Quiero agradecer el apoyo de toda la gente que ha leído el fic y me ha mandado review. Creo que estoy resurgiendo de mis cenizas y muy pronto me animaré a seguir mi otro fic, el Destino del Clan Uzumaki (y mejorarlo poco a poco, a ser posible XD. Ya tengo muchas cosas pensadas que cambiar…).

Gracias de antemano por leer.

Capítulo 2. Ayuda en camino

Shikamaru inspiró aire con lentitud, secándose el sudor de la frente. Le había costado lo suyo llegar hasta allí. Giró sobre sus talones y observó el camino que había recorrido. Sus huellas se borraban en la arena a causa del viento suave que iba haciendo avanzar las dunas. Allá a lo lejos, la visión se distorsionaba por el aire casi incandescente. Miró de nuevo al frente, añorando las sombras que las casas del pueblo de Tsubasa ofrecían. Echó a andar, ansioso.

Hacía cuatro días que había partido de Konoha. Había tenido que dar mucha vuelta para esquivar a los ninja enemigos y adentrarse en el desierto. Según la información que le proporcionara Jiraiya el día anterior, la persona a la que buscaba vivía en aquella pequeña población, a medio día de camino desde la Arena.

Mientras se cubría los ojos de los rayos del sol, el jounin imaginó cómo estaría Temari tras aquellos años de separación. Hacía casi seis que no la veía, y eso le dolía. Cerró los ojos por unos instantes y rememoró aquella noche bajo los cerezos del río de Konoha, donde ambos yacieron contemplando la luna argentina. Donde sus labios se rozaron tímidamente con la dulzura de un temprano amor.

Deseó con todas su fuerzas que aquello no fueran meros recuerdos y nada más. Expulsó de nuevo el aire, asfixiado por el calor. Debía atender necesidades básicas, como eran el agua y la comida. Y, oh, una calada. Necesitaba una calada.

Llegó veinte minutos después al pueblo, cansado, sudado y cubierto de arena. Las casas eran robustas, con el mismo estilo que en Sunagakure. Mientras normalizaba su respiración, miró la dirección garabateada en un papel. Alcanzó enseguida el lugar, encontrándose en una mansión de paredes blancas, al parecer de algún material resistente a la intemperie. Tenía ventanas enormes y la casa en sí se veía muy agradable. Refunfuñó por lo bajo al leer la inscripción que rezaba "Sr. Tanaka" en la puerta. Se inspeccionó por última vez, asegurándose de que no llevara ningún distintivo de Konoha en el cuerpo, y llamó al timbre.

Una sirvienta vestida de negro le recibió con inseguridad. Se quedó estática por unos segundos al ver a un joven de veintidós años, vestido de gris y negro, con el pelo desordenado cayendo por sus hombros.

–¿Qué desea? -sugirió.

–Quisiera hablar con...la señorita Temari -explicó él formalmente.

–¿Por qué razón? -preguntó la criada, no muy convencida.

–Soy un viejo amigo de infancia, de la aldea norteña de Tsuki -inventó sobre la marcha- Oí decir que vivía aquí y decidí venir a hacerle una visita.

La chica se lo pensó un segundo, pero después se apartó y le dejó pasar con un gesto de la mano. La criada se disculpó, diciendo que iría a anunciar su llegada. Shikamaru se quedó de pie en la espaciosa salita, mirando como la luz del exterior penetraba por los amplios ventanales. Unos minutos más tarde, escuchó el eco de unos zapatos de madera a sus espaldas. Giró sobre sí mismo y encaró a la recién llegada.

La mujer que tenía frente a sí le era prácticamente irreconocible. Seguía siendo alta, esbelta, perfectamente proporcionada y bien dotada. No obstante, le parecía una persona totalmente diferente a la Temari que conociera años atrás.

Ya no parecía joven. Ninguna arruga poblaba su rostro, pero sus ojos verdes restaban apagados, como los de la anciana que ha presenciado muchos inviernos. Sus cabellos rubios caían sobre sus hombros, sin ningún ocurrente peinado. Iba maquillada de un modo nada natural. Vestía un kimono de seda carmín ceñido en extremo a su cintura, dejando un apetecible y resaltado escote. Shikamaru comprobó con asombro que llevaba un cigarrillo entre los dedos.

La chica le dirigió una sonrisa depredadora y altiva, que, por un efímero momento, la hizo ver más ella que nunca.

–Vaya, vaya... ¿A quién tenemos aquí¿Qué han hecho los años contigo, Nara Shikamaru?

El aludido optó por dirigirle una sonrisa maliciosa.

–No tanto como lo que han hecho contigo, Temari, me atrevería a decir -aseguró.

Ella rió levemente y luego tomó asiento en una mesilla redonda. Le indicó con un gesto de cabeza que se sentara frente a ella. Él así lo hizo, sin dejar de mirarla disimuladamente. Ella se acomodó en la silla con las piernas cruzadas y le miró, divertida.

–Bueno, cuéntame. ¿Qué te trae por aquí? Diré más¿cómo has logrado burlar la seguridad de la frontera?

–Tengo mis truquitos -sugirió él misteriosamente- No deberías subestimarme.

–Siempre lo hago, Shikamaru, lo sabes bien -aseguró Temari.

El sonrió, notando aquella chispa de malicia que caracterizaba a aquella mujer. Por un momento se sintió terriblemente reconfortado. Después de todo, tampoco había cambiado tanto. Se palpó el pecho y sacó un cigarro del paquete, pidiéndole con un gesto a la chica que le diera fuego. Después, ambos se sumieron en un silencio inquieto, sólo llenado por el humo ascendente del tabaco.

