Capítulo 3. La sombra del miedo
¿Dónde estaba?
Pregunta sin respuesta.
¿Qué era aquella oscuridad?
Sólo el eco mortecino de sus pensamientos le devolvió el sonido.
El muchacho rubio se encogió sobre sí mismo y tiritó. Sentía un frío atroz, como si espinas de hielo se clavaran en cada poro de su piel. Todo el calor de su cuerpo se disolvía como vapor en una noche helada. Trató de respirar profundamente, pero pagó caro aquel intento con un inhumano dolor que le acuchilló el cuerpo.
Gritó de angustia, sintiendo que sus ojos se llenaban involuntariamente de lágrimas. Se mordió el labio inferior, temblando entre espasmos. Intentó ver algo más allá de aquel velo gris que le cubría los ojos, pero sólo atisbó tinieblas. Se encogió en posición fetal, como si tratara de pasar desapercibido para un mal invisible.
–Te estás muriendo, muchacho... -susurró una voz gutural a su oído.
Naruto alzó la cabeza, pero no tenía fuerzas para sostenerla, así que la apoyó en el frío suelo invisible. De pronto, su vista se esclareció un poco, de modo que pudo ver unos barrotes verticales, iluminados por una tenue luz verde fosforescente. Y más allá, unos ojos zorrunos de un color rojo encendido.
–Ky-kyuubi... -susurró el rubio con sus labios ajados- ¿Dónde...estamos...?
–¿No lo adivinas? -sugirió el zorro gravemente- Esta oscuridad es tu interior ahora que estás desvaneciéndote...
Naruto observó la gigantesca estancia con la mirada perdida, como si no le hubiera entendido. Después, volvió a clavar su mirada en aquellos ojos sangrientos.
–¿Dónde...estamos...? -rogó.
El Bijuu le miró sin reírse, ni mofándose, tampoco mostrando tristeza. Sólo una ausencia total de emociones digna de un dios.
–Tu mente ya se atrofia, pequeño... Este es nuestro fin. El tuyo y el mío...
Naruto trató de pensar, pero sus pensamientos coagulaban como gotas de tinta adhiriéndose a un pergamino demasiado poroso. Le costaba un trabajo enorme recordar lo ocurrido, y las imágenes fluían con la capacidad mental una piedra. Era como tratar de unir las piezas de un gigantesco rompecabezas: tenía la sensación de que jamás terminaría.
–Kyuubi... -alcanzó a susurrar- ¿Por qué...ya no me curo como antes...¿Por qué...tu chakra ya no puede...ayudarme...? -ahí agotó todas sus fuerzas.
El demonio meditó sus palabras, con cierta humanidad. Ya llevaba veintidós años unido a aquel portador. En cierto modo, se había acostumbrado a su presencia. De hecho, era sumamente extraño que un contenedor aguantara tanto. Pero, como era de esperar, todo tenía un final...
–Muchacho... tu cuerpo ya no puede contenerme por más tiempo... Te estás muriendo.
–Me han herido... con una katana...en el estómago... No puedo respirar... -se quejó Naruto.
–No es por eso que te mueres... -explicó el Bijuu- Ya no te curas como antes, y llegará un momento en el que empezarás a morir... Y que sepas que no es culpa mía. No tienes la fuerza que tuvo mi anterior contenedor, y eso empieza a repercutir en tu cuerpo... Pronto palidecerás, tu rostro se volverá cadavérico y te extinguirás como una llama ante la fuerza del viento...
Naruto escuchó todas y cada una de las palabras con creciente angustia. Un terror pesado como el plomo se extendió por cada rincón de su ser, envenenándole.
Era el miedo a la muerte, algo que nunca antes había experimentado con aquella certeza. Tragó saliva, sintiendo su garganta áspera como si se hubiera tragado una bola de algodón.
–¿No hay modo...de evitarlo...? -imploró.
–Yo mismo logré liberarme de mi anterior portador antes de consumirle del todo...aunque le dejé muy débil. Fui sellado en el cuerpo de otra persona...por él mismo.
Naruto prestó atención a aquellas palabras, tratando de desenhebrar su significado. Sus pensamientos aún eran espesos y su intelecto no estaba precisamente a máxima potencia. Finalmente, pareció caer en ello.
–Yondaime...fue...tu...
Tosió virulentamente y escupió sangre de nuevo. Sentía que al respirar la sangre ascendía por sus fosas nasales. Se sorprendió, dado que jamás sangraba al estar sumergido en su subconsciente. Kyuubi le miraba y el rubio notaba cierto tono de alivio en aquellos iris carmesíes.
–Tienes suerte, mocoso... Hay alguien que se preocupa por ti...
Después, sólo aquella inmensa sucesión de sombras.
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–¡Venga, vamos...! -rogó Sakura, presionando con fuerza sus manos contra el abdomen del chico.
Un círculo de ANBU se movían inquietamente sobre un pie y el otro alternativamente, a la espera, mirando a la kunoichi arrodillada en el centro del corrillo. Sus ojos lagrimeantes por la presión indicaban que no todo iba bien. La chica presionó de nueva cuenta el vientre del rubio ANBU tendido en el suelo, acostado sobre un charco de sangre. La herida era profunda, le atravesaba de costado a costado. Y no dejaba de sangrar.
