Grácias por los primeros reviews. No me lo esperaba, con la poca introducción que hice... Espero que el capítulo sea de vuestro agrado.
Capítulo 1. En el frente
Los enormes portales de Konoha se abrieron con dificultad, chirriando sobre sus vetustos goznes. Más allá de la muralla casi infranqueable de la villa de la Hoja, podía verse una columna de humo denso y gris, que ascendía en volutas hacia un cielo encapotado y que amenazaba tormenta. No era el mejor ambiente para luchar, pero el clima era algo que los ninjas de la Hoja habían aprendido a ignorar.
Un grupo de ANBU cansados, malheridos y sudorosos entraron por las puertas abiertas, que se cerraron a sus espaldas con minuciosa exactitud. Siete hombres, con tatuajes en el brazo izquierdo. Tres mujeres en el derecho. El líder del escuadrón, el cual llevaba la máscara identificativa del dragón, iba al frente, guiando al grupo. Inmediatamente después de su llegada, dos jounin le flanquearon, queriendo obtener información.
–Capitán¿qué nuevas hay del frente? -preguntó Kotetsu.
–Un grupo de unos cincuenta ninja de Iwagakure nos tendieron una emboscada antes de llegar -explicó el chico- se han movido hasta la frontera con la Hierba. Nos tomaron por sorpresa. Ahora están todos muertos, pero necesitamos un segundo equipo médico de apoyo antes de volver al frente. ¿Qué se sabe del equipo médico 1?
–La capitana Haruno ha regresado hace cuatro horas -explicó Izumo- Llegaban con tres heridos graves. ¿Quieres que os asistan?
El líder del escuadrón giró la cabeza y vio a dos de sus subordinados siendo llevados por otros dos, cojeando. Uno de ellos escupía sangre. Asintió con energía.
–Es necesario. Debemos estar listos para volver a la frontera dentro de tres horas, a lo sumo -declaró.
Los dos jounin hicieron un gesto de cabeza y marcharon a traer las noticias a Rokudaime Hokage. El líder del escuadrón, al verse solo, inspiró aire con dureza por las fosas nasales y aceleró el paso. Él también estaba herido, algo que le tenía sumamente preocupado. Su capacidad de recuperación se estaba viendo resentida desde hacía alrededor de un año.
Llegaron al hospital en menos de dos minutos. Los ninja médicos les estaban esperando de pie frente a la puerta, dispuestos para recibirles. El capitán se resistió a que le atendieran antes que a sus hombres. Permaneció en la puerta, esperando que un miembro del equipo médico libre le prestara atención. Sintió una mano en el brazo derecho, que le dio un suave apretón. Era una chica de gran altura, largos cabellos rubios y unos ojos de un translúcido color azul cian. Para sorpresa del chico, vestía una bata blanca de médico. Él negó con la cabeza, aturdido.
–Ino-san¿por qué estás aquí?
–Necesitaban refuerzos de cualquier shinobi o kunoichi que gozara de habilidades médicas. Esta mañana han llegado dos grupos en muy malas condiciones. Uno de ellos venía de Sunagakure. Sai era el capitán -explicó la rubia, mientras le guiaba hacia dentro, por los pasillos blancos.
La mención a aquel nombre alteró al muchacho, que se puso rígido y se giró hacia ella con preocupación, como si quisiera aferrarla por los brazos y zarandearla.
–¿Sai¿Está herido¿Se pondrá bien? -exclamó.
–Tranquilo -apaciguó Ino con una sonrisa decaída- Tenía tres costillas rotas y una conmoción cerebral leve. Ahora está descansando, pero no podrá reincorporarse a la batalla hasta dentro de dos semanas.
El líder ANBU expulsó el aire ruidosamente por la nariz. Después, se quitó la máscara del dragón en un gesto brusco. Se apartó unos mechones rubios, pegados por el sudor, de la frente morena con una mano. Sus ojos azul cielo se veían apagados y agotados. Siguió andando a pasos lentos.
–Es como si esto no fuera a terminar nunca... -confesó, resignado- Nosotros solos luchando contra tres países... Es una locura.
