Disclaimer: todo lo que reconozcáis, los personajes y demás pertenecen a Stephenie Meyer, su editorial y Summit. Nadie dice lo contrario pero el resto lo he ideado yo, así que no lo copietees en otro lado sin mi permiso. No hagas copy&paste, me cabrearé mucho. Nada de esto nace con ánimo de lucro, ni tampoco me sacará de pobre.

Advertencia: esto es un lime, babes. Exacto. De hecho, creo que es algo más de lime, pero no llega a ser lemon tampoco. Encima es totalmente fluff, lo que hace que la mezcla sea rara de narices. Es la primera vez que escribo algo así, por lo que me costó lo mío pero... lo intenté, al menos. Y va dedicado a Weny. Sí, ya lo sabías, pero debes hacerte la sorprendida xD.

-.-.-

Susurro

Cada vez que Rosalie se acercaba a mí y me susurraba algo al oído, algo para atraerme hasta la habitación, yo no podía hacer otra cosa aparte de seguirla. Realmente, no quería hacer otra cosa. Como si fuese un encantamiento que me obligara a buscarla y hacer todo lo que quisiera. Lo que fuera. Su voz para mí era comparable al canto de las sirenas, sólo superada por el sabor de la sangre.

Sencillamente, no la podía evitar. Y ella lo sabía, ambos lo sabíamos. Todos los sabían, en realidad. Tampoco es que fuese un secreto.

—Emmett, ¿subes? —me dijo, cuando yo estaba echando una partida a la Wii con Jasper. En mitad de una carrera. No había que ser ningún lince para darse cuenta de qué estaba hablando mi mujer, pero me hizo gracia la cara de Jasper. Muchísima. Debía de ser entretenido tener su don.

—Tío, mañana seguimos. No hagas trampas y pórtate bien.

—Ya, claro. "Pórtate bien" —escuché que repetía, como un loro. Esperaba que hubiera captado también la parte de las trampas, aunque no permanecería mucho rato dentro de la casa y, por eso mismo, no debía preocuparme de que trucara la partida.

Le di una palmadita en el pecho y salté el sofá hacia donde estaba Rose.

En cuanto la vi encontré esa mirada brillante, la que hacía relucir sus ojos en la oscuridad. Y luego decían que no era un ángel. Joder, hasta un tonto vería lo contrario, sobre todo un humano.

No dijimos nada más y empezamos a acercarnos hacia la puerta, que en esos momentos estaba entreabierta. Ella miraba al suelo y yo al vuelo de su vestido. Era blanco, de verano, muy fino, que al menor movimiento comenzaría a tomar vida propia y se ajustaría más aún a sus curvas. Como estaba haciendo entonces.

Me encantaba aquel vestido.

Alcé un poco la mirada y noté que ella jugueteaba con una de las pulseras que le había regalado hacía un tiempo, una de las de diamantes, la que a Carlisle no le hacía gracia que llevase al instituto, y me pareció terriblemente inocente. Como una muñeca de porcelana. Mi muñeca. Mi Rosalie.

Me creía un tío con suerte, sin poder imaginar lo que habría sido de mí si ella no me hubiera encontrado en las montañas. Lo único seguro: ya llevaría varias décadas muerto y no había lugar para dudarlo. Aunque el oso no me hubiera matado, yo ya habría muerto debido a la corta esperanza de vida humana. Sin embargo, ahora era eterno y, con Rosalie, mi vida había mejorado considerable e infinitamente.

Si me hubiesen dado a elegir ahora, no lo tendría especialmente difícil.

Oh, ya habíamos llegado a la habitación. Genial, cada día perdía la noción del tiempo con mayor rapidez. Eso era que me estaba haciendo mayor.

Me reí ante la absurda idea.

A veces la agarraba de la cintura y la acercaba a mí antes de llegar a la puerta, le soltaba alguna de mis bromas y conseguía que su risa hiciera retumbar las paredes. Acompañado todo ello por el consiguiente bufido en alguna de las habitaciones contiguas, que no lograba sino hacer que me carcajeara ante lo que podría estar pensando Edward, por ejemplo.

