Y con esto, queridos amigos que sé que deben odiarme, todo se acaba. Es el último capítulo de esta enternecedora historia. Es una de mis favoritas y una de las que mejores me ha quedado. Agradezco profundamente sus R&R, quién pensaría que tendría tantos, espero que consideren la escena precedida por "Soñaba que nunca te ibas de mi lado. Era egoísta, pero ya nada importaba." como un humilde gracias, pues lo hice en el último momento. Y n olviden escuchar la canción de la inigualable Cascada llamada "Truly, madly, deeply" también conocida como "I wanna stand whit you", además de petición, es una recomendación, sobre todo cuando lleguen a: "Qué curioso, pensé que habíamos cambiado. El lazo que nos une jamás se romperá."
No había podido actualizar por estudiar para la prueba de admisión para la universidad, las últimas y ajetreadas semanas de clases, la bonita graduación (donde, oh sorpresa, mi padre vino de visita) y la fiesta, con el vals, el merengue y los cortes en mis pies por culpa de las estúpidas matracas y lo desgraciados pitos hechos añicos esparcidos por el piso. Ya por fin estoy decentemente libre y si tardé más de la cuenta, fue porque no tengo internet. Bien, listo, a las premisas:
Sumary: Y así como todo empieza, todo acaba. ¿Pero qué acababa? El dolor, el egoísmo, el miedo seguían ahí. Un solo pensamiento, un ínfimo destello de realidad bastó y el sentimiento tomó forma, cobró vida. Se hizo tan fuerte que fue irrompible. Así supe lo que sabía desde siempre: Te amo.
¿Es de verdad el final? No, sólo el principio.
¿Tenías miedo? Te lastimé, pero eras fuerte.
Por algún extraño motivo, esa noche llovía, llovía con la intensidad de un diluvio. Veía las gotas caer con intempestiva fuerza contra el suelo, los árboles, las flores del jardín de Shizune, asomado tímidamente en la puerta corrediza semiabierta, mirando ensimismado la lluvia.
Miró sobresaltado a la persona que, sigilosamente, se acercó a él por detrás. Deidara sonreía tras su melena rubia, con la mano sobre el marco de la puerta. Le dirigió una amable sonrisa, levantó la cabeza y, sin hablar, observó la ventisca de afuera. El ensordecedor ruido amortiguaba gran parte de los ruidos de la casa.
-Naru-niichan?
-Toshite, Dei-niichan?
-Es tarde, ve a acostarte, um –Naruto negó con la cabeza, doblándose sin querer. Deidara levantó el otro brazo y con la larga y vaporosa manga de su yukata cubrió el menudo y tembloroso cuerpecito, acercándolo a él-. ¿Qué tienes, Naru-chan?
Una de las manos del más pequeño buscaron con inusitada lentitud aferrar la ropa de tela oscura, siempre oscura, de Deidara. En ningún momento Naruto apartó su mirada del exterior, atenta y nerviosa. Parecía querer mirar algo a través de la oscura cortina de agua.
Deidara permaneció quiero, intentando comprender del todo la situación. Luego de unos minutos pudo hacerlo: No entendía nada. Con una mueca de resolución y decisión bastante cómica en el rostro, como si hubiera resuelto un gran misterio (aunque estaba lejos de eso) alargó los brazos y atrapó con ellos el delgado cuerpo de Naruto.
-Nani...?! –Profirió el rubio, al no haber suelo bajo sus pies. Deidara rió por lo bajo-. Nani o dattebayou? –protestó con ceño.
-¿Tú qué crees, um?
Entre los inútiles forcejeos y quejas de Naruto, Deidara caminó por los corredores, sumidos en la oscuridad, con la tranquila y divertida expresión de triunfo plasmada en los labios. Se detuvo frente a una de las tanteas habitaciones del ala Este. Abrió la puerta, entró y se dirigió a un futón desocupado.
Tendió con suavidad allí al chico entre sus brazos, quitó la colcha y también se tumbó él. Naruto lo miraba entre confundido y enojado, pero luego más confundido al verlo sonreír a su lado. Con el ceño arrugado por la duda observó a Deidara arroparlos y mirarle largamente.
-Dei-niichan...
La gran y delicada mano del otro se posó sobre su brazo, cálida. Naruto sabía que de haber tenido un hermano, no hubiera habido ninguno mejor que Deidara.
-Duérmete ya, um.
Ambos pares de cuencas azules estaban trabadas en un duelo de miradas, los grandes y expresivos ojos de Deidara brillaban con la escasa luz que entraba a la alcoba. La suave respiración de los demás ocupantes del cuarto quedaba opacada por el retumbar de la lluvia y el fuerte silbido del viento.
-Los niños pequeños se acuestan y se levantan temprano, um.
-No soy pequeño, ya tengo once años.
-Y tu rostro era igual al de un niño de seis allá afuera.
Naruto entrecerró los ojos, recordando que, siendo más pequeño, Deidara le pilló en una situación similar. Aquella vez, no tendría más de seis años, le habían rechazado y Deidara, ya resignado a la misma situación, lo encontró llorando, sentadito en un columpio en medio de una arboleda que, sin dudas, no le protegía de la inclemente lluvia que caía esa noche.
-Desde entonces eres Dei-niichan –le murmuró encogiéndose bajo las sábanas. Una jocosa sonrisa, propia de él, se extendió por el rostro de Deidara, revolviéndole el cabello.
-Esa vez conocía el motivo y lo entendía, porque sé cómo se siente. ¿Qué hay de hoy?
Naruto guardó sepulcral silencio, escondiendo la cabeza bajo las sábanas, que el otro se encargó de apartar luego de unos minutos. Naruto le reprochó con la mirada y de golpe se sentó en la cama, renuente a enfrentarlo. Deidara miró su espalda. Ya hablaría.
Esperó en silencio. Naruto sacudió la cabeza y suspiró. Deidara sonrió triunfante. Ganó.
-Dei-niichan –repitió Naruto. Deidara hizo un gesto para que continuara-. ¿Crees que Sasuke-teme y yo podamos ser amigos así como Itachi y tú? Hablarse sinceramente, contarse todo... –jugaba tiernamente con sus deditos. Deidara sonrió de lado, enternecido-. Confiar el uno en el otro sin miedo, apoyarse mutuamente... Estar juntos...
-Naru-chan, la clase de relación entre Itachi-san y yo... –murmuró por lo bajo el mayor, como hablando consigo mismo-. ¿No tendrás fiebre de nuevo?
Naruto le miró con ceño.
-¡Por supuesto que no! Ahora, no desvíes el tema –Deidara suspiró. Realmente nadie podía vencer a Naruto.
-¿Qué es Sasuke-kun para ti, um?
Pausa para que Naruto parpadeara repetidas veces.
¿Qué significaba Sasuke para él? Sasuke-teme... Sasuke-baka... Sasuke era...
-Es... la persona que más odio, la que más admiro y a quien sigo. Es la persona a quien quiero vencer, a quien quiero igualar. Es la persona que me entiende y a quien mejor entiendo. Es...
Deidara se removió bajo la sábana y abrazó el delgado cuerpo de Naruto a él, le hizo recostar su cabeza contra su pecho y cerró los ojos.
-Es hora de dormir, um.
-Demo...
-A mí me gusta todo lo que se destruye fácilmente y lo efímero (lo que dura poco, enano). Por eso no me gusta hablar de la relación que tú y Sasuke tienen. Es tan consistente, tan fuerte que nada la destruiría.
Naruto contuvo el aire. Consistente, fuerte, indestructible, eterna, real.
-Esto te lo dije hace mucho tiempo, eras sólo un niño. Ahora eres casi de mi tamaño, más fuerte, pero igual de visceral, ¿no es así? Duérmete, cuando despiertes, te prometo que tu Sasuke-kun seguirá aquí para ti y tú seguirás aquí para él.
