Disclaimer: Fullmetal Alchemist no me pertenece. Y ésta es una traducción del fic original escrito en inglés por la talentosa Nike Femme.

Agradezco a Lady Seika Lerki por ayudarme revisando mi traducción.


Full Circle
(Círculo Completo)


Capítulo 32: Pero No Para Nosotros

"El miedo es un poderoso motivador." Izzy observó intensa y tacitunamente a las moribundas brasas de la pequeña fogata que habían encendido para buscar calor; sus oscuros y viscosos mechones retorcidos descuidadamente y sujetados con ganchos a los costados con una larga pluma que terminaba en una sospechosa punta afilada. Una revisión más exhaustiva del trasluciente ornamento de cabello revelaba que el extremo de la pluma había sido sellada con una pizca de cera que no dejaba escapar el líquido rosa pálido del mango. En cualquier otra mujer, esa pluma era meramente decorativa; en Izzy, era probablemente una clase de arma. "Los humanos nacen con sólo dos miedos, ¿sabían eso? El miedo a las alturas y el miedo a los ruidos fuertes. Todo lo demás es aprendido. Incluso el miedo a la muerte." Le dio una mirada de reojo al rubio Guardián. "A cambio de nuestras memorias, nuestros pasados, quienes fuimos, los Guardianes reciben una forma de bendición – tenemos todos nuestros miedos no aprendidos por nosotros. Es de nuestra incumbencia no volver a aprender malos hábitos.

Auric asintió silenciosamente, sus ojos dorados brillando a la luz del fuego. Él había aprendido muy rápido que cuando Izzy caía en uno de sus pedantes estados de ánimo, era mejor callarse la boca y escuchar, o se arriesgaba a un seguro daño corporal. E Izzy había sido un Guardián por bastante tiempo – sus perspectivas generalmente eran concisas, prácticas y apuntaban a mantenerte vivo y útil al Gremio por el mayor tiempo posible. A su lado, Alp yacía desparramado ociosamente sobre su estómago, jugando con sus cuentas ámbares mientras observaba a la anciana Guardián sermoneando a la nueva incorporación.

"Una cosa a la que los humanos le aprenden a tener miedo es a lo desconocido. A la oscuridad. Los humanos dependen del sentido de la vista mucho más de lo que deberían," y su fuerte inhalación de mocos les transmitió exactamente lo que pensaba sobre eso. "Un guardián debe ser capaz de operar incluso si está ciego, a través del oído, el tacto y el olfato – y la sensación. Es el mismo principio que la teletransportación o el abrir una Puerta – todo tiene que ver con el equilibrio. Siempre estén concientes y atentos de las corrientes de energía que los rodean. Si eres descuidado, estás muerto, y probablemente lo merezcas," y sin previo aviso, tiró de una patada los brillantes restos del fuego, sumergiéndolos en una lluvia de abrasadoras chispas – y de pronto la oscuridad. Un destello de luz perfilaba de una manera distinta en la estrella que había aparecido de súbito en su mano, y ella la tiró con certera puntería directo a la cabeza de Auric. Alp se puso tenso al tiempo que las corrientes arremolinadas de energía alrededor de él se movieron, listas para arrebatarle el arma al aire y proteger a Auric de ser necesario, pero el novato Guardián ya estaba en movimiento. Atrapó el proyectil en los densos pliegues de su capa con un brazo, girando grácilmente con un movimiento aparentemente nada apresurado mientras el otro brazo se levantó de abajo para lanzar uno de los suyos. Izzy ladeó su cabeza una fracción justo a tiempo, y la estrella lanzada voló cerca de su oreja y se enterró en un desafortunado árbol. Miró intensamente a su nuevo protegido a través de la ensombrecida oscuridad mientras su cabello se desenrollaba por encima de sus hombros, la filuda punta del arma se había deslizado limpiamente a través de algunos de sus mechones, y él buscó la mirada de ella con su propia aureada intensidad, igual a la de un gato en plena cacería.

"Muy bien," dijo ella al fin. "Ahora entiende que existen muchas formas de miedo, y que la ventaja psicológica que posees se encuentra mucho más allá de cualquier crudo despliegue de destreza física. El miedo es un arma. El miedo es una herramienta. El miedo es persuasión. Algunos dicen que no es bueno usarlo para manipular a otro." Izzy sonrió tristemente. "Pero somos Guardianes. Las reglas de otros no necesariamente se aplican para nosotros. Y las necesidades obligan donde el diablo manda."


