Disclaimer: Fullmetal Alchemist no me pertenece. Y ésta es una traducción del fic original escrito en inglés por la talentosa Nike Femme.
Agradezco a Lady Seika Lerki por ayudarme revisando mi traducción.
Full Circle
(Círculo Completo)
Capítulo 26: Cambios
Roy se sentó tan de repente que casi casi se estrella y se abre la cabeza con la litera superior y sus costillas aún en recuperación crujieron en protesta. Su cabello cayó desordenado sobre sus ojos y sus dedos lo recorrieron impacientemente hacia atrás, dejándolo todavía revuelto mientras se frotaba los ojos para quitarse el sueño, parpadeando para tratar de aclarar su visión al tiempo que sus ojos se ajustaban a la ensombrecedora oscuridad de la habitación, iluminada solamente por la luz del ambiente de la ciudad filtrándose desde afuera. Debió de haber olvidado cerrar las persianas antes de caer exhausto. "¿Qué diablos haces entrando a escondidas a mi habitación a estas horas de la noche, Acero?" Avivado por la falta de sueño y la adrenalina aún recorriendo por sus venas, su voz resultó tosca, careciendo de su usual tonalidad de terciopelo, su sueño lo alteró en la dirección equivocada, y aún de alguna forma era increíblemente sexy por todo eso, y el fugaz pensamiento cruzó por la mente de Ed, de que por alguna razón él de hecho prefería ver al hombre de esta forma, pescado desprevenido, desenmascarado y humano, y un repentino deseo de simplemente envolver sus brazos alrededor del hombre y acurrucarse contra su calor se hizo conocer antes de que el lado más frío de su personalidad lo sujetara y lo aplastara con implacable eficiencia. Después habrá tiempo para eso.
"Mantén la voz baja, ¿quieres?" murmuró el rubio alquimista mientras se movía rápidamente hacia la cabecera de la cama. Deslizó una mano bajo el brazo de Roy, instando al hombre a levantarse. "Apresúrate, no tenemos mucho tiempo. Y no creas que no estoy llevando la cuenta. Con ésta ya son cuatro las que me debes – a este paso voy a tener que empezar a cobrármelas."
"¿De qué estás hablando, y por qué…." El Fuhrer-electo se encontró siendo jalado para ponerlo de pie, y se resistió irritado, bamboleándose por la fatiga mientras trataba de arrancarle la posesión de su brazo. "Acero, yo te exijo…" se detuvo, dándose cuenta de que su subordinado estaba con ganas, como Havoc tenía la costumbre de decir, y que sólo había una única manera de captar su atención. Afortunadamente, ése era un método en el cual Roy Mustang tenía mucha práctica – y éxito.
"Edward…si todo lo que querías eran mis…atenciones…simplemente debiste de haberlo pedido. No era mi intención pasar por alto tus necesidades, pero el estar…involucrado…con mi trabajo siempre ha sido uno de mis…pequeños defectos." No fue tanto lo que dijo sino cómo lo dijo, y Roy puso todos sus años de experiencia en ese esfuerzo, alargando las sílabas del nombre del joven, saboreándolas en su lengua, utilizando la ronca cualidad de una voz áspera por el sueño para ronronear las palabras, insertando cuidadosamente elocuentes pausas para causar efecto y aplicar el más ligero de los énfasis en la sibilante que transformaba la indicación de un anuncio del singular al plural, de lo práctico a algo mucho más…sugestivo. El joven se paralizó, y Roy sonrió socarronamente para sus adentros, haciendo una mental cuenta regresiva en su cabeza. Así que. No uno de sus esfuerzos más ingeniosos, pero nada mal dada la intempestiva hora. Tres…dos…uno….
