Capítulo 8: La Mentira de la Verdad.

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"Se puso la maldición como su ropa:
que le penetre hasta el fondo como el agua
y le cale como aceite hasta sus huesos."
(Salmo 109)

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Gemidos. Su boca dejó los labios de ella para descender por el mentón, bajó por el cuello, haciendo su camino hasta uno de los pezones; ella le enterró las uñas en la nuca. Sudor. Deslizó con maestría dos de sus dedos por entre los pliegues cálidos que conformaban la intimidad de ella, su compañera apretujó los muslos intentando detener su objetivo. Resistencia. Le acarició en el interior suavemente aquí y allá, debajo de él, la joven se retorcía mientras intentaba pronunciar un vago no. Excitación. Ella mordía, arañaba, besaba, toqueteaba el cuerpo de él aumentando su temperatura corporal. Sofoco. Ella restregó su vientre húmedo y caliente contra su erección, endureciéndola más, al punto de provocarle un terrible dolor. Felación. De algún modo ahora era él quien yacía bajo su cómplice estrujando las sábanas con fuerza, mientras ella hacía su magia abajo. Escalofrío. Sólo sabía emitir graves sonidos, no recordaba su nombre, ni quién era, sólo experimentaba el placer. Dolor. Ella se había detenido justo antes de completarlo todo, le sonreía de manera maliciosa, como la niña que ha hecho una diablura encantadora, además pretendía escabullirse del lugar. Fuerza. La madera de la cama rechinaba de forma ensordecedora, aunque entre crujido y crujido, murmullos monosilábicos que se resumían en constantes: ah, nh, mm, ha, nn, aaa, reverberando por todo el lugar. No eran humanos, eran animales en celo desatando sus más bajos instintos. Fricción. El ambiente del cuarto era asfixiante, ella chillaba como gata mientras movía el vientre hacia arriba y hacia abajo al ritmo que él le marcaba. El sonido acuoso y pegajoso de dos cuerpos acoplándose, carne hinchada entrando y saliendo con la violencia de quien no sólo adora, sino del que saquea el templo de un Dios. Gritos. El tiempo se detuvo, se suspendió en el espacio, no existía luz o oscuridad, tampoco eran hombre o mujer, sólo la infinita paz de estar con tu alma gemela.

James se levantó sintiendo el frío calarle por completo; hacía mucho tiempo que no soñaba a Lily de aquella forma. Abrazó la almohada con fuerza mientras las lágrimas se confundían con el sudor; había sido tan vivido, tan real, incluso aún podía sentir el calor del cuerpo de Lily, el sabor dulce de sus labios, lo salado de su sudor, las marcas de sus dedos y uñas parecían estar plasmadas en su piel con fuego. Escondió la cabeza en las mullidas almohadas intentando apaciguar sus ansias de clamar su nombre a los cuatro vientos, mordió la tela esperando que el nudo de su garganta se destencionara por sí solo; llevaba varios años conteniendo su tristeza.

Las puertas principales del cuarto se abrieron de golpe.

—¡Buenos días! Hoy se pronostica un buen clima para hacer papilla a los snobs del Wizengammot.

La risa de una mujer infantil y dulce resonó por todo el cuarto, al tiempo que se cerraba la entrada principal al recinto. —Harry está listo, quiero ver el rostro…

—¡LARGO! —bramó James, golpeando con un puño la cama sin atreverse a verles a la cara. Sirius rió como si aquello fuera algún chiste, he hizo un comentario soez sobre la feminidad de Leira, sin embargo cuando las puertas se abrieron de forma brutal, sintiendo al viento azotarse fieramente contra su cara, entendió que James no estaba jugando, y que sería mejor salir del lugar antes de poner a prueba la ira del señor de la casa.

En cuanto salieron los intrusos, James dejó escapar un sollozo sintiendo la terrible tensión de todo su cuerpo, así como su respiración extremadamente agitada y el dolor que le provocaba el latir de su corazón. Sí, pese a aquel músculo bombeaba la sangre suficiente para mantenerlo activo todo el día, había veces en las que notaba un malestar punzante, como si le oprimieran alguna parte del órgano; era una marca más de Lily, pues ella le había dejado con un pequeño pedazo, lo suficiente para querer a sus allegados y sobrevivir día a día.

Trató de relajarse mirando al cielo por entre los grandes ventanales de la habitación, si cerraba los ojos, creía verla paseando en el lugar, buscando cualquier bobería o sólo haciendo ruido por el placer de molestarle. La extrañaba tanto, añoraba su sonrisa torcida y malévola, sus travesuras macabras, sus palabras hirientes, su esencia corrosiva derruyéndole con dulzura.

La cama se hundió bajo el peso de alguien, un tacto helado como efímero le acarició el rostro.

—Lily, no me dejes solo.

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La taza de té estaba caliente; sobre el líquido ámbar se elevaba sutilmente un humo de color blanquecino que se disolvía en la penumbra del cuarto. La cuchara descansaba precariamente sobre el borde de la taza, hasta que resbaló chocando contra el plato de porcelana: el sonido metálico que produjo rebotó por toda la habitación.

Las cortinas raídas de color gris pardo se elevaron cuando pasó una refrescante brisa otoñal; el habitante del lugar se acercó a la pequeña ventana para observar el cielo azul, ese día parecía un interminable lienzo profundamente azul, sin ninguna nube ensuciando su esplendor.

Infinito, inalcanzable.

La puerta se abrió, una mueca de preocupación surcó su rostro, nadie sabía su paradero, excepto quienes conocían el plan, ellos había afirmado que nadie iría a esa hora; no hasta finalizar el juicio.

Su visita caminó tratando de hacer el menor ruido posible, después se sentó cerca de la mesa donde estaba la taza de té. El ruido del roce de la ropa inundó el lugar, se estaba poniendo cómodo o algo similar.

—Habla.

No tenía caso darse media vuelta para ver la cara de su agresor, pues sabía quién era, pocos podían olvidar la tersa voz de la segunda Señora Potter, tampoco había que ser demasiado avispado para saber sus intenciones y él no estaba hecho para las torturas.

—No es Eduard Freeman la cabeza, fue tú-sabes-quien. —Ella se reacomodó en la silla, entonces él prosiguió—: Divide y vencerás —sonrió amargamente—, es todo lo que sé.