Sakura podía ver el daño. El diafragma estaba destrozado y el estómago perforado dejaba que sus órganos se corroyeran poco a poco. Llevaba varios minutos de cura y la hemorragia no daba señal alguna de querer parar.
–¡Joder, para...! -bramó la chica con desesperación.
Las manos manchadas de sangre le escandalizaban. Su rostro, resplandeciente por el sudor y la sangre ajena, contorsionado en una mueca de terror.
Recordó vagamente que Tsunade había vivido lo mismo muchos años atrás. A su novio Dan le habían arrancado los riñones en la Gran Guerra Ninja y ella no había podido salvarle la vida. Sakura rectificó sus pensamientos: Naruto no era su novio ni nada parecido, pero...
...en ambos casos se trataba de perder a la persona más importante.
Naruto prácticamente no estaba allí. Su rostro manchado de sangre no tenía movimiento alguno. Sus párpados bajados ni siquiera temblaban. Estaba pálido como una sábana y frío como el hielo.
Sakura sollozó, aterrorizada. Sus manos temblaban, rígidas, impregnadas del vital líquido carmesí que no era suyo. Le estaba perdiendo, y aquella certeza se tornaba inexorable.
Imaginó una vida sin Naruto. Triste, gris, sin alegría ni dicha... Día tras día atrapada en una rutina que le era etérea. Recordando a cada instante aquella deslumbrante sonrisa que era capaz de arrancarle toda depresión sin mayor dificultad... Cerró los ojos por un segundo, sintiéndose al borde del abismo.
–Por favor... Naruto... -imploró, perdiendo el control de sí misma.
En aquel preciso momento, una tos húmeda y ahogada restalló bajo sus manos. Sakura separó las manos por el susto, notando las convulsiones bajo ellas. Y, de pronto, Uzumaki Naruto entreabrió los ojos, velados por el sudor y el dolor.
–Naruto... -susurró Sakura, incapaz de articular otra palabra.
Los ojos del muchacho, de un azul más oscuro de lo habitual, miraron derredor, desorientados. Finalmente, se posaron en la chica.
–Sa...kura... -murmuraron sus labios secos.
–Shhh... -advirtió la kunoichi, arrugando las cejas por la preocupación- No hables, será mejor -aseguró.
Siguió con la cura, con seguridad, dado que el primer paso había sido el más difícil. A su alrededor, los ANBU que observaban la escena dibujaron expresiones de absoluto alivio.
–El capitán Uzumaki está bien... Gracias a los dioses... -susurraban, llenos de gozo.
–Apartaos y dejadle respirar -ordenó Sakura, abriendo los brazos.
Los subordinados obedecieron mientras ella ayudaba a Naruto a incorporarse. El rubio tosió aún un par de veces, pero estaba recuperando lentamente el color y ya no estaba herido. No obstante, sí sumamente débil por la pérdida de sangre. Sakura pasó un brazo del chico por su cuello y le ayudó a ponerse en pie.
–¿Qué hacemos ahora, Sakura-sama? -sugirió uno.
–Debo llevar a Naruto a Konoha -explicó la chica, dando un paso al frente- Los equipos llegarán dentro de veinte horas, más o menos. Vosotros les esperaréis aquí. Takada, tú al mando -dijo, señalando a una ANBU- Kurama y Kozue conmigo -ordenó- Vamos.
Dicho esto, acomodó a Naruto sobre su espalda, cargándole por las piernas, y saltó con facilidad hacia las ramas de un árbol cercano. Cada pocos minutos, comprobaba el estado de Naruto a través de la corriente de chakra, aunque a juzgar por la fuerza con la que él se aferraba a su cuello, no estaba tan mal como parecía.
Cuando ya llevaban casi veinte minutos de camino, Naruto entreabrió los ojos débilmente.
–Saku...ra... -susurró.
–Dime, Naruto -asintió ella, evitando perder de vista el camino.
El chico no supo qué decir, así que hundió levemente la cabeza en la curva del hombro de la muchacha. Inspiró aire dolorosamente.
–Fue Sasuke...Sakura...
La chica no demostró emoción alguna. En el fondo lo sabía, se lo había temido. Más que lástima, sintió una leve indignación. Sonrió dulcemente para el rubio.
–Tranquilo, Naruto... Ahora todo está bien -aseguró.
El aludido asintió cuanto pudo, para luego apoyar la cabeza en la espalda de Sakura y entornar de nuevo los ojos. Cayó en un sopor inquieto, viendo desfilar imágenes del pasado como si fueran fotogramas.
Se relajó poco a poco con el calor y el aroma a jazmines que desprendía el cuerpo de su inseparable compañera.
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La villa de la Arena era un auténtico bastión, una fortaleza inexpugnable que sólo tenía un punto débil: el cielo. No obstante, nadie salvo uno de los legendarios Akatsuki había logrado penetrarla, y de eso hacía ya siete años.
ANBU y jounin de los más mortíferos se apostaban las veinticuatro horas del día en cada extremo de la circular muralla. Ballestas de tamaños desproporcionados apuntaban hacia el firmamento, siempre a punto de ser disparadas. Todo tipo de trampas impedían que cualquier desconocido entrar en la villa, a no ser que fuera a costa de perder un miembro o incluso la cabeza.
