Patas de Perro

By: Kida Luna

Cap. 10: Dale vuelta a la hoja, y sonríe…

Dedicatoria: A Glaring Ryu, porque no importa qué tan malo sea lo que alguna vez te haya hecho daño. No olvides que has seguido adelante y que has recorrido bastante, y si en algún momento sientes que puedes fallar, no te preocupes. Yo como tu amiga, te digo que no hay nada que tú no puedas arreglar.

Campaña: Di NO al plagio. Di SÍ a la libertad de expresión. Gracias. El valor de un escrito del corazón viene del mismo, he ahí lo doloroso de que te lo arranquen.

Los días y las noches pasaban uno tras otro como las hojas del calendario cambiaban de página siempre, con parsimonia y sin prisa. De un gusto primoroso y hasta vagamente familiar.

Familiar, en el sentido de que sientes que cada pieza encaja en el rompecabezas. En un punto donde, tú eres ese rompecabezas.

-"¿Alguna vez habías ido a pescar?"

La voz gentil y hasta graciosa del rubio al lado suyo logró que fijara su vista en él, quien arrojaba el hilo de su caña de pescar al agua, esperando ansiosamente a que algo pasara.

-"Ya sabes, tiras esto al agua, una carnada al final, y entonces… -hizo el objeto hacia atrás, dándole vueltas rápidamente al carrete-… ¡atrapas al pez, jajaja!"

Y el susodicho animal saltó en el aire, con la boca puesta en el supuesto señuelo que el rubio había colocado al final de su caña. Lo vio reír de buena gana, mientras depositaba a la criatura marina en una cubeta detrás de ambos, sobre el bote en el que se mecían.

Yami se asomó la orilla, viendo su propio reflejo ondulante y atreviéndose a tocar con la punta de sus felpudos dedos el agua, hasta hacer a su otro yo desaparecer con tan ligero toque.

-"Oye, cachorro, ¿quieres intentarlo? ¡Es divertido! Cuando atrapas algo, claro –se rascó la cabeza-, ¡pero ese no es el punto! Anda, trata, es muy sencillo" –le dio un codazo, a modo de motivación.

El pelirrojo asintió, arrojando el hilo de su caña al agua, sin tanta emoción como el de su compañero. Pero disfrutó de la fresca brisa y del tranquilizante movimiento que las olas le otorgaban a su cuerpo.

Así que sonrió.

-"¿Ves? ¿A poco no es agradable?" –le oyó susurrar con una sonrisa en sus labios, también.

-"Aún no entiendo –habló al fin- por qué hacemos esto…"

-"Pues para comer, ¡obvio! –rió fuertemente- Anda viejo, apuesto a que Bakura y Ryou agradecerán mucho esos pescados para la cena" –le guiñó un ojo.

Patas de perro volvió a asentir, no sabiendo qué más hacer con exactitud, mas estuvo de acuerdo con el rubio en que sería un bonito regalo. Después de todo, los albinos habían hecho mucho ya por él, y en cambio, Yami no había podido retribuirles casi nada.

Así que esa mañana la pasó junto al bueno de Joey Wheeler, quien no paraba de reír y contarle bromas y chistes, anécdotas graciosas que contagiaban fácilmente al canino de su buen humor.

Fue allí cuando el pequeño descubrió una nueva clase de persona diferente a todas las que había conocido antes. Supo que Joey podía ser un chico muy impulsivo y bocón, pero que tenía grandes esperanzas y una bonita sonrisa.

Y por supuesto, toda gran sonrisa, venía acompañada de un gran corazón.

A pesar de que gente como el rubio fuera propensa a cometer errores por su imprudencia, Yami se dio cuenta de que sólo lo hacían para defender a otros. Porque proteger lo que más querían, era su felicidad.

Definitivamente, su sola presencia desprendía una bondad bonachona que te alzaba los ánimos y te hacía reír. Quizás no entendiera el por qué, o él cómo lo hacía, o el cómo es que era tan alegre; pero estando a su lado una parte suya comprendía que su compañero no veía más allá del presente, y se esmeraba en gozar cada momento de este mismo.