Jamás supe identificar lo que Rose sentía cada vez que le acariciaba suavemente los hombros para apartarle los tirantes del vestido, dejándolos caer a su lado. Algunas veces probaba a hacerlo con un simple soplido, lo que conseguía hacerla reír levemente y a mí empezaba a darme vueltas la cabeza. El sonido de su risa me embriagaba por completo, me sentía idiota. Aún así, su rostro no decía demasiado. No obstante, era increíble verla iluminada de aquella manera por la luz de la luna que entraba por la cristalera.

El primer beso, siempre en el cuello. Era una especie de broma personal que al principio le pareció extraña pero que, poco a poco, le fue agradando hasta parecerle normal. Proviniendo de alguien como yo, era suficientemente normal, imagino. Todos los demás, venían encadenados uno tras otro, sin parar. Al principio de forma delicada y luego más insistente, por no querer que nada de aquello se detuviera. Como una manera de hacer notar que seguía ahí.

Los de Rosalie siempre eran mucho más vivos y violentos, al menos cuando se veía con fuerzas para ello.

Entonces, llegaba el momento en que yo dejaba de respirar. Era una simple costumbre humana que habíamos adquirido públicamente, si bien no la necesitábamos y yo me sentía mejor sin ella en esos momentos. No podía controlar todo al mismo tiempo y era mejor deshacerse de algo como aquello. Tampoco Rosalie lo mantenía, aunque ella no se daba cuenta.

Resultaba curioso que estuviéramos realizando un acto tan humano y, al mismo tiempo, alejándonos de lo que nos quedaba de humanidad a pasos agigantados. Ningún humano podría haber soportado el ritmo que llevábamos, ni los movimientos. Mucho menos aún la fuerza. Lo bueno era que no debíamos preocuparnos por si el otro sufría algún daño, puesto que era materialmente imposible.

Tampoco sufríamos ningún tipo de cambio físico en esos momentos, pero eso no impedía el que fuese algo excesivamente humano que, de no tener a Rosalie, yo no tendría intención de hacer. Técnicamente, aquello no era necesario para nuestra supervivencia en ningún aspecto, así que no era ineludible hacerlo. Ni tampoco teníamos tendencia a ello, no de manera consciente.

Empero, ella me hacía humano y la adoraba por eso. Sin ella, ese tipo de apetitos, probablemente, no habrían aflorado en mí. No habría tenido sentido desear a alguien de aquella manera, ni de una forma tan fuerte; podría haber anhelado la sangre de algunas mujeres, de hecho, todavía lo hacía en mayor o menor medida, pero no desearía sus cuerpos. No existía la atracción física hacia las demás. No formaba parte de nuestros instintos y muchísimo menos de la manera tan intensa en que era hacia Rosalie.

Porque cada vez que su cuerpo rozaba el mío, ambos congelados y duros al tacto de cualquier humano, saltaban chispas como para encender todo un edificio. Como si fuésemos conductores de electricidad. Y desaparecía cualquier atisbo de frialdad que pudiera caracterizarnos. Porque había vida, nuestra vida, y había calor. Mucho calor. No real, ya que era imposible, pero aún así yo lo sentía en cada parte de mí. Cómo eso me hacía sentir distinto y vulnerable. Al menos en parte.

Yo no necesitaba ningún tipo de calor diferente al que me proporcionaba Rosalie. Ella lo era todo, incluso el ardor, y así lo sentía cada vez que me acariciaba con sus muslos o me pasaba las manos por la espalda, arañándome.

Normalmente, todos hacíamos oídos sordos cuando los demás se encontraban en la misma situación. O lo intentábamos, al menos. Todos tenían un sentido de la privacidad demasiado especial inclusive a pesar de que entre nosotros era algo prácticamente imposible, tanto por lo que tenía relación con Edward, como por parte de Jasper. Si bien a mí eso nunca me importó, pues lo veía algo normal que daba igual si el resto lo sabían. Éramos familia, después de todo.