Y Naruto, que deseó golpear en toda la cara al atrevido muchacho, sonrojado hasta las orejas, escondió el rostro en la yukata de Deidara. Deidara, que sonrió burlón, lo abrazó como cuando era un niño y acarició su cabeza para que se durmiera, satisfecho consigo mismo.
A la mañana siguiente, descubrió a Naruto sonriendo en sueños, de la misma manera que la noche anterior, justo antes de caerse dormido. Ese día jugaron juntos durante mucho rato, luego, a una señal del mayor, caminaron de puntillas y en silencio hasta situarse tras los Uchiha. Luego, se abalanzaron sobre ellos, gritando y abrazándolos en el proceso.
-Niñatos idiotas –masculló Tsunade diez minutos más tarde, aplicando un ungüento al feo moretón que Deidara tenía en la mejilla, cortesía de Itachi. Naruto le veía preocupado-. Les he dicho muchas veces que jueguen con decencia, que las peleas no están admitidas. Nunca prestan atención...
Uzumaki ladeó la cabeza, no comprendía por qué Itachi siempre dejaba a su nii-chan en tales condiciones y él, yendo en contra de su carácter normal, no hacía absolutamente nada para evitarlo. Recordó la conversación de la noche anterior y pensó que era todavía muy pequeño para entender ciertas cosas pero que, ciertamente, esos dos eran muy cercanos.
Sonrió de manera radiante. Itachi y Deidara ya no eran niños pero eran muy cercanos. Si la amistad entre él y Sasuke tenía el mismo tiempo y eran menores... ¡Por supuesto! Ahora no tendría miedo, sería fuerte como el muchacho que, con pucheritos, no paraba de hablarle a Itachi, aunque éste pareciera no escucharlo. Sería más fuerte por Sasuke y su amistad.
Todo resultaba más claro. Miró a Sasuke que a su vez veía a los mayores con una mueca de fastidio. Sí, sería más fuerte y dejaría de temer.
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E incontables veces me sentí diferente. Pasaban los años, seguías ahí.
Pasaban los minutos, la hora de bajar a cenar se aproximaba cada vez más. A las siete y media exactas, igual que todas las noches desde hacía incontables años.. Por la ventana de su alcoba, en medio de la oscuridad distinguió el grupo de árboles que marcaba el inicio del bosque. Por ese motivo habían llamado Konoha al orfanato, por la gran cantidad de árboles que lo rodeaban cuyas hojas, en otoño, caían y caían, pero jamás lo suficiente como para dejar los troncos sin follaje.
Otoño...
En otoño todas las hojas de todos los árboles adquirían colores y matices como el crepúsculo, esos colores le gustaban, cálidos y vivos, pero nostálgicos y calmos. Las hojas empezaban a caer una por una, cubriendo el piso y los alrededores, casi convirtiéndose en otra superficie. Los niños de diez a trece años eran los encargados de recoger todas las hojas del jardín y apilarlas. Por las tardes, Kakashi los reunía a todos y prendía una fogata con las hojas secas, asaban patatas dulces en el jardín y repartía a todos los niños.
Recordaba que solía asociar al otoño con Kakashi por esa razón, él y todos los demás. Cuando el frío era muy palpable su maestro revisaba primero que todos estuvieran muy bien abrigados y que los más pequeños permanecieran con alguno más grandecito. Konohamaru, por ejemplo, iba siempre de la mano de Naruto, llamándolo "hermano".
El primer año que estuvo allí Kakashi se acercó una tarde particularmente fría y ventosa, con una patata dulce para él.
-No la quiero –dijo amargamente. En respuesta obtuvo una sonrisa. Y Kakashi pasó a ser su "tutor" luego de eso.
Kakashi era, después de todo, el hombre a quien debía superar después de su hermano. Kakashi era como ese padre que a ambos hacía falta, aunque no se lo dijera nunca, le quería. Su maestro, respetando su forma de ser, comprendía esto a la perfección, sonriéndole ante los actos torpes de cariño muy poco frecuentes que solía hacer.
Cierto día, no tendría más de doce años, cumplía sus obligaciones de recoger las hojas del patio y apilarlas para la acostumbrada reunión de otoño que a todos parecía emocionar. Barría distraídamente cuando escuchó algo a su espalda. Las sonoras pisadas de alguien sobre las hojas secas y crujientes.
-Hola, dobe –saludó sin mucho interés-. ¿Qué quieres? Es mañana que tienes que barrer el patio, con Mizura, creo.
-Ya lo sé, pero quería decirte algo –contestó descansando su espalda en un tronco cercano. Sasuke le miró de reojo, esperando-. Haku el otro día me lo dijo... Esta noche habrá eclipse lunar. Iruka-sensei lo comentó ayer, ¿recuerdas? A los mayores nos dejarán verlo aunque sea muy noche. Veámoslo juntos, ¿sí?
Naruto no preguntaba eso para que Sasuke estuviera a su lado, sino para que no se escabullera y se alejara de todos, con el peligro de hasta perderse semejante y raro espectáculo. Se quedaron viendo largo rato hasta que Sasuke empuñó la escoba y siguió barriendo las hojas secas, ignorando de ahí en más a Naruto, quien frunció el ceño. Le habían insultado al ignorarlo, lo pagaría caro.
Oh, sí.
Sasuke se quedó congelado al verlo, al ver a Naruto saltar sobre la pila de hojas, esparcirlas a los lados, patearlas, tomar un montón en lo brazos y lanzarlas al aire, arruinando su trabajo y burlándose de él en sus narices. Quiso matarlo.
-Usuratonkachi! –gritó Sasuke arrojando lejos la escoba y lanzándose sobre Naruto con intenciones de estrangularlo. Quería matarlo.
Sin perder más de su valioso y posiblemente escaso tiempo, Naruto echó a andar hacia adentro del bosque corriendo por su vida de un muy molesto y enojado Sasuke. El crujir de las hojas a sus pies le decía a uno qué tan lejos estaba el otro y qué tan difícil sería de alcanzar. Rodearon árboles, saltaron raíces, esquivaron ramas bajas, uno tras el otro, respirando con agitación, corriendo como si la vida se les fuera en ello. Para el rubio bien podía ser así, pensaron sin saberlo a la misma vez.
Naruto oía los pasos de Sasuke a escasos tres metros tras él, pisando cantidad de hojas secas esparcidas en el piso. Dio un par de vueltas y se escondió tras un árbol, por el que escaló cuando Sasuke pasó de largo.
Uchiha Sasuke estaba molesto, muy molesto. Iba a matarlo. ¿Estaba loco el dobe? Cuando se perdió tras un árbol de ramas bajas giró, trastabillando en el proceso, y lo siguió. Se detuvo al perderlo de vista, escudriñando entre los árboles. Franjas de luz naranja y rojiza bañaban de luz el bosque, a través de las tupidas hojas de los árboles. Un juego de sombras asombroso veteaba el paisaje, pero Naruto no estaba por ningún lado.
Giró sobre sus talones a un lado, luego al otro, y se regresó por donde vino, apresurado.
Naruto, escondido entre las ramas del árbol, observó expectante, conteniendo la respiración, a Sasuke, esperando ver qué haría. Para su alivio, su perseguidor se regresó por donde vino luego de titubear. Suspiró cuando dejó de oír las pisadas. De acuerdo, admitía que la idea de desordenar las hojas no fue tan buena como había pensado, pero no negaba tampoco lo divertido que había resultado eso. Bajó de las ramas con la destreza de un animal, saltando de una en una ágilmente hasta el suelo, que lo recibió cubierto con una mullida capa de hojas.
-Estuvo cerca –suspiró secándose el sudor de la frente. Luego se echó a reír-. ¡Valla que es tonto!