El Oficial Técnico Hendricks se desplomó hacia adelante incómodamente, preguntándose por cuánto tiempo había permanecido en esta estrecha y sofocante habitación con el extremadamente irritante Teniente Coronel Armstrong. Él casi tenía temor de que las chispas rosadas que emanaban del hombre pudieran quemarle permanentemente sus retinas si el interrogatorio se prolongaba por más tiempo, y espasmos de dolor atormentaban su espalda al tiempo que sus músculos protestaban ante la apretada y nada natural posición en la que estaban gracias a las esposas que envolvían sus manos bajo el asiento de la destartalada silla. El Alquimista Estatal suspiró teatralmente y se inclinó un poco más cerca, tanto que sus pequeños ojos azules, enterrados como si estuvieran dentro de los rosados pliegues de su rostro y adornados por el pequeño rizo amarillo que colgaba perfectamente centrado entre ellos, parecían surgir como grandes mármoles azules que flotaban frente al rostro del prisionero.

"Me hiere verlo así, lo digo en serio. El código de honor de los Armstrong, como es transmitido de generación en generación, siempre ha recomendado misericordia sobre sus enem…."

"¡Váyase al diablo!" escupió Hendricks, sus pálidos ojos inyectados y angustiados. Sus dientes expuestos como los de un animal acorralado. "¡No más de esas malditas historias sobre su pomposa familia! Me importa un cuerno lo que diga su código de mierda. No va a conseguir nada de mí, así que ¿por qué no utiliza alguna técnica familiar de los Armstrong y desaparece?"

Armstrong se puso derecho mostrando su gran altura, el mostacho de morsa vibrando vigorosamente, aunque era difícil decir si era por rabia o pena. Abrió su boca, pero fue interrumpido por un suave golpecito en la puerta. Hendricks observó con indiferente sorpresa cómo el Alquimista Estatal atendió al llamado, asintió ante algo que el oficial técnico no pudo oír y luego salió, cerrando la puerta con un suave click que de alguna forma le dio un aire de concluyente final. Probablemente se había ido a buscar un trago o a orinar, pensó agriamente el hombre, estos tipos blanditos nunca podían soportar mucha privación. Se movió en su sitio, haciendo rodar su cabeza sobre sus hombros, moviendo sus dedos, tratando que le llegara sangre a ellos, pero era inútil y pronto se dejó caer en la posición acurrucada en la que había estado durante las pasadas horas. Tenían que ser horas. ¿Seguro que no eran días todavía? No podías estar seguro en esta habitación sin ventanas, iluminada por el desnudo foco de luz que pendía precariamente de un alambre expuesto que tiraba parcialmente del techo. Él se preguntó si era verdad que los otros habían confesado. Se preguntó si el General Hakuro se encontraba bien o si Mustang ya se había movilizado para neutralizar la amenaza contra su poder. Se preguntaba si el General todavía estaba escatimando un pensamiento hacia el modesto oficial técnico que le había fallado de manera tan espectacular y una gran ola de vergüenza lo inundó.

Ya párala. Ya párala, tonto, eso es lo que ellos quieren. Te están dejando aquí para que te inquietes, te están dejando para que escuches esas vocecitas de duda en tu mente. Tú has sido entrenado para cosas peores, y sacudió su cabeza bruscamente, haciendo un gesto de dolor cuando los tensos músculos del hombro se quejaron, y a la vez dándole la bienvenida al dolor como una distracción al persistente miedo en su mente. Él les iba a dar una lección. Él iba a…espera, ¿qué fue ese ruido? Un extraño zumbido rondando en los contornos de su audición – parecía provenir del foco de luz del techo, y torció la vista hacia allá, confundido. El brillo parecía estar debilitándose, y sólo pudo distinguir el enrollado filamento dentro del vidrio, que ahora era de un pálido naranja ardiente. Éste parpadeó cegadoramente por un momento, luego se apagó repentinamente con un chasquido y un tintineo de vidrios rotos, dejándolo en la oscuridad, con sus ojos muy abiertos. Pudo haber jurado que justo en el instante anterior a que se quemara, había visto una oscura y sinuosa forma enroscándose dentro y alrededor del foco. Casi como una serpiente, y él odiaba a esas criaturas, lo había estado desde esa locación en Ishbal, donde los reptiles eran tanto abundantes como venenosos. Un buen amigo suyo había muerto, al pisar uno por accidente, y eso fue suficiente para volver paranoico al hombre cada vez que se ponía sus botas en la mañana en caso una de las serpientes haya hecho su residencia en esa oscura calentura. Las serpientes y otras cosas escamosas se habían convertido en una pequeña obsesión dentro de él, suficiente como para que los doctores de la milicia hayan puesto una nota al respecto en su file personal. Dios, ¡cómo odiaba a las serpientes!

Contrólate, se dijo firmemente a sí mismo. Tus ojos están cansados, estás viendo cosas. ¿Por qué tendría que haber una serpiente en el foco de luz? Pero esa misma vocecita temerosa le susurró que pudo haberse deslizado por el alambre del techo, y un sudor frío le pinchó la nuca. Contrólate, ¡demonios! Pero era como si el muro de contención de su razón finalmente se hubiera agrietado y una fuerza inexorable se estuviera retorciendo en sus intestinos mientras luchaba por recobrar una apariencia calmada, haciéndolo perder el equilibrio y que se le paren los vellos de la piel.