La rubia asintió levemente. Aquellas expresiones eran la marca de una guerra sin final. De pronto, se llevó una mano al oído, al transmisor que llevaba acoplado a la oreja. Le dio un leve empujón al rubio.
–Sakura-san irá enseguida para curarte -explicó. Le indicó una dirección- A la derecha, habitación 23.
–Nos vemos, Ino-san -repuso el capitán, avanzando por el pasillo con pasos abatidos.
El chico encontró la habitación en pocos segundos. Entró dentro y cerró la puerta de cristal a su espalda. Era pequeña y acogedora, con una ventana que daba al cielo gris. Miró por unos segundos como las gotas recién caídas impactaban contra la el cristal. Después, se sentó de un salto en la camilla y esperó, con los oídos llenándosele poco a poco con el golpetear de la lluvia. Los truenos lejanos lanzaban destellos apagados sobre los objetos médicos que poblaban las diversas mesas.
Un par de minutos más tarde, la puerta se abrió. El muchacho dibujó una leve sonrisa en sus labios. Sabía de sobras quien era. Giró un poco la cabeza y posó su mirada azul en ella. Una sensación cálida y embriagante se adueñó de su pecho.
El cómo Sakura le parecía cada vez más atractiva, era un absoluto misterio para él. Quizás porque aquella niña inmadura había crecido con los años, en todos los sentidos. Su cuerpo estaba fuerte por el entrenamiento, con curvas ligeras, firmes y totalmente harmónicas. No había vuelto a llevar el pelo largo, así que seguía con su costumbre de llevar la bandana de diadema. La sonrisa de Sakura era un pequeño regalo para él. Quizás fueran imaginaciones suyas, pero juraría que era más sincera cuando se la dedicaba sólo a él.
Aquellos ojos verde suave sonrieron al mismo tiempo que sus labios rosados. Se llevó dos manos a las caderas.
–¿Y bien, qué te ha sucedido ahora, Naruto? -preguntó.
–Un roce con un shinobi de la Roca -explicó el aludido, sonriendo también.
–Bueno, pues vamos a verlo -dijo la chica, acercándose- Quítate la ropa.
Él obedeció, para nada cohibido. Era casi una formalidad. Se desabrochó el chaleco protector y luego la leve camiseta negra. Su espalda, ancha y justamente musculada, brilló con el sudor y la luz del fluorescente. Sólo el colgante del Primer Hokage pendiendo de su cuello. Sakura observó con las cejas arqueadas las cicatrices que cruzaban los brazos y la espalda de Uzumaki Naruto. Con dos dedos inseguros, recorrió el corte sangrante que adornaba su espalda. Un kunai traicionero, seguramente.
–Naruto, tendrías que pedirle a Tsunade-sensei que te revise -dijo con seriedad.
El rubio giró sobre sí mismo, extrañado.
–¿Y eso por qué? -sugirió- ¿Tan grave es? Si apenas es una heridita de kunai...
Sakura suspiró y se sentó a su lado, en la camilla. Pasó una mano por su hombro derecho y le sacudió cariñosamente, tratando de controlar su fuerza. Permanecieron en silencio unos segundos, escuchando la lluvia caer sobre los recientes charcos. Una atmósfera envolvente y familiar llenó la habitación.
–No es nada grave, pero lo que me preocupa es que no se te haya curado ya... -explicó la chica- Te he visto curarte de heridas mortales, Naruto. Heridas de las que nadie podría recuperarse. Y ahora cualquier marca te deja cicatriz...
–Sigo curándome más rápido de lo normal -protestó Naruto- ¿Acaso no recuerdas el enfrentamiento de hace dos meses? Me seccionaron el hombro, y para cuando llegasteis ya volvía a estar en la batalla...
–Sí, pero algo empieza a deteriorarse -aseguró Sakura, poniéndose en pie de nuevo- Estaré más tranquila si Tsunade-sensei te examina y nos da una explicación.
Se posicionó tras el chico y, frotándose las manos para calentarlas, apoyó una palma sobre la herida. El chakra verde manó de sus poros, reuniendo las células y estimulándolas para que volvieran a su sitio. Naruto suspiró aliviado al sentir la disminución del dolor, a pesar del escozor.