-¿Quién es el tonto? –todo Naruto tembló, erizándose como una bestia sorprendida y descubierta. Con la espalda rígida como una tabla, giró la cabeza hacia atrás, mirando por sobre su hombro la ceñuda expresión del muchacho de cabellos negros, que estaba tranquilamente recostado en uno de los troncos, un metro más allá-. ¡Vuelve aquí!
De nuevo, el rubio se dio a la fuga, pero Sasuke tenía la ventaja del espacio que los separaba y la altura. Sus piernas largas lo impulsaban hacia delante como en una maratón. Alargó la mano y estiró los dedos lo más que pudo para atrapar la chaqueta de Naruto entre ellos.
Lo logró.
El resultado fue inmediato.
Con un grito, un par de juramentos que a Tsunade le hubieran valido para quitarles la cara de una bofetada y varios gruñidos, terminaron en el suelo, golpeándose la espalda contra un tronco grueso que detuvo su caía con poca amabilidad.
Se quejaron por lo bajo, uno al lado del otro. Los dedos de Sasuke seguían aferrando con fuerza la ropa de Naruto.
-Itae!
-Baka!
-Teme!
-Usuratonkachi!
-¡Apártate! –Gritaron al unísono. Intentando levantarse se percataron de algo, con el aliento del otro calentando la piel de sus rostros. Terriblemente cerca, estaban terriblemente cerca, entre las raíces de un árbol, acunados por la brisa y los rayos del atardecer, recostados sobre las hojas secas, uno sobre otro se miraban, expectantes. Ambos pares de ojos fijos en el otro, temblorosos y anonadados. Retuvieron la respiración casi al mismo tiempo.
Un viento frío levantó algunas hojas, removiendo también la copa del árbol que los cubría del sol de la tarde. En una posición que se podía considerar incómoda, Naruto contra el suelo, el otro sobre él, desviaron la mirada, totalmente sonrojados y nerviosos. Sasuke soltó de pronto la chaqueta, como si le quemara, intentó levantarse, pero la voz del rubio lo detuvo.
-Lo siento –hablaba en susurros, apenado-. Lamento haber estropeado tu trabajo.
La mirada de Sasuke se apaciguó. Se dejó caer de lado, observando los pedazos de cielo entre las hojas naranjas y rojas. Naruto, sostenido por sus codos, lo veía curioso.
-No importa.
-Lo siento –repitió Uzumaki, tumbándose a su lado, con los brazos extendidos y abiertos. Uno de sus dedos rozaba el de Sasuke, sonrió levemente. Guardaron silencio, unos pájaros cantaron cerca de allí. Era hipnotizante, pensaba Naruto, más consciente que nunca de la presencia de Sasuke junto a él, al frío del viento contra sus mejillas ardientes, al cosquilleo de su cabello en su piel y el que nacía por sí solo en el estómago. Consciente de sus propios latidos y la suave respiración de la persona a su lado. Se sentía tranquilo y relajado, trató de ocultar un bostezo, a la vez que su vista se deterioraba.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Soñaba que nunca te ibas de mi lado. Era egoísta, pero ya nada importaba.
Sintió que le zarandeaban con insistencia, pero con cierta delicadeza. Lo siguiente que percibió fue un aroma suave a hierbas medicinales y flores, luego una risilla y una voz dulcísima que lo llamaba.
Le costó abrir los ojos. Por un instante se sintió perdido, desubicado. Haku ensanchó su sonrisa y le ayudó a sentarse.
-Regresemos –Sasuke, confundido, asintió. A su lado, bostezando con poca educación, estaba Naruto, más dormido que despierto. El rubio se desperezó y al verlo esquivó su mirada, rojo de repente. Sasuke hizo como si no se hubiera dado cuenta y se levantó, ayudado por Haku. Se sentía terriblemente avergonzado y no sabía por qué, sólo estaba seguro de que tenía que ver con la presencia de los otros dos.
Haku alejó por fin su mano, una mano fina, delicada en comparación a la de él. Tenían la misma edad pero Haku era más alto, más rápido y más fuerte, aunque luciera mucho más delicado.
-¿Qué hora es? –preguntó Naruto siguiendo a Momochi entre los árboles, con Sasuke detrás de él. El más alto de los tres, tras reír por lo bajo, los miró por sobre su hombro. Sonreía crípticamente.
-Las seis y media –Naruto se percató que no había oscurecido casi nada, por lo tanto fue escaso el tiempo que estuvieron dormidos. Le dio vergüenza recordar que no era la primera vez que eso ocurría pero decidió desplazar ese incómodo pensamiento a algún rincón de su mente-. Sasuke-kun, debes apresurarte con las hojas del jardín, sino Tsunade-sama te reñirá.
Entonces ocurrieron varias cosas simultáneamente: Sasuke taladró con la mirada a Naruto como si quisiera matarlo, Naruto sudó frío, pasó saliva y se estremeció, por su parte, Haku contuvo una carcajada. Llegaron al linde del bosque, donde permanecieron de pie, quietos.
Sasuke fue el primero en moverse, tomó la escoba que otrora arrojó lejos y empezó a barrer. Con un gesto, Haku atrajo la atención de Naruto y le dio una escoba que sólo Kami-sama sabía de dónde la sacó. El rubio, medio resignado, medio apenado, suspiró y se unió a Sasuke en su labor.
Para su propia sorpresa, Sasuke no protestó, pero tampoco dijo nada. Ayudado por Naruto y el mismo Haku, terminó con su tarea rápidamente. Cuando no faltaba mucho, Haku tomó a Naruto de la mano y echó a correr al interior del bosque, dejando a Uchiha anonadado, sin apartar la vista del sitio por donde se fueron.
-Ah, Sasuke, ya veo que estás terminando –con un sobresalto, el nombrado se giró. Sabía que Kakashi sonreía por las arrugas tempranas que adornaban los contornos de sus ojos y la nariz-. Qué bien. Sasori-kun va a dar un espectáculo de marionetas para todos a eso de las ocho. Piensa que es una buena manera de compensar a los niños. Ya todos se están alistando –el hombre alzó una ceja al verlo mirar a los lados nerviosamente-. ¿Pasa algo?
-¿Eso era todo lo que venías a decirme?
Kakashi suspiró, valla que era un chico arisco.
-A decir verdad quería ver cómo ibas, casi es la hora –dijo refiriéndose a la fogata anual, tenía una bolsa probablemente llena de patatas listas para asar a su lado. El chico asintió y se apresuró a terminar, trató de divisar las figuras de sobra conocidas de los otros dos, sin éxito.
A la vieja usanza Kakashi encendió la pila de hojas, que fueron consumidas por las llamas rápidamente. El fuego crepitaba suavemente, bailando frente a los ojos muy abiertos de Sasuke. Dentro de él, la vieja admiración hacia Kakashi revivió con el calor del fuego. Lo ayudó a situar las patatas, mientras los demás empezaban a llegar. Iruka, Sasori, Yamato, Shizune y varios maestros más precedían a grupos de niños y adolescentes, que reían y hablaban emocionados, sin apartar la mirada del fuego.
Ayudado por Sasuke, Kakashi repartió las patatas a los menores primero, que eran supervisados por sus maestros respectivos. Lo más grandes hacían fila, charlando tranquilamente entre ellos o con los adultos. Naruto recibió la esperada cosecha de las manos de Sasuke, intercambiando una mirada tan críptica como simple:
-Aquí tienes, dobe.
-Arigatou, Sasuke-teme.
