Aviso de antemano: este capítulo es el más largo y a la par el que menos me gusta de los que hhe escrito hasta ahora del fic. La razón es que he hecho algo con un personaje, algo que me parece justo teniendo en cuenta el manga, pero que implica a ése personaje que suele tener detrás una gran parte del fandom. Lo siento si os parece bestia, pero os aseguro que lo compensaré a la larga. Al final voy a intentar que todos obtengan lo que se merecen (a ver si es verdad…XD).
Siento mucho de verdad si el capítulo no os gusta. A mí, personalmente, no me ha gustado el cacho principal. Sorry y enormes besazos n.n
P.D. Tardaré un poquito en actualizar de nuevo porque no escribiré hasta publicar un nuevo capi de EDDCU. Intentaré llevarlos así, alternando caps.
Capítulo 7. Pedazos de bruma
Itachi dio un paso al frente, indiferente, en un seguro y firme caminar tan característico en él. Su intención no era precisamente cargarse a su hermano a la mínima, pero si un niño desobediente desafía a un superior, hay que darle una buena reprimenda y asegurarse de que haya aprendido la lección.
–No me obligues a matarte, porque lo haré... -aseguró.
Sasuke no comprendió del todo aquella afirmación, pero captó un tono distinto en la voz del mayor. Poco le importaba aquella amenaza. Presumía que su nivel era superior al que presentó la última vez en batalla. Itachi caería definitivamente en aquella ocasión.
A no ser...
–Dime entonces algo que me entretenga mientras pienso la manera más indigna de darte muerte -sugirió- ¿Dónde puedo encontrar a Madara?
Itachi hundió levemente el rostro en el cuello de su capa negra y posó en él sus ojos rojos, titilantes como velas en la noche.
–Nada sé sobre él. No le he visto en siete años. Y, en el caso de que supiera algo, jamás podrías hacer nada para obligarme a revelártelo -aseguró férreamente- Le debo todo lo que soy. Suplió la poca gracia que tenía nuestro padre para entrenar a nuevos aprendices.
La mención de Fugaku Uchiha logró enfurecer a Sasuke, que apretó el puño derecho sobre el mango de su katana, y las uñas rodearon la tira de cuero que rodeaba la empuñadura y se clavaron en su palma.
–¿Cómo te atreves a pronunciar su nombre? -masculló, arqueando las cejas con rabia- Debería cortarte la lengua ahora mismo.
–Inténtalo -le empujó Itachi, con una sonrisa superior- Pero te advierto de antemano que vas a encontrar una sorpresa. No eres el único que aprende de tus errores, Sasuke. Yo también he sacado conocimientos de los míos.
No dispuesto a seguir escuchando los alardes de su hermano, Sasuke se movió fugaz como la luz y embistió contra él, con la hoja de Kusanagi envuelta en un chisporroteante chakra eléctrico. Demostrando su innata flexibilidad, Itachi se inclinó hacia atrás, y la hoja pasó rozando su nariz. Rápido cual saeta, aferró el brazo de su hermano menor y se lo dobló tras la espalda, manteniendo la otra mano sobre su nuca, ejerciendo una presión continua y firme. Con aquella llave, el filo de la katana quedó lejos de su cuerpo, sin posibilidad alguna de acertarle.
–He estado siete años entrenando...sin utilizar el Mangekyô Sharingan -declaró, con una sonrisa fría de soberbia- ¿Qué te parece? Mi vista no se ha deteriorado más. He retenido los instintos de la sangre Uchiha y he evitado usar los ojos malditos. Lo has notado, ¿no es así? No has podido sumergirme en ningún genjutsu. De nuevo el abismo que nos separa... es inmenso.
Sasuke apretó la mandíbula con tanta fuerza que creyó que se le partirían los dientes. Respiraba rápido, y el aire sonaba frenético al atravesar sus fosas nasales. Se había visto arrastrado a una situación que no esperaba. Sus cálculos habían sido erróneos e Itachi no había perdido tanta vista como presuponía.
Con un grito de frustración retenida, levantó el pie izquierdo y acertó en el estómago de su atacante, o eso pensó, pues la figura se disolvió en una voluta de humo blanquecino, y cayó en la cuenta de que nuevo había sido víctima de la rapidez inhumana de su hermano al ejecutar los sellos. Éste le miraba a unos cinco metros, tan lejano e intocable como debía serlo un dios.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Realmente había perdido tanto nivel frente al del ex-Akatsuki? Siete años atrás, habían combatido a un nivel casi equiparable, y de hecho él había llevado la delantera durante gran parte del combate, hasta que la última y titánica técnica del Mangekyô Sharingan le había sorprendido. Pero ya no era así. De nuevo se descubrió contemplándose a sus doce años, cuando Itachi le derrotaba con un simple golpe, cuando caía doblado ante ilusiones que se escurrían en su mente como ratas huyendo de un gato.
Y supo que iba a perder, que había cometido uno de los mayores errores de su vida.
Súbitamente, un visible y terrible estremecimiento recorrió el cuerpo de Sasuke. A ojos de Itachi, fue como contemplar el desmorone de un enorme edificio con unos cimientos demasiado débiles para sostener su peso. Sasuke simplemente colapsó sobre la superficie metálica, quedando postrado a cuatro patas a sus pies. Su katana se deslizó de sus dedos e impactó en el hierro con un eco chirriante.
Aquel suceso pareció tomar por sorpresa al propio Sasuke, porque sus ojos estaban desorbitados de puro pánico, con las pupilas dilatadas más allá de lo normal. Apretó los puños, que le temblaron en una mezcla de impotencia y dolor.
–Ahora...no... -maldijo en un quedo jadeo, con el sudor resbalando por su frente.
Cerró los ojos con fuerza, tratando de tensar su cuerpo para ponerse en pie, pero el esfuerzo resultó totalmente inútil. Y sabía que si había un momento en que su cuerpo se resintiera que podía resultar mortal era precisamente aquel.
Hincado de rodillas frente al verdugo del clan Uchiha. Derrumbado justo cuando iba a poner de nuevo a prueba los poderes de la sangre de los que, a pesar de todo, se enorgullecía de ser portador.
–¿Qué tipo de entrenamiento te dio Orochimaru? -sugirió Itachi, ignorando el decadente estado de su hermano- Ya sabía que aquella mejora no era natural. Cierto que hice cosas que a la gente de a pie le parecen indignas para obtener estos ojos, pero jamás llegué al nivel de envenenarme de drogas obtenidas de un anciano sannin. Hasta un idiota sabe que a la larga terminan matándote.
Sasuke quiso protestar, pero el dolor alojado en su pecho y costado era demasiado grande. Unas arcadas terribles afloraban en su estómago y temió ofrecer un espectáculo indecoroso.
–¿Lo ves, Sasuke? Nada queda impune -aseguró Itachi, indiferente- Yo corté de raíz mis vínculos y ahora me estoy quedando ciego. Y mírate. Abandonaste a tus amigos, seguiste los consejos de Orochimaru, y ahora tienes un cuerpo corrupto y dopado.
Con el pétreo pero legendario orgullo que le caracterizaba, extendió los brazos a lado y lado, en un gesto magnificente.
–¿Qué diferencias ves entre nosotros? -sugirió, con cierto toque de autosatisfacción- Sin querer, te has convertido en aquello que más odiabas. La última vez que nos enfrentamos estuviste a punto de ganar, pero me jugué el todo por el todo y logré vencerte. Ya ves, la suerte está del lado de los que la persiguen -declaró Itachi, muy seguro, avanzando hacia él paso a paso- Está claro que sin un empujón no obtendrás el Mangekyô Sharingan. Aún no has conseguido eliminar tus lazos. Quizás si te arranco un ojo te esfuerces un poco más.
