Chapter 6
Tu corazón
Jamás podría olvidar ese olor a fermento, ni el cuadro de vendas y muros blancos con mosaico; así como tampoco, a los hombres y mujeres que caminaban vestidos con batas blancas de un lado para el otro, trayendo enfermos en sillas de ruedas, tirando de las camillas, o simplemente llevando un bloc de notas. Aquella experiencia la vivió tantas semanas, que imposible es afirmar que no podría recordar todos y cada uno de los pequeños detalles que formaban su habitación, el trato que las enfermeras y doctores le daban, como también, el calvario vivido sin una respuesta al porque del fallecimiento de su prometida; y sólo tenia una conclusión clara: Hades se había enterado que él rompió las reglas y cumplió con el protocolo para resguardar la agencia.
Mientras luchaba entre la vida y la muerte, después de aquél accidente, planeaba la mejor estrategia para cumplir con su venganza, para demostrar que renacería de las cenizas y destruir todo cuanto lo arrebató lo que más quería.
Ahora se veía en un hospital, vistiendo una ropa que no usaría en una ocasión como aquella; pero nada importaba, ya que mientras se veía así mismo en un estado de coma, tras la ventana del corredor, escuchó la voz desesperada de esa mujer, la misma que encontró muerta en su departamento. Decidió seguirla, curioso al escucharla quejarse y gritar llena de dolor.
Los médicos llevaron a la mujer hacia la sala de urgencia, nadie podía entrar; sin embargo, él lo hizo. Abrió la puerta como amo y señor de la habitación, observando a la rubia con pavor, casi sintiendo su mismo padecer. Él intentaba tomarle la mano, pero ella no podía sostenérsela. El doctor se colocó delante de la mujer, de tal forma que cuando ella pujó con todas sus fuerzas y anhelos posibles, él recibiera aquél producto de un amor consumado, interrumpido, y al mismo tiempo asesinado...
Cuando intentó conocerlo, enternecido hasta la más diminuta de sus células, la sorpresa fue tal, que lo devolvió al mundo real.
Su brazo diestro aún le servía de almohada a Milo, el zurdo se mantenía centinela, casi protegiéndole; la barbilla gala ya no reposaba en la frente, se había levantado escasos centímetros, mientras las pupilas le ardían y algo cristalino pendía por su mentón...
-"Mi hijo..."- Musitaba escuchándole llorar, en su mente, cuando le vio nacer. –"Mi hijo..."- No lo podía creer. Era demasiada felicidad y tristeza a la par. –"Mi hijo..."- Repitió por última vez, embriagado hasta lo más hondo por el dolor de ni siquiera haberlo conocido, de que muriera sin saber que su padre lo esperaba con ansia...
Después de todo, el vivir toda tu vida en un orfanato, te hace pensar en que al crecer, tendrás tu propia familia y podrás brindarle todo lo que a ti te fue negado. Y esa era la ilusión muerta de Camus.
Dos pequeñas gotas mojaron la cabellara dorada de Milo, el cual se encontraba durmiendo tan apacible que nada parecía despertarle. Lentamente el galo retiró sus extremidades, teniendo cuidado en no perturbar esa envidiable paz de la que ahora él no gozaba. Se deslizó fuera de la cama y caminó hasta el baño, donde se encerró como si no quisiera que el mundo conociera su debilidad, agonía, calvario; tantos nombres para una sola pena.
Solo, dentro del cuarto, donde cualquier sonido en el interior repicaba en todas las paredes y lo hacia más fuerza de lo normal; similar a su cabeza, donde cada vez que algo malo pasaba, todo se removía, y entonces hacia tanto ruido que aunque se tapara los oídos y cerrara los ojos, las imágenes, recuerdos y todo el daño que llevaba por dentro le hacia enloquecer...
-"Estoy embarazada..."- Más de un año de eso... ¿Cómo podía seguir su voz presente?
-"Mi hijo..."- Todo el sistema nervioso parecía colapsar, representándose en un Camus tembloroso, pegado a la pared, de cuclillas, con las manos en los oídos, y observando todo el cuarto de baño como si buscara a quien le hablaba.
