"Saigo: El Momento de la Muerte"
By Val
Capítulo IV: "Visitas Inesperadas"
InuYasha se alejo de allí lo más rápido que pudo, el solo hecho de haber estado en el templo lo descolocó, le sacudió el piso. No se esperaba esa reaccion, creía estar listo y haber aceptado la muerte de Kagome, pero evidentemente no era asi. Tal vez debería probar con terapia, como le aconsejo Sango, pero no estaba seguro aun. Es que esa niña habia significado todo para el y ni que se llevaran tan bien, pero solo que estuvieran juntos los ponía de buen humor, y un poco de persuasión femenina ayudaba a olvidar las peleas, asi que, por lo general, eran una buena pareja.
Después de extensiva y exhaustiva deliberación, decidió que la mejor solución para afrontarlo sería aceptar los hechos y tal vez algún día superarlo para seguir avanzando era ir directo a la fuente. Asi es. Iría a visitar a la familia Higurashi… Es mas, iría ese mismo fin de semana.
Los días restantes hasta el viernes pasaron velozmente, demasiado, para su gusto, pero haciendo un esfuerzo logro no cambiar de opinión, y el jueves no pego un ojo en toda la noche, pero aun asi estaba resuelto a ir.
Cuando los llamo, ellos no se mostraron antipáticos o mal predispuestos, sino que lo trataron con mucha amabilidad y comprensión, y le dijeron que tranquilamente lo hospedarían por un fin de semana, si sus padres se lo permitían. Por supuesto que los padres de InuYasha no objetaron nada, aunque no estuvieran de acuerdo con ninguna de las decisiones que su hijo estaba tomando últimamente. InuYasha partió en autobús el viernes a la tarde y llego entrada la noche a Fukuoka, la ciudad donde se mudo la familia de Kagome días después de su muerte.
Lo recibieron con regocijo, porque si bien les recordaba a su hija muerta, también traía consigo todos los buenos recuerdos que una cara conocida puede traer en esa situación.
– ¡Hola InuYasha, cuánto tiempo sin verte! – exclamo la Sra. Higurashi.
- ¡Hola Sra. Higurashi! Luce usted tan joven como siempre. – Hizo una pausa y al ver una cabeza que aparecía de la nada exclamó – ¡Hola Souta! Que haces despierto tan tarde?
- ¡No es tarde! Además – agregó haciéndose el interesante – ya estoy bastante grandecito como para que me andes cuidando.
- Pues solo te diré una cosa: respeta a tus mayores – le dijo InuYasha con no muy buen humor, y le sacudió la cabeza desordenándole el cabello.
- ok, yo digo que vayamos a casa… Que les parece, niños?
- Me encanta la idea, además estoy cansado del viaje – dijo Inu.
- Si, yo también quiero irme ya…. Pero no estoy cansado! – replico Souta, queriendo buscar una manera de salir con el orgullo ileso.
Cuando llegaron a la casa, el auto se detuvo y la Sra. Higurashi se bajo llevando consigo el bolso de mano de InuYasha. El, por su parte, bajó su única y considerablemente pequeña maleta y la entro en la casa. Acto seguido, le pidió las llaves del carro a la Sra. Higurashi y trato de despertar a Souta, pero después del vigésimo segundo intento se dio por vencido y lo saco del carro en brazos, y luego, en una posición bastante incomoda, se las ingenió para cerrar el auto sin que se cayera Souta.
Cuando entro a la casa le indicaron el cuarto de Souta y luego lo llevaron hasta el suyo, donde le hubiera gustado poder dormir tranquilo, pero esa noche tampoco pudo conciliar el sueño. A la mañana siguiente, a eso de las seis, Souta entro haciendo barullo en su habitación, y a pesar de lo acostumbrado que estaba a su molesta e inevitable presencia, quiso estrangularlo.
Pasaron todo el día hablando de temas sin importancia, evitando el que tanto dolor les producía, pero al final del día, Inu se dio cuenta de que a pesar de lo mucho que disfrutaba de la compañía de la flia. Higurashi, no era ese el motivo por el que había ido hasta allí.
Esperó hasta esa noche para hablarlo con la Sra. Higurashi y con el abuelo de Kagome. Cuando Souta se fue a dormir, les contó el verdadero motivo que lo habia traído allí.