Fue por eso que, ese día de pesca junto a Joey Wheeler, él se preguntó si alguna vez podría llegar a demostrar tanto cariño por alguien. Y también, qué tan bonito se sentiría tener a quien defender, aunque fuese por una vez en su vida, sólo por el gusto de hacerlo.

Porque es importante para ti. Por el simple hecho de que, te hace feliz.

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-"¡Vamos, vamos! ¡Seto, apresúrate! ¡Yami quiere un helado!"

-"¿Yami, o tú Mokuba?" –alzó la ceja, divertido.

-"¡Cuál es la diferencia! –exclamó entre risas- ¡Vamos, apúrate!"

La manga de su playera blanca fue jalada sin avisarle, por lo que casi tropieza al tratar de seguir los pasos de la persona que lo tenía aprisionado de la muñeca.

No era le primera vez que era jaloneado de esta forma.

Sin embargo, sí era la primera vez que lo hacían de manera simpática y cariñosa. Por lo general, este gesto siempre lo había asociado con golpes, gritos o ya fuesen latigazos.

Pero cuando poco a poco Mokuba Kaiba lo acostumbró a su cercanía y a sus repentinos achaques de emoción, patas de perro se dio cuenta que algo tan tenebroso como tomarte de la mano por sorpresa, podía llegar a convertirse en algo muy acogedor.

Sobre todo en estos momentos, cuando el pelinegro le soltaba para entregarle un cono de helado de chocolate.

-"¿Y? ¡Tienes que probarlo, Yami! ¡Así! –lamió el postre, dándole el ejemplo- ¿Ves? ¡Anda, pruébalo!"

-"Creo que él sabe perfectamente cómo comer un helado, Mokuba. No lo presiones o harás que se harte de ti" –comentó entretenido el castaño, mordiendo la punta de su helado de vainilla.

Y nuevamente, un pequeño pleito entre menor y mayor inició, uno que terminaba con Mokuba riendo y manoteando para que el otro parase de revolver sus cabellos.

Seto Kaiba volvió a mostrar aquella sonrisa, esa sonrisa de satisfacción y orgullo. Esa que, había visto tantas veces en su padre y en Jigoku, pero que sin embargo, en el ojiazul tenía un toque pícaro.

Inofensivo.

A Yami no le asustaba. Por esto se halló a sí mismo interrogándose el por qué de esa seguridad al contemplar algo que debería ser malo, a pesar de que por más que buscaba, no podía topar con malicia alguna.

-"Entonces, Yami, ¿te gustaría comprar un par de galletas para nuestros helados?" –sugirió, con su rostro siempre serio pero amigable.

-"Supongo –ladeó la cabeza-, ¿puedo elegirlas?" –preguntó con inocencia, siguiendo a los dos hermanos.

Mokuba le sonrió, extendiéndole una mano que el híbrido aceptó sin pensar. Tal vez, en algún día no muy lejano, él podría brindarle igual su mano a otra persona.

Para ayudarle a caminar.

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-"Repítemelo de nuevo, ¿por qué el canino y yo tenemos que venir a cumplir tus caprichos?"

-"Por centésima vez, Marik, NO SON mis caprichos –frunció los labios en disgusto-. Además, Yami también quería venir al parque, ¿verdad que sí?"

El pelirrojo alzó la vista hacia el moreno, no pudiendo hacer más que asentir ante la amable sonrisa que le estaba dando. El otro moreno bufó.

-"¡Deja de manipularlo! ¡Debimos a ver ido a las luchas! ¿Porque tú prefieres las luchas, no cachorrito?"

La pesada mano de Marik se posó sobre los cabellos tricolores del pequeño, revolviéndolos mientras este mecía frenéticamente sus patas delanteras, tratando de hacer que parase.

-"¡Lo lastimas!"

-"¿Qué? ¡No es cierto! ¡OUCH, MALIK!" –se quejó ante el manotazo recibido.

Antes de que el híbrido pudiera reaccionar, sintió como era alzado rápidamente en el aire, y a miedo de llegar a tener un contacto indeseado con la tierra, se aferró en un abrazo a la persona que le sostenía.