Naruto fue con sus amigos, que comían y jugaban cerca del fuego. Todos estaban de acuerdo en que el otoño era una muy buena estación y que Kakashi, por muy tonto que fuera, también era grandioso. Konohamaru, jalando el brazo de Naruto con insistencia, quiso comer otra y Naruto se acercó al hombre, que charlaba muy animado con una pequeña niña de la misma edad que Konohamaru. Tras hablarle al oído y golpearlo en la nuca por el pervertido comentario que soltó (Te ves tan provocativo como una de estas, Naru-chan) agradeció la patata asada y, soplándola, la llevó al niño que esperaba ansioso.
-Toma.
-Arigatou, Naruto-niichan! –exclamó el otro de los más feliz.
Sasori empezó justo a la hora prometida su actuación, tan puntual como era él. Deidara se situó en la primera fila, luego de pelear con algunos niños, y miraba con ojo crítico las marionetas de su maestro, que no era mucho mayor que él. Si bien Sasori tenía el rostro de un jovencito, era casi de la edad de Iruka. Al igual que él y todos los maestros del orfanato, se había criado allí para terminar siendo un prefecto y, más adelante, un maestro.
La historia narrada tenía mucho que ver con el suceso astral de esa noche: trataba de el último dragón sobre la tierra. Éste tenía las escamas plateadas, como la luna. Lo encontró una niña huérfana que, como el dragón, llamado Sohryu, sabía lo que era estar sola. Tsuki, que así se llamaba la niña, emprendió un viaje con Sohryu por las montañas, los bosques y las llanuras que poblaban la región en busca de la tierra de los dragones y la felicidad. Los más grandes, sobre todo las chicas, tenían los ojos llorosos y tristes. Juntos se enfrentaron a grandes peligros y vivieron muchas aventuras, como en toda gran historia.
-El Dragón Oscuro, débil y moribundo, le reveló que si no volaba hacia la luna llena, en dos días, nunca podría encontrar el Ryu no Kuni, el país de los dragones, ya que esa noche habría un eclipse y la puerta se cerraría por siempre –contaba Sasori, moviendo sus dedos con exacta precisión a la marioneta con forma de dragón. Era negro como la noche y su expresión era la de todo un demonio. Más de un niño se asustó ante la voz gutural que Sasori adoptó para hacer del Dragón Oscuro, el enemigo de Sohryu, por ser el heredero de la luna y futuro rey de todos los dragones-. Si se quedaba aquí, morirían él y todos los demás de su especie.
Sasori, haciendo uso de un pequeño explosivo que producía un humo denso y negro, apartó a la criatura del escenario y continuó narrando cómo Sohryu y Tsuki se entristecieron, discutieron y luego se separaron porque ninguno se quería quedar solo pero sabían que tenían que separarse. Tsuki fue atacada por un demonio de las montañas y fue Sohryu quien la salvó. De nuevo se hicieron amigos y decidieron que, a pesar de todo, tendrían que decirse adiós. Pero había un problema, Sohryu no sabía volar.
-Fue por esto que Tsuki, aunque le entristeciera, ayudó a su amigo a aprender a volar. Pasaron sus últimos dos días juntos practicando y al atardecer del tercer día, Sohryu extendió sus alas plateadas y se elevó por sobre la cabeza de Tsuki –con un ligero movimiento que provocó tensión sobre los hilos, unas pequeñas alas se desplegaron de la marioneta plateada. Un corro de aplausos se elevó y Sasori continuó con voz solemne; tan dulce e hipnotizante como sus ojos y su sonrisa-: En el cielo, la gran luna llena se iba cubriendo poco a poco con una sombra: era el eclipse del que había hablado el Dragón Oscuro. Era el momento para despedirse.
-Sohryu se quitó una escama del pecho, las más brillante y la más hermosa y se la obsequió a Tsuki, que prometió que la guardaría para siempre como su más grande tesoro. Con una última mirada, Sohryu le dio la espalda a su gran amiga, la que había sido como una hermana para él, y se alzó al vuelo directo hacia la luna, justo cuando ésta empezaba a encogerse, producto del eclipse –Con un juego de luces, espejos e hilos, el pequeño dragón desapareció sin previo aviso y la pequeña luna (un espejo de forma circular alumbrado con una vela colocada en un lugar estratégica) se ennegreció al segundo siguiente, arrancando jadeos de admiración del público-. Y fue así cómo llegó a su reino de la luna, que fue envuelto por la oscuridad.
Una pequeña explosión siguió a sus palabras y al disiparse el humo, apareció otra pequeña pero graciosa marioneta, que tenía un curioso parecido con Haku. Momoshi Haku, detrás del pequeño escenario, se aclaró la garganta y, a una señal de Sasori, habló:
-Gracias por haber asistido a despedir a Sohryu a su viaje a la luna –la criaturita hizo una reverencia y un corro de aplausos y vítores se alzó del público.
Tsunade se acercó a felicitar a Sasori, que acariciaba las cabezas de todos los niños que iban a preguntarle si el dragón volvería. El pelirrojo se acercó después a Deidara, que repartía algunos de sus artificios explosivos (previamente aprobados por Tsunade y el mismo Sasori) que producían gran estruendo y un destello momentáneo de varios colores.
-Deidara –le llamó, en ese tono pausado y serio. El rubio le miró expectante primero, luego con desconfianza-. Gracias por tu ayuda en la presentación. Te-tenías razón –dijo con dificultad, como si estuviera diciendo la aberración más grande de la historia-, funcionó y se vio bien.
-Se lo dije. No son simples explosiones –respondió Deidara con voz solemne, irguiéndose en toda su estatura-. Es arte, el arte de lo efímero, lo fugaz y lo momentáneo. Usted no se da cuenta, pero está pasando justo ahora.
El rostro angelical de Sasori se congestionó en un gesto amargo y una ligerísima e imperceptible sombra rosa se alargó por sus mejillas, aunque se desvaneció al segundo siguiente.
-Quería decirte que, si estás de acuerdo, puedes ayudarme con algunas presentaciones más.
-Bien –el chico asintió, a sabiendas de que no era la última ni la primera vez que tenían esa charla-. Me alegraría trabajar a su lado como compañeros, Maestro Sasori.
Muchas veces Sasori se empecinaba en decir que él no entendía de arte y que los pequeños explosivos que él mismo fabricaba y se usaban en las celebraciones de año nuevo, aniversario, cumpleaños y otras ocasiones semejantes eran meros incidentes químicos preparados para entretener a la gente mas no para deleitarla. Deidara admiraba muchísimo a Sasori, quizá más de lo que él mismo admitía, pero por muy niño que fuera, siempre defendía sus filosofías y creencias, aunque eso le costara terminar limpiando el orfanato de arriba abajo.
Naruto lo miraba todo a la distancia, aguzando su oído al máximo para captar hasta lo último de la conversación. Un sentimiento de admiración nacido hacia Deidara, que desde mucho tiempo ya estaba allí, volvió con más fuerza que nunca. No pudo más que sonreír, llegando a tiempo para escuchar los comentarios de Haku y reír por ellos.
A una orden de Tsunade, todos los niños menores a diez años formaron una fila tras su profesor encargado y los siguieron, cansados, bostezando y a regañadientes, adentro de la casa. La directora hizo lo mismo con los que quedaban, que se agruparon por dormitorios sin rechistar. Tsunade empezó a reunirlos y en cuanto llegaron los otros adultos se apagaron las luces de la fogata y las lámparas de papel. Se dividieron por grupos y se sentaron o acostaron en el pasto, para ver el espectáculo que se presentaba sobre sus cabezas.
La luna estaba en su máximo punto, brillando redonda, grande y plateada en el inmenso cielo, despejado de nubes y salpicado de estrellas. Las exclamaciones de asombro empezaron a bullir cuando, de un momento a otro, una sombra apareció al borde de la Luna, el primer indicio del eclipse. Tsunade y los demás adultos veían con nostalgia el cielo, esperando que fuera su turno para ir y hacer guardia sobre los más pequeños, que seguramente intentarían escabullirse de sus camas y habitaciones para ver la Luna.