- Pero InuYasha, nosotros no esperamos que tu no avances nunca. Sabíamos, es mas, aguardábamos que llegara el día en que pudieras recomponer tu vida. Han pasado cinco meses ya, y no te estoy pidiendo que lo olvides, no, porque a mí me duele mucha más que a ti, pero no… no quiero que esto detenga tu vida. Eres joven, y tal vez ahora o tal vez en un futuro no muy lejano te enamores otra vez, y no quiero que te sientas culpable por ello. No te cierres al amor, porque es el regalo más preciado del que el hombre dispone. Cuando tenemos amor, nos parece que en este mundo todo es posible… cuando perdemos nos parece que todo el mundo se volvió gris, y realmente no creemos poder sonreír otra vez. – hizo lo una pausa, para ver como reaccionaba su oyente, pero como la viejas y más profundas heridas, no hubo reaccion inmediata – Se feliz, hijo. Se feliz por ti. Se feliz por ella. Se feliz, porque es como ella te hacía sentir, y ahora ya nada puede dañar eso. Y su halo protector te ayudara a salir adelante, pero tu también debes colaborar. Tomate tu tiempo y piensalo, pero por favor… cuando decidas… no te equivoques.
Con eso dio por finalizada la conversaron, al menos por esa noche. Sabía que InuYasha tenia mucho en que pensar, y que lo que tendría que vivir en los próximos meses hasta poder estabilizarse emocionalmente no sería fácil. Lo mejor era dejarle esa noche para reflexionar con la almohada. Y para variar, la Sra. Higurashi acertó en sus predicciones, ya que el insomnio del que Inu había sido presa había desaparecido, y apenas se acostó sobre la cama, se quedo dormido.
Se quedo con ellos por tres días más solamente, y antes de irse los invitó a quedarse con él y su familia en su casa. Apenas lo hubo dicho, lo lamentó terriblemente, ya que esa ciudad no podría traerles más que malos recuerdos, pero él lo había hecho sin mala intención. Los habia invitado porque sentía que eran los únicos que podían comprenderlo… Incluso más que sus propios padres.
La flia. Higurashi acepto la invitación más que nada por educación, pero InuYasha se dio cuenta y no los quiso presionar. Dos semanas después, atosigado por los profesores, por sus padres y sus amigos, llamo a la Sra. Higurashi en busca de consuelo.
Después de una larga conversación, se decidió que la flia. Higurashi se quedaría en casa de InuYasha por una semana, así tal vez InuYasha lograría recuperar su vida, o al menos sus ganas de vivir.
La Sra. Higurashi y su padre y su hijo llegaron exhaustos después del largo viaje en autobús. Souta había vomitado dos veces y su abuelo había hecho un escándalo gritando que el autobús no estaba protegido en contra de demonios, a lo que los demás pasajeros, que no se decidían entre sentirse asustados o indignados, se quejan y casi los bajan en el medio de la calle.
- Esto se vuelve cada vez más difícil – suspiró mientras ayudaba a Souta, que aun se sentía algo mareado, a bajar del taxi.
- Que dijiste Ma? – pregunto, mirando a un lado y hacia el otro, porque veía doble y no sabia exactamente cual de las dos imágenes era su madre.
- Nada querido… Nada.
Cuando llegaron a la mansión de InuYasha, tocaron a la puerta y esperaron algo intimidados por la magnificencia de la entrada principal. El mayordomo no tardo en llegar, y les dirigió una ácida mirada antes de llamar a InuYasha. El joven bajo corriendo las escaleras, tan apurado que se salto los tres últimos escalones y casi aterriza encima del horrorizado mayordomo.
Después de los saludos y una vez que la timidez inicial se fue, decidieron almorzar juntos en un restaurante cercano, donde Souta podría jugar con otros niños si se aburría, y su madre, su abuelo e InuYasha podrían hablar tranquilos. Souta se divirtió como nunca, porque conoció un par de niñas de su edad e intercambio números de teléfono y direcciones de correo electrónico.
InuYasha se divertía mirándolo sonreír tontamente a las niñas, y lo molesto durante el viaje de regreso. Souta se enojo un poco, pero la sonrisa permaneció en sus labios por el resto del día.
Esa noche, la Sra. Higurashi le entrego a InuYasha una caja llena de cuadernos, cartas, videos, fotos, CD's, y algunas otras cosas mas. Antes de que el pudiera preguntar nada, ella le dijo que eran algunas cosas de Kagome que seguramente el querría tener.