"¿A quién diablos le estás diciendo que es tan enano que tendría que saltar para golpear a una hormiga en el ojo para llamar su atención?" Ed se puso morado por la vergüenza, el fastidio y la necesidad de contener el volumen de sus injurias, así que su voz salió como un cruce entre un graznido gutural y un siseo estrangulado. La sonrisa socarrona de par en par de Roy tampoco estaba ayudando. "Bastardo. Te juro, que si no estuviese atado a ese maldito contrato, yo te…" tragó saliva y se apartó.
"¿Tú me…?" Roy levantó fingidamente una ceja, inclinando su cabeza hacia un lado mientras se contenía un bostezo detrás de su mano, haciéndolo parecer como si estuviera momentáneamente absorto en un contemplativo pensamiento, y Ed se mordió su labio al tiempo que se preguntaba con irritación cómo el hombre podía verse como si estuviese listo para que le hagan un retrato a pesar de haber sido arrastrado bruscamente fuera de su cama sólo segundos antes. Miró hacia el reloj sobre la repisa de la chimenea y frunció el ceño. Él ya había desperdiciado cinco minutos riñendo con Al y ahora con la persona que supuestamente debía de ser rescatada – él debía de estar perdiendo sus habilidades.
"Nunca prestas atención. Ahora levántate, bastardo, que no estoy bromeando. Tengo que sacarte de aquí ahora." Roy parpadeó, desconcertado ante la tensión en la voz de Ed. Él confiaba en el joven implícitamente, pero podía ser inmensamente frustrante llegar a un acuerdo con una mente que continuaba corriendo deprisa sin dejar indicaciones mientras esperaba que tú la sigas, e ignoró la voz en su cabeza que le indicaba que Ed probablemente aprendió esa molesta treta de él. Los ojos del joven parpadearon sobre la arrugada camisa de uniforme y los pantalones que Roy todavía llevaba puestos, pero no había nada indecoroso en esa mirada, sólo un cálculo impersonal. "Y desvístete cuando lo hagas; si él ve tu uniforme tendido por ahí, va a asumir que acabas de dejar tu habitación para usar el inodoro, lo que nos dará unos cuantos minutos más ya que probablemente se quedará aquí esperando tu regreso. ¡Oh por el amor de…, puedes quedarte con la camiseta y los boxers puestos!" dijo bruscamente ante la mirada de incredulidad en el rostro de Roy. "No te hagas ilusiones, no voy a saltar sobre ti."
"Lo hiciste una vez," señaló Roy, manteniendo su tono de voz cuidadosamente suave mientras se movía para obedecer, aunque no pudo evitar que sus labios se torcieran. "¿Y quién es ese 'él' exactamente?"
Ed se encogió de hombros, aparentemente habiendo decidido que lo más digno por hacer era pasar por alto la última afirmación de Roy, aunque la dura mirada que lanzó le advirtió a Roy que no lo presione – al menos, aún no. "Todavía no lo sé ya que no conozco la lista. Algún lacayo de Hakuro con experiencia en operaciones encubiertas, o no se le habría confiado la tarea."
"¿Exactamente qué tarea?" La adrenalina en su sistema estaba empezando a disiparse, y Roy pudo sentir los inicios de una jaqueca tensional punzándole detrás de los ojos mientras se ponía a toda prisa una ropa casual que tenía de recambio. Emergencia o no, él no iba a aparecer en público en ropa interior – el Fuhrer-electo tenía que tener alguna pizca de dignidad. "¿Atentar contra mi modestia?" Él sabía que su lenta y medio adormilada mente no estaba haciendo algunas fáciles y obvias conexiones, y eso lo enfurecía a más no poder. Hakuro…operaciones encubiertas…oh. Oh. Él sabía que anoche había pasado algo por alto, que no fue el tener que aguantar la intervención bien intencionada de Maes y el extraño comportamiento de Ed.
El rubio alquimista dejó salir un tranquilo y divertido bufido. "Por favor, dada tu reputación con las damas, yo dudo que tengas algo de modestia contra la cual atentar. Tú eres realmente terrible sin café – espero que Hughes tenga un poco. Asesinarte, por supuesto. Ahora vámonos," y antes de que Roy pueda protestar, pueda decir que él ciertamente no iba a correr, él era el Alquimista de Fuego, demonios – él avanzó, tomó al hombre por los hombros y buscó.
