Que sepáis que este capítulo es de transición, así que de batallas y combates y esas cosillas pocas XD. Pero había cosas que eran necesarias contar y se ponen aquí.

Agradezco de antemano vuestro tiempo en leeros este fic n.n. Gracias a todos y feliz lectura.

Capítulo 4. Sendos momentos

Sus párpados temblaron levemente, como cruzados por una súbita corriente eléctrica. Separó los labios resecos y emanó un quejido de debilidad y confusión. Cuando al fin consiguió despegar los párpados, encontró que su mirada era difusa y nada clara. Veía formas moviéndose sobre él, pero su cerebro procesaba con suma lentitud. Escuchó una voz familiar, aunque tardó un poco en identificarla con el rostro de alguien.

–Naruto... ¿Estás bien...?

El aludido trató de hablar, pero articuló sin que un sólo sonido manara de su garganta. Sintió como le incorporaban con cuidado y vertían en sus labios un líquido fresco, quizás agua. Tragó con dificultad y sólo entonces notó como sus sentidos recuperaban su ritmo normal. Distinguió la voz de Sakura, otra masculina que arrastraba las palabras, quizás la de Sai, y el tono agudo de la que debía ser Ino. Parpadeó de nuevo y abrió del todo los ojos, siendo consciente de su entorno por primera vez en Dios sabe cuantas horas.

Lo primero que alcanzó a reconocer fue el rostro angustiado de Sakura más o menos a medio metro de distancia sobre su cabeza.

–Naruto... Dime cómo te encuentras -exigió con preocupación.

–Cansado... -alcanzó a susurrar- Me cuesta pensar... -admitió.

–¿Y eso es diferente a lo habitual? -sugirió Sakura, alzando una ceja con una sonrisa maliciosa.

Naruto rió para sí, aliviado y más relajado. Todo empezaba a volver a su sitio y la confusión se disolvía como diáfanos alientos lanzados a una noche fría. Se palpó el cuerpo en busca de heridas, pero no encontró nada, salvo...

...que estaba casi totalmente desnudo.

Tratando de que las chicas, que conversaban entre sí, no notaran su rubor, siseó por lo bajo a Sai que le pasara una camiseta suya. A lo que, por supuesto, el moreno respondió con una sonrisa fría y maliciosa que venía a significar "¿A que te da vergüenza estar tan poco dotado?".

Al tiempo que evitaba que Naruto se lanzara sobre el malherido Sai con un tirón de orejas, Sakura frunció el ceño.

–Naruto, pórtate bien y quédate quietecito, ¿de acuerdo? -sugirió, con una sonrisilla falsa que enmascaraba su furia- Te los dejo, Ino -sugirió con ironía- Voy a ver si consigo dormir un poco y por la mañana iré a buscar a Tsunade-sama.

Antes de salir, pero, Sakura miró hacia Naruto, que hizo un alto en su continuo sacar la lengua a Sai para mirarla. Sin palabras, sin gestos de labios, sin nada más que el reflejo de sus ojos azules, Naruto emitió un mudo ruego hacia ella.

"No digas nada de Sasuke".

Sakura sonrió con discreción, dándole a entender que lo había captado. Después, hizo girar el pomo de la puerta y salió al pasillo frío y sombrío.

Arrugó las cejas y escudriñó el corredor con detenimiento. Hubiera jurado que había alguien más en el pasillo, aunque...

Nada. Imaginaciones suyas.

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Kiba gruñó levemente y movió su cuerpo de atleta en sueños para adoptar una posición más cómoda. Con sus manos morenas y endurecidas estrujó con cuidado un mechón de pelo blanquecino del lomo de Akamaru, pues así estaba habituado a dormir.

Su nariz tembló. Un olor se acercaba más de lo debido, estrechando el espacio entre ellos hasta hacerlo ínfimo. Con reflejos inhumanos, Kiba abrió los ojos y vio al misterioso acechante.

Tardó unos segundos en asimilar dónde estaba y con quién, pero pronto cayó en la cuenta. Suspiró con alivio y acarició la bronceada mejilla de la niña de seis años que le miraba fijamente en la penumbra. El Inuzuka se frotó los ojos y bostezó ruidosamente, mostrando sus dos ligeros colmillos.

–Aya-san... ¿qué haces despierta...? -sugirió, mirando por la ventana- Aún no ha amanecido... -se quejó.

–No puedo dormir, Kiba-kun... -admitió la pequeña.

El chico de piel quemada suspiró y palmeó su rodilla izquierda, pidiéndola a la niña que se sentara. Los ojos color sangre de la chiquilla se iluminaron cuando acomodó su cabeza de rizos negros en el pecho del chico. Kiba aprovechó para echar una ojeada a la otra cama. Aki, el gemelo de la niña, dormía plácidamente, acurrucado sobre la almohada.

