Patas de Perro
By: Kida Luna
Cap. 11: Haz la diferencia que hace falta…
Dedicatoria: Para la gran ex-guitarrista Glaring Ryu, para que te des cuenta de que basta un sólo ápice de valentía y de esperanza, porque eso es más que suficiente para convertir tus más profundos sueños en una hermosa melodía que encantara tu realidad.
Campaña: Di NO al plagio. Di SÍ a la libertad de expresión. Gracias. El valor de un escrito del corazón viene del mismo, he ahí lo doloroso de que te lo arranquen.
¡THUMP!
La fusta cayó pesadamente, desplomándose sobre la arena al tiempo que un grito espeluznante ensordecía el circo y la sangre se esparcía por el aire…
-"Ya viene… el fin…"
-"¡KUROKI!"
¡MMMHPPPMM!
El caballo relinchó fuertemente, corriendo al lado de Duke mientras Jigoku caía fuertemente en las areniscas. Sus manos blancas apoyadas en las fauces llenas de colmillos que ya habían rasgado la piel de su brazo y amenazaban con intentar hacer lo mismo con su cuello.
Los ojos del animal violentos y sacudidos por una insaciable sed de destrucción.
¡DING!
Las patas traseras dieron un golpe contra las jaulas, reventando los candados y haciendo que las puertas se abriesen. El mismo movimiento fue hecho una y otra vez, los cascos pateando el duro metal y los animales empezando a salir, rodeando la pista en la que tantas veces habían hecho su debut.
-"Pensé…"
-"Está aquí" –interrumpió a la pantera.
Pisadas se escucharon por todo el circo y de repente, el ruido característico de los reflectores retumbó, antes de enfocar al peliplateado y a su misterioso agresor.
-"¡Tú!"
Le apartó de un empujón, mandándole contra el suelo y aprovechando la ocasión para alejarse de aquella criatura. Dio unos pasos hacia atrás, hasta que la risa de las hienas le hicieron detenerse, congelado en su sitio.
-"Mira, mira, ¡míralo morirse de miedo!"
-"¿Qué se siente ser el espectáculo de esta noche?"
-"Yo no quiero un espectáculo –se relamió el hocico-, quiero comer…"
-"¡CÁLLENSE!" –gritó al borde del pánico.
Las risas de las hienas volvieron a inundar todos sus sentidos, amenazando con volverlo loco. Quiso recuperar su látigo cuando el abrir y cerrar de los colmillos de una cobra lo espantaron, haciéndolo caer a la arena.
La cola reptante envolvió el arma al tiempo que la lengua bífida salía una y otra vez, su cabeza izándose con elegancia. Los ojos rojos y pequeños observándole fieramente.
-"Ha sido un largo tiempo…"
Un suave y terrible aullido captó su atención, obligándolo a fijar sus pupilas esmeraldas en aquellas que no dejaban de observarlo con dura recriminación. Finalmente, la luz artificial iluminó el pelaje blanco de la criatura que había estado oculta entre las sombras.
Y sus ojos, esos ojos violáceos que no paraban de agitarse en auténtica furia.
-"Un poco más, y realmente hubiera sido demasiado tarde" –rió el pelinegro, colocándose de pie y recuperando la fusta del cuerpo de la cobra.
-"¿Qué estás diciendo?" –inquirió Jigoku en voz baja, levantándose ante la atenta mirada de la otra criatura.
-"Digo que, ya es hora de que tú seas quien se vaya."
El dueño del circo apretó los puños con furia y se arrojó contra Duke, dispuesto a molerlo a palos cuando un dolor punzante en su pierna izquierda lo hizo caer de bruces al suelo.
Como si fuese una trampa de osos cerrando sus dos bocas puntiagudas y metálicas ante el más mínimo contacto.
¡GRROOAAARRR! ¡GRROOAAARRR! ¡GRROOAAARRR!
-"¡¡DÉJENME EN PAZ!!"
Al sólo sentir el arañazo de los tres pares de patas que salían de la jaula detrás suyo, en un intento por sujetarle mientras sus rugidos salían imperiosos, Jigoku gritó con espanto y se paró de golpe. Alejándose velozmente de la jaula de los leones.
Aquellos que se suponían, se habían deshecho de la criatura que ahora estaba sobre sus cuatro patas, enfrente suyo con la cabeza al frente y el cuello recto.
Las orejas hacia atrás mientras las pupilas violetas relampagueaban de ira.
-"No… ¡yo te vi! ¡Yo te vi cuando ellos te estaban devorando!" –señaló frenético hacia los felinos enjaulados, quienes rugieron una vez más.