–Temari¿dónde está tu hermano? Kankurô, quiero decir...

Ella le miró de frente. Por un instante, sus ojos se volvieron oscuros como pozos, aunque rápidamente borró aquel atisbo de tristeza en ellos. Agachó la cabeza, dando una calada.

–Hace casi seis meses que no le veo -aseguró- Nada sé de él desde entonces. Desde que volvimos a la vida civil, apenas tenemos contacto. Su "mujercita" no le deja comunicarse con el mundo exterior.

–¿Se ha casado? -sugirió.

–Oh, no... -dijo Temari con un gesto de mano- Es parte del castigo por la sublevación de hace seis años. Iban a encerrarle, igual que a Gaara. Sin embargo, el señor feudal consideró que podía ser un buen acompañante para su hija mayor... Tú ya me entiendes. Dicen que los marionetistas tienen buenas y hábiles manos -aseguró con amargura.

Shikamaru decidió pasar por alto aquel comentario y se inclinó un poco más sobre la silla.

–¿Y qué ha sido de ti? -preguntó- ¿Por qué vives aquí, tan lejos de la villa?

–Soy una civil, Shikamaru. Ni siquiera se me permite sostener un kunai. ¿Qué sentido tenía seguir viviendo en Sunagakure? -sugirió. Movió los ojos a un lado- Después de...lo de Gaara, pasé a ser una mujer muy cotizada. Antes nadie hubiera osado intentar algo conmigo, ya que era la hija del fallecido Yondaime, pero ahora es distinto. Perdimos todos los privilegios que sugería ser descendencia de un Hokage...y la guerra estaba tan cerca... Me acogí al primer benefactor que se me presentó.

–¿Benefactor? -preguntó Shikamaru, escéptico, al que no le gustaba el tono de aquella palabra- ¿Qué quieres decir con benefactor?

La mujer desvió la mirada, como si no se atreviera a sostenérsela, pero después movió las manos con elegancia sobre la mesa y respondió.

–Tal como en los tiempos de antes de las grandes guerras -dijo Temari sin reparos- Un hombre rico acoge a un mujer casadera, dándole una casa y la comida de cada día. Y a cambio ella le concede sus favores -masculló con fastidio- Calentarle la cama por las noches y parirle hijos sanos -explicó- Eso es todo. De vuelta a la era del machismo... -repuso de pronto, como herida en su ego.

Shikamaru apenas daba crédito a lo que estaba oyendo. Temari le estaba diciendo sin tapujos que se había unido con un hombre cualquiera por mero interés, sin contar con los sentimientos. No encajaba con ella, definitivamente esa no era Temari.

El chico tragó saliva, arqueando las cejas en un mal camuflado gesto de pena. Por sus ojos desfilaban los besos que compartieron bajo los cerezos cubiertos de deslumbrantes flores rosadas.

–Y... ¿qué hay... de lo nuestro? -preguntó.

Temari le miró intensamente, de tal modo que Shikamaru podía verse reflejado en la inmensidad esmeralda de sus exóticos ojos rasgados. La rubia chupó levemente la punta del cigarrillo, abstraída.

–Fue un amor de niños, Shikamaru... Fue hermoso mientras duró, algo que da gusto recordar... Pero teníamos demasiadas cosas en contra. Tú, un jounin de la Hoja. Yo, una kunoichi de Suna. Demasiado diferentes -se lamentó, expulsando el humo por los labios color carmín.

–Por eso mismo -insistió Shikamaru- Jamás, nunca antes, he sentido tanto interés en las mujeres como contigo, Temari. Creo que...me hirió que fueras la primera mujer en...humillarme -comentó, ruborizándose levemente.

Cómo olvidar la primera misión de rescate de Uchiha Sasuke. Cómo la diosa del viento surgió de la nada, protegiéndole con su gigantesco abanico, con aquella seguridad envolvente que dejaba petrificado a cualquiera.

Sonrió para sí. Había cosas más importantes que lamentarse por un pasado que jamás volvería.

–De acuerdo. No he venido para eso -aseguró Shikamaru- Me ha enviado aquí Rokudaime-sama, con una petición urgente. Sabes de la complicada situación entre Konoha y Sunagakure. No voy a andarme con rodeos: Hokage-sama quiere que, con vuestra ayuda, reunamos a los destacamentos rebeldes del país del Viento.

Temari se atragantó con el humo y tosió virulentamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras trataba de enfocar bien al hombre sentado frente a él. Negó con la cabeza, patidifusa.

–¿Te has vuelto loco? -sugirió, tocándose la sien con un dedo- ¿¡Tienes idea de todo lo que he tenido que hacer para tener una vida normal!?

–¿Acostarte con un hombre al que no amas es una vida normal? -atacó Shikamaru, a la desesperada- Temari, tú y yo sabemos que tu lugar está en el campo de batalla.

–No sabes nada, Shikamaru -vociferó la rubia, furiosa- No tienes ni idea de lo que yo y Kankurô pasamos cuando se nos ocurrió liderar los grupos rebeldes... La humillación, la guerra, las muertes... Fue espantoso. Cuando nos detuvieron, temí lo peor. Yo me salvé, seguramente por el hecho de ser mujer. Pero tuve que contemplar como fustigaban a mi hermano durante tres horas. Jamás se le irán esas cicatrices.

