Disclaimer: No, HSM no me pertenece.
Nota de la autora: Ahí va con el segundo capítulo. No os olvidéis de dejar un comen, que tampoco cuesta tanto =P ¡El botoncito "go" os esperará cuando terminéis de leer!
Chocolatinas
× Capítulo 2 ×
Desde que Gabriella conocía a Sharpay y Troy, siempre les había visto actuar de la misma manera: chillarse y pelearse, para terminar pocos minutos más tardes abrazados como dos tontos. Por muy lejos y profundo que fuese a buscar, era incapaz de recordarse de ningún día que les hubiese visto juntos sin elevar la voz el contra el otro. A lo mejor era por eso que ambos se llevaban siempre tan bien.
Probablemente que os estaréis preguntando si Gabriella, a demás de saber que eran hermanos, también estaba al corriente de los sentimientos de Sharpay hacia su hermano y la respuesta era un gran "sí". Sharpay ya se había acostumbrado a vivir en una familia que a veces calificaba de recompuesta, cuando normalmente este término se utilizaba cuando los padres estaban separados, pero la joven le daba la misma valor; porque las personas que viven con un padre o una madre diferente, a veces hasta conviviendo con hermanastros o personas que no son hermanos de sangre pero que deben tratar como cual, estaban un poco en la misma situación que ella. Sólo que en este caso, Sharpay no debía hacer frente a un nuevo padre o nuevos hermanos; hacía frente a una familia entera que no era, biológicamente, la suya.
Muchas veces había mirado en la tele o leído en libros testimonios de gente que estaba en su caso, y ya le había pasado no poder creerse lo que leía, como aquella vez que vio una mujer hablar de los hijos de su nuevo marido y decir en frente de ellos que nunca podría amarles como a los de su propia sangre. Tampoco se podría olvidar de la rabia que la había invadido y de las ganas de levantarse y de encontrarse frente a esa mujer y decirle todo lo que sentía, hasta recordarse que un televisor les separaba y sobre todo que Troy le estaba pidiendo suavemente que se calmase. Aquella misma noche se fue pensando en lo que hubiera podido ser su vida si Rosaline y Jack hubieran sido así o si, peor, hubiera caído en otra familia que le hubiera hablado como aquella mujer. Sólo de pensarlo le producía unos interminables escalofríos, aún de hoy en día. Pero esa situación no era su desgracia, sobre todo que tenía a unos padres maravillosos que siempre le habían asegurado no hacer - ni conseguir - hacer ninguna diferencia entre ella y Troy, por la simple razón que habían sido ellos quien habían decidido adoptarla y que los vínculos de sangre no tenían ningún significado. Muy rápidamente, Sharpay había comprendido que aquellas palabras estaban llenas de una verdad irrevocable que se había una vez más confirmado, esta vez con Gabriella.
La primera vez que se vieron fue el primer día de clase de Sharpay, cuando tan sólo tenían seis años. Sharpay había llegado en mitad del año escolar en infantil y con cierta dulzura, aún se acordaba de lo mucho que le había costado dejar a Rosaline sobre el umbral de la puerta y enfrentarse a lo que le había parecido un ejército de críos.
Sin embargo, al poco tiempo de haber entrado, una chica se había acercado a ella, una gran sonrisa sobre la cara, su pelo entonces largo y liso desatado y voltejeando con sus pasos. Ni siquiera le había preguntando cómo se llamaba, simplemente se había contentado de cogerla de la mano y llevársela a la otra punta de la sala, donde había estado pintando un enorme dibujo sobre un caballete miniatura. Desde aquel momento habían sido inseparables. Tan sólo a los dos días de conocerse Gabriella ya había tenido el lujo de visitar su casa y Sharpay la suya, se esperaban a la entrada y a la salida del cole y mientras fueron creciendo, esas pequeñas costumbres seguían ahí, las actividades extraescolares evolucionando con sus edades. Ahí estaban, a ese día de un viernes cualquiera, preparándose juntas para irse al juego de baloncesto al cual habían aceptado acudir. Sharpay había invitado la morena a su casa desde que salieron de clase, aunque en realidad, esa invitación se había hecho sin palabras. Ya no les hacía falta, la verdad, porque ambas se invitaban sin darse cuenta.
- Recuérdame por qué tengo que ir, por favor.
- Porque lo prometiste este lunes -repitió una enésima vez Gabriella-. Venga, Pay, que tampoco no es nada malo. Sólo serán dos horitas y después, para casa.
- ¿No se te olvida un detalle?
- Y porque, ¿qué voy a hacer yo con tantas parejas? -terminó la joven.
Sharpay suspiró tan fuerte que Gabriella no pudo resistirse a las ganas de reírse. Sharpay acababa siendo realmente graciosa al negarse rotundamente a ir al partido, pero a aceptar para simplemente agradarla. Ella era así; muy caradura y cabeza cuadrada, pero había que saber hablar con los sentimientos para que se convirtiera en la persona más dulce del mundo.
