Disclaimer: todo lo que reconozcáis, los personajes y demás pertenecen a Stephenie Meyer, su editorial y Summit. Nadie dice lo contrario pero el resto lo he ideado yo, así que no lo copietees en otro lado sin mi permiso. No hagas copy&paste, puedo cabrearme. Nada de esto nace con ánimo de lucro, ni tampoco me sacará de pobre.

Como os comenté en el anterior, iba a tener continuación. Así que aquí está la segunda parte del momento en que Emmett mató a su "cantante". Sólo que con el POV de Rosalie. Espero que os guste.

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Confianza

Por fin pudimos regresar a casa. Edward me había llevado demasiado lejos esa vez para cazar porque decía que ya se había cansado de aquella zona y necesitaba algo nuevo. Más diversión, más retos.

Al menos el viaje sirvió para algo, porque encontramos una de las mejores especies que probé nunca.

No hicimos más que entrar en la casa y nos encontramos con Esme, que estaba arreglando algunas de las estanterías de la entrada.

—Esme —la saludamos al mismo tiempo. Alcé una ceja.

—¿Qué tal ha ido? ¿Os habéis divertido?

—Oh, sí. Sólo que estaba algo… lejos —dije con tono de desdén.

—Ya te lo avisé, pero no te quejes tanto. Por cierto, dile a Emmett que cuando pueda me baje el libro. Porque no lo dejó por aquí, ¿no?

—No —contestó Esme, encogiéndose de hombros—. De hecho, hace un par de días que no lo vemos. Se encerró en la habitación y no volvió a salir después de ir a la librería. Creo que te echaba de menos —me susurró, como si así Edward no fuese a enterarse. Y como si eso fuese un secreto.

Me despedí de ellos y subí deprisa las escaleras, pues yo también había echado de menos a Emmett; aunque sólo hubieran sido dos días, pero ya eran suficientes.

Cuál fue mi sorpresa al abrir la puerta sin llamar y encontrarle acurrucado en un rincón, contra la pared. Fruncí el ceño pero después empecé a reírme despacio, imperceptiblemente. Qué se le había podido ocurrir ahora para estar ahí.

—¿Qué, algo interesante? —bromeé en vez de saludarle. Él se asustó, casi pegó un salto y se giró deprisa hacia mí. ¿No me había oído llegar? Eso era raro. Todavía no me había fijado en sus ojos cuando comencé a hablar—. Edward dice que cuando puedas le lleves el… libro.

Ni siquiera supe cómo pude terminar la frase. Imaginé que mi boca ya estaba preparada para articular la palabra sin más, aunque yo ni me diera cuenta, porque no podía encontrarle ninguna otra explicación plausible. No en esos momentos cuando me había quedado de piedra al ver los ojos de mi marido de un borgoña intenso.

Mi mueca seguramente mostraba espanto, pues era eso lo que me estaba recorriendo el cuerpo.

Me llevé la mano al pecho inconscientemente, si bien no hacía especial fuerza para mantenerla elevada. Mi boca estaba entreabierta y tampoco parpadeaba. Únicamente lo miraba, o hacía como que lo miraba. Mis ojos se posaron en él y allí se quedaron esperando algún tipo de señal que no aparecía por ninguna parte, quizá intentando demostrar que era una especie de pesadilla o locura transitoria.

Cuando pude reaccionar, noté como si una arcada peleara por hacerse hueco en mi garganta. A pesar de ser materialmente imposible. No obstante, la sensación estaba ahí y tenía ganas de vomitar.

Me quedé totalmente inmóvil y no alcancé a decirle nada, no podía. Era incapaz de conectar no ya dos frases, sino dos palabras de manera coherente. No tenía fuerzas, se habían esfumado de mi cuerpo en un mísero instante. El peso de la realidad me cayó encima igual que si se tratara de una enorme e invisible maza que intentara estamparme contra el suelo.

Y él ni siquiera trataba de explicarse o disculparse, aquello me cabreó. Había vuelto a mentirme, lo había vuelto a hacer. De nuevo había matado a alguien. A saber quién había sido el pobre incauto, o incauta.

Se levantó de repente y me pareció que comenzaba a caminar hacia mí, mas no lo dejé avanzar. No quería que se me acercara. Di un par de pasos hacia atrás y empecé a respirar de manera agitada. Eso habría sido demasiado para un humano pero no para alguien como nosotros, que no sentíamos nada al contacto con el oxígeno. Ni bueno, ni malo.

Sentí miedo de él por primera vez. O mejor dicho, una combinación de miedo y tristeza. Probablemente, incluso decepción. Eso era lo más probable.

—No te acerques a mí —arrastré las palabras; no tenía fuerzas para nada más. Y por supuesto, no pensaba dejar que se me acercara después de lo que había hecho.

Puso una mueca y yo comencé a caminar hacia atrás.

Cuando quise darme cuenta, ya estaba prácticamente en la puerta sosteniendo el pomo con la mano derecha colocada detrás de mi espalda, preparada para salir corriendo en cualquier momento y huir de Emmett.

—Rose, yo… —mis ojos seguían intentando salirse de las órbitas. No sabía qué hacer, tenía miedo y sentía repulsa hacia lo que mi marido parecía haber hecho, pero era Emmett. No podía hacer nada contra Emmett—. No pude evitarlo. De repente estaba allí y no pude alejarme de esa mujer. No pude.

Otra vez sus palabras me pegaron en la cara como una fuerte bofetada. Una mujer, había matado a una mujer.

—Lo siento, de verdad. No sé lo que me pasó, pero tenía que hacerlo. Sólo… —las palabras salían de su boca a trompicones, estaba nervioso. Casi ni se le entendía.

—Lo prometiste —siseé, profundamente herida—. Me lo prometiste. Dijiste que ibas a cambiar, que lo harías por mí.