—Mentira —afirmó Leira—, él conoce el amor de Harry por su padre, hay quienes tienen familias amorosas.

El hombre quiso reír a carcajada batiente, ¿amor entre los Potter-Evans? Sonaba un insulto a tan casto sentimiento. Ellos sólo conocían la muerte y la desolación. —Dime, Katherine. ¿Por qué le eres fiel?

—Mi nombre es Leira, si no te incomoda.

—Tal vez prefieras: Kitty.

Ella se movió, sin embargo algo la obligó a sentarse y exhalar pesadamente, por el rabillo del ojo vio que la mujer se masajeaba el vientre prominente.

—Si ese…bastardo puede llamarte así ¿por qué yo no?

Leira rió con aquel tonito infantil suyo. —Él es mi marido, el padre de mis hijos, mi amante excelso, mucho mejor mago y hombre que tú.

—Sin embargo manda a su mujer embarazada a hacer el trabajo sucio.

La mujer se recargó sobre la silla, haciendo crujir un poco el maltrecho respaldo de madera. — ¿Por qué crees que él sabe mi paradero?

Esta vez fue él quien rió. —Tú no sales de su jaula de oro, si no te da permiso, eres —ladeó la cabeza dando a entender que se encontraba buscando la palabra precisa—, una de sus pertenecías más preciadas.

Ella no replicó, pero la madera de la silla volvió a resonar por el lugar. — ¿No soy la más preciada? Me valúas tan bajo.

Él se carcajeó, incluso dio unos cuantos pasos hacia atrás. Se llevó una mano al pecho tratando de apaciguarse. —Lo más valioso para él, es ese mocoso. Siempre estarás muy por debajo del nombre de Lily Evans. —Un incómodo silencio surgió entre ellos—. Nunca pensé que pasarías la vida siendo la segunda en todo —la amargura del tono de voz de él caló en lo más profundo de la mujer.

—Yo tampoco.

Él giró sobre sus talones velozmente. Hacía bastante tiempo que Leira había abandonado la figura de una chiquilla flacucha, enfermiza, con los ojos hundidos, enmarcados por profundas ojeras, muy similar a un ratoncito mojado y esquelético. Ya no mostraba aquel brillo tímido de todo el mundo en sus ojos, tampoco era la pequeña asustadiza de hasta su propia sombra; vistiendo andrajos o batas desgastadas, con un fuerte olor a medicina rancia en perfecto cuadre con sus cabellos rizados completamente enmarañados. No, no, Leira era ahora una mujer muy delgada, aunque de momento tuviera un vientre abultado, su piel tenía buen color, sus mejillas eran rosadas, su cabellera castaña brillaba intensamente en bonitos bucles, vestía atuendos carísimos, sus ojos transmitían una atracción hipnotizante, aunque dejaban muy en claro que nadie podía tocarla excepto su idolatrado cónyuge.

—El precio de venderte al Diablo.

Leira se soltó a reír. —James es todo, menos el Diablo. Bah, Voldemort le saca ventaja. —Hizo un movimiento de mano restándole importancia al asunto—. El miedo los ha cegado tanto, haciéndoles incapaces del reconocer al verdadero ser, eso es lo que ha sucedido.

—No tengo interés en conocerle.

—Ni tendrás tiempo —añadió juguetonamente—. ¿Quieres confesarme algo antes de morir?

—Te amo.

—Yo amo a James, ¿algo menos melodramático?

—Él no te ama.

—Adiós. —Leira apuntó su varita hacia el hombre—. ¿Ni siquiera quieres dar los nombres de tus cómplices? Uno de ellos te delató.

—Irán por ellos, los torturarán, les sacarán toda la información posible, luego masacrarán a su familia.

—No suena tan mal, voy a proponérselo a James. —Aquella forma tan fría de tomarse un plan como aquel le produjo escalofríos al hombre.

—Tú no eras una asesina. —Leira rodó los ojos—. Aunque me hayan traicionado, para mí son personas, no peones; respeto la vida.

Leira sonrió. —Esto es una guerra: sigues en el juego o eres eliminado; es como el ajedrez, tienes que sacrificar las piezas menos importantes para poder ganar, además, ¿tú, un mortífago dándome clases de moral a mí, cuando armaste todo una obra de teatro para llevar a un niño a Azkaban a costa de la vida de una aristócrata?, por favor.

—No morirá y no sabía que iban a matar a Lady Von Becker; ayudo a Voldemort económicamente, no torturo a nadie.

Leira alzó una ceja llena de incredulidad. —Eso es aún más rastrero, ni siquiera tienes el valor de enarbolar tu varita, tragarte tu orgullo y defender tus ideales. Tal vez no eres quien lanza la maldición, sin embargo eres quien construye la varita. Me das asco.

—Por más que te esfuerces, jamás serás como Lily Evans, ella era la maldad en persona. —La tristeza se posó sobre los ojos de Leira—. Debes odiarla demasiado para rebajarte a hacer esto por la atención de un hombre, o lo que quede de él.

El rayo verde se impactó contra el habitante de aquel cuartucho, ni siquiera le dio tiempo de parpadear cuando ya se encontraba en el suelo, tieso, frío e inexpresivo.

Leira se levantó con cuidado de la silla, avanzó hasta la puerta. Antes de salir murmuró:

—No puedo odiarla.

La taza de té ya se había enfriado.

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Ella había aprendido muchas cosas de Bellatrix; desde la postura magistral a la hora de sentarse en un desvalijando banco, hasta el sarcasmo en bruto. Bella la recordaba como una tierna muchachita caminando por los oscuros rincones de un vejestorio ruinoso, jugando con partes desquebrajadas de lápidas y muñecas rotas. Siempre se había preguntado porque eran tan diferentes si provenían de entornos iguales. Los Black les daban a sus hijos lo mejor, no había absolutamente nada que fuera de segunda mano, algo semejante sería tomado como una ofensa. Lily a menudo vestía andrajos, sus zapatos estaban muy desgastados, las muñecas que usaba eran de trapo con un miembro faltante, osos destripados, de ojos tuertos; contrario al mito social, Lily no era quien hacia esas cosas con sus juguetes, pero Bellatrix nunca supo quien lo hacía, mas sabía que Lily no, ella siempre trataba de componerlos. Nunca lo logró.