Una voz amablemente baja se rió entre dientes en la oscuridad. "Así es, Oficial Técnico Hendricks. Contrólese. Operaciones Especiales lo entrenó para cosas peores, ¿no es así?"

"¿Quién anda ahí?" dijo en un grito ahogado, ojos entrenados para distinguir una figura en la oscuridad, pero no distinguió nada. Armstrong lo había dejado solo en la habitación, y había únicamente una puerta, y él no la había escuchado que se abriera, y aún si lo hubiera hecho, él lo hubiera visto, ¿cierto? La oscuridad rara vez era absoluta; lo que la mayoría de personas consideraba oscuridad a menudo era una paleta cambiante de azules oscuros, grises y púrpuras, y si tú eras muy, pero muy bueno, podías llegar al punto de ver formas en la oscuridad con sólo la variación en los tonos. Y él sabía que era muy, pero muy bueno. Así que cómo diablos, y luego un frío dedo recorrió su rápido camino por su espalda cuando su mente de pronto se dio cuenta de algo más. "¿Cómo supiste lo que estaba pensando?" ¿Y cómo diablos puedes verme si yo no puedo verte?

"Lo sentí," dijo la voz arrastrando las palabras sin explicar más, y encima con distante diversión. Parecía que venía del otro lado de la mesa, como si el que hablaba estuviera sentado en la silla que Armstrong había dejado vacía. Pero no había habido ningún sonido, ningún crujir de la destartalada silla que revelara su presencia.

Hizo un despectivo comentario despectivo. "¿Lo sentiste? ¿Quién te crees que eres, alguna clase de psíquico de pacotilla o algo así? ¿Es alguna clase de truco alquímico que está intentando Armstrong? Porque no va a funcionar, sabes," y pudo escuchar la forzada bravuconería en su propia voz incluso mientras combatía contra una repentina oleada de nausea. ¿Por qué se sentía que estaba perdiendo tanto el equilibrio?

"Oh, nunca digas nunca," dijo la voz de manera reprobatoria. "Hombre de poca fe. Y no, el Coronel Armstrong no tiene que ver nada con esto. En realidad, él está esperando afuera, bastante desconcertado. Negación plausible, verás," y la naturalidad con lo que esto último fue dicho, como si el que hablaba esperara que él entendiera muy bien las implicancias, hizo que cada nervio del hombre temblara. Básicamente estaba siendo informado que los guantes de seda habían desaparecido, y que el interrogador que estaba enfrentando no era ningún amateur.

"¿Quién eres?"

"¿Quién crees que soy?" y la voz estaba de pronto justo a su costado, estaba tan cerca que pudo sentir el cálido aliento rozando juguetón sobre la delicada piel de su oreja. Esquivó la mirada, su corazón le saltaba, sus manos esposadas se sacudieron dolorosamente en la silla, la cual se tambaleó peligrosamente, luego se estabilizó con un bamboleo sordo al tiempo que una mano que no pudo ver la cogió y la hizo girar, llevando al desganado Hendricks junto con ella, dejándolo casi al punto de deslizarse fuera de su asiento, su rostro en un ángulo hacia abajo, las esposas alrededor de sus muñecas lo único que le impedía de caer al suelo de cara…porque por alguna razón, sus pies no parecían alcanzar el piso. Él no sabía cómo la silla se mantenía equilibrada, pero sus brazos se sentían como si hubiesen sido arrancados de sus articulaciones al tiempo que el peso de su cuerpo tiraba de ellos sin remordimientos, la endeble silla crujía alarmada con el esfuerzo.

"¿Qué carajo?" ¿Acaso la silla no estaba atornillada al piso sólo unos segundos antes? Sus piernas patalearon en vano y sólo encontraron aire vacío, y sin importar cuánto se esforzaba, no podía penetrar la oscuridad que lo envolvía. Tal vez era la sangre que corría de prisa hacia su cabeza como consecuencia de su precaria posición, pero estaba empezando a ver extrañas rayas y puntos de colores frente a sus ojos, y no pudo reprimir el estremecimiento en su voz mientras buscaba a tientas algo más en qué concentrarse. "¿Quién diablos eres? ¿Qué me estás haciendo? ¿Entonces así es cómo opera tu querido Alquimista de Fuego? ¡No habría esperado nada menos de ese corrupto bastardo! El General Hakuro tenía razón, ¡él va a destruir el país!"

El silencio lo saludó. Su respiración era áspera en sus oídos, y el sudor le picaba los ojos. "Di algo, ¡Por Dios!"

