Patas de Perro

By: Kida Luna

Cap. 8: Un ladrón distinto a los demás…

Dedicatoria: Para Glaring Ryu, que a pesar de que el tiempo pase y las circunstancias cambien, siempre habrá alguien que hará la diferencia en algún momento de tu vida. Así que, no olvides nunca sonreír, porque siempre habrá una persona esperando para ti.

Campaña: Di NO al plagio. Di SÍ a la libertad de expresión. Gracias. El valor de un escrito del corazón viene del mismo, he ahí lo doloroso de que te lo arranquen.

Las preguntas se dispararon una tras otra, pero bastó una sola mirada seria de esos ojos castaños para que todos guardaran silencio. Alguien dormitaba en sus brazos y el ladrón no estaba dispuesto a que pasara otro mal rato.

-"Ryou, tenemos que hablar. El resto de ustedes será mejor que se vayan de aquí."

Antes de que Marik, Malik y Joey respingarán por dicho comentario, el albino se fue escaleras arribas mientras Ryou les pedía amablemente que se retirasen, no sin antes prometerles contar todo los detalles en cuanto los viese.

-"¿Bakura?" –preguntó vacilante, asomándose a la habitación del aludido.

-"Adelante."

Asintió y entró en la habitación con cuidado de no hacer mucho ruido. Observó con atención al ladrón, quien recostaba sobre su abrigo manchado al pequeño patas de perro.

-"Bakura, ¿acaso tú…?"

-"No podía dejarlo ahí –susurró-. Se estaba muriendo."

-"Podría pescar un resfriado si se queda así –comentó para desviar la atención del mayor-, me encargaré de despertarlo y ayudarle a asearse, ¿por qué no preparas una cama improvisada para que pueda descansar? Lo necesita."

-"De acuerdo" –asintió.

El albino menor sujetó a la criatura con delicadeza, percibiendo el olor a tierra mezclada con sangre seca, y la piel fría y húmeda. Ryou estuvo a punto de dejar escapar un lamento, cuando el rostro serio de su oscuridad le advirtió no hacerlo.

Y él comprendió.

No estaban allí para sentir lástima del pequeño sino para ayudarlo. Se dirigió al baño que Bakura tenía en su cuarto y cerró la puerta detrás de ambos. Lo recostó sobre los azulejos blancos, todavía el abrigo blanco cubriendo su lacerado cuerpecillo.

Ryou abrió la llave de la tina, buscando una temperatura tibia, después empezó a revolver en el agua las esencias aromáticas de los shampoos que había allí dispuestos. Revolvió un poco con su mano el líquido cristalino, sintiendo la calidez y el vapor subir hasta su muñeca.

-"¿Quién eres?"

La débil y desorientada vocecilla captó su atención de inmediato. Se dirigió de nuevo hacia el niño y tomó asiento en el suelo, enfrente de él. Le sonrió lo mejor que pudo.

-"Me llamo Ryou, mi amigo te trajo aquí."

-"¿Por qué?"

-"No lo sé –negó con la cabeza-, pero Bakura siempre hace cosas que yo no entiendo."

La sonrisa del peliblanco se achicó mientras sus ojos parecían tornarse ligeramente tristes, como si la incomprensión estuviese aplastándolos poco a poco y no les importase. El dolor no importaba.

Sólo el deseo de obtener una respuesta.

-"¿Por qué?" –volvió a repetir, un poco más consciente.

-"Tal vez, él vio algo en ti."

Patas de perro tuvo ganas de lanzarse a risotadas, y se permitió echarse una ojeada a sí mismo. Estaba sucio, sangre enredando sus cabellos y su ropa, la cual estaba hecho jirones; sus patas, tanto delanteras como traseras, cubiertas de raspones.

Y el olor que despedía se le antojó insoportable. Lucía exactamente como un animal de la calle, y por primera vez, esa apreciación no le causó ira ni tristeza.

Indiferencia.

Si hubiera tenido a su madre, se habría preocupado por verse limpio para ella, porque sino de seguro sería regañado.