A edad temprana, todos los hijos de sangre pura sociabilizaban de forma rápida, se hablaban entre ellos formando lazos para el futuro, elegían amistades, soñaban con entrar a Hogwarts, jugaban a elegir una casa, los más bobos iban a Hufflepuff. Lily llegaba, saludaba y se iba al rincón más alejado de la estancia; no hablaba con nadie, ni quería la compañía de alguien. Se veía muy extraña, parecía una linda muñeca apostada en el suelo por culpa de una cruel gracia. Ni siquiera le contestaba por mucho que Bellatrix insistiera, era como si Lily fuera abstraída a otro mundo.

En realidad, ella siempre perteneció a otro mundo, nadie la pudo sacar de ahí, excepto…Bellatrix seguía sin comprenderlo.

—Siempre he dicho que deberían retirarlo y quemarlo, es un insulto a la pureza de la sangre.

Bella ignoró al hombre girándose sobre su asiento. Si tan sólo Potter hubiera demostrado la maldad que llevaba en la sangre en aquellas épocas, entonces tal vez, las cosas serían diferentes.

—Me agrada porque no sales tú —respondió la mujer, logrando sacar de su acompañante un quejido de molestia.

—Ella escupió sobre sus principios, casarse con ese…traidor.

Bellatriz resopló, los ideales de Lily nunca fueron los mismos que los de todos ellos, en realidad nunca conocieron esos ideales, sólo les dejó muy en claro que no pertenecían a la misma especie.

—¿Celoso de Potter, Malfoy?

El rubio rió de forma exagerada. —Jamás.

—¿Es verdad que La tienen? —le cuestionó de pronto Bella.

Malfoy alzó una ceja, se paseó por la estancia como si buscara algo. Bella se giró para encarar a su pariente. La sala se encontraba tenuemente iluminada por velas de color azul, dándole a la estancia un cariz sobrio, aunque en realidad no lo necesitaba: las paredes con tapices exquisitos de las más finas telas, cuadros de magos demostrando su riqueza y aristocracia, así como los muebles antiguos, bien conservados con aire de pertenecer a la realeza, hacían que te sintieras en el salón de té de algún Dios de la melancolía; muchos muebles para llenar el frío de sus crueles almas.

Lucius se sentó en el sillón más próximo a Bella.

—El Señor Oscuro está seguro de ello. —Se encogió de hombros—. No quiero verla, tengo cierto respeto ¿sabes? —Bella rió de forma infantil—. Snape me comento algo: no es nada agradable.

Bella apretó sus dedos. —Tal vez me deje caer por ahí y luego te daré los detalles. —Lucius hizo un gesto con la mano, dando a entender que no deseaba nada de aquello—. ¿Cuál es su uso?

—El Señor Oscuro quiere una información y ese es el precio. —En el rostro de Lucius había un deje de confusión—. Snape ha hablado sobre una especie de…resurrección.

—Eso es imposible —espetó la mujer de inmediato.

Lucius le dirigió una mirada de elocuencia. —Los Kruvakrozen podían hacerlo.

—¡Era un mito! —bramó, poniéndose a la defensiva; parecía que Lucius quería timarla.

—Hay pruebas de ello, muchas de sus mujeres se suicidaban —sonrió de forma torcida—, entonces el marido la llamaba, ataba el alma para no dejándole descansar jamás, todo el tiempo la torturaba, algo verdaderamente desagradable.

—Potter no torturaría a Lilian —Bellatrix deseó morderse la lengua, había defendido al bastardo.

Lucius no le dio importancia al comentario. —Eso es obvio, Bella, pero es más lógico que la quiera tener a su lado.

Bellatrix removió de entre sus memorias, algunos fragmentos olvidados de los libros de magia oscura. —Pero no es ella, no es lo mismo…es maligna.

Lucius soltó una carcajada. —El punto, Bellatrix, es que ella siempre fue maligna.

Bella tensó sus labios, observó el retrato: cuatro jóvenes estaban sentadas en el pasto, todas ellas con hermoso vestidos. Andrómeda era la de azul con encajes blancos, portaba un sobrero de ala ancha blanco, con listones azul pastel y flores blancas, se confundía con el cielo de aquel día soleado. De lado izquierdo se encontraba Narcisa, sentada un poco más abajo que Andrómeda; su vestido era amarillo claro, con adornos blancos, sus manos sostenía un ramillete de rosas salmón, sus rizos estaban atados en una alta coleta. Bella estaba sentada en una roca de lado izquierdo de Narcisa, su vestido era verde pistache con encajes dorados, su cabello negro se encontraba recogido en un mono muy apretado, se encontraba cruzada de brazos con una mueca de fastidio. De lado derecho de Andrómeda, separada de las hermanas se encontraba Lily, llevaba un vestido de color lila, las manos ligeramente sucias se encontraban sobre sus piernas en pos de estar pidiendo algo, sus ojos brillaban con melancolía, el cabello rojo se mecía libre al viento.

No, Lilian nunca fue malvada.

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James estaba furioso, Sirius lo sentía, conocía muy bien a su amigo y ardía en una ira interna. Sólo no alcanzaba a imaginar el origen de su enojo: el juicio había salido bastante bien, Harry estaba libre de toda culpa, Leira había llegado a tiempo.

—Abre la maldita puerta —espetó James. Sirius brincó, no esperaba que James le estuviera pisando los talones, menos un tono tan duro como el que había salido de la boca de su amigo.

—Dale tiempo al cachorro…

—Una mierda, ¡ábrela ya! —Sirius le sonrió a James tratando de relajarle, pero sólo consiguió enojarle más, al grado de verse empujado por su amigo, lo había quitado del camino como si fuera una piedra estorbosa, se sentía severamente ofendido. James tronó los dedos—. Arriba, mocoso no tengo tu tiempo.

Harry le interrogó con la mirada, Sirius se encogió de hombros dándole a entender que no sabía porqué James estaba de ese modo. El Señor Potter metió bruscamente a Harry en la cochera, tras lo cual se montó en ella; Leira buscó los ojos de Sirius y este se limitó a negar. Ella se iba a subir cuando James cerró la puerta azotándola.