Cuando la voz finalmente le contestó, ésta vino de ningún lugar frente a él, y levantó su cabeza con desesperación y forzó la mirada en la oscuridad más allá de lo oscuro. "Todavía no te he puesto una mano encima, Oficial Técnico. Y tu dios no tiene nada que ver aquí. Tres es multitud, y sólo estamos teniendo una conversación." Y entonces, tan cortés como si le estuviese preguntando si estaba disfrutando del clima, "¿Le tienes miedo a los Alquimistas?"

"Ya quisieras." Fue el gruñido nacido de un profundo pavor, y supo que el otro pudo oírlo, porque se ganó una buena carcajada que no hizo nada para tranquilizarlo.

"Y bueno, deberías. Nosotros somos lo más cercano que hay a un dios. ¿Qué es lo que siempre dicen? '¿Hágase la luz?'…."

Los humanos nacen con sólo dos miedos. El miedo a las alturas y el miedo a los ruidos fuertes

Hubo un repentino y ruidoso aplauso que hizo eco por toda la habitación y Hendricks saltó y gimió al tiempo que una deslumbrante luz azul irrumpió su existencia, encegueciéndolo mientras parpadeaba dolorosamente, lágrimas corrían por su rostro. Forzó sus ojos hacia la fuente de energía crepitante y sintió que su estómago se le revolvía cuando su interrogador le fue revelado. De menuda contextura y con capa. Rubio y con cola de caballo, largos mechones enmarcaban salvajes ojos dorados que brillaban en la parpadeante luz como si ambos fuesen las fuentes de energía, manos con guantes blancos se levantaban frente a él como si estuviera admirando el poder alquímico que sostenía de manera tan informal en sus palmas. La cadena de un reloj de bolsillo destellaba en su definitivamente nada común cinturón. El oficial técnico sintió que su boca se le secaba. Sin uniforme…sin círculos a la vista….

"¡Tú eres el Alquimista de Acero!"

El joven sonrió triunfante, la expresión amigable extrañamente no concordaba con la escalofriante luz azul proyectada en su rostro por la energía alquímica en sus manos. "Lo sé. Alguien tiene que serlo. Ahora, no mire hacia abajo, Oficial Técnico."

Él miró hacia abajo. Y gritó cuando se dio cuenta que la silla estaba de alguna forma en equilibrio sobre dos patas sobre una abierta negrura que parecía no tener fondo. Una súbita y aullante ráfaga de viento vino gritando desde la oscuridad debajo de él e hizo que su silla se bamboleara peligrosamente, subiendo y bajando, hacia adelante y hacia atrás en una brusca oscilación, trayendo consigo el silbante y rasposo sonido de serpientes en algún lugar de abajo, reptando sobre ellas, ansiosas por una fresca presa. Su mente se puso en blanco mientras su mundo se estrechó en ese enorme abismo y el miedo se enroscó alrededor de sus entrañas y las apretó.

Edward Elric sonrió perezosamente, una sonrisa de lobo que se onduló lentamente en sus labios. "Le dije que no mirara." Se arrodilló y dio una palmada en el suelo, sacando un banco de allí con una naturalidad que sugería que lo hacía diariamente seis veces antes del desayuno y probablemente lo podía hacer mientras dormía si así lo quería. "Ahora que ambos estamos sentados cómodamente…tengamos una pequeña charla, sólo usted y yo."

Hendricks gimoteó en cuanto la oscuridad lo volvió a rodear.

Las necesidades obligan donde el diablo manda.


"¿Te encuentras bien?" preguntó Alp suavemente mientras los dos salían dando zancadas de la horrible fortaleza de piedra. El dúo acababa de…persuadir al líder local para que cese y desista de su campaña de agresión contra una provincia vecina – ya era bastante malo que estén en guerra con extraños, pero tener disturbios civiles al mismo tiempo no era la opción viable para ganar una guerra, según la opinión del Gremio, y después de todo, tenían un revestido interés en estar del lado ganador. Alp había permitido que Auric liderara la operación, imaginándose que el nuevo Guardián necesitaba la experiencia, y el novato se había defendido de forma impresionante – el pomposo y amenazante caudillo se había prácticamente humillado en su impaciencia por aceptar las demandas del Gremio y hacer que los Guardianes se vayan. Sin embargo, Auric estaba manifestando una particular falta de entusiasmo sobre el exitoso resultado, cayendo en un hosco silencio desde el momento en que estuvieron fuera de los muros de la torre, y Alp estaba preocupado por su nuevo compañero, por quien estaba empezando a sentir un cierto grado de protector afecto fraternal.

"Sí. No. No lo sé." Auric suspiró frustrado. "Es que…se siente que está mal, jugando con la voluntad de la gente – quiero decir, una cosa es amenazar, pero lo que estamos haciendo en realidad es cambiar algo dentro de ellos cuando manipulamos los elementos de su naturaleza." Sus ojos estaban turbados y sin brillo. "¿No se supone que deberíamos de estar trabajando para el bien de todos?"