Tres sombras fugaces se detuvieron a un kilómetro de distancia de las murallas. Se habían provisto de capas color térreo, de modo que se camuflaban perfectamente con la arena del fondo, evitando ser vistos por los vigías. Shikamaru chasqueó la lengua.
–Será difícil entrar ahí... -comentó.
–Vamos, Shikamaru. ¿De verdad crees que pasaremos de frente como las bestias? -sugirió Temari, burlona.
El chico la miró, molesto porque le tratara así.
–Si se te ocurre otra idea mejor, dila -exigió.
–Hay otros caminos para entrar en la villa -intervino de pronto Kankurô, sonriendo con seguridad- Caminos no accesibles a todos...
Shikamaru clavó en él la mirada, sorprendido. ¿Había algún camino secreto para entrar en Sunagakure?
–¿De verdad? -preguntó.
–Claro que sí -sonrió Temari, posando un pie sobre una roca con una forma curiosa- Nuestro padre nos enseñó un camino escondido para entrar y salir de la villa. Fue construido durante los tiempos de Sandaime Kazekage, nuestro abuelo, para que la familia del Kazekage pudiera huir en caso de ataque inminente sobre Suna. Y sólo nosotros dos, Gaara y Baki conocemos de su existencia -aseguró.
Golpeó la roca con el pie, como queriendo asegurarse de su sonido. Extrañamente hueco, por cierto. Después, giró sobre sí misma una media vuelta y se encaminó en dirección contraria. Caminó unos cuantos pasos y se detuvo, girando para mirarles.
–Es aquí -aseguró.
Se agachó rápidamente y quitó unos centímetros de arena, descubriendo debajo una trampilla de un color entre grisáceo y arenisco. Kankurô la observó y sonrió para sí, mirando a Shikamaru.
–Está hecha con la arena de metal, el elemento especial de Sandaime Kazekage -explicó. Se mordió el pulgar con fiereza hasta hacerse sangre- Y sólo reacciona ante la sangre de Sandaime...o de sus descendientes.
Dibujó una línea carmín sobre la superficie metalizada. Ante sus ojos, la arena férrea se descompuso y dejó al descubierto una obertura de forma perfectamente cuadrada. Pudieron ver unas escaleras que descendían y se perdían en las sombras. Shikamaru sacó una linterna de su mochila y se la pasó a Temari, la cual entró primero, seguida de los dos muchachos. Tras ellos, la arena metálica se recompuso y tapó la obertura, cubriéndoles de inmediato la visión del amanecer.
Anduvieron por el túnel durante una media hora. Estaba oscuro y parcialmente derrumbado en algunos lugares, cosa que les dificultó el camino. Era notorio que nadie había pasado por allí en muchos años. El aire era pesado y a Shikamaru llegó a parecerle irrespirable. Los hermanos Sabaku no se quejaron. Eran ninja entrenados en condiciones extremas y, a diferencia de Shikamaru, acostumbrando al aire húmedo del país del Fuego, ellos estaban habituados al ambiente seco y caliente del desierto.
Siguieron avanzando, hasta que de pronto el camino se terminó y se encontraron ante un muro desnudo. Kankurô, que era el más alto, tanteó el techo sobre ellos y descubrió una trampilla. Empujó con la mano herida a propósito y logró el mismo efecto que anteriormente. Pronto se vieron rociados con aquella arena de consistencia desconocida. Asegurándose de que no hubiera nadie en los alrededores, los tres salieron del angosto camino y se encontraron en el exterior aún sombrío por el temprano amanecer.
Temari y Kankurô observaron con melancolía el lugar en el que se encontraban. Abandonando toda precaución por unos momentos, se retiraron las capuchas del rostro. Suspiraron, con sendas sonrisas plagadas de recuerdos. Unos columpios oxidados por el clima árido del desierto chirriaban sobre sus mecanismos. No había niños jugando en la rueda, tampoco en el tobogán astillado. Ningún niño salía ya de su casa.
Cuantas veces habían llegado a correr en aquel parque... Cuantas risas, caídas, llantos y gritos de júbilo. Temari estaba allí, sentada en el regazo de su madre, cuando pronunció su primera palabra. Kankurô dio un paso al frente por primera vez en su vida pisando aquella grava.
Recuerdos...
Shikamaru mantuvo un silencio respetuoso. Sabía muy bien cuantos instantes congelados estaban reviviendo ambos. Después de todo, hacía varios años que ni uno ni otro pisaban la villa de la Arena. Sintiendo en el alma romper aquel momento de intensas emociones, alzó la voz.
–Vamos. Se está haciendo de día. No creo que nos haga gracia que nos vean caminando tranquilamente por aquí...
Se movieron por las calles retorcidas y lóbregas de Sunagakure. Shikamaru estaba perdido, ya que hacía mucho que no se movía por dentro de Suna, pero confiaba en sus guías, que habían caminado por aquellos callejones todos los años de su vida. Llegaron al final de una calle sin salida. Los hermanos Sabaku se detuvieron en una puerta de madera vieja y carcomida. Kankurô golpeó dos veces con fuerza y otra con suavidad, sonriendo para sí. Él bien sabía que aquella era la manera en la que de pequeño llamaba a la puerta de Baki para pedirle caramelos sin que lo supiera su padre. Al fin y al cabo, Kazekage-sama siempre estaba muy ocupado...
