"Saigo: El Momento de la Muerte"
By Val
Capítulo II: "Entre los arbustos y en la cama"
InuYasha cerró con llave la puerta tras de sí. Prendió la radio a todo volumen y se tiró en la cama, recordando cuando Kagome y él planearon todo para hacer el amor por primera vez.
InuYasha no era virgen a los 15 años, había estado un par de veces con Kikyo y una sola vez, borracho después de pasarse brutalmente de copas en una fiesta, con Rin Hajiketeru, la novia de su hermano cuatro años mayor que él, Sesshoumaru. Rin estaba peleada con Sesshoumaru y ya casi ni se hablaban salvo por uno o dos encuentros casuales. InuYasha estaba tan maltrecho por el alcohol, y Rin tan deseosa de vengarse, que ninguno lo pensó dos veces y lo hicieron, para colmo, en la cama de Sesshoumaru mientras éste se encontraba de viaje. A la mañana siguiente, ambos despertaron muy confundidos y horrorizados al descubrir lo que habían hecho -Rin también, porque ella estaba casi tan borracha con InuYasha- y decidieron callar para siempre, aunque InuYasha siempre sospechó que Sesshoumaru lo sabía, por como lo trataba cuando Rin estaba cerca, y por la poca confianza que le tenía a ella.
Kagome, por su parte, había recibido varias proposiciones de Kouga, de un compañero de nombre Hojo, que más que acostarse con ella quería casarse, y de Miroku inclusive, claro eso antes de que conociera a Sango, la mejor amiga de Kagome, que lo había deslumbrado desde el primer día. Por supuesto tuvieron un pequeño conflicto de intereses porque el corazón de Sango y las manos de Miroku querían cosas muy diferentes. Sango se había mudado a otra ciudad después de la muerte de Kagome, pero ella y Miroku seguían saliendo y se iban a mudar juntos apenas terminaran la secundaria.
--FLASHBACK--
InuYasha sabía que era mejor que Kagome fuera a su casa, para así tener más intimidad, pero a la Sra. Higurashi, la madre de Kagome, la idea no le gustó para nada. Le dijo a su hija que por supuesto confiaba en ella, y luego a regañadientes admitió que también confiaba en InuYasha, pero al final por algún pequeño tecnicismo no la dejó ir. InuYasha veía sus planes estropeados, y se estaba resignando a estar con Kagome en su imaginación, cuando ella le reveló su perfectamente elaborado plan. InuYasha pensó que para tomarse esa molestia la chica debía estar loca por él (por supuesto estaba en lo cierto, Kagome le amaba con locura).
– Bien, esto es lo que haremos: tú te quedas conmigo aquí hasta las 10pm, claro que aquí no podemos hacer mucho, pero sí estar juntos te extrañé mucho los últimos días, creo que no pasamos suficiente tiempo juntos. En fin, luego tú te vas, muy cansado y quedamos delante de mamá en vernos mañana muy temprano para desayunar con tu madre, así no sospecha. Una hora después yo finjo estar muy cansada y me voy a dormir, cierro la puerta de mi habitación con llave y salgo por la ventana – concluyó sonriente ante su magnífica idea.
– Ehm, todo muy bien, pero... ¿Cómo entras a mi casa? ¿Y si te lastimas bajando por la ventana? No podrías volver a entrar por afuera porque estaría cerrado, además, ¿Qué tiene que ver lo del desayuno con mi madre? Y ¿Cómo harás para regresar a tu casa sin que te descubran? – cuestionó indeciso.
Kagome suspiró y le respondió como si le hablara a un recién nacido - ¡Dios, eres duro! A ver, lo de mi casa va a funcionar, de eso no te preocupes, y no sería la primera vez que salgo por la ventana, ¿Sabes? Lo he hecho antes. – InuYasha levantó una ceja, bastante ofuscado - ¡Eso no, qué mente pervertida tienes! Miroku es una criatura inocente a tu lado – masculló – En fin, no es ese el punto, es que si quedo con desayunar en casa de tu madre muy temprano, no sospechará si a la mañana no estoy en mi habitación, y no me molesta desayunar de verdad con tu madre si eso es lo que piensas.
– Está bien, eres una mente brillante, ahora ¿Dónde está mi beso?.
– No te aproveches que recibirás más que eso hoy.
