Capítulo II

A varios quilómetros de distancia, el doctor Sinética (un apodo que le habían puesto en la universidad, aludiendo sin duda a sus pocos escrúpulos y a su irritante costumbre de moverse constantemente) ultimaba los detalles de su proyecto más ambicioso, evidentemente ilegal.

-Ya casi he terminado, señor. Solo me falta administrarle la última descarga eléctrica y ya estará listo.

- Bien. Aunque ya sabes: si fracasas, puede que te arrepientas de haber salido absuelto de tu último juicio, ese en el que se te acusaba de uso indebido de la práctica científica - Jon Spiro sonrió ante su propia frase. Estaba recobrando facultades. Hacía mucho tiempo que no se sentía con ánimo de amenazar a nadie, pero aquel día estaba de buen humor. Incluso soltó unas risitas mientras se paseaba por entre las mesas repletas de alambines, tubos de ensayo y planteles de células. Si todo salía bien, y no había ninguna razón para creer lo contrario, pronto volvería a ser el megalómano archipoderoso que había sido. Y esta vez, ningún chaval malcriado echaría a perder sus planes.

El americano cerró los puños, enfurecido de repente ante los recuerdos que lo asaltaban. Él había sido el hombre más poderoso del mundo hasta que Artemis Fowl se interpuso en su camino. Como habría hecho todo buen negociante, él le había tendido una trampa y lo había liquidado, pero el chico, de alguna manera, había conseguido volver de la muerte, le había robado el Cubo B y todo lo que tenía, había desaparececido literalmente ante sus ojos y había destruido su salud mental. Aún ahora dependía totalmente de las píldoras tranquilizantes y de los somníferos si no quería volver a oír su voz susurrándole al oído: "Nunca te metas con un genio, Jon".

Pero aquel día ni siquiera ese pensamiento podía alterarle. Todos esos años de trabajo estaban a punto de dar sus frutos, y pronto, muy pronto, podría recuperar todo lo que había perdido. "El genio soy yo, Fowl", pensó, y empezó a tararear alegremente una marcha fúnebre.

La voz temblorosa del doctor Sinética le sacó de sus abstracciones.

- Entonces¿qué hago, señor, lo termino ya?

- ¡Sí, termínalo de una vez!- repuso impaciente. El doctor Sinética lo ponía nervioso. Lo primero que haría cuando todo el mundo, incluyendo a ese arrogante Artemis Fowl, estuviera a su merced sería deshacerse de él. Por ahora lo soportaba porque era el único científico lo bastante corrupto para avenirse a su proyecto y lo bastante estúpido como para no querer cobrar por ello, pero no tenía porque seguir aguantándole cuando todo hubiera terminado. Y ese momento casi había llegado.

Sin embargo, tenía que reconocer que había tenido mucha suerte al encontrarle; probablemente ninguna otra persona del mundo hubiera aceptado trabajar tres años bajo sus órdenes en el refugio subterráneo que había logrado conservar después del embargo, alimentándose exclusivamente de pizzas y comida china. ¡Por dios, si incluso se había pagado el material de su propio bolsillo!

Jon Spiro se rió entre dientes. "Una persona tan estúpida merece morir", pensó. Y acto seguido, concentró toda su atención en el sórdido experimento que le doctor estaba a punto de culminar.


- ¡Jaque mate! - exclamó Artemis con tono triunfal, ejecutando una jugada maestra sobre el tablero.

- ¡Ya era hora! - gruñó Mayordomo desde detrás de su libro. Había sido la partida de ajedrez más interminable que había visto nunca.

- Eso no vale. - se quejó Minerva - Tu último chiste sobre Newton me ha distraído. Además, tú llevas años practicando contra los mejores jugadores del mundo, mientras que yo jamás había tenido un contrincante a mi medida. ¿O es que crees que no sabía lo de tu identidad como joven prodigio del ajedrez?

- Eso no quita el hecho de que te he ganado y de que volvería a hacerlo - sonrió Artemis. Definitivamente, cada vez le gustaba más aquella chica. Él le habia explicado todo lo ocurrido en Hybros, y ella le había puesto al día de todos los acontecimientos políticos, científicos y sociales de los últimos tres años ("¡a los muy idiotas aún no se les ha ocurrido utilizar la teoría perdida de Madame Curie para reducir los residuos nucleares!"). Después se habían enfrascado en una partida de ajedrez de varias horas, durante la cual se había puesto de manifiesto la igualdad de sus intelectos.

- ¡Quiero una revancha! - dijo Minerva, enfurruñada. Al igual que Artemis, no estaba acostumbrada a perder, y le disgustaba hacerlo.