Alp frunció el ceño – él había sospechado que eso sería lo más duro que Auric tendría que aceptar. Todo nuevo Guardián pasaba por esto. O bien lo superabas o…bueno…los Guardianes nunca habían sido célebres por sus vidas largas. La mayoría de las veces, la vacilación y la duda era lo que te mataba. Tú empezabas a cuestionarte, luego perdías el control de los elementos que manipulabas mientras abrías una Puerta, y entonces todo terminaba en este acuerdo de dos-por-uno ya que el Guardián del otro lado del Flujo de la Puerta casi siempre moría también. "El Gremio trabaja por el bien mayor, Auric, y por su propia supervivencia. El bien de muchos debe ser mayor que el bien de pocos, o el de uno. Ese caudillo era un 'uno'. Toda la gente que vivirá porque lo hiciste desistir de su belicismo sin sentido son los 'muchos'. Es práctico. Es la política. No podemos salvar a todos, sabes."

"Sí, pero ¿cómo sabemos que estamos en lo cierto? ¿Qué pasa si sólo estamos empeorando las cosas?" Auric cruzó sus brazos sediciosamente y le lanzó una mirada feroz a su compañero. "Estamos interfiriendo con el orden natural de las cosas."

"Bien podríamos estarlo haciendo, pero al menos lo hacemos por las razones correctas. Fines y medios." Auric miró dudoso a su compañero, y el otro Guardián se encogió de hombros filosóficamente. "Auric, por todos los cielos, interferimos cada vez que abrimos una Puerta. Sí, es verdad que allí estuvimos actuando como influenciadores cuando interferimos con su qi. Y también es verdad que la influencia es poder, y que el poder es una carga. Eso trae responsabilidades. Así que es bueno cuestionar tus acciones y motivaciones – te mantiene honesto. Pero no dejes que eso te haga dudar de ti mismo. Un Guardián no tiene ese lujo."

"Nadie nos pidió que nos encarguemos de la carga de arreglar el mundo," musitó Auric.

"Eso no cambia los hechos," señaló Alp de manera conciliatoria. "Así es el destino. Nosotros sólo podemos cambiar la forma cómo lo enfrentamos; finalmente es tu decisión asumir la carga de la responsabilidad asociada con ese poder. ¿Cómo te sentirías si ese pequeño caudillo sediento de tierras hubiera saqueado un par de pueblos más, sabiendo que hubieras podido hacer algo para detenerlo?"

Los ojos dorados se apartaron hacia el suelo por un momento, luego regresaron para encontrarse con limpios ojos grises. "¿Crees que hicimos lo correcto?" Preguntó Auric suavemente.

Alp miró a su compañero con sobriedad. "Lo creo." Le dio un palmazo al hombro de Auric. "Nosotros tomamos una decisión. Y según algunas formas de pensar, hemos traspasado los límites con ese hombre. Pero ésa es la carga que llevamos los Guardianes, el que puede que otros no vayan a hacer lo mismo." Vaciló y añadió, pero sin sonar tan cruel, "Ésta es la irónica verdad en el centro de nuestra existencia, que nosotros mantenemos el equilibrio en este mundo – y aún así siempre estamos apartados de él. El mundo está a salvo…pero no para nosotros. Mientras más pronto lo aceptes, más fácil será para ti."

Auric miró fijamente al suelo por un momento, luego lanzó un largo suspiro. "Lo sé."

"Auric," y el joven levantó la mirada inquisidoramente. Su compañero sonrió ampliamente dándole aliento. "Recuerda esto: mientras el Gremio exista, tú no llevas esa carga solo."

Y el Guardián de cabellos dorados finalmente sonrió. "Lo sé, Alp. Lo sé."


El delicado golpe de la puerta despertó a Hakuro inmediatamente. Después de todo, había estado esperando únicamente por esto la mayor parte de la noche, y tuvo que forzar su rostro a una apropiada expresión de somnolienta irritación mientras arrastraba sus pies hacia la puerta, bostezando para dar la impresión de un hombre que acababa de despertarse de un profundo sueño. No luzcas expectante, se recordó a sí mismo, tú todavía no sabes nada de la intempestiva muerte del Alquimista de Fuego, ¿recuerdas? Abrió la puerta de par en par esperando ver un par de sombríos oficiales mientras adiestraba sus facciones hacia una irritada sorpresa…y entonces luchó por contener una genuina expresión de consternación en su rostro al tiempo que buscaba algo inteligente que decir.

"Um…yo…qué…Alquimista de Acero. ¿Qué lo trae a mi puerta a estas horas?" El joven le levantó una elegante ceja al balbuceante General. Hasta actúa igual que Fuego, pensó confundido el canoso hombre, una impresión sólo reforzada por el lánguido acento que salió de los labios del rubio alquimista.