– Como quieras – dijo, y se levantó para irse, pero Kagome tiró con fuerza de la manga de su camisa y él cayó de vuelta en la cama, prácticamente sobre ella.
InuYasha se incorporó a medias y la tomó de la cintura. Y entonces descubrió que no podía soltarla. Su aliento era una nube tibia, su piel olía a perfume; y allí nadie los podría ver, nadie lo sabría. Le acarició la mejilla y la volvió con rudeza, ya que ella había apartado la cara, y halló los labios, fríos, resistentes. Por un momento, ella se relajó contra él, después se tensó y apartó la cabeza. InuYasha dejó caer los brazos, sintiéndose un tonto.
– Dejémoslo para esta noche ¿Quieres? – le dijo, finalmente mirándolo a la cara.
– Está bien, pero ya me tengo que ir. Adiós.
– Adiós.
--END FLASHBACK--
InuYasha se secó las lágrimas que habían comenzado a salir prácticamente solas, y se durmió enseguida. Lamentablemente, siguió soñando con ese día, cuando Kagome llegó agitada y le contó todo lo que había hecho para que no les descubrieran.
Kagome dejó todo listo en su alcoba y bajó a ver televisión. Eran las 10:15pm.
– Mamá – dijo entre bostezos unos minutos después – te.. YAWN! Tego sueo, e oi a omir.
– ¿¡Que? Hija, no estás consumiendo drogas, ¿Verdad? – le dijo preocupada.
– ¡Mamá! ¿Cómo puedes pensar eso? – Gritó, temporalmente despabilada – Claro que no, pero es que tengo sueño y me voy a dormir.
La Sra. Higurashi se quedó pensativa unos momentos después de que su hija se fuera a acostar. "Ya es una adolescente... ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que era ayer cuando dio su primer paso, y ahora ya sabe correr y sólo corre cuando hace algo malo, escapándose de mí". Sacudió la cabeza y decidió hablar con ella por la mañana, porque le parecía justo que, mientras no hicieran nada reprochable con InuYasha y hubiera supervisión adulta en la casa, Kagome podría ir y venir dejándola tranquila. Suspiró y pensó "¡Todo era tan fácil cuando eran tan sólo amigos!".
Kagome trató de ser lo más convincente posible, y se encerró rápidamente en su cuarto. Apagó todas las luces y abrió la ventana. Una suave brisa golpeó su cara, y aspiró profundo, sintiendo como el aire recorría todo su ser. No estaba segura de lo que iba a hacer, porque podía resultar desagradable y doloroso, si bien estaba segura de que InuYasha era el indicado, y que sería lo más delicado posible, ya que bajo ningún concepto querría lastimarla.
Para cuando se hicieron las 11pm, ya no le quedaba ninguna duda: ése era el momento indicado.
Guardó una muda de ropa en un pequeño bolso, y se asomó por la ventana. Bajar de un salto sería imposible, pero... Tal vez hubiera otra forma. Se puso el bolso en la espalda, dio una última mirada a su alcoba chequeando que no hubiera nada fuera de lugar y lo repasó mentalmente: cama deshecha, listo; luces apagadas, listo; despertador en el piso, listo; ropa desparramada sobre el escritorio, listo; todo estaba en su lugar. Sonrió, feliz, y con mucho cuidado se trepó al árbol que estaba casi al lado de su ventana. Bajó fácilmente, y corrió a casa de InuYasha haciendo el menor ruido posible.
Cuando llegó, a las 12:30pm aproximadamente, casi todas las luces de la casa estaban apagadas. Lamentablemente, también las del cuarto de InuYasha, que pensó que ella Kagome se había arrepentido y se resignó a pasar la noche solo. Las únicas luces que distinguió eran las del cuarto de Sesshoumaru, y ¡Sólo Dios sabe lo que estaba haciendo! En todo caso, a ella no le interesaba averiguarlo.
Desesperada y sin saber que hacer, recurrió a la táctica que tantas veces había visto por T.V. y que nunca creyó que usaría; le arrojó un manojo de piedras a la ventana de InuYasha, y se escondió detrás de unos arbustos, por si alguien más la había visto.
InuYasha abrió los ojos ni bien escuchó ruidos entre los arbustos, y esperó a ver si sucedía algo más. Cuando las piedras golpearon su ventana, estaba más que seguro de que se trataba de Kagome. Corrió hacia la ventana, pero en su arrebato se llevó por delante básicamente TODOS los muebles de su cuarto... Y entonces se le ocurrió encender la luz.
