Nota del autor Espero que os guste este primer capítulo. Ya tengo el segundo capítulo escrito y dependiendo de cómo vaya este lo publicaré o no. ¡!Dejen reviews porfavor!

CAPÍTULO 1

"La guerra contra las mujeres es la única que se gana huyendo"
Napoleón

Sonó el despertador como todas las mañanas y Dawan hizo el mismo movimiento de siempre, enrollarse aún más en la colcha, como si el simple hecho de aferrarla con más fuerza le fuera a librar del día que la esperaba, negándose a abandonar el mundo de los sueños. Muy a su pesar, esta era una batalla que no podía ganar y finalmente se rindió a la evidencia poniendo los dos pies en tierra firme.

Se dirigió como un zombi hacia el lavabo, adormilada y esquivando los diversos bultos de forma instintiva, aunque sus instintos flaquearon ya que era físicamente imposible esquivar todos los que había. De repente se encontró de morros contra el suelo lo que ayudó a empeorar aún más su humor, y con un gruñido, volvió a levantarse a terminar el recorrido.

Preparándose un café, pensaba en lo que le deparaba el día: nada del otro mundo, o eso creía ella. Había terminado la última misión con éxito y ahora la esperaba un largo y merecido descanso. ¡Ser secretaria era un duro trabajo!

Mientras se lavaba los dientes, escuchó el timbre.

- ¿Quién ef?– Gritó aún con el cepillo en la boca y con medio cuerpo asomando fuera del cuarto de baño.

- Paquete urgente para la señorita Cuevas. – Contestó una voz desde el otro lado de la puerta.

Sin pensárselo dos veces abrió la puerta; era típico de la organización mandar paquetes de última hora, hecho que la irritaba sobremanera.

El mensajero no se esperaba el espectáculo que lo recibió al abrirse la puerta; un mujer despeinada, con una bata de estampados de flores (regalo de su madre por navidad), y un cepillo de dientes sobresaliendo de la boca a la par que la espuma del dentífrico. Un poco cohibido, decidió terminar su cometido lo antes posible. Le entregó el paquete y tras recoger su firma en el formulario se marchó apresuradamente.

Dejó el paquete sobre el sillón y terminó de asearse. No le apetecía en absoluto confirmar sus sospechas sobre el contenido del paquete: sabía perfectamente que era otra misión.

Releyó la carta mientras se dirigía al despacho de su jefe; no había pistas que la informaran sobre la misión a cumplir, simplemente una orden de reunirse inmediatamente con su superior.

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