Saigo: "El Momento de la Muerte"
By Valen
Capítulo III: "En la feria"
Semanas habían pasado desde que revivió su primer encuentro sexual con Kagome otra vez, pero seguía sufriendo mucho. Miroku trató de consolarlo, pero no salió muy bien parado. Es que simplemente no podía hacerlo si InuYasha no se lo permitía. Además, él se imaginaba cómo se sentiría si perdiera a Sango tan de repente como su amigo perdió a Kagome, pero no era lo mismo, porque Sango estaba allí, a su lado, y no se alejaría de él por nada en el mundo.
InuYasha se había vuelto más inaccesible que nunca. No asistía a clases, y cuando lo hacía, sólo ante la insistencia de Miroku, iba borracho e insultaba a los profesores que lo reprendían por su conducta. Estaba hecho un desastre y no quería admitir que necesitaba ayuda. Ese día estaba realmente mal. Cuando sonó el timbre de la escuela, InuYasha vomitaba en la entrada de la escuela. Miroku, que no se encontraba allí para ayudarlo, llegó demasiado tarde. Hojo caminaba hacia InuYasha, probablemente con la intención de hablarle de Kagome, y aunque Miroku había intentado mantenerlos alejados, esta vez el pobre chico sufriría la ira, ya de por sí mal contenida sin mencionar el alcohol, de su amigo.
InuYasha lo vio venir, y sin darle tiempo de hablar, le pegó con toda la fuerza de su brazo derecho en la cara y Hojo salió despedido unos metros para atrás y se golpeó fuertemente la cabeza contra el asfalto al caer de espaldas en el suelo.
– No te atrevas a decir su nombre, basura. Ni te me acerques... Si te dejé vivir hasta ahora, fue sólo porque ella lo habría querido así, pero ahora cuídate, porque realmente NO quieres hacerme enojar – le ladró al joven apenas consciente, y se marchó hecho una furia.
¿Cómo se atrevía a hablarle? Y encima de ella. Inconcebible, ese chico era suicida. Caminó hasta el aparcadero y cuando subió a su auto sintió que perdía el equilibrio y lo invadió otro recuerdo.
--FLASHBACK--
El primer día que Kagome, InuYasha, Miroku y Sango salieron todos juntos en una cita doble, InuYasha sugirió ir a una feria que recién había sido inaugurada unos días atrás. Kagome y él fueron en su auto y Miroku llevó a Sango en el de él. Ambas parejas eran puro abrazos y besos, porque si bien ellos habían dado el siguiente paso, Sango aún tenía sus dudas.
Se subieron a todos los juegos, InuYasha inclusive ganó un peluche para Kagome, y Miroku... Bueno, él fue un caso especial esa noche, porque había estado muy cariñoso con Sango durante toda la noche, pero sin propasarse, y la chica estaba reconsiderando su decisión respecto a tener sexo con él, cuando encontró varios preservativos en un bolsillo de su chaqueta, que él caballerosamente le ofreció para que no tuviera frío. Luego de la golpiza que le dio, ni Kagome ni InuYasha creían que pudiera caminar otra vez y estaban discutiendo sobre qué modelo de silla de ruedas regalarle para su cumpleaños cuando apareció, dolorido pero sonriente, porque ya había sido perdonado y Sango y él se iban para su casa, aunque bajo severas advertencias -mejor dicho amenazas- que la chica cumpliría sin tapujos. InuYasha y Kagome se miraron, perplejos: nunca comprenderían a esos dos, es decir, se amaban como locos, pero no podían aguantar sin pelearse ni dos segundos.
Él estudió el rostro de su novia durante unos segundos. Ella era muy simpática y extrovertida, pero sobretodo era capaz de escuchar a quién tuviera un problema: sus consejos eran siempre valiosos... "Debería hablar con Miroku"pensó InuYasha.
Como la feria estaba en el medio del bosque, ya estaba muy oscuro, y el ambiente se tornó más serio cuando un incómodo silencio se apoderó de los dos jóvenes apenas sus amigos se fueron.
– Deberíamos irnos, se está haciendo tarde – dijo InuYasha, levantándose y ofreciéndole el brazo a su novia.
– Si, deberíamos... – respondió pensativa, mientras tomaba su brazo y caminaban juntos hacia el auto.
Cuando llegaron al auto, subieron y bajaron el techo. InuYasha conducía velozmente, aunque no tenía ningún apuro en llegar.
– Inu, detente. – dijo ella de repente, señalando hacia el bosque – Vayamos allí.
Él, bastante sorprendido aunque sabía que el carácter de Kagome era variable, si bien podía adaptarse a las diferentes situaciones, no reaccionó hasta que ella acercó las manos al volante. Entonces, como por arte de magia, recuperó el sentido.