- No tienes que aceptarlas si no quieres, o si no piensas que estas listo. Cada uno tiene su tiempo… No te sientas presionado.
- No me siento presionado… Es solo que… no me lo esperaba. Eso es todo. Pero si, la acepto. Ehmmm… gr- gracias, supongo. Significa mucho para mí. – respondió InuYasha, confuso, indeciso e incomodo.
Los días con la flia. Higurashi pasaron rápidamente, quizá demasiado. Los padres de InuYasha estaban felices de ver una sonrisa en los labios de su hijo, aunque fuera por poco tiempo.
InuYasha se despertó sobresaltado. Hacia semanas que tenía la misma pesadilla.
– Traté de salvarte, ¡Lo juro! – exclamó InuYasha, desesperado.
– Shhh... No te preocupes, lo se – dijo ella, a envolviéndolo en un dulce abrazo.
– ¡Claro que sí!. ¿Es que no lo entiendes? Yo no puedo... Yo no sé vivir sin ti.
– Pues, yo tampoco puedo, como ves.
InuYasha la miró durante unos instantes, y de pronto, abrió los ojos desorbitadamente y gritó – Kagome... Tus ojos... ¡Están sangrando, Rápido, hay que llevarte a un hospital –. La alzó y la acomodó dentro del auto.
Ella se limitaba a sonreír. InuYasha aún no había comprendido. Kagome pensó que no podría tardar mucho, ya que era bastante inteligente, pero le preocupaba que tal vez no quisiera comprenderlo, le preocupaba su reacción. El coche se detuvo frente al hospital y él la bajó con cuidado, ya que la hemorragia se había extendido y la sangre brotaba de su boca también.
– No, no hay nada que puedas hacer. No puedes revivir a los muertos, InuYasha.
– ¿Ah, no? Pues mírame hacerlo.
– Ninguna ciencia o creencia lo permite. Ni la alquimia, ni los avances de la medicina, ni los rezos, ni los antiguos rituales. No sirve. Sólo volví porque tu alma y la mía están unidas mediante lazos demasiado fuertes, y no puede renacer.
–Pero... ¿qué? – preguntó, confuso.
– ¿Lo quieres simple? Bien. Debes dejarme ir, InuYasha. No me vengues, no me llores, no me pidas que vuelva. Uno cree que controla su destino, pero recién cuando muere se da cuenta de que no es así. Yo lo he aceptado. Tienes esta última oportunidad para despedirte... Nada más, y el tiempo se nos acaba. – terminó, evitando mirarlo a los ojos.
InuYasha no acababa de digerir lo que había escuchado. ¿Sería cierto? Pero, él no podía olvidarse de ella, le había jurado que jamás la dejaría. Aunque ella se lo estaba pidiendo, no podía hacerlo, no tenía tanta fuerza.
– No. No puedes irte. No me mientas, Kagome. Tú no lo has aceptado. No te hagas la fuerte, para eso estoy yo. No juegues conmigo, sabes que te amo más que a mi vida... – su rostro se iluminó - ¿No puedo dártela? Iré yo en tu lugar.
Ella levantó una ceja, dispuesta a pegarle por cabezadura. A pesar de estar apunto de morir, no iba a permitirle decir algo tan estúpido.
– No puedes. Y si pudieras, no lo harás. Escúchame bien, porque no quiero, y además no creo que pueda, repetirlo. No luches contra algo más fuerte que todo lo que hayas visto nunca. Es complejo, no te pido que lo entiendas, pero por favor, déjame ir. – le dio un beso y lentamente se fue disolviendo en sus brazos.
Había tenido esa pesadilla todas las noches desde que la Sra. Higurashi le entregó esa caja. No se había decidido a abrirla, ni siquiera se le acercaba. Tenía miedo de que lo que hubiera allí dentro destruyera su supuesto "control de si mismo", si bien en el fondo una parte de el sabia que ese control era tan frágil que con apenas soplar ligero se derrumbaría todo. El año escolar habia terminado y ya casi no veía a Miroku. Lo extrañaba a pesar de que por naturaleza jamás lo admitiera. Y como Miroku tampoco lo llamaba ya, entonces el tendría que dar el primer paso y renovar la amistad.
