Siempre Wilson
Parte 2.
...
Wilson sintió como una fisura se abría en el piso bajo sus pies y él comenzaba a caer, caer, caer y caer.
No reaccionó en mínimo como House hubiera tal vez deducido que lo hiciese. De pronto parecía inexplicable y profundamente enardecido, colérico y a punto de sufrir un paro cardiaco masivo sobreexpuesto a todas esas emociones terriblemente intensas y nocivas.
-¡Eres una bestia!-vociferó desgarradoramente.-¡Eres más inmaduro que un crío de maternal! Todo es un maldito e insano juego para ti.
House abrió mucho sus impactantes ojos, violentamente indignado.
-Es… verdad.-alcanzó a pronunciar, demasiado fuera de lugar para hacerlo con la misma convicción de antes.
James recibió su mueca y voz tuerta como una cachetada. Se rió estruendosamente, tomándolo menos en serio que a un payaso.
-Vale.-inquirió ansioso por liberarse de la pesadumbre del corazón, y largarse cuanto antes.-Pero hoy no te he salvado la vida. Amén por eso. No tienes que joderme...de esta forma.
House lo miró profundamente. ¿Le estaba tomando el pelo?
Su transpiración era intensa y sentía escalofríos. Pero no era la fiebre la que lo estaba magullando de tal forma. La reacción de su amigo lo había trastornado gravemente, compilándose fuera del orden natural de las cosas, proscrito de su mandato absoluto y expectativas. Más debió saber, a costa de su aguda intuición, que la reacción de James era totalmente correspondiente.
-¿Tienes retraso mental? ¿Emocional?-preguntó profusamente incrédulo, medio frunciendo de crisis la sonrisa amable que le ofrecía.-Pensé que por lo menos eso no. Te acabo de decir que…-su voz se convirtió en auténtico suspiro de indecisión.-...que te quiero, con un coño de mierda.
Wilson, después de retardarlo imponiéndose muchísimas dignas trabas, explotó.
-¡REACCIONA, PEDAZO DE ANIMAL! No entiendes la situación presente por lo que veo, ¿verdad? Estás a un cuarto de idiotez de perder a la única persona a la que le interesas un poco.
-Caray. ¿Ahora todo lo que digo tiene que ser broma?-dijo el inválido ofuscado. Su debate propio, en el que su orgullo yacía colapsado, lo había impulsado, casi obligado, a hablarle con el corazón (con-el-corazón), con toda la intención de frenar lo que Wilson por el contrario reafirmaba a cada instante.
Entonces vio algo que lo sorprendió muchísimo y lo desarmó: la rabia incontrolable de su amigo no sólo le provocaba un temblor visceral en las manos pálidas y asediadas; también le estaba humedeciendo los ojos. Y eso jamás había pasado. No de aquella forma por lo menos.
No pudo evitar quedarse mudo, súbitamente perplejo e inquieto.
James ignoró su rostro, sintiéndose traicionado por el mundo y su alma, consumido por una soledad que no había reconocido hasta esa noche.
Se sentía irrefrenado con respecto a lo que sus sentimientos guardados le dictaban. Decepción, odio, llanto. Era como si House mutase a una sombra más en su interior o tal vez siempre lo hubiera sido, pero él apenas lo dedujese o reconociera.
Avergonzado por ser incapaz de controlar sus emociones, la furia vibrante que le ofuscaba la respiración y los ojos, chirrió los dientes, proveído con un desaliento, una tristeza y una rabia que iban más allá de su comprensión.
-Te vale mi amistad.-la voz entrecortada, sus mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.-Todo. Y no entiendo como fui capaz de… ¿Qué cruzó por mi mente cuando pensé que tú podrías…? ¡Es imposible! Y yo soy un idiota. Sí, un idiota. Pero un idiota que no va a permitir más.
A los ojos sombríos y desconcertados de House, Wilson estaba más que próximo a destrozarse voluntariamente la cabeza contra cualquier objeto que fuera lo suficientemente resistente para hacerlo. Por poco no podía evitar sonreír. Adoraba verlo así, fuera de sus cabales, deprimido y alterado, pareciéndose un poquito a él. Sin embargo, se recordó (hizo el esfuerzo) que la situación no era como las anteriores. En primer término, se dijo como todo altanero-bruto-pedazo-de-ególatra-mal-nacido, porque ¡mierda! le había dicho que lo quería y James había reaccionado como si le hubiese dado un golpe.