–Kiba-kun, ¿cuando volverá okaa-san (1)? -preguntó Aya, con añoranza.

–No lo sé, Aya-san -se sinceró el jounin, soltando un nuevo bostezo- Kurenai-sensei salió hace muchas horas... Aún puede tardar un poco en volver...

De nuevo silencio. Kiba cuidaba a los gemelos de Kurenai mientras ésta no estaba, y estaba encantado, pero tenía la nefasta sensación de que pronto se requeriría de él en el frente. No quería dejarlos solos. Y el manta de Shikamaru llevaba días desaparecido...

–Kiba-kun, ¿desde cuando conoces a okaa-san?

–Bueno, se convirtió en mi sensei hace diez años... -explicó el chaval.

– ¿Por qué okaa-san siempre está triste? -preguntó Aya, arrugando las cejas.

Kiba notó un nudo de angustia alojándose en su garganta. Escenas fugaces de siete años atrás acudieron a su mente. La lápida, las flores blancas, el cántico. Kurenai vestida de negro, como una sombra humana en una multitud gris. Suavizó el tono de inmediato, entristecido.

– Tu okaa-san está triste porque no puede estar con la persona a la que más ha querido, Aya-san -explicó con prudencia.

– ¿Te refieres a otô-san(2)? -preguntó la pequeña, con los ojos rojos muy abiertos.

–Sí... -admitió Kiba, curvando las cejas.

Sintió un arranque de melancolía nacer de lo más profundo de su alma. Cuan doloroso era sentir amor...

– Cuando la persona a la que más quieres se va o no puede estar contigo, sientes mucha pena y todo te parece triste y oscuro... Y muchas veces lloras cuando nadie te mira... -susurró- A tu okaa-san le pasa eso.

–¿No se le pasará nunca? Yo intento hacerla reír... -aseguró la pequeña, con los ojos llorosos.

– No, Aya-san... Nunca se le va a pasar... -dijo Kiba sin pensar- Pero es una mujer fuerte y seguirá sonriendo como siempre... No te preocupes por tu okaa-san, porque ella siempre hará lo mejor para vosotros dos -rió, removiendo los rizos negros de la niña- Y ahora vuelve a la cama, venga. Menuda bronca me llevaré si Kurenai-sensei llega y ve que no has pegado ojo en toda la noche... -bromeó.

La pequeña asintió suavemente y caminó descalza por el parqué de madera hasta meterse de nuevo en la cama de mantas calentitas y acogedoras, al lado de su hermano gemelo, el cual había heredado la impasibilidad que tuviera Azuma en vida.

Kiba suspiró cuando escuchó el acompasado respirar que le indicó que Aya se había dormido. Miró por la ventana, dándose cuenta de que el cielo empezaba a clarear por encima de las leves montañas del país del Fuego. Bajó los párpados en un pesado recuerdo.

"Cuando no puedes estar con la persona que quieres..."

Él lo sabía mejor que nadie.

Desvió la mirada con prudencia. ¿Sucedería algo si dejaba a los jóvenes Sarutobi solos por unos minutos? Total, a donde iba estaba allí al lado. No, definitivamente, no había tiempo de que sucediera nada malo.

Se incorporó con la precaución de no despertar a Akamaru, pero falló en el intento. Antes de darse cuenta, su inseparable compañero movía la cola alegremente mientras le lamía una oreja. Kiba se inclinó y susurró algo en el oído de su amigo.

–Vamos a ver a alguien, Akamaru...

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Los rayos suaves del amanecer, alcanzando la sombría aldea con una cortina de luz rosa y dorada. La fuente de mármol rota, ya no llevaba agua. La superficie blanca acariciada por un tenue y latente calor matinal. Ya no había pájaros que fueran a beber, ya no había cantos ni trinos, ni notas sólo audibles por el oído experto.

La gran mansión de piedra e idílicos jardines olía a muerte. Kiba podía sentirlo, más no con su olfato ultrafino. Miró alrededor, sobrecogido, reparando en aquel aspecto por vez primera. A su lado, Akamaru ahogó un quejidito, y sólo una caricia de la amable mano de su dueño fue capaz de consolarle. Los ojos oscuros del más joven Inuzuka se posaron en las puertas corredizas de papel, ennegrecidas, rotas por violentos arrebatos, empañadas en ocasiones de sangre oscura como la noche.

El hogar de los Hyuuga era un lugar mucho más oscuro desde que empezara la guerra. Habían perdido varios miembros y ello había repercutido en todo lo referente a aquella mítica familia. Ordenándole a Akamaru que se quedara fuera, Kiba dio un paso al frente y penetró en el inmenso jardín.