No obstante, antes de que pudiera siquiera moverse para extender una mano hacia el rostro del más joven, una fuerza endemoniada se interpuso entre ambos, y el empuje logró hacerle retroceder, derrapando a la fuerza por la superficie inclinada de la estatua. Sus ojos rojos habían previsto el movimiento traicionero justo a tiempo. Alzando la cabeza, observó al fornido hombre de cabellos naranjas, cuyos ojos dementes le observaban con una carencia casi estremecedora de emociones.
–No tocarás a Sasuke-san mientras yo esté aquí -sentenció Juugo con seriedad- No es un combate justo.
Itachi curvó levemente las comisuras de los labios. Incorporándose, se sacudió la ropa negra, acomodándosela sobre los hombros. Le dio la espalda, confiado, demostrando una vez más su superioridad. El momento de cumplir su ambición debería esperar.
–Llévatelo esta vez. Pero asegúrate de que la próxima ocasión en la que nos encontremos no se derrumbe por un soplo de viento -musitó.
Sin más diálogo, cogió velocidad cuesta arriba y saltó elegantemente desde la cúspide del gigantesco tótem de la Cascada. Aterrizó en el margen septentrional y siguió corriendo. Cuando dejó el claro y se adentró en la espesura, un grito agónico reverberó a sus espaldas. No se detuvo al reconocer la voz.
º º º º º º º º º
Poco le había costado a Deidara adivinar como mínimo la naturaleza técnica de sus oponentes.
El chico dominaba definitivamente las técnicas de agua, pero parecía capaz de dar maleabilidad a su cuerpo. Desconocía las habilidades de la mujer, pero a juzgar por la posición que ocupaba, era probable que tuviera algún tipo de habilidad médica o incluso ilusoria. Lamentó no ser capaz de recopilar más información, pero Akatsuki era su mayor fuente de conocimiento y sin más datos resultaba imposible hacer un análisis más exhaustivo.
Oh, algo andaba mal. Aquellos dos llevaban demasiado rato sin moverse. ¿Una trampa? ¿Una técnica de efecto retardado? No podía esperar a comprobarlo, pues tenía poca arcilla y no convenía alargar más una batalla que podía ponerse en desventaja para él. Aprovechando un movimiento calculado de su ave de arcilla, lanzó hacia el suelo una serpiente anillada del mismo material, que reptando sinuosamente sobre su cuerpo se acercó hacia los dos desprevenidos shinobi.
¡PUM! La sangre salpicó el suelo y las vísceras produjeron un repugnante y confuso goteo en el suelo húmedo. Deidara sonrió, imbuido de nuevo de aquella sádica satisfacción, pero descubrió con sorpresa que no había cuerpo alguno, sino charcos de agua con trazas de arcilla.
"¿Mizubunshin?" (1)
Y olió el peligro, un don innato que sólo le fallaba en contadas ocasiones. Esa vez, la amenaza llegaba en forma de una niebla densa, pesada y fría como el hielo. Costaba respirar sumergido en ella, y la visibilidad era de más o menos diez centímetros. Trató de salir de aquella masa de bruma, pero fuera a donde fuera, la inmensidad plateada le acompañaba.
–¿Te gusta la Técnica del Banco de Niebla? La aprendí de mi maestro, Momochi Zabuza -sugirió, burlona, la voz de Suigetsu desde un punto indetectable- Tu elemento supera al mío, pero eres un atacante de larga distancia y necesitas un gran campo de visión para ser efectivo. Estás jodido.
No era algo que necesitaba que le dijeran, era consciente de ello. Por lo general, un combatiente de largo alcance requería tres características para resultar eficiente: capacidad de estrategia, espacios abiertos y, por supuesto, buena visión. Si no conseguía las tres, era sumamente fácil que fallara.
Así que se lo jugó el todo por el todo. Cogió la mitad de la escasísima arcilla que le quedaba y se la llevó a las manos. Mientras trataba al mismo tiempo de predecir un posible ataque, moldeó siete diminutos gorriones, que mandó volando en direcciones opuestas. Se confundieron entre la niebla, y cuando supo que estaban en el lugar justo, alzó una mano al frente.
–¡KATSU! (2) -ordenó.
Siete estallidos simultáneos sucedieron en un radio de diez metros. El aire caliente y húmedo le zarandeó el rostro y el pelo en diferentes direcciones, pero permaneció inmóvil, aguardando. La niebla se dispersó hacia fuera, forzada por las múltiples ondas expansivas.
Y vio a la chica de cabellos rojos. Karin, ágil como una atleta, se sostenía en perfecto equilibrio con dos manos sobre la cabeza del ave de arcilla en la que estaba. Arremetió en un doble golpe de pie que Deidara esquivó por los pelos... viéndose entonces con el cuello encajado en la hendidura de la espada de Suigetsu.
–¿Sabes para qué sirve la muesca de ésta espada? -sugirió, burlón, mientras Karin se ponía en pie, complacida- Exactamente para lo que imaginas. Hubiera preferido cortarte los miembros uno a uno y deleitarme un poco con tus gritos, pero Sasuke me ha dado órdenes.
La expresión del rostro de Deidara no varió en ningún momento, ni demostró miedo, ni tan sólo cuando la hoja le rebanó el cuello y le separó la cabeza del cuerpo.
Suigetsu esperaba sentir la sangre ajena salpicándole el rostro, pero en su lugar se vio envuelto por humo blanco, y sorpresivamente estaba mirando a un tronco de altura más o menos humana...que tenía un sello explosivo adherido con un kunai.
–¡Cuidado! -exclamó Karin, alzando una mano en dirección a Suigetsu.
Saltaron de la monstruosa creación de arcilla justo antes de que ésta explotara, y los restos de arcilla se desperdigaron por al aire. Ambos shinobi cayeron en la masa de agua que estaba inmediatamente debajo. Habían sido derrotados.
Unos diez metros más arriba, a salvo entre la espesura de la ladera, Deidara observaba cómo sus dos atacantes salían del agua. A pesar de su respiración alterada, una sensación de triunfo absoluto inundaba su mente y lograba nublarla. Para algo era un maestro del engaño.
Un terrible restallido de dolor, que ascendió desde su pierna rasurada, le hizo volver a la realidad. Se llevó una mano sobre el corte, y notó la sangre deslizarse profusamente entre los dedos. Cojeando, se apresuró a alejarse de aquel lugar. Debía encontrar a Itachi cuanto antes.
º º º º º º º º º
–Hijo de puta...
Era lo único que Suigetsu se veía capaz de articular, mientras recomponía poco a poco su cuerpo y emergía de la superfície, sentándose sobre la hierba. El plan de Karin y suyo no era malo del todo, pero obviamente su contrincante había sido muy superior en cuanto a astucia. Seguramente era un genio estratega.
Farfullando, su compañera reptó hacia la ribera, con el empapado pelo rojo echado hacia adelante, cubriendo el rostro. Había perdido las gafas en la caída. Suigetsu la miró de arriba a abajo, sonriendo maliciosamente, complacido con lo que veía. ¿Cómo no notar la ropa mojada adherida a la despampanante figura de la kunoichi? Por un momento imaginó la cara de Sasuke si volviera y los encontrara retozando sobre la hierba. Poco le importaba, la verdad.
–¡Sasuke...! -exclamó de repente Karin, blanca como el papel.
Al tiempo que la mujer echaba a correr en una dirección concreta, Suigetsu vio la enorme silueta de Juugo, que llevaba un bulto ensangrentado entre los brazos. Con estupefacción, descubrió que esa persona era Sasuke, con la ropa totalmente amarrada de sangre, al parecer suya propia.
–Sasuke... -se lamentó Karin, tratando de ponerle las manos encima para descubrir el alcance de los daños.
Pero el chico le apartó la mano de un brusco golpe y se liberó de los brazos de Juugo. Se dejó caer de rodillas al suelo y vomitó abundantemente. La sangre resbaló por su labios y se le escurrió por el cuello. El rostro de Karin era la pura demostración del horror.