Cuando finalmente la puerta se abrió silenciosamente, la más leve de las rendijas, para revelar a un oficial técnico de ojos grises, la habitación estaba prácticamente vacía, un uniforme desechado desparramado descuidadamente sobre el piso como si su dueño se lo hubiera quitado y lanzado a un lado en su camino a la cama, los botones y medallas guiñándole al momento que les llegaba la débil luz que abanicaba a través de la rendija.
Havoc manejaba como un loco por las largas y desiertas calles y ponía lo mejor de su parte para mantener su mente alejada del asiento trasero en donde Hawkeye se estaba escurriendo ondeadamente dentro de su uniforme. Ellos habían hecho una precipitada parada en su departamento, con la Mayor rehusándose a tomarse su tiempo para cambiarse, y en vez de eso arrebatando los artículos que colgaban ordenados en su clóset y regresando corriendo a toda velocidad hacia el auto, con las botas en la otra mano. Havoc había tomado el tiempo mientras la esperaba para quitarse su ropa casual y cambiarse al uniforme de repuesto que llevaba en la pequeña maletera de su auto – tú no trabajabas para Mustang sin estar preparado para movilizarse inmediatamente.
"Dobla a la izquierda más adelante, tenemos que recoger al Coronel Armstrong," musitó Hawkeye con una boca llena de ganchos para el cabello, sus dedos moviéndose a toda prisa sobre su cabello mientras lo retorcía hacia arriba hasta lograr sus acicaladas líneas, una operación que Havoc observaba con cierto pesar mientras levantaba la vista al espejo retrovisor. Los ojos de ella se encontraron brevemente con los suyos, pero no había una pizca de vergüenza por su despeinado estado mientras se daba golpecitos al rostro con un manojo de pañuelos de papel, retirándose la mayor parte de su maquillaje, sólo una severa mirada de preocupación. La modestia estaba entre las primeras cosas que dejabas cuando eras una mujer luchando por tu lugar en un mundo de hombres, y Riza Hawkeye era un soldado excepcional en todos los criterios. Sólo alguien que la conocía bien podía ver la tensión en su rostro, la presión reflejada en las líneas de su garganta mientras se reprendía a sí misma por haber dejado a su Comandante en Jefe en peligro.
"No es tu culpa, Riza." La cabeza de ella se sacudió hacia arriba desde su agachada posición sobre su regazo donde había estado cargando furiosamente sus armas, la furia y el miedo la estaban volviendo torpe. Los ojos de Jean eran serios en el espejo. "Nunca va a ser distinto. La cabeza que porta la corona es pesada, y Roy escogió este camino por sí mismo. El jefe lo encontrará a tiempo – él moriría antes de dejar que algo le pase al General, eso tú lo sabes." Se reprimió el amargo sabor de los celos que se le subió a su garganta como bilis mientras observaba a la mujer que amaba inquietándose por otro hombre. Era sólo la preocupación de una buena subordinada por la seguridad de su Comandante en Jefe, un Comandante en Jefe que él también había seguido y respetado. Él sólo se estaba comportando como un tonto…¿verdad?
"Yo también," dijo ahogadamente. "¿Cómo pude haber sido tan descuidada? Dejar pasar el hecho de que Hakuro controla la guardia en Central…Dios mío, si Al no hubiera estado sin ganas de dormir – si Ed no se hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando…." No era la primera vez, se admitió a sí misma, que por más que los últimos cuatro años le habían dolido a todos los que se habían preocupado por el mayor de los Elric, las habilidades con las que había regresado habían probado ser invaluables. Ella no pensaba estar celebrando al nuevo Fuhrer la próxima semana de no ser por la aparición de Auric, y ella estaba contenta de que la personalidad del Guardián siempre estaba presente en el restaurado Alquimista de Acero.