En ese mismo momento, un hombre alto e imponente apareció en el umbral de la puerta, frío e inexpresivo como un árbol viejo y solitario. Kiba tragó saliva con dificultad. Jamás había podido resistir la intensidad de la mirada de Hyuuga Hiashi. Era como si escudriñara cada rincón de su alma, ojeando uno por unos sus recuerdos y deshenebrándolos en busca de algo indigno que le permitiera echarlo de su hogar.

–¿Qué buscas aquí, Inuzuka? -susurró, con cierto aire de desprecio.

–Necesito hablar con Hinata -soltó él. Corrigió rápidamente- ...con Hinata-san.

Trató de hacerse lo más pequeño e insignificante posible mientras el líder Hyuuga le conducía al interior de la mansión. La desagradable sensación en su estómago era probablemente debida a que Hiashi, gracias a sus ojos bendecidos, le estudiaba críticamente aún de espaldas.

–Espero que no molestes a Hinata si ella no lo quiere -repuso Hiashi, deteniéndose en un jardín interior.

–No se preocupe, Hiashi-sama. No lo haré -aseguró el chico, sin mirarle.

Después, con gran y fingida rectitud, descendió las leves escaleras y oteó el jardín en busca de una persona en concreto. Con un chasquido molesto de lengua, Hyuuga Hiashi desapareció de la vista y se ocupó en sus asuntos.

Kiba anduvo por el patio sembrado de hierba ahora gris y descuidada. Muy pocas flores crecían ya en los parterres, y las que lo hacían eran simples margaritas o dientes de león que alguna brisa divina hubiera traído. Ningún Hyuuga se ocupaba ya del jardín.

Bueno, casi ninguno.

Una mujer permanecía inclinada sobre una mata de geranios, con una regadera metálica entre las manos. Vertía el líquido de vida en la maceta donde creían a duras penas las pequeñas flores rojas. Sus cabellos negros con brillos azules caían sobre su espalda, sueltos. Su piel pálida aparentaba ser capaz de fundirse con el kimono blanco ceñido a su cuerpo. Miraba con vacíos ojos blancos al frente, o al menos eso aparentaba.

Kiba dio un paso adelante, separando los labios para llamarla.

–Hola, Kiba-kun -saludó la chica sin girarse.

El muchacho dio un respingo. Siempre olvidaba el Byakugan de su compañera, y eso le hacía llevarse más de un susto. Hinata ejecutó fuerza en los talones y se puso en pie, manteniendo el equilibrio sobre los zapatos de madera. Le miró con profundidad y seriedad, ninguna emoción en su rostro de porcelana. Él se limitó a saludar con una mano, en un gesto basto. Se recordó a sí mismo que debía bajar la voz en aquella morada, pues los Hyuuga eran amantes del silencio y el sigilo.

–He dejado un momento solos a Aya-san y Aki-san... -susurró- Kurenai aún no ha vuelto.

Hinata contempló unos jazmines que crecían, grisáceos, sosteniéndose en un muro de piedra vieja. El suave aroma de aquellas flores llegaba hasta sus sentidos. Kiba estornudó: para él aquel perfume era mil veces más intenso. El muchacho se frotó la nariz con un dedo, tratando de ser educado.

–¿No has ido a ninguna misión últimamente? -sugirió él.

–No hay mucho que hacer dentro de los límites de Konoha... -explicó Hinata con voz aguda- Y mi padre no me deja salir a ninguna misión. Dice tener miedo de que me pase algo, ya que sólo soy una chunnin... -admitió, con gran pesar.

Kiba no supo qué decir. Estaba claro que a Hinata no la complacía precisamente que su padre la sobreprotegiera. Por no hablar del tema de que se había ido quedando atrás: Shino era ya ANBU y él pronto ascendería a dicho rango.

Tragó saliva y la miró con la cabeza gacha. ¿Cómo repetirle de nuevo lo que llevaba gritando desde hacía tanto tiempo? Sabía perfectamente el resultado, pues siempre obtenía la misma respuesta.

No lo sabía. Quizás su cabezonería le impulsaba a pedirlo una vez más.

–Hinata... ¿ya has pensado...en lo que te dije...? -susurró.

La actitud de la chica transmutó a una velocidad increíble al tocar aquel tema. Apartó la mirada, con los labios ligeramente fruncidos, como si aquella situación la molestara. Suspiró para tomar valor, atributo que siempre le había faltado.

–Kiba-kun... Ya hemos hablado antes de esto...

–Y siempre me respondes lo mismo. Y sigo preguntándome el porqué -terminó el chico con insistencia.

–Kiba-kun... Sabes que yo siempre... he estado... -susurró la muchacha.

–¿...creyendo que quieres a Naruto? -exclamó Kiba sardónicamente- Hinata, no puedes estar toda la vida... -buscó la palabra adecuada, saliéndole más hiriente de lo que esperaba- atontada con un chico que no te va a hacer caso. Él ya está enamorado, y que hayas esperado tanto sólo ha fortalecido ese amor que él siente. Por mucho que le mires, si nunca le dices nada no vas a conseguir que eso cambie -aseguró.