La rubia, que se encontraba frente a su armario, se dio media vuelta y se sentó frente al gran espejo situado al lado de su cama, frente al cual Gabriella ya se encontraba desde un buen rato, aplicándose ahora con mucho cuidado su pintalabios brillante. No era que a ella le agradara mucho ir, pero simplemente por tener una ocasión de pasar un momento típico de chicas adolescentes, valía la pena. Las salidas entre amigos eran siempre una razón suficiente para querer arreglarse y a la morena le encantaba oír a Sharpay hablar sobre tal o tal ropa, lo qué iba con su tez o no, cómo se debería peinar para ponerse en valor o qué color aplicarse en los párpados.
El partido empezaba a las ocho. Llegaron las ocho menos cinco y las dos chicas aún estaban arreglando los últimos detalles y, fatalmente, llegaron con diez minutos de retraso. Cogidas de la mano, intentaron apartar a la gente para encontrar a sus amigos que se encontraban en el otro lado del terreno. Hacía una calor insoportable y Sharpay sentía oleadas de calor golpearla; menos mal que a ella y Gabriella se les habían olvidado las chaquetas en los asientos traseros de su coche, porque entre la temperatura normal de la sala y el alborote de personas que la llenaban - hubiera dicho demasiado, las chicas creyendo que andar les era casi imposible, todos pegados los unos contra los otros por falta de sitio - bastaban a mantener un calor continuo.
Si Gabriella había asegurado que la tortura de Sharpay iba a durar unas dos horas muy pequeñas, fue sin contar que el partido no empezaba a las ocho sino que a las ocho y media y que por mucho que se habían atrasado y que habían tardado en encontrar a sus amigas, cuando las vieron y saludaron, ahí fue cuando los jugadores empezaron a entrar en el terreno. Pero como de costumbre, no fue "terminar el partido e irse para casa", fue "terminar el partido e irse a festejar la victoria", esta vez en casa de Chad, cuyos padres estaban ausentes por un viaje de quince años de casados en Venezuela. Aunque sólo estaban siete personas, eso fue suficiente para que casi todos acabaran completamente bebidos o al menos con los sentidos algo alborotados. A las dos de la mañana, Sharpay, que sólo había bebido unos vasos de cola, uno con un poco de ron, decidió que ya iban siendo horas para irse. No eran la reacción de sus padres que le atormentaba, más bien la de la madre de Gabriella cuando vería su hija casi incapaz de estarse en pie.
- Gabriella, ya te he repetido una y otra vez de no beber. Te sienta fatal.
- ¡Qué dices! Estoy fenomenal.
- Pues como vayas así hacia tu madre, ¡ya verás lo fenomenal que vas a estar castigada! Lo mejor será que te vengas a mi casa. Te prohíbo contestar -ordenó la rubia, levantando el dedo índice-. Sube.
Gabriella, quién desvelaba su lado más artístico cuando la cantidad de alcohol era algo más elevada en su sangre, intentó hacer una entrada que quería dramática pero en vez de eso, se cayó lamentablemente sobre el suelo del automóvil, los brazos sobre el asiento y los pies fuera del coche. Sharpay suspiró y la ayudó a levantarse.
Normalmente, la morena no solía beber, porque conocía muy bien los efectos que tenía el alcohol sobre su organismo, pero una vez más, se había dejado llevar por la tentación y el resultado no tardó en notarse: la joven no conseguía hacer dos pasos derechos, hablaba por los codos, y, entre otras cosas más, se reía por tonterías que no eran graciosas.
Sharpay aparcó el coche en frente de su garaje, salió y fue a ayudar a su amiga para andar, sosteniéndola por la cintura, Gabriella poniendo un brazo alrededor de sus hombros. Ésta se había puesto a cantar unos minutos atrás y no había quien la podía callar.
- I'm a little teapot, short and stout! Here's my handle, here's ma spout!
- Bri, por Dios, ¡calla! -suplicó Sharpay mientras caminaban hacia su cuarto-. ¡Vas a despertar a toda la casa!
- Anda Pay, qué sólo estoy intentando darte ánimos.
- ¿Para qué demonios tienes que darme ánimos? ¡Estoy muy bien!
- Pues... Por si acaso.
Dicho esto, se puso a reírse sin poder contenerse. Sharpay tapó su boca lo más eficazmente que le era posible y unos segundos más tardes entró en su cuarto. Las carcajadas de Gabriella cesaron, ya que la chica se fue hacia la cama de su mejor amiga, se acostó allí, abrazando la almohada contra sí. Mientras tanto Sharpay entró en su cuarto de baño y cuando salió, vio que la joven estaba ya durmiendo, completamente rendida y su ropa aún puesta. Suspiró, levantando los ojos al cielo y se fue hacia el lado vacío de la cama, en el cual entró y no tardó tampoco en dormirse.