Indiferencia.

Si tuviera a Tsuki, probablemente lo habría bañado a lengüetazos, ladrándole apenas que su bonita cara no se podría apreciar si no se la lavaba bien.

Indiferencia.

Si tuviera a Duke Deblin a su lado, tal vez las risas burlonas de su compañero lo habrían hecho enojar tanto que habría acudido rápidamente a echarse un cubetazo de agua encima.

Indiferencia.

Porque al final, nadie estaba allí para decirle que se veía más terrible que nunca, pero que aún así era querido.

A pesar de ser un monstruo.

Ryou alargó una mano para darle una caricia en la cabeza, pensando en que le haría bien tratar de reconfortarlo. Apenas sus dedos rozaron los mechones rubios, una garra voló rápida contra su mano.

La muñeca fue retrocedida y sostenida con premura, mientras los ojos cafés observaban las garras negras, algo desgastadas y rotas, y también, filosas.

-"No lo hagas –murmuró-, no lo hagas, si no sabes por qué me tienes aquí."

El albino se levantó sin más, no sintiendo reproche alguno, y cerró el grifo. Se dio la vuelta y caminó hasta la puerta.

-"Puede que no sepa muchas cosas –susurró sin siquiera voltearlo a ver-, pero apuesto a que tampoco te has puesto a pensar en por qué Bakura te ha dejado usar su habitación."

Y cerró, quedando así Yami solo.

El pelirrojo se puso de pie, apoyándose en las paredes transparentes. Acarició con una mano su cuello, notando como el pañuelo rojo alrededor suyo se resbalaba al piso, totalmente maltratado y con algunos cortes.

Sus ojos amatistas se llenaron de preocupación y atrapó el pedazo de tela entre sus garras, olfateando con desesperación, intentando encontrar el perfume a manzanas que su madre desprendía.

Y en su lugar, halló el hedor de la sangre.

Yami reprimió un aullido lastimero, viendo su único objeto de valor roto. Se levantó despacio y lo dobló con sumo cuidado, poniéndolo al lado del abrigo en el que había sido envuelto.

Unas dudas después, decidió al fin ingresar en la tina, haciendo un mohín de disgusto al sentir todo su cuerpo reclamarle de dolor. Se recargó contra uno de los bordes y dejó el que al agua se llevase el color tinto que estaba pegado a sus patas.

Recordó las escenas de hace unos momentos atrás, una persona alta y de cabellos blancos, gritándole que lo sacaría de su infierno.

Yami sonrió, divertido.

Porque no podía huir. No importase a dónde fuese ni a cuántas facetas cambiase el lugar en el que se encontrara, la pena y la amargura jamás lo abandonarían. Adoraban estar con él.

Y el pequeño empezaba a pensar que no tenía más opción que aceptarlas en su vida.

Hundió su cabeza dentro del agua, sintiendo la presión del líquido rodearle, y después la sacó, percibiendo sus mechones caer pesadamente. Despejó su frente con sus dedos, sin prisa.

Volteó a ver a la puerta del baño.

-"Puede que no sepa muchas cosas, pero apuesto a que tampoco te has puesto a pensar en por qué Bakura te ha dejado usar su habitación."

-"Bakura."

Recordaba ese nombre, cómo olvidarlo si fue el mismo chico que le corrió a pedradas. Abrazó sus rodillas desnudas y gruñó, apretando sus dientes; sintiéndose humillado por recibir la caridad de alguien que de seguro le había tenido lástima.

Una que ya había descubierto en ese tal Ryou, también.

Viró la cabeza hacia el lado contrario y enfocó su vista en la ventanilla situada un poco más arriba suyo. El paisaje que reflejaba era oscuro, siendo iluminado brevemente por algunos relámpagos.

La lluvia, que casi podía considerar su eterna compañera, no había dejado de caer.

Sujetó una pieza de jabón entre sus patas, y haciendo espuma, se dedicó a intentar borrar todas esas manchas de muerte de su piel. Porque muy en el fondo sabía, que por más duro que lo intentase, jamás lograría hacerlas desaparecer de su corazón.