Hinata reaccionó como si le hubieran pegado una bofetada. Sus ojos se humedecieron levemente, pues ella misma había pensado de aquel modo en ocasiones.

–Pero... yo... -musitó.

Kiba sacudió la cabeza, maldiciéndose mentalmente. Dio un paso al frente y la miró cara a cara, tratando de soportar la mirada penetrante y mortífera de los Hyuuga.

–Por favor... ¿Qué más tengo que hacer para que estés satisfecha? ¿Cuantas veces tengo que demostrarte que lo haría todo por ti? -sugirió, alzando el tono de voz- ¿Diez años de mi vida no te han bastado? -preguntó con desesperación, mordiéndose los labios y haciéndose sangre con los sobresalientes colmillos- ¿Por qué no puedes hacer el esfuerzo de corresponderme? -terminó bramando.

–¿Qué sucede aquí? -exclamó de pronto una voz imponente.

Kiba no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando sus neuronas hubieron captado el mensaje, tenía la mano firme de Hyuuga Neji apoyada en la garganta, a modo de daga que fuera a degollarle. El Inuzuka tragó, sintiendo el chakra del ANBU latiendo junto a su nuez.

Neji era ahora diez veces más rápido de lo que fuera en sus años mozos, casi imposible de ver. Era la cualidad que le había hecho ascender con tanta presteza. Era perfectamente capaz de acercarse a un enemigo y matarlo sin darle tiempo a emitir un último suspiro.

–¿Por qué le levantas la voz a Hinata-sama? -susurró, amenazante.

Kiba cerró los ojos, incapaz de controlar el cúmulo de emociones con tanta facilidad. Hinata parecía ir a decir algo, pero las palabras no manaban de sus pálidos labios. Neji agudizó sus ojos blancos, buscando en el chakra del joven Inuzuka algo que pudiera reconocer como una amenaza.

Neji era ahora el heredero de los Hyuuga, pero ello no quitaba que estuviera profundamente ligado a la tradición del clan. Hinata seguía siendo su superior dentro de la familia, y él estaba sellado de por vida, sin posibilidad de liberarse, así que cualquier cosa que pusiera en peligro a su prima debía ser rápidamente revisada por él.

–Neji... No iba a hacerle nada... -aseguró Kiba, tembloroso- De verdad... -aseguró- Sólo...me he puesto nervioso... -siguió, alzando los brazos en actitud pacifista.

El Hyuuga valoró su respuesta. Kiba era el compañero de equipo de Hinata desde hacía una década: jamás le haría daño. Por otro lado, sus asuntos eran sólo suyos. Neji hizo descender su mano, aún rígida en una posición de ataque.

–No vuelvas a alzarle la voz a Hinata-sama. Menos aún estando en casa de su honorable padre Hiashi-sama -dijo con frialdad.

–Tranquilo, yo ya me iba -aseguró Kiba, echando a andar sin mirar a nadie y dejando vacío el espacio entre ambos primos.

Dolido en su orgullo y sobretodo en su alma, el jounin hizo un ademán de salir del jardín saltando la valla, pero no pudo evitar dirigirle una última mirada a Hinata. La chica estaba roja, diferente a su pálido habitual. La tensión y la angustia del momento.

Kiba terminó por resignarse a que ella no sintiera por él nada más que exasperación. Derrotado, el chico adoptó una posición canina y abandonó el hogar de los Hyuuga.

Una nueva derrota para Inuzuka Kiba. Otra de tantas incontables.

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La noche era oscura y sombría, nubes negras como la tinta se arremolinaban tras los altos riscos que rodeaban la villa de la Cascada. El sonar claro de un caudaloso río era fácilmente audible desde aquella pequeña aldea, situada al pie de una ligera elevación. La bruma se levantaba a aquellas horas de la noche, cubriendo la visión con un halo de color plateado.

Una figura vestida de negro surgió de las sombras del bosque profundo, caminando con el silencio digno de unos pies no humanos. Calzaba sandalias ninja negras y cubría su rostro con un sombrero oriental, semejante al de los campesinos del arroz. Pronto escuchó el griterío de la aldea y, sin pensárselo dos veces, apartó las leves cortinas y entró en un local.

No era un bar lujoso, ni siquiera decente. El suelo estaba polvoriento y las mesas carcomidas, pero un sabroso olorcillo flotaba en el ambiente hacia allí. Reconoció el aroma de su dulce favorito desde que tenía memoria. Miró alrededor con precaución, asegurándose de que no hubiera nadie sospechoso. Unos cuantos borrachos en un rincón, el hombre que servía y una mujer rubia sentada de espaldas en la barra, seguramente una prostituta a juzgar por su aspecto.