-"Te equivocas –llamó su atención pelinegro-, tú sólo viste un montón de carne fresca y pedazos de pelaje blanco tirados en el suelo, alrededor de tus fieras."
-"¡Y tú le disparaste!" –su dedo pasó a señalar al cuidador.
-"Sí, esa noche yo disparé, pero no para matarla, sino para salvarla…"
¡GRUAR!
¡BANG!
Un relámpago alumbró el lugar al tiempo que una silueta movía el cerrojo y se abría paso entre los asustados y confundidos felinos. Las manos trabajaron ávidas, vaciando el contenido de una enorme bolsa que sus dedos habían estado sosteniendo.
El sonido pegajoso de carne cruda cayendo contra el suelo atrajo de inmediato el olfato de los leones, obligándolos a lanzarse al piso para devorarlo a grotescas masticadas.
"Resiste…"
La criatura blanca alzó apenas la cabeza, contemplando con la restante chispa de vida que le quedaba a la persona que empezaba a arrastrar su cuerpo por la pista, en un intento por sacarla de allí. Los sonidos, los colores, las formas, pronto todo empezó a mezclarse sin tener sentido alguno.
Y finalmente, la oscuridad la cubrió por completo, justo en el momento en que el suave tintineo de un candado volvía a cerrarse.
-"Imposible, tú dijiste que… "
"Tranquila, si permaneces en silencio, tal vez podamos hacer algo…"
Cerró la puerta de roble rojo lo más rápido que sus temblorosas manos le permitieron. Con un suspiro para infundirse valor por lo que estaba a punto de hacer, caminó de regreso y se detuvo justo enfrente de la jaula de los leones.
Cargó una bala más en el arma y disparó, a ningún lado en especial.
El disparó le zumbó en sus oídos y sostuvo entre sus manos, con una desgarradora fuerza, al dragón de fierro que había disparado momentos atrás. Dos bolas de fuego sin licencia a matar.
"Yo…"
-"Yo –interrumpió los recuerdos de su patrón-, yo nunca dije haberla matado…"
¡GRUAR!
-"¡Atrás!"
-"¡Quien ríe ahora!"
-"¡Yo digo que le hagamos lo mismo que nos hizo a nosotros!"
Las risas de las hienas detrás suyo, la pantera agazapada encima de su jaula, los perros gruñendo, los leones rugiendo, el tigre abalanzándose contra él.
Jigoku retrocedió, eludiendo por mera suerte la mordida venenosa de la cobra. Las fuertes pisoteadas de los pequeños elefantes así como sus gemidos inundaron todo el lugar mientras el peliplateado se cubría el rostro con sus brazos y gateaba para evitar ser aplastado.
-"¡DUKE!"
Gritó. El pelinegro no hizo nada, y antes de que pudiera siquiera volver a llamarlo, un relincho incitó a que fijara su vista hacia atrás, soltando un aullido de dolor al sentir dos sólidos cascos golpear con fuerza sus piernas.
Los huesos crujieron un poco. El dolor se despertaba empezando a viajar por cada una de las venas de su cuerpo en una danza terriblemente asfixiante.
-"¡HAZ QUE SE DETENGAN!"
Los cascos fueron alzados de nuevo, los ojos verdes y grandes del caballo negro le observaron con el ceño fruncido, dejando caer su peso otra vez. La arena se levantó, echa polvo en el aire al sentir las poderosas patas hundirse en la misma.
El dueño del circo se sostenía la pierna derecha, replegando sus pasos mientras todas las criaturas empezaban a juntarse delante de sus ojos, acercándose a pasos lentos y llenos de un silencio infernal.
Duke Deblin le sonrió con pena, sus pupilas verdes brillaron de tristeza mientras doblaba la fusta entre sus manos, la cual se quebró en dos con un chasquido.
-"¡¿Qué estás haciendo?!" –su voz salió inestable y ahogada en horror.
El pelinegro se agachó, la sonrisa de melancolía todavía adornando sus facciones. Separó sus labios dejando a su corazón decepcionado hablar por él y por todos los sueños que por mucho tiempo, Jigoku había destruido una y otra vez a su antojo.
-"Intento hacer que nuestras esperanzas no sean rotas sólo porque tú quieres que así sea. ¿Acaso no lo ves? Yo llegué aquí con un sueño… -sus párpados se cerraron con pesar y su respiración casi se desvaneció por completo-… y cuanto te vi, te admiré tanto que pensé: Yo quiero ser como él, quiero poner en los rostros de la gente una sonrisa y ser uno con el circo. Quiero traer felicidad a sus corazones…"
Una lágrima resbaló de su mejilla, rompiéndose en mil destellos en el instante en que su pureza tocó el suelo que tantas veces había sido manchado de sangre y de odio.