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-"¿Qué pretendes?"

La suave pregunta quedó en el aire, mientras la persona a quien iba dirigida se encontraba revolviendo mantas y frazadas. El emisor caminó hasta sentarse en el sofá enfrente del otro, y posó una mano en su hombro, deteniendo sus actos y obligándolo a cruzar miradas.

Ryou le sonrió con gentileza.

-"¿Qué pretendes, Bakura, con un ser tan roto y asustado?"

El aludido le miró fijamente unos segundos más, para después permitirse sentarse en el suelo, y así continuar su tarea de buscar una tela calentita.

-"Nada" –fue su respuesta.

-"Yo creo que él espera algo más que nada."

-"¿Perdón?" –inquirió, alzando una ceja.

-"Como lo escuchaste, si tu respuesta es esa –se puso de pie-, él no estará mucho tiempo aquí, entonces."

Siguió con la mirada a su hikari, hasta verlo entrar en la cocina para prender la cafetera y comenzar a preparar algo de chocolate caliente. Regresó su atención a su tarea de seguir eligiendo entre prenda y prenda.

El ladrón se preguntó, si esta vez había robado el objeto perfecto. O si todo había sido producto de sus frenéticos impulsos por arreglar una vieja herida.

Y por supuesto, también se cuestionaba, a quién pertenecía en realidad esa profunda cicatriz abierta…

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-"¡Joey!"

-"¡Jajaja! ¡A quién tenemos aquí! ¡Hola, pequeño Mokuba! ¡Ouch!" –se quejó un poco al sentir cómo el pelinegro le abrazaba de golpe.

-"Mokuba, procura que no se te peguen las pulgas."

De repente, la lluvia dejó mojarlo cuando vio una silueta alta posar un paraguas encima de ambos, con el más claro propósito de evitar que el niño en sus brazos se mojara.

-"Hola a ti también, Kaiba" –sacó la lengua.

-"Joey, ¿por qué estas en medio de la lluvia?"

-"Ah, ya sabes, un ladrón llegó a la casa de Ryou y me corrió a mí y a los dos psicópatas morenos. La misma historia de siempre" –rió, revolviendo los cabellos del chiquillo.

-"Anda, Mokuba, de seguro que el perro tiene huesos que roer."

-"¡Seto! No le digas así."

-"Jajaja, está bien Moki, ya estoy acostumbrado a los feroces ataques de tu hermano el ogro –levantó sus brazos y fingió que sus dedos eran garras-. Anda, haz caso y ve con el gruñón" –le empujó suavemente.

El rubio se pasó por la mano por la frente, quitando las gotas de lluvia que se habían acumulado en su flequillo.

-"Hey, Kaiba" –llamó antes de que ambos hermanos se retirasen.

-"Dime."

-"Cuando tengas tiempo –se dio media vuelta, sin dejar de observarlos-, deberías pasarte por casa de Ryou. Creo que hay algo que deberías ver tú también."

Antes de que el castaño hiciera alguna pregunta, Joey Wheeler alzó su mano mientras se volteaba por completo, en señal de despedida.

Metió las manos a los bolsillos de su pantalón y se alejó, con la lluvia encima de él. Y mientras cerraba los ojos, sonrió un poco, pensando en qué un poco de compañía le vendría bien a cualquiera.

Incluso a un extraño y perdido niño.

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Alguien tocó a la puerta, antes de que esta fuera abierta sutilmente. Ryou entró y depositó algo sobre la tapa del bote de ropa sucia, y respetando la intimidad del invitado en su casa, informó desde su posición:

-"Te he traído algo de ropa. Realmente fue algo difícil hallar un poco –rió nervioso-, pero menos mal que Yugi siempre olvida un algo de la suya cuando se queda a dormir."

Y con las mismas, se retiró en calma.

El híbrido aferró sus garritas a una toalla, hasta jalarla para salir de la tina, vaciar el agua y comenzar a secarse el cuerpo.