"Yo tengo igual culpa," dijo secamente su acompañante al tiempo que ignoraba una señal de pare y tomaba una curva a toda velocidad, haciendo chirriar los neumáticos. Él pudo ver la mansión Armstrong apareciendo por delante y a una colosal figura esperando por ellos en la puerta. Así que Alphonse había logrado ubicar al Coronel, bien. El menor de los Elric demostraba tener dotes para la logística, manteniendo la calma bajo presión. A esta hora, se suponía que debería de estar enardeciendo a las unidades leales a Mustang, incluida la propia compañía de Havoc, y el Capitán no tenía ninguna duda de que Al tendría todas las piezas en su lugar para ser movidas inmediatamente una vez que ellos arriben. "Yo estoy a cargo de la seguridad, ¿recuerdas?"
"Todos fuimos unos descuidados," ella suspiró amargamente. "Tan felices de regresar del frente, de estar tan cerca de nuestro objetivo, de tener a Edward de vuelta…estúpidos, estúpidos, estúpidos, así es como se pierden las guerras." La mano de ella sujetó con su puño el tosco uniforme de lana azul, los nudillos emblanqueciéndose por la presión. "Si algo le llegara a ocurrir al General, yo nunca me lo perdonaría, Jean. Y te juro que mataré a Hakuro."
Jean pisó el freno, llevando al automóvil a un chirriante alto ante el Coronel Armstrong y se inclinó para abrir la puerta para el gran hombre, quien se metió apretado rápidamente dentro del diminuto asiento del pasajero con sorprendente gracia. Sin embargo, en vez de arrancar de inmediato, Jean torció su cuerpo para mirar a la delgada mujer que se encontraba en el asiento trasero. "Con todo respeto, Mayor," y él notó con satisfacción el rígido efecto que esto pareció tener en la columna vertebral de Hawkeye, "esta guerra no se acaba hasta que todo esté acabado. Así que todavía no hemos perdido nada. Tiene que tener más fe en el Fuego y el Acero. Cuando te montas a un buen caballo, lo montas hasta el final. Y apostaría todo un año de paga a que veremos la investidura del Fuhrer Mustang la próxima semana." Y con eso, puso el auto en marcha y apretó a fondo el acelerador, los ojos firmes hacia adelante.
Armstrong miró de un rostro al otro. Su mostacho tembló. Y Riza supo lo que estaba a punto de venir. Chispas rosadas parecieron iluminar el interior del pequeño automóvil de Havoc mientras ella abría su boca para protestar débilmente. "No, en verdad, Coronel, no es…."
"Ah, Capitán Havoc, ¡qué discurso tan conmovedor! ¡nunca pensé que fuera tan poeta! Aunque coloquial, sonó como los Armstrongs en la víspera de la batalla – de hecho, un Armstrong en la Batalla de Homsberg en 1812…."
"Capitán," dijo la Mayor poniendo lo mejor de sí bajo las calurosas remembranzas del Coronel, "conduzca más rápido." Los azules ojos que se levantaron rápidamente para encontrarse con los de ella en el espejo retrovisor mantenían y reflejaban el matiz de risa de sus ojos. Y ella pudo verlos cuando se agrandaron momentáneamente cuando leyeron las gracias en sus ojos – y vieron el afecto que merodeaba en su interior.
"…tal vez el General Mustang hasta podría permitirme componer un poema para conmemorar su investidura. Después de todo, los Armstrongs tradicionalmente hemos jugado un rol preponderante en dichos eventos…."
Las luces ya estaban encendidas en el hogar de los Hughes cuando el Fuhrer-electo y el Alquimista de Acero sencillamente aparecieron en medio de la sala, Ed notó con aprobación. Al debe de haber tenido la previsión de llamar a Maes y de informarle sobre la situación. Tan igual como Alp lo hubiese hecho.