La puerta se abrió, chillando sobre sus goznes, y un rostro ojeroso apareció detrás. Les observó con inseguridad, para después abrir del todo el portal y mirarles de frente.
–¿Temari...¿Kankurô...? -sugirió.
–Shhh, ahora no -advirtió Temari con un dedo en los labios, haciendo un ademán de entrar.
El hombre se hizo a un lado y les permitió pasar. Se encontraron en una casa humilde y que en tiempos debía ser acogedora, pero que ahora resultaba oscura y polvorienta. El aún ninja de Suna les indicó, todavía sorprendido, que tomaran asiento. Kankurô se dejó caer en un mullido sillón y Temari y Shikamaru se sentaron en un sofá que había contra una pared. Baki les ofreció un trago a los tres. Shikamaru rechazó la oferta, pero Temari y su hermano aceptaron gustosos, bebiéndose el vaso de golpe.
Después, incómodo silencio. El hombre de piel curtida cruzó los dedos de las manos y negó con la cabeza.
–Debo admitir que no lo esperaba... -aseguró- ¿Cómo...habéis...?
–Es lo que estás pensando, Baki -repuso Temari- El pasadizo que nos mostró papá. Sabía que no lo habrías cerrado -añadió, sonriendo- Hablando claro: vamos a rescatar a Gaara y a apoyar a Konoha con el sector rebelde.
El rostro del jounin se volvió blanco como el papel. Miró a Kankurô, que se había puesto de pie y permanecía con los brazos cruzados, expectante. Negó, lívido.
–No me creo que esté pasando esto -aseguró, confundido. Miró al chico con enojo- Y aún no me creo que te hayas dejado arrastrar, Kankurô.
–Ya sabes cómo es Temari -bromeó el aludido, arqueando una ceja- Cualquiera le lleva la contraria...
–¿Os habéis planteado la importancia de esto? -sugirió el ninja, indignado- ¿¡Habéis pensado en las consecuencias que puede traer a Suna¡Bastantes problemas tenemos ya con la guerra contra Konoha para como tener la desfachatez de originar un conflicto cantonal!
Temari permaneció quieta por unos instantes, pero sus ojos se encendieron de inmediato como brasas verdes y ardientes. Por un momento se vio tan terrible como en sus tiempos mozos, siendo la kunoichi más temida de la Arena.
–Creo que no lo has entendido, Baki -explicó- No te estamos pidiendo permiso: te estamos pidiendo ayuda. Siempre serás nuestro sensei, pero ya pasemos hace mucho ese punto en el que tú tienes la última palabra. Kankurô y yo hemos decidido intentar una vez más luchar por la felicidad de Gaara. ¿Qué harás tú, Baki-sensei? -sugirió, haciendo hincapié en el apelativo.
El hombre de rasgos toscos se mordió el labio inferior con fuerza, dudando visiblemente entre dos opciones, ambas de posibles catastróficas consecuencias. Por un lado, podía permitir que Temari y Kankurô llevaran a cabo su descabellado plan y rescataran a Gaara. ¿Qué sucedería entonces? Una guerra interna entre dos bandos. Konoha los aplastaría con facilidad y todo sería caos. Pero, por otro lado¿qué ocurriría si Temari y Kankurô eran capturados? Les esperaba la muerte, sin duda. Acusados de alta traición, considerados criminales en contra del gobierno. No tendrían ni una sola oportunidad de seguir viviendo. Y él no podía permitir que eso ocurriera: había visto crecer a aquellos niños desde que prácticamente le cabían en las palmas de las manos. No soportaría semejante cargo de conciencia sobre su cabeza.
–Oídme bien... Deseo tanto como vosotros rescatar a Gaara -aseguró. Sus cejas se curvaron en una expresión de angustia- Pero le debo respeto a vuestro padre que en paz descanse. Fui su mejor amigo durante toda su vida, incluso cuando tomó las más duras decisiones -negó levemente- La crueldad de la vida le arrebató a vuestra madre y la locura le llevó a querer destruir a su propio hijo... No me pidáis que os ayude a ir hacia una muerte segura, porque la vergüenza pesaría sobre mí toda la eternidad.
Temari negó con la cabeza, suavizando de pronto su expresión. A pesar de la dureza con la que Baki les había entrenado, sabía que siempre había estado allí en cualquier cosa que los tres hermanos necesitaran. Y había hecho a las veces de padre, sobretodo para ellos dos, cuando Kazekage-sama se ocupó en entrenar a Gaara.
–Somos los hijos de Yondaime Kazekage, Baki -repuso la mujer con seriedad- Sabemos bien cuales son las consecuencias de las acciones. Pero jamás olvidaré que mi hermano menor hace seis años que está encerrado en una celda fría de hierro. Nada puede detenernos, ni a mí ni a Kankurô, cuando se trate de salvar a Gaara. Creo que hemos demostrado con anterioridad lo que somos capaces de hacer por nuestro pequeño Gaara... -susurró con cariño.
Baki suspiró, negando levemente en señal de resignación. Era obvio que nada de lo que dijera iba a hacer desfallecer a aquellos dos jóvenes. Habían heredado la testarudez de su difunto padre. Cruzó las manos de nuevo, pensativo.