-Me voy.- logró escuchar entonces sobre su pensamiento, pues con todo lo demás, el deleite a causa del estado de su amigo, la estupefacción por las lágrimas y su enajenación descortés, ya había perdido el hilo de sus quejidos.
Wilson se inclinó a recoger las bolsas. Ya se estaba dando media vuelta cuando House lo sujetó de los codos con violencia, lo trasladó con una fuerza impactante y lo empujó contra el librero. La cabeza comenzaba a dolerle al punto de la demencia, e igual la pierna por permanecer todo aquel tiempo de pie, discutiendo banalidades tan peligrosas.
-Vete al infierno.-gimió Wilson luchando por liberarse y las lágrimas amenazaron con vaciarse.
-Exacto.-jodió House y lo calló en seco.-Sé que soy un demonio. Por tu parte, tú eres un sarnoso, pesado, insoportable querubín. Por eso te amo...- se contuvo la lengua precipitadamente.-Te quiero. Eso. Lo que sea.- su voz era autoritaria, sin deje de cualquier otra cosa.
Wilson se había apaciguado un poco, pero seguía extremosamente escéptico y sus ojos incómodamente lacrimosos.
-Soy un desgraciado, hijo de puta, infeliz y suicida. Odio a toda la raza humana por su interminable estupidez y sus defectos homicidas y animales que me han traicionado tantas veces, pero…
-Buju, creo que ahora voy a llorar. Pobre, pobre víctima de la inclemencia humana.-increpó el joven irritado, sintiéndose violentado y condenado; calmado en parte por la obcecación que se había llevado sus desesperanzas: sentirse en las manos del otro. Agredido y sosegado. Pero en sus manos al fin y al cabo, un poco lejos de la humedad sombría de sus pensamientos depresivos.
House frunció el ceño, recreado.
-Vale. Soy una basura, pero tú…-continuó, incapaz de retenerse la lengua ácidamente sincera y venenosa.-Entiende que igual que nadie puede ser tanto como yo, nadie puede ni debe ser tan increíblemente (en el mal sentido de la palabra) bueno. No es habitual. De hecho eres anormal, un error de la naturaleza. Eres un poco menos humano que yo. Un fenómeno como yo.-y dudó en continuar, también imposibilitado para decir lo que hubiera condenado un poco menos sus palabras: "por eso debemos estar juntos".
Wilson apoyó la mirada flameante en sus ojos claros y pesarosos, aguardando un "pero" sano y condescendiente, inconscientemente prorrogando por lo que House no había podido expresar.
¡¿Qué mierdas puñeteras haces, James?! Él jamás cambiará.
Cerró los ojos desconsolado cuando hubo pasado el tiempo apropiado para esperarlo y la aclaración absurda no llegó.
Concebir su propia estupidez y doblegación concedida, por poco lo lleva a gritar, liberar el llanto recargado en sus lagrimales incontenible.
-¿Esa es tu teoría por la cuál me quieres?-preguntó débilmente.
-Eso es.-aprobó House complacido.-Fenómeno.-lo apuntó con la cabeza.-Fenómeno.-luego con el dedo a sí mismo.
Por eso debemos estar juntos.
Y lo miró ansioso, deseando que le reconociera eso, confiando en que sus palabras habían sido acertadas aunque incompletas; íntimamente exorbitado y un tanto asqueado por la cercanía.
Wilson estaba fresco a pesar de la histeria y el pesar. Olía a pasta de dientes y… a ese, su aroma portentosamente delicado.
Él, por su parte…
En conclusión, jamás lo había tocado así.
El librero a espaldas de Wilson le ayudaba de soporte -su amigo no era muy liviano- e impedía, entre otras cosas, su desquiciamiento definitivo. Sin embargo, por el momento, James estaba blando ente sus manos, quieto; no sabía que vencido y espiritualmente alejado de él, pero finalmente ahí, tan cerca, tan real, tan nítido y tangible.
-Lo siento. No te creo.- balbuceó Wilson, y sus ojos ya estaban secos.
Porque el hecho de apreciarlo, hasta el punto de exponérselo en la cara, era para él morboso. Decirlo sólo representaba una ecuación racional para House que, al conocer su corazón de pajarito, podía fácilmente deducir: decir te quiero igual a él quedándose. Las razones complejas venían sobrando, porque él creía saber la real y ya nada lo haría cambiar de parecer.
No quiso explicarle que no podía averiguar qué lo había llevado a decir algo tan prodigiosamente cruel, pero, después de todo, era House. No había más que pensar y esperar.