El recién llegado se acercó a la barra y pidió un té caliente y dos palillos de dango, su dulce favorito. El camarero no reparó en el misterioso aspecto del cliente: al parecer aquel sitio estaba plagado de gente así. El joven se llevó su pedido a una mesa del fondo y se dejó caer cómodamente en un círculo de sombras. Aún sigiloso, se desprendió del sombrero oriental.

Sacudió la cabeza para quitarse unos mechones azabache de los ojos. Una melena oscura como la noche se desparramó sobre sus hombros. Escudriñó a los presentes con sus ojos especiales, de un peculiar color sangre, surcados por monumentales ojeras. Sólo entonces tomó el vaso de porcelana entre las manos. Sintió el calor del recipiente y sopló para disipar el vapor que escapaba agonizante hacia el nocturno aire frío. Tragó, complacido, llevándose los dulces a la boca. Era lo primero caliente que comía en varias semanas.

Aquel chico solitario y sombrío era lo que había quedado del arrogante y altanero Uchiha Itachi, fugitivo desde hacía más años de los que podía contar con los dedos. Después del enfrentamiento con su hermano Sasuke, en el que naturalmente había ganado, se había ocultado del mundo, dado que Akatsuki ya no existía como tal. Era consciente de que a aquellas alturas mucha gente le creía muerto. Se había visto atrapado entre cuatro bandos enemigos hacía poco y había decidido adentrarse en tierra más lejanas, como eran las montañas de la Cascada. Vagaba de un lugar a otro, sin quedarse mucho tiempo en ningún sitio. Era peligroso que alguien pudiera reconocerle. Al fin y al cabo, seguía siendo un Nukenin (3) de rango S.

Sólo entonces sus ojos rojizos se fijaron en la escena que tenía lugar en la barra, bajo el radio de una lámpara desvencijada. Observó como una hombre tambaleante de alrededor de los cuarenta se acercaba a la rubia que estaba sentada en un taburete, bebiendo sake. El hombre le susurró algo, seguramente palabras lujuriosas, a la chica, la cual apartó la cabeza con repulsión. Entonces, el borracho pasó una mano por su espalda y la sacudió violentamente, enfadado por su negativa. Juraría que estaba intentando meterle mano por debajo de la camisa.

Itachi casi se atragantó con su dango cuando el puño de la jovencita se estampó en el rostro del hombre, haciéndole caer al suelo con el tabique nasal desviado. Y, por si fuera poco, una voz grave y furiosa manó de la garganta de lo que había creído una simple prostituta.

–Vuelve a tocarme, hijo de puta, y de ti no quedarán ni las cenizas, ¿de acuerdo? -sugirió, con una voz indudablemente masculina- Para que lo sepas, soy un tío -añadió.

Después, como si nada, levantó el vaso de sake y se lo bebió de golpe, pidiéndole posteriormente otro al camarero, que se lo sirvió con los ojos desorbitados por el miedo. El borracho se arrastró lejos, mascullando, y luego desapareció al frío exterior.

Itachi seguía inmóvil, mirando sin dar crédito a lo que veía a la figura rubia sentada en un oxidado taburete. Decisió apostar el todo por el todo y se puso en pie, caminando hacia la repisa y tomando asiento al lado de la otra persona. Le miró discretamente, ciertamente sorprendido. No le hizo falta nada más para reconocerle, pero el cambio le chocó más de lo esperado.

Se sorprendió al comprobar que el rubio había variado visiblemente su aspecto. Ya no llevaba el pelo tan largo, ni recogido, sino que lo llevaba suelto y sobre los hombros. Itachi no estaba seguro, pero juraría que los ojos antes azules de su ex compañero eran ahora marrones. Sí, definitivamente tenían un color pardo. ¿Lentes para cambiar el color? ¿Un jutsu para variar el tono del iris? Seguramente. Su rostro era de un color casi macilento, con profundas ojeras. Estaba muy delgado, demasiado.

Se concentró en su té, que aún llevaba en una mano, y habló.

–Te creía muerto, Deidara... -susurró para no ser oído por nadie más.

El aludido se sobresaltó, mirando alrededor con visible desorientación. Finalmente advirtió quién le hablaba. La comisura de sus labios se curvó en señal de burla y apoyó la barbilla en una mano.

–Hombre, Uchiha Itachi... -comentó el rubio con una sonrisa cínica- ¿A quién más le has destrozado la vida últimamente, eh?

–Eso no te incumbe -aseguró Itachi mordazmente- Dime, ¿cómo es que sigues vivo? Por lo que sé, mi ototo (4) tuvo el placer de mandarte a la tumba.

El rubio sonrió para sí mismo, con cierto tono melancólico, recuperando por un momento una mota de su antiguo orgullo y seguridad. Se tambaleó ligeramente sobre la silla.