"Hola, General. Hace tiempo que no nos veíamos. ¿Puedo pasar? Tenemos asuntos que discutir en privado," y el tono de su voz puso en claro que no era una solicitud. Hakuro se erizó instintivamente al ser abordado de esta manera caballeresca y se paró derecho con toda la autoridad de su rango, intentando reprender al presuntuoso chiquillo – sea o no sea un Alquimista Estatal, él todavía tenía un mayor rango y ¡debería de ser más respetuoso con sus superiores! – pero se encontró titubeando cuando Ed fijó su mirada sobre su rostro. Ésta era una sensación de lo más extraña, como si el muro de resistencia que intentaba mostrar estuviera desmoronándose bajo un cálido baño de energía que parecía emanar del delgado joven encorvado casualmente en el umbral de su puerta, sus manos enguantadas dentro de sus bolsillos. Ed sonrió, pero eso no se reflejó en sus ojos. "Podemos hacer esto de la manera fácil o de la manera difícil, General. Por amor a su familia, yo escogería lo primero. Pero será mejor que se decida rápido – mis hombres se encuentran a menos de quince minutos, y esa opción va a ser descartada una vez que ellos lleguen aquí."

"Pase," dijo Hakuro mecánicamente, abriendo la puerta, hasta el más parpadeante signo de resistencia se había ido en la ascendente marea de aturdimiento que estaba filtrándose en su mente. Él ni siquiera tuvo la energía de preguntarse por qué. "Podemos hablar en mi estudio." Se volteó para guiarlo, y así no ver la curiosa mezcla de disgusto, rabia, lástima – y culpa que cruzaba por el rostro del Alquimista de Acero mientras lo seguía por atrás de cerca, pisando tan suavemente que sus pies no dejaban rastro de sus pasos sobre la afelpada alfombra.

Diez minutos más tarde, los soldados estaban golpeando a la puerta, dirigidos por un tal Capitán Jean Havoc.

Treinta segundos después, ellos irrumpieron en el estudio justo en el momento en que un disparo resonó por toda la casa, seguido prontamente de histéricos gemidos.

Y de vuelta en el Cuartel General de Central, el Teniente Coronel Edward Elric recibía la trágica noticia de que el General Hakuro se había disparado en su estudio con toda la apariencia de consternación y arrepentimiento que todo distinguido oficial debería de tener luego de haberse doblegado a la traición contra el Fuhrer-electo, pero fue mucho más alentado por el hecho de que el General había visto, al final, que estaba en el camino equivocado después de recibir la noticia de que sus cómplices habían confesado, y había optado por una muerte honorable a manos de su propia arma, vestido de uniforme completo, luego de escribir y firmar a toda prisa una completa confesión que absolvía a su familia de cualquier conocimiento o participación en esta confabulación de asesinar al Fuhrer-electo y Alquimista de Fuego Roy Mustang. Él instruyó a la Mayor Riza Hawkeye para que se envíen las condolencias y flores a la familia de Hakuro con la garantía de que la pensión del General le iba a seguir siendo pagada a su esposa por el resto de sus días. Elogió al Capitán Havoc por la rapidez en su desempeño y envió un nuevo pelotón para asistir en el incautamiento de los efectos personales del General como evidencia, así como una redada al resto de la pequeña pandilla detrás de la atroz conspiración. Escribió un muy breve memorándum al General de Brigada Hughes opinando que la amenaza al Fuhrer-electo había sido exitosamente neutralizada y que recomendaba ascensos para todos los involucrados. Pensó en escribirle uno al Fuhrer-electo, y decidió que por una vez en su vida, el bastardo debía de aprender a esperar. Luego dejó la oficina y salió y encontró una tranquila banca en uno de los jardines exteriores que rodeaban al Cuartel General y observó que las estrellas lentamente se desvanecían y que el sol se asomaba en un rojo amanecer, y fue ahí donde lo encontró el Mayor Alphonse Elric una hora después cuando vino a llevarle la noticia de que requerían de sus servicios inmediatos en el norte, los ojos dorados tenían la mirada en blanco, sus manos frente a él juntas en un flojo agarre y su rostro pálido y tenso en la fría luz de la mañana.

"¿Hermano?"

"Hola, Al."

"¿Te encuentras bien? No te lastimaste rescatando al General Mustang, ¿o sí?"

"No, Al, estoy bien." Y luego con una desoladora sonrisa, "No puedo decir lo mismo de Hakuro, sin embargo."

"Él escogió su propio camino, hermano. No es que tú lo hayas obligado a hacerlo," ofreció Al flemáticamente. Su hermano por alguna razón hizo una mueca ante esas palabras.

"¿Oye, Al?"

"Sí, hermano?"

"¿Alguna vez has hecho algo que tú…? olvídalo." Al frunció el ceño, luego se sentó al costado de su hermano y esperó pacientemente. Ed se movió nervioso en su sitio. "¿Alguna vez te has sentido…no sé…como si estuvieses completamente solo?"

