N/A: Me he salido un poco de lo que es la idea del fic pero bueno, espero que podáis perdonarme. Me he dejado llevar por la imaginación y ha salido esto. Quizá debía guardármelo para el final del fic pero como no sé cuando terminará ni cómo pues ¡qué narices! ¿para qué esperar? Lo publico y punto que estará mejor aquí colgado que criando polvo en mi disco duro. Pues ale, ya me diréis qué os parece y tal que la verdad me lo he pasado bastante bien escribiéndolo. Chauuu!!
Rita Skeeter, periodista de alto postín y autora de diversos best-seller estaba a punto de dar la campanada final.
Tras la Batalla de Hogwarts el mundo se conmocionó por dos motivos: la definitiva caída de Lord Voldemort y la acérrima defensa que Harry Potter hacía del nombre de Severus Snape.
Rita, intrigada por ese cambio repentino de pareceres quiso saber más y se sumergió en la búsqueda de la verdad. Estaba claro que Potter y sus amiguitos le iban a cerrar las puertas en las narices en cuanto las asomara para husmear pero sabía que los que participaron en la Batalla y presenciaron el duelo final estarían más que encantados de aportar su granito de arena.
Poco a poco contactó con algunos de los presentes y todos relataban lo mismo. Potter se había enfrentado con sumo valor al Señor Tenebroso resultando vencedor en un duelo sin precedentes y blablablá, pero lo que a ella le interesaba era lo anterior. Hablaron, no hablaron, ¿qué se dijeron?
Tras meses de búsqueda encontró a alguien dispuesto a hablar. Era un estudiante de sexto curso de Hufflepuff que aún tenía pesadillas después de lo vivido. Después de una buena taza de café con Veritaserum y un hechizo desmemorizante salió de la casa de su invitado con todo un arsenal de información bajo el brazo y vio claro qué tema trataría en su siguiente libro.
Después de apenas seis meses trabajando en el libro ya tenía preparado el manuscrito que en seguida fue corregido y enviado para su impresión. Ahora, Rita, sostenía el primer ejemplar que saldría a la venta mañana, 14 de febrero.
Golpeteaba con sus dedos sobre la cubierta de piel oscura y de vez en cuando sus yemas reseguían las letras con relieve del título: La azarosa vida de Severus Snape.
Estaba ansiosa por que llegara mañana. La librería del callejón Diagon seguro que estaría a reventar y todos los medios de comunicación la estarían esperando a ella. A la más grande, a la periodista más atrevida, la que conseguía lo que nadie conseguía.
El 14 de febrero, Harry Potter se levantó temprano. Se despidió de su esposa Ginny y partió pronto al callejón Diagon.
Sabía que su presencia en el acto de presentación del libro de Rita "cucaracha" Skeeter no haría más que favorecerla pero sentía una rabia, un odio en su interior por esa mujer que toda precaución era invalidada ante sus ganas de vengarse.
Se había enterado de la muy rastrera había utilizado sus artes de aduladora y tramposa para conseguir la información que deseaba y a partir de allí, su pluma a-vuela-pluma haría el resto. Tergiversaría la historia a su antojo y la imagen de uno de los hombres más valientes que jamás hubiera conocido se vería reducida a la imagen de un pobre hombre desafortunado en amores, humillado y vilipendiado.
No iba a consentirlo. Tanto su esposa como sus amigos, Ron y Hermione, intentaron convencerlo de que todo aquello era una tontería, mientras Harry estrujaba con rabia la hoja de El Profeta dónde se anunciaba el lanzamiento.
Les dio la oportunidad de hacerle lado o dejarlo solo. El único que le secundó fue Ron, adivinando la importancia que para él representaba. Sus respectivas esposas estaban demasiado ocupadas preparando las habitaciones para sus futuros bebés y ambos comprendían que eso las mantuviera a otro nivel y que todos los asuntos que no trataran de ropita diminuta, patucos y cunas era mundano.
Dos horas antes de la hora fijada para el evento, Harry ya estaba en el Caldero Chorreante delante de un café. Al poco, apareció Ron, alto, pecoso y más pelirrojo que nunca. Se sentaron ambos en una misma mesa y esperaron.
Narcisa Malfoy entró en la librería del callejón Diagon justo cuanto Skeeter retiraba una cortina de terciopelo verde lima de encima de un montón de libros encuadernados en color oscuro.