Sakura retiró la mano, dejando la piel lisa, sólo con una ligera línea blanca. La chica cogió un paño que humedeció bajo el grifo y refrescó el rostro del ANBU, limpiándole el sudor. Él sonrió, agradecido.
–Mil gracias, Sakura -comentó- Por cierto¿has ido a ver a Sai?
–Sí, está mejor de lo que creía -admitió Sakura, poniéndose unos guantes de látex- Ya tiene ganas de coger de nuevo el lienzo -comentó, mientras le pasaba la ropa al chico.
Naruto se puso la camiseta negra y el chaleco blanco encima. Se acomodó las protecciones para los brazos y recogió su máscara. Hizo un ademán de salir.
–Voy a informar a Rokudaime de lo sucedido -declaró, poniendo una mano en el pomo- Sakura, necesitamos a tu equipo de ninja médicos como apoyo. No hay ninja médicos en el primer escuadrón.
–Cuenta conmigo -aseguró la chica con voz queda.
–Bien. Traeré la orden de Hokage-sama. Nos veremos en la puerta de la villa dentro de tres horas -explicó el rubio.
–Ahí estaremos -dijo la kunoichi.
Tras una última sonrisa llena de cariño, Naruto abrió la puerta y salió al pasillo, dejando a Sakura sumida en un silencio sepulcral. La chica permaneció unos momentos ensimismada, sonriendo para sí, para luego sacar una libreta de su bolsillo e informarse sobre su próxima cita. Se apresuró a marcharse: tenía que operar dentro de tres minutos.
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El Hokage echó un largo suspiro y empezó a revolver unos de los muchos papeles que tenía sobre el escritorio. Hatake Kakashi se maldecía a sí mismo en todos los idiomas por haber aceptado el cargo de Hokage justo cuando el país entraba en guerra. Jamás pensó que diera tanto trabajo. De hecho, él no tenía la capacidad de liderazgo y la mano dura que había poseído Godaime, ni aún Sandaime. Seguía pensando que Tsunade hubiera hecho mejor trabajo, pero no le tocaba a él elegir.
Los años habían sido benévolos con él. A sus treinta y siete seguía teniendo una apariencia juvenil, sólo opacada por unas ligeras y casi invisibles arrugas en la frente y debajo de la nariz. Y el atuendo de Hokage tampoco era favorable, la verdad. ¿Cómo podían soportar los Hokage llevar las veinticuatro horas del día aquella túnica larga y que daba calor? Terrible.
Suspiró cuando, por enésima vez, alguien golpeó la puerta. Estaba terriblemente agobiado y tenía la nefasta sensación de que no daría abasto. Se acomodó el sombrero rojo con el símbolo del Fuego en la cabeza y carraspeó.
–Adelante -dijo, sin muchas ganas.
La puerta del sombrío despacho se abrió y un ANBU penetró en él. Una sonrisa triste desdibujó los labios del joven.
–Rokudaime Hokage-sama -saludó, haciendo un gesto con la mano.
Kakashi suspiró y apoyó las piernas en el borde de la mesa.
–Por favor, Naruto... No seas ridículo. Estoy harto de repetirte que puedes seguir llamándome Kakashi-sensei. Sólo eras un tapón de metro y medio cuando empezaste a ser ninja, y te recuerdo que yo fui tu mentor.
–El rango de Hokage es lo más importante de la villa de la Hoja -aseguró Naruto solemnemente- merece respeto.
El ninja copia rió para sus adentros y se dedicó a hojear unos informes que llevaba en la mano. Le dirigió a Naruto una torva mirada inquisitiva.
–Dime -ordenó.
–Nos atacaron antes de llegar al frente -explicó el ANBU, hinchando el pecho- Unos ninja de Iwagakure que se apostaban a dos kilómetros de la frontera de la Hierba. Nos barraron el paso y nos tendieron una emboscada. No eran disciplinados, quizás sólo chunnin, pero fueron suficientes como para herirnos gracias a la superioridad numérica. No hemos tenido bajas, pero sí dos heridos graves.
–¿Se recuperarán? -sugirió Hatake.
–Eso han dicho los ninja médicos -aseguró Naruto firmemente- Con su permiso, Hokage-sama, quisiera pedirle que me encomiende al equipo de apoyo médico 1 para volver a la frontera con la Hierba.