–Uchiha, soy capaz de hacer los sellos con una sola mano... Me cargué a más de cien ninja de Iwa sin apenas esfuerzo... Me he escapado de infinidad de callejones sin salida... Hice frente a un montón de jounin y chuunin teniendo ambos brazos cercenados... Un mocoso como Sasuke-kun no podía conmigo... -aseguró, bebiendo un sorbo más de sake. Se relamió los labios- Justo en la caída, cuando ya distinguí el genjutsu de la realidad, me intercambié con el Kawarimi no jutsu con un clon de arcilla previamente preparado a una distancia de quince kilómetros... -arqueó las cejas- Soy un estratega, Uchiha. Tengo planeado cualquier posible inconveniente...

–Debo admitir que estuvo bien preparado -concedió el moreno- Todos creímos que habías muerto... Me sorprende que no volvieras por Akatsuki.

Deidara hipó levemente. Itachi observó que tenía las mejillas de un color rojo subido y que sudaba levemente. ¿Cuanto tiempo llevaba bebiendo? Más de lo estrictamente sano, eso seguro. Balbuceó unas cuantas incoherencias. Realmente no parecía muy lúcido.

–Deidara, eres un crío. El alcohol no te sienta bien -se limitó a decir el moreno.

–Y una mierda -protestó el rubio, sin enfocarle del todo- Llevo bebiendo desde que tenía... -contó mentalmente- quince años... Hoy sólo me he pasado...un poco... -explicó, no muy convencido.

Apoyó de nuevo la cabeza en una mano, con una mueca de malestar.

–Perdí las ganas de vivir, Uchiha... Todo por lo que había luchado se fue a la mierda... Perdí por completo mi autoestima... -confesó sin reparos- He sobrevivido estos años haciendo cosas que no quiero y a veces no puedo recordar... Es sorprendente lo necesitados que están los ninja que vuelven de la guerra... -comentó ácidamente- Uno no puede esperar un trabajo decente siendo un criminal buscado, y mucho menos en tiempos de guerra...

Itachi trató de ignorar las escabrosas ideas que acudieron a su cabeza, pero no pudo. Fuera lo que fuera lo que había sido de Deidara, debía haber sido algo muy denigrante. El rubio dio un nuevo trago de sake y se tambaleó sobre el taburete, con una visible falta de equilibrio. Rió para sí, como recordando un chiste muy divertido.

–Creo que no decidí suicidarme sólo por putearte... A ti y a todos los malditos Uchiha que aún quedáis vivos... -aseguró entrecortadamente- Para demostraros que una mediocre barrera de sangre no os hace mejores al resto... Aunque ahora ya todo da igual... -confesó, vaciando de golpe su vaso.

Itachi sintió un ligero y extraño sentimiento de compasión. El sentido del compañerismo no era precisamente una máxima en Akatsuki, pero todos habían compartido aquella soledad y aquel odio hacia el mundo, todo lo que cupiera fuera de sí mismos. Ver a alguien tan orgulloso de sí mismo rebajado a un patético estado de autocompasión era sumamente deprimente.

Advirtió que Deidara trataba de ponerse en pie, aunque con las dificultades dignas de una borrachera descomunal. Trastabilló y se desvió unos metros de su trayectoria, pero finalmente siguió en una tambaleante línea recta hasta la puerta, desapareciendo sin decir nada.

Itachi suspiró para sí. Lo más probable era que el chico acabara matándose si se iba solo en aquel estado. De mala gana, tragó los restos del dango y salió al frío aire exterior, donde una llovizna leve como espinas de hielo salpicaba todo cuando alcanzaba.

Vio la melena rubia de Deidara perderse entre la espesura del bosque que bordeaba la montaña. ¿A dónde iba aquel maldito mocoso? Lo siguió, temiendo que en cualquier momento cayera redondo y resbalara en el suelo barroso. ¿Desde cuando le importaban los demás? Quizás sentía que Deidara era una de las pocas personas que compartían su asco hacia la humanidad entera. Dos mentes asesinas y brillantes tenían más posibilidades de sobrevivir que una sola.

Los pasos torpes e inseguros de Deidara dejaban huellas profundas e irregulares en el barrizal en el que se había convertido el sinuoso sendero. Itachi siguió sus pasos a una distancia prudencial, haciendo uso de su más absoluto sigilo. Escurridizo como el agua entre los dedos, silencioso como el roce de una pluma, ningún sentido humano podía detectarle.

Salvo talvez la intuición de una mente tan retorcida y compleja como la suya.

–¿Por qué mierda me sigues...Uchiha...? -sugirió la voz áspera de Deidara.

Itachi se detuvo en seco, sorprendido por la capacidad de su ex compañero. Quizás le había subestimado más de lo debido. Incluso ebrio seguía siendo un ninja excepcional. Avanzó un poco y entró en el campo visual del más joven, cuyos ojos, curiosamente de nuevo azules, permanecían perdidos en una inmensidad velada de cristal.