- Sasuke, deja que te examine. Es tu hígado y lo sabes…
Más el Uchiha apenas escuchaba. Sólo maldecía su momento de enfermedad justo cuando se enfrentaba a Itachi. Y en su mente atenazada por el dolor de su cuerpo corrupto, reverberaron unas palabras. Una frase que, aún para su gusto, era demasiado cierta.
"Aún no has conseguido eliminar tus lazos."
º º º º º º º º º
La superficie del lago se estremecía con los alfileres de agua que caían sobre ella, creando pequeñas ondas que constituían un trenzado de círculos aleatorios. Pero, desde aquella distancia, Itachi no podía verlos. Se había detenido un momento a contemplar el panorama gris, y sus ojos atisbaron un horizonte plomizo, seguido de un negro profundo como el corazón de un abismo. Tras aquella breve pausa, siguió avanzando cuesta arriba, pero se detuvo al no notar los pasos de su compañero siguiéndole. Con un suspiro de resignación, giró sobre sí mismo y le vio a unos metros de él, tendido boca abajo en la ladera, con la melena rubia desparramada sobre la piedra.
Curiosamente, aquella visión le causó la misma sensación que debía producir el ver un halcón caído con las alas rotas. Algo semejante a la lástima. Ya era la segunda vez en poco tiempo que notaba algo parecido y que era incapaz de identificar.
Volvió sobre sus pasos y se plantó junto al caído Deidara. Éste se estremecía visiblemente bajo la lluvia, como si las gotas de agua le quemaran la piel. Mantenía una mano fuertemente apretada sobre el muslo izquierdo. Tenía los dedos empapados de sangre, y de hecho un pequeño río de líquido rojo se deslizaba por el camino que habían seguido. El sudor brillaba en su piel, distinguiéndose con claridad del agua de lluvia, más fluida.
–¿Puedes caminar? -preguntó, inexpresivo.
–Sí... -musitó el herido, rabiando de dolor.
Terco, como era propio en él, trató vanamente de ponerse en pie, pero obviamente herirse en un brazo no era lo mismo que llevar un tajo en el muslo. La pierna herida le falló y terminó cayendo de nuevo de bruces, sobre las rocas mojadas y resbaladizas.
Itachi entendió que la falta se sangre empezaba a hacer mella en él. Dejarle allí tirado no le proporcionaba ningún tipo de beneficio, así que se inclinó y le cogió por debajo de la axila izquierda, tratando de ser el sustento que le faltaba para caminar.
La lluvia se intensificó a su alrededor, y se convirtió en espinas de hielo inclemente. Los truenos restallaban cerca, y su luz azul eléctrica, diáfana, creaba efectos fantasmagóricos entre los árboles. E Itachi se sorprendió de verse a sí mismo arrastrándose por una pendiente boscosa en pleno anochecer sombrío, bajo una tormenta llegada de las montañas, y encima llevando a su compañero malherido, que no era otro que un niño caprichoso, la mitad del tiempo cuerdo como el que más y la otra mitad totalmente demente, hasta el punto de merecer el encierro de por vida.
Cuando le quedó claro que nadie iba a seguirles, no al menos en aquella tempestad, desactivó su Sharingan, siendo innecesario aquel gasto de chakra. La lluvia no ayudaba en su ya de por sí deficiente campo de visión. Demasiado uso del Sharingan, tanto a corto como a largo plazo. Ello estuvo a punto de costarle la derrota varios años atrás. Y cada vez aquella carencia iba a peor...
Sorpresivamente, descubrió un entrante en la roca a escasos metros de ellos. No podía asegurarlo con la confusión del agua del cielo, pero parecía una gruta. De cualquier manera, sería mejor que pillar una pulmonía en plena tormenta.
Entraron como pudieron, e Itachi soltó a su compañero en el suelo de roca, quitándose posteriormente la capa de viaje. El más joven, por su parte, se concentró en valorar los daños de su pierna, observando el corte con cuidado.
–Toma. Lo llevo conmigo desde hace años -comentó Itachi, tendiéndole una aguja curvada y, con la otra mano, un carrete de hilo fuerte y resistente.
Deidara cogió la aguja quirúrgica que le tendía el Uchiha y trató de ensartar en ella el hilo, pero el lacerante dolor de la pierna se propagaba por su cuerpo y sus manos temblaban violentamente. Se mordió la lengua para tratar de evitar el temblor. Por dios, no era la primera vez que se cosía heridas al vivo... Pero era inútil: los estremecimientos no cesaban.
Itachi inspiró hondo por lo bajo, en señal de resignación, y le arrebató ambos instrumentos de las manos. Deidara se quedó perplejo, mirando como el moreno le retiraba los restos de tela del muslo y descubría la herida, profunda y brillante de sangre. Itachi no se andó con contemplaciones y apretó el corte, provocando un quejido en Deidara y que la sangre brotara con más fuerza por unos segundos. Chupó el extremo del hilo y entrecerró los ojos. Deidara no reparó en ello, pero a Itachi le costó varios intentos, hasta que finalmente lo consiguió y ensartó el hilo.
En un acto mecánico, cogió el tobillo del rubio y lo estiró hacia sí, dejando la herida expuesta en su totalidad. Empezó a coser el corte, sin ningún esfuerzo por evitarle el dolor al herido.
–Un poco más y se te habría llevado un buen pedazo de pierna -musitó, indiferente a las muecas de su compañero.
–Ja, como si eso fuera un problema -comentó Deidara, apretando los dientes con una sonrisa sádica- ¿Debo recordarte que hace siete años me cercenaron ambos brazos?
–Ya, pero el que en aquel tiempo pudo cosértelos ya no está aquí -protestó Itachi con frialdad, hundiendo la aguja en al carne ensangrentada con mala saña- Mejor harías en tenerlo presente.
–Oye -saltó Deidara, con el rostro descompuesto de ira- ¡Hasta que entré en esa mierda de organización, me las arreglé muy bien solo, ¿te enteras?! ¡Me iba de puta madre hasta que apareciste tú con esos ojos malditos a ganar nuevos adeptos para Akatsuki!
Itachi siguió mirándole, con una expresión pétrea inalterable. Entonces, dejó caer la pierna del rubio, ocasionándole un estremecimiento de dolor. Negó levemente con la cabeza.
–Nunca lo he entendido... ¿Por qué tanto odio hacia las barreras de sangre? -sugirió- ¿Acaso te corroe la envidia por no poseer unos ojos como los míos?
–¡Hijo de puta...! -bramó Deidara, poniéndose en pie en una postura amenazadora, metiendo la mano en su bolsa y sacando la poca arcilla que le quedaba- ¡Repítelo y te carbonizo!
El Uchiha le dirigió una mirada fría, superior, como un hombre que observa a una hormiga descarriada.
–No hagas el idiota, Deidara. Te volvería a ganar exactamente igual que la primera vez -aseguró- Además, no vale la pena enfrentarse a un niño herido. ¿Qué satisfacción obtendría?
El chico rubio se mordía el labio inferior, y con tanta fuerza que los incisivos le hicieron sangre en la boca. Temblaba de ira retenida, de impotencia. Porque en el fondo sabía que Itachi podía matarle antes de reaccionar en su contra.
Un quejido lastimero se escapó de sus labios. Con el rostro deformado de dolor, se dejó caer sobre el suelo, jadeando, con el cuerpo temblando violentamente desde la herida de la pierna. Con la mano sobre el corte suturado, miró al Uchiha con el rostro perlado de sudor.
–Odio las barreras de sangre... porque sus usuarios creen que pueden tratar a los demás como si fueran despojos... Konoha era la reina en ése sentido. Sus Hyuuga y Uchiha tenían fama por todas las naciones ninja, y todos vivíamos atemorizados de toparnos con alguno de ellos... Yo, que era un experimento fallido de la Roca, nunca podría estar a su nivel. O eso creyeron ellos... -añadió, con una sonrisa perdida y cruel.