Kakashi alzó la vista de los informes, arqueando las cejas. El escuadrón 1 de apoyo médico era el mejor equipo de curas de la villa de la Hoja. Su capitana era Haruno Sakura, con eso sobraban las explicaciones. El Hokage se echó hacia atrás en su sillón y se masajeó las sienes doloridas. Algo le decía que su decisión sería crucial. Inclinó la cabeza sobre el hombro izquierdo.
–Naruto, el escuadrón de Sakura es el mejor equipo médico de la villa de la Hoja. ¿Qué te hace pensar que te lo confiaré así como así?
–Porqué sólo así podremos atacar con éxito a los intrusos de la Hierba y la Roca -declaró Naruto, irritado- Puedo hacerlo con un sólo equipo, pero el apoyo médico es primordial para ir sellando heridas de los consecutivos enfrentamientos.
Kakashi dudó por unos segundos. Tras la experiencia adquirida en los últimos siete años, Naruto era un ninja excepcional, con una capacidad de raciocinio fuera de lo corriente. Y lo más importante era que seguía conservando su más mortífera arma: el elemento sorpresa. No era un buen estratega, tampoco alguien de una inteligencia extrema, pero sabía cómo proteger a los miembros de su equipo. Ese fue el criterio que le calificó como favorito para el puesto de líder ANBU.
–Además... -se aventuró Naruto- Sakura y yo trabajos muy bien juntos. Tú mismo lo comprobaste, Rokudaime-sama, cuando te vencimos hace siete años -le recordó, con una sonrisa zorruna que le recordó a sus tiempos mozos.
–Sí, como olvidarlo... -masculló Kakashi entre dientes.
El Hokage se puso en pie y contempló con su único ojo visible la villa de la Hoja, una mera sombra de lo que fuera en la antigüedad. Era algo que se acentuaba dada la visión actual, con los muros llenos de vigías y la tormenta de nubes negras como la pez cerniéndose sobre ellos.
No obstante, la voluntad de fuego seguía intacta, cada día más intensa.
Kakashi cruzó las manos tras la espalda, en una actitud pensativa. Sonrió debajo de su inseparable máscara, gesto que sólo se demostró con los ojos entornados.
–Muy bien, Naruto -dijo finalmente- Te encomiendo el equipo de Sakura -añadió, sentándose al escritorio y sacando uno formulario.
Garabateó algo con letra desordenada en el papel y luego estampó el sello del Hokage en él. Se lo tendió a Naruto, el cual lo cogió con sus manos enguantadas en negro.
–Todo tuyo -declaró.
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La tormenta se había convertido en un diluvio. El agua y el granizo se mezclaban para crear una mortífera cortina gris que impedía cualquier visión y aturdía los demás sentidos, especialmente el oído y el olfato. Los altos árboles, tupidos y altaneros, creaban sombras confusas bajo su manto.
Dos sombras rápidas se escurrieron entre unas ramas robustas, como huyendo de algo. Una de ellas iba a continuar, pero un brazo ancho y fornido la arrastró, hasta que ambos compañeros estuvieron sentados en una rama, con la espalda apoyada en la madera y el cuerpo cubierto por el árbol.
Un grupo de siluetas pasaron fugazmente a su lado, perdiéndose en la inmensidad gris del otro lado.
Tsunade normalizó su respiración, alterada por la corrida. Avistó los alrededores con sus agudos ojos pardos, pero la densa lluvia dificultaba su visión. Sacudió la cabeza para quitarse unos mechones rubios de la frente mojada.
–¿Estás bien, Tsunade? -sugirió el hombre sentado a su lado.
La sannin no respondió, sólo asintió levemente con la cabeza. Acto seguido, se llevó una mano al brazo derecho, a una herida sangrante que lo cruzaba. Apenas con un toque de chakra verde, la herida se selló, fundiéndose entonces el dolor. Después, ambos ninja quedaron sumidos en el silencio.
La mujer miró a su extravagante compañero. Una extraña nostalgia la embargó al ver a Jiraiya vestido con el traje que utilizara hacía alrededor de treinta años, cuando junto con él y Orochimaru los tres recorrían los países ninja, ganando guerras por Konoha. No obstante, nada era igual. No eran más que sombras difusas de lo que fueran los sannin. Sí, seguían siendo fuertes, y temidos en todos los países ninja, pero ya no eran un equipo. Y ya no eran tan jóvenes.