—Tú —señaló a Leira—, te vas directo a la cama; más te vale hacerlo, no estoy para tus juegos. —Sirius vio el dolor en los ojos de la jovencita—. Tú, ronda por donde se te pegue la gana, pero mantén tus manos quietas. Si Dumbledore pregunta, le dicen que se vaya al cuerno, lo llevaré cuando tenga tiempo. —Sin más el carruaje despegó.

—Está fuera de sí —dijo Peter casi sin aliento, con una mano en el pecho, esperando a que su corazón se calmara.

—No debieron dejar a Harry solo —añadió Remus.

Un carruaje llegó hasta ellos, llevaba el emblema de los Black.

—¿Qué hizo? —les cuestionó Sirius.

Los reporteros y la multitud llegó hasta ellos, todos querían saber más sobre el caso de Harry, deseaban obtener el método por el cual el joven se había escapado de una vida entera en Azkaban, cuando se habían presentado pruebas tan fuertes en su contra. Los hombres protegieron a Leira que fue la primera en subir al carruaje, los partidarios de Eduard Freeman estaban haciendo mucho escándalo, una bruja desarreglada le gritaba que era "la esposa del Diablo" y el producto que cargaba estaba maldito.

Aquello se iba a convertir en una hecatombe, pero en cuanto vieron el sombrero de Dumbledore se las apañaron para salir huyendo del lugar, suficiente tenían con la gente para todavía cargar con el director de Hogwarts.

Sirius esperaba impaciente que respondieran su pregunta, en cuanto el carruaje se elevó por los cielos, Remus se aventuró a contestar, con voz trémula: —Nada, al menos no sé yo de algo grave.

Sirius frunció el ceño. —Pero está muy enojado —insistió Peter—, no sé que vaya a hacer…

Las últimas palabras de Peter les produjeron escalofríos. Leira mostró su inquietud. —Entonces debemos buscarles, no dejarles solos. —La respiración se le cortó en cuanto terminó la frase, se llevó las manos al vientre, una mueca de dolor se dibujó en su faz.

Los tres hombres se alarmaron, Remus le pasó un brazo por los hombros.

—Respira.

Leira se agarraba fuertemente del asiento, sus nudillos estaban casi blancos, su mandíbula estaba tan apretada que hasta temblaba, poco a poco se fue relajando hasta soltar un leve quejido y trató de aspirar todo el aire del lugar, de sus ojos salían pequeñas lágrimas.

—Debes descansar —sentenció Sirius, quien se encontraba a su lado, contrario al lugar de Remus.

La mujer estiró el brazo, Sirius sintió los dedos largos, finos y débiles de ella sobre su muñeca, temblaba. —Harry —susurró.

—No te preocupes por él, nosotros nos arreglaremos.

Peter lanzó un sonido extraño.

—¿Está en peligro Harry? —le costó respirar a la mujer.

—No, no, por supuesto que no —dijo Remus atropelladamente, aunque no existía un tono seguro en su voz—. Es sólo que…bueno. —El hombre compartió una mirada con los otros dos—. Tememos un poco por…la última vez que James perdió el control, Harry no lo pasó bien.

Leira se llevó una mano a la cabeza como si quisiera recordar algún momento así. — ¿James le golpeó?

— ¡No! —bramó Sirius escandalizado—. ¿Cómo te atreves a pensarlo?

Leira trató de responder, Remus la abrazó fuertemente. —Ella no sabía nada, Sirius y nosotros sólo la estamos espantando. No, Leira, James no se atrevería a hacer eso, antes se corta las manos.

Ese tono le agrado más, la visión de James golpeando a uno de sus hijos era tan bizarra como la de Eduard Freeman tomando té con Voldemort, pero también sabía lo siniestro que podía llegar a ser.

—La última vez que James estuvo fuera de sí, fue cuando…—un silencio incómodo se apoderó de ellos; no tenían que decírselo a Leira, ese silencio sólo debía ser seguido por el nombre de Lily Evans—. Ella murió, duró semanas encerrado sin desear salir.

—Bebiendo hasta perder el conocimiento, llorando, comiendo a medias y volviendo a beber. Al principio no fue tan malo ¿sabes? Sólo se la pasaba tirado en la cama, con Harry en sus brazos—comentó Sirius.

Leira sabía poco sobre la vida de James los días después de la muerte de Lily; el sepelio del cuerpo, así como el entierro fueron extremadamente privados, algunos rumores afirmaron que James parecía un fantasma, todos creían que se suicidaría o algo similar, ni siquiera le prestaba mucha atención a su hijo. Tres meses más tarde resurgió, con aquella mirada hundida, ojeras, piel pálida y vestiduras negras: Lily Evans no fue la única muerta.

Sirius miró el cielo tenuemente grisáceo a través de las ventanas. Volvió a ver ese James desecho, sin ganas de vivir, abrazando a su hijo volviéndose loco cada vez que alguien intentaba quitárselo, los ojos temblorosos de Harry que no entendía porque su padre se comportaba de forma tan extraña, insistiendo en volver a ver a su madre, aunque medio mundo ya le había explicado sobre la muerte, James derrumbándose cada vez que Harry preguntaba por Lily, la desesperación de verle hundirse llevándose a su hijo con él. No habían sido buenos tiempos, Sirius se llevó una mano a la mejilla, no le gustaba acordarse de ello…

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—¿Qué hay de malo papá?

Su padre le miró a los ojos; Harry se echó ligeramente hacia atrás: no le gustaba ese semblante, parecía que había hecho algo malo.

—Podrías recitar mis órdenes —En su tono de voz existía una frialdad absoluta.

Harry tragó salivaba, la había cagado a lo grande aún no sabía porqué, pero lo intuía. Respiró profundamente antes de decir: —No te metas en problemas, no me desobedezcas, protege a la familia.

— ¿Y?

—No he roto ninguna de ellas —afirmó.

—Te falta una.

Para Harry el asunto se fue haciendo bastante claro, pero él no podía quedarse con los brazos cruzados, ya no era un chiquillo. —No busques el Secreto de los Evans. —Había dando en el clavo, su padre dejó ver todo su enojo, sus ojos castaños ardían en furia pura y Harry tembló.