Asqueado, aunque sin demostrarlo, Itachi observó como la lengua de la mano derecha de Deidara limpiaba a base de lametazos la sangre que quedaba en la herida.
–Era la última Guerra Ninja. Konoha llevaba misiones de infiltración en Iwagakure, mi villa, para matar a los civiles. La villa de la Roca tiene pocos ninja sobresalientes, pero posee un enorme poder militar basado en el ataque masivo y el espionaje -explicó el rubio, casi con aburrimiento- Mi padre era un ANBU, uno de los mejores. El día que el grupo de jounin de Konoha llegó a la villa, él no estaba en casa. Los ninja de la Hoja asesinaron a mi madre e iban a hacer lo mismo conmigo.
Itachi fingía ignorarle, pero escuchaba en total atención. Todo Akatsuki tenía un pasado, y el hecho de que uno de ellos se animara a revelarlo no era demasiado común. Era, si más no, curioso.
–Cuando el líder de la misión se marchó tras quemar mi casa -siguió el rubio, un tanto ausente-, unos cuantos de sus subordinados empezaron a darme una paliza, por pura diversión. Algunos incluso...insinuaron llegar más allá -la voz se le quebró súbitamente, aunque su expresión no varió- El caso es que me aferré a mi única habilidad y les hice explotar. Volaron por los aires ante mis ojos, estallaron, y con ellos su sangre lo manchó todo... en una lluvia roja. El problema es que también alcancé accidentalmente a unos ninja de Iwa que venían a ayudarnos...
Calló, y su voz se extinguió como una bocanada de vapor en una noche de frío invierno. Itachi desplazó levemente los ojos hacia él, fingiendo indiferencia.
–¿Eso es todo? -preguntó éste, impasible, incapaz de fingir lástima o comprensión.
Deidara dio por sentado que Itachi jamás había amado nada de verdad, así que no se extrañó. Pero en su caso era distinto. Hubo un tiempo en el que no tuvo maldad en el alma, y en aquellos tiempos amó y deseó ser correspondido.
–Ver como aquellos con más poder que tú destruyen todo lo que quieres... ¿podrías soportarlo? -sugirió, mirándole de medio lado.
Itachi no respondió, y la razón era clara como un manantial. No tenía respuesta. No podía generar una respuesta clara y sincera. Porque él mismo se había saltado las reglas de la naturaleza y de la sociedad y había aniquilado todo lo que, en algún momento, podría haber llegado a apreciar.
–Mi padre se suicidó. Se cortó las venas -prosiguió Deidara, moviendo levemente las muñecas- No podía soportar que su hijo fuera un asesino y desprestigiara su buen nombre. Y ése fue el detonante... El mundo entero me pareció despreciable. Cuando vinieron a matarme por aquel accidente, me los cargué a todos, incluyendo al Kage... Nadie se imaginó que un crío herido pudiera poseer semejante poder.
Sorprendentemente, Itachi no soltó ningún sonido de desprecio ni le lanzó mirada alguna cargada de altanería. Era como si no estuviera allí, silencioso como una estatua inmune a los efectos de la intemperie.
–Después de eso, me dediqué a vender mi poder explosivo a cambio de seguir viviendo... -musitó el menor, mirando hacia la lluvia de fuera- Hacer explotar las cosas era algo hermoso, y me hacía sentir menos insignificante... Ser malvado y cruel no me importaba en lo más mínimo. Elegí ser egoísta y caprichoso. Lo soy, no tengo nada que decir, hum -concluyó, sacando de nuevo a flote su antiguo y ya casi olvidad latiguillo.
Se mordió el labio inferior, dando una vez más honor a su fama de impredecible y maleable, con emociones explosivas e ilógicas. El odio relucía en sus ojos, y en conjunción con la lluvia gris de fuera convertían sus iris en pálidos trozos de ira.
–Y lo peor del caso es que fue el Mangekyô Sharingan... -murmuró por lo bajo.
Ignorando la reacción de Itachi, que era obviamente digna de ver, entornó levemente los ojos, notando que algo que creía enterrado para siempre se revolvía en su tumba de maldad y oscuridad.
"El cadáver desangrado de una mujer rubia yacía tendido en el suelo, con el cuello rebanado por el filo de un arma ninja. La terrible sombra de su asesino oscurecía la entrada de la casa, y los ojos de éste escudriñaron cada rincón de la estancia, buscando una nueva presa desprevenida.
La encontró. Y el pequeño no pudo más que ahogar un grito de puro pánico cuando los ojos del desconocido se posaron sobre él, ejerciendo en su persona una presión casi insoportable. Arrastrando su cuerpo herido por el desplome de parte de la puerta, el niño de cabellos dorados trató de huir desesperadamente de su atacante, confuso y enloquecido por la muerte de su madre, que había presenciado segundos antes, totalmente incapaz de hacer nada al respecto.
El pequeño notó un tirón en sus largos cabellos, y acto seguido una fuerza desmedida tiró de él hasta hacerle caer sentado en el suelo, adolorido. En un llanto lastimero y desesperado, imploró por su vida.
–No... no... ¡Por favor...! ¡No me mate...! -chilló el niño, dominado por el terror, ahogándose en sus propias lágrimas.
El hombre sólo sonrió para sí, con frialdad. En un brusco movimiento, apresó el cuello del pequeño y le estampó contra el muro de madera. Después, gozando del pánico reflejado en aquellos ojos azules, se inclinó muy cerca de la mirada borrosa del pequeño.
–A ti, patético mocoso, te dejaré vivir... -musitó, echándole su aliento caliente al rostro- Pero sólo para que tu penosa existencia sea una muestra más del poder de los Uchiha de Konoha...
Le soltó, y el frágil cuerpo impactó en el suelo, quedando reducido a un bulto lloroso que se estremecía de puro pavor. Los ninja que acompañaban al asesino rieron, indiferentes ante el hecho de mortificar a un inocente.
–Haced lo que queráis con él... -concedió el mayor, indiferente.
Tras aquellas palabras, hizo un ademán por salir por la puerta. Y aquella escena quedó gravada para siempre en la mente del pequeño.
Un hombre de cabellos negros, envuelto en un alo de llamas azabache, semejante a las del infierno. Las lenguas negras, con formas retorcidas y maleables, calcinaban todo lo que tocaban. Y en su rostro, unos ojos rojos como la sangre, surcados por un dibujo que anunciaba un terrible porvenir..."
El cuerpo de Deidara se tensó al recordar aquella escena, y el odio y el rencor se reavivaron de nuevo en su persona, indestructibles, como una hoguera cuyas cenizas el viento empuja a arder fuertes. Itachi, por su lado, le miraba intensamente, con sus cinco sentidos puestos en él, inquietos.
–Deidara... ¿habías visto antes unos ojos como los míos? -susurró, en medio de un silencio atroz.
El aludido, ajeno a la repercusión que sus palabras tendrían en el futuro cercano, apenas meditó su respuesta.
–Sí -declaró simplemente- El hombre tenía... -trazó círculos en el aire- ...los iris rojos con un dibujo parecido al de tu Mangekyô Sharingan. E hizo un fuego negro con los ojos, uno que no se apagaba aunque le echaran agua. Creo recordar que duró siete días, hum.
Itachi no necesitó más indicios. Sabía que estaba hablando del Amaterasu, el dios del Sol.
Arrugó el entrecejo de un modo imperceptible. Una sensación punzante y creciente empezaba a alojarse en sus sienes, hundiéndose lentamente en su cabeza como un clavo golpeado por una maza.
–Tengo dolor de cabeza... -musitó, hundiendo ésta entre los brazos.