La quemazón y las picaduras pronto se hicieron palpitar con vida, sacándole uno que otro gruñido de incomodidad a cada roce indeseado que la toalla incitase en su pequeño cuerpo.

Enrollándola alrededor suyo, se acercó y tomó la ropa entre sus manos, olfateándola un poco. El nombre de Yugi y el olor en ellas se le antojaron vagamente familiares, pero no se molestó en profundizar en ello.

Ya habría tiempo para eso después.

Se vistió rápidamente y salió del baño, no sin antes agarrar el paliacate de su madre consigo.

Bajó las escaleras, estimulado por el olor dulce que provenía de abajo. Siguiendo a su nariz se asomó hacia la cocina, observando al peliblanco de antes moverse y servir algunas tazas.

Después volteó hacia la sala, donde aquel que le había traído a esa casa se encontraba, ocupado en organizar algo, por lo que parecía. Dio unos pasos, admirando lo alto del lugar y lo espacioso que era.

En comparación con su pequeña casita, era hermoso y desprendía un calor que espantaba el frío de la tormenta de afuera.

Sus patas sintieron el tapete verde que delineaba el área correspondiente a la sala, los hilillos muy pequeñísimos de terciopelo haciéndole cosquillas a sus 'piecitos'. Yami, fascinado ante la calidez y la suavidad de la alfombra, se permitió sentarse en sus cuatro patas sobre ella.

Sus ojos rojos fijos en Bakura, quien se hallaba dándole la espalda, sin notar aún su presencia.

-"¿Sabes? No deberías mirarlo tan feo, es malhumorado y enojón, pero es una buena persona."

Yami lanzó un gritito, volteando rápidamente a su derecha, donde Ryou se encontraba agachado a un lado mientras sostenía una taza de porcelana en cada mano.

-"¿Chocolate?" –le ofreció el envase más cercano a él.

El canito no dijo ni media palabra cuando el albino le acercó el objeto, obligándolo a tomarlo con sus patas delanteras. Ryou sonrió, levantándose y acercándose hacia su contraparte, quien se había dado cuenta de la presencia de ambos ante el inesperado aullido que el más bajo había lanzado.

Las pupilas escarlatas observaron la taza en sus manos, después se dirigieron hacia Ryou y Bakura, regresando por último al objeto que todavía estaba sosteniendo. Olió apenas su contenido, percibiendo el dulce aroma marear y tentar sus sentidos.

-"Pruébalo, te aseguro que te encantará –habló el albino menor-. A Bakura no le agrada el chocolate caliente –alzó los hombros, viendo al aludido levantarse del suelo-, pero él se lo pierde."

Ryou se sentó en el sofá, mirando a Bakura hacer lo mismo en el otro, mientras el híbrido no les quitaba los ojos de encima. Finalmente, el ladrón se atrevió a romper el silencio.

-"Estaba preparando un lugar para que puedas dormir."

Yami frunció el entrecejo.

-"No lo necesito."

-"No te pregunte si lo necesitabas, tan sólo dije que lo estoy haciendo."

El pelirrojo mordió sus labios, mostrando dos pequeños colmillos en la comisura de estos, en un intento por no soltarle gritos al que lo había salvado de aquel circo. Aunque aún no estaba seguro de si ahora estaría mejor allí.

-"No lo necesito" –volvió a repetir.

Bajó la vista hacia la taza humeante en sus manos y tomó un sorbo, saboreando la exquisitez del chocolate y sintiendo cómo su estómago se llenaba de un placentero calor. Se relamió la boca, volteando hacia el otro lado para contemplar a Ryou.

-"De nada" –respondió éste, entendiendo el mensaje que el cachorro no había podido expresar en palabras.

En ese momento Bakura se levantó de su asiento, caminando hacia él. La criatura tuvo el impulso de retroceder ante su cercanía, pero una mano del peliblanco lo sujetó del brazo mientras la otra le quitaba su chocolate, dejándolo sobre la alfombra.

Después, él tomó el paliacate desgastado que Yami conservaba a un lado suyo.

-"¿Qué es esto?"