"Hermano. Mírame." Ed retiró sus ojos del horizonte y se encontró con la mirada serena de su hermano. El Alquimista de Tierra sonrió alentadoramente. "Yo nunca podría sentirme solo, porque te tengo a ti. Y tú siempre me tendrás también a mí. Incluso si no puedo entender todo por lo que has pasado, incluso si no puedes – o no vas a – contármelo enseguida…yo siempre estaré aquí para escucharte."

Y Ed finalmente sonrió, y una pequeña luz regresó a sus ojos, a pesar que la tristeza aún perduraba en las líneas de su boca. "Lo sé, Al. Lo sé." Y Al, discreto como siempre, no dijo nada más y sólo se reclinó un poco en el brazo de su hermano, dejándolo saber que él estaba allí.


"No comprendo," dijo Roy suavemente, su voz en tono bajo y calmado, no queriendo interrumpir a Ed más de lo necesario. La mirada del rubio alquimista se había interiorizado, ojos mirando en blanco a las arrugadas sábanas mientras levantaba lentamente las capas de su memoria, y Roy se encontraba dudoso de romper el encantamiento. "¿Qué sucede cuando actúas como un influenciador?"

Los ojos de Ed se levantaron lentamente de la cama, pero todavía estaban inquietantemente vacíos mientras se desviaban hasta un punto en la pared justo detrás del hombro de Roy, y el Alquimista de Fuego tuvo que contenerse las ganas de voltear y ver si había algo detrás de él. "Las líneas Qi recorren a lo largo de la estructura de todo ser vivo. Estabilizando los cinco elementos…es así cómo nos teletransportamos, es así cómo abrimos Puertas…es así cómo influenciamos en las personas, si todo lo demás falla. Todos somos hechos de un delicado equilibrio de cinco elementos…tú manipulas ese equilibrio, tú manipulas lo que alguien es. Tú puedes sentir que te metes en la voluntad del otro y la sometes a la tuya." El mentón de Ed se levantó, su rostro emergió a la luz de la luna que entraba a raudales por la ventana y se encontró con la mirada de Roy, y a Roy se le cortó la respiración, porque en un instante, Ed ya no estaba sentado ahí, sino Auric, de ojos agudos y cómplices, buscando el rostro de Roy para que éste entienda. "Tu particular elemento, por ejemplo. Fuego. Instinto, ambición, pasión. Pero lo único que se necesita para inclinar la balanza, para sofocar el fuego, es un poco de agua…" y Roy pegó un grito ahogado cuando sintió que un extraño entumecimiento empezaba a entrar sigilosamente en su mente, aferradoras estelas de niebla que le borraban la visión y lo arrastraban insistentemente a un estado de apagada conciencia incluso mientras luchaba por permanecer alerta, "…o la ausencia de aire…" y la niebla de pronto se había ido, reemplazándose por un irracional pánico como si se estuviese asfixiando lentamente, su boca se puso seca al tiempo que el aire parecía escapársele de los pulmones. Luchó con todas sus fuerzas contra el sentimiento, y luego con la súbita sensación de un tirón, como si le estuviesen arrancando una capucha del rostro, la sensación había desaparecido, y alguien estaba arrodillado frente a él, una mano sobre su hombro y la otra sujetando el mentón de Roy casi dolorosamente mientras miraba preocupado al interior del rostro de Roy, ladeándolo bruscamente a un lado y al otro. "Roy. Vamos, bastardo, despabílate. Roy. Roy, ¿te encuentras bien? ¿Cómo te sientes?"

"Como si un alquimista demente estuviera tratando de arrancarme la cabeza," dijo Roy con voz rasposa, su garganta seca. "¿Qué demonios hiciste?"

El joven bajó sus manos y se sentó sobre sus caderas con un suspiro de culpa y alivio. "Lo siento. No sabía de qué otra forma mostrarte lo que significa. Tú serías un hueso duro de roer para la mayoría…Rara vez he tenido que lidiar con alguien que haya resistido tanto."

"Pues lo lograste," señaló Roy, respirando hondo y deseando se detenga el martilleo detrás de sus costillas. El poder que comandó el joven que estaba frente a él lo hubiera aterrorizado de no ser por el hecho que confiaba implícitamente en su controlador.

El destello de un colmillo. "Yo no soy cualquier Guardián."

"¿Eso fue lo que le hiciste a Hakuro? ¿Y a Hendricks? ¿Tú…?" y Roy no pudo terminar la oración.