—No hice nada malo.

James bufó. —No soy estúpido, niño. —Su padre era muchas cosas, pero estúpido no era una de ellas—. ¿Sabes porque Lady Von Becker pidió tu compañía?

Harry negó con la cabeza.

—Lily siempre iba a todas esas fiestas de los sangre pura elitistas, no le gustaban, ni las disfrutaba, se limitaba a saludar, bailar con algún perdedor de turno, sentarse por ahí y tener buenos modales. Era sabido por todos lados el peso de su posición en la familia, la primogénita a la venta del mejor postor, sin embargo tenía un halo de misticismo magnético; la verdadera heredera del saber de los Evans, la familia del arcaico saber de las artes oscuras.

«No había familia mágica o proveniente de muggles cuya sangre no hubiera sido derramada por ellos: Asesinos, eso eran. ¿Quién no desea los artes sutiles de la muerte? Los rumores decían que por una cantidad razonable mataban hasta el Ministro de Magia. Lily podría parecer un artículo insípido e insoportable a la venta, pero todos veían la fuerza de su espíritu, en una sociedad donde la mujer es relegada a mero objeto de placer, ella se erigía como ejemplo de alguien rebelde a este.

«Lady Von Becker admiraba a Lily, pero más deseaba adueñarse de los secretos de su familia; tu madre siempre le detestó. Quería conocerte para sacarte información de la familia, Harry, esa era su intención real.

—Lo sé —contestó el chico indiferente—, me preguntó varias cosas.

James suspiró. —Y tú, en tu maldita curiosidad, te atreviste a indagar sobre el Secreto de los Evans.

Harry rodó los ojos. —No puedes estar molesto por eso. Mira, sólo se dio la oportunidad y deseé aprovecharla, además ¿qué tiene de malo? —James entrecerró los ojos—. No estaba precisamente buscando eso, ella comenzó a contar extrañas historias de pueblos exterminados, guerras, muertes y una familia oscura, llamó mi atención, quise conocer y tal. Padre, la excusa de perder mi vida no tiene sentido. —La tención creció en el lugar—. He estado meditándolo, yo soy el último Evans, ellos siempre protegieron a la familia antes que los principios, mi madre no le gustaba ser parte de este linaje, pero respetaba y seguía sus lineamientos, la muerte de sus conocimientos con ella no es parte de las creencias de la familia Evans. Siempre han sido precavidos hasta sus últimas consecuencias, mi madre dejó en manos del Ministerio de Magia un testamento dándote el control absoluto sobre todo títulos, propiedades y demás que le perteneciera, esas cosas sólo podían pasar a mis manos. Seth y Enio no nos quería mucho, pero dispusieron todo para que tía Petunia no pudiera emprender ningún tipo de lucha por las posiciones de los Evans.

«Tía Petunia es una Evans de sangre, debió recibir algo más que una cuantiosa suma de dinero, merecía poseer algo de su linaje, sin embargo ni siquiera el título de señora Evans puede cargar, perdió todo derecho cuando se casó. ¿Porqué dejártelo a ti? El familiar con el que nunca se sintieron contentos. De acuerdo con las ideologías de la pureza, las artes oscuras, el elitismo, tía Petunia debió ser quien continuara el legado, pero ellos te eligieron a ti. Mi madre murió pero a ella alguien le dijo el Secreto de los Evans. Seth, tal vez Enio, no lo sé y ellos estaban vivos tras la muerte de mamá.

«Tú sabes el Secreto de los Evans, ¿Porqué no quieres contármelo?

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¿Siempre ha sido tu familia, Potter? —le cuestionó repentinamente, posando sus manos en su vientre abultado; giró la cabeza para medir la distancia que había entre el sillón y su trasero, ella se sentó en el mullido mueble. Para tener casi nueve meses de embarazo, su vientre no estaba tan voluminoso, pero ella siempre había sido una persona delgada; a veces en exceso, ciertamente, su nueva figura le impedía la mayoría de los movimientos que estaba acostumbrada a hacer.

Se acercó a ella, la tomó entre sus brazos, ella se dejó arrastrar por él, siempre lo hacía: mientras él la sujetara, ella nunca opondría resistencia. Sus cabellos rojos se desparramaban por el cuello y pecho de ella. Colocó sus manos en el vientre, podía sentir a su hijo moviéndose, ella sonreía delicadamente, detestaba a los niños, pero a este le iba a querer, lo sabía, era de ambos, era de él.

Sí, tenemos varias generaciones siendo Potters.

¿Incluso en los días oscuros?

¿Los días oscuros? No tenía idea de lo que ella decía, sus labios besaron la piel fría, suave y delicada de su esposa. —Tal vez, ¿deseas saberlo? Puedo investigarlo.

¿Por qué nunca preguntas nada de mi familia?

No me interesa. —James le besó la barbilla—. Te tengo a ti, lo demás no me importa.

Ella se reacomodó, permitiéndole toquetearla a gusto.

Algunas veces, no hay hombres en el linaje, en otras las mujeres de sangre pura son pocas, casarse entre familiares resulta contra producente a la larga. ¿Siempre fueron Potters?

James respiró profundamente, deteniéndose. —No, venimos de una rama de alguna familia aún más antigua.

¿Es mala?

Sonrió de forma traviesa. —Tal vez eres mi familiar, aunque fueras mi hermana te raptaría y me iría contigo.

Aunque fueras mi padre te seduciría. —Él sonrió—. Y tú familia ¿no ha hecho algo malo? . ¿Conoces algún sórdido detalle? —James torció los labios—. Vienes de una prole muy santa, eres demasiado bueno James.

Eso no pensaba Snivellus.

Ella se separó de él, se levantó del sillón rodeando su vientre con ambas manos, caminó por el lugar, parecía estar buscando algo. —James —su voz tembló—, si… si yo hiciera cosas malas ¿dejarías de amarme?

No entendía, no comprendía, pero ella no le miraba a los ojos, huía de él. —Tú no haces cosas malas, Lily.

Ella giró su cabeza, posando su vista en él, lo acarició con la mirada, parecía decepcionada. — ¿Por qué no puedes ver mi maldad? Hablas como si fuera inocente, pero más sucia no me puedo sentir; me haces daño, James.