–Eso son cosas del pasado -contraatacó el jounin- Tú eres una kunoichi de Sunagakure. No una esclava de un hombre desconocido.

Temari estaba roja por el frenetismo. Parecía capaz de reaccionar como si le hubieran pegado una bofetada.

–Mis tiempos como kunoichi ya pasaron -aseguró, temblando de rabia- Ahora soy una mujer comprometida. Mi única misión es darle hijos a mi benefactor.

El chico sintió que se estaba hundiendo en un pozo de lodo, y contra más pataleara más se hundiría en la oscuridad. Se puso en pie, apartando la silla con la mayor tranquilidad posible, aunque sus movimientos resultaron bruscos.

–No te reconozco, Temari -aseguró Shikamaru, indignado- ¿Qué ha pasado con la mujer que hacía temblar a cualquiera con sólo una mirada¿Qué ha pasado con aquella guerrera que causaba pavor con su abanico?

Temari pareció cambiar de actitud ante la mención de su antigua e inseparable arma. Aquel abanico tenía más historia de la que parecía. Había pertenecido a Karura, su madre, cedido en herencia para la siguiente mujer con chakra de Fuuton en su familia. Había resultado ser ella.

Alzó la vista, intentando no demostrar ninguna emoción.

–Mira, ahí está -señaló una pared con un gesto de cabeza- ¿Te suena?

Shikamaru posó sus ojos en el muro que ella le señalaba. Allí, sobre dos soportes metálicos, descansaba el gigantesco abanico de Temari, las Tres Lunas de la Arena.

–Tanaka no me deja tocarlo. Dice que en mis manos puede ser tan peligroso como una katana en las suyas -explicó Temari, apagando el cigarrillo en el cenicero, con una falsa sonrisilla autosuficiente- Qué maldito mundo de machistas...

Shikamaru sentía que estaban perdiendo el hilo de la conversación, algo que le aterraba. Debía conseguir que Temari entrara en razón a como diera lugar. Frunció los labios, fingiendo estar herido.

–¿Y no te importa lo que le pase a Konoha?

–La guerra es algo predecible -repuso Temari- Todos pierden y nadie gana. Tarde o temprano el país del Fuego debía sentir de nuevo esa certeza.

–Estamos dispuestos a ayudaros a rescatar a Gaara.

–Es un riesgo demasiado grande -dijo la chica- No quiero que mi hermano menor pase de ser un preso a ser un cadáver que se pudre en la arena.

Shikamaru era incapaz de escuchar nada más. Le dio la espalda a la chica y se marchó a pasos agigantados.

–Ya veo que he perdido el tiempo -dijo, tratando que su voz sonara ponzoñosa.

Se detuvo por un segundo, echándole una mirada acusatoria a la chica.

–Jamás esperé esto de ti, Temari... Al parecer, todo lo que dijiste durante aquellos años es mentira... Sabía que no podía confiar en las mujeres -escupió.

Dicho esto, cruzó el umbral y se marchó. Segundos después, la rubia escuchó cerrarse la puerta de salida con gran estruendo. Luego, silencio.

Suspiró, cansada y dolida. Se llevó una mano a la frente, tratando de tranquilizarse. Lo que le pedía el chico era algo sumamente difícil. Corrían un sinfín de riesgos, entre otros sus muertes o la aniquilación de los ninja rebeldes.

Con melancolía, miró las Tres Lunas de la Arena. Se puso en pie y caminó hacia él, rozando con una mano insegura los brazos negros del abanico. Qué ligero se sentía en tiempos en sus manos...

No podía mentirse. Su corazón ardía por volver a la batalla.

Sonrió para sí, con ironía. Shikamaru tenía razón: era una mujer guerrera.

Sin pensárselo dos veces, descolgó el enorme abanico de sus soportes.

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Shikamaru se había ido muy ofendido, pero una vez se encontró en el exterior, terminó por derrumbarse. Se llevó ambas manos temblorosas al rostro, tratando de tranquilizarse. Se dejó caer en el escalón de la puerta, desorientado. Se sumió varios minutos en el desánimo.

¿Y ahora qué? Otra esperanza más para Konoha derrumbada. ¿Cómo podría regresar y decirle a Rokudaime que había fracasado miserablemente?

Sintió deseos de llorar de frustración. Konoha estaba perdida.

De pronto, la puerta a sus espaldas se abrió. El chico miró en aquella dirección, esperando que quizás le echaran del bancal, pero en lugar de eso se quedó boquiabierto.

De pie frente a él estaba la misma mujer con la que había discutido minutos antes. Aunque alguien que no la conociera no la relacionaría. Un kimono negro de combate envolvía su cuerpo, unos guantes metalizados sus nudillos. Su pelo, recogido en cuatro coletas, dejaba su frente despejada. Una cinta de cuero sustentaba el gigantesco abanico a su espalda.

Sonrió, ante el total desconcierto del chico.

–¿Qué decías de las mujeres, genio? -sugirió, burlona.

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Miraba por la ventana, al desierto que amanecía lentamente, con la tristeza de un pájaro enjaulado privado de sus alas. Apenas había luz, acompañándole en su sombrío estado de ánimo. Abrió la ventana, permitiendo que el aire frío del exterior se colara en el cuarto. La brisa gélida acarició la morena piel de sus hombros desnudos. Cerró los ojos, imaginándose que corría sobre la cálida arena. Hacía meses que no sentía aquella sensación bajo los pies descubiertos.

Y el marionetista se lamentó en silencio de su libertad atrapada.