–¿Y bien? -sugirió- ¿Cómo pretendéis rescatar a Gaara?
–Ése es el problema -comentó Kankurô, tratando de ocultar la mueca de triunfo ante el hecho de tener un nuevo aliado- sabemos donde está, pero la defensa es infranqueable. No servirá tratar de convencer a los guardias para que nos abran la puerta por las buenas. Y matarlos sería una pérdida de tiempo.
–Es más complicado -aseguró Baki- Solamente hay dos personas que tienen la llave de la celda de Gaara. Una es Nanadaime, claro está, pero es inútil que lo intentéis. Decenas de ninja le custodian día y noche.
–¿Quién es el otro? -quiso saber Shikamaru, interviniendo en la conversación por primera vez en todo el rato.
–El capitán Takeshi, el líder de los ANBU que apoyaban desde el principio a la rama conservadora. Siempre lleva la llave colgada del cuello -explicó Baki.
–Sí, recuerdo a ése energúmeno. A mi padre siempre le cayó mal -admitió Kankurô, mascullando entre dientes- ¿Dónde podemos encontrarle y hacer que se deshaga de su escolta? -preguntó.
Baki pensó rápidamente y se inclinó hacia delante, revelando la poca información a la que aspiraba ahora que estaba bajo el punto de mira de las autoridades de la villa.
El plan tenía sus más y sus menos, pero parecía sumamente efectivo. Mientras escuchaba, Shikamaru alargó una mano y cogió el trago que el jounin le ofreciera un rato antes. Se lo echó a la boca sin pensar. Terminó tosiendo con los ojos llorosos.
"Joder con los licores de la Arena..."
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El capitán Takeshi era un ninja robusto, alto como un roble y de piel quemada por el sol, de ojos pequeños y brillantes. Era un hombre ocupado, pero sabía disfrutar de su tiempo, al estilo de los antiguos hedonistas. Era el líder del cuerpo ANBU fiel al gobierno conservador, ganaba un sueldo sustancioso, estaba casado por interés con una mujer adinerada y tenía cinco hijos a los que consentía cuanto podía, aunque no sabía a ciencia cierta que fueran suyos. Esa era la faceta que ofrecía al mundo, pero su cabeza pensaba siempre en otro tipo de caprichos, mucho más escabrosos.
¿Qué había más placentero en el mundo que poseer a su voluntad un cuerpo moreno de mujer? El brillo del cuero negro en unos muslos femeninos le hacían perder la razón. Por eso acudía todas las noches a un local en un extremo de la villa. Era un lugar pequeño y privado, pero las bellezas que desfilaban en la tarima no podían encontrarse en ningún otro lugar del país de la Arena. Cada noche que pasaba en Sunagakure acudía allí, pedía la más cara y más hermosa de las bailarinas, que con sus endemoniados y eróticos contoneos le llevaban a la locura. Posteriormente, doblaba la propina y contaba con el derecho de llevárselas a la cama. Nada más sencillo y más placentero, se decía a menudo.
Entró en el local con un cartel desvencijado al que acudía en sus ocios nocturnos, pidiendo a su escolta personal que se quedara fuera. Ocupó la estancia que tenía todos los días reservada para él y se sentó con las piernas cruzadas, esperando a que el muchacho que le servía la bebida apareciera. La puerta corredera se abrió y un chico vestido con un discreto kimono blanco con el obi (1) rojo apareció tras el umbral, haciendo una reverencia. Llevaba una bandeja con el sake en las manos.
–Konbanwa (2), Takeshi-sama -saludó en un grave murmullo, inclinando la cabeza.
El hombre le miró ceñudo. Un muchacho nuevo, aunque su rostro le sonaba vagamente. No cesó de observarle mientras le servía el sake. Ideas nada decentes circularon por su mente. Su gusto no se reducía a las mujeres hermosas. Sabía apreciar también las delicias que el género masculino, sobretodo los jóvenes, podían ofrecerle. Aquel bronceado muchacho de veinti pocos podía ser todo un capricho. Una vez terminó, el chaval se inclinó e hizo un ademán de desaparecer, aunque rápidamente clavó en el cliente sus ojos negros.
–Señor, me creo en el deber de advertirle que la mujer que hoy le ofrecerá el espectáculo es muy especial. No es una bailarina cualquiera, se lo puedo garantizar. Usted mismo lo comprobará.
–¿A qué viene esa insolencia, muchacho? -sugirió el capitán, molesto.
El chico le dirigió una sonrisa falsa y fría como el hielo.
–Le advierto que como intente algo con ella como si fuera una vulgar puta, yo mismo me aseguraré de partirle en pedacitos, Takeshi-sama -dijo, sin emoción alguna en la voz.
Después, como si no hubiera sucedido nada, el chico se retiró y cerró la puerta a sus espaldas. El ANBU permaneció estático, reparando en la impertinente reacción de aquel muchacho. Dio un sorbo al sake y olvidó rápidamente aquel asuntillo cuando una suave música instrumental empezó a sonar en el ambiente.
En la tarima apareció danzando la mujer más hermosa que había visto nunca. Era todavía una jovencita, quizás unos veinte pocos. Bien dotada, cintura estrecha, caderas anchas y busto marcado. Todo un bocado. Iba escasa de ropa, lo suficiente para apreciar la piel dorada de su vientre, delineando el contorno de un perfecto ombligo. Sus ojos eran penetrantes, brillantes, como ufanas esmeraldas.