- ¡Venga Gabriella! El sol está muy alto en el cielo, brilla de toda su luz y hasta los pájaros cantan para ti. ¿No los oyes?
Dicho esto, Sharpay abrió de par en par la ventana de su cuarto, apartando las persianas y dejando que la luz del día entrase violentamente en el cuarto. Un ruido que pareció ser un enorme gruñido resonó en todo el cuarto.
- Por favor, Sharpay -balbució Gabriella-. ¿Qué pasa? ¿Te ha despertado un Teletubbie o qué?
- A mí, nadie. A ti, un enorme dolor de cabeza. La aspirina está sobre la mesita de noche.
La chica se dejó caer sobre la cama, justo a su lado, mientras la morena se sentaba correctamente, frotándose los ojos y bostezando. Murmuró un vago "Gracias" antes de tomarse la aspirina y se acostó de nuevo, apretándose las sienes.
- ¿Cómo puede ser algo aparentemente tan inocente tan doloroso? -suspiró Gabriella-. La próxima vez, no me dejes ni que lo mire.
- No será porque no te advertí, que eso, no me lo podrás reprochar.
- Por una vez que no soy yo la que te dice lo que hacer, ¡de qué te quejarás!
- Yo de nada, que ya son las dos de la tarde, estoy perfectamente despierta y no me duele nada.
- Ya, pero... Espera -dijo de repente, cortando su propio rollo. Se levantó de nuevo, miró a Sharpay y después de una fracción de segundos, sus ojos se volvieron como platos de grandes-. ¡Mi madre me va a matar, Sharpay! ¡Me va a matar!
- ¿Y eso? -se sorprendió la rubia, mientras intentaba disimular una risa.
- ¡Tenía que ir con ella a la iglesia, se lo prometí hace ya tiempo!
Sin decir nada más, saltó al suelo y se acuclilló frente a Sharpay, cogiendo sus manos y rogándole que la llevase a casa en un tiempo record. Esta vez literalmente muerta de risa, aceptó y mientras su amiga salía de la casa corriendo, la rubia seguía el camino a su paso, tranquilamente.
Después de haberla llevado a casa, llegó la pregunta de qué podría hacer para ocuparse. En un primer tiempo pensó en irse al centro comercial, hasta decirse que probablemente se iba a aburrir si estaba sola, pero fue sin pensar que su hermano la llamaría, pidiéndole si le gustaría irse con él a tomarse un frappucino para matar el tiempo, porque "se aburría para morirse".
Cuando Sharpay llegó al lugar de su cita y que se encontró frente a su hermano, no pudo evitar decirle que el hecho que la llamase de aquellas maneras le daba una fuerte impresión que lo hacía porque no tenía a nadie que quisiera acompañarle.
- ¿Es qué tengo que dar explicaciones si quiero pasar tiempo contigo? No sería la primera vez.
- Ya, pero el "me aburro, no sé qué hacer" no daba la impresión que me invitaras porque tenías ganas de estar conmigo.
- De verdad, qué tonta eres, Pay. Te recordaré que lo raro sería no llamarte para venirnos aquí un fin de.
Troy le dedicó unas de esas sonrisas de las cuales el sólo obtenía el secreto y que, sin quererlo, hacía que Sharpay perdiera todos sus modales. Podía parecer una estupidez, pero su simple sonrisa poseía un poder que ella nunca había conseguido resistirse y que, a cada vez, le hacían curvar las comisuras de sus labios. Por mucho que intentara controlarse, le parecía casi imposible. Troy era demasiado perfecto para que fuera casi pensable. Su forma de ser era simplemente encantadora y mientras más le conocías, más te persuadías de ello. Era como si Troy fuera una persona de la cual tuvieras que estar obligatoriamente enamorada. La verdad era que ella misma se sorprendiera que no hubiese tenido tantas novias - sólo había conocido a un par de ellas, una de cuando tenía unos quince años y otra hacía ya un par de años atrás - ni tampoco se le conocía muchos ligues de una noche. Sin embargo, no sería la primera vez que una desconocida fuera a hablar a Sharpay pidiéndole que le diese su número de teléfono a su hermano, pidiéndole su correo electrónico o, peores extremos aún, que chicas que no había visto en ningún sitio viniesen a su propia casa para hablar directamente con su hermano de "algo muy importante". Y, cómo no, la mayoría de las chicas de las que veníamos de hablar eran maniquís sin ningún defecto.
Por eso mismo, Sharpay se sentía a veces muy afortunada de ser su hermana y que además se llevaran tan bien. Desde siempre, ella y Troy habían tenido por costumbre de contarse todos sus secretos y detalles de sus vidas propias. Para ella, él siempre había sido su mejor amigo y confidente, el chico en el que había confiado todas sus penas y glorias y también el que cuyo hombro había más mojado de sus lágrimas. Troy siempre había estado allí para apoyarla en cualquier circunstancia y siempre se lo agradecería, porque pese a que los años pasaran, su amistad les seguía.