-"¡No lo puedo creer!"- Gritaba ella, con sus zafiros llenos de lágrimas. –"¡Te atreviste a engañarme!... ¡Te desconozco!"
-"Lo siento... Perdóname..."- Se pasaba las manos por la cara, por la frente.
-"No quiero estar sin ti... Te amo y no me importa si trabajas para el gobierno, quiero estar contigo siempre..."
-"Yo también..."- Fue lo mismo que respondió al escuchar los mensajes en la grabadora. Y sonrió como aquella vez, como si el tiempo hubiera retrocedido y ella siguiera ahí.
Pero todo se revolvió. La voz de ella hablando con un sujeto de la KGB, lo que Hades le había dicho sobre esa maldita traidora, la conversación con Kanon, los meses que pasó sin hablar, el día que le entregaron su misión secundaria... ¡Todo!... Como ola, como el más feroz de los huracanes, de las crisis nerviosas que Camus alguna vez hubiera presentado.
El dolor de cabeza era penetrante, casi sentía que el cerebro iba a explotarle o que la tapa del cráneo se abriría...
Se puso de pie, intentado mitigar ese dolor que no se iba...
Tiró algunas cosas al piso, cuando caminó en círculos por el daño, deteniéndose delante del tocador, donde un muchacho pelirrojo, pálido y ojeroso le devolvió la mirada mancillada; mismo que apretó los dientes y los puños, dirigiendo uno de ellos hacia aquél estúpido reflejo para desaparecerlo, para ya no verlo más... sin importar lo que pudiera pasar con su mano, con él, cuando este rompiera en miles de pedazos...
-"Te quiero mucho... tanto, que no sé que haría sin ti..."- Su piel estuvo apunto de tocar la superficie lisa, frenada por aquellas palabras que lo revelaban todo; una devoción inexplicable. Fueron sus dedos los que tocaron el espejo, la parte donde aparecían sus propios ojos, sus mejillas, labios, el mentón; cada lugar a la vista por donde la boca del rubio se hubiera situado con anterioridad.
-"No entiendo porque me quiere tanto"- Se dijo para sí mismo el taheño. –"Tampoco me explico el porque me asiento así cuando estoy con él..."- Por un momento olvidó que estaba llorando, y lo hizo para sonreír al recordar como se quedó congelado por un beso. Eso le hizo pensar que Milo si estaba cumpliendo con su objetivo, y que le defendía a capa y espada, aún cuando se encontrara placidamente dormido sin haberse percatado de su ausencia. Apoyó las manos en el lavabo, todavía mirándose en el espejo, contemplando como recuperaba el color y la vitalidad en sus orbes. –"Tengo que olvidarme del pasado. Ni él, ni muchos menos yo, nos merecemos seguir viviendo con el fantasma de mi hijo... y de ella..."- Entonces se hizo una promesa: Mariah, no volvería a lastimarlo.
-o-.-o-
Por alguna razón sabía que estaba despierto, aunque no tenía abiertos los ojos y no veía nada, era consiente de todo cuanto pasaba alrededor. No podía percibir el cuerpo de Camus a su lado, así que estiró el brazo, despacio, intentando tocar su silueta con la punta de los dedos; mas, lo único que la yema de estos pudo palpar fue el lugar donde permaneció recostado toda la noche el galo.
El rubio abrió los ojos para incorporarse pausadamente en la cama y quedarse sentado en esta, examinando con sus pupilas cada uno de los rincones de su habitación.
Camus no estaba, y aunque le hubiera gustado la oportunidad de verle dormir, no se sentía molesto, ni triste, al contrario; el saber que el taheño había dejado sus complejos de lado para compartir la cama una noche, UNA NOCHE, con él, le bastaba y le sobraba para perdonarle eso y más. Además, había logrado una reacción que le daba ánimos para continuar su plan de conquista...
Que sensación tan extraña
Aquella que sentí al escuchar tu corazón
Fue ese órgano cardiaco el que le dio una señal afirmativa para continuar, fue el quien le dijo que no debería rendirse, cuando apoyó la frente en el pecho de Camus y le escuchó latir de forma acelerada. Su propio corazón latió al unísono, como si hubiese querido saludar al galo, o de alguna forma hacerle saber que estaba igual de nervioso y emocionado que él.