Y el baile empezó. Empuñando un abanico en cada mano, la danzarina empezó un baile tan sensual como hipnótico. Su cuerpo se contoneaba cual serpiente evitando el calor de la arena. Sus caderas se zarandeaban con una gracia inmaculada, casi etérea. Era flexible y grácil como un gato. El capitán miraba aquella fémina figura con deleite, sintiendo que su deseo sexual ascendía como la espuma. Apenas podía esperar al momento de proponerle algo más.
La mujer era hermosa. Los abanicos volaban en sus manos, mientras ejecutaba un movimiento de torso casi satírico. Sus labios se abrían provocativamente, implorantes, seductores. Fatales.
Para cuando el hombre se dio cuenta, embobado como estaba, la despampanante mujer estaba frente a él, dando el baile por concluido. Un ligero sudor perlaba su piel, haciéndole ver aún más apetecible. Ella se sentó en la mesa con las piernas cruzadas y tomó sin permiso un sorbo de su sake. Se relamió los labios al concluir.
–¿Le ha gustado mi actuación, señor? -sugirió.
–Magnífica -aseguró el hombre, con voz queda, mirándola de arriba abajo con descaro- Perfecta.
–Me alegro -susurró ella seductoramente- La he preparado especialmente para usted...
Sólo entonces notó el hombre que ella tenía el pelo dorado, claro como trocitos de sol. Arqueó las cejas, complacido por la visión. Se hizo ligeramente hacia adelante.
–Bueno... si te complace, quizás podríamos llegar a...algo más... -sugirió lascivamente, acariciando uno de los muslos de la muchacha.
La mujer permaneció inmóvil, mirándole con furia y reproche. Se mantuvo firme por unos segundos, aunque después sonrió de nuevo con malicia.
–Me confunde usted con una simple prostituta, señor Takeshi -aseguró.
De pronto, descolgó elegantemente su pierna izquierda y separó los muslos de un modo endemoniadamente erótico. Curvó sus labios pintados en carmín.
–Será la mejor experiencia de su vida -comentó.
El hombre se lanzó sobre ella, tirándola sobre la pequeña mesa. Le chupó el cuello, dejando un rastro de saliva caliente. Tanteó con ambas manos y apretó, deseoso, los firmes y turgentes pechos. Se sorprendió a sobremanera cuando ella separó más las piernas y colocó los pies sobre sus hombros, incitante. Vaya con la chica, pensó para sí.
No llegó a pensar nada más.
Lo último que el capitán Takeshi vio fue la sonrisa maliciosa de su sensual bailarina antes de que ésta, con un eficaz movimiento de tobillos, le doblara el cuello y le arrastrara a la oscuridad.
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Con un crujido desagradable, las vértebras cervicales salieron de su sitio y el hombre quedó desmadejado, con el cuello moviéndose aún por el empuje. Con un gesto de profundo asco, Temari empujó al hombre lejos de sí, recuperando la compostura mientras se limpiaba la saliva caliente del cuello. En aquel preciso momento, la puerta corrediza del fondo se abrió y dos chicos inquietos y casi histéricos aparecieron en el umbral, rojos como pimientos.
–Joder, Temari... -gritó Shikamaru- No vuelvas a hacer eso en tu vida...
–Me has hecho envejecer diez años de golpe -admitió Kankurô, poniéndose de pronto pálido- Por Dios, no sabía que el juego iba a ir tan lejos...
–Algo tenía que hacer para arreglar tu metedura de pata -aseguró la rubia con las manos en las caderas, dirigiéndose a su hermano, recordándole la "charla" que había tenido con Takeshi tras servirle el sake.
–No he podido aguantarme a decirle aquello¿vale? -sugirió Kankurô, molesto- A saber lo que intentaba hacerte este desgraciado...
–Como puedes ver, me las arreglo bien solita -aseguró la chica con una sonrisa lobuna, sacudiendo entre los dedos la llave de alta seguridad que acababa de quitarle al capitán ANBU.
El plan había sido un éxito, aunque las desavenencias iniciales habían sido duras de lidiar. Shikamaru se enojó de inmediato al conocer la dimensión del plan y Kankurô prácticamente hubiera estrangulado a Temari de haber podido. Sin embargo, ambos confiaban en Temari, ya que jamás había dado muestra de ser débil o vulnerable. Ante todo sabía hacer lo que se proponía.
El resto había sido fácil. Amordazar al amo, al sirviente y a la bailarina y engañar por completo al capitán ANBU. Temari era una experta en el arte de los abanicos y no le había costado nada interpretar su papel. Y, como guinda, aquella llave del sueño aprendida en sus tiempos de academia. Dejaba sin sentido al atacante hasta que un ninja médico pudiera recolocarle las cervicales, y sin embargo sólo requería de un leve gesto de tobillos y muy poca fuerza.
Mientras se ponía encima la capa que le tendía Shikamaru, Temari no cesó de apretar la llave entre sus dedos. La clave para salvar a Gaara y también a Konoha estaba en sus manos.
Sólo Godaime Kazekage-sama podía despertar la fuerza de los ninja rebeldes de la Arena.