Las marcas de la edad eran ineludibles. Jiraiya seguía conservándose excelentemente, pero sendas arrugas poblaban su rostro. Ella seguía igual, con una apariencia etérea y atemporal de veinte años, pero tarde o temprano debería dejar aquella máscara para mostrar el paso de los años.
Si había algo que atestiguaba que antaño fueran juveniles servidores de Konoha, era su carácter, totalmente inalterable.
–¿Estás herido, Jiraiya? -sugirió Tsunade.
–No soy tan fácil de herir, Tsunade -aseguró el hombre, sonriendo maliciosamente.
La mujer chasqueó la lengua y miró en otra dirección. Habían despistado a duras penas a unos ninja de la Arena que les habían emboscado a dos kilómetros de la frontera, cuando regresaban a la villa. Ellos solos habían abatido a unos treinta, resultando sólo Tsunade herida de levedad, cosa que, dada su especialidad médica, resultaba irrisorio.
Jiraiya esperaba, y Tsunade sabía qué era exactamente lo que aguardaba. Efectivamente, tras unos pocos minutos de necesario silencio, una mancha naranja surgió de la nada, trepando ágilmente por el tronco del árbol. El sapo se posó en las piernas de Jiraiya y saludó.
–Buenas, Jiraiya. Uf, de una buena os habéis librado... -comentó.
–Ve al grano, Gamachi -repuso Jiraiya, impaciente- ¿Por dónde de han ido los ninja de Sunagakure?
–A la Arena, por supuesto -repuso el sapo- Han dado vueltas por aquí, al parecer buscándoos, pero pronto se han cansado y han cruzado la frontera hacia el país del Viento. ¿Qué pensáis hacer?
–Seguirles es una estupidez -declaró Tsunade, sobándose el mentón- Presumo que lo mejor sería regresar a la villa e informar de los últimos movimientos. No podemos predecir si habrá un gran ataque inminente.
–Yo no lo creo, la verdad -repuso Jiraiya en un susurro, moviendo un dedo frente a su nariz- Mis informadores en el bando enemigo me han asegurado que hay...conflictos desde los tres lados de la alianza.
Tsunade levantó una ceja, no muy convencida. Jamás había confiado en los supuestos informadores de Jiraiya: prefería otorgar su confianza a los miembros del equipo de espionaje de Konoha. No obstante, debía admitir que la información que le proporcionaba Jiraiya era prácticamente de un cien por cien de autenticidad.
–¿Conflictos?
–Al parecer, en la alianza pactaron repartirse el país del Fuego una vez lo hayan conquistado. La Hierba pretende obtener más terrenos de los que le corresponden. La Arena ha protestado, en la Roca hay tensiones... Hasta que esas asperezas no se limen, ningún ejército atacará la villa.
–Por miedo -entendió Tsunade- Miedo a ser traicionados.
–Exacto -sentenció Jiraiya con una sonrisa.
Descendieron del árbol con facilidad, ocultándose entre las sombras de los árboles, un elemento que les era conocido como la palma de la mano. Corrieron sobre el suelo casi sin rozar la hierba mojada. La tormenta arreciaba y los truenos eran cada vez más estruendosos, denotándose cercanos los rayos.
La visibilidad era casi nula.
Optaron por refugiarse. Era improbable que llegaran a la villa con aquel temporal. Además, corrían el peligro de caer en una nueva emboscada en aquellas pésimas condiciones meteorológicas. Encontraron una obertura natural en la roca, justo debajo de una ladera. Como mínimo, allí no les alcanzaba la lluvia.
En silencio pensaron en todos sus problemas. En el terrible destino que acechaba a la villa y a todos su habitantes, tanto ninja como civiles. Tsunade suspiró, recordando a todas las personas que habían muerto por lo que creían justo. Nawaki, Dan... Tantas vidas que jamás volverían.
Y, como tirando de un hilo invisible, apareció ante sus ojos la imagen de Naruto.
Tsunade le dirigió una torva mirada parda a su compañero.