-"Tranquilo, no dejaré que el abusivo de Marik te ponga un solo dedo encima."

Las palabras fueron cariñosas, compartidas con una mezcla de diversión y broma, pero el cariño impreso en ellas era tan palpable como las suaves manos que lo cargaban.

Yami miró hacia el piso, sonriendo. La última vez que alguien lo había abrazado así, fue cuando su madre estaba con vida. Sólo ella lo había hecho.

Ignorante a los reclamos de Marik y a las risas de su hikari, el pelirrojo sintió sus ojos arder y se vio en la necesidad de hacer viajar una de sus patas a su rostro, limpiando una solitaria lágrima.

Y por primera vez, patas de perro supo que la tristeza no había sido la culpable de crear algo tan bello y pequeño.

Empezó a llorar y a reír, porque estaba contento. Y en ese estado, abrazó lo más fuerte que pudo al moreno, dejando que su llanto se mezclara con la felicidad que bailoteaba dentro de su corazón.

Esa que creyó haber perdido hace tanto… y que jamás podría recuperar…

-"¿Está bien?"

-"Sí, yo creo que está muy bien Marik –acarició su cabeza para confortarlo-. Yo creo que este niño está muy bien…"

La mirada rojiza se alzó, encontrándose con los ojos lavanda entrecerrados del moreno más bajo, viéndole con la dulzura con que un padre contempla a su pequeño hijo.

Y Yami le sonrió.

-"Gracias…"

Fue una simple palabra. Pero para ambos egipcios, fue lo más bonito que pudieron haber deseado recibir de patas de perro, después de haberse portado tan mal con él.

Malik nunca pensó que una sola palabra, fuese capaz de sacarle una lágrima también…

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Se paró de puntas y estiró el brazo lo más que pudo, poniendo todo su esfuerzo para regresar la estatuilla del dragón chino en su estante. Y cuando el objeto tocó la punta de la superficie de madera, se resbaló de sus patas…

¡CRASH!

-"¡¿Qué fue eso?!"

La voz de alguien gritando se oyó a lo lejos hasta que una silueta apareció en la sala, observando la figura hecha pedazos en la alfombra y al híbrido quieto, tal y como si el dragón nunca hubiese escapado de sus manos.

Yugi abrió la boca para decir algo, y en ese mismo instante las pupilas de Yami se abrieron con un profundo terror visible en ellos. Se echó para atrás velozmente, y cubrió su cabeza, temblando.

Un acto reflejo.

Esperó. Esperó por lo que le parecieron eternos segundos pero ningún golpe vino, y en cambio, percibió el cálido abrazo de una persona.

Sin embargo, su cuerpo entero no dejó de ser sacudido por el miedo.

-"¿Yami? Todo está bien –murmuró de forma tranquilizadora-, vamos a recoger los pedazos para que no te cortes, ¿de acuerdo?"

El pelirrojo negó fuertemente con la cabeza, sosteniéndose esta misma todavía. Separó apenas sus labios, para decir algo que Yugi entendió como: "Lo hice mal."

Las palabras se grabaron en la mente del otro pequeño, preguntándose qué tenía que ver eso con un sencillo error que cualquier era capaz de cometer. Dejó salir un suspiro, no entendiendo la reacción del canino, y poniéndose de pie, le ayudó a levantarse también.

-"Eso –señaló al suelo-, fue sólo un accidente, sé que no era tu intención, ¿cierto? –patas de perro asintió, apenado- Bien, ahora ayúdame a limpiar, ¿quieres?"

Una escoba le fue pasada, la cual sujetó entre sus patas, aún algo confundido. Bajó la vista para ver cómo su compañero recogía con un poco de papel periódico los trozos más grandes.

Entonces, Yugi Mutou le hizo una seña, para que barriera mientras él sostenía el recogedor. De esa manera, entre tímidas sonrisas y palabras de motivación, patas de perro comenzó a alejar de sí los malos pensamientos.

Y al ver a su nuevo amigo retirarse a botar los restos del dragón, respiró más aliviado y se dejó caer sobre la alfombra. Allí, sentado en el suelo, él sonrió.