–No estás en condiciones de ir solo a ninguna parte... -dijo escuetamente el moreno, acercándose unos metros.

–Ja... -rió Deidara con una sonrisa torcida- ¿Y a ti qué te importa...? -sugirió, siendo incapaz de enfocarle del todo- ¡Malditos seáis todos los Uchiha...! -bramó de pronto, enfurecido, dominado por una impotencia superior a él.

Posteriormente, se hizo a un lado con brusquedad y vomitó abundantemente. Itachi puso los ojos en blanco y golpeó su espalda con una mano, tratando de evitar que se ahogara, entendiendo que necesitaba expulsar todo el alcohol de su cuerpo.

Un par de minutos después, Deidara se incorporó como pudo, tembloroso, con el rostro cubierto de un sudor frío y aquel sabor amargo y desagradable inundándole el paladar. Su mirada perdida demostraba una terrible falta de conciencia espacial y temporal. Se apoyó casi instintivamente en el tronco de un árbol cercano y permitió que sus rodillas se doblaran hasta dejarle cómodamente sentado sobre la hierba mojada. Cerró los ojos, buscando un modo de paliar los efectos de aquel mareo aplastante.

–Llevo cinco días sin comer... -admitió en un susurro quedo.

Itachi siguió con la expresión ameboide que siempre manifestaba. No obstante, se sacó algo de un pequeño portakunáis y se lo tendió al rubio. Deidara apenas advertía nada de lo que sucedía a su alrededor, así que no reparó en el gesto del Uchiha. Chasqueando la lengua, Itachi sacudió la cantimplora ante el rostro de Deidara.

Descubrió con exasperación que el más joven estaba profundamente dormido, como si su cuerpo hubiera buscado un instintivo letargo para curarse de la mala vida que había llevado últimamente.

Encogiéndose de hombros, Uchiha Itachi se dejó caer en el suelo encharcado y cerró los ojos, cayendo en un sopor intranquilo, aún así con todos sus sentidos a máxima poténcia.

Curiosamente, sus sueños no estuvieron llenos de remordimientos ni escenas del pasado como solía sucederle. Al menos no con la misma contundencia.

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El viento aullaba entre las construcciones. La luna, nueva por misericordia de dioses desconocidos, cubría cualquier movimiento sospechoso bajo el seno del país del Viento. Guardias con mudos pasos patrullaban una y otra vez la entrada al callejón en cuyos laterales dormían cientos de presos, algunos más herméticamente que otros, por supuesto.

Tres figuras furtivas se movieron por los tejados curvos de la arena, sin dejar rastro o presencia alguna de su paso. Se desplazaban rápidas, con visible coordinación, de modo que cualquiera que las atisbara podía confundirlas fácilmente con una sombra traicionera de las tinieblas nocturnas. Siguiendo en línea recta las azoteas de los laterales de la calle, alcanzaron el final, encontrándose en un callejón cerrado. Pegándose a la superficie de roca del tejado, los tres acechantes de miraron entre sí.

–Ésa es la celda de Gaara -sugirió Temari, señalando la puerta blindada del fondo.

–Hay ocho guardias... Demasiados -aseguró Kankurô, observando a sus oponentes- Baki podría habernos acompañado... Con su katana de aire sería mucho más fácil.

–Ya ha hecho bastante con utilizar su influencia para quitar a unos cuantos de ellos de en medio. Por si no lo recuerdas, Baki está bajo el punto de mira de todos los peces gordos de la Arena. No está como para ir en misiones nocturnas con nosotros -le espetó Temari.

–Vale, tranquila... -apaciguó Kankurô, fastidiado.

Temari observó la oscuridad y se quitó el abanico de la espalda, acumulando chakra de Fuuton. Shikamaru, tras ella, escuchaba la conversación con los ojos en blanco, a la par estudiando el terreno para trazar un plan efectivo.

–Nadie sabe aún dónde estamos. Es mucho más fácil para nosotros hacer esto... Sólo son ocho. En tiempos tú y yo nos cargábamos a los jounin por puñados -sugirió Temari con una sonrisa maliciosa.

–Y aún podemos hacerlo. Yo me encargo del elemento sorpresa -aseguró Kankurô, sacando el rollo de pergamino negro.

–Bien, tú irás con él, Shikamaru -dijo Temari, escudriñando la oscuridad- La atadura de sombras será muy útil. Ah, y, sobretodo, intentad no matar a nadie -advirtió.

–Vale -repusieron ambos muchachos a unísono.

Temari sintió como la dejaban sola en un periquete. Al principio creyó que se resistirían a permitirle ir por su cuenta, pero quizás por fin aquellos dos cabezones habían entendido que no era una chiquilla indefensa.