º º º º º º º º º
Deidara no sabía exactamente qué le había despertado. Estaba habituado a dormir en la intemperie y los truenos, el agua y aún los relámpagos le traían sin cuidado. El caso es que algo ajeno a la tormenta que arreciaba fuera le había desvelado. En medio de una oscuridad envolvente, buscó a su compañero. Pero Itachi no estaba en el rincón en el que se había dormido, aparentemente, horas antes.
Atisbó una silueta al borde de la cueva, sentada de espaldas a él, contemplando las lágrimas de plata que dejaba caer el cielo negro como la tinta. Deidara se puso en pie con dificultad, advirtiendo que el dolor de la herida había disminuido considerablemente. Desentumeciéndose los hombros, se acercó también al exterior y observó la panorámica desde allí, al menos en la medida que le permitían los ocasionales rayos. Se frotó los brazos para quitarse el frío de encima, evitando tocar cerca de las ya antiguas costuras que le permitieron no quedarse manco. Inconscientemente, miró a Itachi, creyendo que quizás se había quedado dormido.
Un relámpago lejano iluminó la escena con una luz azul fantasmagórica. El mismo Deidara, al cual no había nada sobre la faz de la tierra que provocara pavor, dio un instintivo respingo de horror.
El rojo de los iris de Itachi parecía haberse fundido con el de los ríos que descendían sus mejillas. Una visión terrorífica plasmada en aquel rostro, por lo general, inexpresivo.
Los ojos de Itachi lloraban sangre. Sangre en abundancia.
Regueros de muerte diluida.
Retrocedió, envenenado de horror, hasta que su espalda chocó contra la pared de roca. La voz no le salía a causa de la impresión, pero sus ojos seguían fijos en el Uchiha, el cual notó en el acto que le estaba mirando.
Itachi se estremeció y se llevó una mano al rostro, sobre el ojo izquierdo. La sangre se escurrió entre sus dedos y resbaló por su antebrazo, imparable. Y entonces posó en su compañero su ojo derecho, inundado de sangre cual charco dejado por una histórica masacre.
–No digas nada, no te acerques... o te mato -advirtió, con cierto tono de frustración en la voz, ronca y gutural.
Su cuerpo se sacudió por un temblor atroz y hundió de nuevo el rostro entre las manos, ahora ya sí, empapadas de su propia sangre.
Dominado por un terror superior a sus fuerzas, Deidara ahogó un sonido pánico y salió al exterior, resbalando con los pies descalzos sobre la roca mojada. Se arrinconó contra el muro de roca y permaneció inmóvil, temblando levemente, dejando que la lluvia torrencial empapara su cuerpo.
Aquella imagen había resultado dolorosa y aterrorizante a la vez. Sádica, casi irreal. Inhumana. Entendió por fin por qué el Sharingan era considerado una maldición.
"Porque llora la sangre de sus crímenes..."
No volvió a entrar. Permaneció hecho un ovillo contra la ladera, inmóvil, rogándose una y otra vez olvidar aquella visión que acecharía sus sueños por mucho tiempo. Cuando por fin cayó en un sopor doloroso e intranquilo, la tormenta se había alejado y un frío equiparable al del hielo cubrió todo el exterior con su férreo abrazo.
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Y así se sucedió la noche. Con pesadillas de lágrimas de sangre y mudos lamentos de dolores que deseaban ser marchitos. Hasta que la mañana de otoño se despertó, perezosa, y pudo verse a través de un aire más limpio y puro, posterior a la lluvia.
Deidara seguía dormido, con el cuerpo entumecido de frío, pero aún así atrapado en los brazos de un sueño hasta cierto punto reparador. Por esa razón no notó la presencia de alguien más, que deslizándose como una sombra en la noche se había acercado hasta él, silencioso, como si sus pies no fueran humanos.
Un susurro ahogado se elevó en la tímida mañana.
– Deidara-sempai...
La voz murió junto a la bruma matinal, confusa, que ascendía en suaves volutas desvaídas.
Deidara despertó en el acto, escudriñando su entorno, aún adormecido. Incorporándose del suelo húmedo de roca, se frotó los ojos para atisbar a un posible atacante, pero en su lugar se encontró de frente con Uchiha Itachi, que permanecía firmemente de pie frente a él, con las sandalias ninja en una mano y oteando el paisaje neblinoso con atención.
Sus ojos parecían de nuevo normales, al menos tan normales como podían serlo unos ojos con el Sharingan. El rubio suspiró con cierto alivio; empezaba a creer que todo había sido una terrible pesadilla que el cansancio y la hemorragia habían originado en él.
–¿Qué haces aquí fuera, hum...? -quiso saber.
–Me ha parecido... -musitó el Uchiha- ...que había alguien más -tras un breve silencio, siguió, inclinándose para calzarse- No importa. Vamonos.
Dándole la espalda, se encaminó ladera abajo, manteniendo un perfecto equilibrio a pesar de su oculta y siniestra deficiencia.
–¿A dónde vamos, hum? -quiso saber, asegurándose de que la pierna herida le sostenía bien.
–A Konoha -dejó caer Itachi, sin dignarse a detenerse- Debo conseguir... cierta información.
Pero Deidara no escuchaba la explicación del Uchiha. Sus ojos se habían fijado por casualidad en la ropa que llevaba puesta.
Las mangas de su camisa negra tenían unas manchas oscuras. Rastros que bajo la luz de la mañana presentaban un brillo rojo metálico.
Definitivamente, marcas de sangre.
º º º º º º º º º
Konoha amanecía cubierta con un velo de lluvia procedente de las montañas de la Cascada. Aquella condición meteorológica, si bien natural en la época otoñal, era especialmente intensa en los últimos años. Aunque seguramente tenía una explicación científica, los ninja de la Hoja siempre mantenían una fuerte superstición entorno a aquel tema.
El cielo de Konoha lloraba con las desventuras de la villa. Una creencia extendida y aceptada por todos los habitantes de la misma.
Ése día, efectivamente, los ninja de la Hoja habían sufrido un nuevo golpe, aunque ese asunto aún era desconocido por la mayoría.
Naruto salió a la calle sin molestarse en coger paraguas. El agua no le preocupaba, y él parecía prácticamente inmune a los resfriados. Anduvo por las calles sombrías y fangosas, desiertas y carentes de vida. Llevaba varios días fuera del hospital, entrenando regularmente para ponerse de nuevo en forma. Ése mismo día partiría hacia una nueva misión y se disponía a comentarla con Rokudaime para que todo saliera bien.
Fue entonces cuando oyó los gritos. Lamentos estridentes que reverberaban en las vacías murallas de la villa, provocando un eco desesperado que se elevaba en el valle de la Hoja. El caso es que aquel tono le era vagamente familiar. Aceleró el paso y se dirigió hacia las puertas de la villa, notándolas abiertas.
Una multitud se agolpaba en la entrada de Konoha, y el panorama era ciertamente desalentador. Naruto arrugó el entrecejo de lástima y resignación. Un nuevo ataque y otro fracaso. Era una situación que se había repetido muy a menudo en la época de guerra que aún estaban viviendo. Vislumbró diversas camillas llevadas por miembros de los equipos médicos, así como jounin heridos atendidos por los mismos. No obstante, todo ello careció de sentido e importancia para él cuando reconoció a una persona entre la multitud. Un chico que se debatía ferozmente en brazos de otros cuatros hombres, que intentaban contenerle a toda costa. El chaval en cuestión gritaba a pleno pulmón, sin importarle las miradas indiscretas puestas sobre él. Sendas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
Era Kiba.
–¡¡Dejadme!! -gritaba el chico, con desesperación, forjeceando contra sus captores- ¡¡Soltadme!! ¡No es verdad...!
–Chico, intenta calmarte... -trataba de tranquilizarle un miembro del escuadrón médico, rodeándole el pecho con las manos.