"¡Roy! ¿Te encuentras bien?" Maes se levantó de la mesa de escribir en la que había estado sentado.
"Me siento de maravilla," dijo su amigo sarcásticamente arrastrando las palabras. "Si no consideras el haber trabajado hasta el cansancio, no haber cenado y luego ser despertado en medio de la noche por un rubio cascarrabias. Y oh, ¿mencioné otro intento de asesinato?" Roy sabía que eso había sonado fastidioso, pero éste era Maes y todo era verdad y ¿cuál era el sentido de casi ser Fuhrer si no podía permitirse un berrinche de vez en cuando? ¿Y dónde diablos estaba el café en este lugar?
Maes tosió discretamente, labios torciéndose a pesar de las circunstancias. "Los dos primeros suenan terribles, estoy de acuerdo…pero ¿no deberías de estar acostumbrado al tercero dadas tus, uh, inclinaciones?" Una oscura mirada se lanzó hacia él y se alzó de hombros. "Qué, tú siempre has preferido a los rubios."
"Ésa es demasiada información," interpuso el mencionado rubio cascarrabias. "¿Podríamos por favor cambiar el tema de los compañeros de cama de Roy – digo, del General bastardo y retornar al de los intentos de asesinato y qué es lo que vamos a hacer con ellos?"
"¿Celoso, Acero?" fue el insidioso comentario del mencionado General bastardo mientras se sentaba grácilmente en el sillón más cercano. "Digo, dada tu falta de experiencia."
"Ya quisieras, anciano," Ed le devolvió. Por alguna razón, las bromas estaban empezando a hacerlo sentir mejor, el estado embarazoso que había estado sintiendo alrededor de Roy lentamente se disipaba y el fuerte nudo en su estómago se desenredaba aunque lentamente. Él supuso que era por la familiaridad en todo esto. "Sólo estoy aburrido con toda esta conversación sobre los rubios – yo los prefiero pelirrojos, son más ardientes." En realidad, el de cabello y ojos oscuros y de sonrisa socarrona estuvo más cerca a la verdad, pero él saboreó el momento cuando los ojos de Roy se achicaron y se taladraron en los suyos. Él siempre había encontrado los ojos de Roy fascinantes, esa tonalidad de azul que parecía negro la mayor parte del tiempo, excepto si tú mirabas bien, bien de cerca con la luz apropiada. Entonces ellos eran de un azul profundo, como el océano en la noche, con chispas de destellante fosforescencia cuando el hombre se ponía realmente irritado. Justo como ahora.
Roy abrió su boca para decir algo verdaderamente desagradable, pero se contuvo a tiempo en cuanto Gracia Hughes hizo una sonriente y graciosa entrada, tan serena como si ellos hubiesen estado hablando de una cena la cual ella estaba presidiendo, en vez de asesinos fugitivos. "Roy, qué gusto verte otra vez, incluso si ésta no es la mejor de las circunstancias.
"Gracia. Luces adorable, como siempre." Toda la arraigada caballerosidad de Roy vino en su rescate y le dio una patada para que se levante. "Discúlpame la intromisión a esta intempestiva hora, pero Acero pensó a último minuto que éste era el lugar más seguro." Gracia se volteó, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras Edward se paraba un poco más derecho, sonriendo incómodamente. Por un momento, nadie dijo nada, luego de repente, Gracia avanzó a toda prisa y lanzó sus brazos alrededor de Ed.
"Oh…Edward…¡cuánto has crecido!" Ed vaciló por un momento, luego envolvió sus brazos alrededor de la figura maternal. Ella se sentía reconfortante, y él dejó caer su cabeza un poco, relajándose en el abrazo y respirando en su cálida y florida esencia que siempre le había recordado a su propia madre. "Cuando pensamos que habías muerto…Alicia estaba inconsolable…¡ella estará tan feliz de verte!"