Sai ya estaba dibujando, Hokuto, Mizura y Sumaru señalaban emocionados todas las constelaciones que reconocían y recordaban, hablándose por murmullos excitados y cuchicheos ansiosos.
Por su parte, Naruto veía directamente el cielo, con la luna reflejada en sus pupilas azules, como si de un segundo firmamento se tratase. Estaba, aunque no lo pareciera, atento al mínimo indicio de Sasuke por allí, pues esperaba con ansias, cosa que jamás admitiría, su llegada. Creía ciegamente que aparecería y se sentaría a su lado, para ver el eclipse antes de que estuviera completo. Antes de que abarcara la mitad la sombra Sasuke tomó asiento a su izquierda, sobre el césped, con la vista fija arriba, en la distancia.
Mantuvieron un absoluto silencio, sin embargo, Naruto sonreía feliz.
-Oe, usuratonkachi –llamó Sasuke, su voz sonó igual a como si estuviera en la lejanía-. Despierta, dobe.
Naruto talló sus ojos, se desperezó y lo miró confundido, listo para reclamar. No sabía en qué momento se había quedado dormido. Sasuke, suponiendo y esperando que gritara por haberlo despertado se limitó a elevar la mirada y dejarla clavada en algún punto que el rubio no tuvo otra opción que seguir: La Luna.
Quedó anonadado. Era realmente hermoso, hermoso hasta los extremos. El astro, brillante en lo que quedaba de él, irradiaba una tremenda luz plateada y en los extremos se conservaba roja y naranja opaca, que la revestía igual.
Miraba anonadado el fenómeno. Tan emocionado se sintió que se puso en pie y caminó algunos pasos hacia delante, guiado por la admiración y el asombro. Una gran sonrisa se extendía por su rostro.
-Usuratonkachi, no me dejas ver –dijo Sasuke, llegando a su altura. También se había levantado. Naruto se fijó que llevaba una chaqueta que reconoció como de Itachi y se dio cuenta por fin de que éste no estaba por ningún lado. Ni durante el acto de marionetas de Sasori ni entre todos los espectadores del eclipse.
-Doko wa Itachi-san? –preguntó mirando a todos lados. Sasuke apartó la mirada. Sin previo aviso avanzó hacia la casa, caminando discretamente entre la creciente oscuridad para que nadie lo descubriera-. Sasuke, o-oe!
-Guarda silencio, usuratonkachi –siseó. Sasuke se detuvo y miró por sobre su hombro. Con los mofletes inflados por la rabia, Naruto le siguió lo más sigiloso que pudo, hasta entrar en la casa.
Sasuke lo guió por varios pasillos vacíos y a oscuras. Tuvieron que esconderse (Naruto no pudo entender por qué motivo) de un par de chicos de la clase de Yamato que iban a sus cuartos, satisfechos de haber visto la luna ocultarse. Naruto pensó que era una tontería contentarse sólo por eso, que tal suceso merecía la pena contemplarlo hasta el final.
¿Por qué él no estaba contemplándolo, ya que estamos?
Ah, claro.
¡Por culpa del idiota de Sasuke!
-Mi hermano –dijo de pronto el chico, sacando a Naruto de sus trascendentales pensamientos-, últimamente se la pasa diciendo que debe irse, que ya es hora de marcharse.
El pánico inundó a Naruto sin previo aviso.
-Nani! –su voz sonó varias octavas más altas de lo normal pero el dolor en su pecho era más apremiante.
-Urusai, usuratonkachi –ordenó Sasuke duramente. Luego su mirada se entristeció. Asintió con pesadumbre-. No sé qué hacer.
-¡Pues yo me encargo! –exclamó Naruto, ahora enojado-. ¡No dejaré que te lleve de aquí si no quieres, no lo permitiré!
Naruto avanzó algunas zancadas antes de que una mano se cerrara con fuerza sobre su brazo, se giró para encarar a Sasuke, que lo miraba como si le hubiera salido otra cabeza.
-¿Te has vuelto loco, dobe? Itachi-niisan habla de irse él, sin mí –aclaró con voz lenta y clara, esperando que así el rubio lo entendiera mejor.
Su amigo parpadeó repetidas veces. Después sonrió con alivio y lo zarandeó por el hombro.
-Youkata! (Qué alivio!)
-¿Qué cosas dices, dobe? –Sasuke estaba por demás asombrado. No entendía qué estaría pensando ese tonto.
-¿Qué más puede ser, Sasuke? Tú no te vas. Qué bueno –dijo con una sonrisa radiante-. Así podré hacerte compañía, si Itachi-san te lleva con él seguramente te dejará solo más de la cuenta –asintió como si reconociera una gran verdad-. Yo no podría estar contigo, pero ahora... ¡Ahora sí!
-Eres un... usuratonkachi –dijo Sasuke con voz ahogada. Naruto lo único que le preocupaba era que pudiera estar solo, que nadie le hiciera compañía. Se imaginó un mundo donde no estuvieran Itachi ni Naruto y pensó que sería horrible. Luego pensó en las palabras del dobe: "Así podrá hacerte compañía".
-¡No me digas así, Sasuke-bastardo! –volvió a gritar.
Algún rato después, volvían a estar sentados en el prado junto a la casa, mirando la luna volver a su forma original de esa noche: el eclipse llegaba a su fin. Sasuke viró sus ojos lo más discreto que podía hacia su derecha. Naruto no apartaba la mirada de la luna, su rostro infantil sonriente y maravillado, iluminado por la luz plateada.
Sasuke imaginó su vida sin Naruto, sin sus discusiones, sin sus retos, sin su voz, sin su sonrisa. Fue cuando entendió algo.
Sin él, sin Naruto, sin el usuratonkachi, estaría solo. Aún más de lo que ya se sentía.
Con la vista puesta sobre la luna cada vez más grande deseó que nunca se separaran, sabía que era egoísta, pero...
-Ya nada importa.
-¿Dijiste algo, Sasuke? –preguntó distraídamente su mejor amigo, apenas mirándolo. Su suave sonrisa.
-Iie, nandemonai, Naruto.
Naruto se encogió de hombros, le dedicó una última sonrisa y volvió a lo que hacía. Sasuke ya no miró la luna, no tenía ojos para nada que fuera Naruto.
-Sí, nada.
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La realidad era muy dura para aceptarla. A tu lado, era libre.
Naruto le había hecho pasar por incontables situaciones, todas más confusas que la otra que, a su vez, desencadenaban sensaciones y pensamientos confusos. Ya lo he había pensado, ¿no? Naruto era sinónimo de confuso.
Ahora, por su culpa, tenía que lidiar con sentimientos similares. Al menos, reconsideró, ya sabía reconocerlos. Recién lo había descubierto unas cuantas semanas atrás, un día soleado y fresco, la terraza del instituto del pueblo cerca del orfanato al que todos los niños iban a cursar su secundaria y preparatoria, algunos, como él mismo o su hermano, por becas.
-Shikamaru me invitó a su casa el Viernes para hacer el trabajo de matemáticas. ¿Crees que la obba-chan me deje ir? –preguntó Naruto al reunirse con él en el primer receso de la mañana.
Sasuke y Sai estudiaban en un clase diferente a la de Naruto. Al principio, el rubio se mostró bastante enojado pero, por suerte, había quedado con algunos amigos. Chicos bastante diferentes y únicos, algo ridículos, como decía Sai. Nara Shikamaru, todo un joven genio, el ser vivo más flojo sobre la faz de la tierra, parecía llevarse bastante bien con él.
-¿Inuzuka irá? –por la mueca culpable que apareció en el rostro de Naruto la respuesta era afirmativa. Sasuke viró los ojos.