–¡¡No...!! -se lamentaba incansablemente el Inuzuka, obstinado.
Naruto se acercó un poco más a la congregación de gente y descubrió a Sakura entre la multitud, cubriéndose los labios con una mano.
–Sakura -llamó, pálido como una sábana- ¿Qué pasa? ¿Qué le ocurre a Kiba...?
La aludida giró un poco la cabeza, y Naruto pudo ver que tenía los ojos húmedos y el entrecejo arrugado de pena.
–¿No lo has oído...? -sugirió Sakura, en un susurro apagado- Anoche, los ninja de la Hierba avanzaron más y toparon con uno de los escuadrones de rastreo. La madre de Kiba murió en el ataque...
Aquella revelación cayó como un contrapeso sobre Naruto. Con los ojos azules brillantes de lamento, volvió a mirar la figura rabiosa del que era uno de sus mejores amigos. Enloquecido de dolor, Kiba parecía haber estallado, de un modo en el que incluso sus mejores amigos desconocían.
–¿Por qué tenemos que sufrir tanto dolor y miedo...? -se preguntó Naruto en voz baja, meditativo- ¿Por qué tienen que quedar tantos huérfanos en nuestra villa...?
Sakura no tenía una respuesta. Nadie la poseía. La guerra era algo que sucedía, y ni ellos ni nadie podían evitar o cambiar aquel hecho. Gajes del oficio de ninja. Sabían que se atenían a aquel destino cuando eligieron entrar en la Academia Ninja quién sabe cuantos años atrás.
Dos personas se abrieron paso entre la multitud, una con más ímpetu que la otra. Shino salió al centro el claro de gente, seguido por Hinata. Se encontraron de pronto con la escena de su mejor amigo en un ataque de rabia e impotencia. El chico se dirigió directamente hacia él y le miró a través de las gafas oscuras de las que no se despegaba.
–Kiba, cálmate -le espetó- Tienes que estar lúcido...
–Kiba-kun... -se acercó Hinata, más blanca de lo habitual- Por favor, tranquilízate...
–¡¡DEJADME!! -se empeñó el joven, cegado de tristeza. Los jounin empezaban a tener problemas para contenerlo. La sangre Inuzuka despertaba en él y le confería aquella fuerza bestial que le caracterizaba.
Con plena decisión, Shino se acercó a él e indicándole a los ninja que le soltaran, rodeó el pecho de su amigo con ambos brazos, con confianza, apretando el agarre. Hinata se acercó, sin saber qué hacer, esperando a que Shino lograra calmar a su compañero.
Lo primordial era que Kiba no se viera solo ante algo que no podía abarcar. Era un chico sumamente susceptible a las emociones, por mucho que quisiera aparentar lo contrario. Y un golpe tan duro como aquel era el incentivo para que ése carácter se mostrara en todo su apogeo.
–Kiba, no puedes hacer nada... -le susurró el Aburame al oído- No importa que grites o clames venganza. Eso no hará que tu madre vuelva. Por favor, cálmate...
Le abrazó a modo de lazo de hermandad, firmemente. Segundos después, Hinata se unió también, apoyando la cabeza en la espalda de Kiba. El chico, viéndose apoyado de aquel modo, sólo sintió más impotencia y lástima de sí mismo. Cerró los ojos, y su rostro se deformó de pura tristeza.
–No... -gimió, deshecho, inclinándose hasta que su frente rozó el suelo.
Quedó allí, abrazándose los antebrazos con desesperación, sumergiéndose peligrosamente en el terrible dominio del dolor y el añoro. Sus hombros se estremecían como sacudidos por corrientes eléctricas. Y en el ambiente, flotando sobre la villa, la única cosa que lograba enturbiar sus sentidos y llevar su mente a la locura y el delirio.
El olor a muerte mancillando el aire húmedo del gris amanecer tardío.
º º º º º º º º º
El funeral de Tsume Inuzuka fue breve y discreto. La guerra no permitía grandes alabanzas a los pequeños héroes y el tiempo apremiaba. El interior de Kiba rugía en furia oprimida como la lava un volcán. Se sentía seriamente insultado, tanto en nombre de su clan como en el de su madre. Una vez la pequeña multitud se marchó del Círculo de los Caídos, sólo restó el equipo 8 al completo, llorando la pérdida que padecía por uno de sus miembros. Pero Kiba no agradeció el gesto. No era capaz de mostrarse agradecido por nada.
Hana, su hermana mayor, no había venido. Demasiado hundida para aparecer en público, se había encerrado en su casa, desesperada, negándose a aceptar una realidad que amenazaba por aplastarla. Por eso se había quedado solo con sus mejores amigos, ya que su presencia, aunque molesta en aquellos momentos, no era tan irritante como la de una multitud entera.
Hinata era incapaz de demostrar expresión alguna. La muerte aún le representaba algo desconocido. Era una Hyuuga criada entre algodones y no conocía la complejidad de la pérdida. Por ello todo aquel dolor le pareció ajeno y lejano, y no podía utilizar su empatía con Kiba. Shino no dijo nada en todo el rato, pero era obvio que la tristeza empañaba sus ojos tras sus perpetuas gafas oscuras.
–Kiba-kun, si nos necesitas, no dudes en llamarnos... -susurró Hinata, en un hilo de voz.
–Kiba, lo siento -dijo gravemente Shino, con sinceridad- Estaremos aquí para lo que quieras.
–¡Marchaos! ¡Dejadme solo! -bramó Kiba, dejando por un momento rienda suelta a su rabia animal.
Hinata dio un involuntario respingo hacia atrás. Por un momento creyó que merecía aquel grito, pues él la estaba rechazando de la misma manera que ella lo había hecho decenas de veces, sólo que con una agresividad que ella jamás podría exteriorizar. Entornó los ojos lentamente, y sus iris nacarados se oscurecieron con una sombra gris. Shino apoyó una mano en su hombro y le indicó con un gesto de cabeza que se marcharan. La soledad muchas veces era el mejor ungüento para las heridas del alma.
Kiba se quedó solo ante la tumba de Tsume, con la inseparable compañía de su enorme perro, dócil y fiel como un cordero. Akamaru le lamió la mano cariñosamente, pero a diferencia de las otras veces, Kiba no reaccionó rascándole tras las orejas o acariciándole la cabeza. El perro no emitió sonido alguno, sólo se sentó sobre sus patas traseras, paciente. Consideraba una suerte que fuera el único al que su amo no hubiera echado en un arrebato de ira.
El chico se estremeció, y las lágrimas estallaron en sus ojos de nuevo, con la fuerza de un rayo quebrando un árbol. Y sus mejillas se humedecieron con agua y lágrimas con la misma facilidad con la que arde la madera seca.
Y así lo encontró Kurenai, derrumbado como si nunca hubiera sido un joven apasionado y lleno de fiero orgullo. La mujer vestía de negro, un tono apropiado para la ocasión. Hacía más o menos un año que se había quitado el luto, y llevar de nuevo aquel color tan tétrico le resultaba hasta cierto punto extraño. En fin, era una señal de respeto y debía atenerse a ello.
Se acercó a su alumno con sigilo, para detenerse detrás de él. Depositó lentamente una mano en su hombro para darle un silencioso consuelo que esperaba que no resultara inútil. Al menos fue una buena señal que no se la apartara de un brusco manotazo.
–Te he olido al entrar en el claro... -musitó él- No sabes camuflar tu aroma, Kurenai-sensei...
–¿Por qué no me has echado entonces? -preguntó la mujer, tratando de no sonar demasiado dura.
–Porque...
Los ojos negros de Kiba, impregnados de lágrimas, se alzaron hacia el cielo brumoso y confuso. Las gotas de plata resbalaron por su rostro, dotándole de cierta palidez.
–...necesito a alguien con quien desfogarme -se sinceró.