Milo no esperaba causar esa reacción; pero algo le decía que era el principio de cosas mucho mejores, que no tardarían en aparecer.
Por eso yo
Ya no sé que voy a hacer sin tu amor
Si no puedo escapar de esta llama que incendia mi cuerpo
Aquello alumbraba su esperanza, y le decía que no tendría que renunciar a sus sentimientos por el guardaespaldas; puesto que sin que él hablara, aludía no serle del todo indiferente por mucho que las mujeres le gustasen.
Yo ya no intento descubrir que pasará
Y prefiero morir que aguantar lo que siento
Todo lo que yo llevo, lo llevo por dentro
-"Sé que prometí ir despacio..."- Hablaba consigo en lo que se levantaba de la cama –"Pero no puedo aguantar más. Tengo que decirle que yo lo..."- Estaba por tomar la perilla en la puerta del cuarto de baño, cuando esta se abrió, dejando salir al custodio con el cabello mojado y la mirada... apagada. Ambos se sorprendieron por la presencia del otro, Milo en sobremanera al no imaginarse que estaría retocándose; pero aún más al notar que otra vez sus pupilas se encontraban envueltas por la oscuridad.
-"¡Buenos días!"- Exclamó el taheño estrechándolo entre sus brazos, antes de que cuestionara lo que no podía ocultarle.
Parecería que los papales se habían invertido, ya que era el rubio quien ahora se mantenía estático. Cuando volvió en sí, supo que Camus no quería ser interrogado; quizá se lo contaría después, o terminaría siendo uno de los tantos misterios en su vida...
Que sensación tan extraña llegó sin avisar
Acorraló mi corazón
Por otro lado, el francés recuperó su sonrisa y las ganas de decirle al mundo que no importaba nada, que podía girar en sentido contrario y que en él no causaba ningún efecto, porque estaba Milo a su lado. Extraño, pero cierto. Siempre que el rubio lo acompañaba se sentía protegido, como si él le proporcionara un escudo contra la palabra más terrible y dolorosa en un diccionario: Soledad.
El millonario colocó las manos en la espalda del galo, alrededor de su cintura, justo a tiempo antes de que este decidiera romper el abrazo. Cuando se separó le sonrió, como si no pasara nada, como si el otro no hubiera notado aquella tristeza que ya no existía.
¿Qué escondes dentro de tu alma
Que me hace alucinar y hasta perder la razón?
Camus no prestó atención a la extrañeza materializada en el rubio, las pupilas sólo se concentraban en su aspecto despeinado, en sus labios rosas tenuemente entreabiertos, los edenes ubicados en la cuenca de su cabeza, que le observaban con ese brillo revelador.
El francés ladeó un poco el rostro, conservando su gesto afable en los labios; aumentando la incertidumbre y las reacciones que él mismo debía tener y no Milo. Y Camus tenía sed, una necesidad más fuerte que su razón o perjuicio, una que ansiaba calmar con un beso. Lentamente la sonrisa se borró, mientras los dos pares de pupilas se miraban por turnos, observando los labios, los ojos, y regresando nuevamente a las carnosidades que pausadamente se separaban para tomar el par que tenían enfrente.
Por eso yo
Ya no sé que voy a hacer sin tu amor
Si no puedo escapar de esta llama que incendia mi cuerpo
Fue un momento tan devastador en el baño, que su corazón aún dolía, y según su pensar, pesaba, como si fuera haciéndose de roca; por ello necesitaba alimentarse del amor que el rubio decía profesarle, absorbiendo todo ese sentimiento con el beso que él mismo encendió. Milo no entendía porque Camus le besaba de esa forma tan apasionada, desesperada en el sentido más exacto de la palabra; sabía que el taheño recientemente cedía a las caricias que le proporcionaba, entonces ¿por qué ahora daba un paso tan largo, cuando estaba acostumbrado a gatear?