De vez en cuando, era inevitable que partiéramos algún mueble, gajes del oficio, pero ni Esme ni Carlisle nos echaban la bronca por ello. Ya no. Sencillamente, comprábamos otro cabecero para la cama o una mesilla nueva. A veces no podíamos evitar sobrepasar los límites de nuestra fuerza, pues en esos momentos no prestábamos atención a nada de lo que nos rodeaba. De hecho, parecía que yo tenía algo en contra de los cabeceros; Rosalie ya ni se extrañaba si se escuchaba un crujido sobre nuestras cabezas. De todas formas, aquello ya no era comparable a décadas atrás, cuando Rose y yo derruimos alguna que otra casa. Ahora ya sabíamos controlarnos, más o menos.

A nuestro alrededor solamente había silencio, por todas partes. O por lo menos yo no prestaba atención a nada más, pues estaba demasiado concentrado en ella. Lo único que alcanzaba a escuchar a ratos eran susurros y comentarios a media voz por parte de Rosalie e incluso por mí. No obstante, solía haber más silencio que palabras.

No las necesitábamos.

Rose no era de muchas palabras, en ninguna situación, y a mí eso no me molestaba. No necesitaba que me dijera si me quería; yo ya lo sabía. Y si no, siempre tenía sus roces de manos, en los que ponía todo su sentimiento. Con los que me lo decía todo. Tanto ella como yo teníamos mayor potencial físico que de palabra, y había que aprovecharlo. Sabíamos aprovecharlo.

Cada vez que notaba sus manos acariciándome suavemente en contraste a la energía que me había enseñado antes, la vista se me iba hacia ella. Hacia toda ella. Y mentalmente, me mofaba de todos los que creían haber visto y sentido la perfección en sí mismos o, incluso, en otros, ya que tenía conmigo a la mujer más impresionante que ellos pudiera imaginar en sus mejores fantasías. Probablemente, mejor aún. Ni en sus más maravillosos sueños podrían haber visto algo así, sencillamente era imposible.

—Dilo, Emmett. Por favor —me susurró, rozándome la oreja con sus labios carnosos mientras llevaba su mano derecha a mi cabeza y enroscaba sus dedos en mi pelo.

Echó la cabeza hacia atrás inconscientemente, dejando al descubierto toda su garganta y alentándome, aun sin saberlo, a abalanzarme sobre ella. Por supuesto, no pude evitar hacerlo.

—Te quiero —mi voz no era más que un quejido grave contra su piel, pero ya me habría escuchado de todas formas—. Te quiero, Rose.

Que no me importara si Rosalie no lo decía no significaba que yo me cansara de pronunciar esas dos palabras. Se las diría hasta que me quedara sin voz, si hacía falta. Nunca perdería la oportunidad de hacerlo. Y tampoco necesitaba que me lo pidiera.

De repente, asió sus piernas alrededor de mi cintura, fuertemente, y levantó todo mi peso hacia atrás. Pasara lo que pasara, yo nunca apartaba mis manos de su cuerpo. No quería, ¿por qué debía hacerlo? Ella era el camino hacia la felicidad y no pensaba soltar nuestro merecido Cielo. El de los dos.

Enterré mi cara en su melena ahora despeinada para así perderme de nuevo en su aroma, que envolvía toda la habitación. En cada recoveco, en cada esquina. Volví a respirar únicamente para aspirarla y dejar que mi cuerpo, se llenara de Rosalie.

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N/A: ¿cómo os habéis quedado? LOL. Si ha sido un completo y absoluto desastre, decídmelo. No sé qué pensar de esto y si esperaba más a publicarlo, ya no lo haría, así que... Gracias, Sango :)

El caso es que en un fic Rosalie/Emmett y con alguna de las palabras de la tabla, daba como para algo de este estilo aun a pesar de que nunca había pensado escribir lime, ni tampoco lemon. Pero vaya-usted-a-saber-por-qué se me ocurrió comentárselo a Weny de repente y ella me dijo que lo escribiera sí o sí, y yo como soy muy obediente, pues lo escribí este verano xD.

No pude evitar que quedase terriblemente fluff, lo siento, pero diga lo que diga Meyer ahora, Rosalie Hale tiene un pasado humano determinado y no es algo que se pueda borrar de un plumazo. Y eso, hacedme feliz comentándome qué os ha parecido esto, que nunca he escrito nada parecido y necesito opiniones -guiño.