Fin
Les recomiendo que cuando aparezcan las iniciales 'AM' escuchen
la canción Why Can't I, de Liz Phair.
Miel y Caramelo
Aidelaire Malfoy
- R. Martínez -
Capítulo XXIII: Una cura que puso fin a todo
Comenzaba a perder el control, toda esperanza de volver a verlo en la vida. Sentía que acababa de desperdiciar una oportunidad para besarlo, para abrazarlo, para hablarle. Para ver en sus ojos, para escuchar su preciada voz, su bella y escasa risa, para sentirse molesta por sus celos, para odiarlo con toda su alma por hacerla sufrir de esa manera.
Para amarlo hasta la tortura.
Las
semanas pasadas se habían deslizado de su mano, de su alcance, como
bocanadas de aire de su boca, y ahora no podía vivir. Draco era su
aire y razón de existencia, sin él... No tenía ningún sentido
estar en aquel mundo.
Soledad, frialdad, oscuridad.
Ahora
recordaba el incidente en el que ella casi había muerto, un
escalofrío recorrió su cuerpo. Cerró los ojos con todas sus
fuerzas, queriendo despertar de aquella horrenda pesadilla, toda la
luz que iluminaba su vida se apagó en un segundo. En ese momento
comprendió todo. Comenzó a temblar y observó su mano. El dedo en
el que tenía el anillo estaba más pálido que los demás, de un
color ceniciento. Cenizas. No quedaría otra cosa de ella; recordó
la quemazón que sentía en su mano cada vez que algo malo pasaba
respecto a ellos dos. Pudo oír a Theodore llamando su nombre y un
murmullo de todas las personas en aquel lugar.
Parpadeó, sin observar nada, solo viendo, cerró los ojos nuevamente, aún oyendo las voces y aullidos preocupados de gente. Antes de poder siquiera oír sollozos y llantos de gente desesperada pudo notar cómo muchas cosas dentro de ella se desvanecían.
Cómo si estuviera muerta.
Pudo notar una angustia horrenda en el esternón, en el pecho. Sintió unas cosquillas dentro, no sabía que significaban; amor u odio.
Amor hacia él.
Odio hacia ella misma.
Como si en una habitación se hubiera apagado una única vela de esperanza, de alivio. Todo terminó, abrió los ojos y pudo ver a todo su alrededor pasto, agua, la lluvia le parecía insignificante al lado de todo lo demás y un frío tétrico que la envolvía. Protegiéndola del calor, al mismo tiempo queriendo matarla. No tenía ganas de seguir, estaba cansada. Qué más daba... Una voz le dijo que se detuviera. Aquella voz potente, furiosa, aterciopelada.
'No te rindas, sígueme'.
Contempló, aún buscando, haciéndole caso a aquella señal de vida. Cómo si él todavía estuviera en el mundo, era posible que aún no se hubiera lanzado al abismo, al vacío. Miró a su alrededor, y observó en aquella cumbre, una silueta. Alta, estirada. El rostro alzado hacia la luna. Hermione pudo notar el movimiento brusco pero relajado del pecho de Draco, respirando. Al igual que ella hacía cuando quería o necesitaba relajarse. Nuevamente sintió aquel horrible dolor en la mano, un dolor punzante, y comenzó a retorcerla para aliviar el dolor. Pero seguía allí. Comenzó a correr hacía él. No supo cuántos minutos estuvo corriendo, pero aún así, no le importaba.
Carente de sensibilidad alguna, ignoraba el hecho de que las piernas le dolieran y sintiera un cosquilleo por todo su cuerpo. Una incomodidad recorría todo su ser y sentía como si fuera a tropezarse en cualquier momento. Avanzaba a grandes zancadas, hacia el mismo infierno, seguramente. Era posible que no llegara, era demasiado torpe cuando se trataba de hacer algo importante. Corrió cuesta arriba por la colina. Faltaban al menos unos veinte metros. No llegaría. Malditos terrenos, extensos, pero malditos.
Pudo notar como miraba al abismo una y otra vez, y luego volvía a mirar al castillo, con la expresión contraída.
- Diablos... – susurró para sí.
Hermione se detuvo a un metro de él. Se quedó helada al verlo, el corazón le latía más rápido que nunca, como si estuviera tratando de derrumbar un muro de una cárcel.
AM
Una prisión.
Quería escapar, para volver a donde pertenecía.
Se pasó una mano por toda la cara para limpiar el sudor que la recorría. No pudo sentir nada, las gotitas de humedad habían desaparecido, pero no había sentido el tacto de su piel contra su frente. De pronto notó como a través de su cuerpo, de su brazo todo era traslúcido, una imagen más clara, más luminosa. Como si su piel y carne fueran blancas.