Esperó en la negrura, con sus seis sentidos puestos al máximo en lo que sucedía en el suelo. Escasos minutos después, unos gritos ahogados le indicaron que Shikamaru y Kankurô habían hecho su trabajo. Apretó instintivamente la llave contra su pecho, complacida.

Si todo iba bien, Gaara sería libre en pocos minutos.

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(1) okaa-san: Mamá.

(2) otô-san: Papá.

(3) Nukenin: Criminal, desterrado.

(4) Ototo: Hermano pequeño.

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Mizuru Temari: Tranki, que no pasa ná XD. Pero es que ya te digo, me hiciste dudar y me lo tocó buscar (soy así de cabezona XD). Muchos besos y gracias por leer el fic n.n

Kamy-chan: Me temo que Naruto no va a ser precisamente afortunado con el tema de su dolencia, pero bueno, ya veremos XD. Gracias por haberte tomado la molestia de leer. Salu2.

Ligabiss: Es que Sakura siempre está ahí, como buena compañera, claro que sí XD. Es su papel y punto XD. Lo de Sai temí que saliera OC, pero bueno, supongo que tras siete años algo de relación social habrá aprendido el chaval, ¿no? Tampoco lo hice meloso ni nada parecido, a mi parecer XD. Me muero por escribir sobre Sai, es un personaje que me inspira muchísimo n.n. Besotes, wapíxima, y gracias por el rev. (que sepas que para mí, mientras más largos sean mejor XD). P.D. Si te inspira hacer un FanArt, hazlo, porfa. Quiero ver que algo de eso no esté solo en mi cabeza XD

NEIL-SEMPAI: Si es que Temari me parece sexy hasta a mí (y eso que soy mujer, pero no estoy ciega, leñes, sé ver cuando una tía tiene lo que hay que tener XD). Besotes.

Jessikitax: Weno, esa era la intención, poner parejas no tan "corrientes", por así decirlo (de esas que tienen tropecientos fics iguales, me refiero XD). Intento desarrollar el fic de un modo más maduro y, por así decirlo, oscuro. A ver qué sale de esto… XD. Besazos.

Chivizuke: Tranki, tu comentario se entiende perfectamente, jeje. ¿Cómo voy a matar a Naruto tan pronto? Leñes, si es el prota Ò.Ó. Ni yo soy tan cruel XD. Tranki que aun queda Naruto para rato (un muy largo rato XD). Besos.

Rodrigo: Puedo poner Kakashi x Kurenai sin problemas, pero sin ser correspondido. Yo no veo a Kurenai liándose con otro que no sea Azuma, la verdad (es una mujer muy fiel, a mi parecer Ó.ò). Salu2.

Evangeline D. Hearn: Primero de todo, decir que me ha encantado tu comentario (qué decir…adoro los comentarios largos XD). Na, a mi también me gusta mucho más este, intento que quede todo más realista, jeje. Con los de la Arena un sufras porque son mi equipo favorito XD (aunque debo decir que Gaara es el que menos me gusta de los tres -Haruka huye de fangirls de Gaara XD-). Jeje, el InoSai lo tengo ya todo pensado non. Creo que ya lo he dicho antes, pero Sai me inspira un montón para escribir n.n. Espero que el ItaDei no moleste, sé que hay gente muy reacia al shonen-ai y esas cosas… (por cierto, yo adoro el SasoDei, pero ya he hecho bastante con "sacar" a Deidara, dadas las circunstancias quedaría bastante inverosímil que Sasori también apareciera por ahí, no sé si me entiendes…TTwTT). Ah, decir que a mí Karin me cae genial (odio todo tipo de bashing, la verdad, pero es que Karin precisamente me cae de P.M. XD). See, me confundí con lo del pelo, grácias por recordármelo (en cuanto pueda lo cambio n.n), pero es que para mí Karin hubiera quedado mucho mejor siendo morena (como sólo leo el manga…yo la sigo viendo morena XD. Aunque sé que es pelirroja, esa se me escapó. Lo siento mucho u.u). P.D. ADORO Ayashi no Ceres. Tengo el manga, las novelas imprimidas en inglés (qué frik soy XD), la serie de anime en DVD, todo tipo de merchandising vario, un montón de dibujos… AMO ese manga (al igual que Fushigi Yuugi, aunque no sé qué tiene que ver esto ahora ¬¬). Me cascaba la cabeza y dije venga, un pequeñito homenaje a AnC XD. Bueno, ya lo dejo porque es más larga la contestación de tu comentario que el fic entero XD. Besotes y gracias por un comentario tan largo (los adoro n.n).

Darwin: De Kyuubi no me fiaría yo mucho, la verdad. Es bastante cabrón y te da la puñalada por la espalda en cuanto te descuidas XD. Pero por ahí va la cosa, no lo niego. Salu2.

ErickSmoke91 y Darklight ultimate: Gracias a los dos por los ánimos (espero no quitaros el sueño XD).