La muy engreída sonreía a las cámaras y hablaba con esa voz pastosa de lo interesante que iba a ser ese libro para muchas personas, sobre todo para las que conocieron a Severus Snape en vida.
Notaba como le bullía la rabia en la boca del estómago. Esa mujer era una farsante y nadie tenía intención de decirlo en voz alta, al contrario, todos la elogiaban y aplaudían. Si ella no llevara el apellido Malfoy ya le habría derramado un tintero entero por la cabeza.
Alguien la golpeó por la espalda y pasó junto a ella murmurando unas disculpas escuetas y haciéndose hueco entre la muchedumbre. Indignada iba a reprender al desconocido pero al reconocerlo sonrió para sus adentros y se apoyó en uno de los estantes.
Si Harry Potter había acudido a la presentación del libro y si, como pensaba, iba a decirle todas las verdades a la cara de Skeeter se prometió que iba a agradecérselo.
Sacudió su larga melena rubia algo encanecida y recordó la primera vez en que se fijó en Snape que en aquel entonces era un enano de 11 años con mucha mala uva que logró, el primer día de colegio, poner en su lugar a Lucius, prefecto y miembro destacado de la casa Slytherin.
Aun hoy reía junto a su marido de ese primer encuentro. Él se enfadaba con ella pero Narcisa sonreía, besaba a su marido en la mejilla y ambos echaban de menos a Snape.
Al fin y al cabo era su amigo, el testigo de su boda y el padrino de su único hijo.
El 15 de febrero una lechuza agotada tras un largo vuelo daba picotazos ansiosos en el cristal de una ventana.
La ventana pertenecía a una casa más o menos conservada en la parte más norteña de Gran Bretaña.
Tenía un pequeño jardín delantero donde crecían todo tipo de plantas exóticas y detrás, el muro de la casa terminaba en un acantilado abrupto que se abría al mar. Desde las ventanas superiores la vista abarcaba el mar, azul y embravecido y las lomas ondulantes que se extendían en todas las gamas de verde hasta perderse en el horizonte, sin atisbo de civilización cercana.
Un hombre abrió la ventana y dejó pasar a la lechuza. Le señaló un perchero para que reposara y recobrara fuerzas y desenrolló el paquete que llevaba después de desatarlo de una de sus patas.
El Profeta mostraba en portada la foto del día anterior. Harry Potter señalaba a Rita Skeeter con un dedo amenazante mientras la otra buscaba a un lado y a otro una posible vía de escape. Las primeras líneas del artículo eran interesantes y decidió dejarlo para después y acompañar la lectura con un café bien cargado.
Salió de la cocina y fue a buscar su monedero. Al regresar, la lechuza estaba peinándose las plumas e hinchó el pecho al verle, estirando la pata en la que llevaba un saquito atado.
El hombre, abrió el monedero y depositó un sickle de plata en el saquito. La lechuza, ululó y salió volando por la ventana todavía abierta. La siguió y cerró la ventana.
Dispuso todo lo necesario para el desayuno y una vez lo tuvo listo, se sentó y abrió el periódico por la página indicada:
MOTÍN EN LA PRESENTACIÓN DEL NUEVO LIBRO DE SKEETER
Nuestra más representativa periodista fue ayer objeto de las mofas y acusaciones de un reducido grupo de defensores de Severus Snape que, encolerizados por la salida al mercado de la obra de Rita, organizaron un acto de censura.
Harry Potter, máximo representante de la defensa, acusó a Rita de urdir trampas, del uso prohibido de Veritaserum e de inventar hechos no contrastados con la realidad. A todo esto, Rita se defendió esgrimiendo su poderosa sonrisa e intentando calmar a Potter, que parecía fuera de sí y a punto de atacarla….
Sonrió de forma sincera cuando terminó de leer el artículo. Volvió a la portada y miró la foto más detenidamente.
Estaba claro que Potter no estaba fuera de sí ni intentaba atacarla y que su amigo, Ron Weasley no lo estaba incitando sino más bien parecía calmarlo. Suspiró y entonces en una esquina de la foto vislumbró una melena rubia y un rostro semioculto por la montaña de libros.
No necesitaba más para reconocerla. Así que ella también había ido. Volvió a sonreír y les dio las gracias mentalmente ya que no podía hacerlo en persona. Se supone que los muertos no resucitan.
