Ante todo muuuuchas gracias a todo el mundo que se ha interesado por el discurrir de este fic tras los últimos capítulos, avisar de que todavía quedan uno o dos más, dependiendo de como me quede la largura de lo que estoy escribiendo.

Me alegro de que os guste el fic y de que os emocioneis con lo que les pasa a los personajes.

Este capítulo es un poco desconcertante, pero queda inmerso dentro de todo lo demás.

Espero que os guste.

Saludos a tods

SIBIZGZ

DIARIO DEL ÚLTIMO ENCUENTRO (8ª parte)

SEPTIEMBRE DIARIO DE S. BOOTH

Las sirenas con su aullido constante taladraban mis oídos y se que las voces de mis compañeros flotaban a mi alrededor, pero todos mis sentidos, toda la atención de la que era capaz estaba enfocada en Huesos. Su piel pálida, mortecina con un aspecto casi espectral, hacía que se encogiese mi estómago. Desde que los paramédicos entraron en el tanque hasta casi diez minutos después las tareas de reanimación no cesaron y casi podía sentir mi latido desvaneciéndose para acompasarse al de ella.

Sin embargo en el último momento, un milagro, una de esas sensaciones únicas e irrepetibles que piensas que jamás vas a sentir en la vida, pero que sin embargo, allí estaba. La ATS colocó con suavidad la máscara de oxigeno sobre sus labios y por fin con su débil y acompasado ritmo yo también me permití respirar.

El conductor de la ambulancia no quería dejarme subir con ella en la parte de atrás, insistía en que debían ver mis contusiones y heridas por separado y después si lo deseaba acudir al hospital. Pero ¡quien se preocupaba por un par de costillas rotas!, y lo que es más ¿en algún momento pudo mirarme a los ojos y pensar de verdad que yo no iría en aquella ambulancia?.

El camino de ida al hospital fue corto, no más de 15 minutos como máximo; pero a mi, se me hizo eterno. No dejaba de acariciar su pálida mejilla y rezar a Dios para que aquel maravilloso milagro que nos había concedido no se quedase sólo en eso. Sentía ganas de llorar al ver sus brazos y piernas tan horriblemente mutilados, llenos de cortes y de multitud de regueros de sangre seca que contrastaba con su pálido rostro.

Casi cuando llegábamos al hospital abrió los ojos, fue sólo un momento, posó sus orbes claros sobre mi y el cielo de un azul profundo volvió a abrirse en mi mente. La noche había llegado a la ciudad y yo ni siquiera me había percatado de ello, pero en un instante para mi no hubo noche, sino una mañana clara y espléndida con un cielo hermoso que me observaba a través de sus ojos. Estreché con suavidad su mano y ella sonrió entre la máscara de oxigeno. No nos dijimos nada pero nuestras miradas se lo contaron todo. Pude distinguir en sus ojos la comprensión y el agradecimiento, y yo a través de los míos intenté transmitirle todo aquello que nunca nos habíamos dicho.

Todo el dolor de la pelea y los pinchazos del costado, el expediente que Cullen iba a abrir en mi hoja de servicio por culpa del cucaracha, todo había merecido la pena por ese único y mágico instante, en que el resto del universo se desvaneció a nuestro alrededor y nosotros nos sentimos completos a través de los ojos del otro.

Después se sumergió de nuevo en un intranquilo sueño, y así permaneció hasta que llegamos a destino, y los enfermeros bajaron su camilla de la ambulancia, la ingresaron en el edificio y me obligaron a apartarme de su lado.

Siempre he odiado las esperas en los hospitales, las salas de espera en si, el olor antiséptico del ambiente, los rostros afligidos de los familiares que esperan desesperadamente noticias de sus seres queridos e incluso el color mortecino de las paredes, apagado más si cabe por la luz errática de los fluorescentes del techo. Parece que el mundo entero se halla confabulado para que la atmósfera sea depresiva y enrarecida por una constante sensación de ahogo.