Él asintió dentro del hombro de ella. "Yo tampoco puedo esperar a verla en persona," y lanzó una mirada asesina desde el hombro de Gracia hacia Maes mientras acentuaba las últimas palabras. El alto hombre parecía preocupado al tiempo que regresaba rápidamente el álbum de fotos a su espalda, quizás recordando la facilidad del Guardián con los cuchillos, específicamente su lanzamiento. "Pero en este momento tenemos…cosas…que discutir."
Como la apta y por largo tiempo esposa de militar, Gracia pareció entender casi instintivamente. Ella soltó a Ed y dio un paso hacia atrás, poniendo una brillante sonrisa en su rostro. "Por supuesto que tienen que hablar. Los dejo entonces. También tengo una cafetera encendida en la cocina, si no les importa conversar allá – además está más caliente que aquí." Se volteó para salir, dejando un beso en la mejilla de su esposo, luego se volteó a la altura de la puerta. "Cuídense…todos ustedes. Ed, cuida de Roy. Él necesita de alguien que esté pendiente de él, ahora más que nunca." Y salió serenamente, habiendo lanzado un fósforo en el barril de pólvora.
"Maes, ¿qué le has estado contando a tu esposa?" dijo Roy entre dientes apretados mientras metía sus manos en el bolsillo en busca de su encendedor. Él era el maldito Alquimista de Fuego y podía cuidar de sí mismo, y el hecho de que Ed lo había salvado numerosas veces durante el transcurso de las pasadas semanas y de que él disfrutaba mucho sabiendo que Ed estaba pendiente de él no tenía nada que ver, punto.
"¿Por qué soy yo el que tiene que estar pendiente de éste que no paga lo que debe?" Farfulló Ed simultáneamente con indignación. El hecho de que de todos modos lo hubiese hecho porque se lo debía por las múltiples veces en que el hombre había estado pendiente de Al y de él cuando eran niños y por haberlo ayudado en su búsqueda de la piedra, y porque él ama…le gustaba el hombre no era el punto, no era el punto, se coreó mentalmente a sí mismo.
Maes Hughes respiró profundo y apuntó dedos acusadores a los encabronados Alquimistas Estatales en su sala. "Roy. Tú sí necesitas protección. Tú puedes ser políticamente uno de los bastardos más astutos y mañosos que jamás tendré el privilegio de conocer, pero como oficial, deberías de saber que es tu derecho y tu deber el delegar ciertas responsabilidades. Como lo es tu seguridad personal. Tú eres un blanco mucho más grande que antes, especialmente durante este periodo de transición antes de que se consolide tu esperado ascenso al poder, y necesitas sacar de tu mente el que tienes que cuidarte las espaldas para que así puedas mantenerla en la visón general, en cosas como el reconstruir la nación y llevar a Amestris a la paz y prosperidad. Tú ya no eres solamente 'Roy Mustang, Alquimista de Fuego,' – tú vas a ser 'Roy Mustang, Fuhrer,' y eso es harina de otro costal." Él asintió de modo significativo ante la comprensión escrita en el rostro de su amigo cuando la realidad de lo que estaba a punto de asumir penetró en él. En medio de todo este caos de eventos, Roy realmente no había tenido la oportunidad de hacerse una idea de lo que conllevaría el convertirse en Fuhrer. La cabeza que porta la corona era de hecho pesada.
Y en cuanto al Alquimista de Acero… "Y en cuanto a ti, Ed, tú ya estás comprometido con eso – sí, lo estás," dijo firmemente y el rubio abrió su boca para objetar, "porque tu sentido de responsabilidad no te permitirá hacer nada menos, y porque es una orden de un oficial superior, Teniente Coronel Elric…sin mencionar ese asunto de honrar el contrato de Auric."
"No me sorprende que el Gremio siempre evitaba meterse con los militares," murmuró Ed, "ustedes son una sarta de locos partidarios del poder." Sus labios se torcieron en una sonrisa resignada, el ataque de resistencia reflexiva y petulante se había terminado tan abruptamente como se había iniciado. "Bueno, si lo pones de esa forma."