Pasó su pata derecha sobre la izquierda, recordando todos y cada uno de los golpes que siempre había recibido al hacer algo mal o de forma incorrecta. Creyendo siempre, que el castigo era lo único que le esperaría sino obraba a la perfección.

Porque de esa manera fue cómo el pequeño aprendió a dar lo mejor de sí. Por miedo. El pánico de ser envuelto por los gritos y el látigo negro y punzante, que acompañaba a Jigoku en cada momento.

E inclusive, los azotes que su padre había alcanzado a propinarle.

Sopló sobre sus patitas, frotándose la una contra la otra. De pronto, Yugi apareció en la sala y se agachó enfrente suyo, extendiéndole una galleta.

-"La comida aún no está lista –rió avergonzado-, pero puedes comer una galleta por mientras, ¿vale?"

Y antes de que patas de perro pudiese responder, se encontró solo, masticando aquel diminuto trozo de dulce y de bondad. Se relamió las migajas que habían quedado en sus labios, sin prisa.

Después, comprendiendo que Yugi Mutou era una persona confiable y buena, se dirigió a la cocina también. Dispuesto a ayudar, queriendo esforzarse mucho en hacer un buen trabajo.

No porque estuviera asustado. Sino porque esta vez, realmente quería hacer feliz a alguien más.

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-"¿Bakura?"

-"¿Um?"

-"¿Podemos comprar dulces?"

-"No."

-"¿Por qué no?"

-"Porque te van a salir caries."

Patas de perro lanzó un bufido, metiendo sus 'manitos' en los bolsillos de su pantalón mientras caminaba al lado del ladrón, quien se mantenía jalando un carrito de compras.

Tanto él como el peliblanco se habían ido, a petición de Ryou más que nada, a conseguir las cosas que hacían falta en la casa. La mayoría de las personas les observaba con extrañeza –y hasta algo de estupefacción-, miradas que a esas alturas Yami ya ni se daba molestias de prestar atención.

Y Bakura, mucho menos.

-"¿Qué sigue en la lista?" –preguntó curioso.

-"Um… pan. ¿Vas por el pan mientras yo voy por la mantequilla?"

-"¿Pan? ¡Entendido!"

Los ojos marrones le miraron con diversión hasta verlo desparecer tras los altos estantes de aquel lugar. Pasó una mano por sus cabellos blancos y dibujó una ligera sonrisa, dirigiéndose hacia el pasillo donde las mantequillas estaban.

La encargada de envolver el pan hizo lo suyo, pegando la etiqueta del precio en la bolsa para después entregársela a Yami. Al verlo, parpadeó un poco extrañada, segura de haberlo visto antes en otro lugar, pero no recordando dónde.

-"Gracias."

Tomando el paquete, el pelirrojo le sonrió, provocando una sonrisa por parte de la mujer mayor. Trotó a través del final cada de pasillo, intentando ubicar al albino.

-"Detrás de ti –le golpeó la cabeza cariñosamente-, ¿listo para irnos a casa?"

-"¿Por qué me pegas? –refunfuñó, acariciándose sus mechones- Yo no te he hecho nada."

-"¿Disculpa? –rió divertido- Vamos niño, antes de que Ryou se ponga histérico porque tardamos tanto."

El pequeño no pudo replicar nada porque casi de inmediato, una mano se aferró a la suya, guiándolo hasta la caja registradora, y por consecuente, fuera del centro comercial.

Habían doblado siquiera unas cuantas cuadra cuando el peliblanco le quitó la bolsa de pan y depositó otra en sus manos. Yami le miró extrañado, preguntándose el por qué de aquella acción.

-"Ábrela" –fue lo único que dijo, sin desviar la vista del frente.

El híbrido hizo lo dicho y metió una de sus patitas en el interior, sacando una envoltura transparente rellena de varias cositas suaves de colores. Sin poder evitarlo, emitió una especie de aullido de emoción, volteando a ver al mayor.

-"Pero si Ryou me regaña, ¡me desquitaré contigo!" –bufó, tratando de parecer molesto.