Inuzuka Kiba era otro de los extraños amigos de Naruto. Un chico con complejo de perro, explosivo, desaliñado y ruidoso, mucho más que Naruto en su infancia. Por algún motivo, no se llevaban.
-Has hincapié en la presencia de Shikamaru –contestó desinteresado Uchiha, apoyando los brazo en el barandal de la azotea.
-¿Tú con quién harás el trabajo?
Miró de reojo al rubio, sentado a su lado en el barandal, meciendo las piernas en el aire, dándole la espalda al patio, con el viento golpeándole la cara.
-Sai y Hinata –Naruto sonrió. Hyuuga Hinata era una jovencita tímida, callada, dulce y respetuosa. La conocía de años anteriores y le guardaba mucho cariño. Era una de los pocos que no los juzgaron por ser huérfanos. Además, estaba el tono no tan frío al hablar de Sai. Era bueno ver que se la llevaban mejor.
-Buena elección -Uchiha se encogió de hombros.
-Hinata es muy competente.
-Hinata es muy linda.
Guardaron silencio un rato, comiendo las deliciosas bolas de arroz y las sabrosas sardinas ahumadas que Shizune empacó para ellos. El cielo azul y despejado tenía pequeñas nubes que, mecidas por el viento, tenían graciosas formas sobre sus cabezas. La jocosa risilla de Naruto rompió el silencio al divisar en el patio la figura de Shikamaru, acostado a sus anchas en el césped. Se saludaron con la mano y dejó a Nara mirando las nubes (aparentemente su actividad favorita) en paz.
-Shikamaru es muy interesante –comentó Naruto engullendo otra bola de arroz-. El otro día dijo algo... ¿Cómo iba? Ah, sí: "Las nubes son bonitas, porque son libres". Fue cuando le pregunté por qué razón veía tanto las nubes.
-Libres... –Naruto se volvió hacia él y al instante borró su sonrisa. Por todo el semblante ya crecido de Sasuke estaba plasmada la tristeza y la desolación. No le había visto así desde que eran niños y le partió el alma.
-Hinata –empezó Naruto luego de un prolongado silencio-, admira mucho esas palabras, admira mucho a Shikamaru.
-Hinata es como una muñeca –fue la cruel sentencia de Sasuke, que tenía ahora una expresión grave-. La visten como una, la presentan en la sociedad como una, la hacen actuar como una... Su familia es parecida a lo que fue la mía: tan conservadora, arcaica, ceñida a sus creencias. Sus integrantes se ven regidos por leyes absurdas y tradiciones inapelables, muchas veces hasta controlando sus acciones. Mi hermano, como primogénito de la familia, debía cumplir con un sinnúmero de exigencias. Era castigado severamente de no hacerlo y le privaban de muchas cosas. Los menores, en cambio, era delegados a segundo plano, se esperaba poco de nosotros, excepto que obedeciéramos al pie de la letra y siguiéramos con las tradiciones tan bien como se pudiera que era enfermizo. Entiendo a Hinata, porque pasé por lo mismo que ella. Aunque en menor grado, pues ella experimenta las dos cosas a la vez, al ser hermana mayor y a la vez menor y por ser la mujer que sucederá a su madre.
Naruto parpadeó repetidas veces. Así que eso era, se dijo.
-Te sientes... No eres libre –se corrigió al instante. Uchiha adoptó una expresión sumamente amarga pero el rubio no se amedrentó mas emitió un breve suspiro.
Sacó de su bolsillo una hoja blanca, garabateada con fórmulas, dibujos hechos en plena ociosidad y uno que otro comentario compartido entre él y Kiba. Dobló la hoja repetidas veces, hasta darle la forma de un avioncito. La veía con ojo crítico por todos los ángulos, luego sonrió satisfecho con su obra. Sin quitarle la mirada de encima, le habló a Sasuke, dándole vueltas al papel entre sus dedos.
-Mi hogar es Konoha y mi familia no es otra que todos los que allí habitan. No tengo más y la verdad, soy feliz. Sí es cierto que no tengo un lugar a dónde ir o a quién acudir cuando sea mayor, pero lo que sé con certeza, con seguridad es quién soy y que estoy vivo.
Una suave brisa empezó a soplar, el rubio levantó la mirada al horizonte, con el cabello bailando frente a su rostro.
-Sólo por eso soy libre –cerró los ojos un instante-. Y porque así me siento.
Levantó la mano donde sujetaba la figurita de papel, llevó hacia atrás el brazo y, con soltura y suavidad, lo soltó. Vieron cómo planeaba sobre sus cabezas, impulsado por la corriente de viento que comenzaba a despeinarlos a ambos. Los ojos de Sasuke se abrieron bastante, una sensación asfixiante se coló en su pecho y le quitó el habla.
Miró al avión alejarse, impulsado por la brisa, y luego a Naruto, con su semblante de paz y felicidad tan radiante como sus ojos, su cabello al sol de la mañana, su sonrisa, hermosa.
-Tú eres libre, Sasuke, hoy más que nunca. Y creo en ti, por sobre todo. No importa el pasado ni qué tan incierto sea el futuro, vive el hoy al máximo tanto como puedas –hizo una pausa, sin embargo, Sasuke no habló-. Si no lo haces por ti, hazlo por quien amas. Yo soy libre para ti, Sasuke.
-Naruto... –murmuró bajito, casi de forma inaudible.
-La vida es así, Sasuke. Tan maravillosa como tú.
Y Naruto era tan maravilloso como la libertad, porque eso era. De solo pensarlo un sentimiento cálido se extendió por todo él. Así debía sentirse Naruto, eso transmitía a cada segundo, eso lo había hecho enamorarse. Eso le había hecho amarlo.
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Y ahora yo temo: te amo tanto. Hemos crecido.
-¡A comer! –miró su reloj de pulsera: las siete en punto. Sin duda, Shizune era completamente puntual y responsable.
Con un pesado suspiro se levantó y salió de su silenciosa recámara. Por los pasillos se encontró con muchos niños y adolescentes que, como él, vivían en Konoha. Antes de entrar en el comedor, que no estaba para nada cambiado, dejó que tres bulliciosos pequeños de ocho años entraran primero. Hizo una mueca de fastidio. Quizá Iruka no les había dado muchas clases. Mocosos.
-Komba wa, Sasuke-kun.
Se giró y vio a alguien de su edad acercándose por el pasillo.
-Yho, Mizura –Mizura seguía igual a su parecer: educado, reservado, con el rostro todavía lleno de ese toque infantil que no lo había abandonado y un magnetismo impresionante para pescar todo tipo de enfermedades. Le hizo un espacio y lo dejó pasar primero.
-Arigatou –sonrió. Con su andar suave caminó directo a la mesa que ocupaba desde que Sasuke podía recordar.
Contó que habían sólo dos personas allí: Hokuto y Sumaru. Ellos, también, habían crecido considerablemente. Hokuto se había convertido en una muy linda jovencita, penosa y siempre educada. Hokuto era muy alta, delgada y desinhibida a la hora de vestirse. Había adquirido un gusto especial por las faldas, si eran cortas mejor. Conservaba las pecas que adornaban su nariz y así sería siempre. Tenía el cabello corto, sujetado en algún moño o coleta.
-¿Comes hoy con nosotros, Sasuke-kun? –preguntó educadamente Mizura, respondiendo con una sonrisas los aspavientos de Sumaru, como si no supiera que estaban allí.
-Quizá –contestó dirigiendo su vista a la mesa donde su hermano y el maniático de Deidara tomaban asiento.
