo. E inclusive, lo destruían.

Esa sola idea le asustó mucho, muchísimo. Su vida quizás no tenía sentido, y si lo tenía, ¿qué pasaría con este cuando muriese? Una tristeza profunda se apoderaba de sus pequeños y vivaces ojos carmesí, por primera vez se había detenido, de verdad, a reflexionar sobre la realidad. Sobre su mundo.

¿De qué valía forjarse una actitud fría o una sonrisa cálida cuando al final todo eso quedaría tullido por la muerte? No, no… no quería pensar en ello, estaba asustado. Necesitaba de alguien, pero ya no tenía a nadie.

Y si consiguiese a alguien, sería muy peligroso. La confianza era algo espeluznante porque siempre venía acompañada de la traición. Si alguien se aproximaba demasiado, si alguien aprendía a leer su mirada y su corazón, entonces ya no habría escondite alguno para refugiarse de esa persona.

Porque todo lo sabría. Todo.

-"Todo… es una palabra muy grande…" –susurró tiritando.

Aquello implicaba depender de un ser y esa idea era demasiado arriesgada y podía causar un grave daño. Un tímido gemido se escuchó a su lado y bajó sus ojos carmesíes, entrelazando miradas con unos escurridizos ojos violáceos.

-"Y Nada… Nada también es una palabra muy grande, Yami…" –expresó relamiendo su hocico en una mueca graciosa.

Entrecerró los ojos y abrazó con fuerzas a la lupina blanca, logrando balancearla un poco hacia atrás por su peso. Cerró los ojos y ocultó su rostro entre el pelaje albo y puro, deseando hacer lo mismo con su ser entero.

Ahora sabía, que las Cajas de Pandora estaban hechas para retener todo lo que uno no podía soportar y que en algún momento, tendría que sufrir. Sólo eran un escondite temporal, porque toda caja tenía que abrirse en un momento.

Ya fuese por su propia mano, o por la mano de otros...

Continuará…

Ff . net:

Clumsykitty: ¿Me tomas el tiempo? ¿Lo mides o qué? A Rex lo tengo atado con un bozal –gruñido-, ¡shh! ¿El coraje? ¿Por qué dices eso? Este, mira, sobre lo bueno… ¡gracias por leer! ¡Saludos!

Amor Yaoi:

Momichilee: ¿Te emociona? Me alegra que te guste el fic. Y pues sí, es triste, ¿lágrimas? Pero no entiendo por qué te las sacó; aquí está el otro capítulo, y gracias por tu review. Jajaja, besos a ti también y suerte.

Fleir: Pues chao también y lamento decepcionarte, se ve que quieres mucho a Joey. Hey, no es justo, ¡no tengo chaleco anti-balas! Rex, ¡ayuda! Gracias por el comentario y cuídate mucho, recuerda decir No a la violencia.

Bueno, eso es todo y gracias a todos por su atención prestada.

Rex- ¡Nos vemos!

Ya saben, coman frutas, verduras… ¡y dulces!

Rex- ¿Dulces?

Hay que consentirse, ¡saludos!

Kida Luna & Rex.