Dios ¿ya vamos por el quinto?, esta historia realmente se escribe sóla jejejeje ;-P.
Bueno, lo primero como siempre agradecer los comentarios a todo el mundo, sois geniales muchas gracias por vuestros ánimos, para daros algo dulce deciros que no queda mucho más para el desenlace de modo que disfrutad con la lectura.
Un Saludo SIBI
DIARIO DEL ÚLTIMO ENCUENTRO (5ª parte)
PENSAMIENTOS DEL AGENTE ESPECIAL S.BOOTH
Cuando he entrado en la sala de interrogatorios eran las 12.20, llevamos aquí dentro metidos más de tres horas y esta serpiente rastrera no ha abierto la boca.
Mi paciencia amenaza con acabarse pronto. Una vez más respiro profundamente y vuelvo ha formular la misma maldita pregunta: "¿Tiene usted conocimiento de las propiedades que la Cúpula posee a nombre de John Ramírez Dougs?", y de nuevo el silencio. ¡A la mierda!, creo que voy a matar a este cabrón... respira Seeley muchacho, respira...
En el último momento mis años de experiencia juegan a su favor y logro calmarme.
Sin embargo el muy estúpido no es capaz de valorar la suerte que ha tenido, y tampoco es capaz de ser observador, de apreciar como los músculos se me tensan bajo la camisa a la espera de poder liberar toda la furia que llevo contenida desde hace más de tres días, y digo que no es capaz de apreciarla por que una sonrisilla autosuficiente aflora a sus labios, como vanagloriandose de haberse mantenido en ese terco silencio durante este tiempo.
Definitivamente, no sabe lo que ha hecho.
Esa altanera expresión colma el límite de mi paciencia, se acabo por hoy, no pienso permitir que esta sabandija asquerosa siga riendose de nosotros cuando la vida de Huesos depende de la información que pueda proporcionarnos.
Sin miramientos lo agarro del cuello y estrello esa odiosa sonrisa contra la superficie metálica de la mesa, sin esperar le encañono con mi arma, apuntando a su hueca sesera.
Un quejido acompañado de un ¡crack!.
Creo que le he roto la jodida nariz, bien merecido se lo tiene y tiene suerte de que yo sea un buen chico católico. Con la cara llena de sangre escupe entre esputos sanguinolentos la primera frase en toda la mañana. Dice que conoce sus derechos y que va a demandarme, será mamón, a la basura lo del buen muchacho católico.
De una patada retiro la silla en la que estaba sentado y estrello de nuevo su cara contra el canto de la mesa, un diente se le salta y le oigo quejarse como un crío. ¿Donde ha quedado tu valentía y esa estúpida sonrisilla eh?. Justo en el instante en el que estoy a punto de darle a sus costillas mi tratamiento más especial Charlie irrumpe en la sala y me aparta de él quitandome el arma y sujetandome por los brazos, no va a ser suficiente, me debato con una furia en los ojos que me quema, mientras observo a ese bastardo que tiene en su poder la llave para salvar a Temperance, no puedo pensar en nada más. Alex Wilks de antidrogas tiene que entrar también y ayudar a Charlie. Por fin entre los dos logran tranquilizarme y sacarme de la sala.
Pero parece que todo esto ha surtido efecto, porque entre espumarajos de sangre ese cerdo nos da por fin la información que necesitamos.
Cuando voy a salir corriendo por el vestibulo Cullen me retiene, nunca le había visto tan enfadado, comienza su discurso sobre el uso de la fuerza y la anulación de pruebas en un juicio, pero francamente esas son cosas que ahora no me importan en lo más mínimo. Algo en su discurso me deja momentaneamente helado, pero hay sentencias que son contraproducentes, creía que Cullen me concía mejor que eso. En su mala elección quería impedirme ir a la operación táctica sobre el edificio señalado por la cucaracha sanguinolenta, y digo bien "quería", hasta que he dirijido una mirada más que helada hacía él.
Que quede claro, puede suspenderme, retirar mi pistola y mi placa, puede hacer que nunca más trabaje en el FBI. Pero jamás, repito ¡JAMAS!, podrá impedirme que valla allí a liberar a Temperance de ese maldito bastardo. Temperance, te hice una promesa que esta vez si pienso cumplir.
PENSAMIENTOS DE LA DR. TEMPERANCE BRENAN
A lo largo de más de seis interminables horas las visitas de mi captor se han espaciado cada quince minutos, como un engrasado reloj.
Unas veces sólo se sienta a la derecha del camastro y me observa, con su mirada fría y calculadora, otras viene acompañado de su sempiterno cuchillo y continua marcando impenitente mi piel. Ahora prácticamente toda la superficie de mi cuerpo tiene algún corte, que él efectua metódico y rápido, sin remordimientos, ni temblor en sus manos.
Las veces menos afortunadas... esas veces, sólo logro cerrar los ojos y llorar. Sintiendo como las nauseas suben a mi boca y mueren en la pútrida tela que la cubre. Mientras no puedo soportar el hedor del sudor de ese maldito bastardo inundando mis fosas nasales cada vez que se coloca sobre mí.
En las dos últimas ocasiones la letanía de mis plegarias, que dirijo a nadie en concreto, se ha centrado en un único argumento. ¡Por favor dejadme morir ya!, cada ocasión que cierro los ojos lo hago deseando que no vuelva a abrirlos de nuevo para no tener que seguir vivendo esta pesadilla. En cada momento que mi consciencia se pierde, siento la negrura a mi alrededor y casi se ha vuelto reconfortante. Entre la oscuridad no existen esos ojos, entre la oscuridad el dolor no es tan horrible.
Los rostros de las personas que han poblado mi vida se desdibujan y ya no son más que manchas borrosas entre la sal de las lágrimas, recuerdos que se gastan de tanto evocarlos. Sólo me corroe pensar que no he podido despedirme de ellas. No he podido decir adiós a la gente que día a día me ha transmitido su cariño y su afecto. Ahora ya dan igual los errores del pasado, los malentendidos o las dudas que existiesen sobre los motivos de cada uno de ellos para herirme en su momento, o las razones que tuviese para herirles yo, todo eso ya carece de importancia. En estos instantes sólo me gustaría poder agradecerles que me hallan amado a su modo y en su momento, aunque nada de todo aquello fuese eterno ni duradero... bueno, casi nada de todo ello... son cuatro años ya y tu no me has fallado ni una sóla vez.
¡Oh Dios!, como me gustaría poder despedirme de ti, decirte que no debes sentirte culpable por todo esto. Que en medio del dolor, la comprensión de lo efimero que nos rodea es tan fuerte que me ha ayudado ha entender lo estúpidos que hemos sido. Las oportunidades que hemos dejado pasar por ser tan cabezotas de no querer admitirlo. No sufras más Booth por favor, porque yo pronto dejaré de hacerlo.