Se despidieron y cada uno fue por su lado. Sumaru le saludó con un gesto de la cabeza y él respondió igual. De acuerdo, quizá nunca terminaran de llevarse bien, pero ya eso les daba lo mismo. El cabello lo tenía más largo, los rasgos finos ahora más fuertes y sus ojos denotando una madurez impropia que hacía relucir en sus desinteresadas acciones. Unos días atrás le había escuchado cantar la misma canción que cuando eran niños, su voz, ahora mucho más gruesa, resultaba increíblemente suave y dulce.
-¿No ves algo de tu interés, Sasuke-kun, um? –le dirigió una mirada envenenada a Deidara, cuya ladina y maliciosa sonrisa hizo acto de presencia.
-¿Comerás aquí? –preguntó Itachi sin verlo, pendiente en un cuaderno abierto frente a él.
-Sí –aceptó luego de unos momentos considerándolo. Tanto su hermano como Deidara seguían iguales, quizá todavía más ariscos y molestos, pero apenas se notaba el cambio en sus facciones, Itachi seguía teniendo su perenne expresión de seriedad e indiferencia y Deidara, con su aniñado rostro, continuaba sonriendo de esa manera maliciosa y diciendo "um" al final de casi todas sus oraciones. Odiosos.
Resopló ignorándolos y viró el rostro de nuevo hacia la puerta. Ya muy pocos eran los que entraban, entre estos, una hermosa joven. Medio sonrió al pensar en eso. Pasaba lo mismo que muchos años atrás. Era tan fácil confundirlo con una chica. Al sentirse observado, giró el rostro y se encontró con su mirada, le dirigió una dulce sonrisa y le saludó con un gesto.
Haku era... Haku no dejaba de ser Haku pero ya no era igual. Le miró, con su sonrisa de ángel, su mirada triste y pacífica llena de ternura y misterio, su piel blanca como la misma nieve, su cabello, inmensamente sedoso, largo y negro. Si antes Haku parecía una linda niña, ahora daba a primera vista la idea de ser una hermosa jovencita.
Gustaba de llevar el cabello suelto y a veces lo soltaba completamente, confundiendo su apariencia para todos los que no lo conocían. Tenía gran predilección por las yukatas, las chaquetas dos tallas más grandes y los pantalones cortos; era raro verlo con simples pantalones y camisetas dentro del orfanato, aunque el uniforme de la escuela le sentara maravillosamente.
Se acercó a él curvando sus delgados labios en una preciosa sonrisa, ataviado con una yukata corta y unos pantalones que apenas cubrían las rodillas.
-Zabuza-san me dio la mañana libre. Salgamos a pasear todos juntos.
Zabusa era, por llamarlo de alguna forma, el titular de Haku y sus compañeros de habitación. Así como Kakashi era de él y de su hermano; e Iruka de Naruto y los demás. Sasuke aceptó sin muchas ganas, pensando que quizás así pudiera despejarse un poco. Kakashi tampoco había dejado muchas cosas para hacer.
-Konohamaru, hanashite! (Sueltame...!) -ese grito los hizo voltear. Sasuke quedó paralizado, como si nunca antes lo hubiera visto.
No, no era miedo ni pena lo que lo dejaba pegado en el piso sin poder moverse. Tampoco las mariposas que decidieron hacer acto de presencia para importunarlo, mucho menos el palpitar alocado de su corazón. No, era darse cuenta de que, tal como sospechaba, era Naruto quien causaba todo esto.
Konohamaru, ya más grandecito, se colgaba al cuello de Naruto, haciéndolo trastabillar, causando risas por todo el comedor. Haku reía a su lado, con esa dulzura que parecía ya propia sólo de él. Lo más curioso era que, aunque siempre había amado esa risa, los gritos y risas de Naruto opacaban casi por completo al otro. Y aquello era el colmo.
-Damore, Naruto (Silencio, Naruto) –exclamó Tsunade ocupando su asiento en medio de los demás adultos y profesores. Seguía tan hermosa y joven como siempre. Inexplicable.
-Hai, hai –rezongó el rubio dejando en el suelo al más pequeño.
Naruto fue a reunirse con sus amigos y se sentaron a comer, charlando y riendo a carcajadas. Sasuke ocupó su mesa de siempre junto a Sai, que comentaba sin interés sobre un libro que había leído recientemente. Haciendo nota mental del nombre del libro, Sasuke decidió en qué se gastaría sus pocos ahorros hasta la fecha. A cierta hora tanto él como Sai se levantaron y ocuparon un lugar en la bulliciosa mesa de Naruto, donde estaban muy ocupados riendo sobre algún chiste.
Comieron los panes de arroz que les sirvió Shizune y siguieron con sus bromas. Durante toda la cena Sasuke no despegó un instante sus ojos de Naruto, del otro lado de la mesa. Haberse dado cuenta de algo así... ¿Ya no volvería a verlo igual? Hizo un repaso al Naruto de sus recuerdos y al que estaba frente a él.
El mismo desordenado cabello rubio, pero un poco más largo, aunque no tanto como el de los demás. Los ojos... igual de azules y brillantes pero sin duda con un toque de madurez y felicidad que no tenían antes. Las marquitas seguían ahí, haciéndolo parecerse sin remedio alguno a un zorro, su voz apenas había cambiado algo, sólo ya no era tan chillona pero esa mala costumbre de gritar y gritar no desaparecería nunca, Sasuke lo sabía.
Era, por un par de centímetros, más alto que Naruto. Recordaba perfectamente sus quejas de ser tan bajito a los doce años y sus gritos de júbilo al alcanzarlo a los trece. En ese instante Naruto le miró, sonrió un tanto nervioso y giró el rostro a Hokuto, que comentaba algo entre risas. Sasuke pensó que debía ser cosa de a luz, pero algo en el rostro de Naruto había cambiado. Ese color rosado acababa de aparecer de la nada. Acaso... ¿significaría algo?
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Qué curioso, pensé que habíamos cambiado. El lazo que nos une jamás se romperá.
-Sasuke!! –giró el rostro y vio a Naruto acercarse a él por el jardín. ¿Cómo es que lo encontraba siempre?
-Nani ka?
-Qué seco –espetó Naruto con gracia, trepando sin dificultad alguna hasta una rama muy cercana a la que ocupaba su amigo-. Toshite dattebayou? (¿Qué pasa?)
-¿Hn? –"preguntó" Sasuke, al no saber a qué se refería. Naruto dejó ambas piernas colgando al volverse para mirarlo por entre las frondosas ramas.
-Verás, últimamente te noto... –ladeó la cabeza, considerando las palabras-, más autista que antes.
¿Más autista? Sería idiota.
-Estás muy ausente y, sobre todo... –su voz se fue apagando conforme hablaba. Pareció entristecerse. ¿En qué estaría pensando?-. Es que...
-Habla ya –ordenó al verlo cerrar la boca. Naruto frunció el ceño.
-Estás más lejano que nunca –dijo al fin, dejando al otro sorprendido-. Yo... es como si nos separara una pared invisible. En toda esta semana me has evitado, casi no hablamos, ni siquiera discutimos –exclamó como si fuera lo peor del mundo. Para él, así era-. Odio eso.
Sasuke no habló y la expresión de Naruto se volvió más triste si cabía.
-Doshite ttebayou? (¿Por qué?)
Las nubes se apartaron lentamente, dejando a la luna brillando con fuerza en medio del oscuro cielo, iluminándolo todo con un resplandor plateado. Naruto fijó su mirada en ella, y en sus ojos se reflejaron las estrellas y la misma luna. Para Sasuke, aquellos ojos jamás se habían visto tan hermosos. No, tan majestuosos. Cuando Naruto estaba feliz sus ojos brillaban por sí solos, eran esas veces cuando lucían hermosos.