Tú también. —Ella observó la pared, dándole por completo la espalda—. Me lastimas cada vez que te desprecias, me duele ver tú incapacidad, para aceptar la bondad en ti.

No quiero ésta cosa dentro de mí.

James bajó la mirada se giró hacia el lado contrario a ella. —Lo vas a tener, no puedes deshacerte de él, no matarías a propósito.

Puedo hacerlo, no soporto a los niños, me dan nauseas, me causan asco, tarde o temprano lo mataré; lo ahogare en la bañera, tal vez lo destace y me lo coma.

Mírame. —Ella se volvió hacia James, se plantó con la frente en alto completamente decidida—. Vivirías con el trauma de deshacerte de una parte tuya, algo que fue creado no con la oscuridad de tu linaje, sino con algo más puro que la luz misma.

Fue lujuria, James.

James alzó una ceja, ella dejó de mirarle. — ¿Lo fue? —No tenía que preguntarlo, ambos sabía quién deseaba mentir—. Es nuestro, Lily, de nadie más y nadie lo tocará.

Ella rió. —Un día le mataré.

Él se levantó, caminó hasta ella para ponerle una mano sobre el vientre. —No lo harás —le susurró al oído. A ella le chocaba verse entre él y la pared, nunca podía hacer nada en su contra—. Porque me estarías matando a mí.

Clavó una estaca en su corazón.

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El viento gélido sopló directamente sobre su rostro, la oscuridad lo envolvía, le abrigaba. La luna se ocultaba tras un denso manto de nubles turbulentas, ni las pequeñas estrellas se atrevían a chismear entre nube y nube. Sus ojos viajaron por cada recoveco del bosque nebuloso que se abría delante de él; indomable y seductor, las tinieblas le llamaban, la maldad le reclamaba.

—Deberían aparecer los Gouldoon de cuernos arrugados. —La joven hizo sonar de sus oídos pequeños cascabeles, mientras tarareaba una canción—. Les gusta la música y la sangre, Harry. La música es un símbolo de maldad —prosiguió su compañera con aquella voz ensoñadora, casi efímera que poseía—, el ángel caído, nació con la música, fue música y cayó con ella; ésta se usa en el baile; éste lo es para seducir.

Escuchó en la lejanía un violín reverberando por las paredes de piedra, el sonido de una flauta o un arpa ocasionalmente.

—Si danzas en las noches como esta, en la que la luna creciente debería brillar con gran intensidad, pero las nubles la encubren, es más fácil atraerlos. —La rubia se puso a danzar dando vueltas y vueltas con los brazos extendidos, una canción a medias salía de su garganta.

— ¿No te importa lo siniestro de su naturaleza?

Ella siguió danzando con gracia. —La música, ella estuvo en el nacimiento del hijo de la aurora, sus composiciones también fueron maldecidas, ¿es mala? La danza, usada para despertar las más bajas pasiones ¿tiene algo de malo?

Harry sonrió, Luna era la única capaz de comprenderle o, al menos, si le pudiera decir las cosas le entendería.

— ¿Te puedo confesar algo, Luna?

Ella detuvo su andar, la frente le brillaba con perlado sudor. —No hoy, Harry. Los espíritus del aire errantes pueden difundir tus secretos, nunca los digas secretos con ellos sueltos, otro día.

Al chico le pareció gracioso el comentario. —Algún día saldrá a la luz, la verdad siempre cae por su propio peso.

Luna lo meditó detenidamente, de cualquier forma negó con la cabeza. —Sin la luna de testigo…

—Un día, seré el Señor Potter.

Los ojos azules de la joven se abrieron como platos, resaltando aún más en su faz, la luz del rayo iluminó su rubio cabello, tornándolo blanco, en su rostro una mueca de locura demencial se plasmó y con el sonido del trueno se esfumó el gesto, para el consecuente rayo la joven continuó su danza, indiferente a lo dicho por su compañero. Harry dio media vuelta, volviendo a ser embelesado por la belleza del bosque prohibido, e inconscientemente acompañó a Luna con su tarareo. Recordaba esa canción, su madre la cantaba a menudo en las noches de luna llena, hablaba de una muchacha que asesinaba a su amante ¿Cómo iba? "El amor que siento, me duele tanto y no puedo soportarlo, esta es nuestra maldición, por desafiar a toda regla, ¡oh amor mío! ¿Por qué idolatras a este cuerpo sucio? ¿Por qué adoro a tan abscedada compasión? Nana nita, ninata, nana nita, ninata. Ambos sabemos que esto no existirá más, pero en el más allá, algún día nos habremos de encontrar. Mi cordura se va contigo, mi humanidad también desaparecerá. Nana nita, ninata, nana nita ninata. Aunque sola me he de quedar, es mejor que sacrificar este sentimiento, a tan monstruosa sociedad. Nana nita, ninata, nana nita ninata."

Las manecillas del reloj se movieron, marcando la hora; de inmediato las campanas comenzaron a sonar. Tumb, grave, seco, ensordecedor.

El señor de la casa se paseaba por las mazmorras de la construcción, de vez en cuando alguna tenue luz se aparecía para guiar su camino, podría costearse el mejor sistema de iluminación, pero no necesitaba de aquello, conocía el camino hacia las entrañas de la tierra, él lo había construido casi con sus propias manos, además las paredes entrañaban secretos terribles, de los cuales uno no debía enterarse. El color azul parduzco de la última antorcha se desvaneció, dejándolo en completa oscuridad, sólo sus pasos y el latido de corazón incompleto eran lo único que le acompañaban; su nariz le indicó haber llegado a su destino. Piedra, humedad, almizclada con carne putrefacta y sangre era la bienvenida de aquel santuario oscuro.

Colocó sus manos sobre la pared para empujarla, esta cedió poco a poco, crujiendo estruendosamente; el interior era igual de oscuro o quizás más, una luz mortecina de color morado se encendió al final de la estancia, otra más y otra más formando una extraña figura.