-"¡Gracias!"

El tricolor exclamó efusivamente y sin pensarlo siquiera, abrazó a Bakura de la cintura. El ladrón casi deja caer las bolsas de compras al suelo del susto; no sintiéndose lo suficiente malo para apartarlo de su lado, se permitió ser vencido para poder acariciar su cabecita con ternura.

Y sonrió, viendo a patas de perro ser feliz.

-"Oye –susurró bajito-, ¿no le dirás nada al malvado de mi hikari, verdad?"

-"Mmhp" –negó, alzando la mirada.

-"Bien –agregó separándolo con suavidad y volviendo a tomar su mano-, vamos a casa, entonces."

El niño asintió, abriendo el paquete de golosinas y poniendo una en su boca. Y mientras masticaba, averiguó que era el sabor más dulce que en su vida había probado.

Quizás, porque había sido un regalo. Un regalo que llevaría a su nuevo hogar, porque sí tenía uno, después de todo.

Un hogar y una familia que esperaban por él…

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¡SLAP!

¡GROAR! ¡GROAR! ¡GROAR!

¡SLAP!

-"¡Silencio!"

El latigazo volvió a rozar el aire, en un ruido ensordecedor, mientras los rugidos y los gruñidos desaparecían en el acto.

Caminó con sus botas aplastando la arena bajo sus pies, su arma elástica en una mano y su cara con una mueca de arrogancia y satisfacción. Entonces, detuvo sus pasos enfrente de aquel chico que insistía en defender al lastimero caballo negro.

-"Me imagino –habló alto-, me imagino que todos ustedes ya saben qué es lo que va a pasar."

Los perros soltaron un aullido breve, arrinconándose contra la esquina de su jaula más lejana al dueño del circo. La pantera abrió la boca, dejando salir un maullido amenazador.

Miles de pares de ojos, de todos los colores, formas y tamaños le observaron. Pánico, miedo, odio, resentimiento, duda y abandono en cada uno de ellos; no obstante, para el señor de los ojos pardos eso no tenía significado alguno en su vida.

Nada que no tuviera el signo del dinero impreso, lo tenía.

-"Y tú –agarró del brazo al cuidador y lo aventó al suelo, a un lado, dirigiéndose al enorme animal que había estado protegiendo-, serás el primero."

Se relamió los labios, apretando las riendas que colgaban del hocico de Kuroki entre sus dedos, jalándolo hacia delante, incitando relinchos de dolor y de renuencia.

Duke Deblin alargó una mano, todavía desde el suelo, dispuesto a interponerse cuando un ruido en la oscuridad llamó la atención de todos.

Empezó como un leve siseo al tiempo que el sonido de pisadas lentas hacían eco en el oscuro sitio. Después, un gruñido de odio empezó a alzar el volumen hasta hacerse escuchar por todos los allí reunidos.

Los ojos grandes y verdes del caballo viajaron del otro lado, donde las sombras lo cubrían todo y de donde los sonidos provenían.

-"Ya viene…"

La pantera en su jaula asomó la cabeza por los huecos que dejaban los barrotes, y enfocando su vista, un chillido de asombro y horror salió de su garganta, alborotando al resto de los animales.

Jigoku soltó al caballo, dando media vuelta y estudiando la oscuridad, tratando de averiguar qué era aquello que estaba parado al frente suyo. Y que en ningún momento, le había quitado la vista de encima.

Los ojos, ocultos por el velo negro, centellearon una vez más.

En el momento en que el dueño del circo vio su figura reflejada en esas pupilas, notando el color blanco que la mandíbula al abrirse dejaba relucir, la sombra empezó a moverse y él buscó rápidamente su látigo.

¡THUMP!

La fusta cayó pesadamente, desplomándose sobre la arena al tiempo que un grito espeluznante ensordecía el circo y la sangre se esparcía por el aire…

-"Ya viene… el fin…"

-"¡KUROKI!"

Continuará…

Uff, bueno, espero haberlo dejado interesante. Gracias por tomarse la molestia de leer y que tengan un bonito año 2009 :)

¡Saludos!

Kida Luna.