-No me obligues...- soltó House apretando la quijada. Viéndolo a los ojos aterradoramente próximos.
-¿A qué?-soltó James, retador.
¿A besarme?
-Pues si me provocas...-pero la sola insinuación del pensamiento había sido como un muy efectivo repelente para House. Le había provocado soltarlo de inmediato y limpiarse las manos en la playera percudida y arrugada.-Tengo la suficiente fuerza mental para imaginarte con un gran escote y falda. Una ajustada y muy, muy chiquita falda cuddyana.
-¡No he dicho nada!- chilló James encandilado, con las mejillas encendidas.
-Lo pensaste.-obvió el mayor restándole importancia.
Wilson apenas logró ignorar el hecho de que le otro le hubiera leído el pensamiento y comenzó a desternillarse de amarga risa.
House lo contempló.
Su rostro sonriendo siempre le había parecido descaradamente tierno. Era por esa razón que, cuando no lo estaba molestando, procuraba hacerlo reír; reír mucho, aunque fuera de aquella forma: desalentadora, cáustica y por poco tan opaca.
-¡Vete a la mierda, House! ¿Lo que quieres es que te perdone? Te perdono. Toda tu idiotez.-estaba a punto de irse.-Es buena. La mejor de tus bromas. La última que me haces. Pero ahorita definitivamente no estoy de humor. Ya no lo estaré.
-Tú comenzaste con eso. Y no estoy de broma.-dijo House al tiempo que le impedía la huida con el bastón y le daba un desprevenido empujón contra el librero para mantenerlo frente a él.- Yo sólo estoy diciendo que eres lo único con rostro y palabras en mi vida. Sé que si no estuvieras querría morirme. Por lo menos un poco más de lo que siempre he deseado morir.-estaba colérico por su franqueza, a punto de colapso cerebral.-Ya lo dije. Me estoy castrando el orgullo. ¿No te basta?
¡Perdóname de verdad!
Wilson permaneció igual, cabreado e inconmovible, pero las palabras lo frenaban contra su voluntad pues eran alucinantes.
En el pozo sin fin por el que caía sin intención de vivir, viendo la luz de lejos, se sintió por un momento en vilo. Los codos le cosquilleaban como si aún tuviese las manos del pianista sobre ellos, lastimándolo y conteniéndolo. El aura de House era tan terriblemente tórrida y tiránica; brutal y furiosa. Sus ojos posesivos, malvados, pero no podía saber si genuinos, a pesar de la cólera irrevocable y la pronunciación difícil de la confesión.
-Mierda. Deja de humillarme. ¿De verdad no te basta? ¿Nada? No me conoces, entonces. No sabes el perro que en verdad puedo llegar a ser.-estalló el ojiazul, violento y arrepentido.-Ya perdí demasiado tiempo y esfuerzo en tratar...
Pero se interrumpió a sí mismo impactado cuando notó como a Wilson se le tensaban los músculos, el rostro y todo lo demás de un odio que jamás, jamás había concebido en sus ojos infantiles.
El nefrólogo se asustó de tal manera que hizo el esfuerzo inhumano por apaciguarse. Sin embargo, el resultado fue el mismo:
-Wilson, joder mil veces y todas las mierdas de universo, ¿que no soy irresistible en estos momentos? ¿Sincero? Pensé que si hallabas un poco de iniciativa de mi parte...
-Caería rendido a tus pies.-Wilson no se lo creía. Quería morirse ahí mismo, llorar como un niño y que House terminara por llamarlo marica. Así confirmar lo que ya se dictaba desde hacía rato: Su amigo era el mismísimo demonio.-Me debes muchísimo más que esto, si es que es cierto todo lo que me dices.-repuso.-Hazte a un lado.-imploró. House lo volvió a arrimar a la fuerza contra el librero, y un par de libros se sacudieron débilmente en él.
-Eres peor, mil veces más complicado que mis casos sin resolver.-frustrado dio un paso adelante, sus manos sudorosas por la fiebre; la habitación dando vueltas. Y toda la intención sincera en las palabras: sus casos eran complicados, sí, pero también fascinantes.
Wilson reprimió un sonido de miedo y odio que le alcanzó las cuerdas vocales y les llenó los oídos con veneno al verlo aproximarse ese tanto.