"Muy cierto," dijo Maes alegremente. Miró hacia Roy, cuyos ojos habían pasado de atónitos a entrecerrados y su rostro no mostraba expresión, en la manera que generalmente significaba que estaba a punto de hacer algo de increíble auto-sacrifico o estupidez, o posiblemente ambos. Oh-oh.
"Guardián." La cabeza de Ed se movió bruscamente con una inclinación. "¿Cuáles son las condiciones para la disolución de nuestro contrato?"
"La conclusión, o mi liberación cuando te plazca, o mi muerte," respondió Ed con cautela.
Roy asintió, como si ésa hubiera sido la respuesta que estaba esperando. "Entonces yo te libero de nuestro contrato, Guardián."
Ed le gritó, sus ojos ardiéndole. "¡Tú no puedes hacer eso!" Por alguna razón, se sintió como si el suelo bajo sus pies hubiera desaparecido y se sentía perdido, girando hacia el interior de un inmenso remolino sin una soga, perdido, cayendo…y con frío, mucho frío.
"Sí puedo y lo acabo de hacer," su ex cliente se alzó de hombros despreocupadamente, dirigiéndose hacia la cocina. "Ahora, ¿quién desea café?" Maes se apartó cuando su viejo amigo lo rozó al pasar junto a él, pero se recuperó a tiempo para extender su brazo y engancharse al brazo de Roy. Éste se volteó, la tranquila, implacable máscara del Fuhrer-electo estaba ahora completamente en su sitio.
"¿Sí, Brigadier?"
"Roy…no hagas esto. Deja de cancelar toda ayuda hacia tu persona. Tú no puedes hacerlo solo." El teléfono timbró en la habitación de al lado, y volvió a timbrar, y Maes gruñó. "Ése debe de ser Al para hacerme saber el progreso de la redada. Al menos ellos deben de haber aprendido al asesino en tus habitaciones. Y por el amor de Dios, hablen ustedes dos antes de traer a Armstrong para que choque sus cabezas contra la del otro." Salió caminando de espaldas lentamente.
Reinó un pesado silencio en la habitación mientras ambos hombres evitaban los ojos del otro. Roy se sentó cansado en el sillón más cercano y puso su cabeza en sus manos, su máscara escapándose por un momento. Ed miró al hombre con ojos entrecerrados, luego se alzó de hombros filosóficamente y caminó fuera de la habitación. Se oyó un ruido, y luego Ed reapareció por la puerta con un par de tazas de café, una de las cuales se la ofreció silenciosamente a Roy, quien la aceptó sin mucho alboroto. Nuevamente descendió el silencio, pero esta vez fue más tranquilo mientras sorbían de sus tazas, y Roy finalmente se movió.
"Gracias."
Ed asintió. "Casi tan bueno como el mío, ¿eh?" Un toque de risa se alzó en sus ojos.
"Tu humildad te sienta bien," remarcó Roy socarronamente.
"Aprendí del mejor," vino la mordaz contestación. "Puede que lo conozcas. Alto, oscuro, increíblemente bien parecido, absolutamente insufrible cuando lo provocas…." Eso le valió una poco entusiasta mirada de odio, y se regocijó en sus adentros, porque eso significaba que Roy no se estaba escondiendo detrás de esa irritante y serena máscara. "Además, ése es un hecho. Ahora, ¿qué fue todo eso?" Cambio de tácticas. Tal vez si sonaba lo suficientemente razonable y adulto, si tan sólo pudiera entender el razonamiento de Roy, él podría encontrar una manera de hacer que el hombre cambiara de opinión. Supuso que podría intentar sacarle la información a patadas, pero él no creyó que Gracia apreciaría que su casa fuera destruida, y de todas formas…tú siempre tenías que tener un plan alternativo.
Roy le arqueó una ceja elegantemente. "No tengo idea de lo que quieres decir, Acero. Tú parecías molesto de estar atado por nuestro acuerdo. Yo había pensado que estarías extasiado al ser liberado de él."