"El miedo es una poderosa herramienta de persuasión, Mustang. Y en cuanto a Hakuro, yo sólo le señalé sus opciones…y lo dirigí en la dirección correcta. Somos influenciadores…al final la persona tiene que decidir por sí misma. Como tú lo has demostrado, es posible resistir, y es posible liberarse de la influencia." Y con un fatalístico encogimiento de hombros, Auric se esfumó y ahora era Ed quien agachaba su cabeza para que su cabello suelto cayera sobre su rostro, escondiendo su expresión, al tiempo que traía sus rodillas hacia su pecho y envolvía sus brazos alrededor de ellas. "Pero sí, yo sí…manipulé un poco las probabilidades. Se tenía que hacer. Y al menos a mi modo, su familia estará protegida. Tú sabes que ellos estarían deshonrados y sin un centavo si él hubiera sido juzgado en el consejo de guerra y ejecutado, o asesinado si se resistía al arresto." La boca de Ed se torció sarcásticamente. "Sin mencionar…que la máquina propagandística de Maes calificó la escrita confesión de culpabilidad como basura, ¿no es así?"

Roy negó con su cabeza, asombrado. Él había sufrido su propia cuota de noches en vela y sueños de culpabilidad sobre las muchas personas y situaciones que había manipulado mientras recorría el camino de laberintos que lo dirigió hasta aquí, hasta este día en el cual iba a convertirse en Fuhrer. El Alquimista de Acero había sido parte de esas maquinaciones, así éste lo haya recibido o no de buena gana. Pero esta nueva carga que soportaba el joven era mucho más grande que la suya. "Ed…no es…."

"¿Mi culpa?" y no pudo saber quién lo miraba con esos destellantes ojos dorados, si Auric, o Edward, o alguien completamente diferente. "No lo digas. Eso sólo empeora las cosas. Al menos déjame quedarme con esto: que yo decidí esto. Mi decisión. Mi entera y completa responsabilidad." Su voz decayó hasta llegar a un tono que hizo que la garganta de Roy le doliera en simpatía. "El día en que deje de responsabilizarme por eso será el día en que pierda mi conciencia. Y yo prefiero estar muerto que convertirme en un demente loco de remate."

"De acuerdo," dijo Roy agudamente. "Tu decisión. Tu responsabilidad. Pero tú no llevas esa carga solo." Ed se sobresaltó sorprendido ante esas conocidas palabras, y Roy siguió presionando con urgencia, queriendo que Ed entienda, que no se disponga a dejarlo fuera. "Ponte a pensar. ¿Por qué decidiste hacer lo que hiciste?"

"Era algo que tenía que hacerse," dijo Ed suavemente. "Era la única manera de asegurar tu seguridad. Ahora nadie intentará ponerte un dedo encima, al menos no por un tiempo, y ciertamente no mientras yo esté contigo." Si todavía quieres que esté contigo ahora que sabes de esto, su postura a la defensiva le gritaba al ojo entrenado de Roy, y el pelinegro negó con su cabeza con incredulidad.

"En otras palabras, lo hiciste por mí." Un reacio asentimiento. "¿Y no piensas que eso hace que también sea mi responsabilidad? Ed…Hakuro fue un sacrificio. Tu decisión fue un sacrificio. Yo no sé si lo merezca, pero voy a poner lo mejor de mi parte para asegurar que esos sacrificios no hayan sido en vano." Extendió sus brazos con cautela, atrayendo a Ed dentro de ellos, colocando al joven contra su pecho y metiendo la cabeza del rubio bajo su mentón mientras trataba de alejar con caricias la temblorosa tensión que corría por las tirantes líneas del cuerpo de Ed. "Te hice una promesa de que cambiaría este mundo. E intento mantenerla. Por todos los inocentes que existen en él, y por los que vendrán."

Los labios de Ed se encontraban fuertemente presionados cuando murmuró, "El mundo está a salvo…pero no para nosotros."

"No," estuvo de acuerdo Roy, abrazándolo fuerte. "Pero nos tenemos el uno al otro, y en eso encontraremos una distinta forma de paz." Y Ed giró en sus brazos y lo besó, y supo entonces que Ed había comprendido.


Nota de la Traductora:

El interrogatorio tan promocionado por su autora…no me digan que no fue de lo más fascinante.

Ayann me preguntó alguna vez qué otras habilidades escondidas tenía Auric… aquí está tu respuesta… Interesante habilidad ¿no?

Y les cuento que no voy a estar por las próximas dos semanas y no voy a poder actualizar durante ese tiempo, primero: porque no he empezado a traducir el siguiente capítulo y ya me voy prontito, segundo: porque no voy a poder traducirlo desde Saturno, tercero y más importante: porque es mi segundo capítulo favorito y quiero publicarlo yo misma…
Y no me amenacen, no llamen al FBI, ni a la CIA, ni a la KGB, ni a Auric… mis dedos van a descansar por dos semanitas que seguro van a pasar volando… ah! Tampoco llamen a la Interpol, porque ya los tengo a todos chantajeados…

Y para que no me odien tanto, les he dejado un nuevo capítulo de Returning Echoes… vayan y disfrútenlo...

Au Revoir!