Chidori, su "captora" era una mujer sumamente posesiva. Le tenía retenido todo el día, impidiéndole salir al exterior si no era en su compañía. Sin embargo, lo peor eran los momentos en los que ella decía sentirse "falta de atenciones". Y él se veía obligado a cumplirle todos lo caprichos, por muy escabrosos y humillantes que resultaran para él. Era sumamente frustrante sentirse el juguete de una mujer mucho mayor que él.

El ser humano despojado de su dignidad y orgullo. Qué triste era su porvenir.

Se ciñó instintivamente el kimono negro entreabierto al cuerpo, aferrándose los brazos para protegerse de un mal invisible. Sentándose en la cama, rememoró las muchas noches llorando sin consuelo posible por lo que habían perdido. Por su familia, que jamás volvería a estar unida. Por sus padres, muertos en circunstancias que escaparon a ambos. Por sus hermanos, privados de la libertad a la que estaban habituados.

La puerta de su cuarto se abrió con el chirriar de unas bisagras a las que les faltaba aceite. Miró con los ojos velados al recién aparecido.

–¿La señora me reclama? -murmuró.

–No. Tiene una visita, señorito -explicó el criado escuetamente.

Sorprendido por aquel hecho, Kankurô buscó una cinta roja que se ciñó alrededor de la bata para cubrirse. Después, descendió por las escaleras. Poco le importaba su aspecto: era lo último de lo que debía preocuparse.

Observó con curiosidad a las dos personas que le esperaban. Una de ellas iba cubierta por una capucha negra, ocultando así su rostro. Sin embargo, reconoció de inmediato a la otra. Esperaba a cualquier persona antes que a él.

–El tío de las sombras... -musitó- ¿Qué haces tú aquí? -su voz sonaba desconcertada.

Shikamaru sonrió, acercándose al castaño y abrazándole, dándole unas palmadas en la ancha espalda. Kankurô permaneció estático, estupefacto ante aquella muestra de cariño, aunque rápidamente escuchó la voz del ninja de la Hoja susurrándole al oído.

–Intenta no llamar la atención de nuestra presencia. Unos sirvientes nos están mirando. Debes actuar como si nos conociéramos mucho -explicó- ¿Podemos ir a un lugar más tranquilo?

El mayor entendió sus intenciones, así que dibujó una forzada sonrisa en su rostro. Le devolvió al apretón fraternal a Shikamaru.

–Cuanto tiempos sin veros, chicos. Apenas me lo creo -expresó, imitando a la perfección la euforia- Si os parece, subiremos a mi cuarto para hablar con más calma...

–Señorito, lo siento pero no podemos permitir la entrada a estas gentes sin saber quiénes son -protestó el estirado sirviente que le había llamado- Y menos a este encapuchado... -añadió, dirigiendo una mirada inquisitiva a la figura de la capa.

Kankurô le miró con fastidio. Sus ojos negros refulgieron en ira, viéndose de pronto terrible e imparable.

–Este caballero perdió medio rostro en un combate por proteger el país del Viento. Le ha ofendido gravemente. ¿No merece acaso el derecho a ocultar sus cicatrices? -expresó el marionetista, echando mano de sus dotes diplomáticas. Él solía usar más los puños, pero ello no implicaba que no gozara del don de la palabra.

–Claro que sí, señorito -dijo el sirviente- Le pido a su amigo que disculpe mi ofensa.

–Muy bien -aceptó el castaño, dándose la vuelta. Le indicó a sus invitados que le siguieran escaleras arriba.

El silencio les apresó en su abrazo mientras cruzaban el pasillo y entraban en la habitación del marionetista. Una vez la puerta se cerró tras ellos, el ambiente se relajó visiblemente. Kankurô apenas podía contener su sonrisa de dicha. Giró sobre sus talones y miró con cariño a la persona que ocultaba su rostro.

–Cuanto tiempo... Empezaba a pensar que no volvería a verte -admitió.

Ante aquellas palabras, unas manos fuertes retiraron la capa oscura de sobre la cabeza. La mirada verde esmeralda de Sabaku no Temari observó dulcemente el rostro de su hermano menor.

Ni siquiera las palabras fueron necesarias. Se lanzaron el uno sobre el otro, abrazándose con fuerza, acortando las distancias hasta hacerlas nulas. Temari besó la frente de su hermano y le revolvió los cabellos pardos, como hubiera hecho en su más tierna infancia.

Una imagen lo suficientemente conmovedora como para hacer sonreír disimuladamente a Shikamaru.

Después de aquellos tiernos segundos, ambos hermanos se miraron, reconfortados por la mutua presencia. El menor aún parecía incapaz de creérselo, así que negó levemente con la cabeza.

–Temari... ¿cómo?

–Me he escapado -dijo la rubia tajantemente- Mi benefactor estará fuera durante dos días. No volveré jamás a su casa. Hay cosas más importantes que así lo requieren.

–Pero... -protestó el chico.

–Pero nada, Kankurô -repuso Temari, firme de nuevo- Vayamos al grano: Shikamaru ha venido expresamente desde Konoha para pedirnos un favor que no podemos negarle -aseguró- No me iré por las ramas: debemos volver a reunir al sector rebelde.

El chico permaneció de pie, inmóvil, empequeñeciendo por momentos. Sus iris negros se dilataron por la sorpresa e, indudablemente, el miedo. Titubeante, se pasó una mano por los desordenados cabellos marrones.