Hinchó el pecho poco a poco, y la opresión en su pecho se expandió también por sus pulmones, dificultándole la respiración. Sintió la humedad ardiente y molesta de las lágrimas tras los párpados.
–Kurenai-sensei... -gimió el chico, deshecho- No sé qué hacer...
–¿Sabes, Kiba? Mi madre también murió cuando yo era pequeña... -aseguró la mujer, con una leve sonrisa triste- La tomaron como rehén en la villa de la Niebla y volvió dentro de una caja de madera. En aquel momento me sentí como tú ahora -le apretó el hombro con cariño- y creí que me hundiría y que jamás podría volver a ser feliz. Pero...
Arrugó el entrecejo, temiendo sonar insensible o incluso irascible.
–...con el tiempo vas llenando ese vacío con otras personas, y el amor que volcabas en ésa persona que se ha ido lo depositas en otros que van llegando a tu vida.
–¿¡Cómo se puede reemplazar a una madre!? -bramó Kiba, furioso, con los iris oscuros reducidos a rendijas- ¡Es irremplazable!
–Claro que lo es -aseguró Kurenai, inexpresiva a excepción de una leve arruga en el entrecejo- Nadie ha dicho que debas olvidarla. De hecho, no podrás, nunca. Pero esa soledad que sientes sí que desaparecerá -añadió la mujer, dando un paso al frente- Poco a poco, te irás curando de esa herida...
La mujer se vio arropada por unos recuerdos emergentes, que al resultar demasiado dolorosos se habían hundido paulatinamente en la inmensidad de su memoria.
–El día del funeral de mi madre... -rememoró- Conocí a un chico que me encontró llorando en esa noche de invierno -relató Kurenai, con una sonrisa dichosa- Un niño de piel morena y ojos oscuros que había ido a rezar a la Tumba de los Héroes. Llevaba un ramo de narcisos blancos en las manos y la dejó sobre la tumba de su madre, fallecida cuando él nació. Al verme llorando sobre la nieve... -una sonrisa melancólica desdibujó sus labios rojos- separó una de las flores y me la dio. Y entonces me dijo...
Los ojos sangre de Kurenai se entornaron, y perdió el mundo de vista. Sólo veía el rostro de aquel niño moreno tendiéndole con gestos desgarbados pero caballerosos un narciso de pétalos blancos como la nieve que los rodeaba.
Y escuchó aquella voz áspera y aún aguda, rebosante de entusiasmo, personalidad y dulzura.
"Este es para ti. Ningún hombre debe dejar a una mujer llorando..."
Kiba dejó por un momento de lado su propio dolor y miró a su mentora. Etérea a pesar de los años, joven y hermosa como una dama de luna. Con las lágrimas de añoranza resbalando por sus pálidas mejillas de porcelana. Comprendió.
Pero Yuuhi Kurenai seguía ausente. Lejos, muy lejos, entre los fornidos brazos de su esposo. En su mente, el olor del tabaco y los narcisos flotando eternamente a su alrededor.
º º º º º º º º º
Naruto esperaba apoyado en la verja del hospital de Konoha, impaciente, como un niño de academia que aguarda a que la niña que le gusta salga para sorprenderla por el camino. Curiosamente, esta metáfora estaba muy cerca de la realidad.
Sakura salió del centro médico cuando ya oscurecía. Ojerosa y cansada, llevaba la bata médica doblada bajo el brazo izquierdo. Se había pasado toda la tarde atendiendo a los miembros del escuadrón al que había pertenecido Tsume Inuzuka, y había tenido que hacer cosas tan desagradables como amputar una pierna. No era un día diferente a los demás, pero estaba agotada.
Naruto se incorporó de donde estaba con gran agilidad y le salió al encuentro, con una sonrisa zorruna que había permanecido inalterable a pesar de los años. En actitud bromista, sugirió que tuvieran algo parecido a una cita, sugerencia que le había repetido desde que se formara el equipo 7.
–Por fin sales, Sakura-chan. ¿Te hace un tazón de ramen?
Sakura apenas se lo pensó. Necesitaba distraerse con algo y relajarse después de haber pasado prácticamente el día entero en el hospital cerrando heridas graves.
–Creo que sí. Estoy muerta de hambre -repuso en voz baja.
Naruto se sintió ciertamente alentado ante el panorama que se abría frente a él, aquella sublime combinación de la compañía de Sakura con un buen bol de ramen... ¿o era al revés?. El caso es que se sentía bastante animado, y fue dando leves saltitos junto a Sakura hasta que llegaron al Ichiraku ramen, donde pidió una ración para su compañera y dos para él.
Comieron en silencio. Aunque el diálogo entre ellos siempre era fluido, aquel día apenas hablaron. Naruto más de una vez intentó hacerla reír, pero Sakura parecía desanimada, y no volvió a poner un práctica un nuevo comentario jocoso. El dolor de la guerra empezaba a hacer mella en sus personalidades, y eso era algo de lo que se percataban a cada día que pasaba.
Sakura movía los pies inquietamente mientras hacía danzar entre los palillos un naruto (3) que había quedado en el fondo. Mientras ella se había llenado con apenas un plato, Naruto ya iba por su tercer bol. Ahora entendía por qué su amigo era considerado un cliente de oro por el amo del local. Exagerando un poco, aquel anciano vivía de las visitas de Naruto a su puesto de ramen.
Suspirando, Sakura juntó los palillos y los depositó sobre el soporte de madera. Miró más allá de las cortinillas del puesto Ichiraku y atisbó que aún seguía lloviendo. Apoyó un codo en la barra y la barbilla en ésta, pensativa.
–Tsunade-san me ha dicho que Kakashi-san le ha dado una semana de baja a Kiba. Estaba muy mal -comentó.
Naruto terminó de tragar y permaneció mirando el plato vacío, como si fuera un espejo que fuera a revelarle un sinfín de imágenes que el deseaba ver. O quizás sólo evitaba mirarla a los ojos.
–Es curioso que nunca podamos llegar a ser felices del todo, haya paz o guerra -declaró el rubio- En mi caso, consigo ser respetado, aceptado por todos, e incluso rozo el puesto de Hokage con los dedos... pero Sasuke ya no está con nosotros e intenta separarse cada vez más de nuestro lado -arrugó las cejas con pena- Mis anhelos infantiles se cumplen pero mi mejor amigo reaparece en mi vida para intentar matarme. No es precisamente mi visión de un final feliz -rió con amargura.
Sakura no dijo nada. Calló por conveniencia. Y es que si la obligaban a hablar podía estropearlo todo o aún peor, deprimir a Naruto. Sabía lo que le estaba pasando a su compañero, pero sentía que si lo decía en voz alta sería algo definitivamente más "real". Y Naruto no sabía nada. Al parecer, el chico había ido a hablar con Jiraiya días atrás, pero el sannin le había dado largas a propósito. Supuestamente, él también quería conseguir tiempo hasta que lograran dar con una solución.
Y Sakura deseaba de todo corazón que así fuera.
Naruto pareció interpretar el silencio de Sakura como una señal de molestia ante la mención de Sasuke, porque se apresuró a saltar inquietamente de la silla.
–Bueno, Sakura-chan, no te enfades... -trató de apaciguar, moviendo las manos nerviosamente ante él- Tú eres mi mejor amiga. Me refería a...
–Lo sé, Naruto. No soy la persona más importante para ti. Lo entiendo y es normal. Nunca he sido demasiado empática -se excusó Sakura profundamente.
La mujer saltó del taburete al suelo y entrelazó las manos por detrás de la cadera, dándole la espalda, como una niña ensimismada en mariposas invisibles que cruzaban la capa de lluvia nocturna.
–Cuando era pequeña y mis padres me llevaban por la villa, a veces nos cruzábamos contigo. Y entonces tiraban de mí en otra dirección y me decían: "No te acerques a él, Sakura. Es un monstruo". Yo les creía a pies juntillas y nunca intenté comprobar si eso era cierto o no -explicó- Supongo que peco de mediocre y cínica como cualquier otra persona de esta villa.