–Jiraiya... ¿cuando...empezará a notar los efectos Naruto? -susurró.
El sannin no respondió en el acto, de hecho eludió su mirada cuanto pudo. Finalmente, se cruzó de brazos y echó el aire por la boca. Sus cejas se arrugaron en una expresión preocupada.
–No lo sé, Tsunade -comentó- Puede que en un año, quizás dos... De hecho es posible que ya empiece a notarlo. En muy poco margen de tiempo, sus heridas ya no cicatrizarán como antes. Su chakra ya no será tan inmenso y empezará a sentirse cansado y con falta de energía... Eso en el mejor de los casos, claro -dejó ir, frotándose las sienes.
Godaime agachó la cabeza, entristecida. Lo que le estaba sucediendo a Naruto era algo ineludible, tan cierto como el que estaban allí, pero a la par tan...intangible, tan inalcanzable. Se les escapaba de las manos, y lo peor era que ni el mismo Naruto podía darse cuenta.
Nada podían hacer, nada que estuviera al alcance de sus manos. Jiraiya meneó la cabeza, en señal despreocupada.
–Tampoco debemos temernos lo peor, Tsunade -aseguró- Minato nos dejó escrito lo que podía suceder, pero no es algo que pueda predecirse con exactitud. Kyuubi nunca antes había sido sellado. Nadie conoce sus efectos sobre un contenedor humano.
Tsunade miró la lluvia cayendo a escasos centímetros de la punta de sus sandalias. La angustia se adueñó efímeramente de su alma, en forma de un nudo áspero como la piedra pómez alojado en su garganta. Bajó los párpados, tratando de camuflar la humedad de unas pequeñas lágrimas.
–Que Dios le proteja...
Frente a ellos, la lluvia dejó de gotear en los charcos. Las nubes grises dejaron pasar unos pocos y diminutos rayos de sol.
La tormenta había concluido.
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Después de arreglarse debidamente, Tsunade y Jiraiya se presentaron frente a Kakashi. Éste les había hecho llamar apenas habían regresado a Konoha, sin darles tiempo siquiera a reposar del cansancio. Al parecer había asuntos mucho más urgentes.
El despacho estaba sombrío, apenas iluminado a aquellas horas de la tarde. Kakashi estaba sentado en su sillón, dándoles la espalda. Jiraiya arqueó las cejas y carraspeó ruidosamente. El Hokage se puso tenso e hizo mil y un esfuerzos por ocultar el objeto que ocupaba sus manos. A pesar de ello, los dos sannin pudieron entrever los caracteres que rezaban "Icha-Icha Paradise". Kakashi se aclaró la garganta y les miró del modo más serio y digno posible.
–Creo notar que habéis tenido un contratiempo. Aunque eso últimamente no es tan raro...
–Una emboscada, parece que se están triplicando -comentó Tsunade con fastidio- Pero les dimos rápida muerte. Unos cuantos escaparon y nos seguían. Temimos encontrarnos en condiciones adversas y en inferioridad numérica.
–No os culpo -aseguró Kakashi- Sois de gran importancia en Konoha. De mucha más que yo, me atrevería a decir.
–No exageres, Kakashi -dijo Jiraiya, con un gesto de mano- Somos dos viejos que nos resistimos a retirarnos. Nada más.
–Volviendo al asunto -interrumpió la mujer- ¿Por qué una llamada tan urgente?
Kakashi ladeó la cabeza, y por primera vez a los dos sannin les pareció más mayor y cansado que nunca. Rokudaime sacudió unos papeles y los tiró sobre el escritorio. Los ojos de los dos mayores se posaron en los documentos.
–¿Qué es esto? -sugirió Tsunade, reconociendo el sello del país del Rayo.
–Un mensaje del Raikage de la villa de la Nube -explicó Kakashi, arrastrando la voz- Nos ha negado el apoyo militar.
–¿¡Qué!? -exclamaron los otros dos a unísono.
Los ojos de Tsunade giraron, enloquecidos, cuando apoyó ambas manos en la mesa.
–¡Nos prometieron ayuda militar¡Quinientos efectivos, si no me falla la memoria! -vociferó, golpeando el escritorio y amenazando con partirlo.