–Temari... ¿has perdido el juicio...? -sugirió- Sabes bien lo que pasó la otra vez... -repuso, alterado, señalándola con un dedo- Nos metieron en aquella celda... ¿No recuerdas...los llantos...los golpes...los gritos...? Temí por un momento que nos mataran sin mayores reparos...

–Nunca lo hubieran hecho -aseguró la rubia- Yo soy la primogénita de Yondaime Kazekage-sama y tú su legítimo heredero... Y Gaara ha sido el líder más carismático que ha tenido jamás la Arena... Nos tenían miedo, Kankurô. Ese miedo aún pervive: sólo es cuestión de acrecentarlo...

El castaño hundió por unos segundos el rostro en las manos, tembloroso. Negó con la cabeza. Demasiadas dudas que asaltaban su ser. Miró con los ojos negros implorantes a su hermana mayor, por la que sentía un respeto y una devoción incalculables.

–Temari... Tengo miedo. No lo niego, de hecho lo grito. Tengo miedo. Miedo de perder esta estabilidad. Nosotros no elegimos esta vida, pero al menos tenemos tranquilidad... Si salimos ahí, seguramente moriremos...

–O puede que consigamos salvar a Gaara de su oscuro destino -añadió la rubia, arrugando las cejas.

Kankurô cerró los ojos húmedos por unos segundos y se mordió los labios. Su pequeño hermano... Tantos años viéndole correr por la villa cuando era pequeño. Protegiéndole de los gamberros, aunque no necesitaba ayuda alguna... Mirando los tres el amanecer que teñía el desierto de innumerables colores inimaginables...

Se sorbió al nariz ruidosamente, evitando el contacto visual con su hermana.

–¿Cuando nos vamos? -sugirió.

Temari no pudo reprimir una enorme sonrisa y el impulso salvaje de lanzarse a abrazar a su hermano menor con fuerza. Kankurô apoyó la frente en su hombro y miró en otra dirección.

–El problema es que no me queda ninguna marioneta... Me las quitaron todas cuando me encerraron como esclavo de esa pérfida fulana...

Su rostro se iluminó de pronto. Giró hacia un sencillo cajón que adornaba su mesita.

–Aunque... -susurró, yendo hacia allí y abriéndolo con cuidado.

Metió la mano dentro y sacó algo envuelto en un pedazo de tela. Era un rollo de pergamino negro con bordes dorados. En kanji del mismo color ámbar podía leerse "Kurotori". Le sacudió en la mano con cariño, haciéndola girar entre sus ágiles y hábiles dedos.

–Esta fue la marioneta que empecé a hacer después de ser derrotado por Akasuna no Sasori... Creía que sólo así recuperaría mi orgullo. Está casi terminada... -añadió, acariciando el pergamino con el pulgar.

–O sea que eso hacías tanto tiempo encerrado en el desván... -sonrió Temari, llevándose las manos a las caderas, con una sonrisa maliciosa.

Kankurô enrojeció hasta las orejas, avergonzado.

–Ya era hora de no utilizar sólo marionetas ajenas... Me sentí muy herido cuando un maestro marionetista me derrotó con tanta facilidad -admitió.

–Por eso ahora volvemos a las andadas, Kankurô -dijo Temari, sonriendo de oreja a oreja- No negaré que me siento entusiasmada. Y me atrevería a decir que tú muy aliviado de dejar a esa tía.

–No te puede ni imaginar lo pesada que es conmigo... -suspiró el marionetista, agotado- Es peor que tú cuando éramos pequeños.

–Repite eso y tendrás mi abanico incrustado en el cerebro, hermanito -repuso Temari burlona.

Miró por la ventana, a las luces crecientes del otro lado del ventanal. Debían irse antes de que fuera pleno día, evitando así un revuelo con su falta. El tiempo escaseaba y debían llegar a Sunagakure lo antes posible, mucho mejor si era sin llamar la atención y pasando desapercibidos. Miró hacia los dos chicos, que ya la daban por la líder.

–Marchémonos cuanto antes. Hay casi un día de camino de aquí a Sunagakure. Debemos dar con Baki antes de mañana por la mañana.

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¡Kuchiyose no jutsu! -bramó el joven capitán ANBU, llevando una palma al suelo.

En medio de una voluta de denso humo blanco, surgió una enorme figura de un llamativo color naranja. Gamakichi, el nuevo jefe sapo, se irguió amenazante, empuñando el cuchillo obsequio de su padre. Naruto se mantuvo en perfecto equilibrio sobre el lomo de su gigantesca invocación y se adhirió a su espalda con chakra.

–¡Vamos! -exclamó el rubio en un grito de guerra.

Gamakichi así lo hizo, aplastando de un sólo golpe una torre de madera que los ninja de la Hierba habían puesto cerca de la frontera para lanzar ataques de larga distancia. Sorpresivamente, unos cuantos ninjas enemigos treparon por el lomo del jefe sapo, aunque encontraron buena cuenta de las katanas gemelas que Naruto esgrimía con renovaba maestría. Muchos años entrenando con Sakura le habían dado una gran habilidad en el manejo de armas de manos.

Miró hacia abajo, viendo a la chica luchando cuerpo a cuerpo con cuatro ninja a la vez. Sus golpes eran igual de hábiles que los suyos, pero contaban con una potencia sobrehumana que él jamás podría conseguir. Al tiempo que golpeaba con el mango de la katana a un traicionero que se le acercaba por detrás, vio algo de color negro moviéndose entre los árboles, zigzagueando entre los que combatían en tierra y atacando a los suyos.

–¡Sakura! -bramó, alertándola.

