Severus Snape contaba ya con 11 años y esperaba ansioso sentado en una silla de madera de la tienda de Ollivander a que el cliente anterior terminara.

El cliente era un muchacho rubio algo más mayor que el que esperaba que el fabricante de varitas reparara la suya en el acto:

- Oh, joven Malfoy, creo que esto no es una reparación habitual...- iba diciendo el señor Ollivander al chico.

- Señor Ollivander- Severus notó que el chico arrastraba las palabras al hablar, le resultaba gracioso- necesito mi varita, no se si me entiende...

Y volvieron a enfrascarse en una discusión a media voz.

Severus se aburría mortalmente y sus ojillos negros no dejaban de recorrer el local, le parecía curioso y le hubiera gustado que su madre le acompañara, pero ella no estaba en las condiciones necesarias para visitar el callejón Diagon con su hijo.

Tras más de media hora de espera, el cliente se marcho exasperado de la tienda sin despedirse y entonces Ollivander se percato de su pequeño cliente que le esperaba. Severus se dio cuenta de que le miraban y, acostumbrado a no imponer con su aspecto físico pero si con su mirada, le lanzó una desafiante.

- Vaya, vaya, vaya, que tenemos aquí...- el hombre parecía hablar para sí mismo. Salió de detrás del mostrador obviando el desafío en la mirada del chico- Vienes a por tu primera varita. Ponte en pie, por favor- no preguntaba, lo afirmaba- Bien, bien, extiende el brazo con la que pienses empuñarla...

Severus era diestro, así que estiró el brazo de ese lado. Creyó que lo mejor sería terminar cuanto antes y alejarse de ese hombre que tenía algo como siniestro.

- Vaya, vaya, vaya, un joven mago diestro, vamos a ver... tus medidas...- y convocó un metro con su varita que se desenrolló y empezó a medir a Severus: de la punta de los dedos al hombro, de la muñeca al codo, de los pies a la cabeza... Cuando el metro estaba midiendo su perímetro craneal, la puerta se abrió de par en par y una figura alta y estilizada se materializó casi de la nada en la entrada.

Ollivander, perdido en la trastienda, rebuscaba algunas varitas que ofrecer al joven mago y Severus, con la cinta métrica enrollada en su cabeza y el brazo estirado hacia delante tenía una pinta ridícula. La figura encapuchada entro en la tienda sin molestarse a mirar al chico que allí estaba, dio un golpecito en el mostrador con su varita y Ollivander apareció de la trastienda en un segundo.

- Vaya, vaya, vaya...

- Nada de vayas, anciano- habló la figura con voz masculina y algo amenazante. Severus distraído se había olvidado por completo de mantener el brazo estirado y sujetaba a la cinta con una mano para que no intentara medirle alrededor de la muñeca- Quiero que me preste mucha atención...- Entonces, el hombre volvió su cabeza hacia el chico y de forma seca, le dijo al hombre- Haz que se marche, Ollivander.

Severus sabía perfectamente que ese hombre encapuchado se refería a él cuando le habló a Ollivander y no iba a dejarse a amilanar nada mas pisar el mundo mágico por primera vez.

- No voy a irme. Vengo a por mi varita.

Ollivander miró al chico con la sorpresa pintada en el rostro y el hombre encapuchado, lentamente, se acercó a él.

- Vete, mocoso, y no molestes- se irguió cuan alto era y con una voz repleta de orgullo añadió- mejor regresa cuando crezcas y seas digno de dirigirme la palabra.

Severus se ruborizó de la humillación y el anciano Ollivander le miraba piadoso. No más humillación, no más piedad, penso Severus, y ni corto ni perezoso se giró hacia la silla donde rato antes había estado sentado. El desconocido, creyendo que el muchacho se había marchado dejó de prestarle atención y enorme fue su sorpresa cuando el sonido de un mueble arrastrándose sonó detrás de él.

Al girarse, vio al muchacho arrastrando una silla para acercala al mostrador. Una vez allí, el chico se encaramó a la silla y de ahí al mostrador, quedando las caras casi a la misma altura. Severus se plantó con la cinta métrica en la mano y mirando al encapuchado, le dijo:

- Ahora ya he crecido y quiero mi varita- su voz sonaba temblorosa pero con determinación.

El hombre desconocido tenía el rostro cerca de el del chico y vio su ceño fruncido y su cara de desilusión. Sonrió para sus adentros y se retiró la capucha.

- Has ganado la batalla, escoge tu varita.

Ollivander se mostró en todo momento como un espectador de la batalla de voluntades y se sorprendió mucho del resultado, aun así, supo recuperarse y siguió atendiendo al chico. La verdad que encontrar la varita fue difícil y ambos, tanto el chico como el hombre que esperaba, tuvieron verdadera paciencia. Al fin dieron con la adecuada: 28 centímetros, flexible, de ébano con un núcleo muy especial que se negó a revelarle al chico.

Severus estaba radiante con su varita nueva. Le parecía la más maravillosa de todas, le dio las gracias de forma tímida a Ollivander, le pagó y miró tan sólo un momento al hombre que no dejó de observarle durante toda la selección.

- Enhorabuena, mocoso. Ya tienes tu varita.

Severus sonrió, triunfal, se sentía el amo del mundo con su varita nueva.

- Ya es su turno, señor...

- Riddle, Tom Riddle- el hombre se levantó y le tendió la mano al chico.

- Severus Snape- dijo, aceptando su mano.

- Ya nos veremos, joven Snape.

Severus se encogió de hombros y se marchó de la tienda feliz, sin ver el rostro de pena y aprehensión que tenia Ollivander al presenciar el encuentro que le cambiaría por siempre la vida.