- Me encantaría volver a ganarte - repuso Artemis con sinceridad, levantándose de la mesa - pero, por desgracia, aún estoy agotado después del sobreesfuerzo de salvar al mundo. Así que, si no os importa, me voy a dormir.

- Solo son las diez. -protestó Minerva.

- Mi querida Minerva, - contestó Artemis con indulgencia - ¿aún no has aprendido que el tiempo es relativo? Son las diez aquí, pero en Chelkar, Kazakhstan, por poner un ejemplo, son las tres de la mañana. Además, - añadió, mientras desaparecía por las escaleras - mañana va a ser un día duro y necesito estar descansado.

- Mañana Artemis va a volver a su casa. - aclaró Mayordomo ante la expresión interrogativa de Minerva - Quiere conocer a sus hermanos, y recuperar el tiempo perdido. Al fin y al cabo, hace tres años que no ve a su familia.

- Claro. Es natural. - contestó la chica, con un tono de voz un poco apagado - Pero entonces ¿por qué se ha quedado aquí hoy?

- Por ti. - repuso simplemente Mayordomo, enfrascándose otrs vez en la apasionada historia de Cathy y Heatchcliff.

- Oh. - dijo la chica solamente, aunque se ruborizó. Al darse cuenta, enrojeció aún más y exclamó con enfado: - ¡Malditas hormonas!

Mayordomo no pudo evitar una sonrisa al recordar una queja parecida formulada por Artemis tres años atrás, pero antes de que pudiera decir nada el chico volvió a bajar, esta vez llevando un batín de seda negra que le estaba tan grande como el traje.

- Por cierto, Minerva. Ahora que lo pienso, es probable que cuando despierte tú ya te hayas ido, así que quería despedirme de ti. Siempre serás bienvenida a la mansión Fowl. De hecho, - se corrigió, un poco vacilante - me gustaría que vinieras a verme.

- Gracias, Artemis, yo... - comenzó la chica, alzando la vista. Y de pronto reparó en algo que, extrañamente, no había notado en toda la velada. - ¿Como es que tienes un ojo de cada color?

- Ah, sí, antes he olvidado mencionarte eso. Resulta que al volver de la isla de los demonios no solo obtuve poderes mágicos, también me intercambié un ojo con Holly. Es muy curioso mirarse al espejo y ver que tienes una parte de tu mejor amiga, pero supongo que ya me acostumbraré. - explicó Artemis encogiéndose de hombros, un gesto trivial poco común en él.

- Oh. - volvió a decir Minerva, enfadándose consigo misma inmediatamente después. La extensión de su vocabulario en las dieciséis lenguas que hablaba superaba con toda seguridad la del Real Diccionario de la Lengua, y sin embargo parecía que todo lo que era capaz de decir ultimamente era esa onomatopeya estúpida. Casi añoraba a Número Uno y a sus retahílas de sinónimos. - Bien sur. Ahora, si me disculpas, voy a llamar a Soto para que venga a buscarme.

Artemis frunció el ceño. La nueva capacidad empática que le proporcionaba la magia y que aún no había logrado controlar le advirtió que Minerva se sentía dolida, aunque por desgracia no le decía la causa. Artemis odiaba sentirse ignorante, algo que no le ocurría desde los tres años, pero en aquellos momentos se sintió completamente perdido sobre las causas del estado de ánimo de Minerva. El chico suspiró. Tendría que preguntárselo a Mayordomo, que ultimamente parecía ser una mina de aquella información que no podía adquirir en los tratados científicos.

La chica volvió a acercarse a ellos, con el diminuto teléfono móvil de última generación todavía en la mano y pareciendo más tranquila, y dijo:

- Soto me está esperando en la puerta, así que supongo que os tengo que decir adiós.

Minerva abrazó a Mayordomo con cariño, y luego se acercó a Artemis, que le tendió la mano formalmente.

- Mais non, vamos a despedirnos a la manera francesa. - y ante la sorpresa de Artemis, la chica le dio tres besos en las mejillas - ¡Au revoir, cuidaos mucho!

Minerva salió de la casita de pescadores, y al poco rato se oyó el ruido que del helicóptero que despegaba.

Mayordomo miró a Artemis, que estaba extrañamente sonrosado.

-Bueno, ya se ha ido. Y ha sido un éxito, nunca os había oído hablar tanto a ninguno de los dos. Por cierto, ahora que hablamos de esto¿ya le has dicho a Minerva lo de fundar un imperio juntos?

El chico le miró confuso.

- La verdad, ni siquiera he pensado en ello.

Y empezó a subir las escaleras otra vez, con aire ausente.