¿Acaso ese sentimiento de muerte era... real? ¿De verdad estaba muerta? Se sentía más rota por dentro que muerta.
No sabía qué hacer. ¿Tendría que correr y abrazarlo? ¿Llamarlo? ¿Mirarlo? ¿Qué demonios se suponía que tenía que hacer? Un escalofrío la recorrió, y su mano comenzó a temblar.
Si lo tocaba, ¿el lo sentiría?
Se acercó muy lentamente a Draco, como si no quisiera asustar a una presa. A medida que se acercaba iba levantando el brazo, y extendiendo la mano para alcanzar aquella cosa tan... Auténtica, perfecta. La felicidad, el amor. Su vida, y quizás entonces podría volver a vivir. Llegar a su fuerza, aquello no tenía nombre. No sabía cómo llamarlo. No quería esperar más, había aguantado demasiado tiempo y todo ya empezaba a parecerle ridículo.
Dio la vuelta, para quedar cara a cara con él. Lo observó durante un momento, sus perfectas facciones. Su pelo platino, con aquellos mechones húmedos, pegados a su piel perfecta. Una piel pálida, sin ninguna imperfección, una tez que parecía terciopelo. A la vista, y al tacto también.
Pero hacía tanto tiempo que Hermione no lo había sentido de verdad que dudaba que esa sensación tan agraciada fuera más que un sueño. Sus ojos parecían estar ardiendo de furia, de deseo. Con la mirada clavada en el horizonte, con los labios fruncidos y las cejas en una posición mostrando cómo se sentía en ese momento. Unos puños apretados y los músculos de todo el cuerpo tensados indicaban que estaba a punto de tirarse, o de querer morirse.
Hermione estiró apenas la mano, para alcanzar el cielo.
Lentamente y tocando primero con la yemas de los dedos, fue apoyándola lentamente, hasta que el contacto fue absoluto.
Posó ambas en el pecho del Slytherin, todavía sin levantar la mirada hacia aquel rostro.
Aunque luego de unos segundos notó que el clima era igual de abrumador como cuando había salido del castillo ¿Qué pasaba? ¿Era posible que ella siguiera estando... Muerta?
De repente, la misma emoción que había sentido hacía unas pocas horas la llenó nuevamente. Una energía positiva, corriendo por todo el aire, como una danza sobre hielo, y ellos dos eran las estrellas de su propio espectáculo. Un chispazo se desprendió de todo su cuerpo y recorrió el de Draco, miró hacía abajo...
...Por primera vez en meses encontrándose con su mirada.
Ambos se quedaron quietos, mirándose el uno al otro. Hermione lo miraba y luego de unos minutos, esbozó una pequeña sonrisa. Y todo reapareció.
Aquella sonrisa que hacía tanto tiempo que él no veía.
Aquellos ojos iluminados, escondidos por semanas que hacía tanto tiempo que lo privaban de la felicidad, los cuales pronto se llenaron de lágrimas.
Aquellos cabellos alborotados y castaños, que habían tranquilizado su vida de una manera perturbadora.
Aquel rostro con forma de corazón, tan puro y suave. Hermoso y verdadero, al igual que su alma.
Lo único que la Gryffindor se limitó a hacer fue acercarse a él, y deslizar sus brazos suavemente desde el pecho del Slytherin, hasta enroscarlos en su espalda. Lo estrecho delicadamente, como si tuviera miedo de romper algo y despertar, se escondió en su pecho, esperando a que todo lo malo pasara. Cerró los ojos y respiró lentamente, queriendo inhalar todo de aquel momento. Como pocas veces, dejó de reprimirse y dejó que las lágrimas silenciosas fluyeran por su cara, mientras que una sonrisa se extendía por esta. Sintió como los brazos de Draco la rodeaban, aprisionándola contra él. Luego sintió como sus labios se apoyaban en su coronilla, y la besaban.
Ambos se miraron a los ojos, y aunque no sabían que los depararía el futuro cuando ambos entraran por la puerta principal de Hogwarts, nada podía importarles menos.
Draco no podía creer que ella todavía siguiera con él, nada más importaba...
Hermione no podía librarse de ese abrazo y no tenía intención alguna, esa era la única cárcel en la que se sentía libre... La única a la que quería pertenecer...
...Aún así, si los mataran apenas cruzaran la puerta,
Ambos se irían juntos.
Ninguno de los dos podía creer cómo una sola persona les podía cambiar todo.
Ambos sabrían que se amaban.
Ninguno de los dos soltaría la mano del otro.
- Te amo Hermione – susurró, aún manteniéndola lo más cerca posible de él –, recuerda eso...
- Siempre lo haré...
Fin de una aventura, comienzo de otra...
17/10/2008
09.41 p.m.