De nuevo pensó en el pequeño Naruto de seis años que conoció al llegar a Konoha, con su chillona voz, su perenne sonrisa, sus múltiples pucheros y su energía inagotable. Lo vio crecer a su lado, tratando de seguir sus pasos, de estar siempre a su altura e, incluso, pasarlo. Recordó sus innumerables peleas: Baka, teme, usuratonkachi, dobe; eran sólo entre ellos; las miles de competencias a las que entraba Naruto para intentar vencerlo, las tonterías con las que trataba de captar su atención, sus ensordecedores gritos. Su amistad.
Y ahora miró al Naruto que le acompañaba en silencio, mirando la luna. También había crecido, no sólo en el físico ni en la madurez, Naruto había crecido más que cualquiera de ellos. Sus sueños, sus deseos, su amistad por sobre todo. Aquel lazo entre ellos se había hecho tan fuerte, tan grande e indestructible que casi le parecía visible.
-Yo... –pronunció bajito, captando enseguida la atención del otro.
Su amigo.
-Nani?
Su rival.
-Naruto, yo...
Su hermano.
-¿Sasuke?
Su todo.
Naruto abrió grandemente los ojos y creyó estar viviendo un deja vú. Aquella escena se le hacía tan conocida: él sentado en un árbol, con Sasuke, siempre más grande, frente a él, rodeándolo con sus fuertes pero delgados brazos. Aspiró hondo el aroma de Sasuke. En ninguna parte de sus recuerdos podía encontrar otro que lo igualara. Recordó, repentinamente ruborizado, que varios años atrás, le había dicho a Sasuke que su olor era único.
No era mentira, Sasuke, todo él, era único en todo el ancho mundo. No importaba que su vida se resumiera al orfanato y a la escuela, para él, en ninguna parte podría encontrar a alguien comparable con su amigo, aquel que tanto había admirado, aquel que siempre había seguido, queriendo superarlo. Aquel que ocupaba gran parte de sus pensamientos y los recuerdos más vívidos, aquel que había captado su atención desde el principio.
Sasuke no podía ser descrito en una palabra, eso lo sabía. Era difícil clasificarlo en una sola cosa pero estaba seguro de que "único" era la mejor palabra con la que intentar describirlo.
Cerró los ojos y levantó, muy lentamente, los brazos hasta rodear con ellos la espalda del otro. Aquel calor envolvente y embriagante, ese aroma asombroso, el cosquilleo que producían sus cabellos largos en su cuello, la sensación de profunda felicidad que lo inundaba. Desde niños Sasuke había dejado de abrazarlo, por lo cual ese abrazo era especial. De nuevo sintió que el corazón se le aceleraba sin control y su estómago se agitaba con fuerza, mientras sus mejillas ardían como si tuviera fiebre.
Eso sólo lo originaba Sasuke. ¿Qué era eso?
Intentó darle forma a sus pensamientos pero, sobre todo, a sus sentimientos. Sasuke siempre había estado allí, delante de él, siempre a la delantera, pero mirando hacia atrás. Bastaba una mirada para saber qué pensaban y querían, se peleaban cada dos por tres y estaba seguro de que en todo el orfanato, no, todo el pueblo, nadie le provocaba de esa manera.
Usuratonkachi.
Seguía siendo un insulto pero... ¿Por qué se sentía gozoso cada vez que Sasuke se dirigía a él de esa manera? Porque era él único al que llamaba así. Sai... estorbo. Haku... jamás lo había insultado. Sumaru y los demás... solía pasar de ellos. Itachi... amargado. Deidara... insoportable.
Dobe.
No, no estaba loco. Haku seguro sabría de eso. ¿Cómo dijo el otro día? Se nota lo importante que es él para ti. Claro, él no quiso admitirlo. Era demasiado orgulloso para eso. Jamás admitiría todo lo que Sasuke significaba para él, nunca aceptaría que entre ellos se había formado un lazo irrompible ni que eso era uno de sus más grandes tesoros. Nunca jamás confesaría que Sasuke ocupaba una parte demasiado grande en su corazón ni que cada sonrisa suya era todavía mejor que la anterior, mucho menos que sus ojos eran lo más bonito del mundo.
Porque Sasuke era Sasuke, era su amigo, era su rival, era su hermano. Porque Sasuke... era SU Sasuke.
Se separaron con lentitud, sin abrir enseguida los párpados, reticentes a soltarse. Cuando sus miradas chocaron una ola de sentimientos se alzó dentro de ellos, inundándolos por completo. Un fuerte escalofrío recorrió todo el cuerpo de Naruto, de punta a punta, mientras que Sasuke trataba de parar el temblor de sus manos.
Debía decírselo pero... Era demasiado arriesgado. Tantos años de amistad y ahora venía y se enamoraba del dobe. Su mirada se tornó triste y Naruto llevó una mano a su mejilla, rozándola apenas con la punta de sus dedos.
-Sasuke...
No, no se atrevía.
-Te...
Después de todo, mientras estuvieran juntos nada más importaba. Luego se irían cuando tuvieran la mayoría de edad, tal como Itachi estaba apunto de hacer; y no se volverían a ver.
-Quiero...
Abrió los ojos como platos, sorprendido en su totalidad. ¿Escuchó bien? ¿Naruto dijo que le quería?
-Te quiero, Sasuke –repitió, como si fuera un secreto penoso que a ambos lastimara y no quisiera herirlo. Como si deseara que, al decirlo, se transformara en una mentira.
Ya no era un chiquillo, ahora sabía cosas que antes no. Ahora era más sabio. Ahora no tenía miedo y sonreía.
Acercó su rostro al de Naruto, entrecerrando los párpados. Naruto, completamente sonrojado, le miraba como quien mira a la luna, como algo hermoso y añorado. Ladearon, por puro instinto, sus cabezas y, dándose un instante para tomar aire, juntaron sus labios.
Naruto suspiró contra su boca, él se acercó un poco más. Sintió los brazos del rubio enredarse en su cuello, sus deditos jugando con su cabello azabache.
Con una mano sujetó el tronco del árbol para no caerse y con la otra la cintura de Naruto. Para ambos, resultaba ser su primer beso pero era como si sus bocas siempre hubieran estado juntas, como si desde el principio supieran que eso ocurriría.
Separarse fue doloroso pero mirarse fijamente, ruborizados, agitados y tan cerca, hacía que valiera la pena.
Eran amigos, rivales, hermanos. Eran todo para el otro. Sonriendo, lo entendieron por fin, sin pronunciar palabra. Compartieron un segundo beso, más demandante pero igual de dulce. Naruto sonrió en medio del beso, entonces comprendió qué era eso. Sasuke le abrazó con un poco más de fuerza, acercándolo todavía más.
Se sintió estúpido, avergonzado, feliz como nunca, emocionado, esperanzado, ridículo... Querido y, tal como siempre que estaba cerca Naruto, completo. La luna brillaba con intensidad sobre sus cabezas, perfilando sus siluetas en la oscuridad. No había dicho te quiero pero, si aquel beso no le decía a Naruto todo lo que pensaba y sentía, no tenía idea de qué podría hacerlo.
¿El futuro? Naruto era su futuro. ¿Su vida? Naruto era parte de ella. ¿Su temor? Ya no estaba.
Sí, resultaba tremendamente curioso.
Como todo, la historia ha llegado a su final. El final es sólo el principio, dice una sabia frase. Esto tiene su continuación, pero no está completa. ¿Querrían que la pusiera?
Me da cierto gusto y cierto disgusto haber subido este cap, adoro esta historia y la hice con el mayor cariño que pude, lamento no haberla terminado antes. Sobre todo, lamento haberlos hecho esperar. Espero que bien haya valido la pena.
Por último: GRACIAS.
Viki, tú eres así de especial como Naruto y te admiro tanto como ni tienes idea. También te quiero y te considero una amiga, una hermana y alguien a quién cuidar. Si me necesitas pues, búscame. Jamás me negaría a ayudarte. Mi más profundo deseo para ti es: Sé feliz.