La chica giró ante su toque de atención y vio una manada de lobos negros como la pez lanzarse sobre ellos. Abrió los ojos a sobremanera, preguntándose qué diablos eran. ¿Una invocación colectiva? Era muy probable.

Se mordió el pulgar y ejecutó unos sellos. Lanzando la mano al suelo, profirió un hechizo.

¡Kuchiyose no jutsu!

Una segunda masa de humo cubrió un círculo de varios metros. Al dispersarse, Sakura montaba tranquilamente en el lomo de una enorme babosa de color azul ultramarino. Le dio unos golpecitos cariñosos con un pie sobre la cabeza.

–Katsuuya, necesito tu ayuda -rogó.

–Y yo te la daré, Sakura-sama -repuso la hija de Katsuuyu obedientemente.

–De acuerdo, pero no mates a esos lobos -esclareció la kunoichi- Son invocaciones, no tienen la culpa.

Sin más dilación, la babosa descompuso su cuerpo en centenares de alter ego en miniatura, que se movieron rápidamente por entre la manada de lobos, cegándoles temporalmente con un ácido corrosivo de mínimo efecto.

En pocos minutos, las bestias yacían en el suelo, retorciéndose de dolor. Los shinobi enemigos estaban aniquilados. Naruto observó los alrededores desde su altura privilegiada, complacido por lo que veía. No tenían bajas, aunque había tres ninjas con heridas de consideración. No obstante, Sakura y su equipo médico ya se ocupaban de ellos.

Sonrió. Había sido una buena idea traer al equipo médico. Ya habían liberado aquella zona casi por completo. Dio unas palmadas de compañerismo en la cabeza de Gamakichi.

–Gracias, amigo. Buen trabajo -aseguró.

–Como siempre, Naruto-kun -repuso el sapo.

El rubio se impulsó con ambos pies y saltó de la espalda de su invocación. En ese preciso instante, una nueva explosión de humo blanco se llevó a su compañero sapo. El joven ANBU aterrizó con facilidad en el suelo, caminando sobre el césped hacia donde estaba Sakura, con la máscara del mono echada a un lado, curando el hígado de un joven. Naruto se puso en cuclillas a su lado, apoyando las manos en las rodillas después de desprenderse su propia máscara.

–¿Cómo está? -preguntó, señalando con la cabeza en dirección al chico.

–Se pondrá bien -aseguró Sakura, sin apartar la mirada del malherido- Era el más grave, así que debo decir que hemos tenido suerte...

–Ahora lo primordial debe ser enviar un mensaje a Konoha para que tres equipos nuevos lleguen sin falta en menos de dos días. Entonces nos marcharemos nosotros. Debemos tener esta frontera vigilada, pero ya llevamos aquí casi cinco días...

–Yo también lo creo -concordó Sakura- Quizás seamos más necesarios en otro lado. Aunque creo que dejaré aquí a cuatro de mis ninja médicos -añadió.

Naruto sonrió con cariño. Sakura era tan previsora... Siempre parecía tener pensado cada contratiempo. No por nada cargaba siempre con todo un bulto de pociones, antídotos, antibióticos y demás medicamentos. Más de una vez había salvado vidas con aquella regularidad.

El rubio suspiró, mirando como Sakura ofrecía una bebida tonificante al ninja recién curado.

–Voy a enviar el mensaje a Konoha -explicó. Señaló en dirección a la montaña en cuya parte baja habían estado luchando- Subiré un poco y desde allí llamaré a Rei.

Dicho esto, emprendió la marcha hacia la cima, o al menos hacia un lugar cercano a ella. Tras reconfortar al ninja malherido, Sakura se incorporó y posó su mirada verde en el punto en el que había desaparecido Naruto.

Arrugó las cejas. Su instinto le decía que aquel día no sería tan rutinario como creía.

Y no sería algo precisamente agradable.

Sacudió la cabeza y se dedicó a curar las heridas del rostro de su compañero. No debía ocupar su cabeza en nada más...de momento.

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El rubio alcanzó la cima en un par de minutos. Llegó a un claro donde había un leve montículo de roca desnuda. Inspiró con tranquilidad el aire húmedo de la mañana. El rocío aún mojaba las hojas, cercano ya a convertirse en escarcha. Miró hacia el horizonte rosa y dorado y se llevó dos dedos a los labios, silbando agudamente. Mientras tanto, garabateó con letra desordenada un mensaje en un trozo de pergamino.

Alzó la vista y vislumbró una mancha parda moviéndose en le cielo, atraída por su llamada. En pocos segundos, un águila marrón de cabeza blanca plegó sus majestuosas alas, posándose en el brazo izquierdo extendido del chico. El ANBU acarició las plumas limpias de la cabeza del ave con cariño, para luego ejecutar un sello en el mensaje y atarlo a la pierna del ave con unas hebras de su propio cabello rubio. Era el distintivo para saber quién enviaba el mensaje a simple vista.

–Llévalo deprisa, Rei. Queremos volver a casa -le susurró a su águila.

Después, la soltó de un empujón, dejándole que emprendiera el vuelo y se perdiera rápidamente en la luz anaranjada del alba.

Se llevó una mano a la frente aún sudada. La vista se le ensombrecía un poco. Llevaba cuatro días sin pegar ojo, y ello empezaba a repercutir en su salud. Sacó un par de píldoras del soldado y se las echó en la boca. Aguantaría despierto dos días más. Aquel dopaje no era bueno, pero sí necesario. Tragó, pensando sin querer en que antes no se cansaba tan pronto. Arrugó las cejas con preocupación.