Yo ya no intento descubrir que pasará
Y prefiero morir que aguantar lo que siento
Todo lo que yo llevo, lo llevo por dentro
Y quizá el galo hubiera preferido quedarse sin cognición en el transcurso de cualquier cosa que fuera a pasar, pero Milo no; era consiente y sabía perfectamente lo que él mismo sentía, y lo que Camus no sentía. Porque mientras más pegados estuvieran sus cuerpos, mientras más veces los labios se reclamaran, una honda de calor crecía en el cuerpo del rubio, y sabía exactamente que de no detenerse, las cosas podrían ir a un ritmo demasiado rápido para el guardaespaldas. Casi podría jurar que la mayoría de las veces el galo veía a su difunta novia en él. Quizá por eso se había acostumbrado a lo que antes pudo considerar impropio...
Las manos del custodio estaban situadas en su pecho, en el momento que las envolvió con las suyas y retrocedió un paso, contrayendo los labios como si guardara el sabor del francés. La respiración de Camus era entrecortada, al igual que la de Milo. Los labios de ambos estaban más rojos de lo normal. El rubio se encontraba azorado, el pelirrojo no entendía que había sucedido
-"¿Por qué?"- Preguntó. Había estado dispuesto a entregársele 'completamente', a tener una nueva experiencia que le ayudaría a predecir los eventos futuros en su vida –"Pensé que tú..."- Pero el millonario no lo dejó terminar al colocar las palmas sobre cada una de las mejillas galas, y acercarse tanto a su cara, que un centímetro era la única distancia interpuesta entre la nariz de ambos.
Los labios del rubio se movían; mas nada salía de ellos...
-"Te quiero, y te quiero mucho. Te deseo, si; pero no en esa forma..."- Por fin explicó.
Un te amo hubiera estado mejor; aunque quizá demasiado fuerte para la situación.
Las cejas galas se ciñeron; no obstante, el enojo no era su mecanismo.
-"No entiendo."
-"Sé que algo te preocupa. Cuando te veo a los ojos ellos me lo dicen todo..."- Camus rehuyó la mirada volteando el rostro. Liberó sus manos del agarre de Milo, y giró sobre sí, caminando hacia la puerta para abandonar la habitación. El ojiazul fue tras él, logrando retenerlo al tomarle una mano –"Oye, no te estoy pidiendo que te abras conmigo; lo único que quiero es verte feliz."- El taheño escuchó con atención, aún con el rostro fuera de la vista del millonario. –"Si yo no soy la fuente de ese sentimiento, dímelo, no quiero que te sientas comprometido u obligado. Quiero que me a... quieras sin perjuicios y sin dudas. Y cuando quieras hablar, de lo que sea, yo estaré ahí, para ti."
-"Gracias."- Por fin le dio la cara. –"Pero digamos que ahora no estoy listo para hablar de ello; y aunque lo estuviera, quizá ya no me querrías como ahora"- Por un momento la tristeza lo invadió al pensar en aquella posibilidad.
-"¿Bromeas?"- Preguntó con una sonrisa. El galo movió la cabeza en signo negativo. La mano de Milo aún sujetaba la de Camus, y sus pupilas azuladas no dejaban de contemplar ni perder detalle a las facciones del ser que lo representaba todo para él, cuando formuló un pensamiento. –"Eres la persona que he amado toda mi vida..."- Y era cierto, aunque el custodio no lo supiera.
-"¿Por qué me miras así?"- Preguntó el francés al sentirse incómodo por esa mirada. –"Te gusta ponerme nervioso ¿No?"- El rubio seguía sin responder, demasiado ocupado en admirar la tonalidad carmín que se adueñaba de los pómulos galos. -"¿Milo?"- Le llamó dudoso, retrocediendo un paso; pero el nombrado le tomó la otra mano y lo retuvo.
-"Desayunemos juntos ¿Quieres?"- Propuso. Camus se mostró sorprendido primero, para después, cambiar la mueca por una insegura.
-"No creo que a tu primo le haga la menor gracia"- Expuso. (NA: los amos y los sirvientes no desayunan juntos)
-"Además de hacerlo por el placer de tu compañía, lo haría por el gusto de molestarle"
-"Pobre Shaka..."- Comentó divertido el taheño, pensando en la relación 'te quiero y a la vez te odio', de ambos familiares. Milo volvió a contemplarlo con embelesamiento, apretando un poco más sus manos.