"Como dije, aprendí del mejor. El 'qué' es casi siempre insuficiente. Es el 'por qué' lo que necesita una respuesta." Ed se rehusó a esquivar la mirada cuando los ojos de Roy se levantaron para encontrarse con los suyos, un extraño calor se incrementaba en sus mejillas. Ellos podían oír a Maes hablando por teléfono en la habitación contigua, y una parte de Ed se moría por saber cómo iban las cosas allá en Central, pero por alguna razón esto era importante. Ese extraño sentido de determinación que se había despertado luego de su conversación con Al lo estaba presionando a dejar de huir y a sujetar los enmarañados hilos del destino que yacían ante él, y él sabía con certeza que el pelinegro que tenía en frente era la clave de todo. Y carajo, ya era hora de que ambos empezaran a hablar como adultos.
Roy de nuevo se reclinó en el espaldar, sus ojos nuevamente entrecerrados. "Te acabo de decir por qué."
"No, tú me has dicho por qué piensas que yo debería de estar feliz por ello. ¿Por qué lo haces?" Ed lo tocó ligeramente para concitar su atención. "El Roy Mustang que yo recuerdo no hubiera dudado en usar el contrato para favorecer a sus metas."
"Quizás ya haya alcanzado mis metas."
Ed resopló, golpeando sus manos contra la mesa de centro, haciendo que su taza ya vacía saltara. "Todo eso es pura mierda. Tú no estarás contento hasta estar entronizado con el poder para detener todas esas peleas absurdas. Y como esta noche lo ha demostrado, tú me necesitas. Quizá piensas que puedes usar la cadena de comando militar para obtener el mismo resultado, pero tú eres de los que siempre tienen un plan de respaldo. Entonces ¿por qué deshacerte de él?" Sus ojos se achicaron mientras pensaba. "A menos que…a menos que tú pienses que anular el contrato es necesario para obtener alguna otra meta. ¿Pero cuál?"
Roy estudió el intenso rostro que había observado crecer de niño a hombre, de reacio subordinado a algo que se acercaba a la amistad – y que podía acaso crecer y convertirse en algo más, si las circunstancias no parecieran estar siempre interfiriendo entre ambos. Ed era siempre de los que se lanzaban de cabeza justo en medio de la acción en busca de la respuesta a una pregunta, y el Alquimista de Fuego sabía por experiencia que Acero no iba a dejarlo escapar. "Haré un trato contigo. Tú me dices por qué estás tan molesto de estar liberado de nuestro acuerdo, y yo te diré por qué lo estoy haciendo. ¿Te parece justo?"
Tenía que haber una ventaja en algún lugar, pensó el rubio alquimista mientras observaba sospechosamente al Fuhrer-electo. Pero él no iba a llegar a ningún lugar sin ella, así que…se encogió de hombros fatalísticamente. Axioma de Guardián: saber cuándo perder la batalla para ganar la guerra. Algunas veces tienes que dejarle una abertura al enemigo para atraerlo con engaños dentro de una distancia de tiro. "Sí. ¿Quién empieza?"
Una sonrisa socarrona. "Yo pregunté."
"Bastardo," musitó Ed. "Está bien. Sólo recuerda, tú lo pediste." Una mano se levantó distraídamente hacia su pecho, frotándose la cicatriz con nerviosismo mientras tomaba una bocanada de aire y empezaba.
Comentario de la Traductora:
¡Diez más y termina! Y estamos a punto de empezar lo que a mi humilde entender es el inicio de la segunda parte más importante del fic, así que prepárense y saquen sus libros de Psicología (mentira).
Mil gracias por los reviews. Son siempre bienvenidos. Y Ayame chan, el email lo tienes que colocar en el espacio que se te indica debajo de su penname al momento de dejar el review, quiero contestarte los anteriores.
Nos vemos…