Y cuando House sintió la vibración del sentimiento de su amigo colarse casi imperceptible entre sus labios, nadando en su aliento hasta su rostro, se estremeció profundamente y lo aceptó. Aceptó que si el odio era tan nítido, entonces también la cuota que le debía. Maldita sea. Sería la fiebre la que lo volvía tan susceptible, dimitido, marica.
Volvió a mirar a James y suspiró con algo que se le pareció al placer, sin nada que disimular pues eran cosas que sólo a él le concernían, aunque a diario intentara evadir:
Mirarlo era reconfortante, mientras supiera tenerlo, y aún más tan cercano, hallándole rasgos de ninguna parte -su nariz sonrosada, sus patillas canosas-. Wilson era la cosa que menos entendía de su vida. Nada que tuviera que ver con racionalizaciones inmediatas.
Debió saber que los humanos eran así, extraños, pero sólo el hombre que tenía delante lo conmovía, pues era el único ser humano que se permitía tener. Wilson era ambiguo, no podía normalizarse.
Bello y sublime.
-Si de este modo no me crees, estoy totalmente frito. Es mi último recurso. El único jamás empleado, y nunca más volverá a ser utilizado.-le aclaró con severidad, pero mentía. La realidad era que aunque le costaba, quería saber lo que sucedería si acaso él... Era un experimento propio, y anhelaba concretarlo.
Wilson parecía entrar por momentos en un estado que se le parecía demasiado al pánico. Se estaba muriendo de odio, sí, pero también de impresión, de fluctuación. House tenía las manos contra el librero, lo miraba con intensidad inmedible y había una duda, una figuración, un hambre imposible en sus ojos que a toda costa le impedían salir de ahí. El bastón estaba en el suelo a unos centímetros de sus pies, descalzos y vestidos.
-No...- gimió Wilson desesperado cuando el otro se aproximó, negándose a lo verdadero, luchando sin vida por rechazar lo que no debía ser. Por alguna razón fue incapaz de soportar imaginarse, aunque no fuera así, que el te quiero había sido pronunciado sin una mayor intención oculta, de forma simple, impulsiva, por lo tanto repleta de sentimiento, e infalible entonces según sus condiciones.
Estuvo a punto de desplomarse de rodillas cuando sus lágrimas se precipitaron como el torrente sanguíneo reprimido, cesado por sus ganas de morir.
Pero House ya lo había sujetado para que no cayera rodeándolo suficientemente gentil con sus brazos oxidados y sedientos; apoyando tímida y dócilmente la barbilla sobre su hombro derecho.
Escuchó a Wilson rechazarlo sinceramente, por supuesto lo escuchó, era un poco imposible no haberlo hecho tomando en cuenta que se lo había implorado lastimeramente a dos centímetros del oído. Pero Gregory House no cambió el veredicto ni la postura, permaneció como había decidido permanecer porque él tenía la razón, la verdad absoluta e indisoluble, y así era siempre, incluso para un Wilson que tanto lo odiaba y quería a la vez.
El mayor se sintió inmortal al tocarlo y cederse. Frustrado y horriblemente conmovido del corazón. Sufrió por eso.
Debían ser ese escándalo de emociones humanas las meras razones por la que algo siempre le había impedido estar tan cerca de él.
Y entonces pasó, doliéndole con mayor vigor, lo que sólo Wilson hubiera podido provocarle: cerrar los ojos.
House tuvo que concederse esa última flaqueza porque después de lo que parecieron horas de desolación, el otro le rodeó con infinita y temblorosa suavidad la cintura, en el silencio únicamente roto por el roce de sus ropas.
Gregory le oyó el tierno y reseco sollozo en distante, mientras la acechante sombra se disipaba a punto de extinguirse, librando por primera vez en décadas sus cadenas; la batalla insaciable contra la desesperanza, la desventura, la amargura y el dolor.
El olor de James lo inundaba todo arrullándolo, calmándole con medicinas de otro mundo la fiebre feroz, la angustia soberbia del corazón, el llanto reprimido de niño inexperto. Y la suavidad de su cabello, la forma infinita de su cuerpo, el roce de su mejilla: deliciosos, aterradoramente oportunos y llanos, intensificados pura y azucaradamente en el acto físico que más había padecido y disfrutado en toda su vida.
House difícilmente podría apartarse nuevamente.
Estaba furioso.
Y es que el cuerpo de su mejor amigo era el más cálido y delicado de todos los cuerpos que había tocado en su vida y lo más extraño, lo eternamente indescifrable, era que por ningún motivo le estaba haciendo el amor.
Es por ésto que debemos estar juntos.
Fin