Esculturas demoníacas plagaban el lugar, esqueletos colgaban de varios lados del techo, animales con malformaciones trataban de escapar del granito que les formaba. Un sonido animalesco resonó por el lugar, algo similar al croar de una rana, pero de forma aguda, metálica y como si algo le impidiera abrir bien la boca, casi rozando el desespero de un gemido de angustia. La luz de algunas velas se vio obstruida por la figura de algo amorfo, pero sin duda aterrador.

No comerás el día de hoy, cariño.

Una campana resonó por el lugar, seguida del sonido ensordecedor de un trueno, los cristales del castillo se estremecieron: una tormenta estaba dispuesta a azolar la tierra.

¿Harry? —Dubitativa, su compañera estiró la mano para tocarle por la espalda.

El dio un paso hacia enfrente, evitando el tacto de Hermione; ahora necesitaba de la soldad.

¿Te gustan los cuentos de terror, Hermione?

La chica bufó.

Vamos, Harry, ha sido una semana pesada y no hemos terminado los trabajos del colegio —dijo Ron, tratando de aligerar el momento—, Hermione insiste en decir que el entrenamiento para auror será diez veces peor.

Me han dicho uno interesante, pero no se los puedo decir.

Puedes confiar en nosotros, Harry.

El chico asintió con la cabeza. —Lo sé, tengo cosas pendientes por terminar.

Hermione esta vez sí le alcanzó a tomar por la muñeca. — ¿Es tu padre, Harry?

Harry giró su rostro lentamente hacia su compañera. —Es mi familia, Hermione —Harry jaló su brazo, soltándose de Hermione, caminó sin volver la mirada atrás, ni siquiera contestó a las frases de Ron, quien le invitaba a jugar algo de quidditch o ir a alguna otra parte.

¿Crees que deberíamos hablar con Dumbledore? —La voz profundamente ronca y seria de Ron, descolocó a Hermione por completo. La chica se encogió de hombros, en verdad no tenía la respuesta a esa incógnita, le preocupaban más las acciones de Harry.

Tú sabes…a pesar de la amabilidad del señor Potter, él…él es malo ¿verdad?

Ron observó a la chica con gran intensidad, conocían a Harry, su forma de pensar, de ver la vida, de vivir, sabían dónde estaban sus lealtades o, al menos, así lo querían ver. Un niño creado en la profundidad de las tinieblas, rodeado de rencor, odio, amargura y locura, resultaba ser el que más poseía una fortaleza y rectitud inimaginables, irónico ciertamente; mas aun cuando era "El Elegido". Empero, en soledad de la noche, cuando los sueños se elevaban en forma de plegarias, la sombra de sus apellidos se apoderaba de él, en aquellos detalles que no se tomaban en cuenta aparecía la marca de su linaje.

¿Cómo alguien tan bueno puede dejarse consumir por la maldad?

El reloj repicó una vez más, aquel vejestorio debía contar con más años de lo que se podían recordar, su sonido era ronco, gastado y viejo, tenía un tinte siniestro pues parecía anunciar la llegada de alguien pocos deseable.

Resurrección, la palabra le había caído como una patada en el hígado: imposible. Él conocía las mancias que embotellaban la fama, detenían la muerte y aseguraban la victoria. Sabía que aquello era imposible, ni siquiera la piedra milagrosa de Nicolas Flamel podía con eso, aunque les gustara alardear sobre ello; además cualquier cosa salida de aquellos rituales macabros, sólo desencadenaría en un ser maligno por entero, un ser condenado a alimentarse de la vida (y los vampiros no vienen a cuento), bebedor de sangre, sí, pero también comedor de carne humana o mamíferos de forma cruda, una mente domada por sus instintos animales, sanguinarios y crueles. No, ese ser no era un humano, era un engendro casi demoníaco.

¿Es un chiste, no? —le susurró Lucius.

Snape se encogió de hombros, no quería enterarse para qué Voldemort quería revivir a Lily Evans o si en verdad creía que eso era posible; Voldemort había sobrevivido a la muerte por tener su alma fragmentada, pero Evans no tenía su alma repartida por toda Inglaterra ¿o tal vez sí?

Ella asesinó a mucha gente, así se crean los horcruxes ¿no? —intervino Bella.

Difícil, sumamente difícil. No se sabía de algún Evans que había construido algún horcrux, no era un gran planteamiento para refutar semejante idea, pero Evans no era de esas que deliraba con su propia muerte, sin el alma, era poco lo que se podía hacer para tener un ser pensante y el cuerpo de Evans no les iba a servir de nada.

El Señor Tenebroso me envió, diciéndole a un mendigo, que tenía a La Evans.

Snape entornó sus ojos ¿qué clase de mensaje era ese? —Tonterías.

Lucius negó con la cabeza. —No creo que fuera un juego, no esta vez al menos.

¿A quién le ofreció eso?

Lucius se encogió de hombros. —Era un ser zarrapastroso, salido de los arrabales sin duda alguna, también demente, no le vi el rostro.

Snape bufó, Lucius decía que el Señor Tenebroso le ofrecía algo serio a un mendigo y afirmaba que no era un juego, tremenda incoherencia acababa de decir la cabeza de los Malfoy.

He escuchado decir, que es un errante —dijo Bellatrix—, alguien de las épocas antiguas, un ser milenario.

Aquí iban de nuevo con sus cuentos idiotas, nadie vivía por milenios, tal vez los vampiros pero ellos no contaban, eran de una raza diferente.

Él sabe, la historia de los Evans.

Todas las civilizaciones pasan por momentos cruentos, incluso la siempre hermética, intachable y puntual sociedad inglesa tiene su época oscura. En aquellos tiempos en donde la violencia, el poder de la fuerza bruta y la crueldad gobernaban esta tierra, donde el honor del hombre se defendía con la fuerza de su espalda, se dio una guerra entre los magos, inclusive los muggles le tienen registrada. Esta era, fue la del apogeo de la magia, los magos convivían con la naturaleza, los muggles se entregan a los ritos antiguos, el poder de la mente iba más allá de lo que se podía ver o tocar, la creencia fiel a lo mágico dotaba de poder a todos lo que pisaban esta fantástica tierra. Era fácil salir y encontrarte con un ser de otra dimensión, pero demasiado poder vuelve locos a los humanos, magos o muggles por igual.

