Eugenio, el Genio.
Kiddo.
Kiddo estaba tranquilamente sentado frente a una mesa dentro de la biblioteca pública. Columpiaba sus pies despreocupadamente y tarareaba una canción que acababa de escuchar por la radio; una de un cantante italiano.
Bostezó y miró a su alrededor en busca del buen doctor.
Hacia rato que el viejo había ido a preguntarle a la bibliotecaria si tenían cierto libro sobre un tema que Kiddo no entendía. ¡Pero sin duda alguna el doctor podría explicárselo! ¡El doctor Riddles lo sabía todo!
Kiddo bostezó una vez más antes de que se escuchara un estampido y un objeto pesado y duro lo golpeara de lleno en la cabeza, haciéndolo caer al suelo, inconciente, con la botella a su lado.
Tiempo después...
El pequeño Kiddo abrió sus ojitos y se sentó en el suelo. Descubrió la botella al instante y la tomó para examinarla.
Era muy bonita, con muchos colores y cubierta de polvo. ¡El doctor Riddles la encontraría interesante, sin duda! Pero antes de enseñársela al buen doctor había que limpiarla.
Así que Kiddo frotó el vidrio con su delgado bracito y Eugenio hizo su aparición.
El mamodo marioneta abrió la boca, cada vez más asombrado a medida que el genio entonaba su consabido discurso.
¡Un genio! ¡Un verdadero genio!
Y no era del tipo de genio al que pertenecía el doctor Riddles; el doctor era un genio intelectual, éste era un genio concede deseos.
¡E iba a concederle un deseo!
El pequeño se sentó muy erguido y se rascó el mentón.
¿Qué podía pedir?
¿Ser el rey del Mundo Mamodo?
No. Eso no estaba permitido.
¿Qué podía pedir?
¿Quizá una tonelada de arroz frito?
No. Eso era bueno, pero no lo suficiente si solamente se tiene un deseo.
¿Qué podía pedir?
¡Vamos, Kiddo! ¡Esfuérzate!
Kiddo se golpeaba la cabeza, inquieto y nervioso por su indecisión.
¡No sabía que pedir! ¡Cómo deseaba que el doctor Riddles estuviera allí! ¡Él lo ayudaría a escoger un buen deseo!
El mamodo no se dio cuenta de que había dicho esto en voz alta, hasta que el genio movió las manos, hizo un gesto con la cabeza y le dijo que su deseo ya había sido concedido.
Eugenio se esfumó y el doctor apareció.
Riddles miró a su alrededor asombrado, con un libro de aspecto viejo en sus manos. Kiddo gritó y brincó alegremente, explicándole lo que acababa de pasar; cuando llegó a la parte en la que el doctor había salido de la nada, se detuvo... y se dio cuenta de que ya había pedido su deseo.
El pequeño mamodo cayó de rodillas y se echó a llorar. El doctor Riddles dejó el libro que sostenía sobre la mesa y se apresuró a consolar a su amiguito. Kiddo no podía dejar de lamentarse; ¡había desperdiciado su deseo! El doctor habría regresado tarde o temprano por si mismo. ¡Qué desastre!
El anciano palmeó la espalda de su amiguito, diciéndole palabras reconfortantes.
Pero simplemente no pudo evitar preguntarlo:
-Dime, Kiddo: ¿por qué no deseaste tener más deseos?