—Lo sé, lo sé. No tenía intención de hacer algo así, lo juro. No sé por qué no pude controlarme.

—Faltaste a tu palabra, eso fue lo que pasó —le espeté, enfadada. Probablemente incluso grité.

Cerró los ojos fuertemente y apretó los puños de igual forma. Yo tenía ganas de llorar aunque fuera imposible, pero necesitaba hacerlo. Me escocían los ojos igual que otras tantas veces a lo largo de los años, pero no había lágrimas. A eso habían sido reducidas, a un mero escozor.

Todo se había vuelto a ir a la mierda por completo y yo no sabía cómo debía reaccionar, ni qué hacer. ¿Debía avisar a Carlisle y los demás? ¿Tendríamos que marcharnos? ¿Cuánto duraría aquel horrible color en los ojos de Emmett?

De todas formas, no podríamos disimularlo por mucho tiempo y yo ni siquiera estaba segura de querer hacerlo. Sentía necesidad por solucionar aquella situación deprisa, lo más rápido posible. Sin embargo, había algo más: ya no podía ver a Emmett de la misma manera. No después de haberme mentido y haber faltado a la promesa que me hizo.

Había matado a alguien, a una persona inocente que no le había hecho daño a nadie. Alguien que aún tenía toda la vida por delante. Le quitó lo mismo que me arrebataron a mí, también con violencia. No podría perdonarle aquello, sinceramente. Quizá jamás podría volver a confiar en él después de haberme decepcionado así.

De repente, algo me recorrió la espalda como una corriente eléctrica, algo que había intentado obviar pero sin duda fue superior a mí: celos.

—¿Quién fue? —pregunté de repente, él se había dirigido a una silla cercana y se tapaba la cara con las manos—. ¿De qué la conocías? —alzó la mirada hacia mí dejando caer las manos sobre sus piernas.

—No lo sé, no la había visto antes. No sé quién era, no sé nada.

—Algo tienes que saber. Dudo que la mataras porque te estorbara en medio de la acera.

—De verdad, Rose, no recuerdo nada aparte de ese momento. No lo hice a propósito, no quería hacerte daño —su tono era lastimoso, si bien en aquellos momentos eso no ayudaba a arreglar lo deshecho. Para nada.

—No importa si lo tenías planeado o no, era una persona, Emmett. Y tú la has matado.

De pronto se escuchó un golpeteo en la puerta de la habitación.

El resto de la familia ya estaba allí y se habían enterado de todo. Había sido verdaderamente absurdo pensar que aquello iba a poder quedar en secreto ni aunque yo lo hubiera deseado así. Además, debíamos protegernos a nosotros mismos de lo que esa situación podría causarnos; habíamos hecho un pacto hacía pocos años con los Quileute, no podíamos romperlo de la noche a la mañana. Habíamos dado nuestra palabra.

Les abrí la puerta y me quedé de brazos cruzados junto al quicio en cuanto entraron. No tenía ganas de nada.

—Ahí tienes tu libro, Edward —mi hermano se giró, me miró fijamente y resopló pero no de ira, sino por otra cosa. Y al mismo tiempo cerró los ojos.

Después comenzó una charla sobre el bien y el mal en la que, además, ni participé. No quería hacerlo. De hecho, hubo varios momentos en los que tuve que marcharme porque creía que las punzadas que me recorrían el cuerpo iban a ser demasiado evidentes para todos ellos, sobre todo para Edward.

También necesitaba respirar aire puro y no aquel asqueroso y viciado por el horror.

Una vez fuera, inspiré fuertemente a la vez que cerraba los ojos. Dejé que lo que quedara de mis pulmones humanos se llenara de aire, pero no quería soltarlo. Era mío, el aire era mío y de mis pulmones. Resultaba estúpido pero creía que si espiraba, todo terminaría y no quería que eso ocurriera.

Todavía sin soltar el aire durante más de diez minutos, eché la cabeza hacia atrás golpeando fuerte contra la pared de la casa. Fue entonces cuando lo solté todo y me dejé caer de rodillas contra el suelo.

Golpeé con las palmas de ambas manos, llena de furia, y contuve el enorme grito de rabia que pugnaba por salir de mi interior. De nuevo alguien a quien yo amaba había tirado por tierra mi confianza. ¿Es que nunca llegaría el día en el que pudiera confiar ciegamente en alguien sin tener que esperar algún tipo de extraña resolución o traición?

Quería a Emmett más de lo que jamás podría haber querido a nadie, pero me sentí profundamente humillada y traicionada. Y eso era algo que no sería capaz de perdonar, al menos no tan pronto.

Días después tuvimos que marcharnos del pueblo sin dar mayores explicaciones; no podíamos permanecer allí, pues corríamos incluso el peligro de que los licántropos se enterasen de aquello y decidiesen comenzar una absurda guerra que no sólo nos involucraría a nosotros. Tampoco podíamos dejar pistas a nuestro paso, lo que había hecho que Carlisle tuviese que objetar las múltiples ofertas de trabajo que se agolpaban en su mesa desde hacía muchísimo tiempo.

No volví a hablarle a Emmett durante meses. En realidad, no hablé con nadie durante aquel tiempo.

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N/A: la verdad es que cuando escribí esto, me gustaba, pero ahora ya no lo sé. Todo lo basé en un comentario que Meyer hizo hace tiempo sobre que este momento había sido muy duro para los Cullen. Para todos. Pero con una cosa que he sabido hace un par de días, me cuestiono esa misma información y se me van las ganas de buscar otra vía posible.

No os puedo dar una fecha concreta para la siguiente actualización, porque tengo muchas viñetas por revisar y muchos fics por escribir. ¡Nos vemos!