-"¿Y sabes –rió tristemente-, sabes cómo me sentí cuando descubrí que este lugar con todas sus falsas promesas no era más que una mentira bien montada?"
El silencio gutural se instaló en el circo, nadie dijo nada, nadie soltó ningún gruñido o aullido. Los corazones se quedaron quietos, como en un acuerdo donde las palabras quedaban sobrando.
Y en el aire, y en los ojos, y en el alma, sólo una cosa permanecía latente: La esperanza.
-"Destrozó los esfuerzos que había hecho al venir desde tan lejos. Y no sólo fui yo, fueron Yami y todas estas criaturas a las que usted les arrebató su vida; pero el día de hoy, el día de hoy… –repitió lentamente, poniéndose de pie y colocándose enfrente de los animales del circo-… nosotros haremos la diferencia."
Una sombra salió detrás del pelinegro, dando cada paso adelante con suma elegancia y majestuosidad que impregnaban el ambiente como si todo lo demás excepto ambos, estuviera fuera de lugar.
Las patas delgadas y blancas, con unos cuantos retazos de venda que recién ahora distinguía, seguidas por el pecho que subía y bajaba rítmicamente; y por último, las mandíbulas ligeramente separadas, mandando al aire el vaho de su aliento.
-"Te devuelvo hasta el último centavo de sufrimiento que nos hiciste pagar a todos aquí. Y aquí, enfrente tuyo, pido nos regreses nuestros sueños… porque a ti no te pertenecen…"
¡GRUUUAAARRR!
-"¡AGH! ¡DUKEEEE!"
-"No recuperaré a mi familia –sus dientes soltaron su hombro izquierdo, trasladándose hasta masticar con fuerza el costado derecho del cruel verdugo-, no recuperaré a Yami tal vez –una de sus garras viajó hasta su rostro, dejando una herida en uno de sus párpados-, ¿pero sabes algo?"
Arrojó el peso de su cuerpo contra el de los ojos esmeraldas, propinando mordidas al aire o a la piel que se le atravesara. Desgarró sus manos y saboreó el detestable sabor de su sangre traidora.
Una patada ciega, que siquiera alcanzó a rozarle, la hizo apartarse de aquel que se decía ser humano. Jigoku no dijo nada, una ira perversa y gigantesca amoldándose en sus ojos.
Se levantó cojeando, bajo la atenta de mirada de las criaturas, y salió del circo que alguna vez llegó a estar bajo sus órdenes y bajo sus pies.
Duke suspiró aliviado y abrazó a Kuroki, quien resopló ya más tranquilo. Los ruidos y ladridos de alegría pronto empezaron a inundar el lugar, brindándole un nuevo significado al nombre de la carpa de colores, Sueños y Deseos.
Porque por primera vez, su felicidad era real.
-"No dejaré que arrebates la sonrisa de otros…"
Fue el leve gemido que escapó del hocico blanco de Tsuki, antes de sentir la mano de su cuidador y protector acariciarle la cabeza.
" – " – "
El suave caer de las gotas de lluvia, acompañándolo una vez más en sus noches. Su vida había dado un giro increíble, uno que nunca soñó podría pasar; tenía una casa, familia tal vez, si es que así les podía llamar, y amigos.
Y cada uno de ellos, le enseñaba cosas diferentes y valiosas. Únicas.
Bostezó, apenas su pata derecha alcanzando a tapar su boca, y en ese momento, Yami sintió una manta más gruesa y pesada caerle encima. Arropándolo.
Alzó la mirada y observó, acostado en el sofá donde yacía, a Bakura tratando de cubrirlo del frío que esa noche había empezado a elevarse.
Y le vio sentarse a su lado.
-"¿Está bien que sigas durmiendo aquí?"
La pregunta fue hecha con voz suave y arrullante, demostrando la preocupación que teñía cada una de sus palabras.
-"Estoy bien –sonrió gentilmente-, además no quiero molestarlos."
El albino apartó la mirada a la alfombra verde oscura, entrecerrando sus ojos, como si estuviese pensando demasiadas cosas a la vez y no planease siquiera mencionar alguna de ellas.
-"En verdad… ¿está bien?" –murmuró, siendo difícil para el pequeño interpretar lo que había dicho.