Apenas detuvo el auto Kagome le sonrió y se bajó corriendo y riendo a carcajadas. Él, adivinando su intención, la siguió llevando consigo algunas mantas que tenía en el baúl del auto. Ella lanzó una risita ante la incongruencia doméstica de que hicieran la cama en el bosque: – Adán y Eva pudieron haber hecho uso de tu previsión.
– Adán y Eva vivían en un ambiente mucho más cálido – replicó InuYasha y, acercándola hacia él, le besó el cuello al tiempo que operaba con los botones del vestido. InuYasha se rehusaba a permitir que las condiciones meteorológicas los redujeran a un furtivo manoseo a través de semidesabrochadas capas de ropa: él quería verla, quería que ella lo viera.
Esta vez Kagome tocó con más determinación que en su primer encuentro, quedando fascinada al sentir que, sobre su pecho, los pezones de él se ponían tan duros como los de ella; quedó cautivada por la rápida y favorable reacción del cuerpo de él hasta que gimió, tanto de placer como por advertencia, cuando las manos de ella se cerraron sobre su virilidad. A Kagome le produjo profundo deleite saber que él era tan vulnerable a sus caricias como ella a las de él. Y, entonces, él asumió el control, excitándola con la boca y con las manos hasta que ella pidió en un gritó que la poseyese.
Los fuertes brazos la levantaron con facilidad y la pusieron a horcajadas sobre el cuerpo, y los ojos de Kagome emitieron un destello dorado de sorpresa, cuando la hizo descender a lo largo del pene; un prolongado ronroneo de placer le recorrió suavemente la garganta, mientras experimentaba un nuevo poder y libertad de movimiento. Él observaba el deleite y la pasión que se le reflejaban en el rostro mientras se movía sobre él, inclinándose hacia delante para besarlo, hasta que la muchacha cerró los ojos y tendió la cabeza hacia atrás, dejando al desnudo la larga línea de su cuello. InuYasha se colocó entonces sobre ella, recuperando el dominio y llevándola a la consumación antes de permitirse a sí mismo alcanzar la liberación.
Quedaron acostados en silencio, tapados y abrigados, mirándose a los ojos. InuYasha habló primero: – ¿De dónde salió eso? – preguntó, exhausto.
– No sé, pero me alegro de que haya salido ¿Tú no? – respondió, también cansada y sorprendida: nunca se habría creído capaz de eso.
InuYasha, feliz de la vida, se apresuró a responder: – Por supuesto, y ojalá se repita.
– ¿Ahora? – no podía creerlo¿No le había bastado? Ella estaba cansada, y tenía sueño, además, no podían dormir allí. Decidió que la honestidad era el mejor camino y le dijo dulce, pero inflexiblemente: – Ahora, ni lo sueñes. Yo. Estar. Cansada. Muy. Cansada. ¿Tú. Comprender?
InuYasha lanzó una carcajada y le acarició la mejilla. Esa joven era un tesoro. SU tesoro, y no permitiría nunca que algo malo le pasara, se juró a sí mismo. La besó con ternura, y descansaron allí un rato más. Luego, muy lentamente y de mala gana, se vistieron y volvieron al auto. Kagome llegó a casa a las cinco de la madrugada, y la madre, que había querido esperarla despierta probablemente para regañarla, dormía hacia dos horas en el sofá. Su hija la arropó y se fue a acostar, seguida por InuYasha. Ambos se acostaron en la cama de Kagome, comprobando que era bastante más cómoda que las mantas en el bosque, y se quedaron dormidos enseguida.
A la mañana siguiente, InuYasha miró el calendario y maldijo: se acercaba el cumpleaños de Kagome y él todavía no le había planeado una fiesta. Debía apurarse si quería que la sorpresa fuera realmente genial.
--END FLASHBACK--
Recuperó el control de sí mismo, y se subió a su auto a dar una vuelta. Condujo hasta el cansancio, se recorrió toda la ciudad en busca de un lugar tranquilo para meditar, y se descubrió aparcando el auto enfrente del antiguo templo Higurashi. Hacía meses que no pasaba por allí, y cuando lo vio, todo su espíritu se desmorono, todo lo que había trabajado para no rendirse y sucumbir al sufrimiento había saltado por la borda, y en medio de esa apabullante soledad se encontraba él, perdido y asustado, buscando refugio en vano. No había corazón que aguantase tanto dolor, ni motivo por el que Kagome se hubiera ido. En medio de la oscuridad, una luz aún más brillante se encendió en su interior, que aún sin iluminarlo, lo llenaba de una calidez sólo sentida con Kagome.