Kagome estaba aterrorizada ante la idea de que el padre o la madre de InuYasha despertaran y llamaran a su madre si la encontraban ahí. Rezó para que el estúpido de InuYasha se asomara. Al parecer, sus plegarias fueron escuchadas, porque se encendió una luz en la mansión.
Ella reprimió un grito cuando vio que Sesshoumaru, que había acostado varios minutos antes, se asomó malhumorado y con cara de dormido. En otro momento, se habría reído de él, pero así como estaban las cosas, guardar silencio era su mejor opción.
Sesshoumaru, irritado con el bromista que lo había despertado, ni siquiera se percató que algo se movía entre los arbustos. Masculló un par de amenazas en voz alta, y volvió a recostarse al lado de Rin, que no se había despertado. Kagome aguantó la respiración, hasta que todo se calmó otra vez. Si InuYasha no aparecía YA mismo, se encargaría de que lo pagara MUY caro en un futuro próximo... MUY próximo.
Él se asomó a la ventana y la llamó suavemente. De repente, se escuchó un grito desgarrador y Kagome salió corriendo de entre los arbusto. InuYasha no podía creerlo: todo el plan para nada... ¡Esa mujer estaba LOCA!
Kagome salió gritando, y cuando se acordó que no debía hacer ruido se apaleó mentalmente. Igual, no podía culparse, porque mientras estaba escondida, miró hacia abajo y vio un gusano trepando por se zapato. Casi no se repone del shock, estaba trastornada. Y entonces fue cuando gritó.
Sesshoumaru iba a matar a esa lunática, hasta que reconoció el grito: era Kagome, la novia de InuYasha. Él la conocía desde que era una bebé, ya que ella pasaba más tiempo en esa casa con InuYasha que en la suya propia. Se imaginó enseguida qué era lo que estaba haciendo allí, y sonrío, orgulloso de que finalmente su hermanito pudiera hacerlo con una mujer bonita, pero su semblante se oscureció cuando se volvió para mirar a Rin, ya que sospechaba que algo había pasado entre ella y su hermano. "Sea lo que fuere, ya los perdonaste... Además, ella te ama" se recordó mentalmente antes de acostarse nuevamente.
Kagome respiraba agitada, pero al menos había logrado que InuYasha se asomara. Se acercó a su ventana y comprobó, resignada, que tendría que treparse a otro árbol para entrar. Dicho y hecho, Kagome ya se encontraba dentro de la habitación, y caminaba con el puño levantado hacia un aterrorizado InuYasha, recriminándole en susurros todo lo que había tenido que soportar sólo porque él no se había dignado a esperarla despierto cómo habían previamente acordado.
La mirada de InuYasha era de pánico, porque se había quedado sin salidas para escapar de la ira de Kagome, ya que si salía de su habitación, tendría que explicar la presencia de la muchacha allí, y si intentaba salir por la ventana, ella le cortaría el paso. Decidió entonces poner cara de perro apaleado y mirarla suplicante para salvarse de la paliza. ¡Cómo la conocía! pensó, ya que su bien urdido plan funcionó.
Ella se derritió con su mirada, levantó la cabeza y lo besó, su boca exigiendo más que delicadeza, porque el miedo todavía la recorría de la cabeza a los pies. InuYasha respondió, explorándole la boca con su lengua, saboreando su femineidad. Resultaba evidente que ese lento preludio al acto del amor era inusitado para ella.
Buscaron refugio en la cama, bajo las pesadas sábanas blancas, y trabajaron febrilmente por desvestirse mutuamente. Kagome podía entender a duras penas su ansia: el sexo era desagradable; algo que se debía tolerar para complacer al hombre. Sus charlas con algunas amigas sobre la primera vez le habían enseñado eso, y ella estaba dispuesta a complacer a InuYasha de esa manera, porque podía sentir la necesidad de él. Era su propia reacción la que no entendía; todas esas sensaciones eran tan nuevas...
InuYasha la tendió con ternura, recorriendo minuciosamente con los ojos la miel pálida, suave, de la piel de la muchacha y cada línea de su largo cuerpo: estaba demasiado delgada, pero para él era más bella que ninguna otra mujer, con los labios carnosos y rosados por los besos que él le había dado.