"Quizás sí debería pedirle a Tsunade obaa-chan que me examine..."

Giró la cabeza bruscamente en otra dirección al detectar un movimiento en los árboles. Mantuvo su respiración silenciosa mientras escudriñaba los sombríos lindes del claro con detenimiento. No observó ni un sólo movimiento anormal, pero estaba seguro de la presencia en el aire.

Con el sigilo y la elegancia de un gato, se deslizó entre los árboles y miró abajo, a la pendiente del otro lado de la montaña. Inspiró al aire, echando mano de las dotes de rastreo aprendidas con los años.

Extraño. Sus sentidos le alertaban al máximo de la presencia de alguien más en aquella maleza, pero era incapaz de sentir el aroma corporal de su acechante. Arrugó las cejas y avanzó un poco más. Fue entonces cuando vio al otro, inclinado al lado de un riachuelo que cruzaba una explanada. Tardó muy poco en reconocerle, dada la enorme espada que llevaba colgada a la espalda.

Suigetsu apenas tuvo el tiempo justo de incorporarse cuando ya tenía un kunai rozando su pálida garganta. Posó sus ojos amarillos en su atacante, sonriendo maliciosamente segundos después.

–Vaya, vaya... Has crecido, Naruto-kun -sugirió, burlón- Y, por lo que veo, has aprendido a dominar el Hiraishin no jutsu, la técnica del Cuarto...

Naruto no respondió. Se limitó a apretar más al kunai sobre la nuez del otro, aunque éste no se movía.

–¿Qué haces aquí? -gruñó el rubio- No te veía desde hace casi siete años...

–Oh, sí, cómo olvidarlo... -dijo Suigetsu de un modo soñador- Nunca antes alguien me había dejado una marca permanente -añadió, mostrándole el brazo izquierdo, donde podían verse tres cicatrices oscuras sobre la piel translúcida- El poder de Kyuubi es realmente impresionante... Puede que algún día te ayude a igualar al de Sasuke-kun... -profirió, a modo de mofa.

Los ojos de Naruto se abrieron a sobremanera. No soltó el kunai, pero su mano tensa y rígida empezó a moverse peligrosamente, temblando.

–Sasuke... ¿dónde está?

–¿Crees que voy a decírtelo así como así, Naruto-kun? -preguntó el otro, riendo con malicia- Hebi no se ha disuelto, si eso es lo que esperabas oír. Seguimos protegiendo a Sasuke-kun allí a donde vaya...para que algún día pueda satisfacer por fin su ansiada venganza.

En un arranque de ira contenida, Naruto posó un pie en el pecho del otro y le aplastó contra el suelo, sacando una de sus katanas gemelas y apuntándole al pecho.

–No te lo preguntaré más -advirtió- ¿Dónde está Sasuke?

No obstante, Suigetsu se limitó a sonreír. Con una facilidad exasperante, disolvió en agua la zona donde Naruto tenía apoyado el pie. Con la eficácia del líquido escurriéndose entre los dedos, se puso en pie, sosteniendo la gigantesca espada de Momochi Zabuza en la mano derecha. Sonrió lobunamente, negando con un dedo.

–Olvidas que los ataques normales no pueden herirme -le recordó.

–No lo he olvidado -aseguró Naruto, lanzándose de frente sobre su oponente.

El combate se sucedió entre confusión y ataques a la desesperada. Cierto que ni siquiera los Kage Bunshin, ni el ataque cuerpo a cuerpo, ni siquiera el Fuuton Rasen Shuriken podían herir a Suigetsu, pero así de cierto era que una espada tan pesada como la de Zabuza no podía alcanzar a Naruto, el actual jefe del ANBU, capaz de utilizar el Hiraishin no jutsu, la legendaria técnica del Cuarto Hokage. Y, como añadido, Naruto no deseaba aniquilar a su enemigo. Era primordial conseguir información. Aunque, muy a su pesar, no era por antíguos lazos, tampoco por amistades sepultadas.

Sasuke, tras mucho deliberar, había sido considerado un Nukenin de rango S. Cierto era que Tsunade y Jiraiya, así como el reciente Rokudaime, habían protestado, pero el consejo de la villa tenía la última palabra en aquellos asuntos. Uchiha Sasuke había atentado contra la vida de Naruto en más de una ocasión, así como con la de Sakura, de Sai y la del capitán Yamato.

No era fiel a Konoha. Por lo tanto, era un traidor. Un renegado. Y la misión de Naruto era llevarle preso a la villa en caso de toparse con él. Y Naruto sabía que aquel momento llegaría, ya que siempre se había negado a creer que Sasuke hubiera muerto.

Encajó de nuevo su katana izquierda en el hombro de su agresor y saltó para evitar un golpe a la altura de los pies.

Ambos se detuvieron, habían llegado a un punto complicado. Sin saber el cómo, Naruto había acabado sobre la espada de Suigetsu, sentado sobre sus talones y con ambas katanas apoyadas en los hombros del otro, preparado para rebanarle la cabeza.

Suigetsu mostró de nuevo los dientes en una espeluznante sonrisa.

–Te lo he dicho. Es inútil -protestó- Ningún ataque físico puede herirme.

–Ya, pero jode mucho -comentó Naruto maliciosamente.

Ejecutó el corte. La expresión de Suigetsu mutó al desconcierto cuando su cabeza fue seccionada de su cuello. Su figura entera se disolvió en una mancha de agua que se precipitó al suelo, inerte por unos largos segundos. Naruto sonrió maliciosamente.