-"Así me gustas más... cuando ríes."- Reveló. Las mejillas del francés se colorearon un poco más, mientras bajaba la vista y no podía contener su sonrisa. Entonces volvió a mirarlo a los ojos para confesarle...
-"Pues tú a mí cuando estas dormido..."- Milo también sintió que su rostro comenzaba a calentarse
-"¿Eso fue una insinuación?"- Inquirió divertido
-"Tómalo como gustes."- Rió el galo.
-"Mira, Camus, hay muchas formas en las cuales puedo desquitarme"- Casi lo dijo en forma amenazante, sin quitarle el sentido humorista
-"Bien. Entonces voy a vestirme y nos vemos en el comedor..."
-"No. Cuando dije que desayunáramos juntos me refería a hacerlo fuera de la mansión, como dos civiles; eso quiere decir que te quiero a ti sin ese traje."- Explicó, diciendo lo último con cierto desagrado. No es que el pelirrojo se viera mal vistiéndolo, si no que prefería verlo con otra clase de ropa; quizá una que lo hiciera ver más sexy, y no tan formal.
-"No comprendo porque te resulta tan desagradable el traje; además, Shaka tiene que ir hoy al tribunal y..."
-"Lo sé. Aunque no lo creas, soy rubio; pero de tonto no tengo un solo pelo"
-"De acuerdo. ¿Cuál es tu plan?"
-"No creo que a mi querido primo le importe que cambiemos de guardaespaldas por un día. De cualquier forma le conviene a él y sobre todo a mí; de esa forma no me quedo pensando que ese resbaloso trata de conquistarte"- Frunció el ceño a modo de molestia y celos mezclados, recordando lo mucho que le gustaba a su primo, pasarse de listo con Camus. El pelirrojo sonrió, sin evitar pensar que por muy atractivo que fuera su jefe, y todas las artimañas que se ideara para seducirle, él no podría mirarlo de la misma forma en como miraba a Milo...
-"Señor Belafonte, aunque el señor Everett intentara roer mis huesitos, sépase que yo no mezclo los negocios con el placer..."
-"¿Y entonces por qué estas conmigo?"- Inquirió extrañado, a lo que el taheño respondió
-"Porque yo no trabajo para ti... y porque tú me gustas más..."- Le guiñó un ojo, apretó las manos que aun cautivaban las suyas, y rozando sus labios fugazmente, despidiéndose -"Nos vemos abajo"- Dijo. Dio media vuelta y abandonó la habitación, dejando al rubio con una sonrisa y un sabor en los labios aún más exquisito que cualquier manjar divino.
Detalles como esos eran los que hacia que la relación valiera más que cualquier otra cosa en el mundo.
Milo se quedó un momento mirando la puerta, entrelazando sus propias manos como si aún tuviera entre ellas las del francés
-"Te amo."- Susurró, sabiendo que aún no podía decírselo a Camus; a menos que este recordara un poco de lo que habían vivido en el pasado, hacia muchos años...
-o-.-o-
Luego de que Milo convenciera a Shaka del cambio de guardaespaldas por un día, Camus y él salieron a desayunar juntos a un sitio de la ciudad. El pelirrojo no tuvo que vestirse como siempre, ya que para el millonario representaba más una cita que cualquier otra cosa.
Que me condenen a cien años,
Que me destierren si te beso,
Que me castigue Dios si peco
Y grito a voz de que te quiero
Visitaron una plaza, que es un lugar donde hay cine, banco, tiendas de ropa y hay muchos sitios para ordenar comida. El francés se aseguraba de parecer lo más normal posible, mientras que el rubio, se desvivía por darle besos en la mejilla o tomarle la mano delante de algunas chicas o cualquier persona. Estas acciones ponían tenso al taheño, quien aparte de no saber como responder, se sentía extraño; más por pena sobre la impresión causada a las personas, que por cualquier otro tipo de sentimiento.
A Milo parecía no importarle que se mostrara incomodo, tajante o que actuara como si no estuviera acostumbrado a ser besado; eso hasta que una chica rubia le guiñó el ojo a Camus, este no dio señal de vida, pero si se apartó bruscamente del millonario cuando este intentó besarlo para alejar a la resbalosa. Eso fue el causante de que el rubio comenzara a caminar ofendido, hacia algún lugar donde el pelirrojo lo dejara en paz. Porque no sólo estaba sentido por aquél actuar, si no también, se encontraba lleno de celos.