–No podemos culparlos -explicó Kakashi- El país del Rayo no está en contacto directo con el del Fuego. Es muy probable que esa ayuda fuera destruida por el camino. Muy bien sabéis que hay destacamentos de la Roca apostados entre nuestras dos naciones.
Tsunade se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi se hizo sangre. Se hecho unos mechones rubios hacia atrás con una mano. Se la veía terriblemente alterada. No era para menos: su mayor esperanza se había esfumado. Inspiró hondo.
–Bien. ¿Qué opciones nos quedan? -preguntó.
Kakashi meditó por unos segundos su respuesta, aunque muy pronto les miró directamente a los ojos, con la decisión plasmada en ellos.
–He decidido entablar una alianza con la parte rebelde de Sunagakure -explicó.
Los dos sannin se miraron de nuevo, esa vez con espanto, como si Kakashi estuviera desvariando o algo semejante. Éste, notando su escepticismo, alzó una mano para que callaran.
–No os alarméis, os lo explicaré -aseguró- Hace alrededor de seis años, sabéis que Sabaku no Gaara, Godaime Kazekage, fue derrocado a la fuerza y el gobierno del Viento trató de sustituirle por su hermano, el que, lógicamente, renunció a ello. He oído rumores, y tengo pruebas: gran parte de los ninja de Sunagakure siguen fieles al Godaime Kazekage. Es más: sucedieron varias revueltas en el momento en que éste fue encerrado. Sería cosa de revivir la antigua alianza por esa vía.
–Pero, Kakashi, ese chico está encarcelado, según oí en una celda de metal que le impidiera derrumbarla -explicó Jiraiya- ¿Quién va a liderar a la porción rebelde de la Arena en el hipotético caso de alianza?
Kakashi sonrió para sí debajo de la máscara, dando a entender que lo tenía todo planeado.
–Olvidáis a los otros dos personajes de gran carisma que tuvo la villa de la Arena en tiempos, siempre al lado del Kazekage. Temari y Kankurô, los hermanos de Godaime. Nunca le abandonaron y lideraron las revoluciones en favor de su hermano. Sin duda serían los primeros en fortalecer la alianza.
–Hace casi seis años desde entonces, Kakashi -se opuso Tsunade- Esos dos chicos estarán demasiado derrumbados como para entrometerse en asuntos políticos. Es posible que, presas del dolor, lo hayan dejado todo atrás...
El Hokage dio la vuelta al escritorio y caminó hacia ellos, mirándoles de frente. De nuevo aquella actitud segura que animaba a confiar en él.
–Es cierto, Kankurô y Temari deben haber cambiado radicalmente su vida. Melancólicos de la pérdida de su hermano... Pero sólo hace falta revivir antiguos lazos para motivarles -aseguró.
Asintió levemente.
–Sé de la única persona a la que Sabaku no Temari escucharía...
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Miraba, ensimismado, como el humo gris oscuro ascendía y se retorcía en contacto con el ambiente frío de la noche. El aire era mucho más limpio después de llover, pero a él poco le importaba cuando tenía un cigarrillo entre los dedos.
Expulsó el humo por la boca y observó la villa desde la ventana. Había un silencio desolador, casi mortífero. En uno de los pocos libros que se había aventurado a leer voluntariamente, de un tal Tolkien, había visto descrito aquello como "la calma que precede a la tempestad".
No era para nada gratificante.
Apenas había encontrado un par de horas de paz para volver a casa y tener una conversación y una cena normal con sus padres. Dentro de tres horas partiría de nuevo, con varios días de sueño atrasado, a la zona conflictiva entre la Roca y la Hoja. Poco le importaba: iba echando mano de las píldoras del soldado, aunque sabía que a la larga eran terriblemente perjudiciales.
Los años habían endurecido su rostro, dotándole de una seriedad más intensa. Apenas sonreía ya, nunca como antes. Era el efecto que la guerra tenía sobre todos. Dio una nueva calada, larga y profunda, que le llenó los pulmones y le relajó de nuevo.
–¡Shikamaru! -exclamó la voz chillona de su madre.
