Aquel verano era uno de los más tórridos que podía recordar. El ambiente era pesado y el poco viento abrasaba y el río, pestilente todo el año, estaba batiendo sus propios records.

Pasado el medio día, después de comer pizza fría y repasar algunos trabajos de Pociones de sus alumnos, Severus Snape se relajo en el único sofá del que poseía. Con un movimiento de la varita cerró la ventana y provocó una corriente de aire ligera y refrescante en la estancia. Iba descalzo y en manga corta pero a pesar de ello estaba empapado en sudor.

El aire se le antojo un alivio y tranquilo, fue quedándose amodorrado en el sofá. Cuando apoyó su cabeza sobre su hombro ya había caído dormido.

Despertó casi dos horas después, con dolor de cuello y mal humor. El jamás se trasponía de esta forma repentina pero decidió achacarlo al calor y no sofocarse por algo, que después de todo, nadie había visto. Se levantó y se dispuso a seguir repasando trabajos de pociones pero la determinación se le vino abajo al ver, que los restantes que quedaban sobre su escritorio pertenecían a Gryffindor. Soltó un gruñido y decidió dejarlo para más tarde. Estaba de mal humor y seguía el consejo de Albus Dumbledore:

- Intenta no corregir los trabajos de Gryffindor cuando estés en un mal momento, Severus, quizás no seas justo del todo.

Él jamás era justo, pero claro, eso Albus ya lo sabía, solo se lo hizo notar. Resopló y salió al patio trasero. Quizá si lo arreglara estaría mejor pero, allí fuera no podía usar la magia y no iba a arrodillarse y a hacerlo con sus manos como esos sucios muggles, así que lo dejaría como estaba, lleno de malas hierbas y repleto de trastos no del todo convencido de que todos esos trastos fueran suyos.

Suspiró y se sentó en el escalón de la entrada. Recordó que allí su madre colgaba la ropa mojada en verano. Recordó que cuando se sentía mal, salía allí y buscaba el agujero en la cerca que lo dejaba escapar al mundo exterior. Recordó que desde ese mismo escalón donde ahora estaba sentado, su madre le miraba y le animaba a que se subiera a su escoba de juguete en ausencia de su padre. Recordaba muchas cosas, demasiadas para su gusto y no pudo por menos que ponerse nostálgico. Y de repente recordó los pasteles que preparaba su madre. Que él supiera, su madre era una cocinera limitada pero los pasteles que ella preparaba, recubiertos de chocolate por todas partes, no tenían parangón. Ni siquiera los elfos domésticos conseguían superarlos.

No pudo evitar una punzada de placer al recordar el sabor de los pasteles de chocolate de su madre y creyó, que quizás, su madre, conservaba la receta por algún lado.

Animado porque ya no hacía tanto calor, tenía algo que hacer y podía seguir evitando los trabajos de Gryffindor entró a la casa y rebuscó por los viejos y escasos cajones.

Sabía todo lo que contenía esa casa, al igual que la biblioteca, pero no recordaba haber visto ningún libro de recetas. Una pena, debía de conformarse con los pasteles de Hogwarts. Pero de pronto recordó algo más. Su madre siempre usaba una especie de tarjetas cuando estaba en la cocina. Parecían hojas de cuartilla unidas entre si, manoseadas y sucias pero ella las guardaba con celo e intentaba no perderlas. Quizás aun estuvieran donde su madre las dejo por ultima vez. Había pasado mucho tiempo desde entonces, pero nadie había puesto las manos en esa cocina en años, solo Severus creyó conveniente limpiarla de vez en cuando y nunca pensó en recoger esas hojas.

Exacto, allí estaban. Las hojas atadas por una triste goma elástica quebradiza por el tiempo. Severus deshizo el hatillo y paso hoja tras hoja. Todo eran recetas de cocina. Algunas simples, otras no, algunas con ingredientes mágicos, otras no. Y allí, una de las últimas, estaba el delicioso pastel de chocolate. Leyó los componentes y el modo de hacerlo y determinó que no le sería demasiado difícil, después de todo era maestro en pociones, cocer un pastel no era un reto para el. Tan solo necesitaba los ingredientes y algo de tiempo.

Su plan se desarrollo según lo previsto. Primero quiso terminar con su trabajo retrasado del colegio y luego pudo dedicarse a iniciarse en ese increíble mundo de la cocina. Ahora estaba sentado en el sofá con un pastel de chocolate con forma de caldero delante suyo. Tenía un aspecto apetitoso pero no estaba convencido del sabor. Estaba seguro que sus papilas gustativas habían memorizado el sabor del pastel de su madre y que cualquier otra cosa menos deliciosa les resultaría ofensiva. Carraspeó y cortó un trozo. El bizcocho estaba mullido y el cuchillo cortaba las capas de chocolate provocando un suave crack al romperse estas.

Se llevó el trozo cortado y le dio un primer mordisco. Masticó lento, degustando y una sonrisa ensanchó su rostro, embelleciéndolo. Lo había logrado. Había heredado el talento de su madre para las pociones y los pasteles de chocolate.

En la intimidad de su casa disfrutó como un enano de su enorme pastel de chocolate y le pareció divertido mandarle un trozo a Albus con la siguiente nota: "Después de uno como este, creo que seré capaz de corregir los trabajos de Gryffindor con otro humor". Se rió de su propia ocurrencia y lo dejó en eso, en una ocurrencia. Él jamás haría eso.