Un hombre demente, sediento de poder y sangre por igual, creó un imperio de terror a su alrededor, azotando cada tierra que pisaba, invocando a los espíritus malignos, dándole poder a los más viles y sanguinarios dioses antiguos, vendía su alma mortal a cambio de eternidad. Creyéndose más astuto que todas las fuerzas mágicas, les robó el secreto de la inmortalidad, se armó de un ejército para luego exterminar a todas las fuerzas oscuras superiores, trajo la plaga a los lugares en donde se posaba, pues la muerte era su fiel compañera. Pero aquel que quiere el poder absoluto siempre se topará con gente de peor calaña, así pues las fuerzas del mal se unieron en su contra, pero lo negro no puede vencer a lo negro, así pues sólo lograron controlarlo, negándole a volver a pisar esta tierra, aunque jamás iba a poder tener el descanso eterno, algo que no está vivo, pero tampoco muerto. Para que su casta no continuara con su terror, el dios más antiguo de todos ellos le injurió:

Malditos, un linaje sucio y pueril hasta el último de su casta, marcados por el tamaño de la avaricia de su patriarca, todo aquel que nazca de esa sangre, será condenado por la eterna negrura y tormento, nadie escapa a la mano de la maldición dada por el temible antiguo oscuro.

Así pues, yo estoy maldito ¿no? —bufó el joven, mientras se volvía a colocar los lentes y se acomodó la capa negra, Lady Von Becker sonrió.

Dicen, no lo sé, que el linaje original ya no existe, pero las ramas bastardas…esas son otro cuento.

Harry se sirvió una copa de vino tinto, no podía dejar de sentir curiosidad por la historia, pero era una patraña sin duda alguna. Lady Von Becker le rodeó con sus brazos, su piel era muy suave, el tacto era agradable, la joven pegó sus labios a su oído.

Ninguno de ese clan obtiene el descanso eterno, todos vagan eternamente, no entrando el cielo o en el infierno, esa energía no fluye, se estanca y apesta, por eso es poderosa, porque es vieja y antigua, demasiado tiempo cosechando únicamente energía que no puede ser liberada. El alma de tu madre debe estar atrapada en algún sitio.

Claro, claro —murmuró Harry, tratando de quitarse a la joven de encima, pero esta le envolvía con su cuerpo y esencia.

¿Has visto su tumba, Harry? —El chico tuvo ganas de romperle la botella de vino en la cabeza ¿Qué clase de pregunta era esa? Por supuesto—. Te has preguntado alguna vez, ¿realmente mi madre está adentro? Los rumores dicen que es una caja vacía, ni siquiera hay piedras adentro, cuestiona a tu padre, pídele que abra frente a tus ojos el sarcófago.

Eso es sacrilegio —bramó Harry. Sería una ofensa pedir semejante cosa.

¿Porqué? Si no hay nada adentro.

La hora de terror, del pánico y las pesadillas, alguien se la arrebataba de los brazos, escuchaba sus súplicas a lo lejos, a veces veía su cabellera roja entre la maleza, pero nunca podía verla completamente, menos aún tocarla.

Insano; no le importaba esta vida llena de soledad, locura, etiquetas inservibles, sólo quería tocarla.

La noche le acompañaba, la luna le iluminaba el paso entre los muertos, las estrellas le confundían.

Matar, matar, matar, era una acción mecanizada, nada dolía, nada se rompía en el interior porque ya estaba demasiado roto, el cristal se había descompuesto, la visión estaba nublada, teñida de rojo, descolorada por la sociedad, vuela, vuela pequeña paloma, antes de que te tomen como sacrificio.

Se alimentaría de la carroña, bebería la tierra injuriada, respiraría el sudor de los inocentes, quemaría sus principios, escupiría sobre sus amigos. No importaba, no interesaba.

Perversión, abominación, sería el todo, sería la nada, sería lo que fuera para obtener sus deseos, ya basta de altruismo, ya basta de bondad, arrasaría con todo, ya no quería seguir escuchando sus llantos.

Podía despedazar su alma si con esos conseguirá calmar la tortura, dolía enormemente, pudo haber escapado, quizás debió huir, tuvo la oportunidad, pero no se arrepentía de amar, sólo se lamentaba de no tener la fuerza para zanjar aquella alucinación.

Cae, se revuelca en el fango, convive con seres mitad humanos, mitad bestias ¿y qué? Es un ser despreciable, ya nada le queda para perder, no hay nada que pueda hacer, salvo intentar ganar.

La vuelve a escuchar, siempre gime, llora o se lamenta, él quiere verla, quiere tocarla, quiero decirle cuanto le ama, pero se lo impiden, no le dejan consolarla y vuelve a correr. Las llamas del infierno no son tan profundas como las del destino, con la cordura dilapidada, con el corazón seco, con el alma manchada, con lo que fuere, pero desea romper estas cadenas, esa cadencia con tendencia a la demencia.

Y se miran, y se gritan, y se llaman.

—¡JAMES!

Continúa su camino hacia ella, corriendo, desgarrando la piel, olvidando el alma, ignorando que las dimensiones no colindan.

—¡Lily!

La mansión vuelve a caer y estallar en llamas.

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Las Confesiones de Kirsche:

U.U Me tardé muchísimo, ciertamente no era la intención, pero pasaron muchas cosas, espero que haya valido la espera.

Necesito dos valientes que hayan leído Feeling the Darkness, que tengan tiempo y ganas de trabajar conmigo. ¿Qué es lo necesario para ser aceptado? Impecable ortografía, puntuación, gramática y sintaxis, con la capacidad de decir donde falla la cohesión y el sentido de las frase (Betas de mis fics no cuentan) errmp, también necesito una forma de comprobar esto. Basta con poder leer algo de ustedes (no importa si tiene muchos o pocos reviews).

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Reviews:

Reply: BlancEspirit, Undomiel de Vil, Dark Guy, Konii, Emeraude.Lefey, Nadeshiko04, Kaito Seishiro, Quetzal29, Lettice-Evans-Potter, DecoBlack FM, kaori Potter, Piper Lupin, Wynn.91, Kitsune.

E-mail: Tomoe y Prongs (ya está aquí querido :D).

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Kirsche Himitsu Fyrof.

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M.O.S.

M.O.M

M.O.J

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:D Reviews!!