En esta ocasión no ha sido diferente, ha sido peor incluso porque era ella de quien esperaba, sin un sólo minuto de tranquilidad, noticias. Allí me he quedado pasmado, observando impasivo la puerta tras la que ha desaparecido. A sabiendas de que no podría moverme ni un milímetro de donde me hallaba hasta que no me dieran noticias de su estado.


PENSAMIENTOS DE LA DR. TEMPERANCE BRENAN

Las estrellas titilan en el cielo nocturno de Washington, dándole a la noche un aspecto casi mágico. Mis pies vagan sin rumbo mientras obsevo a mi alrededor como cientos de personas continúan con su vida sin percatarse de mi errático caminar.

Llegué hasta una plaza rodeada de frondosos árboles, gruesos y altos, dan sombra a varios bancos distribuidos por el lugar. Mis pasos me llevan hasta la estátua de piedra que se erige en el centro del espacio arbolado. Cuando llego a los pies de la misma, no puedo evitar mirar a mi alrededor, a las personas que sentadas o con niños disfrutan de la tranquila noche de la ciudad. Tampoco ellos parecen ser conscientes de mi presencia.

Mis ojos se giran de nuevo hasta la base de la estatua, una bella placa de mármol gris. La hierba salvaje crece a su alrededor y apenas puedo descifrar la escritura que está marcada en ella. Cuando elevo mi rostro hacia la figura que se yergue sobre el pedestal, mis ojos sin saber muy bien porque se llenan de lágrimas. Una mujer con un sencillo vestido de tirantes lee una eternidad escrita en piedra, sus finas manos sostienen un libro y sus ojos se posan suavemente sobre las inmóviles páginas que ni el tiempo logrará inmutar.

Es una imagen sencilla y hermosa, un tributo cálido y afable. Una de esas obras que sólo con su espíritu cautivan al que la observa.

Intento en vano retirar las lágrimas de mi rostro, pero cada vez que paso los dedos una y otra vez por el rostro, la visión de lo que me rodea se nubla más. De nuevo la base de la escultura llama mi atención; a ciegas, sin mirar, retiro las plantas que cubren la inscripción. Y cuando logro centrar mis ojos, el epígrafe marcado para la perpetuidad en el frío mármol llega hasta mi cubierto por leves manchas de sangre, una sangre que mana incontrolable de mis manos, mientras su significado apuñala mi corazón.

"La ciudad de Washington a la Dr. Temperance Brenan, su tesón salvó vidas, consoló a familias y lleno de amor a los que la rodeaban. La pasión de sus convicciones fue el final de su vida y el inicio de su memoria. Siempre la recordaremos".

¡No, no podía ser, estoy viva, VIVA! ¿es que nadie puede verme?.

Sangrando y desesperada me acerco a los tranquilos transeúntes de aquella plaza, pero antes de que me acerque lo suficiente, sus efigies se desvanecen, como llevadas por el viento. Lo intento en varias ocasiones pero la desesperación me vence y me dejo caer derrotada en uno de aquellos bancos, que ahora vacíos se ríen de mi.

Al otro lado del espacio oval distingo una figura que hace que mi corazón de un vuelco. Arrodillado sobre la tierra, un hombre habla con un niño rubio y despierto que lo escucha con atención. Se abrazan, él coge la mano del muchacho y juntos se dirigen hacia la estructura central. Casi puedo distinguir las lágrimas rodando por el rostro del hombre, y como el niño trata de consolarlo apretando con suavidad la mano de la que le sostiene.

Me levanto de aquel espacio e intento acercarme hasta ellos pero algo invisible me lo impide, cuanto más lucho, más regueros de sangre se abren sobre mi piel, y el dolor comienza aminar mis fuerzas. Pero no hay nada que pueda hacer que ceje en mi empeño.

¡Booth no llores, estoy viva VIVIA! ¡Booth por favor! ¡BOOTH!.