-"No fue mi intención..."- Se disculpaba el guardaespaldas caminando detrás de él. –"Milo, por favor, lo siento."- El mencionado se paró en seco, girando bruscamente sobre su propio eje para mirar al galo con aprensión. Camus se quedó paralizado, como si esperara recibir una bofetada o algo por el estilo; al final el rubio ladeó el rostro y expulsó aire por sus labios con un gesto dolido
-"No puedo obligarte a quererme"- Dijo. Cerró los ojos y de nuevo dio la vuelta, ahora sí con la intención de escapar. El pelirrojo supo que le estaba dando libertad, que ya no sostenían una relación parecida a la de dos novios
Que me condenen a cien años
Que me destierren vivo si te beso
Que me castigue Dios si peco
Y grito a voz de que te quiero
-"No hay necesidad de hacerlo..."- Decía en su mismo lugar, sin seguirle –"Yo ya te quiero."- El rubio ya estaba a un par de metros, y entre el ruido que hacia la gente al pasar y la distancia interpuesta, el sonido se perdía. –"¡Milo, si te quiero!"- Le gritó el galo. Todo se detuvo, y el silencio fundó su reinado por aquél momento. Algunas jóvenes los miraban a ambos, lamentando la perdida por tan buenos partidos; otras señoras cuchicheaban sobre su inmoralidad, mientras el millonario volteaba a ver al pelirrojo y notaba como el color rojo se acentuaba en sus mejillas, al tiempo que miraba a todos lados buscando donde meter la cabeza.
El rubio caminó hacia el custodio, riendo como no lo hacia en mucho tiempo, en tanto Camus se cruzaba de brazos y le recriminaba con la mirada por burlarse de él.
-"No le veo la gracia... ¡Acabo de hacer el ridículo!"- Le amonestó, sintiéndose aún más tonto que antes. Milo se detuvo frente a él, sin importar que aún tuvieran publico.
-"Parece que no entiendes. Mi risa no refleja burla, si no felicidad"- Lo era. Lo manifestaba cada parte de su rostro. El pelirrojo pareció más tranquilo, aunque aún se sentía abochornado
-"Bueno... ¿Me perdonas o no?"
-"Creo que aún no te lo has ganado"- Negó el rubio cruzándose de brazos y mirándose las uñas con insistencia, como si esperara alguna otra acción. Camus entendió lo que deseaba, y sabía que aún había espectadores a su alrededor; pero bueno, había gritado que le quería, su siguiente acción quizá no sería tan relevante...
-"Antes de otra cosa... yo... necesito aclararte algo"- Expuso el taheño, atrayendo la atención del rubio. –"Yo enserio siento algo por ti, y es extraño porque ambos somos hombres y... bueno... el punto es que... mi corazón aún esta lastimado por una experiencia del pasado; así que será muy difícil si puedo llegar a corresponderte en la forma que tú esperas... No estoy seguro de poder hacerlo. Debes tenerlo presente si quieres perdonarme y seguir conmigo"- Sus ojos temblaban. Tenía miedo de que el millonario optara por darle una respuesta negativa.
Por eso yo
Ya no sé que voy a hacer sin tu amor
Si no puedo escapar de esta llama que incendia mi cuerpo
-"Cuando te confesé mis sentimientos, aquella noche, yo sabía a lo que me arriesgaba contigo. Pudiste decirme enseguida que no querías nada más, que no podrías amarme, porque eso es lo que yo quiero que hagas... que me ames. Si tú ahora me dices que jamás vas a superar tu dolor, y que sigues enamorado de... esa otra persona, con todo el dolor de mi corazón te dejo ir para cumplir lo que te dije esta mañana. Quiero ser yo tu fuente de paz, no aquél que te flagele y te haga conocer el infierno."- El pelirrojo sintió la necesidad de abrirse, de ser sincero con Milo; pero si no deseaba que algo malo le pasara, lo mejor era guardar silencio
Yo ya no intento descubrir que pasará
Y prefiero morir que aguantar lo que siento
Todo lo que yo llevo, lo llevo por dentro
-"Yo..."- Centró la mirada en las pupilas cerúleas del otro, esperando encontrar un valor que no llegaría. Los labios le temblaban, y los puños se cerraban con fuerza a cada lado de sus piernas. Por último desvió todo contacto con sus ojos, antes de responder –"Sólo te puedo decir que yo la amé como a nadie. Es un amor que se transformó en fuego y arrasó con todo lo que llevo por dentro. Las brasas lentamente se comen mi corazón..."- Se llevó un puño al pecho, como si deseara estrujar ese órgano palpitante. Milo conocía la parte funesta de esa historia, aunque el custodio no tuviera ni la menor idea
-"¿Te hace tanto daño?"- Le preguntó colocando una mano en su mejilla, de tal forma que las cobas galas volvieron a mirarlo.