–No te culpo, Sakura-chan... -aseguró Naruto, negando con la cabeza- También hacían lo mismo con Sasuke, Shikamaru, Kiba, Chouji... No les dejaban jugar conmigo y les mantenían alejados de mí. Quiero decir... no eres ni mejor ni peor en ése aspecto. Pero todos estos años has estado conmigo. Creo que eso lo compensa con mucho, Sakura-chan -añadió, con pasión- No sabes cuanto te lo agradezco.
La chica sintió que se le humedecían los ojos. ¿Cómo podía existir alguien que diera tanto, constantemente, sin pedir nada a cambio? ¿Qué ser era tan inocente e ingenuo como para agradecer tan insignificante compensación de sus tenebrosos años de soledad? Sonrió tristemente hacia la cortina de oscuridad.
¿Debía contárselo? ¿Revelarle un pequeño momento de su vida que había atesorado desde que, diez años atrás, coincidieran en el mismo equipo?
Se mordió el labio inferior, impotente ante su dilema. Apretando los puños más de lo debido, se giró hacia Naruto y evitó mirarle a los ojos.
–Naruto, escucha, hace quince años... -empezó, titubeante.
–¿Sí? -sugirió él, alzando la vista y mirándola.
Sakura sintió como si estuviera viendo la escena desde lejos. Ella, de pie bajo la lluvia, inmune al tacto mojado de la misma. Naruto sentado en un taburete, con sus ojos azules como zafiros puestos en ella, atentos a cualquier palabra que surgiera de sus labios.
Pero, como le pasaba muy a menudo últimamente, Sakura no tuvo valor para liberar lo que pugnaba por mostrarse desde su interior. Negó levemente con la cabeza, con una sonrisa dulzona que enmascaraba a la perfección sus emociones.
–Nada. Buenas noches, Naruto -añadió, yendo hasta él y dándole un golpecito en el hombro, seguido de un fugaz beso en la mejilla.
A continuación, se marchó calle abajo, quedando sumergida en la sombría penumbra. Las huellas de sus botas restaron en el barro, como única señal de su apresurada marcha.
Y Naruto seguía sonrojado, con los dedos sobre el lado de la cara donde la chica había depositado sus labios, efímeros instantes antes. Sonrió tristemente y entornó los ojos, autocompadeciéndose. Siempre se le ocurrían las buenas respuestas después de necesitarlas.
"Sakura-chan, no eres sólo mi mejor amiga... Eres la persona con la quiero estar para siempre..."
Pero, como de costumbre, hundió aquellos sentimientos bajo su máscara de cordialidad y pueril comportamiento. Giró sobre la superficie del taburete y se volvió, pensativo, hacia la barra.
–Viejo, ponme otro -indicó, tendiéndole el plato vacío.
– Chico... -repuso el hombre, recogiendo el bol e inclinándose para servirle una nueva ración de fideos- Creo que gastas aquí todo tu sueldo desde que eras un gennin... Pero nunca te había visto venir con tu chica -comentó, rascándose la barbilla con una sonrisa pícara.
Naruto frunció los labios, fingiendo molestia, sintiendo que el rubor ascendía hasta sus orejas y que éstas le ardían.
–Sakura-chan no es mi novia... -masculló, arrancándole su preciado capricho de las manos al tendero- Ella no me quiere a mí -concluyó, tratando de quitarle importancia.
–¿Se lo has preguntado a ella? -sugirió el anciano, como por casualidad.
Los palillos resbalaron de entre los dedos de Naruto. El chico se quedó helado, pensativo, como encontrando de repente la pieza que falta de aquel rompecabezas que uno nunca logró terminar. Un peso semejante al del plomo cayó desde su pecho hasta su estómago, volviéndose molesto. Entornó los ojos poco a poco, un poco confundido.
Sakura. Su fiel compañera Sakura. Su paño de lágrimas, su apoyo. La mano que siempre le ayudaba a levantarse, la fuerza que curaba sus heridas en las batallas. Quién le escuchaba cuando necesitaba ser escuchado y quien lloraba con él cuando necesitaba alguien con quien llorar. Para él, estaba muy claro que Sakura era mucho más de lo que podía ser un simple amor o una novia más de una lista. Ya había superado aquel nivel.
Pero, ¿y Sakura?
"¿Ella me ha dicho alguna vez... lo que siente en realidad?"
La lluvia absorbió aquella pregunta y la acalló furiosamente al intensificarse bruscamente, convirtiéndose en un diluvio. Naruto empezaba a preguntarse cómo volvería a casa sin ahogarse por el camino, pero entonces vio a alguien que se apresuraba a subir calle arriba, resbalando de vez en cuando en el barro reciente. Distinguió una larga melena azulada cayendo empapada por encima de unos hombros amarrados de agua.
–Ei, Hinata -llamó, indiferente.
La aludida se quedó rígida, reconociendo aquella voz que siempre lograba hacerla actuar de aquel modo que ella misma odiaba. Giró levemente la cabeza, y encontró el rostro de ojos azules y cabellos rubios mirándole de forma curiosa.
–Na-Naruto-kun...
–Oye, te vas a mojar si sigues bajo la lluvia -repuso el chico, ladeando la cabeza- ¿Te apetece un plato de ramen?
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(1) Mizubunshin: Clon de agua.
(2) Katsu: Deidara utiliza esa interjección para hacer estalladas sus bombas.
(3) Naruto: es el nombre de un ingrediente del ramen en forma de sol con una espiral.
Liga-SAMA (y punto XD): Buff, tu revi es tan largo (como a mí me gusta) y estoy tan dormida que sólo comentaré lo del ItaDei. Es cierto que va lento, pero debo hacerlo así si no quiero que quede OoC, porque es que son criminales y es difícil que se enamoren así porqué sí XD. Debe haber un roce previo, al menos XD. Sai rulez!!! Besazos enormes, Liga-sama non.
Nyissa: ¡Sip, yo me apunto a la iniciativa de XD. Amo a ese chico n.n. Estoy medio sobada y no me voy a extender, espero que me perdones, pero espero que no te guste Sasuke porque voy a ser bastante cafre con él en este capítulo (luego soy más buenecita, pero en este cap tenía que vengarme de lo sucedido en el manga u.u). Wenga, besazos, wapa. La próxima vez, me lo curraré más. ¡Prometido!
Darklight ultimate, Loquin, Darwin, xiio- y Sakura H. Uzumaki, mil gracias por vuestros coments. Me dan muchos ánimos LoL.
Goddess Ariadna: Wow, qué gran honor XD. Yo también soy de esas, pero en mi caso es pereza de no dejar más reviews XD. Guay, otra fan del NaruSaku! Me alegro, me alegro XD. Tranki, a Sasuke tampoco es que le tenga mucho aprecio, y espero cebarme de vez en cuando con él XD. Mil gracias por el revi y hasta pronto!
GrimmDay: Gracias por todos los revi! XD. Me extraña que no hayas perdido la salud mental al leer toda esta parrafada de golpe XD. En cuanto a Gaara, es cierto, debería buscarle pareja, pero es que ya no quedan más chicas XD. Quizás le busqué más hacia el final un OC…pero no sé yo XD. Besazos y gracias por el interés.
Chica93: A mí me encanta Kankurô, es muy cafrón y orgulloso, pero es un buen chico. Lo del OoC…intento no hacerlo, por lo general Naruto y Sakura conectan muy bien (ya sea como pareja o como amigos/hermanos). En cuanto a lo meloso…no, gracias, precisamente no me gustan los fics NaruHina por eso (parecen sacados de Disney XD). ¿revi corto? XD. Qué va, si tiene el tamaño perfecto! N.n. Salu2 y abrazos.