El chico se sobresaltó por la estruendosa voz y se apresuró a apagar el cigarro en el alféizar de la ventana donde estaba sentado. Dios quisiera que su madre jamás le atrapara fumando, ya que podía ser lo último que hiciera. Dirigió sus ojos negros hacia el interior y alzó la voz.
–¿Qué ocurre? -sugirió.
–Te ha llegado un mensaje del Hokage -ascendió la voz de su madre por las escaleras- Te han cancelado la misión de mañana. En lugar de eso, te mandan a la villa de la Arena.
El chico casi se atragantó con el aire, cosa francamente difícil. ¿A la Arena¿Cómo que a la Arena? Hacía casi dos años que no pisaba el país del Viento. Por pequeños detalles como el hecho de que dos jounin que le acompañaran en la anterior negociación acabaran muertos. Él había escapado por los pelos, pero con una terrible cicatriz que le cruzaba la espalda, como un tétrico recordatorio.
Suspiró pesadamente y se guardó la caja de tabaco en el bolsillo delantero del chaleco mientras saltaba por la ventana y se dirigía a la oficina del Hokage.
–Mendokusai…(1)
+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+
La tormenta ya terminaba, y el agua iba disminuyendo. No obstante, fuera de aquella cueva, la silueta seguía de pie sobre la roca, con los brazos extendidos. Una expresión de absoluto goze se dibujaba en sus labios, curvados de tal modo que dejaban ver los afilados dientes. Su piel, de un peculiar color pálida con brillos azules, vibraba de emoción en contacto con el agua.
Unos pies femeninos calzados con botas negras pisaron un charco cercano. Unos dedos pálidos acomodaron unas gafas negras sobre el puente de una leve nariz, mientras que los ojos negros de detrás de las lentes acechaban al otro.
–Suigetsu, deja de hacer el idiota. Bastantes problemas hemos tenido ya como para que vayas exhibiéndote por ahí. ¿Qué sucedería si alguien te viera?
Él abrió los ojos, de un inusual color amarillento. Le dirigió una sonrisa maliciosa y perversa a la mujer. De pronto, su figura se desdibujó y cayó al suelo en un estrepitoso salpicar de agua. Un charco huidizo se movió, materializándose en cuestión de segundos al lado de la morena, que permaneció inmóvil.
Suigetsu echó su respiración, fría y húmeda, en el rostro sonrosado de la mujer. Ella apenas se movió cuando la mano musculosa de él aprisionó su delicado cuello.
–Por ahora, sólo me has visto tú, Karin... -explicó, dándole a la frase un enhebrado doble sentido.
Después, sin más dilación, atrapó los labios de la chica en un beso feroz y posesivo. Lejos de reprimirse, Karin le correspondió con ahínco, hasta que su respiración se entrecortó por el frenetismo.
Aquella atracción salvaje había estado allí desde el primer día. Siete años juntos sólo habían servido para hacerla más intensa e insoportable. Quizás no había amor, pero sí un enfermizo deseo de compañía.
La manos de Suigetsu apresaron su cintura, hasta que sus cuerpos chocaron. La piel siempre húmeda del chico provocó escalofríos en el cuerpo de Karin. Los labios voraces del shinobi delinearon un húmedo camino de saliva gélida por el cuello de ella.
Karin abrió los ojos de pronto, normalizando su respiración. Notaba cercana, latente y amenazante a la vez, aquella presencia cerca de ellos. Giró la cabeza y le vio, de pie a unos metros de ellos, en la entrada de la cueva.
Los años le habían cambiado, dándole cierta tosquedad a su rostro, pero sin quitarle el encanto y el atractivo. Mucho entrenamiento le había vuelto fornido y a la par atlético. Rozaba el metro ochenta de altura. Sus ojos, ya por siempre de un color sangriento, les miraban con ira.
–Comportaos y volved a dentro -ordenó secamente, con una voz grave y casi gutural- Estamos en un lugar conflictivo. No deseo llamar la atención.
Karin observó como el chico se daba la vuelta y volvía a sumirse en la oscuridad de la cueva, dejando que sus cabellos azabache se mecieran sobre sus hombros con el movimiento.
No pudo evitar pensar que había notado un deje de humanidad en la voz de Uchiha Sasuke.
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(1) Mendokusai Qué problemático…