-"¡Dámelo!" –gruñó, intentando arrebatárselo.

Bakura se puso de pie, ignorando los gruñidos y saltos del más pequeño por recuperar el trapito rojo. Entonces, el ladrón se retiró hacia un armario, sacando una cajita negra y apartando la tapa.

Yami caminó hasta quedar junto al sofá en donde Ryou estaba, sintiéndose un poco más tranquilo al lado del albino amigable, quien tan sólo le sonrió.

El ladrón regresó para sentarse en el sillón enfrente de ambos y comenzó a remover algunas cosas dentro de la caja, hasta sacar un pedazo de algodón, una aguja y una hilera roja.

Ryou acarició los cabellos del híbrido, olvidándose del incidente anterior y concibiendo un poco más de confianza para realizar aquel acto.

-"No lo parece, ¿verdad? –le susurró bajito, captando su atención- Bakura es una persona fría y difícil, aún yo todavía no consigo entenderlo del todo. Pero es muy bueno arreglando cosas rotas, a veces, él simplemente sabe qué hilos jalar."

Yami le observó con su carita en alto, para poder apreciar los ojos cafés y amables de su interlocutor. Luego, dirigió la mirada hacia el otro albino, quien aproximaba la prenda sucia a su boca y cortaba algún hilo que había trazado con sus dientes.

Y entonces, el ladrón volvía a coser y a coser, haciendo y deshaciendo, su mirada seria y sus manos firmes agitándose una y otra vez.

Ryou soltó unas risitas, provocando que el niño voltease a verlo, confundido.

-"Aunque parezca perdido, sé que puede darte un poco de luz, si se lo permites –le murmuró con simpatía-. Yo tengo que soportarlo día a día –volvió a reír-, pero me hace feliz. Ese ladrón que ves allá…"

Le señaló con el dedo y el pelirrojo le siguió con la mirada.

-"…es diferente al resto. ¿Y sabes por qué?"

Yami negó.

-"Porque él sabe curar cuando nadie más puede hacerlo. Eso lo hace único y delicado de comprender, pero si te fijas bien –cerró sus ojos-, si te fijas bien, te darás cuenta que está poniendo todo su esfuerzo para no hacerte sentir solo."

El cánido le estudió con atención, persiguiendo cada movimiento de sus dedos con la mirada y contemplando la expresión decidida en aquel rostro que lo había sacado de aquella jaula rota, siendo vapuleada por la lluvia y el congelante viento.

Y tampoco pasó desapercibido, ante sus ojos, la dedicación que estaba siendo puesta en su paliacate.

Avistó de reojo la tacita de porcelana, humeante, que había dejado en la alfombra. Y aunque no lo hizo, Yami tuvo ganas de sonreír.

Porque en aquel lugar, había alguien que le escuchaba y le decía cosas tiernas y amables. Y también, alguien que intentaba, a su extraña y ruda manera, componer un poco de lo malo que había acaecido en su vida.

Así que, por unos breves momentos, se permitió estar tranquilo.

Dejando a Bakura el ladrón, distinto al resto de los ladrones, coser el recuerdo de su madre. Un recuerdo que podría tener el olor a manzanas de ella, y de igual manera, la esencia de un extraño pidiéndole que le diese la mano.

Y tal vez, ahora que lo pensaba, no sería tan malo si él aceptase ese simple gesto. Después de todo, las cosas simples solían ser las más valiosas, ¿no es así?

Continuará…

Ains, lo admito, he tardado demasiado pero ya pienso retomar esta historia. Acabo de terminar de re-editar los capítulos anteriores, sólo un chequeo de errores ortográficos.

Rex- Espero que haya sido de su agrado este capítulo, Luna promete ser más regular para actualizar :)

Disculpas y muchos saludos a todas aquellas personitas que se pasan y se dan el tiempo de leer esto.

Rex- Ryu, no sabemos si sigues leyendo pero, este regalo sigue siendo tuyo y trataremos de terminarlo :)

¡Saludos a todos y nos estamos viendo!

Kida Luna & Rex.