-"No sabes cuanto..."- Respondió fúnebre. Ahora Milo sentía que las cosas estaban mal, que el día perfecto que había planeado terminó por ser el peor en la vida del pelirrojo. Para su asombro, el guardaespaldas tomó la mano que se ubicaba en su pómulo, se la llevó a los labios y la besó con afecto
Que me condenen a cien años,
Que me destierren si te beso,
Que me castigue Dios si peco
Y grito a voz de que te quiero
-"Camus..."- Musitó un sonrojado rubio
-"Te quiero porque tú eres luz y calma. No hay otro ser en el mundo que pueda controlar mis demonios internos ni quitarme tantos dolores con tan dulces besos. Te quiero porque para mí eres como... una aspirina..."- Manifestó jovial, elocuente, provocando que el otro soltara una carcajada.
-"¡Que lindo!"- Exclamó solaz. Camus sonrió, abochornado.
-"Soy malo para estas cosas..."- Colocó una mano entre el espacio de la barbilla y el hombro del millonario, antes de decir –"Pero puedo ser bueno para otras..."- Y dicha tal cosa, sin importar que aún fueran objetos de critica, se aproximó lentamente al rostro del rubio, dejando de lado aquél complejo y zozobra que antes había llenado su sistema, para deleitarse con un beso reconciliador entre él y Milo.
Al menos, por ese momento, Camus consiguió olvidarse de la SD-6, de sus misiones, y que por esa noche le diría adiós, para viajar a alguna parte del mundo y encontrar algo que sin sospecharlo, cambiaría el transcurso de su vida y de sus sentimientos...
-o-.-o-
Había una fuente de ángel fuera de un restaurante donde servían comida italiana; el sitio que ambos habían elegido para tomar su almuerzo. Antes de tomar su orden decidieron conversar un poco más sobre los proyectos que tenían para el futuro, sin tocar el tema de su relación.
Cuando el mesero les llevó el menú, un mensaje se encontraba pegado en la carta del galo:
Colibrí:
Te espero en los aseos de hombres.
Es muy importante que vengas para recibir órdenes directas de Hades.
El nombre de avecilla era su seudónimo dentro de la SD-6, por lo que Camus se puso tenso al saber que 'alguien' lo estaba espiando... Eso significaba que la vida de Milo corría peligro...
-"No se me apetece nada..."- Comentó el rubio mirando su carta, sin percatarse de la reacción en el taheño, o al menos, sin darse cuenta. –"¿Qué vas a pedir tú?"- Por fin lo miró
-"¿Qué te parece si ordenas por mí?"- Le preguntó con una media sonrisa. El mesero, que seguramente era un agente, llegó para tomar su orden y recoger ambos menús.
-"¿Los señores van a ordenar?"- Inquirió, listo para anotar en su libreta de mano.
-"Sí, por favor. Me gustaría..."
-"Este... Milo, tengo que ir a refrescarme un poco, ¿Te molesta?"- Se disculpó poniéndose de pie.
-"No, no, adelante"- Sonrió. –"Yo ordenaré por ti."- El pelirrojo asintió, se retiró de la mesa, y en cuanto le dio la espalda se puso totalmente serio. Caminó por entre las mesas del restaurante, con el destino fijo.