Se inclinó sobre ella y la empezó a adorar con la boca y las manos, tocándola por doquier, conociendo su cuerpo como si fuera el último secreto que habría de necesitar jamás.
Kagome estaba pasmada por la acometida de sensaciones, fuego y hielo por todo su ser, provenientes de las manos que le contorneaban los pechos y la acariciaban descendiendo hasta su vientre, dándole levísimos toques en la cara interna de los muslos y entre las piernas; provenientes de la boca que le besaba y lamía la carne en el punto en que la mandíbula se unía a la oreja, en el hueco de la garganta y en todos los sitios en los que ya habían estado las manos. Ella lo tocó en todos los sitios a los que pudo llegar, su pasión aumentada por la percepción de sus diferentes texturas.
¡Cuán hermoso era él para mirarlo, para tocarlo, para amarlo! Pero cuando InuYasha la quiso penetrar, ella se puso tensa durante unos momentos.
– Tranquila, dulzura, tranquila. Déjame darte placer, darte amor – susurró, y sintió que Kagome se abría a su reclamo.
Músculos aterciopelados lo rodearon y acariciaron cuando penetró en ella, y gimió por el esfuerzo de adecuar su pasión a las necesidades de la muchacha. Kagome no reconoció los gritos como propios. Ya no sentía en absoluto que su cuerpo le pertenecía: se había vuelto mágico, a la vez profundo como la tierra y liviano como los cielos. Tempranos aleteos de sensación se transmutaron en interminables oleadas de calor y de músculos y nervios palpitantes, hasta que sintió como si se estuviera elevando muy alto y tuviera que llegar a destino o, si no, perecer.
Halló ese destino en el corazón de su propio universo, espirales de vuelo indicaban el camino de regreso al centro, de modo que lanzó un grito al sentir la exquisita liberación y se dejó hundir en un mar cálido, suave, sintiendo que el vuelo del propio InuYasha terminaba en la convulsiva liberación de su simiente.
No hizo movimiento alguno para protegerse del frío, que se colaba dentro de la habitación por entre las hendijas de la ventana. Fue él el que la impulsó a taparse: – Vamos, no quiero que te resfríes.
Lo contempló embelesada y dijo: – ¿Puede ser siempre así?
InuYasha lanzó una risita y le besó la punta de la nariz, respondiendo: – Siempre, si las dos partes están dispuestas y se toman algo de tiempo y cuidado.
– Te amo – dijo él, y se contentó con un último beso antes de quedarse dormido a su lado, envolviéndola en un abrazo protector.
InuYasha despertó sobresaltado y empapado en sudor... Otra vez ese sueño. A pesar de que no fue la única vez que hicieron el amor, ésa era la que más a menudo recordaba. Se frotó los ojos con brusquedad y lloró amargamente durante unos minutos. Odiaba llorar, sentía que no era propio de él, lo veía como un signo de debilidad, pero cuando lloraba por Kagome, cada lágrima era como una gota de sangre. Esa alegre joven no era perfecta, tenía sus buenos y malos días, y su expresión no siempre irradiaba felicidad, pero para él, ella era la única que lo conocía tan bien, y que lo amaba tanto. Su unión era lo más razonable, ya que, siendo responsables, no habría ulteriores complicaciones con sus respectivos padres.
Kagome había dormido poco esa noche, y se decidió a levantarse a las 6am, despertándolo a él y, probablemente, al resto de las personas en la casa, aunque ninguna dijera nada y se comportaran discretamente. Cuando él la llevó de regreso a su casa, su madre los estaba esperando, y le dijo que había llamado a su casa y que su madre le había dicho que Kagome estaba desayunando con ellos, y que no tardaría en volver. Por suerte, no había mencionado nada más, y los músculos de la cara de InuYasha se relajaron, y soltó una agradable carcajada.
Nunca se había sentido tan feliz, ni con Kikyo ni con... Bueno, no recordaba mucho de Rin, pero sabía que jamás se había sentido tan en paz, tan completo.
Ahora, esa muchacha no estaba y él tenía que sufrir cada día más por su ausencia. ¿Hasta cuando duraría su pesar, no lo sabía, pero un fuerte sentimiento en su interior le decía que pronto las cosas cambiarían... Y estaba dispuesto a escucharlo.
Ella era lo mejor que le había pasado, y no había podido impedir que se la arrebataran, pero habíra cualquier cosa por traerla de vuelta... Sin importar cuánto pudiera costarle.