El tiempo apremiaba. Se deslizaron como espías en las sombras y salieron por el tejado. No fueron vistos.
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Una enfermera de unos treinta tomó el pulso de un chico de piel pálida que yacía en una camilla. La mujer nunca antes le había tratado, pero el diagnóstico hablaba de que tenía varios huesos rotos y una conmoción cerebral leve. Deslizó unos mechones negro del chico fuera de su frente para comprobar la temperatura en la diminuta porción que no estaba cubierta por una venda. Todo normal, se dijo. El joven dormía profundamente, nada que ver con sus heridas. Suspirando y apuntando algo en su libreta de mano, la asistente médica salió de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas.
Segundos después de quedar de nuevo en silencio, Sai abrió los ojos y se incorporó en la camilla. Ocultó a la perfección una mueca de dolor por sus costillas rotas y se inclinó a un lado, tanteando debajo del leve colchón. Sacó un lienzo pintado y un lápiz pelado envuelto en un pañuelo, pulido a modo de carboncillo. Arqueó las cejas y se puso a dibujar tranquilamente. Nadie podía imaginar las peripecias que había sufrido para conseguir aquellos dos objetos. Entre otras pasearse de noche por el hospital, silencioso como una sombra, acechando a toda enfermera que pudiera llevar un lápiz en su bolsillo.
Las recomendaciones eran claras: debía quedarse en cama hasta que sus heridas sanaran. No obstante, el joven ANBU sentía que se volvería loco si no se desfogaba dibujando. Mordiéndose la lengua, trazó una mancha más oscura. El arte abstracto era una puerta abierta a sus emociones, y para Sai no había modo más relajante y auténtico de expresión. Las palabras engañaban: el arte no.
La puerta se abrió súbitamente, y Sai no dispuso del tiempo necesario para ocultar lo que hacían sus manos. Permaneció petrificado, mirando a la chica con una muda sonrisa de fingida inocencia.
Ino arrugó las cejas y se llevó las manos a las caderas, molesta.
–Sai-kun, Sakura dijo que aún no estabas bien como para estar sentado -le reprochó, dando un paso al frente- Así que dame ése lienzo y el lápiz -exigió, extendiendo una mano.
El moreno puso su mejor expresión dulce, tratando de convencerla sin palabras de que no podía hacerle algo tan atroz. Acostumbrada a las artimañas del artista, Ino no dudó en arrebatarle sus útiles de dibujo y guardarlos a buen recaudo en uno de los amplios bolsillos de su bata.
Sai no demostró enojo alguno, pero permaneció con el semblante taciturno y pensativo. Llevaba varios días en cama y estaba aburrido de que aquellos goteros, de que le tomaran la tensión y del dolor de las costillas. Necesitaba distraerse.
–Me aburro mucho... -comentó ásperamente.
–Sakura fue clara. Es mejor no curarte las costillas rotas con jutsus médicos, porqué sino es probable que la zona se te quede dañada -explicó Ino, comprobando el gotero que pendía de un soporte metálico, inyectado en el pálido brazo del chico- Y ahora duerme un rato.
–Tengo hambre -aseguró Sai, aunque sin mostrarse hambriento- No me han dejado probar nada desde que llegué aquí. No es que me importe realmente, he estado en ocasiones semanas sin probar bocado, pero empieza a ser preocupante -aseguró, llevándose una mano al estómago.
Ino sonrió suavemente, recordando cuánto había cambiado Sai desde aquella primera vez que se lo presentaran en la barbacoa, hacía alrededor de siete años. Era como un niño, curioso y abierto a cada sensación nueva. Aún era reacio a la vida social y solía pasar mucho tiempo solo, pero teniendo en cuenta su tormentoso pasado y que ni siquiera conocía su auténtico nombre, aquellas pequeñas salidas cuotidianas de sinceridad eran algo precioso.
Le dirigió una mirada maliciosa, con una ceja arqueada.
–Veremos qué puedo escatimarte de la cocina... -aseguró.
En ese preciso momento, alguien más irrumpió en la habitación. Los dos ocupantes de ésta miraron estupefactos cómo dos ninja médicos entraban a una persona echada en una camilla. Era Naruto.
Sin embargo, las preguntas no tuvieron tiempo de estallar, pues Sakura entró inmediatamente después, con rostro de agotamiento, si bien no físico, sí psicológico. Saludó con una mano y una sonrisa triste, demostrando a la vez su preocupación y asegurándoles que todo estaba bien.
–No os pongáis histéricos -advirtió- Ahora está perfectamente, pero agotado -aseguró- Necesita una transfusión de sangre, pero está fuera de peligro. Hablando de ello, Naruto tiene el grupo sanguíneo B -explicó- No tenemos bastantes reservas disponibles...
–Yo tengo también el grupo B -dijo Sai, inexpresivo- Puedo ser el donante.
–Sí hombre... -le recriminó Ino, exasperada- Sólo te faltaría que te vaciaran de sangre... -se sentó en una silla al lado de Naruto, descubriéndose el antebrazo derecho- Anda, Sakura, pincha cuanto quieras.
–¿Estás segura de que eres B? -sugirió la kunoichi, acercándose con los utensilios necesarios.
–Que sí, Sakura -protestó Ino- Por Dios, también soy ninja médico... Conozco bien mi grupo sanguíneo.