–Te dije que jode -recordó.

Sabía que el ser de agua tardaría unos minutos en recomponer los tejidos de su cuerpo y volver a erguirse, así que esperó a que estuviera en condiciones de contentar su ansia de saber.

Sin embargo, algo irrumpió de pronto a su espalda. Una presencia tan fuerte e impactante como jamás había sentido. Un aura que desprendía una malignidad, una tristeza y un odio superiores a los que hubiera notado nunca. Una oscuridad envolvente nacida de lo más profundo del alma, del lado más hondo y oculto de la mente. Tragando saliva, Naruto giró sobre sus talones y encaró al recién llegado.

Ni siquiera tanto tiempo de entrenamiento psicológico le había preparado para hacer frente al cúmulo de emociones.

De pie frente a él, un joven hombre fornido de alrededor del metro ochenta. Su piel estaba curtida y fuertemente bronceada, debido quizás a un entrenamiento inhumano. Un rostro de rasgos duros y rígidos, con profundas ojeras alrededor de unos ojos de color rojo sangre. Su pelo caía desaliñado y negro por sus hombros, sin cuidado alguno. En su costado, sostenido por un cinto, su inseparable Kusanagi, en el mango de la cual ponía una mano callosa.

Se miraron, como si el tiempo no circulara. Como si nada hubiera sucedido, estando al borde de un abismo en que se aventuraban a caer si rompían el contacto. Uchiha Sasuke ladeó la cabeza, pero no dijo nada.

–Sasuke... -susurró Naruto, con los labios resecos. Se los humedeció antes de hablar de nuevo- Tantos años... han sido casi siete años...

El moreno no respondió. Le estudió con mirada crítica, aunque una aparente falta de sentimientos. Naruto dio un paso al frente, de pronto tembloroso y nervioso como un junco zarandeándose en una tormenta.

–Sasuke... ¿qué ha sido de ti...todo este tiempo?

No pudo decir nada más. Sus ojos se abrieron a sobremanera.

La lentitud con la que los sucesos llegaron a su mente fue asombrosa. Primero, captó la mano firme posarse en su hombro. Segundos después, el movimiento. Sólo un rato después notó el terrible dolor atravesándole el abdomen. Acto seguido, la sangre deslizándole por su abdomen en una cascada de muerte. Trató de decir algo, pero sólo alcanzó a balbucear y a escupir sangre. Rígido, alzó la vista hacia su atacante. Sasuke tenía el rostro a la altura de su hombro, de modo que sólo pudo ver uno de sus ojos maldecidos con el Sharingan.

–Eso no es asunto tuyo, Naruto-kun.

Después, sin mayor miramiento, hundió más la espada en el estómago del joven ANBU.

Naruto cerró los ojos con fuerza, doblado por el dolor. Sentía los fluidos internos derramándose por sus órganos vitales malheridos. Emitió un gemido de dolor, sintiendo entonces la sangre resbalando por la comisura de sus labios.

Segundos después, Sasuke atrajo hacia sí su katana, provocándole al rubio un dolor atroz y desmedido. Sin mediar ninguna otra palabra, el moreno dio un paso al frente y pasó de largo del ANBU, dejándole de pie, desangrándose.

–Vámonos, Suigetsu -ordenó secamente.

Ante su orden, el aludido se recompuso tan deprisa como pudo, recogió su enorme espada y le siguió. Ambos desaparecieron en el acto.

Naruto cayó de rodillas segundos después, sintiendo que moría definitivamente. Cerró los ojos, en el difícil y misterioso paradigma del dolor. Se sentía mareado, la vista se le desenfocaba. El sudor perlaba su frente.

Y el dolor se alojaba en su pecho. Jamás había esperado tanta sangre fría, tanta dureza y crueldad...para alguien que en tiempos fuera un amigo.

Se desplomó sin conocimiento segundos después, con una profunda y mortal hemorragia, presa de un dolor candente e insufrible. Antes de abandonarse por completo a la oscuridad, le pareció percibir una voz que le llamaba a lo lejos. No obstante, no llegó a reconocerla.

Perdió el sentido envuelto en una mezcla de sangre y lágrimas.

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Kamy-chan: Es que creí que una guerra le daría más crudeza a la historia, más realismo, para que no fuera tan ñoña XD. Ya, Gaara me da pena, pero es que aún no has visto nada T.T. Gracias por leer. Besotes n3n

Ligabiss: Yo es que sigo diciendo que algún día Naruto dirá hasta aquí hemos llegado y se pondrá enfermo. No es muy sano tener un inquilino como Kyuubi, creo yo XD. Lo de Kakashi se me ocurrió espotáneo… Por muy serio que parezca, creo que no debo dejar abandonada esa vieja obsesión (es parte de él XD). Lo de Temari y Shikamaru es lo que más ganas tenía de escribir, más que nada porque lo soñé así es un sueño… (si es que sueño cosas muy raras XD). Mil gracias por ser tan generosa con el review. Muchos besos.

Dark-Online: Me tomé la libertad de entrar en tu perfil y tengo que admitir que jamás antes había conocido a nadie que le gustaran exactamente las mismas parejas de Naruto que a mí, sin excepción (incluso en el InoSai O.o). Me quedé shockeada, la verdad XD. Es como si este fic lo hiciera especialmente para ti, porque es que lo he clavado XD. Me alegra que te guste mi manera de escribir y que te siga gustando, jeje. Muchos besos, creo que nos llevaremos MUY bien XD.