Theodore apenas sabía hablar; sin embargo se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor.

Su padre ya no salía de misiones sin dejar a su abuela al cargo de él y de su hermana.

Se levantó de la enorme cama, saltó y un escalofrío se apoderó de él cuando sus pequeños piecitos tocaron la piedra fría del suelo. Había escuchado a su madre gritar desde la habitación contigua.

Con el corazón en un puño, corrió hasta la puerta, la abrió y entró a la habitación.

-Madde, ¿tas bien?-preguntó con voz quebrada Theodore.

Su abuela, sentada en una butaca al lado de su madre, le respondió cariñosamente.

-Vuelve a tu cama, chiquillo. Sólo es un poco de fiebre.

Theodore se acercó a la cama donde reposaba su madre, trepó hasta ella y le besó la frente.

Apenas sabía hablar, pero sabía que aquello era el comienzo de una enfermedad que se llevaría a su ser más querido; a madre.