Fuera del cuarto de baño había un letrero que decía 'No disponible', y un señor vestido completamente de azul marino que limpiaba el piso. No había que ser un genio para saber que ese era otro agente haciéndose pasar por conserje. Exhaló con cansancio. Siguió directo hasta el baño sin siquiera saludar a su camarada y se encerró ahí con el que solicitaba su presencia.
-"Agente Noreit, que placer tenerlo por aquí"- Dijo un hombre, un par de centímetros más alto, de cabello blanco, que se encontraba parado junto a los lavabos, con los brazos cruzados.
-"Bien, Minos, ¿Cuál es el mensaje TAN importante que tengo que recibir del 'señor' Hades?"- Preguntó en forma de burla y despreciativa.
-"Camus, Camus, Camus."- Dijo de forma desaprobatoria. –"El señor Hades se encuentra preocupado porque no has cumplido con tu trabajo"
-"Él sabe perfectamente que Shaka Everett me impuso un castigo por un mes; así que recuérdale que si no he buscado los zafiros, es por cumplir con el segundo trabajo que se me asignó"- Manifestó de forma molesta, fría. El otro comenzó a reír, como si el galo acabara de contar el más gracioso de los chistes.
-"Tal vez, pero ¿acaso ya se te olvidó el propósito por el que te fue asignado ese trabajo?"- Las pupilas del taheño temblaron. –"O quizá lo estas haciendo de otra forma..."
-"¿Qué quieres decir?"- Sabia perfectamente el significado de sus palabras, aunque esperaba estar equivocado
-"Te vi llegar al restaurante de la mano con Milo Belafonte, el primo de tu 'jefe'. Dime, ¿pretendes seducirlos a ambos?"- Camus apretó los puños.
-"Lo que haga o deje de hacer no es cosa que les incumba ni a ti, ni a tu 'señor' Hades..."
-"¿De verdad? Vaya, parece que al colibrí se le ha olvidado que con una orden de Hades pueden relevarlo de su misión y dársela a alguien más capacitado, como yo, por ejemplo. Después de todo, Shaka Everett no es tan mal parecido; aunque si sigo el mismo plano que tú, puedo tener otro premio mucho más apetitoso..."- El galo llegó al límite de su paciencia, por lo que arremetió contra el albino tomándole por el cuello de la camisa y provocando que su espalda golpeara contra el mosaico del baño
-"¡A Milo no lo toques! ¿Me escuchaste?... ¡A él mantenlo al margen!"- Minos tomó las manos que lo capturaban, sonriendo mordazmente
-"Vaya, Camus, ¿Qué es este repentino interés por otro hombre? No me digas que ya te gustan..."- El pelirrojo le soltó, limitándose a sonreír sátiramente; ocultando su verdad bajo una mascara de hipocresía.
-"No seas estúpido, Minos. Mi intención es acercarme a él para ganarme la confianza de su primo; pero claro, unas personas con tan poco cerebro como tú, y como el 'señor' Hades, no pueden comprender las estrategias de alguien con mi coeficiente intelectual tan elevado"- Le dio la espalda, aún sintiendo que las piernas le temblaban. –"Vuelve a los Ángeles y dile a nuestro jefe que verá resultados. Esta noche viajaré para encontrar el zafiro. Supongo que mis indicaciones ya las tiene Kanon."
-"Correcto."
-"Entonces espero no volver a verte."- Abandonó el baño, apoyándose en la pared para tomar un poco de fuerza y algo de calma, para que Milo no notara que había un problema. De lejos pudo verlo, sentado en la mesa que escogieron al llegar. Bebía un poco de agua mientras revisaba los mensajes en su celular.
Camus lo había visto sufrir por su tía, por la muerte de sus padres hacia tanto años; ahora lo visualizaba derramando gruesas lágrimas por su culpa cuando tuviera que cumplir con su misión y hacer que Shaka se enamorara de él...
-"No quiero lastimarlo..."- Pensó sintiéndose culpable y al mismo tiempo molesto por tener, en el futuro, que actuar de una forma que odiaba; a menos que un milagro cambiara su vida...
Pero ¿Acaso podría existir algo que evitara el que tuviera que seguir bajo las ordenes de hades?
Song: Tu corazón, interpretada por Lena y Alejandro Sanz
.o.o.o. To be Continued... .o.o.o.