Patas de perro abrió la boca para responder, cuando una mano se posó sobre su mejilla, transmitiéndole un calor que abrigaba todo su cuerpo, uno del cual no quería separarse.
Las pupilas cafés lo miraron con cierta tristeza y dolor, sentimientos que el pelirrojo no pudo comprender y que por ello mismo, terminó sintiéndose muy mal por ver al ladrón sufrir de aquella manera.
Ver sufrir a la persona que lo había salvado de su propia pesadilla.
Así que Yami le sonrió, le sonrió lo mejor que pudo y tomó su mano entre las suyas más pequeñas, porque si algo había aprendido, era que las sonrisas siempre lograban hacerte sentir mejor.
Y así fue, una pequeña sonrisa curveó los labios del peliblanco, pequeña pero verdadera. El híbrido quiso decir algo, quiso hacer algo para volver a contemplar esos ojos traviesos y… y simplemente no sabía cómo actuar…
Su rostro expresó la congoja que sentía en esos momentos por el otro, y fue en ese instante en que Bakura se inclinó hacia él, para musitarle sólo una frase: Lo siento.
¿Lo siento? Yami parpadeó, ¿por qué se disculpaba? ¿Acaso algo iba mal? ¿Acaso…?
-"Pero…"
Calló. Todo quedó quieto y todo ruido mudo en los tres segundos en que el ladrón había juntado sus labios con los del niño, en un ligero roce, si al caso.
Con las mismas, se separó.
-"Lo siento…" –reiteró una última vez, antes de irse escaleras arriba, directo a su habitación.
No lo entendía. ¿Qué había sido aquello? Llevó una de sus patas a sus labios, sus garras acariciando estos sutilmente. Ladeó la cabeza, confundido, pero percibiendo un diminuto cosquilleo en su interior.
A Yami no le había molestado en absoluto aquel gesto, por eso se preguntaba qué habría querido decir Bakura con esa disculpa. Él no había hecho nada malo.
Volteó su vista hacia las escaleras, esperando, queriendo que en algún momento regresara para explicarle lo que había pasado. O sólo para acompañarle aquella noche.
Pero Bakura no volvió. No bajó.
El pequeño suspiró, alzando la nueva manta que le había traído y escuchando todavía el repicar de la lluvia. Pensó en cuánto había cambiado todo lo que él conocía, y en las bonitas experiencias que día a día iba reuniendo consigo.
Deseó que las cosas siguieran así por siempre.
Sin embargo, alguien como patas de perro sabía que eso no sería posible. Llegaría el día en el que alguien abriría esa puerta y lo regresaría de vuelta al lugar de monstruos y pesadillas del que él había salido.
Aquel averno en donde había nacido y en donde había aprendido la mayor parte de las cosas que sabía.
Así como las más dolorosas.
Se aferró a su almohada, recordando el rostro de su madre y las dulces palabras que cada noche le dedicaba, antes de dormir. Cuando los truenos le asustaban y hallaba cobijo bajo sus cálidos brazos.
Pasó sus garras por el paliacate rojo en su cuello, inconscientemente, y se preguntó si tal vez Bakura podría estar perdido también.
Tal y como él se sentía, abandonado en un mundo donde era la única criatura diferente a todos y donde cada mirada, cada palabra, cada gesto del resto de las personas solía recodárselo.
Después negó con la cabeza, porque el ladrón tenía familia y tenía amigos, no tenía nada de qué preocuparse. Yami, en cambio, tenía tanto que temer y tantas cosas que enfrentar.
Eran bastantes los demonios que lo acechaban a cada momento, amenazando en que algún día, regresarían a buscarlo.
Suspiró, sólo para hacer ruido en la tranquila y oscura sala, pretendiendo decirse a sí mismo que no debía estar asustado. Vio un rayo caer afuera, por la ventana, envidiando el poder que tenía para danzar por los cielos y destruir con un solo toque lo que se atravesara en su camino.
Decidió cerrar sus ojos de una vez e intentar descansar.
Después de todo, él sólo era un niño con patas de perro. ¿Qué diferencia podría hacer?
Y en silencio, rogó porque alguien le diera una respuesta…
Continuará…
Bueno, un pequeño acercamiento entre Yami y Bakura, ya sé que piensan –porque aseguro que sí lo piensan- que es más historia que otra cosa entre ambos.
Pero bueno, realmente espero que estén disfrutando de la lectura y que no los haya decepcionado.
Gracias por leer y espero que estén teniendo un bonito comienzo de año :)
Kida Luna.