Sakura se preparó para realizar la transfusión y pidió a los ninja que la acompañaban que los dejaran solos para mayor tranquilidad. Minutos más tarde, Naruto recuperaba lentamente el color debido a la transfusión. Ino negaba lentamente con la cabeza, anonada.
–Es extraño... -comentó- En todos los años que hace que conozco a Naruto nunca le había visto en estado tan grave...salvo aquella vez... -se calló rápidamente, recordando el estado de Naruto cuando regresó del Valle del Fin- Incluso cuando luchamos contra aquellos Akatsuki y tuve que recomponerle el hombro y el brazo... Bueno, después de todo, Naruto es un Jinchuuriki -miró a Sakura, en busca de respuestas.
La chica suspiró y posó sus iris verdes en el chico rubio que dormía profundamente, recuperándose de su agotamiento. Era algo de lo que se había percatado hacía ya tiempo. Y no podía negar que estaba terriblemente angustiada por aquel hecho. Sacudió la cabeza, recuperando un ápice de decisión.
–Consultaré con Tsunade-sensei y le pediré que revise a Naruto. No hay nada que ella no pueda hacer...
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La mano cayó del pomo de la puerta que estaba a punto de abrir. Tsunade sintió que toda su dicha por saber que Naruto y Sakura habían regresado a la villa se tornaba en una terrible agonía interna. Sin querer, había escuchado la conversación al otro lado de la puerta. ¿Y para qué negar que lo que había oído era peor que un balde de agua helada?
Naruto había sido herido, de gravedad a juzgar por las palabras de Sakura. Tsunade no conocía las circunstancias, pero había algo que estaba claro.
El proceso había comenzado.
Y nadie en el mundo de los vivos podía saber cómo detenerlo.
+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+º+
(1) obi: Parte del kimono que se ciñe a la cintura.
(2) Konbanwa: Buenas noches.
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Wii, apenas me creo que esté recibiendo tantísimo apoyo LoL. Me estoy recuperando de mi bajón a pasos agigantados non. Besotes a todos, wapísimos, y grácias por gastar vuestro tiempo en algo que me gusta tanto hacer n.n.
Sakurass: Pues sigue leyendo y lo sabrás XD. Salu2.
Mizuru Temari: Ya te contesté en un mensaje, aunque no sé si lo habrás leído XD. Estás confundida. Godaime significa "el quinto" y "Yondaime" el cuarto. Lo de fuego aparece en "Ho" (fuego) "Kage" (sombra). Como "Kaze" (viento) "Kage" (sombra). Espero que no te líes más porque me hiciste dudar y todo, y eso que lo tengo bien aprendido XD. Salu2.
Apalanka: Creo que te ha gustado XD. Mil gracias. Besotes n.n
Chivizuke: Jeje, a mí Sasuke me cae fatal, y como es malo tengo excusa para odiarle XD. Grácias por leer y hasta pronto n.n
Ligabiss: La escena de Temari siendo convencida por Shikamaru la soñé (en serio, si es que sueño unas cosas…XD). Y lo puse tal cual apareció en mi sueño. De hecho, empecé este fic por esta escena (no miento). Me ha encantado lo de "complejo de Iceberg" (no lo había oído nunca XD). Lo de Gamakichi se me ocurrió con la foto en la que Naruto está sentado encima. Apuesto el teclado del ordenador a que ahora es su invocación XD. P.D. Sip, continuaré pronto EDDCU (no sabía ni que le habías puesto siglas. Me siento alabada XD), aunque cambiaré mucho (igual me mandáis todos a la mierda con el cambio ¬¬ XD). Besotes, Ligabiss
NEIL-SEMPAI: A Gaara lo encerraron por envidia, porque ahora todos le quieren XD. Saludos.
Darwin: No es que Kyuubi se esté muriendo exactamente (él es inmortal, no se hace viejo XD). Gracias por seguir siempre mis fics.
Nadesko: Ala, ala…como un libro dice (serás bestia XD). No le falta poco ni nada al fic para ser un libro XD. Besotes y grácias.
Dark-Online: Hola, amichi XD. Realmente, mi intención era no hacer un fic como siempre, como todos, en época de relativa tranquilidad y eso. Los sentimientos son más intensos y fugaces en épocas de guerra y quería plasmar ese dolor, la pérdida y esas cositas XD. Una cosa, el ShikaTema es hasta la fecha mi pareja favorita de Naruto, pero como puedes ver los he dejado así un poco…en ansias. Y es que hay cosas más importantes para hacer (como rescatar a Gaara, que el pobre está ahí en su celda ¬¬). Así que de momento no demostrarán sus sentimientos (pero están ahí, claro que síiii XD). Con lo de Hinata, no voy a ocultar que ahora me cae rematadamente mal, porque su aparición estelar en la segunda parte ha sido desmayarse como una pija estúpida, así que espero que mejore, porque va por mal camino. Yo la haré cambiar…XD. Por dios, esperaré tu reviw con ansia. Me encantan los comentarios largos, te lo digo en serio o. Besotes, wapíxima XD
Kamy-chan: Menos mal que a alguien le gustan los caps largos, porqué sino ya me puedo tirar por un puente XD. Besotes y mil gracias por el revitalizante comentario. Besos.
